UN ARTISTA

ilop297

—Gusta usted que le sirva, cabayero?

—Sí, señor.

—Sírvase usted tomar asiento aquí... ¿Qué va á ser?

—¿Cuál?

—Digo si gusta usted cortarse, rizarse...

—Quiero que me afeiten.

—Al momento, cabayero... ¿Le gusta á usted así el respaldo? ¿Quiere usted que le suba... que le baje?

—No, señor.

—Muy bien. ¿Fría ó caliente?

—Como á usted le dé la gana, con tal que me afeite pronto y bien.

—¡Oh! como una seda, cabayero... Un poquito más alta la barbiya, si usted gusta... Así... ¡Qué calores tenemos, eh? ¡Cómo se estará asando aquel Madrí!... ¿Hace mucho que no ha estado usted por Madrí, cabayero?

—Y ¿qué sabe usted si yo he estado allá alguna vez?

—¡Oh! yo le conozco á usted.

—Pues que sea por muchos años.

—Sí, señor. Cuando vino usted á cortarse el pelo anteayer, me lo dijo el chico que le sirvió á usted.

—Es decir, que es usted nuevo en esta peluquería.

—Ocho días hace que llegué de Madrí.

—Como en verano se aumenta la parroquia...

—No, señor: yo he venido de placer; quiero decir, á baños.

—Vamos, afeita usted por recreo.

—Hágase usted cuenta que sí; porque lo que sucede esdeque al saberse que yo había venido, me solicitó el maestro; y yo, por hacerle un favor...

—Ya lo comprendo.

—Como á mí, en dejándome tiempo para bañarme, una hora para el café y otras dos para ir con los amigos al paseo, no me hace falta el resto del día...

—¿Y todos los años viene usted á bañarse aquí?

—No, señor. Ésta es la primera vez; pero otros amigos de mi arte han venido otros veranos, y me han hablado muy bien de este pueblo. Lo demás, yo siempre he salido á San Sebastián. Hay muy buena sociedad allí.

—¿De modo que usted no piensa quedarse todo el año en esta barbería?

—¡Qué ha dicho usted! ¡Dejar yo aquel Madrí... Madrí de mi alma!... Desengáñese usted, cabayero: nosotros, los artistas, acostumbrados á aquel mundo, no servimos para provincias.

—Según eso, nacería usted allí.

—Naturalmente, cabayero.

—Lo supongo; y supongo también que será extremada la necesidad que tiene usted de los baños de mar, cuando sale usted todos los veranos á una miserable provincia para tomarlos.

—Yo le diré á usted lo que hay. Mi papá estuvo en Ultramar muchísimo tiempo desempeñando un buen destino; y á los dos años de venir él de allá, nací yo... Por cierto que mi mamá tuvo un parto atroz... ¿Hace daño?

—¿Cuál, hombre?

—La navaja.

—Va «como una seda».

—Es claro... Pues verasté. Yo me crié muy delicadito, y los médicos decían que unos tumores como puños que me salían en salva la parte, eranescrúfulasínticas á las que papá había traído de América.

—Pero las llevaría ya de España.

—No, señor: las cogió allá.

—Yo creía que las escrófulas no se adquirían así tan de repente.

—Por eso decían los médicos, cabayero, que cuando las escrófulas se cogen de golpe y á esa edad, ya no se sueltan; y á más á más, se pegan.

—Ya me voy enterando.

—Como que mamá, que nunca las había tenido de joven, se fué á la sepultura llena de ellas... Pues verasté: y criándome yo tan delicadito, dijeron los médicos que necesitaba poco trabajo y mucho baño de mar. Por eso nunca pude ir al colegio; que, por lo demás, mi papá quería que yo estudiara para ingeniero. Pero papá era muy liberal, y murió en la Plaza de la Cebada... de un tiro, cuando la revolución del cincuenta y cuatro. Entonces mi mamá no pudo con el susto; se le metieron en el cuerpo las escrófulas, y murió también. Quedándome yo huérfano y con pocos recursos, me dediqué á este arte, y con él voy viviendo, gracias á los baños de mar que tomo todos los veranos... ¿Quiere usted que le descañone?

—Haga usted todo lo de costumbre.

—Y usted, cabayero, ¿no se da luego una vuelta por Madrí? Conocerá usted allí mucha gente.

—No tanta como usted.

—¡Oh! yo conozco á todo el mundo... Sobre todo, artistas y literatos.

—¡Anda!

—No sé si vendrá este año por aquí Benito.

—¿Qué Benito?

—Galdós.

—Parece que le trata usted con mucha confianza.

—Muchísima. Cuando salí de Madrí quedaba él dando las últimas plumeadas á un libro muy bonito que va á publicar en seguida.

—Se le leería á usted.

—Porque yo no quise que se molestara, no me le leyó; pero hablamos de él, así, por encima.

—Vamos, le gustará su parecer de usted.

—Aunque yo no debiera decirlo... ¿No ve usted que no se riza con nadie más que conmigo?

—Es extraño eso; porque yo juraría que gasta el pelo rapado.

—Efectivamente; pero yo me refería á la barba.

—Siempre se la vi afeitada.

—Pues se la afeito yo, cabayero.

—¡Ah, ya!

—Y la misma intimidad tengo con Adelardo Ayala. Pues ¿y con Campoamor?... El primero que le dió la mano cuando se echó el último dracma suyo, fuí yo.—«Gracias, chico, me dijo, y créete que estimo tu enhorabuena como la mejor».

—De modo que trata usted á toda la literatura por debajo de la pata.

—Hágase usted cuenta que á toda... ¡Qué chicos! Tienen la gracia de Dios... Pues ahí estáLagartijo, que dice en elImperialá voz en cuello que la tarde que no estoy yo en la plaza no sabe dar un volapié. ¡Ése sí que tiene sombra!

—¿ElImperial?

—No, señor,Lagartijo... Así decimos en Madrí... Cosas de esos chicos delGil Blas. Aquí, en provincias, tiene uno que mirarse mucho para hablar, porque en seguida se escama la gente...

—Ya ve usted, la ignorancia...

—Es natural; porque no están, como uno, al tanto de las cosas del día... pero allí, aunque no se quiera, hay que estruirse... Misté, cabayero: yo estoy todo el año en la peluquería de Prats, que es la mejor de Madrí. Allí el literato, allí el músico, allí el diputado... Para que usted vea: ocho días antes que Salaverría leyera en las Cortes los presupuestos últimos, sabía yo todo aquello del recargo que tanto dió que hablar. Lo mismo me sucedió con lo de los fueros. Así es que yo tengo á montones las papeletas para las trebunas de orden; y si no voy á todas las sesiones, es porque, para mí, todo lo que no sea hablar Emilio ó Roque Barcia...

—De modo que es usted de los que llaman «de la cáscara amarga».

—¡Pues ahí verá usted!... No, señor. Por de pronto, yo no soyyahombre de opinión, porque los desengaños me han hecho ateo en política; pero, de estar por alguno, más bien estoy por los de guante blanco, que, al cabo, se peinan y se afeitan, y son, como el otro que dice, parroquianos de uno. Es que esos oradores yo no sé que tienen para mí: bien séase que no los entiendo, ó que lo dicen con cierto... Vamos, ello es que me llevan detrás, como si me dechizaran... Aquí, en provincias, estarán ustedes poco al tanto de esas cosas.

—Nada, hombre, nada.

—Es natural. Les falta el roce y la... Allí da gusto: de todo se trata y en todo se ilustra la persona... ¿Descañono más?

—Está bastante.

—¿Fría ó caliente?

—De la más fría.

—Tenga usted la bondad de ensugarse con esta toballa. Le daré á usted unos golpes de peine.

—¿En dónde?

—En el pelo... ¡Oh, cabayero! ¡qué antigua es ya esa moda que usted yeva! Ahora, en Madrí, todos los chicos distinguidos llevan el pelo en bandós...

—¿Sí, eh? Pues deje usted el mío como está, y así seré mucho más distinguido.

—Como usted guste, cabayero... ¿Conque también tienen ustedes ya tranvía?

—Así parece.

—Han querido imitar al de Madrí. ¡Aquél sí que es tranvía!

—¿Mejor que éste, eh?

—¡Qué tiene que ver! Sin embargo, cabayero, para una provincia, éste es todo lo que se puede pedir.

—Ya me hago cargo. Además, aquél recorre sitios más amenos.

—¡Muchísimo más! Recoletos, la calle de Alcalá, la Mayor, Palacio, el barrio de Pozas... todo Madrí; conque, figúrese usted.

—Al paso que aquí, Molnedo, San Martín, la Magdalena, el Sardinero...

—Eso es: mucho prado, mucha mar... rústico todo. Pero no hemos de pedir en una provincia las ventajas de un Madrí. ¡Cuántas tiene usted en España todavía mucho más atrasadas que ésta! Pero ya irán ustedes entrando poco á poco. Por de pronto, la buena sociedad madrileña que les visita todos los veranos, ya adorna esto y algo ilustra. Misté: el domingo fuí yo en el tranvía, y se me figuraba que estaba en Madrí. Todos los pasajeros éramos de allá, y todos conocidos. Así es que la gentese nos quedaba mirando cuando nos apeamos.

—¡Qué le parece á usted!

—Lo mismo me sucede cuando voy por las mañanas á tomar el baño. Toda la gente que anda por el arenal y por la galería, somos de Madrí. De modo que todo se le vuelve á uno saludar. Le digo á usted, cabayero, que algunas veces me parece que estoy en el Prao, y me da tristeza.

—¿Por qué, hombre?

—Ya ve usted la diferiencia: cuatro peñascos, un arenal y un poco de agua. Compáreme usted esto con aquel gentío de carruajes, con aquellos palacios y aquel vaivén de sociedad, que á veces no cabemos en el salón... porque, créame usted, cabayero, aquello es la mar de elegancia... Esto no es decir que el Sardinero sea del todo malo, pues, para una provincia, no puede pedirse más; pero desengáñese usted, á los que estamos hechos á aquel Madrí... ¡Ay, Madrí de mi alma!... Está usted servido, cabayero.

—Muchas gracias, amigo.

—Me alegraré haberle dado gusto.

—Pues vaya usted alegrándose.

—Ya lo sabe usted: por ahora, desgraciadamente, aquí; desde el mes que viene, calle del Carmen, peluquería de Prats, para cuanto se le ocurra.

—No olvidaré las señas. Conque agur, y aliviarse de lasescrúfulas.

—Tantísimas gracias... Beso á usted su mano, cabayero.

ilop306


Back to IndexNext