XV

Volviendo al asunto que dejamos pendiente para hacer esta ligera excursión por el otro mundo, digo que llegó el día de la boda y que acudió á ella medio pueblo, unos como invitados y otros como curiosos. Enriqueta, con su traje blanco, su corona de azahar y su rubor de costumbre en tales lances, podía habérsela tomado por una vestal que iba al sacrificio, ó por una virgen cristiana conducida al martirio; y en cuanto á don Romualdo, más parecía, aunque vestido de rigorosa etiqueta, el administrador de la casa, que el Polión de aquella Norma ó el Eudoro de aquella Cimodocea. Los carruajes se atropellaban á la puerta de la iglesia, y lo más granadito y cogolludo de la población invadía el templo, mientras en el altar mayor se celebraba la ceremonia religiosa.

Dos horas más tarde se servía en casa de la desposada espléndido almuerzo presidido por Enriqueta y don Romualdo, unidos ya ante Dios y los hombres en eterno indisoluble lazo.

Aquella misma noche, y no á hora más cómoda, por exigirlo así las leyes de la naturaleza, que no había querido alterar el orden de las mareas ni por los doblones del opulento indiano,debían salir los recién casados para el extranjero en un vapor fletado y dispuesto con este objeto exclusivo.

Llegaron las cuatro de la tarde, y desfiló el último de los convidados; levantáronse los manteles y los cachivaches, y se quedó sola la familia, ocupada en algunos preparativos para el viaje. Don Romualdo, con el mismo fin, necesitó darse una vuelta por su habitación de soltero; y si no por el desorden que reinaba en algunos departamentos de la casa, el cansancio que se reflejaba en los rostros de los amos y las galas que aún vestían los criados, nadie diría á las cinco que allí se había celebrado una fiesta ruidosa con la ocasión más transcendental de todas las ocasiones de la corta y achacosa vida humana.

Descansaban en silencio, bostezando don Serapio, pensativa Enriqueta y risueña doña Sabina, como quien saborea gratísimas ilusiones, cuando apareció en escena, y sin anunciarse, otro personaje desconocido en aquel teatro. Era joven, y vestía con elegancia un cómodo traje de camino; su tez era ligeramente morena, y negros el pelo y la barba. Fuera por natural timidez, ó porque se vió contrariado con la expresión de extrañeza que notó en aquella familia, es lo cierto que el recién llegado, al verse en medio de ella, apenas se atrevió á hacer unaligerísima salutación. Levantóse maquinalmente don Serapio al reparar en el intruso, y antes de desplegar los labios para corresponder á su saludo, observó que su mujer, como picada por una víbora, se incorporaba de repente con los puños y los labios apretados y los ojos centellantes, y que Enriqueta, pálida como un cadáver, se apoyaba con las dos manos en los brazos de su butaca. Entonces don Serapio, fijándose más en el recién llegado, abrió inmensamente los ojos y la boca; después le tendió los brazos, y cayendo en ellos el otro, exclamaron los dos á la vez:

—¡César!

—¡Querido tío!

Cántico que tuvo por acompañamiento esta salmodia rechinante de doña Sabina:

—¡Así le ahogaras!

—Y usted, señora—dijo á ésta César cuando se desprendió de los brazos de su tío,—no dude que la veo con sumo placer. Y á ti también, Enriqueta.

—Muchas gracias—contestó aquélla con ira mal disimulada.—Y ¿se puede saber cuál es la causa de esa venida tan intempestiva?

—En efecto—añadió don Serapio.—¿Cómo no nos lo has anunciado previamente?

—Mi presencia no ha de estorbar á ustedes mucho tiempo—replicó César, hondamente heridocon aquella frialdad con que se le recibía.—Hace una hora llegué de Inglaterra á este puerto, y me he desembarcado para venir aquí con el exclusivo objeto de saludar á la única familia que me queda en el mundo. Tengo, en hacerlo, una inmensa satisfacción, y lo creí, además, como un sagrado deber mío; especialmente siendo, como han de ser, muy pocos los días que he de permanecer en esta ciudad.

—Y ¿quién te ha dicho que nos estorbes ó dejes de estorbarnos?—repuso doña Sabina en el tono más despreciativo que pudo.—Ya veo—añadió,—que te has curado muy poco de tus achaques románticos.

—En esta casa hay siempre una habitación para ti, y corazones, no lo dudes, César, que se interesan por tu felicidad,—dijo don Serapio queriendo enmendar las demasías de su señora.

—Ya lo veo,—contestó César con doble intención, mirando á su tía, y sobre todo á Enriqueta, que no desplegaba sus labios ni levantaba los ojos de la falda de su vestido.

—Y por cierto—prosiguió doña Sabina, resuelta á dar á su sobrino la última puñalada,—que si tardas un poquito más, te encuentras con dos habitaciones en vez de la que te ofrece la generosidad de tu tío.

—¿Cómo así, mi buena tía?

—Porque dentro de dos horas sale Enriqueta para Francia.

—¿Con usted acaso?

—No, señor: con su marido.

Y esto lo dijo doña Sabina recalcando mucho la última palabra.

—¡Con su marido!—exclamó Cesar aturdido, como si el suelo se abriera bajo sus pies.

—Con su marido,—insistió aquélla.

—Pero ¿desde cuándo le tiene?

—Desde esta mañana.

—¡Es posible eso?... digo, ¿es cierto, Enriqueta?—preguntó César dirigiéndose á su prima, y queriendo en vano dominar el dolor, la ira y el despecho que á la vez estaban atormentándole.

—Creí que tú lo sabías...—respondió Enriqueta con voz apenas inteligible.

—¡Que lo sabía yo! ¡Y te has casado esta mañana!

Al desencantado joven ya no le quedaba la menor duda de que ni la misma Enriqueta, cuyas protestas de eterno cariño conservaba él escritas en su corazón como un consuelo en sus tribulaciones, había guardado en su alma el más leve recuerdo del pobre huérfano arrojado de casa á merced de la suerte.

—Es de advertir, César—díjole don Serapio, quizá deseoso de disculpar su propia conducta,—queno sabemos de ti hace algunos meses, y que he tratado en vano de averiguar tu paradero.

Estas palabras sacaron al joven del estupor en que había caído.

—Cierto es—dijo,—que durante ese tiempo no he querido dar á usted noticias mías.

—Y ¿por qué has hecho eso?

—Porque en ese período de mi vida, la suerte ha puesto el colmo á sus rigores conmigo. Y para que no se atribuya á olvido ni á ingratitud lo que acaso es efecto de todo lo contrario, impondré á ustedes de los tristes sucesos que fueron causa de que se interrumpiese nuestra correspondencia.

Aquí relató cuanto ya sabe el lector sobre el robo de sus economías.

Enriqueta hubiera querido hallarse á cien leguas de allí cuando su primo se detenía á hablar de su vehemente afán de llegar pronto á seralgo, pues no se le ocultaba que este afán era hijo del propósito demerecerla... ¡á ella que tan dócil había sido para olvidarle, y tan fácil para entregarse, con una venda en los ojos, aunque con disculpas de sacrificio, á los azares de un porvenir dudoso en brazos de un desconocido!

Comparaba entonces la delicadeza, la hermosura de su primo, con las chocarrerías y el aspectogrosero y vulgar de su marido, y tal vez maldijo á la casualidad que no había traído á César doce horas antes á aquella casa.

Entre tanto, éste concluía así su relato:

—Llegado á Inglaterra, averigüé que, efectivamente, tenía aquel bribón, ya con otro nombre, un enorme caudal depositado en el Banco de Londres; pero no pude hacer valer mis reclamaciones ante aquellos tribunales. Incierto y desalentado en mis propósitos, reparé entonces que estaba á las puertas de mi patria. Parecióme muy duro alejarme nuevamente de ella sin verla y sin abrazar á mi familia, y aprovechando la salida de Londres de un vapor para este puerto, víneme en él. Ésta es la causa de mi presencia entre ustedes... Y por cierto que es lamentable que la casualidad no me haya traído algunas horas antes—y aquí cambió de tono, y dió á su fisonomía y á sus palabras una expresión bien marcada de ironía,—pues me ha privado de la dicha de ser testigo presencial de un acto tan solemne. Pero esto no obsta para que yo, aunque un poco tarde, felicite á ustedes cordialmente por el acontecimiento... porque no puedo menos de creer que mi prima habrá sabido elegir, con la sensatez que le es propia, un marido digno de ella.

—La elección de mi hija—exclamó airada y convulsa doña Sabina,—para ser acertada y digna,no necesita para nada el parecer del sobrino de mi marido.

—Si llegas una hora antes—dijo éste terciando en aquel altercado que no le hacía gracia en ningún concepto,—hubieras conocido aquí mismo á tu nuevo primo; pero le verás de un momento á otro, y espero que simpatizaréis. ¡Es un bendito de Dios!

En aquel instante se oyeron fuertes pisadas en el corredor adyacente.

—¡Aquí le tenemos ya!—exclamó don Serapio.

Y al abrirse la puerta de la habitación en que pasaba la escena, y aparecer la figura de don Romualdo, tornó á decir su flamante suegro:

—He aquí á mi yerno.

Volvióse César rápido para corresponder á la presentación de su tío; púsose enfrente de aquel hombre, y levantó los ojos para mirarle. Pero como si de repente hubiera recibido un balazo en el cráneo, dió dos pasos atrás; llevóse las manos á la cabeza, y exclamó tras un alarido espantoso:

—¡Dios de justicia!

Por su parte don Romualdo, al ver á César, sintió un estremecimiento que no pasó inadvertido para los circunstantes; pero muy dueño de sí mismo, ó siendo ó aparentando ser extraño á la causa de aquel arrebato, hízose el sorprendidoy se limitó á preguntar de la manera más natural y sencilla:

—¿Se ha puesto malo este joven?

—Sin duda... así parece...—contestó doña Sabina hecha toda ojos y movimiento, y paseando sus miradas escrutadoras de su yerno á su sobrino, y viceversa.

Enriqueta, al oir el grito de César, se levantó aterrada de su asiento, y corrió instintivamente al lado de su padre, que se quedó como si viera visiones.

En el asiento que dejó vacío Enriqueta, cayó como desplomado César, á quien las piernas no podían sostener, y allí, hundida la cabeza entre sus manos, permaneció breve rato.

Durante él volvió á preguntar don Romualdo, perfectamente tranquilo, al observar el silencio en que había quedado la familia:

—Pero ¿qué sucede aquí? ¿qué es lo que pasa?

No obtuvo contestación, si, como tal, no le satisfizo un crucero de miradas que, como saetas, iban de César á él y de él á César, porque éste era el único que, según las trazas, podía responder á su pregunta.

Al fin se incorporó César, y después de pasarse las manos por los ojos, como si quisiera apartar de ellos funestas visiones, dijo con voz segura y firme, dirigiéndose respectivamente á don Romualdo y á su familia:

—Perdone usted... caballero, y ustedes perdónenme también. Los que vivimos bajo el peso constante de una preocupación, en cada sombra que pasa, en cada rostro nuevo que aparece á nuestra vista, creemos hallar algo que se relaciona con el objeto de nuestros afanes. Una vaga semejanza, una alucinación quizá, ha producido en mí este vértigo que no he podido dominar. Tengo, pues, el mayor gusto en conocer al elegido de mi prima, y doy á entrambos la más cordial enhorabuena.

—Un millón de gracias—respondió don Romualdo,—y á mi vez me felicito de conocer á usted, y me ofrezco á sus órdenes para cuanto guste y yo pueda y valga.

Y quiso estrechar la mano de César; pero éste, fuera casualidad ó estudio, le jugó la vuelta, dirigiéndose á su tío con otro vano cumplimiento.

—¡Ya decía yo!—exclamó entre tanto doña Sabina acercándose á Enriqueta con aire de triunfo.—¿No te parece, mujer, el mentecato de tu primo, qué lances tan pesados viene á provocar en nuestra casa? Fortuna que tu marido es un caballero; pues otro que lo fuera menos, le hubiera curado el vértigo con un bofetón.

Pero Enriqueta estaba muy lejos de oir á su madre, y acaso también de pensar como ella.

—Nos refería César hace un instante—dijoen esto don Serapio deseando disculpar más y más el arrebato de su sobrino,—cómo un bribón le había robado en Méjico, en pocas horas, el fruto de su trabajo de siete años; y naturalmente, estaba muy impresionado con el recuerdo de aquel lance en el preciso momento de llegar usted. El chico es nervioso y vehemente, se alucinó creyendo hallar ciertas semejanzas...

—¡Oh! lo comprendo muy bien—dijo don Romualdo, todo bondad y tolerancia.—Á mí me sucedió de pronto... es decir, me hubiera sucedido eso mismo en igual caso. ¿Y fué mucho lo que le robaron, joven?—preguntó de golpe y como condolido de la situación de César.

—Muchísimo para una persona como mi sobrino, que comenzaba á vivir—contestó don Serapio.—Según nos ha dicho, llega á treinta mil duros.

—¡Hombre, eso es una bicoca!—exclamó don Romualdo;—y es un dolor que por ella haya un desgraciado hoy en esta familia tan digna de ser feliz.

César, que no había querido contestar á la pregunta del indiano, recibió estas últimas palabras como una burla intolerable, á juzgar por la cara que puso al oirlas; pero don Romualdo, que no le perdía de vista un momento, lejos de resentirse de aquella actitud, añadió en seguida mirándole con elocuente fijeza:

—Mis palabras, señor don César, no son una baladronada: he dicho que no quiero verle desgraciado por la pérdida de esa pequeñez, y lo pruebo ofreciéndosela desde ahora... en nombre de su prima, si usted no la quiere en el mío.

Doña Sabina, que creyó ver á su sobrino caer de rodillas ante el hombre que tales rasgos usaba, sintió hervir su sangre de indignación al ver que César recibía la oferta generosa con rostro airado y las manos crispadas.

Don Serapio y Enriqueta iban de sorpresa en sorpresa, y no podían ó no querían explicarse lo que estaban viendo rato hacía.

—Y ¿en qué concepto me hace usted esa oferta, señor don... qué?

—Romualdo Esquilmo.

—¿Señor don Romualdo Esquilmo?—concluyó César recalcando mucho sobre el apellido.

—Esta oferta se la hago á usted, señor don César—contestó aquél en tono más suave del que esperaba su dulcísima suegra,—no en el concepto de préstamo, sino en el de... donación, supongamos.

—Y diga usted, señor mío—replicó César con irónica sonrisa,—y sin que deje yo por eso de agradecer la oferta en todo lo que vale lagenerosidadde que es fruto: ¿no sería una burla de la suerte que tuviera yo que tomar, ó aparentarque tomaba en España, como unalimosnadel señor don Romualdo Esquilmo, lo que me robó en Méjico el bribón, falsario, don Cleofás Araña?

—Pues demos otra forma al caso. Figúrese el señor don César que yo, hombre de grandes relaciones en Méjico, convencido de que puedo cobrar muy pronto ese crédito, le ofrezco á su merced por él todo su valor, sin que su merced ponga de su parte más trabajo que recibir los pesos con una mano y entregarme con la otra los comprobantes de la deuda.

—¡Oh! don Romualdo, le estimo á usted demasiado para cogerle por la palabra. ¿No ha reparado usted que ese procedimiento más parecería unarestituciónque una limosna á los ojos del vulgo maldiciente?

—Déjese del vulgo, camará, y agarre la ocasión, que la pintan calva.

—Vamos, hombre—dijo entonces don Serapio al ver la creciente indignación que se iba pintando en César,—si en el recibir no hay engaño, y esa cantidad es para tu... primo, una bicoca, como él te lo asegura, acéptala desde luego, sé feliz, y olvida al otro á quien, por las trazas, no has de ver más.

Al llegar aquí la porfía, Enriqueta, que no perdía un gesto, ni una palabra, ni una mirada de las que se cruzaban durante la extrañaescena que veía representar, rompió su silencio para decir á su primo, sin disimular su disgusto:

—Si, como no puede dudarse, es cordial la oferta, me atrevo también á rogar á César que la acepte, y á los dos, que cesen en esa lucha de inaudita generosidad.

—¡Oh—respondió su primo,—no sabes tú bien todo lo que de inaudito tiene este caso, Enriqueta!

—Ea—añadió don Romualdo con el aire más campechano del mundo,—quédese aquí la historia, que no es cosa de moler con ella á quien no le interese. Pero como ya está picado mi amor propio y tengo más empeño que nunca en convencer á don César, le ruego que hablemos á solas unos instantes para conseguirlo... Porque lo he de conseguir, ó yo he de poder poco. ¡Jájájá!

—Eso me place,—dijo el joven como si le hubieran acertado su mayor deseo.

—Pues vamos al escritorio, que estará hoy de huelga, si el señor don Serapio lo consiente,—propuso el indiano, como si de intento buscase para la entrevista el rincón más apartado de la casa.

—Pues sea en el escritorio,—dijo don Serapio, tomando el lance por lo cómico y guiando á los dos interesados á la escalera secreta.

—Sea enhorabuena en el escritorio,—asintió César siguiendo al indiano y á su tío.

Y mientras los dos descendían al entresuelo, don Serapio se volvió al lado de su familia.

Fuera ofender gravemente la discreción del lector, decirle en serio que ni don Serapio, ni su mujer, ni su hija sospecharon cosa de importancia en todo lo ocurrido en su presencia entre el recién casado y el recién venido; que no hallaron más de un punto de enlace entre la historia referida por César, y todo lo ocurrido después entre éste y el indiano. Pero entre una sospecha, por vehemente que sea, y la realidad tangible, hay un abismo de dudas, de reflexiones y de consuelos; y si es la necesidad lo que obliga á dudar, á reflexionar y á consolarse, el abismo es todavía mayor. Á la exclamación de César al ver al indiano, se dijeron todos; «es indudable»; á las primeras palabras de don Romualdo, ya divergían los pareceres: según Enriqueta, no cabía duda; según su padre, había que ir observando; según su madre, no podía ser. Un poco más adelante, doña Sabina creía resueltamente que no; su marido,que no debían hacerse juiciosá la ligera, y su hijahuíade pensar en lo más malo, porque ya no tenía remedio. Cuando los tres se quedaron solos y en silencio, Enriqueta era la única que verdaderamente temblaba por lo porvenir... «si llegaban á realizarse sus sospechas»; pero en la joven había un motivo especial de alarmas y zozobras: la presencia súbita de César en la casa, que sobre mortificarle la conciencia no poco, hacía resaltar á sus ojos, en enormes proporciones, los defectos de su marido. Fuera de esto, quizá se hubiera ido consolando poco á poco con la reflexión de que hasta entonces no resultaba, real y positivo, más que un hombre muy rico, muy estimado de todos los capitalistas de la plaza, que salvaba la casa, poco antes en quiebra, y que brindaba á la familia con un porvenir de abundancia y,por consiguiente, de felicidad; reflexión que se habían hecho ya su padre y su madre.

Mientras esta gradación siguieron las reflexiones de los susodichos tres personajes de esta historia, colocados, como tres estatuas del silencio, en tres rincones de la sala, pasaba en el escritorio, entre César y don Romualdo, lo que á saber va el lector, muy en reserva, por ser asunto delicado.

Digo, pues, que no bien hubieron los dos llegado al entresuelo, se abalanzó César sobredon Romualdo, y asiéndole de las solapas de la levita, díjole en voz ronca, pero terrible:

—¡Ladrón, infame, bandido!... He corrido medio mundo por hallarte; pero yo sólo quería pedirte lo que me has robado. ¿Con qué restituyes hoy el honor que también robas á mi familia? ¿Con qué lavará ésta la ignominia de haberte admitido en su seno? ¿Qué mal espíritu te aconsejó este rumbo? ¿Qué tenías que hacer en esta tierra que jamás produjo afrentas como tú?

—Poco á poco, caballerito—respondió el apostrofado trocando la melosidad del acento americano con que le conocimos, por otro más brusco y un tanto siniestro;—y entienda, por de pronto, que á mí no me asustan bravos. Quiero decir, que se haga dos pasos atrás y tome el asunto más en calma, si hemos de entendernos.

—¿Qué inteligencia puede caber entre un miserable y un hombre honrado?—dijo César alejando de sí con un empellón á don Romualdo, que recibió la agresión con la mayor frescura, limitándose á contestar:

—Pues es preciso que nos entendamos, y nos entenderemos.

—¡Jamás!

—Vaya, joven, un poquito de calma, y concluimos en dos palabras. Empiezo por declararque le soy á usted deudor de treinta mil pesos, y hasta le añadiré que maldita la falta me hacían cuando se los tomé.

—¡Infame!

—Es la verdad, créame ó no me crea. Con la irreflexión propia de la edad, se confiaba usted demasiado al primero que quería escucharle, y sin poderlo remediar supe yo de sus mismos labios una vez lo que usted tenía, lo que usted anhelaba y lo que le prometían desde la Habana en punto á ocasiones de prosperar; después cayó en mis manos una de estas cartas, que sin duda se olvidó usted bajo la mesa del café á que concurría.Dibujobastante bien; tentóme el demonio y escribí otras dos con la misma letra, aunque con distinto asunto; hice que pusieran la una en el correo en la Habana, y quedéme yo con la otra para entregársela á usted á la mano.

—¡Y lo confiesa el bribón, sin avergonzarse!

—¡Qué quiere usted! soy ingenuo por naturaleza.

—Pero ¿cómo pude yo nunca contarte entre las personas de mi confianza?

—Ocupando yo la mesa contigua á la en que ustedes hablaban.

—Y ¿cómo te desconocí cuando fuiste á robarme, bandido?

—Y ¿cómo se imagina usted que un hombrecomo yo, que se precia de esmerado y fino, había de ir á tratar de negocios importantes con una persona decente, en el mismo traje que usaba en el café, y sin afeitarse la barba, teñirse las canas y dar á su cuerpo y á su voz cierto aire de distinción?... Pero dejando aparte todos éstos y otros pormenores que no tienen otro objeto que demostrar á usted que no siempre el agravio es culpa del agresor, sino de las tentaciones que le ofrece el agraviado, declárole á usted también que en aquella fecha sólo apetecía yo la estimación de los hombres honrados, y me ocupaba en elegir un punto de la tierra donde pasar el resto de mi vida reparando algunas faltillas viejas á fuerza de beneficios. El éxito de aquel negocio trastornó por entonces mis proyectos; viajé algún tiempo sin rumbo fijo, y sabiendo por informes que en este rincón del globo se consagraba al dinero un culto fanático, víneme á habitar en él. ¡Mal podía yo sospechar que era la patria de usted! Fuí recibido como un príncipe en su corte; mis lujos y mis dispendios eran la admiración de todos. Solicitáronme los ricos y me adoraron los pobres. Traté á los unos y á los otros, y conocí por primera vez el placer inmenso de ser estimado en las sociedades honradas y de enjugar las lágrimas con beneficios.

—Sin embargo, cometiste todavía el crimende deshonrar una de esas familias entrando á formar parte de ella.

—Todas las del pueblo se disputaron esa deshonra. La única mujer que se mostró esquiva á mis galanteos, fué Enriqueta. Por eso la solicité. Dije lo que era, no me preguntaron lo que había sido... y me casé. Cualquiera en mi lugar hubiera hecho otro tanto.

César sintió estas palabras como fuego que le inflamara el rostro y acero que le traspasara el corazón: eran la evidente prueba de la deslealtad y loca ambición de su prima, de la repugnante sed de oro de su madre, y de la ya criminal falta de carácter de su padre.

—Cuando me hallé enfrente de usted—prosiguió don Romualdo,—creí que un abismo me tragaba.

—¡La conciencia que te mordía, miserable!

—Nada de eso. Creí que usted, dejándose llevar de su ira, iba á descubrirlo todo...

—Ése debió ser tu primer castigo, antes de entregarte á los tribunales de justicia. Pero ¿cómo castigarte á ti sin cubrir de afrenta á mi familia?

—Esa reflexión me hice yo al momento.

—Y ésa te ha salvado, infame.

—Lo cual no impide que yo agradezca mucho esos miramientos, pues sin ellos se hubiera producido un escándalo inútil.

—¡Inútil!

—Sí, porque estando yo dispuesto desde luego á reconocer la deuda, y siendo imposible desatar lo que ató el cura esta mañana, ¿á qué conduciría el escándalo?

—¡Á desenmascararte; á que la justicia te castigara!

—Tampoco se conseguiría eso. Romualdo Esquilmo no tiene nada que ver con Cleofás Araña.

—Ni éste con el mallorquín de California, ni con el salteador deconductas. ¿No es eso?

—Muy enterado está usted de ciertas aventuras—dijo el bribón con la mayor serenidad.—Pero con ellas y todo, insisto en lo dicho, y añado que pude impunemente resistirme á reconocer la deuda, pues carece usted de comprobantes.

—¡Los tengo!

—De don Cleofás Araña, no de don Romualdo Esquilmo; y tampoco estamos en Méjico ahora.

—¿Es decir, que todo lo has previsto?

—Naturalmente. Pero ya ve usted que no abuso de mis ventajas. Al contrario, reconozco, como ya he dicho, la deuda y quiero pagarla ahora mismo, hasta con el premio que merezca la delicadeza que le inspiró la idea de desconocerme delante de mi nueva familia... Porqueno quiero ocultárselo á usted, créame ó no me crea: desde que frecuento esta casa, parece que mi alma se ha purificado; me encuentro con fuerzas para ser bueno, y aspiro á serlo, y lo seré. Por eso temblaba cuando temí que usted se dejara llevar de su primer arrebato; por eso bendigo los miramientos que lo impidieron; por eso, en fin, le ruego, aunque sea de rodillas, que acepte... lo que le debo, y me deje seguir en paz el camino de las reparaciones, y tal vez de la felicidad, que he emprendido.

—El dinero que se roba no puede hacer nunca la felicidad del ladrón.

—Se roba de mil maneras, señor mío; y ladrones conozco yo muy felices y muy respetados. El comercio, la industria y hasta la política, están llenos de ellos. Verdad es que roban á mansalva.

—Ladrones son al cabo.

—Y reconocidos por tales, lo cual no obsta para que se les cargue de cruces y veneras. Sin embargo, todavía les llevo yo la ventaja de reconocer las deudas y pagarlas, como la de usted.

—Y si las pagaras todas, ¿qué te quedaría, bandido?

—Mucho, señor don César; porque yo soy inmensamente rico, y, créame usted, no todo es mal adquirido.

—Eso, á Dios que te conoce. En cuanto á lo que á mí me robaste, entiéndelo de una vez, lo quiero y te lo exijo á todo trance; lo que no quiero es que, al recibirlo yo, crea nadie que se me da una limosna.

—Hay un modo muy fácil de conseguirlo, y por eso quise que nos viéramos á solas. Cuando subamos al piso, diré que no he podido convencerle á usted; pero entre tanto, le entrego aquí, de mano á mano, su caudal.

Dijo don Romualdo, y sacando de un bolsillo interior de su levita una cartera enorme, la abrió. Estaba llena de billetes del Banco de Londres.

—Yo voy siempre bien provisto—prosiguió,—por lo que pueda tronar; y amén de lo que todo el mundo puede ver en la cartera que guardo en otro bolsillo, llevo en esta otra un caudal de consideración en papel que es moneda corriente en medio mundo.

Contó luego hasta treinta y cinco mil duros, y se los entregó á César diciéndole:

—Ahí está mi deuda, con réditos y todo.

Pero César retiró los cinco mil, y recogió la restante.

—Esto es lo mío,—dijo examinando los billetes uno á uno.

—¡Oh! no son falsos: puede usted tomarlos con toda confianza.

—La tengo porque los conozco, no por la garantía que me ofrece con su palabra el ladrón que me los devuelve.

Después sacó el resguardo que conservaba de la misma cantidad, extendido y firmado por don Cleofás Araña, y se lo entregó á don Romualdo.

—Ése es el comprobante de tu delito.

—Del de Cleofás Araña, dirá usted.

—Tanto monta.

—Hay, sin embargo, del uno al otro, treinta mil duros de diferencia en favor de usted.

—Pero no hay más que un solo ladrón, que es el que desgraciadamente ha caído en mis manos.

—¡Desgraciadamente!... No comprendo...

—Porque villanos como tú no pueden concebir que un hombre honrado prefiera el ignorar toda la vida el paradero de quien le hubiere robado su fortuna, á encontrarle como yo te encuentro á ti.

—Muy afortunadamente, por cierto.

—Pero deshonrando á mi familia y sin poder castigarte.

—Creo—dijo el aludido, como si empezara á formalizarse, y quemando al mismo tiempo con una cerilla el papel que le entregó César,—que hemos concluido nuestro pleito. Le debía á usted, le pago, y estamos en paz. Por lo quehace á mi conciencia, dejémosla en su puesto, como la de cada uno; y pues ya le di amplias satisfacciones en lo que le competía, cese de meterse en lo que no le importa y corre de mi sola cuenta.

César, al oir esto, maldijo de nuevo á la casualidad que ataba sus brazos y su lengua.

—No es tuya toda la culpa de esta afrenta—dijo con amargura,—y eso te salva. ¡Que salve Dios de ella á los que la aceptan por un puñado de oro!

Y esto dicho, encaminóse á la escalera, siguiéndole don Romualdo al instante.

Al llegar al piso donde esperaba la familia en la misma postura en que había quedado al bajar ellos, dijo el flamante marido en el tono más jacarandoso y americano que pudo:

—Pues, señor, este chico es una virtud de bronce.

—Luego ¿no se ha convencido?—preguntó don Serapio.

—No, señor—contestó César de la manera más rotunda;—y como tampoco quiero que vuelva á suscitarse la ridícula porfía de que yo reciba una limosna, y tengo mucho que hacer, porque salgo para Madrid mañana de madrugada, vuélvome al vapor á recoger mi equipaje, y me despido de ustedes reiterándoles mis felicitaciones.

Dió después un abrazo á su tío; saludó á los restantes personajes con una fría reverencia, y salió.

Don Romualdo comenzó entonces á pintar á su modo la entereza del joven; y mientras doña Sabina le acosaba á preguntas y escuchaba las respuestas don Serapio, deslizóse Enriqueta como una sombra y cerró el paso á su primo, cerca ya de la escalera.

—César—le dijo con ansia,—¿qué pasa aquí?

—¿Y me lo preguntas á mí, ingrata?

—¡Ingrata! eso no, César; y para probártelo, escúchame un instante. Yo te esperaba siempre; tú no venías; se presentó ese hombre; me repugnó; la casa de tu tío estaba á punto de arruinarse; me puso mamá en la necesidad de elegir entre esta ruina ó aceptar la mano del que podía salvar de la miseria á toda la familia;... sin más reflexión, cedí ofuscada... ¡César, todo esto me parece un sueño! Pero...

—Ni una palabra más, Enriqueta—exclamó César conteniendo á su prima y mirándola con elocuente fijeza.—En la situación en que te hallo, sólo á Dios, que conoce tu corazón, cumple juzgarte. Que Él te juzgue, pues; y si lo mereces, te castigue con aquello mismo que, sólo bajo su omnipotencia, puede hacer tu felicidad.

Entre tanto, si lo que te pasa te parece, comodices, un sueño, pide al cielo que jamás despiertes.

Dijo, abrió la puerta de la escalera y desapareció por ella.

Dos horas después salía del puerto el vapor que conducía á los recién casados á Francia.

Al despedirse don Romualdo de su suegra, la había dicho al oído:

—Sépase usted que los aceptó.

—¿Cuáles?

—Los treinta mil del pico.

—¿César?

—Y va más contento que unas pascuas. ¡Pobre chico!

—¡Miren el sinvergüenza!

Al día siguiente sabía todo el pueblo que don Romualdo habíaregaladotreinta mil duros á un sobrino de don Serapio, que se había presentado en su casa después de la boda, de vuelta de América, pobre y desengañado.

Y como en el pueblo se había sabido algo, tiempos atrás, de ese sobrino que había sido echado de casa porque amaba á su prima y era correspondido de ella, se hizo la siguiente traducción del hecho propagado por doña Sabina:

—César ha venido á interrumpir la boda, ó á provocar un escándalo; la familia, queriendo evitarle, le ha dicho al novio que ha llegado un primo de su mujer á pedirle su protección. Don Romualdo le ha regalado treinta mil duros, y el chico los ha tomado, prometiendo á sus tíos desaparecer de Europa y no volver á acordarse de Enriqueta en los días de su vida.

Y así, pensando en don Romualdo, decía la gente:

—Pues, señor, hay que convenir en que ese hombre tiene rasgos admirables y un corazón de perlas.

Y recordando después á César, exclamaba:

—¡Parece increíble! ¡Qué falta de decoro! ¡Qué poca vergüenza!

Tal es y ha sido siempre y donde quiera, con raras excepciones, el criterio del público en cuestiones de conciencia y en actos de justicia.

Con ese mismo criterio se crucificó á Jesucristo ayer, y se levantan hoy estatuas á más de cuatro criminales. Por eso dijo uno de ellos, después de rodar del trono que había asentado sobre más de seis millones de cadáveres:

—«¡La pasión gobierna el mundo!».

1876.

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