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«Era pura nievey los soles me hicieron cristal.Bebe, niña, bebela clara pureza de mi manantial.Canté entre los pinosal bajar desde el blanco nevero;crucé los caminos,dí armonía y frescura el sendero.No temas que, aleve,finja engaños mi voz de cristal.Bebe, niña, bebela clara pureza de mi manantial.Allá, cuando el frío,mi blancura las cumbres entoca;luego, en el estío,voy cantando á morir en tu boca.Tan sólo soy nieve,no me enturbian ponzoña ni mal.Bebe, niña, bebela clara pureza de mi manantial.»

«Era pura nievey los soles me hicieron cristal.Bebe, niña, bebela clara pureza de mi manantial.Canté entre los pinosal bajar desde el blanco nevero;crucé los caminos,dí armonía y frescura el sendero.No temas que, aleve,finja engaños mi voz de cristal.Bebe, niña, bebela clara pureza de mi manantial.Allá, cuando el frío,mi blancura las cumbres entoca;luego, en el estío,voy cantando á morir en tu boca.Tan sólo soy nieve,no me enturbian ponzoña ni mal.Bebe, niña, bebela clara pureza de mi manantial.»

«Era pura nievey los soles me hicieron cristal.Bebe, niña, bebela clara pureza de mi manantial.Canté entre los pinosal bajar desde el blanco nevero;crucé los caminos,dí armonía y frescura el sendero.No temas que, aleve,finja engaños mi voz de cristal.Bebe, niña, bebela clara pureza de mi manantial.

«Era pura nieve

y los soles me hicieron cristal.

Bebe, niña, bebe

la clara pureza de mi manantial.

Canté entre los pinos

al bajar desde el blanco nevero;

crucé los caminos,

dí armonía y frescura el sendero.

No temas que, aleve,

finja engaños mi voz de cristal.

Bebe, niña, bebe

la clara pureza de mi manantial.

Allá, cuando el frío,mi blancura las cumbres entoca;luego, en el estío,voy cantando á morir en tu boca.

Allá, cuando el frío,

mi blancura las cumbres entoca;

luego, en el estío,

voy cantando á morir en tu boca.

Tan sólo soy nieve,no me enturbian ponzoña ni mal.Bebe, niña, bebela clara pureza de mi manantial.»

Tan sólo soy nieve,

no me enturbian ponzoña ni mal.

Bebe, niña, bebe

la clara pureza de mi manantial.»

En la voz de los cristalinos arroyos, escucha Regina invitaciones tan delicadas como la del poeta; romances y arrullos, arpegios y estrofas que tienen, á su parecer, el blando ritmo de un corazón inocente y chiquitín, oculto en las entrañas de la nieve.

Y así pasa una hora; la dama está mecida por el compás dulce, por el misterioso latido que siente palpitar en cuanto la rodea; silba un tren en la estación del puerto, y el aviso lejano que tantas veces oye la señora como un rumor cualquiera de la vida, la enternece y la turba, al rodar hoy entre las pulsaciones de una fibra secreta, que ha empezado á latir desde que laBella durmienteaparecióse junto al lecho de nogal y dijo á la de Alcántara:

—Escucha... escucha...

Y cuando Eugenia, sorprendida de aquella inmovilidad, pregunta á la señora:

—¿Qué haces?

Ella responde sencillamente, con maravillada expresión:

—Estoy escuchando.

Luego se ruboriza, se aturde, y declara que quiere vestirse. Pero Marta asoma al gabinete su lindo rostro para anunciar con algún misterio:

—Aquí está el doctor.

Entra don Fermín con aire solemne, saluda y soliloquia:

—Vamos á ver... Vamos á ver...

Quédase mirando á Regina, que se ha puesto muy pálida; la pulsa, y acariciando aquella mano temblorosa con paternal solicitud, trata de entablar conversación para distraer á su enferma; refiere que el temporal le ha impedido venir aquellos días; habla del reciente cambio de temperatura, y cuenta que ha estado en la estación á despedir á Carlota y á su hijo.

—Guapo mozo—medita—y tan adicto á su madre, que da gusto admirar cómo la quiere. Por cierto—continúa, clavando los ojos en la joven—que Carlota me ha preguntado por ti con grande interés en casa de doña Mercedes... Corren por el palacio vientos favorables á tu gentil persona; y has de saber que los han levantado la de Heredia y sus hijos; buena gente, esa dama y esos mozos; ¡interesantes... muy interesantes!...

Regina atiende con síntomas de emoción, tan raros en ella, que don Fermín corta su monólogo de improviso, se levanta de la silla y repite:

—Vamos á ver... Vamos á ver...

Dirigiéndose á Eugenia, advierte:

—Separe usted los almohadones.

Saca luego del bolsillo un estetoscopio, retira alguna ropa de la cama, y, tendida la enferma horizontalmente, la ausculta, primero, con la mano; después, con el oído. A cada nuevo examen, asevera el médico optimista y perspicaz:

—Muy bien... Perfectamente... Perfectamente...

Por último, fija el instrumento en un punto determinado, y dice:

—Helo aquí; el corazón de la criatura.

—¿De qué criatura?—gime la incrédula, todavía obcecada y absorta.

—¡De tu hijo, pardiez!—pronuncia don Fermín rotundamente.

—¡Bendito sea Dios!—balbuce Eugenia, con lágrimas en los ojos.

Regina ni se estremece ni habla, presa de un estupor inexplicable. Diríase que ha reconcentrado toda su atención en un hilo que baja desde el techo y en el cual bulle, afanosa, una araña chiquitina y rubia. De pronto se quiebra el hilo, el insecto desaparece y don Fermín, al retirarse un poco, permite al sol, que ha ido subiendo por la cama, besar la frente de la madre. A ella se le mete en el pecho todo el calor del astro, y se cubre los ojos, cobardes para resistir la refulgente caricia. El doctor cree que llora.

—Sí, tu hijo—vuelve á decir, emocionado—. Y aquella frase va descendiendo con el sol hasta el alma de Regina y la llena de amorosa blandura. Se incorpora la joven sobre un brazo nervioso y moreno, abre los ojos con intrepidez á la firmeza de la luz y averigua, con la voz empapada de profundas inquietudes:

—¿Está usted seguro?

—Tan seguro—sonríe don Fermín—como de que naciste en mis manos.

Y haciendo algunas recomendaciones eficaces para la asistencia de la dama, se despide muy placentero, con el orgullo de que sus palabras han sembrado una alegría en aquella casa tan triste. Acompáñale Eugeniahasta el portal, deteniéndole allí con minuciosas preguntas que brotan como flores de la recién sembrada ilusión. Cuando la buena mujer sube y entreabre la puerta del dormitorio, Regina se ha vestido sola y está de hinojos junto al lecho, en tan reservada actitud, que Eugenia vuelve á cerrar y con un dedo sobre los labios va á reunirse con Marta y Dolores. Ante aquella señal de silencio, la casita montés quédase muda, envuelta en el rumor de las aguas y en las caricias férvidas del sol, con un aire de misterio dulce, de «escucho» peregrino. La fachada blanca y verde nunca mostró tan vivos sus colores ni tan vigilantes los ojos de sus puertas: un solo hueco estaba cerrado y ya se abrió al empuje de una mano imperiosa.

Al salir el doctor del saloncito, el primer impulso de Regina fué levantarse; necesitaba hallar en el movimiento una fuerza física donde sostener su terrible emoción; el instinto de la maternidad le sacudía bravamente las entrañas, desperezándose en ellas como un cachorro de leona, hasta romper en un bramido bárbaro y alegre, voz del alma y de la sangre, férvido anuncio de victoriosa encarnación: todo su ser se desgarraba de golpe con una mezcla de angustia y deleite, de zozobra y de júbilo; era el gran misterio de la vida, la suprema revelación de todas las ternuras concentradas en el amor más grande de cuantos amores humanos pueden sacudir el alma de una mujer.

Se vistió Regina maquinalmente y fué derecha á abrir el balcón, empujada por el afán de asomarse almar y al cielo, á todas las visiones que pudieran ofrecerle un retrato de lo infinito.

El sol inundaba el firmamento, esclarecía los aires y descendía sobre la tierra como las lumbres de un incendio glorioso. Deshacíase la nieve en risas y lágrimas, cayendo por las vertientes y ramblares, por las acequias de los huertos, reverberando con tanto brío como si los montes fueran de plata y se fundieran todos en el crisol esplendente de la atmósfera.

Hundió la muchacha los ojos en el paisaje, miró al cielo, á la tierra y al mar con ansia de luz; y deslumbrada por los reflejos del sol encima de la nieve, sintió que en su pecho se deshacía algo también. Irguió entonces su espíritu, como un águila caudal, sobre las cumbres congeladas, sobre las nieves muertas y derretidas, sobre los horizontes flamígeros, al través de los espacios pulverizados de sol; recorrió de nuevo, con la fantasía, los cuatro vientos de la rosa, los continentes y los mares, las montañas y las riberas, los desiertos, las urbes insignes; y por encima de las aguas, de las tierras, de los neveros, sobre las selvas vírgenes, sobre las ciudades remotas, sobre la vida bárbara de los yermos, de las estepas implacables, en lo más triste y desolado del mundo, oyó el mismo grito, la misma palabra, el mismo arrebatado sollozo: ¡Amor!

Sí; el amor era el grave secreto, el secreto á voces de la vida, el motivo fundamental de todas las cosas, el sol que derrite todas las nieves. ¡Con qué elocuencia se lo decían á Regina el temblor del paisaje, el gozo de las aguas, las vibraciones de la luz; imágenes vivas de su alma en aquel recio amanecer de todos los amores!

Volvió el rostro hacia su aposento, dió algunos pasos con sorpresa inaudita, creyéndose otra mujer, mirando en torno suyo con asombrosa novedad; la cara de su madre en el retrato adquirió seráfica dulzura, mientras que en la fisonomía de Alcántara se extendía una tristeza amorosa, algo parecido á un dulce reproche, mucho tiempo disimulado detrás de la galante sonrisa. Abarcó la joven ambas imágenes con una mirada nueva, teñida de ternura; pronunció interiormente en atropello y confusión muchas frases cálidas y anhelosas; el hermoso nombre de su madre:—¡Rosario!... ¡Rosario!...—Y luego:—¡Madre mía!—Y después:—¡Mi poeta, mi amigo, mi padre!...—Sintió que una marea de lágrimas subía por sus nervios, á borbotones, murmuró:—¡Adolfo!... ¡Perdón... perdón!...;—y cayendo de rodillas, quiso rezar; mas sólo acudieron á sus labios convulsos las cándidas frases de aquella jaculatoria infantil:Con Dios me acuesto, con Dios me levanto...Y en el hipo de las palabras tumultuosas rompió á llorar como si un bloque de hielo se derritiera en su corazón. La nube de llanto arrastró á los labios de Regina, en fecundo rocío, otra plegaria:—Dios te salve, Reina y Madre, Madre de misericordia—y con asombro exquisito mezcló la miel de este saludo á la confortable amargura de sus lágrimas, repitiendo ferviente:—Madre de Misericordia... Reina y Madre...—Pronunciaba cada sílaba con sublime entusiasmo, como si descubriese las estrofas de un poema colosal.

Amaba, al fin, aquella mujer, plena y profundamente, con una maravillosa terneza en los sentimientos y una anchura fluvial en el alma. Amaba y creía, llorandopor aquellos á quienes no supo amar bien; probando el refinado goce de sufrir por amor y de gozar sufriendo. Y tantas divinas novedades eran para la moza como el hallazgo de un mundo novísimo; como la epifanía de muchos soles, juntos en una sola alborada; como un despertar de alondras en el árbol del corazón...

Aquí está, lector, Regina de Alcántara: «la viajera rubia», de inverniza juventud; la mujer sabidora y escéptica;la curiosa impertinente. Sus yertos egoísmos, sus antojos, sus incertidumbres, naufragan en el río tibio y oloroso del sentimiento, que ha quebrantado, al fin, los duros témpanos de sus prisiones; aquí está en humilde postura de enamorada; reza y llora á los pies de una imagen de la Virgen con el Niño en los brazos, divino señuelo de redención y caridad; aquí está, escuchando cómo late en sus entrañas un corazoncito, que ha llenado el mundo para ella de inefables ecos.

Reminiscencias de cosas incoercibles y lejanas; atisbos de lo porvenir; efusiones sentimentales, florecen ya con suavísima contrición en el pecho y en los labios de Regina, ungiéndolos de lágrimas, embalsamándolos de fe; y su voz y su lloro suenan á besos, á piedades y á canciones, como la voz mansa y pura del agua de la nieve...

SE TERMINÓ LA REIMPRESIÓNDE ESTE LIBRO EL DÍA 29DE NOVIEMBRE DELAÑO 1919


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