Aquel día, sin embargo, hubiera querido dar un rodeo para saborear mi contento, pero esos excesos no están en el programa e invité a mi alegría a no salirse del camino recto.
¿Y sabe usted, señor cura, por qué estaba yo tan alegre?... Porque Máximo de Cosmes ha dicho que soy bonita... ¡Qué horrible vanidad!
Y por mucho que trato de ruborizarme de vergüenza, la verdad es que estoy contenta.
¡Impenitencia final!
Tiene usted mucha razón, mi buen señor cura, y su sermón ha venido muy a propósito para poner un poco de aplomo en mi cabeza y un poco de prudencia en mi corazón.
«No basta ser bonita, me dice usted, para ser amada; los hombres tratan de encontrar cualidades más sólidas y de un orden más elevado en la que será la madre de sus hijos... Y, después, nada prueba que el corazón de don Máximo esté libre.»
Es verdad; jamás me he preguntado si el corazón de Máximo está libre.
Siempre me parece que también los demás empiezan su vida, que sus ojos se han abierto al mismo tiempo que los míos y que en ellos, como en mí, todo el pasado es una página en blanco.
Máximo, sin embargo, no es joven. ¡Veintinueve años; casi treinta! Es más que probable que no haya esperado a conocerme para fijar su corazón.
Y aquí me tiene usted desazonada de mis ilusiones. Era muy dulce el pensamiento de pasar mi vida entre mi padre y él. ¡Son tan buenos los dos y se entienden tan bien para mimarme!... Casi no hay día en que Máximo no me envíe o me traiga algunas pruebas de su recuerdo: un libro, un dibujo de bordado, un ramo de violetas... pequeñeces, pero afectuosamente ofrecidas.
No tengo experiencia, pero dudo que un novio pudiera ser más amable.
¡Sus maneras conmigo son tan graves y tan dulces, y me agradan tanto!... Hay, sin embargo, una especie de violencia, casi de frialdad, que se interpone a veces entre él y yo y parece helar en sus labios las palabras cariñosas. Y ya esto, aun antes de la advertencia de usted, señor cura, me había dado qué pensar.
Hace unos días, me dolía la cabeza después de un largo paseo al sol, y no quise comer. Mi padre se alarmó y dijo que iba a llamar al médico, pero le supliqué que no lo hiciese, segura de que aquella simple jaqueca no resistiría a una noche de sueño. Así estaba convenido cuando llegó Máximo. En cuanto me vio echada en el sofá de la sala, su cara se alteró y, en voz conmovida, reprobó a mi padre el haber cedido a mi capricho no llamando a Muret. Quise protestar, y me dijo bruscamente: «No crea usted que vamos a consultar sus antojos cuando se trata de su vida...» Dio media vuelta y, sin querer fiarse de nadie, corrió él mismo a telegrafiar al doctor, que no tardó en venir y se rió de nosotros.
—Mi padre y Máximo tienen la culpa de que se haya usted molestado—le dije.—De este modo, cuando otra vez le llamen a usted, no vendrá.
—Vendré lo mismo; pero me tomaré tiempo para comer.
Mi padre se lo llevó en seguida e hizo que le sirvieran una cena.
Me quedé sola, cerré los ojos para que descansase mi dolorida cabeza, y me quedé dormida. Cuando desperté era de noche, y por la ventana abierta oía la voz de mi padre en el jardín y el ruido de sus pasos algo pesados sobre la arena. No sé qué ligero ruido, un suspiro acaso, me hizo volver la cabeza, y, en la obscuridad, adiviné, más que vi, a Máximo a mi lado.
Cuando vio que estaba despierta, me apoyó dulcemente la mano en la frente y me dijo:
—¿Le duele a usted aún?
—Casi nada; pero ¿por qué está usted ahí en la obscuridad, en vez de pasearse con mi padre y el médico?
—¿La contrarío a usted?
—Siento que no goce usted de esta hermosa noche.
—El tiempo me ha resultado agradable de este modo.
—¿Ha dormido usted también?
—No... He estado repasando mis recuerdos. Me acordaba de nuestro viaje; cuando la traje a usted de Quimper a París. Estaba usted dormida y gruesas lágrimas permanecían inmóviles en sus mejillas, mientras grandes suspiros espasmódicos la agitaban de vez en cuando, como los de una niña castigada. ¡Era usted tan débil y tan pequeña! Y yo sentía que no lo fuera usted más... un nene al que hubiera podido acunar en mis rodillas para consolarlo.
—Y me cubrió usted con su manta; no lo he olvidado... ¡Qué bueno fue usted! Es verdad que lo es usted siempre...
En seguida cambió de tono y me dijo con una especie de dureza:
—Todo aquello pasó. Ha crecido usted, se ha hecho una guapa joven y ya no siento deseo alguno de hacer de nodriza.
Se levantó y cerró la ventana, por creer que la noche estaba fresca.
Y se marchó.
Pienso algunas veces si estará enamorado de Luciana, tan bella y tan inteligente. Sin embargo, más bien parece que se evitan.
Pero queda lo desconocido, tan tenebroso, tan inmenso, tan lleno de misterios...
20 de octubre.
También esta vez tengo que excusarme por mi lentitud en escribirte; pero tenía una repugnancia inconcebible a la pluma, al papel, a mis ideas, a mis sentimientos, a todo, hasta a Luciana... Sí, Luciana, mi Luciana me resultaba una carga, un dolor, un despecho constante.
Estaba celoso, y la he ofendido gravemente, como un estúpido. Ella se irritó y hemos estado enfadados una semana entera, con motivo de ese Gerardo, que la corteja sin ocultarse. Encontraba yo que ella aceptaba y hasta buscaba imprudentemente sus galanteos y que se comprometía.
Hícele la observación y ella la tomó con altanería e impaciencia. La acusé de ser una coqueta y de hacer doble juego, y ella se indignó, por lo que cambiamos palabras crueles.
—Sospechas, reproches, escenas violentas; ¿es así como comprende usted el amor?—me preguntó.—Si piensa usted ser un marido escamón y tiránico, es tiempo aún de decirlo.
—Y si usted ha de ser una mujer inconsiderada y ligera, que da lo mejor de sí misma al primero que se presenta...
Luciana me interrumpió con violencia:
—¿Qué he dado yo al señor Lautrec más que atención trivial y política que tiene toda mujer para el hombre que se ocupa de ella? ¿Qué me reprocha usted, fuera de una inofensiva charla? ¿Tendré que volverme imbécil y huraña para complacerlo a usted? Si así es, no soy la mujer que le conviene.
—Mucho lo temo.
—¿Quiere usted un rompimiento?—exclamó deteniéndose de repente y mirándome a la cara, pues íbamos juntos por los paseos del bosque, delante del grupo de nuestros amigos, que no podían oírnos.
Mi corazón flaqueó y no pude soportar el desafío de su mirada ni el brillo de su belleza.
—¡Un rompimiento!—dije con emoción.—¿Cómo ha podido tal palabra encontrar el camino de esos labios?... Demasiado sabe usted que la amo.
—Empiezo a dudarlo.
Luciana volvió a echar a andar a mi lado, pero sus miradas siguieron irritadas y duras.
—No—respondí,—no lo duda usted. Conoce usted su poder y abusa de él... Sabe muy bien que no puedo luchar y que nunca la he amado más que hoy.
Tenía yo una singular necesidad de afirmar mi amor, tanto para mí mismo como para ella. Era aquello como una especie de exorcismo contra los malos pensamientos, las cóleras y los rencores que me torturaban hacía algún tiempo.
Luciana me escuchaba muy grave y como ensimismada en sus pensamientos, dudando si creer en mis protestas, o acaso interrogándose a sí misma, no lo sé.
Por fin dijo en tono más dulce:
—Si duda usted de mí, confiéselo francamente, Máximo. La lealtad es el primer deber del amor.
—Tiene usted razón. Y si, de igual modo, siente usted alguna vez el habérseme prometido, tenga la sinceridad de decírmelo. Se puede perdonar todo, menos el ser engañado.
—Le prometo a usted ser sincera. Y, ahora, no nos querellemos más. Hay que perdonarme que me gusten los elogios y que sea sensible a las dulces palabras. Es un defecto común a todas las mujeres.
Habíamos llegado al sitio habitual de separarnos y me fui con Lacante y con su hija.
A pesar de haber hecho las paces con Luciana, no estaba contento. La había encontrado dura en su defensa y fría en sus promesas. Ella, por su parte, conservaba un secreto descontento. Y este estado de lucha sorda ha durado una semana, durante la cual no ha cambiado su actitud con Gerardo.
Lautrec no habla ya de viajar o parece aplazar, para una época indeterminada, su expedición al Asia Central.
Había yo creído observar que Luciana le escuchaba por una especie de bravata, y yo, por orgullo, fingía indiferencia y trataba de parecer alegre y satisfecho. Tomaba parte con animación en la conversación general e iba de cuando en cuando a buscar un poco de reposo al lado de Elena, que es verdaderamente una deliciosa criatura, sencilla y tierna. Si ésta da alguna vez su corazón, no será mujer de quitarlo.
Esta alma tranquila me ha salvado de la desesperación durante la semana maldita, en la que Luciana parecía desprenderse de mí y durante la cual me sentí profundamente sepultado en la fría sombra de los amores difuntos. La influencia pacificadora de Elena producía en mí, más cada día, su benéfico efecto.
A la violencia sublevada de mis ilusiones sucedía una especie de triste resignación que embotaba y como insensibilizaba mi sufrimiento. Algunas veces, mientras tanto había visto pesar sobre mí la mirada de Luciana sin que expresase ni despecho ni pena, y sí, solamente, una especie de extrañeza. Mi falso contento no la conmovía; sonreía de buena gana si alguna frase mía le daba ocasión y me observaba con una especie de ironía cuando yo permanecía mucho tiempo al lado de Elena.
Y aquella indiferencia me parecía una prueba de la disminución de su amor.
Mi asombro, pues, fue grande cuando ayer, en el momento en que me disponía a acompañar a Lacante y a su hija, la vi acercarse a mí y decirme muy bajo, poniéndome la mano en el brazo:
—Déjelos usted marcharse solos, una vez, por casualidad. ¿No he de tener yo nunca el favor de una conversación íntima? Reclamo mi parte del ingenio y de la amabilidad de usted. Sentémonos en este banco, si le parece.
—¿Qué va a ser de Lautrec?—pregunté amargamente.
—Se consolará con la Marquesa, como la niña de Lacante con su padre.
Y me señaló a la Marquesa y a Lautrec engolfados en una conversación muy animada, mientras el Marqués de Oreve se paseaba por el terrado con Kisseler.
Eché una mirada de pesar a Elena, que se alejaba, después de haber vuelto la cabeza dos o tres veces para ver si yo la seguía. No sé si Luciana lo echó de ver.
—No es pedir a usted mucho—me dijo.—Siéntese... a mi lado... unos minutos.
—¡Al lado de usted!—exclamé con una admiración irónica.—En verdad, me colma usted de bondades... ¿Qué pasa, pues?
Pero había ya cedido a la atracción de sus hermosos ojos y sentádome a su lado.
Durante un rato estuvimos callados.
—Hable usted—me dijo por fin.—Cuénteme sus malos pensamientos contra esta pobre Luciana.
—¿Para qué? Le importan a usted tan poco...
—Si me importaran poco no estaría aquí ahora esperando la inevitable reprimenda. Tóqueme usted la mano... está temblando.
Tenía la mano helada y la guardé en la mía, aunque sin tierna presión.
—¿Por qué toma usted a juego el torturarme—le pregunté,—sabiendo que su complacencia en tolerar la actitud comprometedora de Lautrec es injuriosa y cruel para mí?
—Sea usted justo—exclamó.—Lautrec hace a mi lado lo mismo que usted con la niña de Lacante... Mi coquetería no es más criminal que la de usted.
—No hay nada entre Elena y yo; nada que no sea natural y legítimo entre un hermano mayor y su hermana.
—Sí, naturalmente; una amistad fraternal... Así empiezan siempre esas cosas... Es verdad que yo no puedo invocar la misma excusa. Soy demasiado sincera para no confesar que hay en Lautrec algo más que una amistad de hermano... y en mí algo menos.
—Reconozca usted que está enamorado.
—¿Por qué no?
—Y usted lo ha animado y hasta excitado... Le ha hecho usted perder la cabeza.
—Nada de eso. Puedo afirmar que es enteramente dueño de sí mismo.
—Luciana—exclamé,—júreme usted que no hay nada entre ustedes.
—De buena gana, amigo mío... Pero, ¿qué llama usted «nada»? Me ha hecho el amor, no lo niego.
—Pero usted, ¿qué ha respondido?
—Palabras sin significación... y nada más.
Y con voz incisiva, casi dura, siguió diciendo:
—¿Se figura usted que soy bastante tonta para creer en un sentimiento serio en el señor Lautrec? ¿Cree usted que no he descubierto en seguida la sequedad egoísta de aquella alma sin profundidad, sin nobleza, sin?...
—¡Cuidado!—exclamé.—Habla usted de él con amargura. ¿Qué le ha hecho a usted?
Luciana se echó a reír.
—¿No quiere usted que lo juzgue severamente? Hay que ser consecuente, mi pobre amigo. Agrádeme o no, usted no puede hacerme un reproche igual. Pero dejemos esta vana disputa y estas niñerías crueles que nos hacen tanto daño. Yo no pido más que convenir en mis culpas: sus celos de usted me hirieron y tuve a orgullo el hacerle frente... Usted, para castigarme, no ha dejado un momento a Elena Lacante, y ha logrado también lo que se proponía, que, a mi vez, me he vuelto celosa. Esta es nuestra historia.
—¡Usted celosa, Luciana!... Se estima usted muy superior a las demás para que eso sea posible.
—Pero el amor me vuelve modesta, Máximo, y yo lo amo a usted... bien lo sabe.
¡Ah, la hechicera! Todo lo olvidé. Había vuelto a tomar su timbre de voz encantador, un poco velado, más conmovedor que todas las palabras, y la sonrisa de misteriosas promesas que la hacen irresistible cuando ella quiere serlo. Todo mi rencor se había disipado y sólo vinieron a mis labios palabras de excusa y de amor.
Escuchábame ella pensativa. Su animación y su ardor para defenderse habían desaparecido. Los párpados caídos me ocultaban sus ojos y una expresión de indecible tristeza ensombrecía su linda cara. La languidez de toda su persona, de su talle inclinado, de sus manos abandonadas, hacíala infinitamente interesante.
Tomé una de aquellas manos, inertes en la falda, y la oprimí contra mis labios. Hizo al punto un movimiento para retirarla, pero después me la abandonó, volvió la cabeza y me miró con expresión incierta. Sus ojos estaban húmedos.
Por fin, dio un gran suspiro y dijo, respondiendo, sin duda, a sus largos pensamientos:
—Entonces, ¿cuándo nos casamos?
—Cuando usted quiera—respondí sorprendido por aquella brusca pregunta.
—¿Y si quisiera ahora mismo?
—Sería el más feliz de los hombres.
—¿A pesar de mi coquetería y de... mis defectos?
—A pesar de todo, pertenezco a usted, Luciana... Mi corazón, mi vida, todo lo que poseo es de usted... Por desgracia, lo que poseo es muy poca cosa.
—¿Marignol sigue viviendo?
—Ciertamente... y no puedo matarlo, al miserable.
Nos echamos a reír y ella me dijo cariñosamente:
—En fin, usted me ama, y esto es lo importante...
—Sí, la amo a usted, porque la creo sincera y leal... Una sola cosa podría separarme de usted; la falsedad y la mentira... Y eso no lo espero... Creo en usted como en...
Buscaba un punto de comparación, pero ella no me dio tiempo para encontrarlo.
—Gracias—dijo levantándose y estrechándome la mano.—Yo también tengo confianza, y puesto que Marignol se obstina en no morirse y en cortarnos los víveres, habrá que tener paciencia y seguir amándonos en el misterio...
—¿Por qué no hemos de aclararlo un poco?
Luciana dijo con la cabeza que no.
—Si pudiéramos fijar una fecha, aunque fuese lejana, yo sería la primera en gloriarme de su elección de usted, amigo mío... Pero piense en el ridículo de esta novia sempiterna suspirando por el casamiento... El ridículo es lo que más temo en el mundo...
—Yo no veo el ridículo...
Luciana hizo un gesto nervioso.
—Las mujeres lo vemos así—dijo.
—¿A qué ha venido, entonces, esa pregunta sobre la fecha de nuestro matrimonio?
—Un trabajo de sonda—dijo riéndose.—La pobre opinión que tengo de mí misma me hace dudar de usted, sobre todo cuando le veo ejercer sus privilegios de hermano mayor con Elena Lacante. Temo algunas veces que se engañe usted sobre sus sentimientos, como se engaña ella...
—¡Elena!...
Me pareció que una aguda punta entraba hasta lo más profundo de mi corazón.
—¡Imposible!—exclamé.—Elena no puede engañarse... Jamás una palabra mía ha podido causarle la ilusión del amor.
—Mejor para ella en ese caso—dijo Luciana con indiferencia.
He conservado una impresión penosa de esta conversación.
Me siento más estrechamente unido que nunca con Luciana. Nos hemos explicado, perdonado y reconciliado. Me ha renovado la seguridad de su amor y de su voluntad de ser mía. Debería ser dichoso y no lo soy.
Cuanto más la conozco, más echo de ver que los sentimientos de Luciana no tienen aquella sencillez franca y luminosa que me conquistó al principio. Su alma es complicada, y lo que ignoro de ella me turba y me alarma. Cuando la tengo al lado sufro su encanto, me seduce y quedo vencido. Ausente, trato de comprenderla, la analizo y pierdo la paz de mi corazón... ¡Por qué, pues, es tan triste la dicha!
25 de octubre.
Te envío, puesto que lo deseas, la fotografía de Luciana, y añado la de Elena, a la que te alegrarás de conocer. Una y otra son de un parecido perfecto y podrás, si esto te divierte, sacar tus horóscopos psicológicos como si las estuvieses viendo a ellas mismas. Lo que la fotografía no puede reproducir es el brillo deslumbrador de la tez, del cabello, de los ojos de Luciana. Es hermosa, maravillosamente hermosa...
¡Ah! querido; el hombre es un animal estúpido. Hace unos días creí que el corazón de Luciana se apartaba de mí, y caí en el marasmo de la desesperación. El horrible pensamiento de un rompimiento me perseguía, y vivía en las angustias de los más negros celos. Hoy todo está apaciguado. Luciana es dulce, cuidadosa de no disgustarme... y no estoy tranquilo.
Me atormento y la torturo con mil quimeras y quejas inmotivadas... Algunas veces me pregunto si no es mi libertad la que echo de menos. Me parezco a esos niños que lloran y patalean por tener un tambor, y en cuanto lo tienen, les falta tiempo para reventarlo para ver lo que hay dentro. Lo cierto es que mi dicha no da ya el alegre sonido que yo esperaba.
Estoy perdiendo el tiempo en gemir en vez de hacer mi maleta, pues salgo de viaje dentro de un momento. He prometido dar una conferencia en el Círculo Artístico de Amberes y aprovecharé la ocasión para pasear mi elocuencia por Gante, Bruselas y Malinas, donde estoy invitado. Es un viaje de ocho días que me distraerá y traerá unos cuantos pesos a mi bolsa hospitalaria.
Todo el mundo se va; además, Lautrec ha fijado su partida para la semana próxima, lo que me tranquiliza. Deploro dar al asunto la menor importancia, y, sin embargo, prefiero saber que está lejos.
Luciana también sale dentro de unos días, con su madre, para Ruán, donde hay una exposición de pinturas. Supongo que procurará volver a París al mismo tiempo que yo.
Tengo abajo el coche.
Te contaré mi viaje en la próxima carta. Adiós.
30 de octubre.
Hemos vuelto a París, mi buen señor cura. Unas cuantas borrascas de lluvia y de viento nos han hecho temer por la salud de mi padre, y hemos dejado la «Villa Sol» a la que el sol no visitaba ya casi nunca.
He tenido la sorpresa de encontrar en el mismo piso de nuestra casa un encantador cuartito decorado para mí de un modo precioso. Máximo ha sido el encargado de arreglarlo y quien lo ha escogido todo, y no puede usted figurarse qué fresco, qué lindo y de qué buen gusto es. Mi cuarto tiene dos ventanas a un jardinillo rodeado de altas tapias, cuya fealdad está cubierta por un tapiz de hiedra.
Estoy muy contenta de no tener ya como único punto de vista el sombrío patio en que crece la hierba entre las losas. Sobre el jardinillo hay un gran cuadro de cielo, en el que se presentó la luna a festejarme el día de nuestra llegada. Al lado de la alcoba hay una piececita con un estante de libros y un piano; aquel es mi salón, y un poco más lejos otra pieza más grande en la que duerme doña Polidora. Le respondo a usted de que estoy bien guardada, pues la buena señora no me mima, furiosa como está por el ascendiente que voy tomando en la casa.
Trabajo mucho con mi padre, y además, me hace tomar lecciones de música y de inglés; no será culpa suya si no llego a ser una mujer como es debido.
Sería completamente feliz si la salud de mi querido padre fuese más sólida; pero padece mucho de la gota y hay momentos en que me desespera el no poder aliviarlo.
Todas nuestras costumbres de verano han sido cambiadas. La Marquesa de Oreve está todavía en Vaucresson por unos días; Máximo se ha marchado ayer a Bélgica para dar unas conferencias, y el señor Lautrec se va muy pronto a no sé qué lejanas regiones, en las que parece que se estará dos o tres años. Lo echaremos de menos, porque es amable y alegre. La de Grevillois y su hija han vuelto a su cuartito de la calle de Verneuil.
Hace un momento ha llegado el señor Kisseler a darnos la bienvenida y nos ha hecho saber la grave enfermedad de un sabio, el señor Marignol, profesor del Colegio de Francia y del que Máximo es suplente. No quiero mal a ese señor, al que no conozco; pero es viejo, y si su salud lo obligase a jubilarse, se aseguraría el porvenir de Máximo y nos alegraríamos por él.
Gante, 3 de noviembre.
Mis dos primeras conferencias han salido muy bien; he recogido no pocos aplausos y, lo que es mejor, he tenido un auditorio numeroso y entusiasta. Será una debilidad, pero lo cierto es que los aplausos, no sólo cosquillean agradablemente el amor propio del orador, sino le dan ingenio, animación y elocuencia; son como un trampolín desde el que se lanza uno con un aumento de vigor.
Esta mañana, al abrir un periódico de Francia, he leído la muerte casi repentina de Marignol. ¡Pobre hombre! No puedo decir que lo siento, y me engañaría a mí mismo si me apiadase mucho por su defunción. Era viejo, más viejo que su edad, y su misión estaba cumplida. No había estado tierno conmigo y me interceptaba el camino con una arrogancia que lo hacía poco amable. Por otra parte, hay que acabar muriéndose; es un accidente que nos está reservado a todos, y no son acaso los que ya lo han sufrido los más dignos de compasión. Sin embargo, ese accidente de la muerte es tan definitivo e irreparable, que el placer de ver mi porvenir asegurado ha sido menos vivo de lo que yo esperaba, y he sentido una especie de remordimiento por haber deseado tanto esa plaza, aunque hubiera preferido, seguramente, obtenerla por el abandono voluntario del que la poseía.
Al fin han desaparecido los obstáculos entre Luciana y yo. El camino está allanado, pues no veo a nadie en línea para disputarme el puesto.
Cuando yo vuelva fijaremos la fecha de la boda y la anunciaremos a nuestros amigos, a Lacante ante todo, y esto enturbia un poco mi alegría. Se va a quedar sorprendido y su sorpresa será para mí una acusación, pues le debía más confianza. ¿Por qué no le he hecho vislumbrar, al menos, mis proyectos? ¿Me habrá quitado el valor de hablar su deseo, vagamente indicado, de darme a Elena en matrimonio? Eso, precisamente, hubiera debido obligarme.
La verdad es que nunca se ha expresado claramente sobre este asunto y que es ridículo hasta la impertinencia renunciar un honor que nadie le ofrece a uno. Me digo esto para justificarme y no lo logro. Lo cierto es que he retrocedido cobardemente ante lo que me era penoso decir, he contado con la casualidad para salir del paso, y me encuentro ahora en un apuro cruel. Y si fuera cierto lo que supone Luciana; si Elena hubiera podido equivocarse sobre los sentimientos que me inspira, habría yo cometido una mala acción... Por fortuna no lo creo, y esto me tranquiliza.
Mientras paseaba hace poco este caso de conciencia bajo las bóvedas de la gran Catedral de Amberes, al caer la tarde, me parecía ver a Elena tal como se me apareció en Quimper, en un rayo de luna, como una criatura fantástica, como un ser de pura espiritualidad. Cuando estoy lejos de ella, así es como la veo y así habrá atravesado mi vida.
Y no puedo impedirme una tristeza de cólera y de indignación al pensar que nunca seré nada para ella y que otro se apoderará un día de aquella inocencia y de aquella dulzura. Es insensato, egoísta e ingrato, tener tal pensamiento y no poder arrojarlo de mi mente. Empiezo a creer que no estoy criado para el matrimonio y que soy una especie de anfibio hecho como ellos para flotar entre dos aguas sin hacer pie jamás en tierra firme.
Me maldigo y me injurio de despecho por ser como soy y no poder ser de otra manera.
No valía la pena que se muriese Marignol, puesto que no me produce ningún contento.
Me ocurre una gran aventura, en la que me he comprometido un poco a la ligera y sin saber cómo saldré. He aquí la historia, señor cura.
Ayer noche comimos en casa de la Marquesa de Oreve con las señoras de Grevillois, la de Jansien y unos cuantos hombres, entre los cuales estaba Gerardo Lautrec. Tratábase, justamente, de una comida de despedida antes de su gran expedición a través del mundo.
Se hablaba de Oriente, de las razas asiáticas, de costumbres, de trajes y de otras cosas relacionadas con el viaje de don Gerardo, cuando, de pronto, la de Jansien da un ruidoso suspiro y exclama:
—¿Dónde estará usted mañana a esta hora?... Muy lejos ya.
Lautrec se echó a reír y respondió:
—No tan lejos como usted cree. Retardo mi viaje veinticuatro horas para estrechar la mano a Máximo de Cosmes, que llega mañana con todos los laureles de Bélgica.
—¡Tanta amistad!... Confiese usted que es un pretexto.
—Nada de eso, señora. Soy muy amigo de Máximo, y además, tengo que pedirle un servicio... Quiero poner en sus manos un depósito que, para mí, tiene importancia, pues son mis papeles más preciosos.
—¿A él?—exclamó Luciana.—¿Por qué a él?
Había algo tan raro en el sonido de su voz, que no pude menos de mirarla. Sus ojos brillaban con un extraño fulgor, pero, en un momento la llama que los iluminaba se apagó y Luciana volvió a caer en la inmovilidad un poco triste y altanera que había guardado hasta entonces.
Lautrec respondió:
—Confío esos papeles a Máximo, porque es mi amigo y el más caballero que conozco. Si muero, estoy seguro de que ejecutará escrupulosamente mis voluntades, ya para publicar lo que le parezca digno de ello, ya para quemar lo que no deba ser leído.
Al decir esto miraba a Luciana, que le había preguntado; pero ella parecía pensar en otra cosa y seguía indiferente y pensativa.
Mi padre dijo, aprobando a Lautrec:
—Máximo es la lealtad misma, y además, discreto como una tumba. Se le pueden confiar los encargos más importantes con la certeza de que serán ejecutados en conciencia.
—Yo—dijo Sofía Jansien en tono ruidoso y duro—no conozco más que un confidente discreto, el fuego. ¡Ja, ja, ja!
Esta señora tiene un modo de reír que rompe los vidrios.
Lautrec continuó:
—Sí, cuando uno muere, lo que posee más secreto debe ser entregado al fuego. Mientras se conserva un soplo de vida se quieren conservar los frágiles vestigios de los días dichosos, de los goces que se han disfrutado y aquellos a que no se ha renunciado todavía... Nadie quiere sacrificar el pasado ni el porvenir.
Sus rápidas miradas, que siempre solicitan la aprobación de los presentes, se detuvieron en Luciana, pero ésta no levantó los ojos y Gerardo no pudo leer en el mármol impasible de aquellas lindas facciones, fijas en una inmovilidad absoluta y altanera.
Aquella actitud contrastaba de tal modo con su habitual solicitud para mirarle, responderle y sonreírle, que no podía menos de notarse la diferencia. Supuse que se refugiaba en aquella insensibilidad aparente por orgullo y para no denunciar su pena por la partida de Lautrec.
En el momento un poco tumultuoso de las despedidas, al separarnos después de la velada, mi padre invitó a todos a venir esta noche a casa a festejar el regreso de Máximo. Todos aceptaron menos la señora Jansien, que estaba ya comprometida, y las de Grevillois, que tienen que estar en Ruán mañana por la tarde y no vuelven hasta dentro de dos días.
Luciana, envuelta en un abrigo obscuro cuyo capuchón le velaba en parte la cara, estaba hablando, en un rincón del recibimiento, con Lautrec, en voz baja y animada. Su madre, pronta a salir, la llamó, y le oí decir:
—¡Oh! eso, señor Lautrec, nunca... nunca más.
Y se separó de él.
—Adiós, entonces... por mucho tiempo.
Dióle Lautrec la mano, y Luciana dejó caer en ella la suya como a su pesar.
Al salir, pasó a mi lado y me dijo precipitadamente:
—Vaya usted a verme mañana temprano, se lo ruego... Me hará usted un gran servicio... Ya sabe usted que salimos a las nueve.
Vacilé, extrañada, pero ella me tomó la mano, me la apretó con fuerza y me dijo:
—¡Si usted supiera!... Vaya usted; se lo suplico.
Su madre la estaba llamando en la escalera, y Luciana añadió, mirándome ardientemente:
—¿Irá usted? Hágalo por mí, Elena.
Se lo prometí, y esta mañana obtuve de mi padre permiso para ir a despedirme de ella. Estaba escribiendo y consintió sin hacerme preguntas.
Salí, pues, con la señora Schwartz, una señora que viene todas las mañanas para acompañarme a la iglesia y a mis clases y que, al mismo tiempo, me enseña el alemán.
Serían apenas las ocho cuando llegué a la calle de Verneuil. Me abrió la puerta la señora de Grevillois y pareció muy sorprendida al verme.
—¿Luciana?—me dijo titubeando.—No sé si podrá recibirla a usted, hija mía, nos vamos ahora mismo.
Antes de que yo respondiera que venía a ruego de Luciana, apareció ésta.
—Entre usted—me dijo vivamente;—me alegro mucho de verla.
Y dirigiéndose a su madre para prevenir toda objeción, añadió:
—Estoy absolutamente lista y ya he tomado el té. Mientras lo tomas tú y acabas de vestirte, puedo hablar un momento con Elena. Tengo que enseñarle unas pinturas que no conoce.
La de Grevillois hizo entrar a la señora Schwartz en el comedor y yo seguí a Luciana a su cuarto, un cuartito muy modesto con ventana a un patio estrecho que parece un pozo. Por fortuna, como viven en el último piso, reciben la luz por encima de los tejados próximos.
Me ofreció la única silla, muy usada y no muy sólida, y se sentó ella en la cama, sin cortinas y cubierta con una colcha de flores azules muy descoloridas.
Estos detalles se fijaron en mi mente por el contraste entre aquellas cosas miserables y la espléndida belleza y el brillo de juventud de aquella a quien servían de marco.
Luciana estaba muy pálida y sus ojos irritados indicaban un largo insomnio.
Me tomó la mano, la conservó en la suya, cuyo calor me quemaba a través de mi guante, y me dijo:
—Gracias por haber venido... Es usted buena, Elena, y se puede fiar en usted, ¿no es verdad?
Sus ojos me miraban como si buscasen mi alma en el fondo de los míos.
—Si pido a usted un servicio... un gran servicio que sólo usted puede prestarme, ¿querrá usted?
—Ciertamente, si puedo hacerlo... y...
—¿Y qué?...
—Y si no hace falta para ello faltar a ningún deber.
Por sus labios pasó y se desvaneció la sombra de una sonrisa no exenta de lástima.
—Si fuera preciso—dijo—faltar a algún deber, no se lo pediría a usted... Me dirijo a usted precisamente porque la tengo en particular estima, porque sé que es usted leal y piadosa y porque usted cree en la santidad de un juramento... ¡Oh! no tenga usted miedo—añadió adivinando que la solemnidad de la palabra juramento me había alarmado;—sólo se trata de mí, de mí sola, de una cosa de la que depende mi porvenir...
—¿Un matrimonio?
—Casi...
Vaciló y dijo penosamente:
—Un matrimonio fracasado...
—Y que usted siente—respondí, conmovida por su palidez y empozando a presentir una parte de la verdad.
—Sí, lo siento... No se puede menos de tomar cariño...
Se interrumpió y dijo después:
—Me guardará usted el secreto, ¿verdad? ¿Lo promete usted? Esas cosas son penosas... como usted comprende.
—Comprendo...
—¿Me promete usted el secreto?...
—Se lo prometo...
—Un secreto inviolable... un secreto de confesión...
—Excepto para mi confesor—dije pensando en usted, mi bueno y piadoso consejero.
Luciana reflexionó un instante.
—Excepto para ese, si usted juzga útil hablarle de ello.
—Tiene usted mi promesa; pero si tan penoso le es confiarse a mí, ¿para qué decirme más?
—Es preciso... ¿No le he dicho que tengo que pedirle un gran servicio?
Luciana se ponía encarnada y pálida alternativamente.
—¿Ha reparado usted—me dijo al fin—que el señor Lautrec me hacía el amor?
—Era difícil no repararlo.
—¿Ha pensado usted que podría casarse conmigo?
—Me ha ocurrido esa idea, pero no con gran seguridad. El señor Lautrec, no sé por qué, no me parecía maduro para el matrimonio...
—Tenía usted razón y le juzgaba con más acierto que yo... Yo me dejé enredar por sus palabras halagüeñas, por su ternura superficial y por sus vanas y vagas protestas... Me había gustado... ¿Cómo lo encuentra usted?
—Muy agradable.
—Su persona, sus gustos, su ingenio, su posición... su fortuna, hermosa sin ser colosal, sus relaciones, todo él me agradaba... y tuve la debilidad de escribirle...
—Es lamentable... pero él es un hombre honrado y no abusará de esa confianza.
—Así lo creo... estoy cierta... Mis imprudentes cartas están seguras en sus manos... Pero se marcha y él mismo no se disimula los peligros que lo esperan.
Se estremeció y su voz se volvió débil.
—Si no volviese, ¿qué sería de esas cartas?
—Ya oyó usted ayer que confía sus papeles a Máximo; esas cartas están, sin duda, comprendidas en ellos.
—El señor Cosmes conoce mi letra...
—Pero las cartas deben de estar metidas en un sobre...
—¿Qué sé yo? Además un sobre puede abrirse, romperse... Basta una casualidad que ocurre siempre en estos casos.
—Aunque así fuese, Máximo no abusaría del secreto que descubriese.
—¡Ah! No comprende usted—exclamó con desesperación.—¿Y la humillación, y la vergüenza? ¿No es eso nada para usted? ¿Cómo pensar en eso sin morir? Tal idea me da fiebre...
Temblaba y estaba agitada por grandes calofríos.
—Es preciso absolutamente que yo tenga esas cartas.
—¿Se las ha pedido usted al señor Lautrec?
—Sí, sin duda; y se ha negado a dármelas.
—Es abominable, odioso...
—No, no crea usted en ninguna brutalidad de su parte... Al contrario; protestó de su cariño, de su abnegación... Quiere conservar mis cartas por ternura, y acaso porque sabe vivir... Ayer todavía se atrevió a pedirme que continuásemos esa correspondencia.
—¿Está usted segura—dije vacilando,—de que no piensa en el matrimonio?
—Jamás se ha pronunciado esa palabra entre nosotros... Había yo creído, loca de mí, que el amor... los sentimientos de admiración apasionada y de entusiasta simpatía que él expresaba, lo conducirían a eso... Me escribió... y le respondí... Esta es la imprudencia que hoy expío con crueles agonías... más crueles de lo que usted puede pensar.
Pareció dudar si me diría una cosa, que por fin no se atrevió a confiarme.
—Elena, he contado con usted para recobrar esas cartas.
—¡Conmigo! ¿Qué puedo yo hacer?... Creo que si usted hubiera insistido...
—He insistido—respondió nerviosamente.—He hecho más... he ido a su casa a pedírselas.
—¡Oh! Luciana...
—Sí, una mañana dí ese paso insensato e inútil, sin saberlo mi madre. No estaba en su casa y me comprometí en vano. No pude hacer más que escribirle dos palabras, que le dejé bajo sobre en la antesala. Le suplicaba que llevase anoche a casa de la Marquesa esa prueba de mi locura, y que la depositase en un rincón de la biblioteca, donde la hubiera yo sacado sin que nadie lo notase.
La fatalidad ha querido que su criado no le diese mi esquela.
—¿No puede enviárselas a usted... por el mismo procedimiento que empleaba para escribirle?
—Podría, pero asegura que no puede pasarse sin una amistad tan querida y excepcional; me suplica que confíe en su prudencia y en su honor, y, sin comprometerse a nada, habla del porvenir con palabras tiernas... y vagas. Lo conozco bien... y no me fío de él ni de nadie... excepto de usted, Elena... La he visto a usted dulce, compasiva y valerosa, al lado de una miserable pecadora, la Briffarde... y he creído que tendría usted piedad de mi angustia.
—¿Qué puedo hacer?—dije tristemente.
—Esta noche va usted a ver a Gerardo, Elena, y le pedirá, le exigirá que le entregue esas cartas... Aquí tiene usted dos letras para él, que he preparado y que autorizan su intervención. Con usted, no podrá salir del paso con frases de novela. La credulidad, la confianza que le he mostrado, me impiden hablarle alto... No puedo, a pesar de todo, pedirle que se case conmigo si él no lo desea o si no encuentra que soy un buen partido para su ambición.
—Luciana—le dije turbada en extremo.—Temo no poder cumplir una misión tan delicada; no sabe usted lo tímida que soy.
—Su bondad de usted la inspirará.
Me asió apasionadamente ambas manos, pues la de Grevillois acababa de abrir la puerta para recordar a su hija que era hora de salir.
—Probaré—dije muy bajo a Luciana cuando vino a abrazarme.
La de Grevillois y la señora Schwartz estaban de pie esperando que acabase nuestra despedida.
Las miradas de Luciana me imploraban y me daban las gracias al mismo tiempo, mientras leía yo en ellas no sé qué sombrío y trágico que me espantaba.
—¿Qué me oculta?—me pregunté.
Tenía el presentimiento de que no me lo había dicho todo.
La buena señora de Grevillois, entretanto, me colmaba de cumplidos y de excusas por verse obligada a despedirme.
Ya con la puerta abierta, Luciana afirmó la voz y me dijo:
—Hasta muy pronto... Si ve usted esta noche al señor Lautrec, dígale que le deseo buen viaje... Y no olvide usted decir a Máximo que mi madre y yo sentimos mucho no estar con ustedes para darle la bienvenida. Pero Ruán no nos ha consultado para la apertura de su exposición.
—No olvidaré nada...
Me atrajo hacia ella, me besó y me dijo al oído:
—Gracias... el secreto, ¿verdad?
—Eso, sí, puedo prometerlo.
—Deme usted también un beso, hija mía—exclamó la de Grevillois.
Y lo hice de corazón.
¡Compadezco tanto a esta madre tan llena de ternura y de abnegación, y que no tiene la confianza de su hija!
Ahora, señor cura, estoy sola en mi cuartito, mientras mi padre ha ido a la Academia. Y sin dejar de cuidarme de los preparativos de la comida, me estremezco al pensar lo que tengo que decir esta noche al señor Lautrec.
He vencido, mi buen señor cura, y estoy muy contenta por Luciana sin estar muy orgullosa por mi diplomacia, pues la verdad es que no he tenido mucho mérito. Voy a contarle a usted cómo ha pasado.
Déjeme usted decirle ante todo que, hace un momento, cuando acababa yo de escribir, ha llegado Máximo. ¡Qué placer el volverlo a ver! Me ha dado las dos manos con efusión, y después, vuelto ya mi padre, se ha dirigido exclusivamente a él para contarle el éxito de sus conferencias y todos los detalles del viaje.
Mi padre le ha dicho que había visto al ministro y que su nombramiento para el Colegio de Francia está firmado y próximo a aparecer en elDiario Oficial.
Máximo ha dado las gracias con calor a mi padre; pero no ha parecido tan encantado como yo esperaba. Así somos, ¿verdad? Cuando obtenemos las cosas deseadas, no nos causan todo el placer que esperábamos de ellas; el deseo, sin duda, las ha descontado de antemano.
A todo esto no se me iban de la cabeza las recomendaciones de Luciana y he debido de aderezar con ellas elpuddingque he confeccionado con mis propias manos.
Al primer campanillazo mi corazón se puso a latir tan fuerte, que me quedé como petrificada en la silla. Eran los Marqueses de Oreve, que notaron en seguida mi turbación.
—¿Está usted mala?—me preguntaron al mismo tiempo.
—¿Elena?—preguntó mi padre.—Ha estado alegre todo el día como un pájaro de primavera.
Nuevo campanillazo y nuevo ahogo.
Decididamente, no he venido al mundo para las negociaciones delicadas.
Esta vez era Kisseler, y detrás de él, Lautrec.
No sé con qué expresión lo he recibido, pero sí que fue bastante singular para que, en varias ocasiones, me mirase sonriendo. No pude menos de hacer la observación en voz alta:
—¿Qué tengo hoy de extraordinario?
Lautrec respondió:
—Estoy observándolo.
—¡Ay, señor cura! No puede usted imaginar qué fastidioso es tener una cara en la que se lee todo, y sobre todo lo que se quiere ocultar. Yo estaba como en ascuas.
¿Cómo llamar aparte a Lautrec sin llamar la atención? ¿Cómo hacerle tan grave revelación delante de todo el mundo? Por fortuna, Máximo y el doctor no habían venido y me acordé, como una idea luminosa, de un viaje a las Indias, ilustrado con bonitos grabados, que había hojeado hacía unos días. Me acerqué al señor Lautrec, le hablé con entusiasmo de los maravillosos palacios y de las ruinas gigantescas, que me habían chocado, y le inspiré el deseo de ver el libro.
Me siguió a la biblioteca, pero también al Marqués de Oreve se le antojó ver las estampas... Mi combinación iba a fallar, cuando quiso el Cielo que la Marquesa se enredase en la genealogía de los Coburgo. El Marqués volvió en seguida pies atrás, y Lautrec y yo nos quedamos solos en la biblioteca, cuya puerta abierta nos dejaba expuestos a todas las invasiones. No había, pues, tiempo que perder.
—He inventado un pretexto para traerlo a usted aquí—dije valientemente, y entregué a Lautrec la esquela de Luciana. Él le echó una ojeada y se puso encarnado.
—¡Cómo! ¿Usted su confidente? Es inverosímil e inaudito.
—Esa reclamación me parece natural y justa—dije sin responder a su asombro.
—Entonces, ¿es serio? ¿Quiere sus cartas?
—¿Lo dudaba usted?
—Sí, lo confieso. Creí que se trataba de una pequeña habilidad de coquetería para saber el precio que yo atribuía a sus cartas, que son, en efecto, encantadoras.
—Me las entregará usted, ¿verdad?
—¿Ha manifestado Luciana alguna duda sobre mi lealtad?—preguntó con voz alterada.
—Ninguna... Pero se marcha usted para mucho tiempo... va usted lejos... y es permitida la inquietud...
—¡Qué locura!... Además, no tengo ya esas cartas... están con otros papeles en una maleta cerrada que he confiado a Máximo...
—Recóbrelas usted y démelas.
—¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? Me marcho a las seis de la mañana.
Reflexioné un instante y dije:
—Máximo vive cerca de aquí, en la calle de Conde... Puede usted ir y volver en menos de media hora.
—Será preciso entonces que prevenga a Máximo, porque tiene la llave de la maleta y no sé dónde la ha puesto.
—Hágalo usted, se lo ruego, sin denunciar a Luciana.
—Naturalmente... ¿Por quién me toma usted? Pondré un pretexto... Unos papeles que he metido allí por error... ¡Es fastidioso! Siempre se tienen molestias con las mujeres atacadas por el furor de escribir...
Estaba violento y nervioso.
—¿Cómo podré dárselas a usted esta noche?
—¿Es voluminoso?
—No mucho; unas veinte hojas en un sobre.
—Entonces busque usted un momento favorable para poner el sobre en este libro, y hágame una seña para que yo lo busque en seguida y no caiga en otras manos...
Estaba yo ruborizada y temblorosa por tener que recurrir a semejantes astucias, y casi me despreciaba al ver que se me ocurrían como si el alma invisible de Luciana me las inspirase.
Nuestro coloquio, por otra parte, no había pasado inadvertido, pues se trataba de ir a comer y mi padre me interpelaba:
—¿Pero qué es esto, Elena? Una dueña de casa que olvida sus deberes para charlar...
—Es ese zalamero de Lautrec, que hace de las suyas—dijo irónicamente Kisseler, que no pierde ocasión de decir despropósitos.
Acepté más que de prisa el brazo que el Marqués de Oreve me presentaba, arqueado en forma de guirnalda.
Cuando pasé al lado de Máximo, que acababa de llegar, me echó una mirada severa que me intimidó. Pero como tenía conciencia de no haber hecho nada malo, no quise atormentarme.
Después de comer, Lautrec se llevó a Máximo a un rincón para concertarse con él y en seguida cogió un cigarro y salió. Su ausencia no fue larga.
Cuando volvió, le dijo Máximo:
—¿Lo ha encontrado usted?
—Sí, tengo lo que necesito.
Y añadió:
—He vuelto a poner la llave en su sitio.
Después se puso a hablar con un grupo de amigos que habían venido en su ausencia.
Yo no le perdía de vista. En un momento dado entró en la biblioteca, estuvo allí unos segundos y salió echándome una mirada que quería decir: ya está. Estaba yo entonces en gran conversación con la Marquesa de Oreve, que me estaba confiando sus sentimientos íntimos, y aquella psicología tenía trazas de durar mucho tiempo, porque parecía gustarle. No podía yo interrumpirla ni dejarla y tenía la frente bañada en un sudor de impaciencia al pensar que cualquiera podía entrar en la biblioteca, hojear el libro y dar con el sobre misterioso, cuya presencia sería difícil de explicar. Dudo que mis respuestas a la Marquesa le dieran una alta idea de mi inteligencia.
La llegada del té me arrancó de aquel suplicio.
Cuando todo el mundo estuvo servido, me escurrí hacia la biblioteca, me fui derecha al librote, ligeramente entreabierto por el espesor del paquete, tomé el sobre lacrado y, dando un suspiro de alivio, me le metí en el bolsillo con grandes precauciones para no romper algún sello de lacre.
Levanté la cabeza y me encontré con Máximo, que me estaba mirando en silencio. En la especie de asombro indignado que expresaba su cara, comprendí que me había visto perfectamente meterme el sobre en el bolsillo.
—¿Qué preciosos papeles son esos, Elena, que guarda con tanto misterio?
Estaba yo como la grana y traté de responder riendo:
—La curiosidad es un pecado de mujer; los sabios lo han dicho.
—¿Es una carta?
—Aunque así fuese...
—¿Una carta para usted?
—No—respondí con voz un poco vacilante.
Máximo me miró fijamente como reflexionando. Después dijo de pronto:
—¿Son cartas de usted que se le devuelven?
Esta vez respondí con resolución:
—Menos todavía.
Máximo me cortaba el paso con insistencia y yo temía que, a fuerza de preguntas, me hiciese hablar más de lo que debía.
—No me pregunte usted, porque no sabrá nada.
Traté de tomar un tono de broma, pero me sentía, torpe, intimidada y mis carrillos ardían. Máximo me miraba con una expresión severa que me daba mucha pena y que poco a poco fue tomando un tinte de tristeza.
—¿Secretos, Elena?
—¿Por qué no?
Y, dando un golpe de ciego, añadí:
—¿No tiene usted ninguno para mí, Máximo?
Sin responderme, dio media vuelta.
—Está bien; cada cual tiene los suyos y yo no tengo ningún derecho para preguntar los de usted.
Se volvió a la sala y no me dirigió la palabra en toda la noche. Cuando se marchó le ofrecí la mano, pero fingió no verlo y se contentó con saludarme fríamente.
Y vea usted cómo he vencido a mi costa, señor cura, y cómo, por hacer un servicio, me encuentro regañada con el hombre a quien más quiero en el mundo, después que a mi padre.
¡Con tal de que Máximo no vaya a contárselo!... Si mi padre me pregunta, ¿qué le voy a responder? He prometido a Luciana un secreto inviolable...
Ahora es cuando veo mi imprudencia y el mal que de ella puede resultar. ¿Por qué el bien que he querido hacer se vuelve contra mí como un castigo? Consuéleme usted, mi buen señor cura, y aconséjeme. Su pobre hija espiritual está agobiada de temores y de penas y perseguida de negros presentimientos.
16 de noviembre.
Los sucesos han marchado desde mi última carta, querido hermano; mi boda está fijada para el 31 de diciembre. Mi vida de soltero acabará con el año. ¿Lo siento acaso? No me lo pregunto, ocupado como estoy por las emociones del presente.
Habrás visto en los periódicos mi nombramiento oficial para el Colegio de Francia. He aquí una etapa recorrida con facilidad y presteza, gracias al apoyo del buen Lacante, a quien debo la poca notoriedad que me ha valido este favor.
Como recompensa por su constante afecto y por los servicios que me ha prestado, he ido a darle parte de mi casamiento, y no puedes figurarte con qué flaqueza de valor y de alma he cumplido ese ingrato deber. Me parecía que iba a cometer un parricidio.
A mis primeras palabras, su cara risueña y cordial se contrajo y tomó una expresión que nunca olvidaré, en la que se leían la sorpresa, la pena y muchos reproches.
Me escuchó en silencio, dejándome enredarme en mis frases y sin ayudarme con una palabra en mi penoso discurso. Le conté, lo mejor que pude y con entera sinceridad, mi historia, desde el primer paso de Luciana y nuestros compromisos recíprocos, que datan de un año, es decir (y así lo ha comprendido), anteriores a la aparición de Elena entre nosotros.
Su expresión rígida, tan poco adecuada a su fisonomía fina y sonriente, se fue dulcificando poco a poco. Suspiró profundamente y me dijo con un poco de tristeza:
—Me creía muy amigo de usted para que me tuviera tanto tiempo privado de sus confidencias.
Balbucí unas excusas sobre la incertidumbre de mi porvenir y sobre los obstáculos que hubieran podido eternizar mi noviazgo. Lacante movió la cabeza sin replicar, y siguió diciendo:
—Deseo de todo corazón que ese matrimonio le haga a usted feliz. Acaso hubiera deseado para usted una esposa cuyos gustos estuviesen más en relación con su fortuna. Sin embargo, si, como espero, Luciana es una mujer de corazón, sabrá sacrificar sus gustos en la medida necesaria.
En seguida me preguntó qué asunto iba yo a elegir para mi curso de este año, marcando así que la cuestión de mi matrimonio le parecía agotada.
Iba a exponerle mis ideas sobre este asunto y a pedirle consejos, cuando entró Elena muy sonriente y más bonita que nunca.
—Aquí tenemos a mi hijita,—dijo Lacante atrayéndola hacia él y con una inflexión de ternura que me conmovió. Parecía que quería preservarla de algún peligro. La misma Elena lo notó y le miró con un poco de alarma.
—¿Estás malo, papá?
—¿Malo?... No, por cierto; estoy muy bien... ¿Decía usted, Máximo?...
Había yo perdido el hilo de mis ideas y se lo confesé cándidamente.
Lacante suspiró, y dirigiéndose a Elena, que se había sentado a su lado en una silla baja, le dijo:
—No te extrañe la turbación de Máximo, pues tiene la mente muy lejos del Colegio de Francia... Viene a participarnos su casamiento con Luciana Grevillois.
—¡Luciana!...
Elena dijo ese nombre como un grito. Nunca he visto más profunda alteración de un semblante; la sangre abandonó sus mejillas y sus labios temblaron. Me miró fijamente con ojos dilatados y replicó:
—¿Es con Luciana con quien se casa usted?
—Cuando la conozca usted mejor, espero que querrá hacerla partícipe de la benévola afección que siempre me ha mostrado.
—¡Oh! La conozco ya bien... mejor de lo que usted cree...
Dijo esto Elena con fría aspereza y volviendo la cara, para ocultarme, sin duda, sentimientos que la ruborizaban.
La emoción contenida de Lacante me había dado pena, pero la de Elena me dejó indiferente. Cualquiera que fuese la causa, sabía yo que su corazón no entraba en ella para nada. Un singular incidente, ha cambiado en aversión decidida la atracción casi irresistible que me llevaba hacia ella y con la que luchaba en el secreto de mi conciencia. Durante mis querellas con Luciana había yo llegado a preguntarme si la sencillez de Elena, su modestia, su seriedad y hasta el fervor de su cándida devoción, convendrían mejor a mi vida laboriosa que la belleza brillante de Luciana. Sí, en vanas ocasiones, ahora puedo confesarlo, ha flotado entre Luciana y yo una sombra de pesar que me indisponía con ella. Ahora sé a qué tenerme y soy justo con mi prometida.
He descubierto que Elena, la inocente, la cándida, no es más que una mentirosilla muy inconsecuente, y que sus grandes ojos de tan recta y pura mirada y su puro perfil de inmaculada virgen, son una excelente máscara para ocultar las intrigas de una muchacha mal educada.
Figúrate que, una noche, la sorprendí guardándose en el bolsillo unas cartas que había depositado Lautrec en un escondite convenido. No pudo negar, pues el delito era flagrante, y salió del paso con audacia y bromeando sin explicar nada.
Esta intriga no me extraña y apenas me indigna por parte de Lautrec. Pero ella, Elena, ¿por qué recurre a esas maniobras clandestinas, engaña la confianza de su padre y se compromete con un hombre a quien apenas conoce, cuando podría escogerle en pleno día si él ha sabido agradarla? La cosa es fea, vil e instintivamente perversa.
¡Fíese usted de los místicos éxtasis en el fondo de las viejas catedrales!
He tenido un instante la intención de denunciarla a su padre; pero he renunciado a esta misión eminentemente ingrata. Lacante hubiera podido decirme: «¿A usted qué le importa?» Y, en efecto, ¿qué me importa, después de todo? Lacante es un poco responsable de lo que ocurre, porque no vigila a su hija, deja a su lado a esa Polidora de escasa moralidad y tiene a esta niña inexperta en un círculo corruptor y corrompido. Lo asombroso hubiera sido que hubiese continuado inocente.
Desde aquella fatal noche mis relaciones con Elena han cambiado por completo. La evito y le muestro una gran frialdad; y ella lo conoce y sabe que no me engaña y que la juzgo como merece. Por eso su estupor al saber mi matrimonio, su palidez y el visible temblor de sus labios me extrañaron, pero me dejaron frío. Hasta afecté mirarla con indiferencia agresiva que decía claramente: «Si creías endosarme algún día tus inconsecuencias, te engañabas, bonita niña. No soy hombre de hacerme el restaurador de las virtudes desportilladas.»
¡De quién fiarse, Señor!...
Tengo una gran pena, mi buen señor cura. ¡Máximo de Cosmes se casa con Luciana Grevillois! Él mismo se lo ha dicho a mi padre, cuyos proyectos han sido así reducidos a polvo.
Y yo he echado de ver, al saber la noticia, que quiero a Máximo más de lo que pensaba. Me parece que la vida se ha derrumbado a mi alrededor y que ando por el vacío, hiriéndome en los escombros.
Lo más cruel es que, desde el momento en que me vio coger las cartas de Lautrec, me juzga severamente, me cree culpable, y no puedo desengañarlo...
¡Qué imprudente he sido al encargarme del secreto de otra! ¡Cómo me arrepiento de esta fatal condescendencia y del movimiento de lástima que me impulsó a ello!
Mi padre está un poco triste y preocupado, aunque se esfuerza por no dejarlo ver. Estaba acostumbrado a la idea de que Máximo sería su hijo, él mismo me lo ha confesado. Cuando Máximo nos dejó después de anunciarnos su casamiento, nos quedamos los dos unos instantes sin hablar. Después, mi padre me puso la mano en la cabeza y me preguntó si me sorprendía aquel matrimonio.
—Un poco—dije en el tono más tranquilo que pude.
—A mí también me ha sorprendido. Me había figurado que, dentro de algún tiempo, sería dichoso convirtiéndose en mi hijo... Le hubiera confiado sin temor a mi Elena... porque es un hermoso corazón y lo estimo mucho. ¿Qué piensas de su elección?
—No sé si Luciana lo hará muy feliz—dije fluctuando entre la violenta antipatía que sentía en aquel momento por Luciana y el miedo de dejarla adivinar.
Mi padre me contó que el compromiso de Máximo con Luciana data de un año, e insistió con bondad en ese punto, dándome a entender que, en aquel momento, Máximo no me conocía. ¡Pobre padre! Le cuesta trabajo comprender que se pueda preferir a Luciana, y acaso creía que mi amor propio sufría más que el suyo.
Y se engañaba, porque no es eso lo que me hace sufrir. Lo que me preocupaba entonces era el asombro de que Luciana, comprometida con Máximo, hubiera tratado de casarse con Lautrec. Hay en esto un misterio. Yo no he soñado que ha seguido con él una correspondencia secreta, que me ha encargado de rescatar, aun a riesgo de comprometerme. No lo hubiera hecho, sin duda, si hubiera podido sospechar mi cariño a Máximo y presentir lo que yo sentiría ser mal juzgada por él por su causa. Tampoco podía saber que yo me dejaría caer en el garlito. Evidentemente, no tiene ella la culpa de todo esto. Y, sin embargo, me hace daño verla; su presencia es para mí un suplicio.
En cuanto volvió se apresuró a venir a casa, impaciente por conocer el resultado de mi diplomacia. Pero justamente aquel día una sucesión de visitas se interpuso entre nosotras y no pude hablarle en secreto, ni, mucho menos, entregarle sus cartas. La segunda intentona no fue más dichosa, pues había yo salido. Hasta ayer no pude llevármela a mi cuarto, mientras su madre se quedaba con mi padre, y, confieso mi debilidad, señor cura, no pude reprimir un movimiento de repulsión cuando me dio la mano.
—¿De modo que ha vencido usted?—me dijo en seguida.—¿Tiene usted mis cartas?
—Aquí están.
Abrí mi cajón y le entregué el sobre cuidadosamente lacrado y en el que estaban escritas estas palabras: «Para quemarlo.» Luciana le abrió, contó los pliegos, y dijo:
—Están todas... ¡Qué amable ha sido usted!... ¿Le costó trabajo obtenerlas?
—Ninguno... La dificultad estuvo en entregármelas aquella misma noche sin que nadie lo notase.
—¿Y lo logró?
—No por completo... Máximo lo vio.
—¡Máximo!...
Luciana pronunció este nombre con voz alterada.
—Tranquilícese usted—dije un poco amargamente,—todo su desprecio cayó sobre mí. Creyó que las cartas me pertenecían.
Luciana no pudo contener un suspiro de alivio.
—¡Pobre Elena!—dijo con embarazo.—Estoy desolada por la contrariedad que le causo a usted.
—Es algo más que una contrariedad—respondí un poco secamente.
Ella me miró, como para penetrar el fondo de mi pensamiento, y replicó:
—Estoy desolada... pero perdóneme usted mi abominable egoísmo. Es una dicha que sus sospechas hayan recaído en otra, porque yo me voy a casar con Máximo.
—Lo sé.
Me temblaban las manos y los labios, y mis nervios, en intolerable tensión, me dejaban apenas fuerza para hablar.
Luciana continuó:
—Sí... me he decidido... Hace mucho tiempo que Máximo había pedido mi mano... y yo vacilaba... La abominable conducta de Lautrec me ha hecho ver el valor de cada uno.
—Cuento con usted—dije con voz ahogada,—para justificarme con Máximo. Quiero tener su estima.
Luciana pareció apurada y balbució:
—Sí... sin duda... lo haré... Buscaré una ocasión y lo explicaré todo de un modo verosímil... Confíe usted en mí y guarde el secreto... Me lo ha jurado usted.
—No lo olvido.
Necesitaba todas mis fuerzas para contenerme y para contener los movimientos de aversión que me sacudían los nervios.
Sé que hacía mal, pues no debo odiar ni despreciar a nadie... Pero sufría mucho para ser buena.
Luciana volvió a darme las gracias y a besarme, pero sus caricias me eran odiosas.
¡Oh! señor cura, regáñeme usted, si quiere; muéstreme mi deber; pero, sobre todo, consuéleme. Usted, que sabe el bien y el mal de mi vida y de mi alma, deme valor y un poco de su piedad.