«La flor del romerola van á cortar...Si la cortan que la corten,á mi lo mismo me da,porque la flor del romeropara mí no ha de faltar...La flor del romerola van á cortar...»
«La flor del romerola van á cortar...Si la cortan que la corten,á mi lo mismo me da,porque la flor del romeropara mí no ha de faltar...La flor del romerola van á cortar...»
«La flor del romerola van á cortar...Si la cortan que la corten,á mi lo mismo me da,porque la flor del romeropara mí no ha de faltar...La flor del romerola van á cortar...»
«La flor del romero
la van á cortar...
Si la cortan que la corten,
á mi lo mismo me da,
porque la flor del romero
para mí no ha de faltar...
La flor del romero
la van á cortar...»
Por el atajo que le lleva á su casa en pocos minutos, un arroyo que baja de la finca de Ramírez sale al encuentro del joven. Ha llovido, y el agua, crecida y mugiente, rompe su margen y balbuce, sabe Dios qué remotas tristezas.
Pero Velasquín silba con ímpetu su tonada, para acallar el rumor de aquel llanto que viene delRobledoy cruza el valle, en querella lastimosa.
Salta el mozo sobre el gemido de la corriente; las espumas le salpican y le tiembla en los labios la canción... Cuando se acoge al portal de su casa, aún le persigue, en tumulto, la muchedumbre de pesares que vislumbró al otro lado del dintel; y como resumen de todo lo que pierde y abandona á la parte de allá, un nombre se impacienta en su corazón: ¡Ana María!
Es inútil. Adolfo no quiere caer en más ansiedades: alegre y desesperado, canta, á voz en grito, al subir las escaleras:
«... porque la flor del romeropara mí no ha de faltar...La flor del romerola van á cortar...»
«... porque la flor del romeropara mí no ha de faltar...La flor del romerola van á cortar...»
«... porque la flor del romeropara mí no ha de faltar...La flor del romerola van á cortar...»
«... porque la flor del romero
para mí no ha de faltar...
La flor del romero
la van á cortar...»
Todo está en la casa igual que dos horas antes. Mientras en la cocina se oye trastear con acompañamiento de suspiros, en el jardín Pablo hace un hoyo profundo que parece una sepultura; cava que te cava con afán, casi con furor, las caídas de la herramienta en el suelo repercuten al borde de la pared: pun... pun... con eco sordo y triste.
En una sala del piso bajo, Eugenia, oculto el rostroen la sombra de un cofre abierto, apila vestidos, estuches y papeles, con trazas de preparar un gran equipaje. Pero no debe de ser así, porque la voz, un poco empañecida de la trajinadora, repite:
—Son recuerdos... recuerdos...
Allí al lado, atisba Marta con mucha curiosidad las cajas en forma de ataúd, los trajes en desuso, los legajos prendidos en pálidas ligaduras, que trascienden á perfumes añejos y á historias olvidadas. En algunos manuscritos, los renglones cortos acusan cantares; y atrevida, la muchacha, tiende su mano hacia el archivo yacente, con la tentación de cantar las coplas.
—Serán del difunto don Jaime—alude en voz queda.
Los ágiles dedos han desplegado ya un papel.
—¡Pero, chiquilla!—censura la que está hincada junto al cofre. Y se arma de respetuosa solemnidad, previniendo:
—Son «autógrafos» del pobre señorito...
Con la unción de quien reza en un libro santo, Marta se inclina palpitante para leer:
¡Qué noche más triste,qué noche más larga!¡Soledad y silencio... El insomnio...las horas que pasandejando una pena, dejando un vacíoy un sabor de ceniza en el alma!...Dios de los amores,oye mi plegaria:enciende en los cielostu luna de plata;desata la voz de los vientos;que corran veloces las aguas;tiende en lo infinitola secreta escala,y haz que venga á mis brazos la dulceprenda de mis ansias...
¡Qué noche más triste,qué noche más larga!¡Soledad y silencio... El insomnio...las horas que pasandejando una pena, dejando un vacíoy un sabor de ceniza en el alma!...Dios de los amores,oye mi plegaria:enciende en los cielostu luna de plata;desata la voz de los vientos;que corran veloces las aguas;tiende en lo infinitola secreta escala,y haz que venga á mis brazos la dulceprenda de mis ansias...
¡Qué noche más triste,qué noche más larga!¡Soledad y silencio... El insomnio...las horas que pasandejando una pena, dejando un vacíoy un sabor de ceniza en el alma!...Dios de los amores,oye mi plegaria:enciende en los cielostu luna de plata;desata la voz de los vientos;que corran veloces las aguas;tiende en lo infinitola secreta escala,y haz que venga á mis brazos la dulceprenda de mis ansias...
¡Qué noche más triste,
qué noche más larga!
¡Soledad y silencio... El insomnio...
las horas que pasan
dejando una pena, dejando un vacío
y un sabor de ceniza en el alma!...
Dios de los amores,
oye mi plegaria:
enciende en los cielos
tu luna de plata;
desata la voz de los vientos;
que corran veloces las aguas;
tiende en lo infinito
la secreta escala,
y haz que venga á mis brazos la dulce
prenda de mis ansias...
—¡Qué precioso!—murmura la moza. Regina, que despacito y sin objeto entró en la estancia está allí escuchando, presa del hastío que á veces la sobrecoge en medio de su inútil actividad.
—Dame eso—dice á Marta, con el brazo extendido hacia el papel.
En cuanto la muchacha, confusa y diligente, la complace, sube la señorita, y se repliega en el sofá de su breve salón, donde ya se ha encogido escalofriada y temblorosa, en varias crisis de estéril cansancio, desde que salió Adolfo. Apenas si dirige una mirada á los versos de su padre, que tiene en la mano. ¿Para quién serían?
Esto es lo único que se le ocurre en aquel instante en que la musa paternal roza su oído, al través del tiempo.
—¿Para quién serían?—repite.—Y vuelve los ojos hacia el retrato del poeta, que desde el muro responde á la curiosidad con una sonrisa enigmática.
—Para mi madre, no—prorrumpe la monologuista con despecho, iniciando una protesta de mujer casada contra el libertinaje de los maridos. Mas, á poco, sonríe con desdén y con mofa: ¿Qué valor, qué virtud tiene en el mundo la fidelidad?... Sólo quien ama es fiel. Y, ¿hay quien ame, en el sentido espiritual y elevado de la palabra?... Regina lo duda. Aquel escepticismo tiene aire y forma en el desquiciado camarín delos novios; allí dentro de las vidrieras cerradas, alrededor de los muebles en desorden, un precioso ramo de camelias está en la alfombra marchito, y la Venus que decora la estancia, cubre su hermosura con un chal de Regina, mientras que Jaime, desde el retrato, riela en torno una sonrisa de muerto, y su esposa hunde en la pared de enfrente la cansada expresión, desde otra pálida fotografía. Este incrédulo matiz plañe con el sordo grito de las cosas:—Como no se cree en el alma de las flores, no se aguarda á que agonicen en un vaso piadoso; como no se cree en la belleza de la escultura, ofende su desnudez con sensación de frío; por desprecio á la estética, los muebles danzan, desorientados y hostiles; porque se duda del cielo, los difuntos se asoman á sus imágenes para sonreir con inquietud, para mirar con angustia...
Y el colmo de la incredulidad pone su trágica nota en la palidez caliente de la desposada, que no cree en el amor, y que suspira viendo morir sus postreras ilusiones en la misma aurora del tálamo...
Aún tiene la dama los versos á su alcance, y aún dice maquinalmente:—¿Para quién serían?
Busca en la composición algún indicio, con ese falso interés de los ociosos que tratan de engañar su aburrimiento:
...dejando una pena, dejando un vacío;y un sabor de ceniza en el alma...
...dejando una pena, dejando un vacío;y un sabor de ceniza en el alma...
...dejando una pena, dejando un vacío;y un sabor de ceniza en el alma...
...dejando una pena, dejando un vacío;
y un sabor de ceniza en el alma...
—¡Miente, miente mi padre!—prorrumpe con ímpetu, casi con crueldad:—«El vacío, la pena, la amargura», quedan en el alma después de ese goce bárbaro que tiene el dulce nombre de amor... Ya nada mepromete la vida, porque ya conozco todos los amores del mundo... ¡Mienten los poetas!—grita iracunda.
Pero su voz es apagada por otra, sentimental y varonil, que sube por la escalera, cantando:
«Si la cortan que la corten,á mí lo mismo me da...La flor del romerola van á cortar...»
«Si la cortan que la corten,á mí lo mismo me da...La flor del romerola van á cortar...»
«Si la cortan que la corten,á mí lo mismo me da...La flor del romerola van á cortar...»
«Si la cortan que la corten,
á mí lo mismo me da...
La flor del romero
la van á cortar...»
Y al asomarse Adolfo al saloncito, con la sonrisa y el cantar en los labios, quédase mudo ante la actitud de su esposa, que no ha hecho nada y tiene un aire de cansancio triste.
Ella le ve tan perplejo, que se compone el rostro con una mueca gentil, y dice, á guisa de explicación:
—La Venus y yo, tenemos frío...
—¡Es singular!—piensa él, hallando mucha semejanza entre la mujer y la escultura: el mismo semblante helado, igual sonrisa yerta, y un aire impasible, una quietud inerte dentro del chal obscuro...
Yace un papel á los pies de la desposada, y Velasquín le recoge, advertido por ella: Son versos de mi padre...
El mozo, muy aficionado á las sentimentales poesías, lee á media voz, con interés:
Gustar quiero en mis labios ardientesde tus labios la miel regalada,sentir en mi carne la dulce cariciade tu carne en amor inflamada,mientras en mi oído tu boca murmuraun «escucho» dulcísimo. El almasedienta de amorescon fatal calentura se abraza...¡Reina, dame un beso,de esos besos largos que nunca se acaban!
Gustar quiero en mis labios ardientesde tus labios la miel regalada,sentir en mi carne la dulce cariciade tu carne en amor inflamada,mientras en mi oído tu boca murmuraun «escucho» dulcísimo. El almasedienta de amorescon fatal calentura se abraza...¡Reina, dame un beso,de esos besos largos que nunca se acaban!
Gustar quiero en mis labios ardientesde tus labios la miel regalada,sentir en mi carne la dulce cariciade tu carne en amor inflamada,mientras en mi oído tu boca murmuraun «escucho» dulcísimo. El almasedienta de amorescon fatal calentura se abraza...¡Reina, dame un beso,de esos besos largos que nunca se acaban!
Gustar quiero en mis labios ardientes
de tus labios la miel regalada,
sentir en mi carne la dulce caricia
de tu carne en amor inflamada,
mientras en mi oído tu boca murmura
un «escucho» dulcísimo. El alma
sedienta de amores
con fatal calentura se abraza...
¡Reina, dame un beso,
de esos besos largos que nunca se acaban!
Al extinguirse el acento, ligeramente conmovido, el lector se vuelve insinuante hacia su mujer, y sonríe:
—Parecen de actualidad.
Estalla en los labios de ella una risa loca.
—Ya sé, ya sé para quién fueron—alude—. No se me había ocurrido: ¡Para Silvia!
—¿Quién era Silvia?
—Una «reina» del boulevard, íntima de mi padre.
Y sigue riendo la dama, nerviosa hasta el punto de romper en sollozos.
Supone el marido que la emoción de los recuerdos sugiere aquella crisis de risas y llantos, y acude hacia el sofá con tan amable impulso, que Regina presiente la repetición de la estrofa:¡Reina, dame un beso!... y prorrumpe amarga, casi violenta:
—No heredo yo la «sed de amores del alma» que mi padre sentía.
Adolfo retrocede. El también tiene frío. Un frío penetrante que le taladra el corazón.
luces de ocaso.—los achaques de regina.—tinieblas de un naufragio moral.—la isla de las rosas pálidas.
Nosin grande asombro advirtió doña Mercedes que la niña delRobledose consolaba del fracaso de su boda con excesiva prontitud. En la indiferencia de la muchacha al afrontar la conversación sobre este suceso; en el modo digno y prudente con que aludía á la pesadumbre de Carlos sin mentar la propia, adivinó la dama un altivo sentimiento, mezcla de piedad y desdén, que la llegó á herir. ¿No merecía Adolfo siquiera ni el tributo de una lágrima?
Olvidando un instante el dulce cariño de Ana María, irguióse en el pecho clemente de la señora el orgullo maternal. Repitió aquella pregunta delante del primogénito, y entonces Manuel, con viva elocuencia, refirióle á su madre la peregrina historia; analizó, á fuer de agudo psicólogo, los sentimientos de la muchacha; expuso claramente cómo en su inexperto corazón había ella confundido el afecto fraternal, la antigua simpatía que Adolfo le inspiraba, con la fuerza latente de otro amor más hondo y entrañable, y, sinmás rodeos, añadió que había jurado hacer feliz á la hija de Carlota.
—Ya lo sabe ella—dijo por fin.
—¿Ella? ¿Quién es ella?—inquirió la viuda estupefacta.
—¡Ella!—repitió Velasco también. Y con la voz un poco temblorosa corroboró al punto:
—Ella es la madre... pero yo he renovado á la hija mi juramento.
Fué menester que se explicara con más claridad para que doña Mercedes le comprendiera; y así que la dama hubo entendido cuanto Manuel se proponía, quedó absorta, contemplando á su hijo con ternura y admiración. Apareciósele en aquel momento como un ser providencial, como una especie de caballero andante que tenía la noble misión de traer alRobledoauras de libertad para laBella durmiente, anuncios de castigo para elOgroy certidumbres de ventura para elHada gentil. Y para que todo fuese milagroso y sublime, el amor de Ana María se revelaba de súbito, como un premio de Dios á su elegido.
Arrobada y gozosa, doña Mercedes sintió, sin embargo, un ligero escozor en la conciencia, al comprender que con la nueva alianza se excluía en absoluto á la pobre ausente de todo pacto posible con la felicidad. Pero una idea luminosa hizo sonreir á la señora de Velasco.—«Ella es la madre»—, pensó, repitiendo mentalmente unas palabras que se le habían quedado en la memoria, clavadas allí por la fuerza de un agudo sentimiento. Y se puso á escribirle una carta á su amiga Carlota, insinuando, entre muchas confidencias maternales, exhortos blandos y tímidos sobreamores y deberes: indicaba, con prudentes alusiones, que la felicidad de los hijos, por buenos que ellos sean, se cumple casi siempre á costa del sacrificio de los padres, y concluía en términos de muy delicada sinceridad... El resplandor de una vida feliz puso en aquel pliego luces alegres de ocaso: á la anciana señora le parecía fácil y sabroso que una madre abdicara en sus hijos las más íntimas ilusiones, y la tremante pluma instiló en el papel toda la suavidad de un corazón envejecido entre caricias y dulzuras; apacible corazón que nunca supo la tormenta espantosa de aquel otro á quien consultaba, joven y pujante, constreñido entre un pasado de angustias y el secreto de un trágico presente.
Carlota hizo su renuncia tácita y plena al porvenir con grave sencillez:—«Si antes daba con gozo mi hija á un niño bueno, ¿cómo no dársela con gratitud al mejor hombre del mundo?»—Así escribió. Y los rasgos de su letra, fina y elegante, no se estremecieron con el vendaval que en el pecho de la mujer soplaba, deshojando la abierta rosa de la juventud hasta dejar el tronco, perenne y vivo, de espinas erizado...
Grande júbilo sintió doña Mercedes con esta carta, y viendo disiparse las dóciles nubes de su cielo, puso mayor diligencia en las negociaciones de paz iniciadas con Adolfo poco después de su boda. La costumbre de ser feliz no daba espacio en la dama al rigor de la madre; érale menester que volviese pronto al hogar el hijo pródigo, y para lograrlo impuso la sola condición de no admitir á la intrusa, á la gentil diablesa que con sutiles artificios arrebató al caro Benjamín de la amistad y compañía de sus deudos.
Manuel sirvió de parlamentario, muy complacido; pero Velasquín, lleno de gratitud hacia quienes le tendían aquel grato puente de reconciliación, temió ofender á Regina excluyéndola en absoluto de las futuras paces. Decidióse al fin á explorar el ánimo de su esposa, con mucha delicadeza, y no sin asombro le halló conforme á cuanto doña Mercedes exigía.
Así volvieron á su acostumbrada intimidad los de Velasco. Adolfo concurría á la casa de su madre, sin mentar nunca á su mujer, y los dos hermanos, cazando juntos, departiendo de intereses y negocios, procuraban no aludir en sus conversaciones á los de Ramírez, apartados siempre en su esquivo robledal. Sobre los secretos dolores del hogar amigo derramaba la piadosa vejez de doña Mercedes la luz de su sonrisa inextinguible, dulce puesta de sol, dorada lumbre de crepúsculo en un campo de tragedias silenciosas.
Pasaba mientras el tiempo sin que Velasquín pudiese emprender con Regina el proyectado viaje. Cayó la esposa en languidez extraña y profunda; atribuyendo Adolfo á trastornos de salud aquellas inquietudes y endebleces, llamó á don Fermín, y éste dió, por casualidad, un dictamen conforme á la opinión del marido: impresiones violentas, luchas y anhelos del presente, venían sobre las amarguras de lo pasado á determinar una perturbación nerviosa, reflejo, tal vez, de otras ya padecidas. Y el achaque ofició de piadoso velo para que Velasquín no advirtiera las sombras de un corazón que juzgaba suyo. Eugenia dijo que ya en dos ocasiones había caído su niña febril y delirante, con «mal cansado», como si estuviese hechizada; pero, el médico, sonriente, aseguró que las dolencias de señoritasmimosas se curaban siempre al año del casorio, cuando el amor florecía...
Después que Adolfo erró en sus emociones de recién casado, como en selva tenebrosa, una paz algo triste, pero confortable, descendió á su espíritu optimista; amoroso y creyente, halló razón de sus crueles sorpresas en el repentino quebranto de salud que le entregaba para la intimidad una mujer distinta á la novia que le sedujo; esforzábase él en cumplir las prescripciones del doctor, suponiendo que al sanar la esposa hallaría de nuevo á la vehemente enamorada, acaso convertida en madre para mayor ventura. Y ella se dejó asistir, felicitándose de aquel pretexto que la permitía sumirse en sus fracasos definitivos, sin malograr las ilusiones del esposo. Le vió tranquilizarse, después de las primeras alarmas, y se esforzó entonces en sostener la felicidad de Adolfo con un débil conato de misericordia.
En la total quiebra de ambiciones y propósitos, la dama rubia no salvó más que los indicios de sus energías: el tenue hervor de la conciencia sólo alcanzaba á producir burbujas fugaces de contradictorios sentimientos en la helada superficie de aquella perezosa voluntad; el hilo de la compasión, casi roto, ataba flojamente el recuerdo de Carlos Ramírez, y entonces, una ola indecisa de carmín sonrojaba el rostro de la coqueta, que con villanos manejos aprisionó al enamorado mozo; si la pobre fibra de la gratitud palpitaba un instante por Velasco, juguete de la ambiciosa, las náuseas del tedio entorpecían aquel graciable instinto, y apenas si un impulso de bondad y un hábito de educación lograban contener en la boca de Regina frasesó gestos crueles contra Adolfo; y si amables visiones de la infancia hacían temblar en aquellos labios el nombre de Ana María, el amor propio y la soberbia alzaban contra el generoso remordimiento su aguijón cobarde y fino, como punta de alfiler. En aquel naufragio moral quizá pugnasen, con un poco de ansia, el orgullo y la codicia, para salir á flote: la certeza de haber triunfado sobre otra mujer de rumbo y donaire, era asomo de ilusión que sobrenadaba en el grave hundimiento de muchas ilusiones, y la esperanza de asirse todavía á la felicidad, por algún cabo suelto del destino, trepidaba con barruntos de fe en el roto cordaje de la ambición.
Pero era tan sorda y tímida la lucha de aquel ser tundido por las decepciones más violentas, que la ruin marejada no rompía el hielo de la indolente postura que Regina tomó en su nuevo estado.
Al conseguir sus propósitos, con burla del sufragio popular, y sobre la oposición de una familia poderosa, hallóse la de Alcántara presa en los brazos de un hombre á quien no quería. La misma facilidad con que le sedujo, fué para la seductora causa de menosprecio: no era su tipo aquel muchacho sonreidor y gentil, que se dejaba encantusar igual que un nene. Adolfo no tenía «aspectos»; de una sola vez se le veía en todas sus fases, porque no cambiaba nunca su expresión ingenua y plácida, galante y dulce.
Así pensaba Regina, estableciendo con fría censura, comparaciones en que su marido quedaba siempre desairado.
—Carlitos—meditaba—es más hombre que Adolfo, y ofrece otras sorpresas, otras seducciones; en sus pupilasarde un fuego triste, un sol de drama que penetra hasta el corazón.
Y al llegar á la parte conmovedora de sus monólogos íntimos, reía en carcajadas estridentes y agudas, amargas como la hiel.
—¡El corazón!—decíase—; ¡qué de alusiones sentimentales para ese músculo que funciona á instancias de la materia, exactamente igual que el resto del organismo!... ¡El corazón! ¡Qué mote tan precioso, para un pedazo de carne donde la sangre afluye, con todas sus perversiones y averías! En metáfora, mi pobre corazón es una tierra floja en la cual ningún sentimiento echa raíces...
Y sintiéndose completamente desasida de cuanto puede atar al mundo una existencia, irritábase al ver que su destino estaba ya trazado, que todos los senderos de su porvenir tenían en el horizonte el yugo del matrimonio, la cadena del amor... ¿Del amor?
Esta pregunta era de una tristeza desgarradora al rebosar en labios de Regina. Para ella, la esperanza del amor yacía con las alas rotas, inerte, imposible...
Y á cada inquieta consulta, los descubrimientos de la recién casada respondían obstinados y crueles:—El amor es carne, es instinto, como fruto del corazón.
La clara inteligencia de la moza arrojaba su luz tímidamente sobre tantas obscuras negaciones. Si la vida no cumplía ninguno de sus ofrecimientos, si todo era fugaz y mentiroso en el mundo, ¿cómo una parte inmensa de los seres humanos sembraba optimismos uno y otro día, cosechando, al fin, realidades y venturas?... ¿Por qué el mito de la felicidad subsistía al través de las generaciones?
En sus vagos discursos, deshilvanados y tristes, Regina escuchaba como un eco obsesionante la confusa advertencia:El bien es el placer; el mal es el dolor...Pero ¿el dolor que ella sufría, se originaba de algún mal, ó existía un mal como consecuencia de su dolor?... Estaba á punto de saltar hecho pedazos aquel entendimiento, en la esclavitud de tales indagaciones.
Presa en el círculo vicioso de sus lecturas, la dama balbucía delirante:El bien es el placer...¿Cómo se entiende? ¿Cuál es el primero, el originario?... ¿Será preciso obrar el bien para ser feliz, ó ser feliz para obrar el bien? Y se oprimía las sienes, estallantes de dudas y sutilezas, concluyendo por confesar:—Sólo sé que no sé nada...Ella vivió buscando placeres con ciego frenesí, y á lo largo de su juventud todos los goces amargaban con el ácido sabor del mal de la vida.Cuanto más elevado es el ser, más padece, recordaba la filósofa á este propósito. Y trataba de engreirse con frágil orgullo, débil hasta en sus vanidades. Así se hundía en las nieblas de un dañino apocamiento, con trazas tan decadentes, que nadie puso en duda su enfermedad.
Se atormentaba Adolfo con las prisas de poner correctivos eficaces á la extraña dolencia. Alejada de los novios, como era de razón, la corte de amigos que la dama tuvo, sin familia y sin relaciones, era menester buscarle rutas alegres fuera de allí.
El marido, que ya frecuentaba los acostumbrados lugares en la ciudad, gozando como siempre la supremacía de su linaje y fortuna, achacaba un poco el retraimiento de su mujer á la violenta situación en queambos estaban frente á los de Ramírez, y á la expectante curiosidad del vecindario. Pero en vano insistía en hacer aquella excursión, base de olvidos y mudanzas; siempre que él hablaba de partir, suspiraba la señora con tal pesadumbre, que el viaje quedábase en suspenso, mientras la vida conyugal languidecía en actitud impaciente, supeditados á la resolución de la dama todos los planes del nuevo matrimonio. Estaba convenido que en ausencia suya se hiciesen obras de consideración en la casita del arrabal y que los excursionistas trajeran un mobiliario á su gusto para aquel breve estuche de los primeros años de amor. Andando el tiempo, Adolfo no desconfiaba de ver entrar á su esposa, con todos los honores que le correspondían, en el palacio del valle.
Después de apremiantes instancias, Regina dijo que marcharían cuando llegase su ajuar de novia, encargado por Velasquín con mucho boato. Fué un pretexto para detenerse aún, asustada por la idea de lanzarse otra vez al mundo, tan inútilmente paseado por la viajera rubia. En sus enormes decaimientos surgían de pronto afanes infantiles, caprichos inocentes como los de una niña. Dió en suponer que entre su ropa blanca pudiera llegar de París alguna solución milagrosa para sus graves conflictos. Y aquella criatura, tan profundamente decepcionada en cientos de agudos desengaños, estuvo pendiente del arribo de un baúl que entre lazos y blondas alumbró unas prendas vulgares de íntimo uso.
Mientras acomodó Marta en los armarios el flamante equipo, lloraba Regina, como si en su horizonte se hubiera puesto para siempre el sol...
A menudo Adolfo, compasivo y amante, hablaba á su mujer de una inmediata aurora de venturas.
—Te pondrás buena... tendremos un hijo—murmuraba en fervientes «escuchos».
Y ella fingía un asomo de complacencia, que rebosaba amargo desdén.
¡Tener un hijo! !Bah! Aquella ambición era insoportable á la flaqueza de Regina. Le hacía daño pensar en cosas fuertes, y arrojaba con terror aquel grandioso pensamiento, que le dolía en la cabeza con peso irresistible. Sintiéndose impotente y acabada, le parecían una burla á su incapacidad las dulces ilusiones del marido...
Desde el mes nebuloso de la boda corrieron otros cuatro, y aún Regina respondía á las instancias de Velasquín:
—Saldremos la semana que viene...
Ya florecía la primavera. Las tardes, crecientes y apacibles, se extasiaban sobre el cielo y el mar, y la dama rubia avizoraba el celaje benigno, con la vaga expresión de quien no sabe por dónde ha de venir una sonrisa de la esperanza. En la quietud de aquella triste demora, hasta el paisaje inmóvil parecía esperar algún suceso.
Adolfo llegó un día á su casa muy alegre, portador de tan grata noticia, que imaginó llevar con ella la salud á su mujer.
Doña Mercedes había hecho partícipe de sus nuevos planes de felicidad al hijo pródigo, y sintiéndose él consolado y tranquilo en el corazón y en la conciencia, supuso que ofrecía iguales beneficios á su esposa, comunicándola el raro secreto.
Habló impaciente, con el aire misterioso y las palabras en tumulto:
—¿No sabes?... Ana María es novia de Manuel.
Fué como una puñalada aquel repentino informe, que dejó convulsa el alma de Regina. Sin darse exacta cuenta de lo que estaba oyendo, interrogó:
—¿Novia de tu hermano?
Y ya, penetrándose de la noticia, se asió á la duda con zozobra:
—¿Es de veras?
—De veras... Mi madre cree que se casarán pronto.
—¡Ah!... Se casarán pronto...
El eco de aquella frase silbó en los labios de la dama y dejó en aquella boca contraída la huella cruel de una burla doble y terrible.
—¿Qué dirá Carlota... y qué dices tú?
—¿Cómo?
—La novia de Manuel se iba á casar contigo hace poco tiempo... Y su madre huyó, locamente enamorada de tu hermano.
—¿Tú sabías?...
—Carlos, sin darse cuenta de ello, me ha contado la historia del drama y de la fuga.
—¡Ah, sí; pobre mujer!... También yo supe, hace poco, muchas tristezas delRobledo.
Se quedó el mozo meditabundo. Su madre, para conmoverle, para uncirle á su compromiso con Ana María, habíale iniciado en los amores y dolores de la silenciosa tragedia. Pero en aquel tiempo, Velasquín, borracho del licor de sus antojos, no percibió el perfume de aquellas rojas flores de pasión y tormentoque ahora, de improviso, tomaban alto y puro relieve en su conciencia.
La vigorosa juventud de Adolfo penetraba en el devastado corazón de Carlota con más sigilo y certidumbre que la ancianidad de doña Mercedes.
Y con profunda lástima pensó el caballero en aquella hermosa mujer, sola en lo alto de la vida, cerrando voluntariamente los ojos á la única estrella de su camino. La conducta hidalga de Manuel hallaba dulce premio en el amor de un ángel: Ana María Ramírez era un espléndido regalo para el hombre más descontentadizo. Seguro de ello, Velasquín, imaginó que mientras á su hermano le sonreía tan apetecible recompensa, Carlota ahogaba detrás de sus labios sonrientes un sollozo en que rugían la soledad y el desconsuelo, con todo el humano poder de una pasión que asaltaba á la pobre criatura en el desamparo de su peregrinaje, como animal dañino que acecha al inerme viajero.
Cuantas sublimes resistencias pudiesen existir en el corazón de una madre, le parecían al mozo insuficientes para conllevar el sacrificio de Carlota. Y sobre estas cavilaciones, en que Velasquín sentía rodar un imaginario rumor de lágrimas, se alzó la voz inquieta de Regina. Creyó la dama adivinar los pensamientos del esposo, y extraviándose en sus conjeturas, fulminó un dicaz comentario:
—Pues ya «estábais» lucidos tú y la fugitiva...
Pero el joven murmuró con fervor, únicamente:
—Carlota es una santa.
Cambiando de tono, obsesionada y envidiosa, dijo entonces la mujer, como si hablase consigo misma:
—Las santas son felices.
Adolfo ya miraba á su interlocutora con más atención.
—¿Felices?—interrogó admirado.—Ella padece enorme desventura.
—¿Porque sufre? ¿Porque ama? Eso es gozar, es sentir, y comerse la vida á mordiscos amargos y dulces... Lo terrible es no tener creencias, ni amores, ni rumbos, ni hambre ó sed de cosa alguna, y fracasar siempre y no saber de quebrantos ni de gozos, hasta morir de hastío, sin pena ni gloria.
El joven, sentado cerca del balcón, alzóse con miedo; su mujer hablaba sordamente, blanco el semblante y sombríos los ojos como nunca.
Un chispazo de luz quiso alumbrar en el corazón del esposo la torva sima abierta debajo de aquellas frases; mas el rostro de la habladora tomó un cariz tan lastimero y doliente, que al punto Velasco, enternecido, se acercó á ella con piedad.
—Te exaltas, hija mía—pronunció,—cálmate; ya hablaremos despacio de todas esas cosas.
Ella, viéndole crédulo y niño, engañado por dos mujeres con tanta facilidad, le vibró de soslayo su desdén en una mirada, y se encogió de hombros con suma indiferencia. Pensaba que era inútil dar calor aparente de vida á los ecos de una tumba: sus palabras, audaces y fuertes, á ella misma le habían hecho daño; tuvieron la resonancia sepulcral de un recinto donde no hubiese más que el polvo de un cadáver...
Sintió que Velasquín la arropaba en el sofá, besándola con dulzura en los cabellos. Y quedó sola, inmóvil, dudando si aquella quietud que la invadía erael anuncio de una buena hora para dormir ó para morir. La breve y dura plática le causó profundo cansancio y dejó en su boca una estela salobre, como si la hubiera acariciado la brisa del mar; aquel triunfo orgulloso sobre otra mujer, única satisfacción positiva de sus errores, hundíase de repente con inesperada burla, y el marido que á Regina le quedaba entre los brazos perdía su único valor para ella, puesto que dejaba de ser el codiciado botín de una victoria.
Bajo la inmovilidad de la dama se alzó una impotente cólera contra Ana María, y subió hacia Velasquín la marejada de los desdenes, como si ambos jóvenes arrebatasen con traición su presa á la triunfadora: pecaba Adolfo—según tales argucias—en valer menos que su hermano, y Ana María en fingir que lo ignoraba, para inutilizar á una rival temible y emprender sin peligros la valiosa conquista del Velasco de más fuste, del hombre original sobre cuya cabeza interesante había nevado en pleno estío. Aquellas prematuras canas de Manuel adquirían, de súbito, un altísimo precio para Regina; y la adusta indiferencia que su cuñado la demostraba, fué de pronto un estímulo que le obligó á admirarle.
Pero rendida en aquel sordo y leve pugilato de odios y admiraciones, dejóse hundir entre las nieblas del sueño. Poco después, bajó sus párpados caídos, á una luz indecisa, como de tarde moribunda, imaginó ver en casa de Ramírez el salón principal del laboratorio convertido en escenario de muy extraña comedia: don Juan vociferaba, con los puños crispados, amenazador y furioso, pero su expresión de voluptuosidad y de placer daba la certidumbre de que era muyfeliz de semejante guisa; Carlitos, en un extremo de la sala, lloraba en los brazos de su madre, y sobre los humanos relieves de la piedad y de la pena, tenía el grupo tal aroma divino de amores y de gozos, que á la visionaria le dieron mucha envidia aquellas dos criaturas tristes; allá, en otro rincón, Manuel y Ana María se hablaban en secreto: el rocío del llanto y la santa ciencia del sacrificio daban á la hermosura de la niña un aire de madona, tan solemne y tan noble, que Manuel de seguro la quería por aquel tinte de bondad y excelsitud, en tanto que ella se inclinaba con respeto y ternura hacia los surcos que el dolor y las vigilias pusieron en la frente del mozo.
Flores muertas, animales disecados, fósiles y moluscos, esqueletos y plantas, parecían descansar en cómodas posturas, á lo largo de las paredes, bienhallados con sus apariencias de vida, y con ojos invisibles abiertos á la escena; mientras los peces vivos, en sus casas de cristal, formaban en torno al cuadro una cinta de trémulos colores.
—Pues, señor,—decíase Regina con despecho—aquí todos gozan, todos tienen un destino y un fin, una pasión, un impulso...
Y al sentirse fallida y miserable en aquel raro centro de actividad, fué quedándose inerte, petrificada, con sensación de frío y de reposo, como si fuera á morirse.
Pero la muerte así, no era medrosa ni cruel; al contrario, muy tranquila, muy suave, bajaba desde la cabeza, destrenzando á la dama los cabellos y echándole en los ojos la pálida sombra de un cipresal; después la besaba en los labios, con una ráfaga de hieloque extinguía dulcemente la voz y los suspiros de la moribunda; y, por fin, le hacía un pequeño tajo en el corazón, por el cual se le escapaban á Regina los residuos de sus odios y sus amores, en flujo apacible y benéfico... ¡Qué descansada se quedó!... ¿Era aquello estar muerta, como Daniel, como Jaime, como todos los huéspedes del camposanto, tendido en el argomal?... ¿Estaría disecada, igual que los peces del laboratorio?...
Un átomo vivo de la memoria fluctuó en la rubia cabeza desmayada, y, de repente, aquel punto animado del pensamiento se arrebató con locos terrores:—¿Qué habrá detrás de los cipreses, al otro lado de la sombra y del frío, de la quietud y el descanso?—gritó el minúsculo vigía de la inteligencia.—Y la voluntad, alarmada por la terrible pregunta, estremecióse toda y despertó.
—Señorita, el correo—anunciaba Marta, presentando una bandeja.
Regina tardó un rato en reconocerse. Examinó los muebles y la estancia, y, hallándose al abrigo del sofá, entre edredones y cojines, fué recordando cómo se había muerto, después de una sorprendente conversación con Adolfo... Sí, era verdad: la hendedura del corazón prevalecía; rencores y cariños, aun aquellos tan leves y menudos que le quedaban como un poso de sus luchas para vivir y amar, se derramaron totalmente durante aquel sueño indefinible. Sintióse ligera y helada, igual que una vedija de nieve.
—Morir, ¿no es soñar?—se dijo.—¿No podría suceder que yo estuviese muerta y que soñara pasajes de mi vida?
—¿La señora no quiere abrir sus cartas?—insinuó la doncella.
—Sí quiero; dámelas—respondió la «difunta» con grato acento. Extendiendo la mano, recogió los sobres, uno de los cuales, con orla de luto, llamó su atención.
—Letra del doctor Marín—dijo.
Y para su «mortaja» (que era un vestido muy elegante), meditó:
—¡Si estaré viva!... Parece que reconozco la escritura de las gentes; que hablo acorde; que tengo agilidad y memoria... ¿Habré resucitado?
Se echó á reir, y el oro de su voz sonó con hechizo de metal puro, estremeciendo á Marta, que no presentía aquella explosión alegre.
—¿Está peor la señora?—interrogó sorprendida, temiendo que delirase.
—Al contrario; estoy muy bien—dijo ella, asombrada de escuchar su propia voz y entender sus razones. Y rasgando el sobre de luto inclinó los ojos tranquilamente hacia la carta del doctor Marín, mientras la doncella salía del aposento.
Por el balcón penetraba un perfumado soplo de la tierra, henchida ya de brotes en la preñez fecunda del verano, y las horas, cuajadas de sol, se mecían con deleite sobre el infinito desdoblamiento del mar.
La escritura, un poco difícil, ocupaba el pliego que extendió Regina y aun cruzaba la página postrera formando cuadritos. Bien conocía esta costumbre la lectora, porque el galeno amable complacióse en escribirle, varias veces, atravesados renglones en cuya confusión clareaba su antojo por la moza andariega,camarada y confidente un día del consolado viudo. A una sola carta contestó Regina, y la más fogosa epístola del doctor cruzóse en el camino con un lacónico impreso en que la viajera rubia participaba su celebrado enlace... Ahora decía Rafael Marín que él también se casaba: una prima suya, cordobesa, mujer de mucho ángel y rica dote, hacía tiempo esperaba aquella decisión del primo viudo. Dábase el mozo importancia con su brillante boda, muy picado por los desdenes de Regina; y este anuncio feliz iba á modo de epílogo al final de otra nueva muy triste: la niña del doctor se había muerto; al nacer la primavera comenzó á entristecerse, y cuando las rosas abrieron sus capullos cerró la nena para siempre los ojos. Quedábase allí en el cementerio lindante con el mar, dormidita debajo de una cruz. El doctor se trasladaba á Córdoba con su hijo, á establecer el hogar nuevo.
Una ráfaga de remota tristeza pasó por el semblante de Regina, como si le llegara de muy lejos, de otro mundo quizá, aquel papel fechado la víspera en San Simón.
Parecióle á la dama haber amado en otra vida á la pobre nena del doctor Marín, y hasta haber sido novia de un mozo enlutado y sonriente, único poblador de una isla admirable, con árboles muy viejos y rosas muy pálidas.
Y entornando los ojos como para retener fugitivas imágenes, vió Regina al médico diciéndola adiós, á la triste hora del crepúsculo, con los niños de la mano, mientras ella bogaba hacia la costa buscando la felicidad.
¡Tampoco estaba en la ribera!—se duele al recordarque persiguió la ilusión de ser feliz al través de los mares y de los mundos. Y sin dolor ni amargura se quedó pensando en la isla verde y florida, desde la cual demandó á la costa patria un refugio placentero, sabe Dios cuándo, tal vez en época ilusoria.
En la imaginación doliente de la dama es la isla un vergel abandonado, un plantío de cipreses y cruces donde duerme la niña de Marín, mientras su padre corre detrás de una ilusión.
Por aquel escenario de fuga y abandono pasa tranquilamente una moza descalza, muy contenta, con un dedo sobre sus labios rojos, en señal de silencio. La reconoce Regina, y, al verla sonreir con vivo gozo piensa que esta criatura es digna de guardar el vergel de los sueños, la isla de las ilusiones; porque va pisando, sin ruido y sin alardes, rosas de felicidad deshojadas bajo sus pies desnudos...
La dama rubia no tiene envidia como antaño, ni humor para hacer experiencias inverosímiles, como cierta noche primaveral en que se descalzó persiguiendo un mito. Pero le queda la memoria de sus ambiciones de ventura; tiende la mirada al paisaje, suspira y repite:
—¡La felicidad no estaba en la ribera!...
amor con amor se cura.—el profeta del almirez.—mentideros torremarinos.—un corazón por blanco.
Ardeel estío. Murmura el robledal con tumulto de tenues rumores, y Carlos Ramírez pasea bajo la fronda en solitaria meditación. Parece más alto; inclina la cabeza como si le pesara la corona de la juventud; suspira y se detiene á menudo. El amor le duele como un mal de la vida, y el desengaño le agobia; pero sus pensamientos, que vuelan por el bosque á la par de los malvises, son tranquilos. Es que la dura pesadumbre del mozo tiene una alegría: Carlota ha resucitado en la impenetrable ausencia, al saber que su hijo no gime como adolescente, sino que sufre como hombre, iniciado en la ciencia trágica del amor. Sabia en amar la madre y en sufrir, fué clemente doctora para disponer los remedios al herido de amores; y á maternal milagro trascendía la convaleciente actitud que tomó el muchacho apenas sus lágrimas cayeron sobre las cartas benéficas de Carlota. A la pobre ausente le sirvió de ocupación divina consolar á suhijo; en la dulce tarea hallaba algún recurso la propia desventura, porque el secreto amoroso de aquella triste alma se derretía en halagos y promesas, derramándose en el papel como en un cauce bienhechor. La piedad y el sentimiento vibraron de tal modo en la pluma de Carlota, que, bajo el influjo de la eficaz medicina, Carlos sintióse renacer, lo mismo que si su madre le alumbrara á otra existencia más consciente y profunda; y la maravillosa caridad sostuvo al mozo en tan confortable sosiego, que no se atrevió á pedir goce mayor, cual si temiera romper con su codicia el hechizo de aquel hallazgo. Pero la ausente ofreció, pródiga, más bellas realidades, vertiendo en sus renglones la esperanza de entrevistas futuras y de una felicidad posible. Y Carlitos espera también animoso, porque la dicha de su hermana se proyecta como un sol nuevo en el horizonte amaneciente del muchacho.
Al resplandor suavísimo de aquella aurora que en su cielo sonríe, el doncel siente resucitar los fervores de su infancia; cree en los milagros celestiales y en las compensaciones providentes; reza y confía. Como si Carlota pudiera descender desde las nubes, volviendo hacia sus hijos con luminosa traza de aparición, le gusta al muchacho peregrinar por las cumbres de la selva, absorto en santos consuelos, seguro de que un día las virtudes de su madre resplandecerán sin una sombra, con la diadema doble del mérito y el infortunio...
Ya entre el vecindario «se corre» que la dama fugitiva ha parecido, y que vive, en olor de santidad, en un convento francés.
Don Celso Ortiz asegura esta especie con sones cavernosos, mientras prepara un específico sensacional contra la polilla.
—Aquí hay un conato de crimen, una coacción inicua—murmura, dale que dale en el almirez.
—Esa señora—afirma, estornudando al mezclar alcanfor en su menjurje—no se ha recluído de tan extraño modo por la propia voluntad, exponiendo fama y dicha... Aquí existen vestigios de secuestro, rastros de monomanía religiosa ó síntomas de terror insuperable...
—Unaperrade cerato simple—le interrumpen. Él despacha, cobra, tose y augura:
—La familia delRobledono puede acabar bien. Tiene una vena dramática en pugna con el sentido común.
Felipe Alonso, que abre unos ojos tristísimos sobre los manejos del charlatán, suspira resignado. Suele sentarse en la rebotica cuando no encuentra á quién colocar algún discurso altisonante; y allí se encoge pasivo, en actitud de oyente, seguro de que don Celso no le deja intervenir en su peroración. Después, el bello Alonso toma justa venganza del humillante mutismo, apropiándose las invenciones y hasta las frases del boticario, para hincharlas y lucirlas al través del puerto. Estos dos rivales de la oratoria popular se temen y se buscan, se odian y se necesitan: don Celso crea; Alonso propala; el anciano echa á volar la fantasía con inventos peregrinos, desde la cárcel de su laboratorio, y el joven vagabundo difunde aquellas imaginaciones; pero aunque goza éste las primicias de la pública emoción, no sabe disimular en susspeechsel sello originario, un rojo tinte de volcán y tragedia, que hace á las gentes decir:
—«Eso» ha salido de la botica...
Entonces el inventor gusta sus triunfos, porque los curiosos acuden á la fuente madre de los chismes, y pierden interés las divulgaciones que siembra Alonso en el Casino y en las demás tertulias.
Mas ahora tardará el boticario novelero en sentir los halagos de la popularidad: sus pronósticos ofrecen dudas, á fuerza de no cumplirse; sus noticias se han desacreditado, como cierto betún para las canas, completamente fallido; y durante los calores estivales, la botica, situada á pleno mediodía en el chicharrero de la calle Real, no goza el favor de los desocupados, aunque el aburrimiento profundo de Felipe Alonso caiga en aquel cuchitril ardiente, lleno de moscas y de mareantes perfumes, donde el mármol y el cristal hacen más visible la ausencia del aseo. La facundia del químico se derrocha esta vez sin esperanzas; conoce él sus fracasos, y sabe que en las filas disidentes de sus adeptos esgrime armas victoriosas la Bernalda «joven», mustia y frenética por la broma del amor y del barniz.
Pero la inventiva del boticario es tenaz, y sube con la temperatura, como el barómetro; así, el viejo proporciona á su agente y enemigo augurios y revelaciones acerca de lo que vuelve á ser «cuestión palpitante»; y aunque no vendrá igual que antaño la ronda de curiosos á indagar el origen de tales rumores, en risueña parranda, el farmacéutico sonríe complacido y arremete con ímpetus á su preparación contra la polilla, de enorme utilidad en la canícula.
Mientras funciona el almirez ilustre de la calle Real, vase el declamador buen mozo á predecir, con voces misteriosas, graves sucesos en la familia de Ramírez: mas en vano gesticula en actitud interesante, y finge alarmas, y augural balbuce:
—«Según tengo entendido»...
La gente mira incrédula alRobledo, y ni los más inclinados á la catástrofe y á la fatalidad, advierten que en la serena fronda se inicie drama alguno: adormecida está en la altura, con beatitud amable, como si prestara oído á la solemne respiración del Cantábrico; y el cantar de las aguas corrientes brota de las entrañas de la selva con tan mansos rumores, que hasta los más pesimistas y agoreros oyen en su voz un romance de paz.
Si la señora de Ramírez se apareciese allí donde su hijo ambula esperándola, de seguro el vecindario sonreiría con benevolencia, creyendo á Carlota un ángel en quien Dios hacía gala de prodigios. Indulgentes brisas de caridad rondan el bosque, y el rumor de que ha devolver la dama delRobledo, tiene una dulzura placentera que Felipe Alonso no puede amargar con los vaticinios del boticario...
En esto, las de Estrada descubren una tarde el grupo significativo y alegre de la viuda de Velasco—casi nunca vista en la población—apoyándose en la niña de Ramírez, y con la escolta galante de Manuel. Van de compras: cruzan la plaza, y bajo los portalones se hunden en la tienda más rica de la ciudad.
Cuando aparecen otra vez al sol, todos los visillos del trayecto están atacados de epilepsia contagiosa, encima de los cristales.
Manuel mira hacia los balcones con sabia sonrisa, como si penetraran sus ojos al otro lado del fino cendal que cubre á las señoras, arrodilladas, impacientes y febriles.
Y al sorprender la risueña observación de Velasco enrojece Ana María, y se turba.
Ya no es preciso más para que cuenten aquella noche las de Estrada que otra vez hay barruntos de boda en elRobledo: asienten las de Bernaldo; las del juez aseguran, y ármase un guirigay estrepitoso, del cual llegan rumores á cada paseante de la alameda, donde el estío reune á la gente de buen humor. A coro acciona y comenta el grupo mujeril:
—¡Iban tan entusiasmados!...
—Ella se puso muy encarnada...
—¡Está monísima!
—¡Qué buen mozo es él!
—Las canas le favorecen.
—Es tan arrogante como Adolfo...
—Y más formal.
La alcaldesa dice que los Velascos son de una raza de caballeros tan cumplidos, que de seguro Manuel quiere enmendar la culpa de ingratitud cometida por Velasquín.
—Pues hay pocos hombres de ese temple—exclama Filomena Bernaldo.
Ordóñez toma parte en la conversación:
—Con mujeres como Ana María, ya puede ser Velasco un caballero.
—Adolfo no lo fué—murmura Jacoba Estrada, que se muere por el doctor.
Pero él replica impávido:
—Un caso de locura no se repite con frecuencia.
—¡Buen desfacedor de agravios tenemos aquí!—ríe muy relamida la celosa.
Y el joven se conduele agresivo:
—¡Si no estuviera «tan alto» elRobledo!...—Después lanza, burlón, una pregunta al corro:
—¿No compran ustedes las bolas que vende el boticario para defender terciopelos y lanas?
Todos sonríen mirando á Filo; la sensible doncella, dándose por aludida, responde con mucho desdén que ya es viejo ese específico... «de la calle Real», porque el año anterior puso ella unas cuantas bolas en la piel... ¡y se le picó toda!...
—¿Se le ha picado á usted la piel?—compadece Estraduca, tímido y desolante, asomando la nariz por detrás de sus hijas.
—Sí, señor. La tengo completamente picada.
—¡Pobre criatura!... Pero ¿y de qué, de qué?
—Pues de la polilla.
—¿Es posible? ¿de veras?
—¡Si era de nutria, hombre!—advierte Jacoba con un codazo irrespetuoso. El regocijo gárrulo de las mujeres empapa la vocecilla tremante, que gime aún, con la obsesión del duelo:
—¡Pobre Filomena!...
Cuando agoniza la velada, ya es público en Torremar el hidalgo proceder con que los Velascos saben cumplir compromisos de amor; y la imaginada boda presta alRobledoun relieve de tales proporciones, que, mediante absurda suposición, cuéntase á la de Heredia enclaustrada por un voto y se dice que la merced pontificia está á punto de volverle su libertad...¡Tal eficacia tuvieron una sonrisa burlona en labios de Manuel y una llama de rubor en el rostro gentil de Ana María!...
Ligera y fugaz como una sombra, desde que «resucitó» con el corazón exhausto en el blando nicho de chales y almohadones, camina la de Alcántara con inconsciente rumbo, igual que si le hubiesen puesto una venda en los ojos. En su propia casa, al tropezar á sus familiares, sonríe con la misma dulzura á Pablo y á Velasquín; tal sonrisa es perenne, yerta y remota, como la de un retrato, ó de una estatua. Ya la joven sale en elReina; cruza la playa; monta á caballo, y asiste á misa. Adolfo está muy contento viéndola así, por más que á veces sienta una vaga inquietud vislumbrando en los ojos de su mujer el frío detrás de la penumbra, como si aquellos cristales tenebrarios franquearan un sepulcro. Hay una triste sensación de ausencia en las pupilas de la dama: diríase que duerme con los párpados abiertos ó que vela con el espíritu en fuga. Velasquín está receloso y le dice á menudo:
—¿Sufres?... ¿Qué sientes?
Regina responde:
—No sufro nada. No siento nada... ¡nada!—corrobora con un ligero espasmo de extrañeza.
Y en Torremar produce grande asombro el aspecto apacible y saludable de aquella dama que se recobra al mundo cuando todos la creían achacosa y doliente.
No ha pasado la primera semana sobre la singular resurrección, y una tarde Regina se entretiene en tiraral blanco en pugna con Velasquín, desde el rudo camino de la costa: en palique y en chanza, agujereando un papel prendido en los matorrales del argomal, suben al cementerio, y junto á la cerca, Adolfo propone á su mujer colocar desde allí, á porfía, una bala en un pino solitario de la otra linde; tira el caballero, y acierta; la señora apunta y dispara: una cruz del plantel cruje; un grito amargo y desgarrador emerge de las flores que rodean al herido leño.
Velasquín, pálido y afanoso, empuja la puertecilla y avanza entre losas funerales; Regina corre detrás, sin miedo ni susto, rauda y leve como una pluma, que el aire lleva; al llegar los dos al pie de la cruz, el marido incorpora á una mujer, inerte en el suelo, y la esposa distingue entre los brazos del símbolo piadoso un nombre: ¡Gabriel!
Cuando la triste desmayada vuelve en sí, mediante la asistencia de ambos jóvenes, mira á la cruz y prorrumpe en lamentos:—¡Gabriel! ¡Gabriel!—murmura.—¡Está sangrando!... ¡Le han herido en el corazón!
Y furiosa de repente, arranca puños de flores y se los echa al rostro á la culpable. Luego, huye veloz y frenética, gritando su desventura. Absorta Regina, la ve correr, la oye gritar, contempla el agujero de la cruz, repara en la palidez de su marido, y sacudiéndose los pétalos de rosas que le salpican el traje, sonríe con absoluta indiferencia.
Los ayes dela noviarepercuten en el acantilado bravío, mezclándose al rumor de la marejada en el silencio augusto del anochecer; y cuando Velasquín y su esposa llegan á la población, ya en el alto argomal las florecillas silvestres entornan con sueño los doradosojos. Se duele el joven del percance, culpándose de no hacer prevenido el posible error de aquel disparo; aún se figura contemplar la cruz, temblorosa y traspasada sobre las imploraciones de la suplicante; y un estremecimiento piadoso le sacude, conmovido, en mitad de la senda: teme que el espanto de la loca alborote á la gente, y que en la desenfrenada fantasía popular adquiera visos de profanación aquel suceso fortuito; pero Regina escucha sus palabras como si llegasen de muy lejos, como si no le concerniesen ni á ellas tuviera cosa alguna que responder. El acento pesaroso de Velasquín es para la dama un ruido más, un rumor que se une al de las olas y que envuelve y apaga con dulzura los estridentes gritos deGabriela...
Alarmado por tan singular actitud, Adolfo se confunde y entristece porque no halla razón á la indiferencia extraña de su esposa. Cayendo la noche tornan los dos al hogar mudo y áspero, donde las incertidumbres del mozo vuelven á insinuarse, mientras el señorío de Torremar, congregado en el paseo, celebra al aire libre una de sus veladas domingueras, no ya en plácemes de boda como la anterior, sino en derroche de vilipendios contra Regina de Alcántara, que otra vez sale de aventuras á dejar en su camino una huella de escándalo. Y del coro de vivas murmuraciones surgen con fuerte aroma exótico, entre mal disimulados celos, un elegante perfil y un haz de cabellos rubios que ondulan como bandera de rebeldía, malignos y seductores...
fin de la historia de la "bella durmiente".
¡Díamagnífico, día sublime para las musas trágicas de don Celso Ortiz; día histórico de perpetua memoria en los anales de Torremar!
Apenas había el boticario augur abierto los ojos á la luz de aquella mañana, entróse por la botica cierto rumor de catástrofe, que puso al profeta del almirez en súbita vibración. Un mozo de la finca de Ramírez, forastero sin duda, preguntaba por el domicilio de don Fermín. La inquietud del emisario y la urgencia que mostraba, dieron margen al interrogatorio:
—¿Ocurre alguna cosa?
—¡Vaya si ocurre!
—¿Hay enfermos?
—Lo que hay es un difunto. Y la señorita está muy maluca.
—Pero ¿qué ha sucedido?
—Pues que el amo... Al decir esto hízose el mozo, con el pulgar en la garganta, una señal significativa.
—...¿Se degolló?
—Así parece.
Y mientras don Celso, pálido y tembloroso, dilatada la nariz y los ojos brillantes, conmovía á la vecindad con la triste nueva, echó el mozo á correr, calle abajo, en busca del médico.
Aconteció la víspera en elRobledoque Ana María bajó al sótano para hacer, como de costumbre, la renovación y limpieza del gran acuario instalado allí. De algún tiempo á esta parte, sentíase la joven más animosa para llevar las difíciles riendas de aquel laboratorio sin labores, con vistas á un hogar arrecido. La inspección cotidiana del acuario constituía para la moza un curioso divertimiento: gustábale descubrir aquel fondo de mar en miniatura, que proyectaba, en la obscuridad del sótano, perspectivas fantásticas y emocionantes; era un vivo simulacro de la lucha por la existencia, un sutil remedo de la jerarquía social, revuelto nansa donde también los peces grandes se comen á los chicos...
Absorta Ana María, contemplaba aquella turbia caricatura del mundo, cuando sintió pasos en la escalera:
—Será Manuel—pensó, enrojeciendo—. Teme que se me olvide soltar los grifos y abrir las válvulas...
De pronto, una mano cayó con violencia en el hombro de la niña, y, tras un grito de espanto, la voz de don Juan Ramírez rugió desatada:
—¡Carlota!... ¿Te escondes, eh?... ¡No te me escaparás, infame!
El sabio, el loco, sacudiendo á su hija con frenesí, levantó sobre ella el puño. Pero no le llegó á descargar.Con las dos manos presas, hallóse frente á Manuel Velasco, que le decía en pleno rostro:
—¡Cobarde!
Tras una ráfaga de vacilación y de miedo, Ramírez protestó:
—¿Qué buscas tú aquí? ¿A qué vienes?... Esa mujer es mía.
—Está usted equivocado.
—¡Es mía!
—Le digo á usted que se equivoca.
El discípulo entonces, soltando al profesor, le hizo mirar de cerca el espavecido semblante de la niña. Próximo ya el crepúsculo, había crecido la obscuridad por instantes, y en las altas rejas, leve soplo otoñal, deshojador de rosas, parecía gemir sobre los gajos murientes de la luz. El sordo murmullo de las aguas semejante á un lamento; las reverberaciones del acuario, con su muchedumbre temblorosa de inquietas vidas; todo el conjunto original del recinto, puso marco de imponente emoción al terrible episodio.
—¡No es ella!—profirió don Juan, escudriñando con avidez la cara llorosa de la joven. Quedó un punto perplejo, y con súbita audacia gritó en seguida.
—Pero ésta me pertenece también.
—Me pertenece á mí—refutó Velasco, tranquilo y firme. El padre quiso avanzar con la mano extendida, mas le detuvo, inmóvil y medroso, la reciedumbre de otra mano, mientras añadía Manuel con reconcentrada expresión:
—He adquirido derechos sobre ella á muy alto precio.
—¿Y pretendes tener en mi casa más derechos que yo?
—Sobre los corazones, sí.
—¿Qué me importan á mí los corazones?
—Por eso huyen de usted...
—No me hacen falta.
El mozo, endulzando su acento, murmuró, más compasivo que indignado:
—La vida es amor.
—Aborrezco la vida.
—¿Cómo quiere usted entonces dominarla?
—Con el odio.
—¡Pobre don Juan!—compadeció Velasco, doliéndose de aquella demencia destructora que le desarmaba con la propia insensatez. Y Ramírez, jadeante como si rindiese la jornada más penosa, giró en redondo, y hundióse en la obscuridad, de donde había salido igual que un fantasma. Iba regruñendo:
—¡Odio... odio!...
—Amor... amor...—aleteaba el corazón de Ana María, refugiándose en los brazos defensores de Manuel. Al sentir el mozo los apremiantes latidos de aquel pecho tan suyo, hízose un eco de la blanda querella, confirmando:
—Sí; amor... amor...
Y después de una pausa en que la caridad y el sentimiento rehogaron en el alma de Manuel los más nobles propósitos, añadió acariciando la frente de la niña:
—Es menester sacarte pronto de aquí; lo resolveremos mañana mismo—. Se la confió luego á Carlos con muchas precauciones, y bajó á su casa impaciente.
Triste fué la velada delRobledo: don Juan se escondióen su alcoba soliviantado, sin permitir que nadie traspasara el dintel; y junto á una vidriera, ya cerrada al rocío del otoño, Carlos y Ana María recordaron con angustia y sigilo todas las pesadumbres apuntadas en la memoria de su corazón. El paisaje, pálido y confuso bajo la luz de la luna, parecía penetrado de santidad y el rumor de las olas rodaba en el silencio como enorme sollozo de la vida...
Al nacer la siguiente mañana, en el dormitorio de don Juan resonaron quejidos, y piadosa Ana María, acudió con solicitud cerca de su padre: un espectáculo horrible la clavó al pie del lecho, pávida de terror; el sabio se debatía con la muerte, entre las sábanas húmedas y rojas, ya sumidos los ojos en tinieblas. Habíase inferido en el cuello bárbaro corte, valiéndose de una cuchilla sutil del laboratorio.
Pocos minutos después inclinábase don Amador con infinita piedad sobre la tremenda agonía. Desde fuera, señores y criados escuchaban distintamente el acento fervoroso del sacerdote, que, sobreponiéndose á los ayes del moribundo, decía con solemne ternura:
—El odio mata y condena; el amor redime y perdona... Don Juan Ramírez: espere usted en la misericordia divina; clame usted, con fe, desde el fondo de su alma: ¡Jesús... Jesús... Amor... Amor...!
Aún vibraban resonantes y compasivos los comentarios del drama cuando Velasquín se atreve á decir á su mujer:
—¡Si subieras alRobledo!... Allí no te guardan rencor. Pronto seremos hermanos de Ana María, porque la boda se hará en breve.
Sin recordar por qué los de Ramírez habían de ser rencorosos para ella, Regina maquinalmente pregunta:
—¿Has subido tú?
—El día del entierro... Carlos estuvo amable conmigo y su hermana me preguntó por ti.
—Subiré hoy—dice la señora muy tranquila—; tú me irás á recoger cuando anochezca.
Y por los mismos senderos tan paseados el año anterior con locas ambiciones, la dama rubia, indiferente y desamorada, insensible y fallida, fué ganando la cumbre aquella tarde, bajo un cielo plomizo, entre las rachas del agorero vendaval.
Por consejo de Eugenia vistióse Regina un traje obscuro: ahora le es muy fácil y cómodo seguir cuantas indicaciones se le hacen, como si no tuviese voluntad, interés ni deseos para cosa alguna. Le ha dicho Marta antes de salir:
—Abríguese bien, por Dios; hace mucho frío, «está cociendo nieve»...
Y la señorita se ha envuelto en su estola de piel con mucha docilidad: cuando vence el atajo, ya en la linde de la selva deshojada, oye en el camino real las campanillas de un carruaje; pero va ausente de cuanto la rodea, y no se preocupa del coche que sube hacia elRobledo, á poco de haber tocado un tren en la estación de Torremar.
En el escampo del bosque, Regina se detiene porque una sombra avanza con aire majestuoso al encuentro de la visitante: es una dama vestida de luto; sobre su albísima frente el velo de crespón semeja una desgarradura de la noche caída en el dosel de la mañana.
Acércanse las dos mujeres, se miran á los ojos ensilencio, y Regina balbuce con una voz que no parece suya:
—¡Carlota!...
—¿Adónde vas, Regina?
La de Alcántara no responde, y en el estupor de una sonrisa atónita, quédase mirando á la viajera, cuyo acento dulcísimo, al derramarse en la desolación del robledal, juraría la joven que tiene resonancia prodigiosa; porque, de pronto, los árboles ariscos, el aire helado, el celaje adusto y su propio impasible corazón, le preguntan á un tiempo:
—«¿Adónde vas, Regina?»
Una sorpresa enorme la sacude, como si despertara de sueños ó de fiebres y cayera de improviso en certidumbres espantosas. Mudamente se dice:
—¿Estoy muerta?... ¿Seré sonámbula?... No; ¡estoy viva!—asegura, sintiendo agudo y potentísimo el dolor de vivir. Y bajo la zarpa de las pasiones y el aguijón de la memoria, enrojece y se turba.
—¡No te guardo rencor!—dice benigna la señora del velo, al ver á la muchacha vacilar en confusión tremenda. La moza repite:
—¡No me guarda rencor!—Sabe que esas palabras se las ha dicho también Adolfo, refiriéndose á Carlos y Ana María: ya sus recuerdos no huyen como antes; ahora punzan y duelen, y hasta los más lejanos retornan en tropel dentro de un rayo de luz que ha caído en el alma de Regina desde los ojos profundos de la viajera. Del tumulto de luminosas membranzas toma con sagacidad la de Velasco unas partículas y compone esta frase, evasiva y extraña, fuera de lugar:
—Ana María se casa con Manuel...
En el semblante hermoso de la enlutada cayó una sombra; ¿qué pretende Regina con aquella importuna afirmación? ¿Trata de disculpar sus traiciones, recordando que no impide el matrimonio de su amiga, ó conoce el secreto de la madre y quiere atormentarla?...
Las dos señoras se miran otra vez, en sondeo tenaz, hasta que la de Heredia murmura con voz firme:
—He venido á la boda.
—¿No la esperan á usted?
—Siempre me están esperando—sonríe la peregrina. Y continúa:
—Quise venir sin avisarles, porque sé que no daña la felicidad.
—Ana María estuvo enferma... de la impresión...—alude entonces Regina; pero ya está valiente.
—Sí: también Carlos se muestra valeroso—asegura Carlota, evadiéndose de comentar el suicidio y con acento que á la coqueta le parece una acusanza.
Quedan mudas un instante, sin saber qué decirse, disimulando impulsos y palabras bajo apariencias indiferentes. Al sentir memoria y corazón sacudidos por recuerdos y emociones, la dama rubia advierte que nadie espera su visita en casa de Ramírez; ya se lo ha demostrado la extrañada pregunta de Carlota. Y el despecho vengativo hacia Velasquín, renace y dicta á la mente torturada amargo insulto:
—¡Miedoso! No ha tenido valor para subir conmigo, y me envía sola, ciega y torpe, á demandar clemencia... ¡Me he casado con un nene, con un cobarde!