Preguntábale yo, si no temía la actitud violenta queéltomase por tan decisivas resoluciones.
—Bajábamos por ese mismo sendero—señaló Carlos á Regina—; estaba así la tarde, como ahora, tan espléndida y dulce. Mi madre respondió:
—No temo nada. Sólo es capaz de crueldades lentas, de infamias silenciosas... "Ese hombre" es un caso estúpido de ferocidad sorda y ruin, sin precedentes en cuanto yo sabía de crímenes humanos... Valido de mi flaqueza y mi terror, me hubiera matado lentamente, gozándose en atormentar mi alma y mi cuerpo en una bárbara cobardía de muchas horas. Roto el secreto de sus perversidades, amparada yo de la ley, pedirá perdón y llorará como un nene que delinque sin malicia ni consciencia, maltratando su juguete favorito...
—¡Pobre Carlota!—lamentó Regina.—Bella durmiente del bosque, encantada por el Ogro!...
Carlos vuelve un instante á la realidad, y contempla á la muchacha en muda adoración.
Pero ella está tranquila, pendiente de la historia, deseando á la vez que dure mucho y que se acabe pronto.
Y sin reparar en las emociones de su amigo, le apresura y le emplaza:
—Cuéntamelo despacio, y acaba en seguida.
—No acabaré nunca—se duele el mozo.—Y relata obediente:
«Después de la brevísima conferencia de mi madre con su confesor, volvimos á la finca, dejando el coche allá abajo, en un cruce del sendero y el camino real. En breve, mamá estuvo preparada. Entró en el laboratorio, no sé si á despedirse de Manuel Velasco, ó á buscar alguna cosa. Fué cuestión de un instante...»
—¿Manuel iba todos los días á vuestra casa?—pregunta Regina con vivo sacudimiento de interés.
—Iba á estudiar con mi padre, y muchas veces trabajó solo horas enteras, cuando el maestro, adolecido ó malhumorado en demasía, se encerraba en sus habitaciones.
—Ese Velasco es un excéntrico, ¿no?
—¿Manuel?... Un hombre encantador para mi gusto: serio, paciente, de carácter dulcísimo y simpático...
—Incasable, dicen.
—¿Por qué no tiene novia?
—Todos sus amores cuentan que los ha puesto en la biología.
Olvida Carlos su mirada entre los árboles, con evocadora expresión, y responde:
—No lo creo... Manuel—continúa ferviente—es mi mejor amigo.
—¿Más que Adolfo, tu futuro cuñado?
—Mucho más que Adolfo.
—¿Y era también—inquiere la curiosa—un buen amigo de tu madre?
Enrojece Carlos. Sus doradas pupilas se hunden en el bosque, como en persecución de algún secreto.
—Sí, porque había sorprendido toda la tragedia de nuestra casa. Durante muchos años Manuel casi vivía con nosotros. Su admiración á la ciencia de mi padre, sus aficiones al estudio y al trabajo, han sido poderosas para retener esa juventud varonil dentro de las terribles salas donde se han fraguado muchas tempestades de nuestro hogar... Manuel Velasco y mi madre simpatizaban mucho.
—¿Y dices que se despidió de él?
—Lo supongo. Tengo tan presentes todos los pormenores de aquel día, que nada olvido en esta crónica triste de mi corazón...
«Mamá salió del laboratorio más blanca que la nieve; en el dintel, Velasco parecía un espectro; tan pálido y fúnebre le vi. Ocultándonos de mi hermana marchamos en busca del coche y acompañé á mi madre hasta la salida de Torremar. Cuando ella mandó detener el carruaje para que yo bajara, sentí de pronto el miedo agudo de la irreparable separación. Y aunque ambos dijimos «hasta luego», quedéme temblando como una hoja en mitad del camino.
Allí, en el borde de la carretera, frente al mar, busqué el apoyo de un arbusto. Me pesaban en los párpados los últimos besos de mi madre, con dulzura nueva y solemne. La viajera, alejándose, alzaba su pañuelo entre las cortinas del coche para decirme:—Adiós... Adiós... Pero sentí un cansancio horrible, como si hubiera recorrido medio mundo; y en aquella postración profunda no pude contestar... La noche ensombrecía ya la costa, y los encendidos ojos del carruaje me miraban, me miraban de lejos con tal fijeza y dolor, que tuve impulsos de correr para apagarlos,para preguntarles por qué me perseguían con lívidos resplandores de fatalidad, en una noche tan hermosa, á orilla del mar azul... El traje claro de mi madre blanqueaba fugitivo, cada vez más distante, y aún me pareció distinguir las oscilaciones de una mano que decía siempre:—¡Adiós!...»
De nuevo Carlos Ramírez detiene su relato en un nudo de palabras deshechas. Y también Regina, implacable, perentoria, repite:
—¿Y después? Anda, hombre, ya falta poco.
—Falta mucho... ¡Mi madre no volvió!...
—¡Ah!—se le ocurre á la niña por todo consuelo. Y al cabo de una meditación audaz y silenciosa, pregunta:
—¿No sabrá de ella Manuel Velasco?
—Manuel sabe—dice el mozo con altivez—que mi madre es buena. Y dolido, pávido, interroga:
—¿Lo dudas tú?... ¿Admites las calumnias que de ella se dicen en Torremar?
Hay una inflexión ingenua y dulce en la voz que tranquiliza:
—¿Dudar yo de la virtud de tu madre? No, Carlos no... Escucha. Voy á ser muy franca contigo, únicamente contigo, muchacho; ideas de este calibre no las debe decir una moza casadera.
Y muy celosa, recatándose hasta de los robles y de los helechos, de los pájaros y de los grillos, secretea la de Alcántara:
—Yo juzgo que siempre, en todos los casos de la vida, es lícito y... «bueno» huir de un hombre odioso para querer á un hombre amable.
—¿Qué sospechas?
—¡Nada! Aseguro que Carlota, hoy ausente y librees á mis ojos tan interesante y digna como lo fué esclava en elRobledo.
—Gracias, gracias—murmura Carlos devoto,—tú haces por ella más que Manuel y su madre, más que don Amador... La crees en pecado y la perdonas.
—Si es que no califico de pecado... «eso» que tú supones...
Posa el mozo todo el sol de sus pupilas en los ojos negros de la mujer, y turbándose profundamente, oye la consulta:
—Apela á tu propio corazón; dime la verdad: ¿la crees tú mala aunque la juzgues culpable del delito de amar?
Obstinado, confuso, él repite:
—Mi madre es buena.
—Puede ser un ángel y estar enamorada.
—¿De quién?... Se marchó sola. Cansada de sufrir, no tuvo valor para aguardar meses y meses, tal vez años, una sentencia oficial que rompiera su cautiverio. Los trámites judiciales le causaron repugnancia y bochorno. Así nos lo dijo en una triste carta de despedida... Sabe que para ir en su busca abandonaríamos á nuestro padre, y ella lo quiere evitar con el secreto de su retiro. Se alejó pobremente, con sus pequeños ahorros y sus joyas... ¡Oh, madre mía!... ¡Es buena, es buena! Los que la conocen bien, están seguros de ello.
—¿Lo has preguntado tú?
—Nunca. Es la primera vez que remuevo con la palabra estos pesares míos; pero sé que la infeliz ausente tiene en Torremar tres defensores: Manuel, su madre y don Amador.
—Tiene cuatro.
—¡Regina!
—Y yo, la más entusiasta, según tú dices.
—¡Vas tan lejos en tu bondad!
—En mi libertinaje.
—¡Por Dios!...
—Sí, Carlos. A la libertad del corazón y de los afectos, le llama libertinaje medio mundo.
—¿Aunque sólo el espíritu se liberte?—averigua el joven con zozobra.
—¡Aun así!—quéjase la voz musical, con acento de rebeldía.
—Leyes serán del mundo, no del cielo... Mi madre, hermosa y pura, muchos años martirizada, ¿no puede sacudir sus cadenas y disponer, á lo menos, de su corazón?... Si eso fuese un delito, yo la absuelvo y la perdono.
—Y en un caso de libertad... «absoluta», ¿te mostrarías inflexible con esa mujer, sólo porque es tu madre?
Certera, desconcertadora, la interrogación da en medio de las inquietudes de Carlos, que se defiende dudoso, tímido:
—Siento necesidad de creer en su virtud; su vida de sacrificios y abnegaciones no me deja derecho á dudas... ¡Ha sufrido tanto!... ¡Fué tan ruinmente atormentada!...
Como fruto de lentas consultas á la conciencia y al sentimiento, repite el mozo unas palabras muy dulces, que de fijo Regina las conoce:
«—No se debe golpear á una mujer, ni siquiera con una flor...»
—Aunque la mujer sea mala; pero si es buena, si vale tanto como la madre tuya... ¡Carlos, duendecillo de mis sueños de niña, no seas cobarde en tus perdones!...
Roto un troquel de timideces y de nieblas al conjuro de la voz tentadora, Carlos Ramírez se alza anhelante, hermoso en su ingenua solemnidad:
—Sí, sí. «En todos los casos», yo perdono á mi madre, y creo que merece ser libre y ser dichosa.
Con brusco transporte, ardiente en sus ojos una lumbre de afanes juveniles, el muchacho exclama:
—Escucha,Reina... Tú eres la mujer de mi vida... ¡Te quiero, te quiero!...
Y ella, en repentino abandono de la sensible narración, sonríe con los labios abiertos al placer, ufanándose en la golosina de una lisonja nueva. ¡Un niño gentil, que le dice amores entre lágrimas, con la voz caliente de ternura!... La sombra de los ojos á la moza se le inflama de luz.
—Carlitos, mi caballero—gorjea en triunfo,—me da mucha risa que me quieras tanto.
—No te burles; este es un amor de verdad; amor de hombre. Y ya nunca, ¿sabes?, nunca podré amar á otra mujer.
—Así dicen, y hasta creen, todos los pretendientes enamorados.
—Yo no soy «como todos». Yo te quiero desde que supe de ti. Cuando tú subías con Daniel á contarnos cuentos en la casuca, ya te quise. Después he soñado mucho con tu belleza, con tu donaire, con el misterio de tus ojos, con el encanto de tu palabra, con los dolores de tu corazón... Desde que volviste te elegí porconfidente única de mis penas. Adiviné que me ibas á consolar, quelaibas á defender... Y ahora, ¡siento por ti una devoción, una gratitud!... ¡Quiéreme un poco,Reina, por caridad!
Trocó Regina en lástima su regocijo ante el discurso ferviente, preñado de anhelos y tristezas. Algo profundo y grande se estremeció en el pecho de la veleidosa, creyendo que el nombre de Daniel había temblado como una lágrima en el semblante deprecativo de aquella pasión tan dulce y tan humilde. Pero lucha contra la flaqueza del enternecimiento; quiere reir; hace una breve mueca de fastidio, y quédase absorta, con los ojos húmedos y la risa en quebranto.
Una voz perlada y juvenil punza el silencio, desde el fondo del bosque, y aparece donosa una dama, bajo el ramaje inmóvil.—¿Dónde estáis?—viene preguntando.
Regina, como en la insensatez de un delirio, murmura:
—¡Carlota!
Y el mozo vuelve la cara con estupor, á punto de gritar:—¡Madre!
Pero es Ana María la que llega, la que averigua con celo y cariño:
—¿Qué os sucede?
—Nada...
—Nada...
—Parecéis disgustados.
Niegan ellos: el calor y el palique les detuvo allí, gustosos de la frescura de los árboles, entretenidos en las memorias de la infancia.
La niña delRobledointerrumpe aquellas explicacionescon dulce enojo. Teda la tarde les aguardó impaciente, y hace más de una hora que les busca en el jardín y en la arboleda...
Está allí Velasco, que quiere saludar á Regina.
—¿Dónde?—interroga la de Alcántara, poniéndose de pie con visible azoramiento. Sacude su vestido y alisa sobre la frente la sérica mata rubia.
Aquella ráfaga de inquietud invade á la novia, que manifiesta un leve susto cuando dice:
—Venía detrás de mí.
Crujen las ramas menudas al firme paso del doncel, y se le recibe con rara expectación, como si fuese extraño que llegara una persona á quien se espera. Él avanza sonriente, despreocupado y festivo; pero ante la actitud cortada de los otros, siéntese algo confuso y saluda á Regina con etiqueta más cortés que afectuosa.
Resbalan desde un tallo hasta el suelo dos flores pálidas que Adolfo y Carlos quieren levantar. La dama rubia pone sobre ellas su bota elegante:
—No sirven para nada...—prorrumpe.
Los cuatro mozos, presa de inexplicable desazón, pasean lentamente, hablan y sonríen con esfuerzo. Regina dice que es la hora de volverse á su casa, y niégase á seguir hasta la de sus amigos, pretextando que aún está lejos y se hará de noche antes que ella baje á Torremar.
—Te acompañaré—asegura Carlos.
Y Adolfo, muy galante, advierte:
—Yo también bajo ahora y estoy á sus órdenes. La llevaré hasta su casa con mucho gusto.
En rápido asentimiento acoge Regina esta última oferta.
—Sí, es verdad—dice—; de ese modo no dejaremos sola á Ana María.
Hay una breve lucha de cumplidos porque Carlos insiste en bajar después que acompañe á su hermana hasta el límite del bosque; y ella pretende ir sola, asegurando que tiene muchas amistades con la paz de la selva y ningún temor á sus caminos silenciosos.
Ante un reparo leve de Regina, cuenta Velasquín que muchas noches retorna á pie á su casa, para hacer ejercicio, y sube luego un sirviente por su caballo.—-Hoy—sonríe galán—daré mi paseo con doble placer.
Óyese un repique de novena.
La de Alcántara se apresura á decir:
—Es tarde, es tarde.
Y ofrece que volverá al siguiente día, como aplazando las frases de cordialidad, las efusiones que faltan en su vuelta alRobledodespués de muchos años de ausencia.
Está parado el grupo en la cumbre del bosque, en dominio del hondo valle donde la finca de los Velascos se extiende sin fin. Corre la pared en línea atormentada, bajando, subiendo, codiciosa de campiñas y mieses, y, señor de sus límites enormes, el palacio flamante se ufana de la tierra con desdenes del mar, que ulula lejos, al otro lado de la colina.
La sombra del crepúsculo envuelve en fantásticos matices aquel vasto panorama que la posesión señorea. Y de pronto, contemplativa y absorta la dama rubia, siente un vértigo de codicias y admiraciones ante el poder que atribuye al dueño de riquezas tales.
Tórnase hacia él, pálida y valiente, para ordenarle en son de reto:
—Vámonos.
La sigue el mozo sometido, casi sin volver la cara para decir adiós.
Y en la complicidad del paraje y de la noche, aquella extraña partida toma el aspecto de un rapto ó de una fuga...
Se encienden las estrellas, altas y palpitantes, en un cielo de raso azul. Carlos y Ana María, tristes y mudos, afrontan el camino penumbroso del robledal. Distraídamente el muchacho recoge en la hierba una cosa blanca y mustia; y al punto la niña extiende su mano hacia aquel objeto, y balbuce:
—Son aquellas dos flores... «que no sirven para nada».
Ha sonado su voz profunda y tremorosa, delatando la valentía de una pena que no quiere llorar. Un acento parecido, más sonoro, más grave, compadece:
—¡Ah, sí! ¡Pobrecillas!...
Y las flores tornan al prado, colocadas con dulzura, como si pudieran lastimarse y sufrir.
Con menos compasión de dos corazones amigos deja Regina de Alcántara las cumbres delRobledo, llevándose en las redes de sus curiosidades y ambiciones el drama de Carlota, el amor de Carlos y tal vez la felicidad de Ana María.
el balandro de velasquín.—tempestad en un vaso de agua.—nuevos apuntes para la moral de regina.
Agonizael otoño. ¡Qué triste y qué amarillo! La mar se mece turbia; están pálidos el cielo y la costa; la playa desierta, el muelle en quietud.
Los torremarinos desocupados no sienten la influencia pesarosa de esta mañana gris, merced á una emocionante noticia que voló como ventada de Noroeste, desde las mismas olas hasta la calle Real, los arrabales y la Plaza Mayor, agitándose con ímpetu de borrasca en la botica «de abajo», sobre los pintados bigotes de don Celso y la plácida compostura de unos papeles de sulfonal. Puso el químico seductor su más enigmática sonrisa en la ambigua frase:
—Considero elocuente y luminoso que el balandro de Velasquín se llameReina.
—Elocuente y luminoso...¿Cree usted?...—subraya alusivo Paco Ordóñez.
El vejete afirma perspicaz:
—Hace ya tiempo que yo barrunto esa traición.
—¡Pero es inaudito!
—En materia de amores no hay nada que me asuste.
—Tiene usted buen olfato... Yo confieso que Adolfo no me hacía sombra.
—Pues les va á dejar á ustedes con tres cuartas de narices.
—Mal cambio hace—critica Ordóñez en lamentable tono.
—¿Malo?... Están de enhorabuena entonces los mocitos pretendientes—insinúa dicaz el farmacéutico.
Se enfrasca el doctor en graves meditaciones y hace volatines en el sofá, sentenciando:
—Es una monada esa chiquilla delRobledo, una criaturasans pareil, guapa, seria, lista, dulce, con dote, con ángel...; ¡pero esa historia!...
—¿De la mamá?
—¡Claro, hombre!... Y luego, si Adolfo «la planta», yo aseguro que se queda para vestir á la Virgen.
—Atrévase usted...
El doctor sacude dos dedos, que triscan; sonríe, pasea y responde:
—¡Cualquiera se atreve!
—¿No dice usted que Adolfo «hace mal cambio»?
—Y lo creo... Pero así es el mundo. La de Alcántara tendrá siempre más partido, porque es asequible, coqueta, independiente... Ana María, aparte «lo que sabe usted», causa un poco de susto por sí sola. ¡Se esconde tan lejana, tan sombría, entre un padre loco y un hermano altivo!...
—Carlos ahora se había humanizado mucho.
—Hasta el extremo de parecer otro. Bajó de su torre de marfil, enamorado de Regina, y todos le teníamos por rival con fortuna; pero... ¡si usted acierta!...
—Y predigo un sangriento desenlace—efunde don Celso con voz cavernosa—. El Ramírez ése, con su aire infantil y romántico, es un mozo de grandes pasiones, un impulsivo atroz, y tomará en Adolfo doble venganza. Se avecinan sucesos sensacionales; hay en la atmósfera saturación de odios... de amores... de crímenes...
El médico da un salto casi mortal, y á orilla de la vidriera escruta el horizonte en cómica actitud.
Pero la mañana torremarina no ofrece síntoma alguno de trágicas aventuras; la escoba de un barrendero traza en el desigual empedrado fugaces surcos de limpieza; un chiquillo haraposo vende los diarios de la corte yLa Voz de Torremar; una moza desgreñada sacude alfombras en la casa vecina...
Aquel matiz tristón y anodino de vida provinciana ofrece tal contraste á los augurios de don Celso, que Paco Ordóñez rompe á reir.
—Ya vendrá mi tocayo, el tío de la rebaja...
Mas el célebre inventor de específicos no admite bromas ni sospechas contra sus predicciones. El está seguro de la que anuncia; tiene antecedentes y datos que acrediten sus profecías.
Y el mediquín, mozo placentero y amable, enemigo de la discusión, asiente sin más resistencia á las certidumbres dramáticas de don Celso; y mientras se calza los guantes, gesticula en faz de asombro:
—¡Menudo lío!...
Luego silba, tararea, se encoge escalofriado, y al fin se despide, en el preciosa instante en que don Celso recluye los papeles de sulfonal en una caja de color de rosa.
Ya está Ordóñez en la puerta cuando el químico le persigue aún.
—Vaya á ver el balandro por sus propios ojos.
—¿Le ha visto usted?
—Sí. Anoche, «á las altas horas», supe, «confidencialmente», que el yate de marras estaba en la bahía con el «nombre fatal» en el costado... Y al amanecer acudí á cerciorarme... Vaya usted, amigo mío, y medite en la versátil mudanza de los humanos sentimientos; en las traiciones, en los perjurios de la juventud.
El mozo rubio y festero ahueca la voz para decir, muy compungido y lúgubre:
—Iré á «la visita» por el muelle...
Da algunos pasos, y otra vez le asedia el farmacéutico, que cambia, de rostro, y plácido interroga:
—Muchas enfermedades, ¿eh?
—Algo de grippe.
—¡Eso es bueno!
—Cosa benigna...
—¡Válgame Dios!...
Con un suspiro, á sordas zancadas, el boticario desaparece detrás de la vidriera, dejando en el húmedo dintel señales puntiagudas de sus luengos escarpines.
Muerde Paco Ordóñez su risa retozona á espaldas de don Celso, sube la calle, cruza la Plaza y toca la ribera bajando por la rúa Mayor.
Menudo y saltarín, el médico se confunde con algunos golfillos que á la orilla del muelle vivaquean, sucios y haraganes. Y pronto uno de ellos apunta entre las embarcaciones fondeadas en la bahía al grimpolón azul del balandro nuevo.
—Aquel es, don Paco.
Contempla Ordóñez un hermoso «diez metros», de construcción reciente: su casco blanquísimo no parece tener sino un punto de contacto con el agua; sus lanzamientos de proa y popa son airosos y elegantes como dos flechas; alto de guinda, yergue su palo mayor de pino del Canadá, entre la finísima jarcia, y sólo considerando la enorme cantidad de plomo que forma el «bull», oculto bajo las olas, puede comprenderse cómo aquel armazón estrecho y de tan poco puntal, soporta la altura del palo.
Absorto el médico en estas observaciones admirativas, oye una voz varonil que amargamente censura:
—¡Reina!... ¡Se llamaReina!...
El indómito acento emerge de la granada boca de Felipe Alonso, otro pretendiente desdeñado por Regina. Bello y lánguido muyposeury algo cursi, el galán perora en trágica postura y balbuce crueles palabras de vilipendio y sorpresa, delante de aquel nombre mecido en la bahía con la altivez de una revelación que el mar hiciese á la costa: «Sí, señores,—parece decir el rótulo negro sobre el casco níveo—; Adolfo Velasco y Regina de Alcántara son novios; se entienden; se adoran; se van á casar. No escandalicen ustedes ni pongan el grito en el cielo: á pesar de Ana María, prometida esposa de Adolfo, y á pesar de Carlos, cortejante preferido de Regina... ¡el balandro de Velasquín se llamaReina!...» Y ante las voces mudas de aquel letrero, mientras Paco Ordóñez ríe consolado y voluble, Felipe Alonso entona hacia el mar su lírica declamación; habla de «felonías y de sangrientas burlas», y pone á los elementos por testigos de «aquella infamia». Diríase que goza en lamentarse,teatral y seductor, con los ojos en blanco y la palabra conmovida.
De pronto Ordóñez, que ha vuelto la cara, advirtiendo cómo la gente acude á la contemplación delReina, ve agitarse un lienzo blanco y copioso en el mirador de las de Bernaldo. Es que Fabricio les hace señas con una toalla, acaso con una colcha. El talludo galán está frenético, al parecer, y los dos mozos cruzan el tablado del muelle y pasan veloces á la acera. Sorprendido en su crisis declamatoria, el orador va ensartando periodos retumbantes que á don Celso le harían muy feliz.
Pero ya Ordóñez se aburre un poco de tal comedia, y puesto que Fabricio y sus hermanas servirán admirablemente de auditorio á los discursos del amigo, puede el médico escaparse á la «visita». Saluda hacia el mirador, donde ya otean curiosas las dos Bernaldas, deja que Alonso se les arroje en el portal con frenesí.
Bajo los visillos temblorosos de las señoritas de Estrada, detrás de los cristales por donde se atisbó á Regina la noche de su regreso, suscítase, también, con violentas discusiones, el notición del día.
Juntas están aquella tarde allí las más parleras y desocupadas señoras de la vecindad, y todas á un tiempo charlan y censuran, se indignan y compadecen: «¡El balandro de Velasquín se llamaReina!...»
Esta frase, que ha volado sobre la bahía como una gaviota en augurio de tempestad, tiende ya sus alas por todo el recinto ciudadano, y anida en cadareunión donde los chismes son pasto del aburrimiento.
Gloriándose de adivinadoras, casi todas las mujeres que hacen coro á las de Estrada, cuentan que sospecharon siempre de la lealtad de Regina. Su carácter veleidoso, sus extravagancias, sus ideas, no están de acuerdo con los cánones de la educación y costumbres que allí se usan... Por eso la dejaron sola con sus caprichos y osadías; sola con sus predilectas amistades...
Y aquí aparece la herida de amor propio que la de Alcántara causó en muchos de aquellos corazones femeninos. Incapaz de disimulos ni de reparos que estorbasen sus intentos, Regina «dejó solas» á las damas que ahora se precian de haberla abandonado. Ella fué la que, en rebeldía contra la quietud y el encierro, licenció de un modo brusco y ejecutivo á la voluntaria corte de amor formada en su gabinete. Una tarde estival, cuando aquel mixto ejército de conquista, subió, valiente, á divertir á la de Alcántara, supo con sorpresa y enojo que el astro nuevo se declaraba en eclipse:—La señorita ha salido—anunció Marta, únicamente, sin más explicaciones ni disculpas. Y era de ver el trueque de voluntades y de sentimientos que envolvió desde aquella hora á la insurrecta muchacha, capaz de infringir en un arrebato jactancioso todas las leyes firmes de la buena sociedad torremarina. Densa nube de comentarios agresivos descargaba sobre la reputación de la moza.
Sordamente, en público y en secreto, pero siempre á espaldas de la víctima, satirizaron unos y otros:—Sólo quiere amistad con los de Ramírez porque seduce al pobre Carlos para esclavizarle á todas sus locuras;se casará con ella y será infeliz...—Ya no gasta luto...—Se prende rosas ¡y usa unos escotes!—Sube alRobledotodas las tardes, y baja de noche con Carlitos... ¡del brazo!—No «lleva trato» con las señoras porque las tiene envidia...—Ya no va á la iglesia.—Ni sabe rezar...—Dicen que es protestante...—La hemos visto en su jardín, de rodillas junto á Pablo el marinero...—¡besando una flor!—Tiene libros prohibidos...—¡Sabe Dios «lo que habrá sido de ella por esos mundos»...!
A la provocadora de tales iras se le ocurrió cierta mañana detenerse con unos señores conocidos que rendidamente la saludaron. Hablóles muy cordial y les convidó á tomar café. Eran pretendientes más ó menos platónicos de la damisela, y desde aquel día recobraron esperanzas de triunfar en el corazón de la hermosa, que se les mostró afable como nunca.
Reanudáronse las tertulias en casa de Regina, pero más amplias y alegres. Desertora audaz de todo vínculo esclavo, la muchacha se engolfó en sus gustos y tendencias. Holgóse con amistades varoniles, mantenidas por ingeniosos «flirteos», y ya en completa indisciplina, olvidados los antiguos planes, tornó á sus hábitos de aventurera y de rebelde.
No tuvo intención ninguna de molestar con su desdén á las porteñas damas; la aburrieron, la estorbaron y emancipóse por hastío del culto que antes buscase por curiosidad. Pero ya puesta en franquía la encallada nave de su independencia, Regina, hábil pirata de antojos y emociones, no guardaba rencor ni menosprecio á las causantes de su breve esclavitud.
Al contrario, feliz con el estímulo de nuevas luchassentía compasión hacia las pobres mujeres enjauladas en la rutina y en el sacrificio, como aves prisioneras, codiciosas de cielo azul y de horizontes lejanos. Y al encontrarlas en la calle, al verlas pasar desde su jardín, les hacía un saludo cariñoso, un poco tímido, algo triste. La mayor parte de aquellas señoras, vestidas por el mismo patrón, peinadas de igual modo, murmurantes y oracioneras, acompasadas en sociedad como en un teatro, dejaban en el espíritu disconforme de Regina la sensación del grillete y las esposas, en los libres miembros de un cuerpo robusto y belicoso. En cuanto á ellas, desde las del juez, timoratas y obscuras, á las de Estrada, llamativas y refiloteras, un poco en discordia con la severidad de aquel régimen educativo, ninguna se atrevió á negar el saludo á la señorita intemperante. Casi todas la envidiaron mucho y hacían esfuerzos por volver á su gracia y á su trato, aunque á mansalva la zahiriesen con heroica furia.
Por inversión de razones, la insurgente moza era para las torremarinas una imagen tangible del vuelo errante en liberación de la jaula; de las cadenas truncas lejos de la cautividad. Y volvían hacia la joven los ojos deslumbrados, al trasluz de visillos temblorosos y de mantillas devotas, con la esperanza de sorprender un graciable signo de acuerdo, y presumir ellas también de anchura y de modernidad.
Para mayor encanto y más tormento de la torva falange femenina, cuando la de Alcántara, con fácil victoria, volvió á reunir en torno suyo á los donceles de más fuste, inicióse entre los tales un grato impulso de fervor hacia la singular muchacha; y acordes convinieron en que Regina, además de ser encantadora porsu trato y su físico, tenía un fondo de nobleza y de bondad en el corazón, un poso de dulzura y benevolencia en el carácter. Arreció esta piadosa corriente ensalzando las virtudes de la dama, en apariencia mustias desde que los enojos populares se escandecieron sobre ellas. Y muy pronto, en la pública devastación de aquel jardín moral, un aura de lozanía irguió en triunfo las débiles flores, á despecho de murmuradoras y agraviadas.
Unidos y separados, los contertulios de Regina le cantaban loores. Para ellos, las libertades de la moza rubia, lucían un fuerte matiz de honestidad; aquella mujer pensaba alto, sentía ligeramente, era ingeniosa, franca, voluble. En su palabra, ingenua y prócer, hialina como arroyo cantarín, nunca advirtieron el amargor dañino de la murmuración...
Estas alabanzas martirizaron la femenina epidermis de Torremar con ascua de cauterio. Pronto agudas voces mujeriles designaron á los amigos de Regina con el intencionado remoquete de laJunta de defensa. Se comentaban en fragmentos menudos los más leves detalles de las excursiones y holgorios en que la de Alcántara se entretenía, y túvose por cierto que no llevaban otro camino que la conquista matrimonial de Carlos Ramírez.
Entretanto, la revolucionaria doncella no perdonó ninguno de sus placeres predilectos, por insólito que allí resultase. Montaba á caballo vestida de amazona, con sombrero calañés y flotante cendal, escoltada de jinetes; mecíase sobre las olas, en traje de balandrista, entre losyatchmendel club, sin haber amanecido aquel «mañana» en que debiera escribir encargando su esquife;salía de caza á deshora, con audaces bombachos y masculinos arreos, y supo cobrar gentil fama de valiente en todos los deportes que inició.
Era Carlos asiduo en estas lides, con mimo y preferencia por parte de Regina. Todo hacía presumir que ella le amaba; pero á la perspicaz observación del grupo pretendiente, no pasaba oculta la implacable nube de tristeza de aquellos ojos dorados, que el joven no alzaba por completo, cual si temiese delatar su inquietud.
Esta muda elocuencia de un dolor amante sostenía las ilusiones de los demás candidatos, entre los cuales el nombre latino de la muchacha se había hecho familiar y devoto, como una breve oración. Al llamarleReina, á ejemplo de Ramírez, cada uno de aquellos cortejantes imaginaba rendir un tributo de soberanía.
Rara vez iba Adolfo mezclado á la corte de la dominadora. Solía verla en casa de Ramírez casi todas las tardes, y algunas noches la acompañaba, como en aquella primera entrevista que tuvo forma de secuestro. Pero el extraño poder de fascinación que ejercía en los hombres la rubia moza, fué, desde el primer instante, decisivo en Adolfo, que no supo razonar la causa del encanto.
Mocero y vehemente, Velasquín había pulsado toda la lira del amor y conocido todas sus emociones, sin perder nunca en absoluto el dominio de su apuesta persona. Hasta en el hondo afecto que desde la niñez profesaba á Ana María, hubo siempre una plácida serenidad, que le hacía sonreir con la beatitud del hombre llegado á la plena posesión de la dicha por senderosin curvas ni abrojos, ancho y florido á la faz del sol.
Súbitamente, las claras acciones y los designios apacibles del muchacho, quedáronse en tinieblas cuando el brusco deseo de Regina se le clavó en los ojos como un puñal.
Obra de maleficio parecía aquella loca y fuerte pasión que daba al traste con la lucidez y la nobleza de Velasquín. Lanzóse en un vértigo de torturas y de ardores, sin ver más que un punto luminoso en el repentino caos de su conciencia: era una lumbre roja y cruel que iluminaba como un fanal gigante el nombre de Regina.
Los violentos latidos del corazón no le dejaron al muchacho escuchar lo que pasaba en torno suyo; ni la voz solemne de su madre, que hablaba muy contenta de la boda, ni el firme acento de Manuel, explorando con ansia en la torcida voluntad del novio... Ni siquiera el blando son de una palabra que jamás dejó de conmoverle: los gorjeos amantes de Ana María sonaban ya en los oídos de Adolfo como una música remota que se extingue, que se apaga en lejano confín. Poseído, alucinado, dejábase arrebatar en la recial corriente de aquel amor brujo, y apenas si un vago esfuerzo de la pobre voluntad cautiva, lograba entre los de Ramírez cubrir las apariencias de la traición amorosa.
Desde su primer triunfo con Adolfo, en la altura brava delRobledo, Regina recordó, con frases juguetonas, que de niños se habían tuteado, y él mordió sonriente la dulce licencia de una intimidad, que no pudo sorprender á quienes ya sabían de aquellas antiguasamistades; así el roce entre ambos, corrió pronto los graves riesgos de la ternura y de la confianza.
Una noche, agonizante ya el otoño, los dos amigos bajaban delRobledo, y de repente Regina se detuvo, mirando adusta á Velasquín.
—No me debes acompañar—dijo con sorda rabia.
Asustado de la inesperada prohibición, obseso y transido, él protestó:
—¡No quieres tú!
—Sí quiero; pero Ana María sufre y la gente murmura.
Silbaron las palabras candentes y angustiosas, aunque el doncel sólo oyera un himno de esperanza:—Sí quiero... ¡Sí quiero, había dicho Regina!...
En la arquitectura inquieta del celaje rodaban las nubes hacia el mar, y los impetuosos sentimientos de aquel hombre rodaron á las plantas de la mujer. Fué allí, oscilante en la rápida pendiente, de hinojos en la alfombra agostiza, donde Velasco derramó en tumulto sus declaraciones y promesas. La provocada confesión, resbalando en el silencio campesino, pobló el aura nocturna de notas crepitantes como chispas de un volcán; y Regina, más soberbia que dichosa, tuvo desde entonces en sus manos, lo mismo que un juguete, el porvenir de Adolfo.
Después de aquella noche blanca y triste, como abandonada novia, la existencia de los dos muchachos atravesó un obscuro sendero de mentira y traiciones, en pugna con las hostilidades del destino; fingieron, burlaron, y nadie supo su ardiente y silencioso amor, que logró, apenas, breves y temerosas entrevistas, saturadas con los encantos del misterio y del peligro.En cartas vibrantes de impaciencia y de inquietud, dijéronse sus propósitos y se juraron fidelidad mil veces. Tímido Velasquín para arrostrar el escándalo de la situación, le propuso á su amada una fuga, seguida de la boda; pero en la negra trama de aquel enredo, el más fuerte acicate de Regina fué siempre el seducir al mejor mozo de Torremar, y rendirle á discreción allí mismo, ante la estúpida sorpresa de sus paisanos.
Era un empeño cruel, una perfidia refinada y aguda que poseyó á la muchacha con halago y martirio al propio tiempo. Porque el solo afán de su existencia se redujo á la persecución de aquella victoria, y, sin embargo, en la dura masa de tales ambiciones, corría un hilo de lástima y de pena, un oculto manantial tenue y piadoso, henchido á las veces, cual si anhelase hendir el bloque de helada sabiduría que le esclavizó. Túmida y verberante la pía corriente, se fué labrando un lecho ya más amplio y más firme entre las rocas de la inteligencia, y el son de aquel arroyo alzábase infantil en el alma de Regina, aguzando un humilde cantar contra las voces sabias del entendimiento y los malos arranques del instinto. ¡Y no era mucho que los ojos graves de Ana María y las doradas pupilas de Carlos hiciesen temblar á la seductora! Todos la acusaban, menos los de Ramírez. Hasta Eugenia y Dolores dijeron:
—¡Qué mal hace!
Pero las dos víctimas de la maquinación temblaron mudas, sin atreverse siquiera á compartir el mutuo sobresalto. Vagamente advertían á su alrededor un cerco invisible, una niebla opaca, algo que les produjosingular zozobra. Diríase que Regina y Velasquín frecuentaban elRobledocon disfraz de amigos, con apariencia de leales, para mejor encubrir algún obscuro propósito.
Ya Regina se cansó de aquella equívoca conducta. No más rubores azorantes, cuando los de Ramírez la miraban hasta el fondo del corazón, con una débil lumbre de sospecha; no más placeres fraguados en la obscuridad como los robos... Si logró la soñada victoria, ¿por qué no estar alegre?
Velasquín la enorgullecía; sentíase curiosa de amor, impaciente como ante el secreto de una puerta entornada... Era preciso beber la copa llena de felicidad hasta los bordes.
Y Regina, achacando las amarguras de su conciencia á lo anómalo de las circunstancias, decidió poner fin al incógnito de sus amoríos y darles la consagración pública de la boda.
—No hago mal—decíase. Y como quien recita una lección que no pasa de la memoria ni de los labios, repetía con uno de sus filósofos:
—«El bien es el placer; el mal es el dolor.»
Aun para encruelecerse, sintiendo hervoroso en las entrañas el crecido caudal de su ternura, con ronca voz, ahuecándola para que sonase firme, rezaba como de carretilla:
—«Dolor es todo lo que pone obstáculo al placer. El hombre es un lobo para el hombre, y la vida una cacería incesante donde cazadores y cazados se disputan su presa... Cada uno tiene el mismo deseo que los demás y sólo el fuerte sale vencedor en esta batalla de todos contra todos...»
Y aplicábase las terribles lecciones:
—Yo quiero lo que Ana María quiere... Soy una loba con más poder que el suyo, y le arrebato su botín...
De súbito, en la hueca resonancia de tales sofismas, rodaba gimiente el arroyo de la misericordia, y la escéptica se apretaba el corazón con las dos manos, confusa y rebelada contra unas «vulgares emociones» que no razonan los filósofos, ni los materialistas definen. Nada, en resumen; ecos febles de acentos muy distantes, en mezcla con la voz de Daniel apagada y triste, igual que un sollozo; la gentil imagen de Carlota junto á la de una dama que á Regina, de lejos, le pareció su madre... ¡Su madre!... ¡Cosa más singular!... Nunca se le había aparecido; ya no se acordaba de ella. ¿Fué bonita?... ¿Fué inteligente?... Tuvo un nombre piadoso: Rosario... ¡Qué nombre tan español y tan dulce: Rosario!...
Y Regina sintió en el pecho una blandura muy grande, como si algo se derritiera al calor de aquella palabra que pronunció con alegre asombro, entre el tumulto de infantiles memorias. La pálida visión de su niñez se extendía, como liviano cendal, delante de una hora solemne en su juventud. Y al sentirse cegada y perseguida por imágenes tan endebles, quiso reir ó cantar en broma, y sólo se le vinieron á los labios oraciones deshojadas por la costumbre, y aun jaculatorias tan simples como aquella:Con Dios me acuesto...
Pero la muchacha se irguió ruborosa, y entonó arrogante la postura. Ella no sería víctima, jamás, de aquel sentimentalismo ramplón y cursi que le había mojado los ojos un momento... ¿Qué tenían que ver su infanciani su madre con el mejor partido de Torremar? Sintióse loba, y escribió á Velasquín una apremiante misiva, exigiéndole públicas manifestaciones de amor.
A la mañana siguiente el balandro nuevo, recién venido de Santander, lanzaba á la ribera un nombre de inconfundible, alusión:¡Reina!, clamó á gritos, cuando todos esperaban que cantase:¡Ana María!
la vindicta pública.—la erudición de la alcaldesa.—el aguijón de una copla.—vanse los amores y quedan los dolores.
Enel Casino de Torremar, sitio adecuado para toda clase de intrigas y conjuras, reuniéronse una tarde, la tarde gris de emocionante memoria, los caballeros de la llamadaJunta de defensa.
Formaron al frente Alonso y Fabricio; éste, feroz; aquél, melodramático. Hacían la retaguardia Ordóñez, muy risueño, y el notario, muy triste.
Al cabo de una hora, desfogados los espíritus, agotadas las frases duras y los epítetos gordos, quedó la reunión reducida á un vago murmullo de colmena, un runrún, perezoso y mordaz, rodando entre claras notas de las fichas del dominó y densas nubes del humo de tabaco. Tres convicciones profundas expandieron en la pesadez del viciado ambiente: Regina era una loca; Adolfo un majadero; Carlos y su hermana dos ángeles del paraíso. Y los conferenciantes acordaron: dejar á la de Alcántara «por imposible», no hacer caso á Velasquín y rendir tributo de adhesión y desagravioá los de Ramírez. Tácitamente convinieron en que era Carlitos el único mozo burlado por Regina en la gran broma descubierta. Debían todos contribuir á distraerle, á consolarle, sin hacer ninguna mortificante alusión á su fracaso. Cuanto á la de Ramírez, era preciso indemnizarla con creces del ruin abandono que sufría y ofrecer en el altar de su belleza sacrificios de amor y de respeto.
En el fondo, ninguno de estos hombres piensa cumplir semejantes propósitos: del trato singular de Regina todos aguardan sorpresas raras, atractivos y alicientes á los que no renuncian; Velasquín es demasiado señor en el pueblo para que el desdén público se atreva á molestarle; y la piedad declamatoria de la fracasadaJuntano se impondrá, de seguro, el trabajo de consolar á Carlitos ni de hacer la corte á Ana María...
Las damas, en sus conciliábulos interminables, denostan á Regina acerbamente y la auguran un «mal paradero»; compadecen en términos empalagosos «á los pobres» de Ramírez:—¡Sin madre! ¡Tan desgraciados!...—Y juzgan á Velasquín con mucha lenidad:
—Esa pícara le habrá dado algún bebedizo, pero no se casará con él; Dios no lo puede permitir... La culpa de todo esto la tienen los aduladores que se complacen en santificar diablos... ¡Lucidos están!
La alcaldesa, aprovechando el auge que disfruta Adolfo, coloca con gran éxito uno de sus «estudios feministas», como llama con pedantismo á las confusiones históricas que suele referir: «El ilustre doncel es descendiente de una dama famosa por su estirpe ycaudales, doña Velasquita, oriunda de un cántabro solar que dió á España varones insignes como Lain Calvo y Nuño de Rasura...» Piérdese la bachillera en la noche de los tiempos, buscando el origen de Velasquín en la remota península de Escandinavia; y luego discurre sobre la etimología del apellido, «á que dieron honra Condestables castellanos, y títulos rivales en grandeza con los propios reyes...»
Lanzada la historiadora en un caos de erudición y verbosidad, á vuelta de comentos más confusos que verídicos, viene á decir, con énfasis, el pomposo mote de doña Velasquita, que en la cántabra ribera del Asón, orló su escudo con el soberbio alarde:
Cuanto ves de río á río, todo es mío...
Un aroma de abolengo y popularidad unge el nombre de Velasco en el auditorio femenino de la alcaldesa. Avidas de emociones y de asombros, las señoras atribuyen un poder casi regio al descendiente de doña Velasquita, y aplicándole una síntesis del heráldico aviso, murmuran con unción:¡Todo es suyo!...
Sin llegar al Casino sabe Carlos la gran noticia. Se la dice Estraduca en el recodo del muelle:
—¿Vas á ver el balandro de Velasquín? Se llamaReina.
El viejo oye todo el día como un sonsonete aquella frase, sin advertir su importancia. Comprende que es cosa oportuna, de interés y valor, porque la siente rodar con metálicas vibraciones, como una moneda de oro, en los tristes silencios de la ciudad. Llevó aquellaspalabras en los oídos al salir de su casa:el balandro de Velasquín se llama Reina...Y como un eco, el pobre señoruco, se las repite al primer amigo que le saluda. Después, aguarda los comentarios de rigor: —¿Es posible?... ¿Qué me cuenta usted?...—¡Pues está eso gracioso!...
Pero Carlitos no dice «esta boca es mía». ¡Qué pálido y qué mustio le parece el buen mozo á don Victoriano!
—¿Te sientes mal, hombre?
—No, señor.
—¡Ah!... Ya no me acordaba de que todo lo veo amarillo... perdona.
Y sonriente, simple, continúa la incierta marcha á la luz enfermiza de sus anteojos. Va diciendo, maniático:—Pues, sí, sí;¡se llama Reina!...
En su profunda estupefacción, Carlos halla un solo impulso: llegar al muelle. Su mirada recorre la bahía con fulgores de relámpago. Allí está la verdad, irónica, implacable, meciéndose en la niebla bajo el señuelo vistoso del gallardete azul, como brote cruel de un largo temor, de un oculto presentimiento...
Con giros de beodo, atormentado por muchedumbre de angustias, cuajadas en una sola, el joven torna maquinalmente al yerto camino del robledal. Sube y sube, afianzando los pies en la pradera marchita, con esfuerzo terrible, como si escalase una montaña de abrojos. Ya en la línea siniestra del boscaje alza la frente y mira á su alrededor con novedad, igual que si nunca hubiese visto sus robles en deshoja, con el tétrico aparato del otoño.
Loca y triste, la quejumbre del viento mueve ruidode penas en las hojas caídas, y ante la desnudez crispada de los árboles, imagínase Carlos que todo el bosque se retuerce con pasión hacia los cielos.
Va á sonar la hora en que Regina sube por aquel camino muchas tardes. Con el corazón estrangulado, se detiene el mozo en la linde sagrada para sus amores: quisiera padecer muy de prisa, devorar su dolor en un hartazgo mortal; porque le amedrenta el porvenir extendido delante de su juventud, como una llanura sin límites; la vida de aquellos últimos meses, entre ilusiones y espantos, le arde en el pensamiento con ascuas que amapolan su rostro y le salpican de sudor.
Puesto que la burla de su felicidad sirve de mortaja á la felicidad de Ana María, Carlos tiene la certeza de que ya en el mundo todo le será hostil y aborrecible. Pero su amarga desesperación no fulmina una sola censura para la mujer traidora; y al sentirse incapaz de condenarla ni siquiera en mudo reproche, alza los hombros con desdén de sí mismo: ¡la ama dolorosamente, en desenfreno estúpido, que ni aun sabe maldecir! Y quédase clavado á la tierra, lo mismo que un brote débil del trágico robledal, desnudo de esperanzas como éste de hojas, cuando la vocecilla infantil de un pastor ó un vagabundo lanza al viento, desde oculta vereda, un canto montañés, triste y pausado: