II. Zupay

Las cuerdas de mi guitarragimen conmigo a la pary me ayudan a llorarel dolor que me lastima...¡Si parece que la prima[209]hubiese aprendido a hablar!

Las cuerdas de mi guitarragimen conmigo a la pary me ayudan a llorarel dolor que me lastima...¡Si parece que la prima[209]hubiese aprendido a hablar!

Las cuerdas de mi guitarragimen conmigo a la pary me ayudan a llorarel dolor que me lastima...¡Si parece que la prima[209]hubiese aprendido a hablar!

Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas Ricardo Rojas, Joven Escritor ArgentinoRicardo Rojas, Joven Escritor Argentino(Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas)

Entre los mitos del paísZupay[210]es, sin duda, la encarnación más potente del misterio selvático. Zupay es el Diablo de la Selva; y, como tal, no es producto genuino del espíritu quichua, ni la tradición incontaminada del demonio español. Más bien es una resultante del uno y del otro. En su estado primordial es un genio latente y maligno; es el genio de todo lo adverso que aflige a los hombres y el enemigo de Nuestro Señor. Puede estar en el agua, en el fuego, en la atmósfera; y sabe, al par, dirigir estos elementos para sembrar en la Selva pestes, inundaciones, sequías, catástrofes....

El mito de Zupay se relaciona tanto con los de la hechicera y la Salamanca,[211]que constituyen inseparable unidad. Los poderes de la bruja provienen de un pacto con Zupay, y la Salamanca no es sino la academia subterránea, oculta en el bosque,donde el neófito aprende su ciencia junto a las cátedras diabólicas. Zupay, maestro, da sus lecciones a la bruja, su discípula, en su escuela tenebrosa, la Salamanca....

Zupay, universal y ubicuo en su estado latente, es multiforme en sus personificaciones y manifestaciones. Prefiere en sus metamorfosis figuras humanas. Ha encarnado alguna vez en cuerpo de hermoso mancebo, apareciéndose en un rancho a cierta mujer ingenua. Se ha mostrado otra ocasión como un gaucho rico y joven que visita la Selva en su caballo enjaezado de mágicos arreos. Otra sazón, un paisano, cantor de la comarca, atravesando el bosque, rumbo a la fiesta, vióse de pronto acompañado por alguien que le desafiaba a “payar”, guitarra en mano: era también Zupay,[212]el Malo, como en la leyenda de Santos Vega. Los nativos hablan asimismo de un diminuto duende, que es como la encarnación humorística y bromista de Zupay. Es el travieso enano de la siesta, con[213]su corta estatura, su rostro magro y barbirrucio, el ingenio maligno bullendo bajo el ancho sombrerote de copa en embudo....

Los hijos de la Selva refieren otras revelaciones de Zupay. Cierto día los montes saladinos oyeron[214]el baladro de un fabuloso toro, bestia chúcara de olímpica frente sobre cuello crinado, y ¡era también Zupay! Otro día le vieron, entre las penumbras del ramaje, con rostro de sátiro, peludas piernas y hendidas patas de chivo....

He ahí cómo este dios o demonio numeroso parece mezclarse a la diaria existencia de esas campañas. Sus dominios se extienden a la espesura toda; y hasta un árbol de la flora local señala con nombre equívoco la presencia del mito. En la descriptiva nomenclatura de las plantas silvestres figura lamalop’taco, “algarroba del diablo”....

Vive en la Selva un pájaro nocturno que, al romper el silencio de las sombras, estremece el alma con su lúgubre canto. Esa ave tiene su historia. Y es la tragedia de su origen lo que evoca con su grito lastimero, ayeando entre las[215]arboledas tenebrosas: ¡Turay!... ¡Turay!...[216]¡Turay!...

En la época muy remota, dicen las tradiciones indígenas, una pareja de hermanos (un hermano y una niña) habitaba un rancho en las selvas. Él era bueno; ella era cruel. Amábala él como pidiéndole ventura para sus horas huérfanas; pero ella acibaraba sus días con recalcitrante perversidad. Desesperado, abandonaba él en ocasiones la choza, internándose en las marañas; y ella amainaba en el aislamiento sus iras, hilando alguna vedija en la rueca o tramando una colcha en sus telares. Mientras vagaba por la Selva el buen hermano pensaba en la hermana, y, perdonándola siempre, llevábale al rancho las algarrobas más gordas, los místoles más dulces, las más sazonadas tunas. Vivían ambos de los frutos naturales en aquel siglo de Dios. Proveyendo a su subsistencia, él traía hoy para la casa un mikilo atrapado a garrote[217]por el estero cercano; o bien un sábalo pescado[218]en fisga en el remanso del río; si no un quirquincho[219]de la barranca próxima, o algún panal de lachiguana, manando rubio néctar por los simétricos alvéolos. Palmo a palmo conocía su monte, y, siendo cazador de tigres además, protegía la morada. Insigne buscador de mieles, nadie tenía más despiertos ojos para seguir a la abeja voladoraque lo llevaba a su colmena: la de laashpa-mishqui[220]escondida en el suelo, en un cardón enjambrada; la deltiu-simiy la decayaneso dequeyasfabricada en el tronco de los más duros árboles.... Todo esto le costaba trabajo y pequeños dolores; pero ella en cambio mostrábase indiferente, como gozándose en sus penas.

Volvió él una tarde sediento, fatigado, tras un día de infructuosa pesquisa; pues, como reinaba la sequía, estaban yermos y en escasez[221]los campos. Sangrábale la mano, porque al pretender agarrar una perdiz boleada a lives y caída[222]entre unas matas, pinchóle eluturuncu-huakachina, el cactus espinoso “que hace llorar al tigre”. Pidió entonces a su hermana un poco de hidromiel para beberla y otro de agua para restañarse los arañazos. Trajo ella ambas cosas; mas, en lugar de servírselas, derramó en su presencia en el suelo la botijilla de agua y el tupo de miel. El hombre,[223]una vez más, ahogó su desventura. Pero, como al día siguiente le volcara también la ollita donde se cocinaba el locro de su refrigerio habitual, desesperado,[224]resolvió vengarse. Encubriendo en su invitaciónsus deseos de venganza, invitóla para que le acompañase a un sitio no lejano, donde había descubierto miel abundante demoro-moros. No vistió su zamarra profesional, ni sus guanteletes, ni el sachasombrero, ni llevó la bocina de las meleadas porque juzgaba fácil la ventura. El árbol, un abuelo del bosque, era sin embargo de gigantesca talla. Cuando llegaron allí, el muchacho persuadió a su perversa hermana a que debían operar con cuidado, buscando beneficiarse del néctar sin destruir las abejas pequeñitas, pues se referían historias de cazadores meleros desaparecidos bruscamente a manos de un dios invisible que protege las colmenas.... Sobre la horqueta más alta[225]hizo pasar un lazo; y lo preparó en un extremo, a guisa de columpio, para que subiese su hermana, bien cubierta por el poncho, en defensa del enjambre, ya alborotado por la maniobra. Tirando al otro extremo, a manera de corrediza palanca, la solivió en el aire, hasta llegar a la copa; y, cuando ella se hubo instalado allí, sin descubrirse, él empezó a simular que ascendía por el tronco, desgajándolo a hachazos, mientras bajaba en realidad. Zafó después el lazo, y huyó sigilosamente.... Presa quedaba en lo alto la infeliz.

Transcurrieron instantes de silencio. Ella habló.... Nadie respondía.... Como empezaba a temer, soliviantó la manta que la tapaba, dejando apenas una rendija para espiar. El zumbido de los insectos la aturdió, pues el armado enjambre revolaba furioso en derredor, vibrante de alas y trompas. Ese rumor confuso revelaba la profundidad del silencio. ¿Qué podría ser? No sospechaba la hora ni el lugar. Ciega de horror y de coraje se desembozó de súbito; al descubrir el espacio, el vacío del vértigo la dominó.... ¡Sola, sola para siempre!

Abandonada a semejante altura, sobre un tronco liso y largo, sin otras ramas que ésas a las cuales se aferraban sus prietas manos, espiaba para ver si el hermano reaparecía por ahí. La acometían deseos de arrojarse, pero la brusquedad del golpe amilanábala. No obstante, si perecía allá, quien sabe si los caranchos no vendrían a saciarse en ella, como en las osamentas de los animales que morían ignorados en el monte.

Mientras tanto la noche iba descendiendo en[226]progresiva nitidez de sombra. Desde su atalaya, la pobre huérfana había podido, por primera vez, contemplar sobre el panorama de la Selva la inmensidad de los horizontes, y la sucesión de las copas verdes que se unían formando obscuro océanoencrespado de gigantescas olas. El sol hundiéndose tras los árboles, la impresionó más soberbio qué nunca, iluminado el enorme lomo del bosque con su claridad apacible y decorado el cielo de Occidente por cosmogónicos resplandores. Luego vió aquella gran luz aguarse hasta disolverse toda en la noche,—noche sin astros para mayor desventura.... Nunca se le mostró más pavoroso el cielo, ni más callada la breña. Viniéronle ansias locas de perderse en lo ignoto, de hender esa inmensidad de árboles y tinieblas, o llenar el silencio de un solo grito. Mas, ahora, se le añusgaba la garganta muda y la lengua se le pegaba en la boca con sequedad de arcilla. Tiritaba como si el ábrego la azotase con su punzante frío y sentía el alma toda mordida por implacables remordimientos. Los pies, en esfuerzo anómalo con que ceñían su rama de apoyo, fueron desfigurándose en garras de buho; la nariz y las uñas se encorvaban; y los dos brazos, abiertos en agónica distensión, emplumecían desde los hombros a las manos. Disnea asfixiante la estranguló, y, al verse de pronto convertida en ave nocturna, un ímpetu de volar arrancóla del árbol y la empujó a las sombras....

Así nació el kacuy. La pena rompió en su garganta llamando a aquel hermano justiciero. Y el grito de contrición de esa mujer convertida en ave, resuena aún y resonará siempre sobre la noche de los bosques natales: ¡Turay!... ¡Turay!...¡Turay!...

Entre las leyendas pampeanas, y puede decirse que entre todas las leyendas argentinas, ninguna[227]tan expresiva y popular como la de Santos Vega. Santos Vega es la más pura y elevada personificación del gaucho. Es el hijo, es el señor, es el dios de la Pampa. Su historia, que puede reducirse al episodio de su justa poética con el diablo, representa el destino de una raza y es la síntesis de su epopeya. Aunque fuera acaso alguna vez persona de carne y hueso, transformóse Santos Vega en verdadero mito, hasta constituir un símbolo nacional.

Una Payada de Contrapunto Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezasUna Payada de Contrapunto(Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas)

En tiempos distantes y nebulosos, allí donde se pierde el recuerdo de los orígenes de la nacionalidad argentina, Santos Vega fué el más potente payador. Su numen era inagotable en la improvisación[228]de endechas, ya tiernas, ya humorísticas; su voz de timbre cristalino y trágico inundaba el alma de sorpresa y arrobamiento; sus manos arrancaban a la guitarra acordes que eran sollozos,burlas, imprecaciones. Su fama llenaba el desierto. Ávida de escucharlo acudía la muchedumbre de los cuatro rumbos del horizonte. En las “payadas[229]de contrapunto”, esto es, en las justas o torneos de canto y verso, salía siempre triunfante. No había en las pampas trovador que lo igualara, ni recuerdo de que alguna vez lo hubiese habido. Dondequiera que se presentase rendíale el homenaje de su poética soberanía aquella turba gauchesca tan amante de la libertad y rebelde a la imposición. Para el alma sencilla del paisano, dominada por el canto exquisito, Santos Vega era el rey de la Pampa.

A la sombra de un ombú, ante el entusiasta auditorio que atraía siempre su arte, inspirado por el amor de su “prenda”, una morocha de ojos negros y labios rojos, cantaba una tarde Santos Vega, el payador, sus mejores canciones. En religioso silencio escuchábanle hombres y mujeres, conmovidos hasta dejar correr ingenuamente las lágrimas.... En esto se presenta a galope tendido un forastero, tírase del caballo, interrumpe el canto y desafía al cantor. Es tan extraño su aspecto, que todos temen vaga y punzantemente una desgracia. Pálido de coraje, Santos Vega acepta el desafío, templa la guitarra y canta suscielosyvidalitas. Y cuando termina, creyendoimposible que un ser humano le pueda vencer, los circunstantes lo aplauden en ruidosa ovación. Hácese otra vez silencio. Tócale su turno al forastero....[230]Su canto divino es una música nunca oída, caliente de pasiones infernales, rebosante de ritmos y armonías enloquecedoras.... ¡Ha vencido a Santos Vega! Nadie puede negarlo, todos lo reconocen condolidos y espantados, y el mismo payador antes que todos.... ¡Adiós fama, adiós gloria, adiós vida! Santos Vega no puede sobrevivir a su derrota.... Acaso el vencedor, en quien se reconoce ahora al propio diablo, al temido Juan sin Ropa, habiendo ganado, y como trofeo[231]de su victoria, pretenda el alma del vencido.... Desde entonces, en efecto, desapareciendo del mundo de los mortales, Santos Vega es una sombra doliente, que, al atardecer y en las noches de luna, cruza a lo lejos las pampas, la guitarra terciada en la espalda, en su caballo veloz como el viento.

Poetas populares y poetas cultos han cantado hermosamente la leyenda de Santos Vega. La crítica le ha encontrado hoy un sentido épico. El[232]diablo es la moderna civilización, que, con las máquinas y fábricas de su portentosa técnica, vence al gaucho y lo desaloja de sus vastos dominios.Como los primitivos cantores no podían prever este destino del gaucho, el símbolo viene a ser posterior, y, en realidad, no encuadra sino vagamente y por coincidencia en los verdaderos términos de la leyenda. Su origen está más bien, a mi juicio, en la doctrina bíblica delGénesis. Como los metafísicos[233]la adaptaron a la filosofía con su concepto de la “edad de oro”, los gauchos la traducen en su leyenda de Santos Vega. Santos Vega en la Pampa fue Adán en el Paraíso Terrestre, antes de incurrir en el pecado original. Su “prenda” ocupa el mismo lugar secundario de Eva. El demonio tienta su orgullo de dueño y señor de la[234]llanura. Él, estimulado por la presencia de la morocha, acepta el reto, y es vencido. El demonio lo desaloja de sus dominios. El ombú hace, aunque imperfectamente, el papel del árbol de la ciencia y del bien y del mal. Lo cierto es que la ciencia vencedora, el arte del demonio, se identifica al mal, contraponiéndola al bien, al arte espontáneo, a la inspiración del payador que viene de Dios. Así, aunque traidoramente vencido por sobrehumanas fuerzas, y quizá por su misma derrota tan trágicamente humana, Santos Vega queda triunfante en el alma del pueblo, y su sombra ha de verse pasar a la distancia mientras exista un palmo de tierra argentina.

Apenas descubierto el estuario que se llamaría más tarde río de La Plata, sin dejarse intimidar por la trágica muerte de su glorioso descubridor, don Juan Díaz de Solís, remontó en 1526 sus majestuosas[235]aguas don Sebastián Gaboto, marino veneciano[236]al servicio de España. Penetrando por primera vez en el río Paraná, fundó, en la desembocadura del río Carcarañá, sobre su margen izquierda, el fuerte del Espíritu Santo. Clavada allí la bandera de Castilla, dejó el fuerte a cargo de su guarnición, subió hasta las cataratas del Iguazú, y luego, por diversas circunstancias regresó a España.

Carlos Octavio BungeCarlos Octavio Bunge

Dos años habían pasado desde la partida de Gaboto, y el fuerte del Espíritu Santo conservaba su paz inalterable. Gobernábalo un hombre de distinguido mérito, don Nuño de Lara, en quien delegó Gaboto el mando. Una severa disciplina, sostenida por el ejemplo, quitaba a los suyos toda[237]ocasión de desmandarse. Por su propia seguridad, los españoles mantenían pacífico trato con una vecina tribu de indios, los timbúes. La buena inteligencia y los oficios de la cordialidad más expresiva apretaban de día en día los nudos de esa útil alianza.

Había entre los españoles una dama, Lucía Miranda, mujer del soldado Sebastián Hurtado. El cacique de los timbúes, Mangoré, prendado de su belleza, olvidó que era casada y resolvió hacerla su esposa. Decidido a robarla, preparó una horrible traición. Aprovechando una oportunidad en que salieron del fuerte, para procurarse víveres, buena parte de sus pobladores, al mando de uno de los capitanes, presentóse como amigo, seguido de treinta indios cargados de subsistencias. Esperaba afuera sus órdenes, escondido en la maleza y bien adoctrinado, su hermano Siripo, al mando de numerosa horda.

Sin sospechar los ocultos designios del cacique, recibió el donativo muy atento y agradecido don Nuño de Lara. Con su castellana generosidad,acogió a Mangoré y a su séquito bajo su mismo techo. Obsequióles con un espléndido festín, brindando confundidos españoles e indios al dios[238]de la amistad. Cuando terminó el festín recogiéronse a dormir unos y otros. El sueño rindió a los españoles. Y, entrada ya la noche, en el silencio[239]y las sombras, Mangoré cambió sigilosamente sus señas y contraseñas con su hermano Siripo; hizo prender fuego a la sala de armas y abrió las puertas del fuerte. De común acuerdo, los indios de Mangoré y de Siripo cayeron sobre los españoles dormidos. Algunos de éstos lograron sus armas, trabándose en combate siniestro. Con increíble valor, Lara repartía en cada golpe muchas muertes. En medio de la refriega buscó y encontró al fin a Mangoré. Aunque con una flecha en el costado, abrióse paso entre la confusa multitud hasta que pudo herir al traidor. La flecha, entretanto, con el movimiento y la lucha, habíale penetrado hondamente. Ambos, el cacique indio y el denodado capitán castellano, cayeron muertos. Sólo escaparon con vida del desastre algunos niños y mujeres, entre ellas Lucía Miranda, su inocente causa. Todos fueron llevados a presencia de Siripo, sucesor del detestable Mangoré, quien los guardó cautivos.

Al siguiente día volvió al fuerte SebastiánHurtado. Su dolor fué igual a su sorpresa, cuando, después de encontrarse con ruinas en vez del baluarte, buscaba a su consorte y sólo hallaba despojos de la muerte. Luego que supo su cautividad, no[240]dudó un punto entre los extremos de morir o rescatarla. Precipitadamente se escapó de los suyos y llegó hasta la presencia de Siripo. Pero este bárbaro, habiendo muerto Mangoré, cacique él ahora de los timbúes, olvidóse como su finado hermano que Lucía era casada, y aspiraba a su vez a tomarla por esposa. Ya que se le presentaba tan inopinadamente el legítimo marido, ardiendo en celos infernales, decidió matarlo. Comprendió la heroica mujer la suerte que esperaba a Hurtado, y, estimando más la vida de su marido que la propia, renunció al tono altivo con que antes contestaba los avances de Siripo, y tomó a sus pies el tono de la súplica y el llanto. De tal modo consiguió que el cacique revocara su sentencia de muerte y salvó la vida a Hurtado; mas con la dura condición de que el soldado castellano se divorciase para siempre de Lucía y eligiera otra esposa entre las doncellas timbúes. Acaso por ganar partido en el corazón de la bella mujer blanca, que se mantenía firme en su resistencia a aceptarlo por esposo, el cacique llegó a permitirles[241]que se vieran de vez en cuando. No por esoconsiguió el consentimiento de Lucía, que, como española y como cristiana, estaba resuelta a perder antes la existencia que la honra. Al contrario, en algunas de las breves entrevistas de los esposos, pudo notar que ambos renovaban sus juramentos de conyugal fidelidad. Entonces su furia no tuvo límites. Hizo atar a Sebastián Hurtado a un árbol, donde se le mató a saetazos, y mandó arrojar[242]a Lucía Miranda a una hoguera. Así, después de largo martirio y cautiverio, murieron ambos esposos, para eterno ejemplo de amor y de virtud.

Verdadera o fantástica, esta tradición ha perdurado en la mente de los habitantes del río de la Plata. Dos siglos y medio después de que ocurrió o pudo ocurrir el épico y luctuoso suceso, servía[243]él de argumento a una hermosa tragedia de corte clásico, en verso y tres actos, tituladaSiripo. Su autor, el doctor Manuel José de Labardén, que nació en Buenos Aires en 1754 y murió probablemente poco antes de la gloriosa revolución de 1810, puede considerarse el más antiguo de los poetas cultos de la literatura argentina. Su obra, en sonoros hendecasílabos castellanos, representóse en el llamadoCorral. Componíase este sitio, que[244]hacía las veces de teatro, de un terreno rodeadode un cerco o muralla baja y algún rancho en el fondo, para guardar sus vituallas o adminículos. Una chispa de un cohete disparado en la iglesia[245]de San Juan con motivo de celebrarse una fiesta religiosa, ocasionó un incendio que redujo a cenizas el rancho. En el incendio se quemó el precioso manuscrito de la tragedia, conservándose sólo algunos largos fragmentos. Perdida la obra de Labardén, las sombras familiares y heroicas de Lucía Miranda, Sebastián Hurtado, Mangoré y Siripo esperan, pues, el poeta que las cante en las nuevas generaciones de argentinos.

Era la hora en que calla el áspero relincho del potro salvaje; en que el “cucuyo” se adormece sobre el sinuoso tronco de los algarrobos, y en que el misterioso “pacui” comienza su lamentable[246]canto. La luna alzaba su disco brillante tras los cardos de la inmensa llanura; y su argentado rayo, deslizándose entre el frondoso ramaje de los “ombús” y las góticas ojivas de la ventana, bañaba con ardor el dulce rostro de María.

¡Viajeros del Plata! En vuestras lejanas excursiones en las campañas, ¿oísteis hablar de María?[247]Su recuerdo vive todavía en las tradiciones del Sur. María era la flor más bella que acarició la brisa tibia de la Pampa. Alta y esbelta como el junco azul de los arroyos, semejábale también ensu elegante flexibilidad. Sombreaba su hermosa frente una espléndida cabellera que se extendía en negros espirales hasta la orla de su vestido. Sus ojos, en frecuente contemplación del cielo, habían robado a las estrellas su mágico fulgor; y su voz dulce y melancólica como el postrer sonido del arpa, tenía inflecciones de entrañable ternura que conmovían el corazón como una caricia. Y cuando en el silencio de la noche se elevaba cantando las alabanzas del Señor, los pastores de los vecinos campos se prosternaban creyendo escuchar la voz de algún ángel extraviado en el espacio. El viajero que la divisaba a lo lejos pasar envuelta en su blanco velo de virgen a la luz del crepúsculo, bajo la sombra de los sauces, exclamaba: “¡Es una hada!” Pero los habitantes del “pago” respondían: “Es la hija del comandante, elLucero del Manantial.”

En los últimos confines de la frontera del Sur, cerca de la línea que separa a los salvajes de las poblaciones cristianas, en el Pago del Manantial y entre los muros de un fuerte medio arruinado, habitaba María al lado de su padre, entre los soldados de la guarnición. El adusto veterano, antiguo compañero de Artigas, sólo desarrugaba el ceño de su frente surcada de cicatrices para sonreír a su hija. Para aquellos hombres hostigados por frecuentes invasiones y cuyos rostros tostados por el sol de la Pampa expresaban las inquietudes de una perpetua alarma, era María una blanca estrellaque alegraba su vida derramando sobre ellos su luz consoladora.

Pero ella, que era la alegría de los otros, ¿por qué estaba triste? ¿Qué sombra había empañado el cristal purísimo de su alma? La hora del dolor había sonado para ella, y María pensaba,... pensaba en su amor.

Una noche vino a turbar una visión el plácido sueño de la virgen. Vió un vasto campo cubierto de tumbas medio abiertas y sembrado de cadáveres degollados. De todos aquellos cuellos divididos manaban arroyos de sangre que, uniéndose en un profundo cauce, formaban un río cuyas rojas ondas murmuraban lúgubres gemidos y se ensanchaban y subían como una inmensa marea. Entre el vapor mefítico de sus orillas y hollando con planta segura el sangriento rostro de los muertos, paseábase un hombre cuyo brazo desnudo blandía un puñal.

Aquel hombre era bello; pero con una belleza sombría como la del arcángel maldito; y en sus ojos azules como el cielo, brillaban relámpagos siniestros que helaban de miedo. Y, sin embargo, una atracción irresistible arrastró a María hacia aquel hombre y la hizo caer en sus brazos. Y él, envolviéndola en su sombría mirada, abrasó sus labios con un beso de fuego, y sonriendo diabólicamente rasgóla el pecho y la arrancó elcorazón, que arrojó palpitante en tierra para partirlo con su puñal. Pero ella, presa de un dolor sin nombre, se echó a sus pies y abrazó sus rodillas con angustia. En ese momento se oyó una detonación, y María, dando un grito se despertó.

—¡Era un sueño!—exclamó palpando su pecho virginal, agitado todavía por los tumultuosos latidos de su corazón.—¡Era un sueño!

Y pasando la mano por su frente para alejar las últimas sombras del terrible sueño, María saltó del lecho, vistió sus ropas de fiesta, trenzó con flores su larga cabellera, y sentada gallardamente sobre el lustroso lomo de un brioso alazán, dióse gozosa a correr por los frescos oasis, sembrados como una vía láctea en las inmensas llanuras del Sur.

De repente el fogoso potro robado a las numerosas manadas de los salvajes, aspirando con rabioso deleite las magnéticas emanaciones que el viento traía de su agreste patria, sacudió su larga crin, mordió el freno, y burlando la débil mano que lo regía, partió veloz como una flecha, saltando zanjas y bebiendo el espacio. María, pálida de espanto, vióse arrebatar lejos del límite cristiano al través de las complicadas sendas que trillan los bárbaros con el afilado casco de sus corceles; y su terror crecía a la vista de un bosque negro queterminaba el horizonte, y entre cuyo ramaje el miedo dibujaba sombras confusas que se agitaban.

De improviso vibró en el aire un silbido extraño, semejante al chillido de un águila, y el caballo embolado por una mano invisible se abatió sobre sí mismo a tiempo que la joven se deslizaba al suelo sin sentido. Al volver en sí, se encontró reclinada en los brazos de un hombre y con la mejilla apoyada en su pecho. Ese hombre era sin duda quien la había salvado; y María, separándose de sus brazos, alzó hacia él una mirada de gratitud. El joven era bello; pero al verlo María dió un grito y volvió a caer exánime a los pies del incógnito.

Aquel hermoso joven era el fantasma de su sangriento sueño.

Ocho días más tarde María, velando inquieta, con el oído atento y la mirada fija, medio desnuda y oculta tras las vetustas ojivas, esperaba todas las noches a un hombre que, llegando cautelosamente al pie del ombú, asíase a sus ramas, escalaba la ventana y caía en sus brazos. Y la joven lo estrechaba en ellos con pasión; y apartándolo luego de sí, contemplábalo con delicia y volvía a arrojarse en sus brazos, exclamando: ¡Manuel! ¡Manuel! por qué te amo tanto, a ti que no sé quién eres, a ti el terrible fantasma de mi sueño? Y, sin embargo, quien quiera que seas, vengas delcielo o del abismo, y, aunque despedaces mi pecho y me arranques el corazón, ¡te amo! ¡te amo!

Y María deliraba de amor, hasta que la luz del alba le arrebataba a su amante que, deslizándose furtivamente entre el obscuro ramaje, se desvanecía con las sombras.

Pero una vez María lo esperó en vano. Y desde entonces, cada noche, sola y con el corazón palpitante de dolorosa ansiedad, vió pasar sobre su cabeza y perderse en el horizonte todos los astros del cielo, sin que aquél que alumbraba su alma volviera a aparecer jamás.

Por ese tiempo, la antorcha de la guerra civil abrasó aquellas comarcas, y el fragor del cañón homicida ahogó las risas y los gemidos.

En las últimas horas de un día de verano, una silla de posta atravesó rápidamente las calles de Buenos Aires, y entró en el patio de una hermosa casa en la calle de la Victoria. Un hombre de porte distinguido que, asomado al balcón, parecía[248]esperar con impaciencia, bajó presuroso, y adelantándose al cochero, corrió a abrir la portezuela del carruaje, tendiendo los brazos a una bellísima mujer que se arrojó a su cuello: ¡Mi amada María!—¡Amigo mío!—exclamaron ambos a la vez estrechándose con ternura.

—¿Y mi hijo?... ¿Mi Enrique?—dijo de pronto la dama arrancándose de los brazos de su marido y tendiendo en torno una codiciosa mirada.

—Nuestro hijo, respondió él haciéndola entrar en un magnífico salón,—nuestro hijo,—amada mía, se halla en esta hora en el momento más solemne de su vida escolar: da un brillante examen. Acabo de dejarlo triplemente coronado; pero el premio más grato será el beso de su madre.

—¡Querido niño! ¿Es tan bello como a los doce años? ¡Oh!... ¡Alberto!... ¡Perdón!

—¿Perdón? ¿Y de qué?, amada María. ¿De ser una buena madre como eres una buena esposa? ¡Al contrario!, gracias por el amor que guardas para ese hijo cuya ternura ha alumbrado los tristes días de tu ausencia en los cinco años que me has dejado aquí sólo. ¡Ah! ¿Qué placer encontrabas en habitar Córdoba, lejos de tu hijo... lejos de tu esposo?

—¡Oh! ¡Alberto, noble y generoso corazón!—exclamó ella doblando una rodilla ante su marido.

Alberto la alzó en sus brazos: ¡Todavía esa injusta timidez! ¡Todavía esos importunos recuerdos! Me habéis prometido desecharlos y[249]ser feliz.

—Y soy dichosa, amigo mío. ¿Quién no lo sería cerca de ti? Pero, a medida que el tiempo pasa, la audaz confianza de la juventud desaparece, reemplazándola medrosos recelos. ¿Será falta de[250]fe? No, pues yo creo en ti como en el Dios del cielo; pero mientras más grande, mientras más[251]sublime me aparecías, menos digna me encontraba de acercarme a ti, y lo que tú llamas obstinación era un doloroso ostracismo.

—¡Pobre María! ¡Que nunca te oiga hablar así! ¡nunca! Te lo pido en nombre de tu hijo. Toca este corazón; es tu más firme apoyo. Reposa confiada sobre él, pues sólo alienta para ti.[252]

—¡Oh! ¡Dios mío!—dijo ella reclinándose en el seno de su marido, y elevando al cielo una mirada de gratitud.—¡Dios mío!, bendito seas porque has enviado al mundo degenerado que te reniega, estos seres de paz, de indulgencia y de amor para redimir su iniquidad y hacernos creer que en verdad formaste al hombre a tu divina imagen. Dieciséis años han pasado, dieciséis años... y en cada uno de esos días, en cada una de esas horas ví brotar en ese corazón, elevarse y resplandecer, alguna nueva virtud. Dieciséis años hace encontrémeun día abandonada, sola entre mi dolor y un secreto terrible. La muerte era mi único recurso; pero yo no podía morir. Junto a mi corazón desgarrado palpitaba otro corazón que me pedía la vida y me encadenaba a una existencia de oprobio. Tú me apareciste entonces, Alberto.—Te amo, me dijiste, y mi amor ha penetrado el secreto de tu dolor. ¿Quieres confiarte en mí? Yo seré tu esposo, tu amigo, y..., me dijiste al oído, el padre de tu hijo.

—¡Y bien! ¡Y bien!—la interrumpió Alberto, con esa brusca genialidad de las almas generosas, para velar su grandeza.—¡Vaya un gran mérito![253]¡Cumplir con una misión que nos haga feliz! Desgraciadamente, amada mía, no siempre es tan fácil conciliar el deber con la felicidad. Hoy, por ejemplo, colocado entre el amor y la conciencia, voy a sacrificar al deber la dulce costumbre de una antigua amistad. Yo que hasta ahora he sostenido a mi amigo con todos los recursos de mi influencia, voy a enarbolar contra él el estandarte de la oposición; y el cuerpo legislativo, que actualmente presido, me verá con asombro alzarme contra el voto que pretende dar a Rosas la facultad de reunir todos los poderes del Estado.

A estas palabras de su esposo, María palideció.

—¡Oh! ¡Alberto!—dijo, estrechando su mano con terror,—en nombre del cielo no toques la garra del tigre porque te despedazará!... Te despedazará y hará de tu cadáver una grada más para escalar la cima del poder.

—Y bien, amiga mía, moriría con la muerte de los buenos en el cumplimiento del deber. Pero tranquilízate, amada María; Rosas tiene un alma capaz de comprender mi sacrificio y me conservará su estimación, aunque me haya quitado su amistad.

En ese momento un ujier anunció a Alberto que la cámara reunida esperaba a su presidente para[254]discutir la importante cuestión del día. Alberto despidió al ujier y volvió hacia su mujer una mirada de ternura.

—¿Lo veis, querida mía?—le dijo,—mi sacrificio comienza desde ahora. Apenas he tenido tiempo de posar mis ojos en tu semblante, la voz del deber me llama lejos de tí; y aunque sea por muy pocas horas, toda separación en este momento me parece eterna....

Alberto se interrumpió. Habríase dicho que sus palabras encontraron algún eco misterioso en el fondo de su alma. Pero reponiéndose luego dijo a su esposa sonriendo:—Te dejo, amiga mía; pero voy a enviarte a Enrique y él desvanecerá para siempre esos importunos recuerdos que turban todavía la paz de tu alma.

Y besando tiernamente la mano que ella le tendía, salió no sin volverse muchas veces para contemplarla.

Cuando la dama quedó sola alzó los ojos al cielo con dolorosa expresión.—¡Jamás!—exclamó, ¡Jamás!... ¡Nunca se borrará esa imagen que encuentro siempre en el horizonte de mis recuerdos, en el semblante de mi hijo y en mi propio corazón! ¡He ahí esa frente altiva y meditabunda! ¡He ahí esos rasgados ojos azules de tan sombría y sin embargo tan hermosa mirada!... ¡Manuel! ¡Manuel!

La puerta se abrió con estrépito, y un hermoso mancebo de dieciséis años, de porte arrogante y risueña expresión, se precipitó en la sala y corrió a arrojarse en los brazos de la dama que lo estrechó en ellos sollozando y besó mil veces sus mejillas y su frente.

—¡Qué hermosa eres, mamá!—decía el joven, contemplando extasiado el radioso semblante de su madre.—Aunque tenía muy presentes las facciones de tu rostro, no creía que fueras tan bella. ¡Bendición del cielo![255]¡Dejar la fría[256]atmósfera del colegio para venir a contemplar los rayos de este bello sol que da vida a mi vida y calor a mi alma!

—¡Poeta! ¡Poeta!—decía ella, sonriendo tiernamente a su hijo y meciéndolo como un niño en sus rodillas.—Me está recitando un madrigal.

—A propósito,—dijo el joven dejando su actitud de abandono y sentándose al lado de su madre.—Manuela Rosas me envió su álbum pidiéndome[257]un soneto. ¡Y lo había olvidado! ¡Ya! la veo tan pocas veces. Y no porque ella no sea una criatura amabilísima; pero me aleja de su lado el extraño sentimiento que me inspira su padre. Llamaríalo odio si su amistad con la mía no hicieran[258]el odio imposible.

—Todavía no conozco a ese hombre, y sin embargo me estremezco cuando oigo pronunciar su nombre; y no comprendo como el noble y bondadoso corazón de Alberto ha podido unirse a ese corazón feroz y sanguinario.

—Esta misma adhesión, madre mía, realza más la magnanimidad de ese corazón generoso, porque está exento de debilidad. Severa con el amigo, jamás transigirá con el tirano.

—¡Ay! sí, es verdad... pero heme aquí estremecida de espanto a la idea de esa austera integridad[259]que en este momento subleva quizá contra él en la[260]cámara legislativa el bando entero del despotismo.

—¡Qué!—exclamó el joven con los ojos centelleantes de entusiasmo, es hoy el día de su triunfo, y aun no estoy en la barra para aplaudirlo con la voz y con el alma.

Y besando rápidamente a su madre, desasióse de su convulsivo brazo y partió.

En ese día la sala de representantes de Buenos Aires presenció una escena digna de los mejores tiempos de la Roma heroica. Rosas, armado con la clave del terror, habiendo impuesto silencio al pueblo, y hecho también callar al cuerpo legislativo, quiso dar el último golpe a la dignidad nacional, y aspiró a la dictadura. Aspirar en él era mandar; y un día oyóse la sacrílega proposición en el santuario de las leyes. Ninguna voz se alzó para combatirla. Cada representante veía en el semblante de su vecino el triunfo del miedo sobre la conciencia, y si llevaba su mirada a lo[261]alto de la sala encontraba bajo el dosel que la dominaba al amigo, al confidente de Rosas... y callaba.

El presidente invitó a sus colegas a dar sus votos, ordenando que los que estuvieran por la proposición, se pusieran en pie; y con rostro apacible dió la señal. Dos hombres únicamente votaron en contra. El uno era Escalada, el inmaculado obispode la metrópoli. El otro era... el presidente de la sala, el amigo de Rosas.

Hubo un momento de asombro y silencio: pero cuando la barra arrebatada de entusiasmo prorrumpió en una tempestad de aplausos, cuatro hombres enmascarados precipitáronse en la sala, y mientras tres de ellos rodearon la mesa del presidente, el cuarto hundió un puñal en el corazón de Alberto y huyó dejándolo clavado en el seno de su víctima.

Entonces en medio del silencio de horror que reinó en aquel recinto, oyóse la voz del anciano obispo, que, de pie aún, dijo alzando sobre el moribundo su mano venerable:—¡Sube al cielo, mártir de la libertad argentina! Yo te absuelvo en nombre de Dios y de la patria.—Y como si la noble alma de Alberto hubiera esperado aquella sublime bendición, exhalóse dulcemente en una triste sonrisa.

En aquel momento Enrique, que entraba en el peristilo de la sala de sesiones, fué atropellado por cuatro hombres que huían desolados entre[262]las sombras. El intrépido niño, conociendo por sus máscaras que acababan de cometer un crimen, asió al que iba delante; pero éste por medio de un violento esfuerzo logró escaparse, aunque dejando en las manos de su adversario la máscara que lo cubría. Al ver el rostro de aquel hombre el jovendió un grito, y se precipitó en la sala. A la vista del cadáver de su padre, Enrique se detuvo un momento, inmóvil, mudo, con los puños cerrados y la mirada fija. Luego, cayendo de rodillas, arrancó de su pecho el puñal homicida, y besando la herida con siniestra serenidad,—¡Adiós, padre mío!—dijo estrechando la mano helada del muerto,—muy luego me reuniré contigo; pero entonces te habré vengado.

Guardó en su seno el arma ensangrentada y se alejó con firmes pasos.

La luz del siguiente día encontró en las calles de Buenos Aires numerosas huellas de escenas semejantes a la que tuvo lugar en la noche anterior en la sala de representantes. Un puñal había amenazado la vida de Rosas; aunque se había arrestado al delincuente, no habiendo podido arrancarle confesión alguna, había sacrificado indistintamente a todas personas sospechosas de complicidad en aquel atentado.

A dos leguas de distancia, al frente del palacio dictatorial de Palermo, un destacamento de infantería[263]acababa de hacer alto. Sonó el tambor y aquella fuerza se formó en cuadro. Vióse entonces en el centro del siniestro vacío un jovencomo Isaac, y maniatado como él, y en frente cuatro[264]soldados que a la voz de un oficial preparaban sus armas.

Pero, cuando los fatales fusiles se inclinaron sobre él, cuando con la frente erguida y la mirada serena el noble mancebo esperaba la muerte, oyóse un grito de suprema angustia y una mujer pálida, anhelante, desmelenada, rompiendo con esfuerzo febril la línea de bayonetas que le cerraba el paso, se arrojó de repente sobre el joven y estrechándolo en un abrazo desesperado lo cubrió con todo su cuerpo. Los soldados, vivamente conmovidos, volviéronse hacia el oficial que los mandaba. Pero éste que sentía pesar sobre sí una terrible responsabilidad, ahogando su profunda emoción, mandó apartar a la madre y conducirla fuera del cuadro.

—¡Ah!—exclamó ella arrancándose de los brazos de su hijo y cayendo a los pies del oficial.—Dadme al menos por lo que más améis en este mundo, dadme un cuarto de hora que necesito para obtener la gracia de mi hijo, o morir.

El veterano sonrió tristemente:—Id, pobre madre, id—dijo siguiéndola con una mirada de compasión.

—En nombre de esta hora suprema,—gritó el niño,—yo os lo prohibo, madre mía. No pidáis gracia al asesino de vuestro esposo, o vuestro hijo os maldecirá desde la eternidad.

Mas ella sin escucharlo corrió desolada hacia el[265]palacio. Atravesó, sin que nadie pudiera detenerla, los patios, los vestíbulos, las galerías y los salones, preguntando a su paso por aquél de quien esperaba la muerte o la vida. Un edecán entreabrió un gabinete y la mostró un hombre que apoyado en[266]una mesa ocultaba su rostro entre las manos. La desventurada, precipitándose en el cuarto, fué a caer a sus pies. Pero al mirar a aquel hombre el ruego se le heló en su labio pálido que se movió sin articular sonido alguno.

En ese momento sonó una detonación. La infeliz madre cayó sin sentido gritando:—¡Manuel! ¡Manuel! ¿Qué has hecho de tu hijo?...

Mucho tiempo hacía que el antiguo fuerte de la Pampa era ya sólo un montón de escombros ennegrecidos por el humo del incendio. Los indios en una salida lo habían quemado, asesinando al viejo comandante con toda la guarnición. Desde entonces el doble silencio de la muerte y del abandono reinó en torno de aquellos muros, y el terror supersticioso que inspiraban las ruinas apartó de allí los pasos del viajero.

Sin embargo, una noche, al alzarse la luna sobre el horizonte, los habitantes del “pago” vieron unamujer pálida, enflaquecida y arrastrando negros cendales, que atravesó gimiendo las avenidas de sauces y se perdió entre las desmoronadas murallas del fuerte.

Algunos la tuvieron por una aparición; pero otros creyeron conocer en ella a María, la hija del viejo comandante, el belloLucero del Manantial.

Lima, agosto de 1860.

Era en el año nefasto de 1820, el año de agudísima crisis, revolucionaria más bien que política. En la provincia de Buenos Aires cambiábase cada día, puede decirse, de gobernador. Siendo gobernador el señor Ramos Mejía, partidario del directorio, el general Soler, enemigo del sistema, habíale depuesto, asumiendo el mando. Retiróse luego el nuevo gobernador al campamento de Luján, donde estableció su sede. Dejaba en Buenos[267]Aires, como su lugarteniente, en el cargo de comandante general de armas, al coronel Dorrego. Y para concluir con los unitarios, puso a precio las cabezas de los principales representantes del régimen directorial.

Entre ellos se contaba el doctor Tagle, cuya persona se tasó en 3000 pesos. Espíritu inquieto y combatiente, habíase arriesgado a venir de su voluntario ostracismo en el Uruguay a la misma ciudad de Buenos Aires. Ocultábase en la casa de un amigo, el señor Marín. Su situación eraharto peligrosa, pudiendo ser reconocido y denunciado[268]en cualquier momento, hasta por la servidumbre. Además, agravábase esa situación por su personal y mortal enemistad con el coronel Dorrego, a quien había insultado con la virulencia de las pasiones políticas de aquel tiempo semibárbaro.

Temiendo una sorpresa trágica y fatal para su huésped, el señor Marín resolvió salvarle dando un paso audaz y decisivo. Conocía a Dorrego y confiaba en su caballerosidad. Sin comunicar su proyecto al doctor Tagle, fué a ver al comandante general en el piso bajo del Cabildo, donde se hallaba. Amigo también de Dorrego, díjole, medio[269]en serio y medio en broma: “Sé que estás en apurada situación financiera y vengo a ofrecerte la oportunidad de ganar 3000 pesos.” Como en efecto, por las continuas revoluciones y violencias, escaseaba el dinero, Dorrego contestó agradecido[270]por el ofrecimiento. No disponía en ese instante de un peso, ni propio ni del Estado, para pagar a las tropas. El señor Marín anuncióle entonces que tenía al doctor Tagle en su casa. Dorrego se limitó a responder: “Muy bien. Esta noche iré a buscarlo.”

Sin cambiar más razones, el señor Marín se retiró. Aunque tuviera plena confianza en la lealtad de Dorrego, una duda vaga se apoderó de su espíritu. ¿Y si el comandante general, llevado al mismo tiempo por el antagonismo político y la necesidad de dinero, entregaba al general Soler la cabeza del doctor Tagle? Los hombres más rectos tienen momentos de ofuscación; y entonces todos parecían ofuscados por la sangrienta lucha política....

De vuelta en su casa, el señor Marín se sentó[271]a conversar y tomar mate con el doctor Tagle. Estaba distraído y preocupado. Notándolo su huésped, le preguntó la causa de sus cavilaciones. No pudo callar por más tiempo el señor Marín, y le enteró de su diligencia. Pálido como un muerto, el doctor Tagle exclamó: “Estoy perdido.” Quiso huir en ese momento; pero como era su proyecto harto imprudente, el señor Marín le detuvo en su casa. Librado a la hidalguía de Dorrego, corría alguna probabilidad de salvarse; de otro modo, su pérdida era segura....

No tuvieron tiempo para deliberar largamente, porque apenas anocheciera presentóse el coronel Dorrego en la casa del señor Marín. “Aquí está el doctor Tagle”, dijo, y entró seguido de su ordenanza. Más muerto que vivo, presentóse el doctor Tagle. Dorrego tomó un capote de manosde su ordenanza, y le dijo: “Póngaselo.” El doctor se lo puso. En la puerta había dos caballos ensillados, el del coronel y el del ordenanza. Montando en el suyo, Dorrego dijo al doctor Tagle: “Monte a caballo y véngase conmigo.” Y el doctor Tagle montó en el caballo del ordenanza, convencido ya de que sólo le esperaban cuatro tiros.

A galope tendido cruzaron la ciudad de Sur a Norte. Llegaron, en la noche cerrada, al bajo de Palermo. En la orilla del río les esperaba una embarcación a vela, aparejada para partir. “Embárquese y póngase en salvo[272]en la Colonia”,[273]ordenó Dorrego a su acompañante. Conmovido por su grandeza de alma, el doctor Tagle le observó: “Yo he sido y soy su enemigo, coronel.”—“En el campo de batalla”, contestó Dorrego, “no hubiera vacilado en matarle; aquí, sólo un mal caballero podría aprovecharse de haberle hallado huído e indefenso.” El doctor Tagle insistió: “Pierde usted, coronel, 3000 pesos que necesita.” Y el coronel Dorrego, montando de nuevo a caballo y despidiéndose, repuso con sencillez: “Todo el oro del mundo no bastaría para comprar la lealtad de un militar argentino.”

Inspeccionando una mañana el campamento de Mendoza, San Martín se detuvo ante una puerta[274]cerrada y revestida de pieles de carnero con la lana para afuera.... Custodiábala un centinela. “¿Qué es esto?,” preguntó a los sargentos que le acompañaban.—“El laboratorio de los mixtos”, le respondieron.—“¿Se trabaja[275]ahora?”—“Sí, señor. Se están haciendo cartuchos, lanzafuegos, estopines, espoletas para granadas y otras municiones.”—Sin averiguar más, dirigióse allí el general en actitud de entrar. “¡Alto ahí!”, exclamó el centinela, poniéndosele delante. “No se puede entrar.” A esta observación, San Martín le preguntó con vehemencia: “¿Cómo es eso? ¿No me conoces?”—“Sí, señor, lo conozco; pero así no se puede entrar”, repitió el soldado, refiriéndose al traje militar que vestía el general, con botas herradas y pesadas espuelas. Volvió a insinuar San Martín su ademán de abrirla puerta. El centinela caló entonces la bayoneta, y repitió de nuevo: “Ya he dicho, mi general, que así no se puede entrar.” Y gritó con fuerza: “¡Cabo de guardia! ¡El general en jefe quiere forzar el puesto!” Al ver esto, uno de los sargentos corrió al cuerpo de guardia a llamar al cabo. Llegó el cabo, y dijo al general: “Señor, el centinela tiene la consigna de no dejar pasar a nadie al laboratorio vestido de uniforme, para no ocasionar un incendio. Si mi general quiere visitarlo, para hacerlo en la forma permitida, sírvase pasar antes a ese otro cuarto y mudarse la ropa.” Nada respondió el general, entró en el cuarto indicado, quitóse el uniforme, y se puso un par de alpargatas y saco y gorro de brin. Luego visitó el laboratorio e inspeccionó sus trabajos. Cuando se retiraba, habiéndose vestido de nuevo el uniforme, pasó por el cuerpo[276]de guardia y ordenó que, después de relevarse, se le mandara a su despacho al soldado que hacía de centinela. Cumplió el soldado la orden y se presentó, temeroso de haber merecido una admonición. Pero al verle entrar, el general en jefe se puso de pie y le tendió la mano para felicitarle calurosamente. Al obedecer a su consigna había cumplido su deber.

Hallábase el general San Martín en el campamento de Mendoza. El edecán de servicio en la[277]antesala de su tienda de campaña, entró un día en su escritorio, anunciándole:—“Un oficial pregunta por el ciudadano don José de San Martín.”—“Hágale usted entrar.”—Entró el oficial, ratificándose en que venía a ver al ciudadano, y[278]no al general en jefe.—“Puede usted hablar”, le dijo San Martín.—“Vengo a confiarme a usted como un hijo a su padre”, balbuceó el oficial. “Soy habilitado de mi cuerpo. Ayer recibí de la comisaría de guerra, para socorro de los oficiales y soldados, una suma de dinero. Llevábala a su destino, cuando entré por mi desgracia a saludar a un oficial amigo mío que se halla enfermo. Varios compañeros estaban jugando a los naipes en su aposento. Me invitaron a acompañarles. Al principio rehusé. Luego quise tentar la suerte. Resolví jugar la pequeña sumaque me correspondía como oficial de la cantidad total que me fuera entregada. Como debo al sastre, a la lavandera y a varios proveedores, no pudiendo pagar mis deudas con esa pequeña suma, ocurrióseme que, si lograba duplicarla o triplicarla, saldría de apuros. El caso es que la perdí. Ofuscado por el golpe, quiero reponer la pérdida, juego de nuevo, y vuelvo a perder.... En fin, arriesgué todo lo que llevaba, y ¡lo perdí todo!... He pasado la noche vagando por los alrededores del campamento como un loco. Estoy deshonrado. ¡Ruégole, señor, que se apiade de mi situación y salve mi honor! Yo le pagaré después como pueda, aunque sea sirviéndole de criado. ¡Lo que no quiero es que no se me ajusticie[279]como ladrón, y llegue luego la noticia a mi pobre madre!... “El general San Martín le contestó, después de una pausa: “Como general estaría obligado a hacerle enjuiciar ante el consejo de guerra.... Pero usted se ha confiado a mi lealtad y me promete enmendarse....” Y tiró una gaveta de su escritorio, sacó en onzas de oro de su propio peculio la suma que el oficial le pedía, y, al entregársela, le dijo: “Vaya usted y en el acto entregue ese dinero en la caja de su cuerpo. ¡Que en su vida se vuelva a repetir un[280]pasaje semejante!... Y, sobre todo, guarde usted en el más profundo secreto el asunto de esta entrevista, porque si alguna vez el general San Martín llega a saber que usted ha revelado algo de lo ocurrido, en el acto le manda fusilar.”

El combate de Río Bamba es el choque de[281]caballería más lucido que haya tenido lugar en la guerra de nuestra emancipación, y el que ha revelado también a más alto grado el renombre de bravo que llevaba el ejército de los Andes, en los gloriosos tiempos que dejamos a la espalda. En él se vió al intrépido Lavalle con 96 granaderos[282]arrollar cuatro escuadrones, fuertes cada uno de 120 hombres, de las mejores tropas del Rey, hasta meterlos a sablazos bajo los fuegos de la[283]infantería, habiendo pasado antes por la villa de[284]Río Bamba, que estaba interpuesta entre los dos ejércitos, para desafiar a la caballería enemiga. Ésta con la intención de alejarlo de toda protección, no salía de la pequeña planicie que está al pie de las alturas que coronan aquel pueblo, y alas cuales quería atraer al general Sucre el jefe[285]español, para batirlo con ventaja.

Navarro y Lamarca, Historia general de América Juan LavalleJuan Lavalle(Navarro y Lamarca, Historia general de América)

La posición de Lavalle, en ese día, era tanto más conspicua, cuanto que estaba peleando por primera vez con una fuerza cuatro veces mayor que la suya, en presencia de los orgullosos soldados de Colombia, y contra la voluntad del general enjefe, que en esos momentos lo acusaba de imprudente, por haber comprometido un choque en que tenía que combatir uno contra cinco, y del cual, según él, no podía salir victorioso. En prueba de lo que dejamos dicho, citaremos las[286]palabras que el coronel Ibarra, sobrino del libertador Bolívar, dirigió al general Sucre en aquellos momentos supremos, y sus contestaciones, sacadas de los apuntes del coronel del ejército de los Andes, don Juan Espinosa, publicadas en elCorreo Peruanodel 23 de mayo de 1846. Después de la primera carga que Lavalle dió a los españoles, y en la cual llegó hasta tiro y medio de fusil, los granaderos se retiraron al tranco. Entonces el general enemigo organizó los cuatro escuadrones que habían sido acuchillados momentos antes, y los hizo cargar poniéndose él mismo a la cabeza. Lavalle, cuando estaban a cien pasos a su retaguardia, volvió caras por pelotones, y cargó al centro de los cuatro escuadrones. En este momento el general Sucre creyó perdidos a los granaderos por la imprudencia de su jefe, “y no quiso protegerlos”, dice Espinosa, “por no comprometer una acción general para la cual no estaba preparado, y por ser muy avanzada la hora”. A[287]las repetidas instancias que le hicieron de protegeral escuadrón con alguna infantería, contestó: “El comandante Lavalle ha querido perderse, que se pierda solo.” El coronel Ibarra, sobrino del Libertador y un valiente de primera clase, le dijo: “Mi general, déjeme V. S. ir con mis guías en protección de los granaderos, y yo le respondo del triunfo”; y saltándosele las lágrimas,[288]añadió: “¡Cómo se pierde un escuadrón tan[289]valiente! mi general, permítamelo V. S.” El[290]general Sucre, con una calma inalterable, le contestó: “Coronel Ibarra, aquí el único responsable soy yo; pero vaya V. y haga su deber.”

Poníanse recién al galope los denodados guías[291]de Colombia, cuando los bizarros granaderos decidían la victoria, sin que les cupiese más que a[292]cincuenta de esos bravos ayudar a recoger los laureles, que los inmortales granaderos habían alcanzado, segando cabezas españolas con el corvo de los Andes, en aquel anfiteatro de la Edad Media.[293]


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