CAPITULO XXIII.

Del arribo de Candido y Martin á la costa de Inglaterra, y de lo que allí viéron.

¡Ay Panglós amigo! ¡ay amigo Martin! ¡ay amada Cunegunda! ¡lo que es este mundo! decia Candido en el navío holandés. Cosa muy desatinada y muy abominable, respondió Martin.—Vm. ha estado en Inglaterra: ¿son tan locos como en Francia?—Es locura de otra especie, dixo Martin; ya sabe vm. que ámbas naciones estan en guerra por algunas aranzadas de nieve en el Canadá, y por tan discreta guerra gastan mucho mas que lo que todo el Canadá vale. Decir á vm. á punto fixo en qual de los dos paises hay mas locos de atar, mis cortas luces no alcanzan á tanto; lo que sí sé, es que en el pais que vamos á ver son locos atrabiliosos.

Diciendo esto aportáron á Portsmúa: la orilla del mar estaba cubierta de gente que miraba con atencion á un hombre gordo [El almirante Byng], hincado de rodillas, y vendados los ojos, en el combes de uno de los navíos de la esquadra. Quatro soldados formados en frente le tiráron cada uno tres balas á la mollera con el mayor sosiego, y toda la asamblea se fué muy satisfecha. ¿Qué quiere decir esto? dixo Candido: ¿qué perverso demonio reyna en todas partes? Preguntó quien era aquel hombre gordo que acababan de matar con tanta solemnidad. Un almirante, le dixéron.—¿Y porqué han muerto á ese almirante?—Porque no ha hecho matar bastante gente; ha dado una batalla á un almirante francés, y hemos fallado que no estaba bastante cerca del enemigo. Pues el almirante francés tan léjos estaba del inglés como este del francés, replicó Candido. Sin disputa, le dixéron; pero en esta tierra es conveniente matar de quando en quando algun almirante para dar mas ánimo á los otros.

Tanto se irritó y se pasmó Candido con lo que oía y lo que vía, que no quiso siquiera poner pié en tierra, y se ajustó con el patron holandés, á riesgo de que le robara como el de Surinam, para que le conduxera sin mas tardanza á Venecia. A cabo de dos dias estuvo listo el patrón. Costeáron la Francia, pasáron á vista de Lisboa, y se estremeció Candido; desembocáron por el estrecho en el Mediterráneo, y finalmente aportáron á Venecia. Bendito sea Dios, dixo Candido dando un abrazo á Martin, que aquí veré á la hermosa Cunegunda. Con Cacambo cuento lo mismo que conmigo propio. Todo está bien, todo va bien y lo mejor que es posible.

Que trata de fray Hilarion y de Paquita.

Luego que llegó á Venecia, se echó á buscar á Cacambo en todas las posadas, en todos los cafés, y en casa de todas las mozas de vida alegre; pero no le fué posible dar con él. Todos los dias iba á informarse de todos los navíos y barcos, y nadie sabia de Cacambo. ¡Con que he tenido yo lugar, le decía á Martin, para pasar de Surinam á Burdeos, para ir de Burdeos á Paris, de Paris á Diepe, de Diepeá Portsmúa, para costear á Portugal y á España, para atravesar todo el Mediterráneo, y pasar algunos meses en Venecia, y aun no ha llegado la hermosa Cunegunda, y en su lugar he topado una buscona y un abate! Sin duda es muerta Cunegunda, y á mi no me queda mas remedio que morir. ¡Ha, quanto mas hubiera valido quedarme en aquel paraiso terrenal del Dorado, que volver á esta maldita Europa! Razon tiene vm., amado Martin; todo es mera ilusion y calamidad.

Acometióle una negra melancolía, y no fué ni á la ópera á la moda, ni á las demas diversiones del carnaval, ni hubo dama que le causara la mas leve tentacion. Díxole Martin: ¡Qué sencillo es vm., si se figura que un criado mestizo, que lleva un millon de duros en la faltriquera, irá á buscar á su amada al fin del mundo, y á traérsela á Venecia; la guardará para sí, si la encuentra, y si no, tomará otra: aconsejo á vm. que se olvide de Cacambo y de su Cunegunda. Martin no era hombre que daba consuelos. Crecia la melancolía de Candido, y Martin no se hartaba de probarle que eran muy raras la virtud y la felicidad sobre la tierra, excepto acaso en el Dorado, donde ninguno podia entrar.

Sobre esta importante materia disputaban, miéntras venia Cunegunda, quando reparó Candido en un frayle Francisco mozo, que se paseaba por la plaza de San Marcos, llevando del brazo á una moza. El Franciscano era robusto, fuerte, y de buenos colores, los ojos brillantes, la cabeza erguida, el continente reposado, y el paso sereno; la moza, que era muy linda, iba cantando, y miraba con enamorados ojos á su diaguino, el qual de quando en quando le pasaba la mano por la cara. Me confesará vm. á lo ménos, dixo Candido á Martin, que estos dos son dichosos. Ménos en el Dorado, no he encontrado hasta ahora en el mundo habitable mas que desventurados; pero apuesto á que esa moza y ese frayle son felicísimas criaturas. Yo apuesto á que no, dixo Martin. Convidémoslos á comer, dixo Candido, y verémos si me equivoco.

Acercóse á ellos, hízoles una reverencia, y los convidó á su posada á comer macarrones, perdices de Lombardía, huevos de sollo, y á teber vino de Montepulciano ylácrima-cristi, Chipre y Samos. Sonrojóse la mozuela; admitió el Franciscano el convite, y le siguió la muchacha mirando á Candido pasmada y confusa, y vertiendo algunas lágrimas. Apénas entró la mozuela en el aposento de Candido, le dixo: ¿Pues que, ya no conoce el señor Candido á Paquita? Candido que oyó estas palabras, y que hasta entónces no la habia mirado con atencion, porque solo en Cunegunda pensaba, le dixo: ¡Ha, pobre chica! ¿con que tú eres la que puso al doctor Panglós en el lindo estado en que le vi? ¡Ay, señor! yo propia soy, dixo Paquita; ya veo que está vm. informado de todo. Supe las desgracias horrorosas que sucediéron á la señora baronesa y á la hermosa Cunegunda, y júrole á vm. que no ha sido ménos adversa mi estrella. Quando vm. me vió era yo una inocente; y un capuchino, que era mi confesor, me engañó con mucha facilidad: las resultas fuéron horribles, y me vi precisada á salir de la quinta, poco después que le echó á vm. el señor baron á patadas en el trasero. Si no hubiera tenido lástima de mi un, médico famoso, me hubiera muerto; por agradecérselo, fui un poco de tiempo la querida del tal médico: y su muger, que estaba endiablada de zelos, me aporreaba sin misericordia todos los días. Era ella una furia, el mas feo el de los hombres, y yo la mas sin ventura de las mugeres, aporreada sin cesar por un hombre á quien no podía ver. Bien sabe vm., señor, los peligros que corre una muger vinagre que lo es de un médico: aburrido el mío de los rompimientos de cabeza de su muger, un dia para curarla de un resfriado le administró un remedio tan eficaz, que en menos de dos horas se murió en horrendas convulsiones. Los parientes de la difunta formáron causa criminal al doctor, el qual se escapó, y á mi me metiéron en la cárcel; y si no hubiera sido algo bonita, DO me hubiera sacado á salvamento mi inocencia. El juez me declaró libre, con la condicion de ser el sucesor del médico; y muy en breve me sustituyó otra, y fuí despedida sin darme un quarto, y forzada á emprender este abominable oficio, que á vosotros los hombres os parece tan gustoso, y que para nosotras es un piélago de desventuras. Víneme á exercitar mi profesion á Venecia. Ha, señor, si se figurara vm. qué cosa tan inaguantable es halagar sin diferencia al negociante viejo, al letrado, al frayle, al gondolero, y al abate; estar expuesta á tanto insulto, á tantos malos tratamientos; verse á cada paso obligada á pedir prestado un guardapesillo para que se le remangue á una un hombre asqueroso; robada por este de lo que ha ganado con aquel, estafada por los alguaciles, y sin tener otra perspectiva que una horrible vejez, un hospital y un muladar, confesaria que soy la mas malbadada criatura de este mundo. Así descubria Paquita su corazon al buen Candido, en su gabinete, á presencia de Martin, el qual dixo: Ya llevo ganada, como vm. ve, la mitad de la apuesta.

Habíase quedado fray Hilarion en la sala de comer, bebiendo un trago miéntras servian la comida. Candido le dixo á Paquita: Pues si parecias tan alegre y tan contenta quando te encontré; si cantabas y halagabas al diaguino con tanta naturalidad, que te tuve por tan feliz como dices que eres desdichada. Ha, señor, respondió Paquita, esa es otra de las lacras de nuestro oficio. Ayer me robó y me aporreó un oficial, y hoy tengo que fingir que estoy alegre para agradar á un frayle.

No quiso Candido oir mas, y confesó que Martin tenia razón. Sentáronse luego á la mesa con Paquita y el frayle Francisco; fué bastante alegre la comida, y de sobremesa habláron con alguna confianza. Díxole Candido al frayle: Paréceme, padre, que disfruta Vuestra Reverencia de una suerte envidiable. En su semblante brilla la salud y la robustez, su fisonomía indica el bien-estar, tiene una muy linda moza para su recreo, y me parece muy satisfecho con su hábito de diaguino. Por Dios santo, caballero, respondió fray Hilarion, que quisiera que todos los Franciscanos estuvieran en el quinto infierno, y que mil veces me han dado tentaciones de pegar fuego al convento, y de hacerme Turco. Quando tenia quince años, mis padres, por dexar mas caudal á un maldito hermano mayor (condenado el sea), me obligáron á tomar este exêcrable hábito. El convento es un nido de zelos, de rencillas y de desesperacion. Verdad es que por algunas malas misiones de quaresma que he predicado, me han dado algunos quartos, que la mitad me ha robado el guardian: lo restante me sirve para mantener mozas; pero quando por la noche entro en mi celda, me dan impulsos de romperme la cabeza contra las paredes, y lo mismo sucede á todos los demas religiosos.

Volviéndose entónces Martin á Candido con su acostumbrado relente, le dixo: ¿Qué tal? ¿he ganado, ó no, la apuesta? Candido regaló dos mil duros á Paquita, y mil á fray Hilarion. Yo fío, dixo, que con este dinero serán felices.

Pues yo fío lo contrario, dixo Martin, que con esos miles los hará vm. más infelices todavía. Sea lo que fuere, dixo Candido, un consuelo tengo, y es que á veces encuentra uno gentes que creía no encontrar nunca; y muy bien, podrá suceder que después de haber topado á mi carnero encarnado y á Paquita, me halle un dia de manos á boca con Cunegunda. Mucho deseo, dixo Martin, que sea para la mayor felicidad de vm.; pero se me hace muy cuesta arriba. Malas creederas tiene vm., respondió Candido. Consiste en que he vivido mucho, replicó Martin. ¿Pues no ve vm. esos gondoleros, dixo Candido, que no cesan de cantar? Pero no los ve vm. en su casa con sus mugeres y sus chiquillos, repuso Martin. Sus pesadumbres tiene el Dux, y los gondoleros las suyas. Verdad es que pesándolo todo, mas feliz suerte que la del Dux es la del gondolero; pero es tan poca la diferencia, que no merece la pena de un detenido exâmen. Me han hablado, dixo Candido, del senador Pococurante, que vive en ese suntuoso palacio situado sobre el Brenta, y que agasaja mucho á los forasteros; y dicen que es un hombre que nunca ha sabido qué cosa sea tener pesadumbre. Mucho diera por ver un ente tan raro, dixo Martin. Sin mas dilación mandó Candido á pedir licencia al señor Pococurante para hacerle una visita el dia siguiente.

Que da cuenta de la visita que hiciéron Martin y Candido al señor Pococurante, noble veneciano.

Emarcaronse Candido y Martin en una gondola, y fuéron por el Brenta al palacio del noble Pococurante. Los jardines eran amenos y ornados con hermosas estatuas de mármol, el palacio de magnífica fábrica, y el dueño un hombre como de sesenta años, y muy rico. Recibió á los dos curiosos forasteros con mucha urbanidad, pero sin mucho cumplimiento; cosa que intimidó á Candido, y no le pareció mal á Martin.

Al instante dos muchachas bonitas y muy aseadas sirviéron el chocolate: Candido no pudo ménos de elogiar sus gracias y su hermosura. No son malas chicas, dixo el senador; algunas veces mando que duerman conmigo, porque estoy aburrido de las señoras del pueblo, de su retrechería, sus zelos, sus contiendas, su mal genio, sus nimiedades, su vanidad, sus tonterías, y mas aun de los sonetos que tiene uno que hacer ó mandar hacer en elogio suyo: mas con todo ya empiezan á fastidiarme estas muchachas.

Despues de almorzar, se fuéron á pasear á una espaciosa galería, y pasmado Candido de la hermosura de las pinturas, preguntó de qué maestro eran las dos primeras. Son de Rafael, dixo el senador, y las compré muy caras por vanidad, algunos años ha; dicen que son la cosa mas hermosa que tiene Italia, pero á mi no me gustan: los colores son muy denegridos, las figuras no están bien perfiladas, ni salen lo bastante del plano; los ropages no se parecen en nada á la ropa de vestir; y en una palabra, digan lo que quisieren, yo no alcanzo á ver aquí una feliz imitacion de la naturaleza, y no daré mi aprobacion á un quadro hasta que me retrate la propia naturaleza; pero no los hay de esta especie. Yo tengo muchos, pero no miro á uno siquiera.

Pococurante, ántes de comer, mandó que le dieran un concierto: la música le pareció deliciosa á Candido. Bien puede este estruendo, dixo Pococurante, divertir cosa de media hora; pero quando dura mas, á todo el mundo cansa, puesto que nadie se atreve á confesarlo. La música del dia no es otra cosa que el arte de executar cosas dificultosas, y lo que no es mas que difícil no gusta mucho tiempo. Mas me agradaría la ópera, si no hubieran atinado con el arte de convertirla en un monstruo que me repugna. Vaya quien quisiere á ver malas tragedias en música, cuyas escenas no paran en mas que en traer al estricote dos ó tres ridiculas coplas donde lucen los gorgeos de una cantarina; saboréese otro en oir á un tiple tararear el papel de César ó Caton, y pasearse en afeminados pasos por las tablas: yo por mí, muchos años hace que no veo semejantes majaderías de que tanto se ufana hoy la Italia, y que tan caras pagan los soberanos extrangeros. Candido contradixo un poco, pero con prudencia; y Martin fué en todo del dictámen del senador.

Sentáronse á la mesa, y después de una opípara comida entráron en la biblioteca. Candido que vió un Homero magníficamente enquadernado, alabó mucho el fino gusto de Su Ilustrísima. Este es el libro, dixo, que era las delicias de Panglós, el mejor filósofo de Alemania. Pues no es las mias, dixo con mucha frialdad Pococurante: en otro tiempo me habían hecho creer que tenia mucho gusto en leerle; pero la repeticion no interrumpida de batallas que todas son parecidas, aquellos Dioses siempre en accion, y que nunca hacen cosa ninguna decisiva; aquella Helena, causa de la guerra, y que apénas tiene accion en el poema; aquella Troya siempre sitiada, y nunca tomada: todo esto me causaba un fastidio mortal. Algunas veces he preguntado á varios hombres doctos si los aburria esta lectura tanto como á mí; y todos los que hablaban sinceramente me han confesado que se les caía el libro de las manos, pero que era indispensable tenerle en su biblioteca, como un monumento de la antigüedad, ó como una medalla enmohecida que no es ya materia de comercio.

No piensa así Vueselencia de Virgilio, dixo Candido. Convengo, dixo Pococurante, en que el segundo, el quarto y el sexto libro de su Eneyda son excelentes; mas por lo que hace á su pío Eneas, al fuerte Cloanto, al amigo Acates, al niño Ascanio, al tonto del rey Latino, á la zafia Amata, y á la insulsa Lavinia, creo que no hay cosa mas fria ni mas desagradable: y mas me gusta el Taso, y las novelas para arrullar criaturas del Ariosto.

¿Me hará Su Excelencia el gusto de decirme, repuso Candido, si no le tiene muy grande en la lectura de Horacio? Máxîmas hay en él, dixo Pococurante, que pueden ser útiles á un hombre de mundo, y que reducidas á enérgicos versos se graban con facilidad en la memoria; pero no me curo ni de su viage á Brindis, ni de su descripcion de una mala comida, ni de la disputa digna de unos mozos de esquina entre no sé qué Rupilo, cuyas razones, dice,estaban llenas de podre, y las de su contrincantellenas de vinagre. Sus groseros versos contra viejas y hechiceras los he leido con mucho asco; y no veo qué mérito tiene decir á su amigo Mecenas, que si le pone en el catálogo de poetas líricos, tocará á los astros con su erguida frente. A los tontos todo los maravilla en un autor apreciado; pero yo, que leo para mí solo, no apruebo mas que lo que me da gusto. Candido, que se habia criado no juzgando de nada por sí propio, estaba muy atónito con todo quanto oía; y á Martin le parecía el modo de pensar de Pococurante muy conforme á razón.

¡Ha! aquí hay un Cicerón, dixo Candido: sin duda no se cansa Vueselencia de leerle. Nunca le leo, respondió el Veneciano. ¿Qué tengo yo con que haya defendido á Rabirio ó á Cluencio? Sobrados pleytos tengo sin esos que fallar. Mas me hubieran agradado sus obras filosóficas; pero quando he visto que de todo dudaba, he inferido que lo mismo sabia yo que él, y que para ser ignorante á nadie necesitaba.

¡Hola! ochenta tomos de la academia de ciencias; algo bueno podrá haber en ellos, exclamó Martin. Sí que lo habría, dixo Pococurante, si uno de los autores de ese fárrago hubiese inventado siquiera el arte de hacer alfileres; pero en todos esos libros no se hallan mas que sistemas vanos, y ninguna cosa útil.

¡Quantas composiciones teatrales estoy viendo, dixo Candido, en italiano, en castellano y en francés! Así es verdad, dixo el senador; de tres mil pasan, y no hay treinta buenas. Lo que es esas recopilaciones de sermones que todos juntos no equivalen á una página de Séneca, y todos esos librotes de teología, ya se presumen vms. que no los abro nunca, ni yo ni nadie.

Reparó Martin en unos estantes cargados de libros ingleses. Bien creo, dixo, que un republicano se recrea con la mayor parte de estas obras con tanta libertad escritas. Sí, respondió Pococurante, bella cosa es escribir lo que se siente; que es la prerogativa del hombre. En nuestra Italia toda solo se escribe lo que no se siente, y no son osados los moradores de la patria de los Césares y los Antoninos á concebir una idea sin la venia de un Domínico. Mucho me contentaria la libertad que á los ingenios ingleses inspira, si no estragaran la pasión y el espíritu de partido quantas dotes apreciables aquella tiene.

Reparando Candido en un Milton, le preguntó si tenia por un hombre sublime á este autor. ¿A quién? dixo Pococurante: ¿á ese bárbaro que en diez libros de duros versos ha hecho un prolixo comento del Génesis? ¿á ese zafio imitador de los Griegos, que desfigura la creacion, y miéntras que pinta Moises al eterno Ser criando el mundo por su palabra, hace que coja el Mesías en un armario del cielo un inmenso compás para trazar su obra? ¡Yo, estimar á quien ha echado á perder el infierno y el diablo del Taso; á quien disfraza á Lucifer, unas veces de sapo, otras de pigmeo, le hace repetir cien veces las mismas razones, y disputar sobre teología; á quien imitando seriamente la cómica invencion de las armas de fuego del Ariosto, representa á los diablos tirando cañonazos en el cielo! Ni yo, ni nadie en Italia ha podido gustar de todas esas tristes extravagancias. Las bodas del Pecado y la Muerte, y las culebras que pare el Pecado provocan á vomitar á todo hombre de gusto algo delicado; y su prolixa descripcion de un hospital solo para un enterrador es buena. Este poema obscuro, estrambótico y repugnante, fue despreciado en su cuna, y yo le trato hoy como le tratáron en su patria sus coetáneos. Por lo demas, yo digo mi dictámen sin curarme de si los demas piensan como yo. Candido estaba muy afligido con estas razones, porque respetaba á Homero, y no le desagradaba Milton. ¡Ay! dixo en voz baxa á Martin, mucho me temo que profese este hombre un profundo desprecio á nuestros poetas tudescos. Poco inconveniente seria, replicó Martin. ¡O qué hombre tan superior, decía entre dientes Candido, qué ingenio tan divino este Pococurante! ninguna cosa le agrada.

Hecho el escrutinio de todos los libros, baxáron al jardín, y Candido alabó mucho todas sus preciosidades. No hay una cosa de peor gusto, dixo Pococurante, aquí no tenemos otra cosa que fruslerías; bien es que mañana voy á disponer que me planten otro por un estilo mas noble.

Despidiéronse en fin ámbos curiosos de Su Excelencia, y al volverse á su casa dixo Candido á Martin: Confiese vm. que el señor Pococurante es el mas feliz de los humanos, porque es un hombre superior á todo quanto tiene.

¿Pues no considera vm., dixo Martin, que está aburrido de quanto tiene? Mucho tiempo ha que dixo Platon que no son los mejores estómagos los que vomitan todos los alimentos. ¿Pero no es un gusto, respondió Candido, criticarlo todo, y hallar defectos donde los demas solo perfecciones encuentran? Eso es lo mismo, replicó Martin, que decir que es mucho gusto no tener gustos. Segun eso, dixo Candido, no hay otro hombre feliz que yo, quando vuelva á ver á mi Cunegunda. Buena cosa es la esperanza, respondió Martin.

Corrian en tanto los dias y las semanas, y Cacambo no parecia, y estaba Candido tan sumido en su pesadumbre, que ni siquiera notó que no habian venido á darle las gracias fray Hilarion ni Paquita.

Que da cuenta de como Candido y Martin cenáron con unos extranjeros, y quien eran estos.

Un dia, yendo Candido y Martin á sentarse á la mesa con los forasteros alojados en su misma posada, se acercó por detras al primero uno que tenia una cara de color de hollin de chimenca, el qual, agarrándole del brazo, le dixo: Dispóngase vm. á venirse con nosotros, y no se descuide. Vuelve Candido el rostro, conoce á Cacambo; solo la vista de Cunegunda le hubiera podido causar mas extrañeza y mas contento. Poco le faltó para volverse loco de alegría; y dando mil abrazos á su caro amigo, le dixo: ¿Con que sin duda está contigo Cunegunda? ¿donde está? llévame á verla, y á morir de gozo á sus plantas. Cunegunda no está aquí, dixo Cacambo, que está en Constantinopla.—¡Dios mio, en Constantinopla! pero aunque estuviera en la China, voy allá volando: vamos. Despues de cenar nos irémos, respondió Cacambo: no puedo decir á vm. mas, que soy esclavo, y me está esperando mi amo, y así es menester que le vaya á servir á la mesa: no diga vm. una palabra; cene, y esté aparejado.

Preocupado Candido de júbilo y sentimiento, gozoso por haber vuelto á ver á su fiel agente, atónito de verle esclavo, rebosando en la alegría de encontrar á su amada, palpitándole el pecho, y vacilante su razon, se sentó á la mesa con Martin, el qual sin inmutarse contemplaba todas estas aventuras, y con otros seis extrangeros que habian venido á pasar el carnaval á Venecia.

Cacambo, que era el copero de uno de los extrangeros, arrimándose á su amo al fin de la comida, le dixo al oido: Señor, Vuestra Magestad puede irse quando quisiere, que el buque está pronto; y se fué dichas estas palabras. Atónitos los convidados se miraban sin chistar, quando llegándose otro sirviente á su amo, le dixo: Señor, el coche de Vuestra Magestad está en Padua, y el barco listo. El amo hizo una seña, y se fué el criado. Otra vez se miráron á la cara los convidados, y creció el asombro. Arrimándose luego el tercer criado á otro extrangero, le dixo: Señor, créame Vuestra Magestad, que no se debe detener mas aquí; yo voy á disponerlo todo, y desapareció.

Entónces no dudáron Candido ni Martin de que era mogiganga de carnaval. El quarto criado dixo al quarto amo: Vuestra Magestad se podrá ir quando quiera, y se salió lo mismo que los demas. Otro tanto dixo el criado quinto al quinto amo; pero el sexto se explicó de muy diferente modo con el sexto forastero, que estaba al lado de Candido, y le dixo: A fe, Señor, que nadie quiere fiar un ochavo á Vuestra Magestad, ni á mi tampoco, y que esta misma noche pudiera ser muy bien que nos metieran en la cárcel, y así voy á ponerme en salvo: quédese con Dios Vuestra Magestad.

Habiéndose marchado todos los criados, se quedáron en alto silencio Candido, Martin y los seis forasteros. Rompióle al fin Candido, diciendo: Cierto, señores, que es donosa la burla; ¿porqué son todos vms. reyes? Yo por mi declaro que ni el señor Martin ni yo lo somos. Respondiendo entónces con mucha dignidad el amo de Cacambo, dixo en italiano: Yo no soy un bufon; mi nombre es Acmet III; he sido gran Sultan por espacio de muchos años; habia destronado á mi hermano, y mi sobrino me na destronado á mí; á mis visires les han cortado la cabeza, y yo acabo mis dias en el serrallo viejo. Mi sobrino el gran Sultan Mahamud me da licencia para viajar de quando en quando para restablecer mi salud; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.

Después de Acmet habló un mancebo que junto á el estaba, y dixo: Yo me llamo Ivan, he sido emperador de toda la Rusia, y destronado en la cuna. Mi padre y mi madre fuéron encarcelados, y á mi me criáron en una cárcel. Algunas veces me dan licencia para viajar en compañía de mis alcaydes; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.

Dixo luego el tercero: Yo soy Carlos Eduardo, rey de Inglaterra, habiéndome cedido mi padre sus derechos á la corona. He peleado por sustentarlos; á ochocientos partidarios mios les han arrancado el corazon, y les han sacudido con el en la cara: á mi me han tenido preso, y ahora voy á ver al Rey mi padre á Roma, el qual ha sido destronado así como mi abuelo, y así como yo; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.

Habló entónces el quarto, y dixo: Yo soy rey de los Polacos; la suerte de la guerra me ha privado de mis estados hereditarios; los mismos contratiempos ha sufrido mi padre: me resigno á los decretos de la Providencia, como hacen el sultan Acmet, el emperador Ivan, y el rey Carlos Eduardo, que Dios guarde dilatados años; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.

Dixo despues el quinto: Tambien yo soy rey de los Polacos, y dos veces he perdido mi reyno; pero la Providencia me ha dado otro estado, en el qual he hecho mas bienes que quantos han podido hacer en las riberas del Vistula todos los reyes de la Sarmacia juntos: tambien me resigno á los juicios de la Providencia; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.

Habló por último el sexto monarca, y dixo: Caballeros, yo no soy tan gran señor como vms., mas al cabo rey he sido como el mas pintado: mi nombre es Teodoro; fuí electo rey en Córcega, me dabanmagestad,y ahora apénas se dignan de decirmesu merced: he hecho acuñar moneda, y no tengo un maravedí; tenia dos secretarios de estado, y apénas me queda un lacayo; me he visto en un trono, y he estado mucho tiempo en Londres en una cárcel acostado sobre paja; y me rezelo que me suceda aquí lo mismo, puesto que he venido, como Vuestras Magestades, á pasar el carnaval á Venecia.

Escucháron con magnánima compasion los otros cinco monarcas este razonamiento, y dió cada uno veinte zequíes al rey Teodoro para que comprase vestidos y ropa blanca. Candido le regaló un brillante de dos mil zequíes. ¿Quién es este particular, dixéron los cinco reyes, que puede hacer una dádiva cien veces mas quantiosa que qualquiera de nosotros, y que efectivamente la hace?

Al levantarse de la mesa, llegáron á la misma posada quatro Altezas Serenísimas que tambien habian perdido sus estados por los acasos de la guerra, y venian á pasar lo restante del carnaval á Venecia; pero ne se informó siquiera Candido de las aventuras de los recien-venidos, no pensando en mas que en ir á buscar á su amada Cunegunda á Constantinopla.

Del viage de Candido á Constantinopla.

Ya el fiel Cacambo había concertado con el capitan turco que habia de llevar á Constantinopla al sultan Acmet, que tomara á bordo á Candido y á Martin; y ámbos se embarcáron, habiéndose postrado primero ante su miserable Alteza. Candido en el camino decia á Martin: ¡Con que hemos cenado con seis reyes destronados, y de los seis á uno he tenido que darle tina limosna! Acaso hay otros muchos príncipes mas desgraciados. Yo á la verdad no he perdido mas que cien carneros, y voy á descansar de mis fatigas en brazos de Cunegunda. Razon tenia Panglós, amado Martin, todo está bien. Sea enhorabuena, dixo Martin. Increible aventura es empero, continuó Candido, la que en Venecia nos ha sucedido; porque nunca se ha visto ni oido cosa tal como cenar juntos en la misma posada seis monarcas destronados. No es eso cosa mas extraordinaria, replicó Martin, que otras muchas que nos han sucedido. Con mucha freqüencia sucede que un rey sea destronado; y por lo que respeta á la honra que hemos tenido de cenar con ellos, eso es una friolera que ni siquiera mentarse merece.

Apénas estaba Candido en el navío, se arrojó en brazos de su criado antiguo y su amigo Cacambo. ¿Y pues, le dixo, qué hace Cunegunda? ¿es todavía un portento de beldad? ¿me quiere aun? ¿cómo está? Sin duda que le has comprado un palacio en Constantinopla. Señor mi amo, le respondió Cacambo, Cunegunda está fregando platos á orillas de la Propontis, en casa de un príncipe que tiene poquísimos platos, porque es esclava de un soberano antiguo llamado Ragotski, á quien da el gran Turco tres duros diarios en su asilo; y lo peor es que ha perdido su hermosura, y que está horrorosa de puro fea. ¡Ay! fea ó hermosa, dixo Candido, yo soy hombre de bien, y mi obligacion es quererla siempre. ¿Pero cómo se puede encontrar en tan miserable estado con el millón de duros que tu le llevaste? Bueno está eso, respondió Cacambo: ¿pues no tuve que dar doscientos mil al señor Don Fernando de Ibarra, Figueroa, Mascareñas, Lampurdan y Souza, gobernador de Buenos-Ayres, para alcanzar su licencia de traerme á Cunegunda? ¿y no nos ha robado un pirata todo quanto nos había quedado? ¿No nos ha conducido dicho pirata al cabo de Matapan, á Milo, á Nicaria, á Samos, á Petri, á los Dardanelos, á Mármara y á Escutari? Cunegunda y la vieja estan sirviendo al príncipe que llevo dicho, y yo soy esclavo del sultan destronado. ¡Quanta espantosa calamidad encadenada una con otra! dixo Candido. Al cabo aun me quedan algunos diamantes, y con facilidad rescataré á Cunegunda. ¡Que lástima es que esté tan fea! Volviéndose luego á Martin, le dixo: ¿Quién piensa vm. que es mas digno de compasion, el emperador Acmet, el emperador Ivan, el rey Carlos Eduardo, ó yo? No lo sé, dixo Martin, y menester fuera hallarme dentro del pecho de vms. para saberlo. Ha, dixo Candido, si estuviera aquí Panglós, el lo sabria, y nos lo diria. Yo no poseo, respondió Martin, la balanza con que pesaba ese señor Panglós las miserias, y valuaba las cuitas humanas; pero sí presumo que hay en la tierra millones de hombres mas dignos de lástima que el rey Carlos Eduardo, el emperador Ivan, y el sultan Acmet. Bien puede ser, dixo Candido.

A pocos dias llegáron al canal del mar Negro. Candido rescató á precio muy subido á Cacambo, y sin perder un instante se metió con sus compañeros en una galera para ir á orillas de la Propontis en demanda de Cunegunda, por mas fea que estuviese.

Habia entre la chusma dos galeotes que remaban muy mal, y á quien el arraez levantisco aplicaba de quando en quando sendos latigazos en las espaldas con el rebenque. Por un movimiento natural los miró Candido con mas atención que á los demas forzados, arrimándose a ellos con lástima; y en algunas facciones de sus desfigurados rostros le pareció que se daban un poco de ayre á Panglós, y al otro desventurado jesuíta, al baron, hermano de Cunegunda. Enternecido y movido á compasión con esta idea, los contempló con mayor atencion, y dixo á Cacambo: Por mi vida, que si no hubiera visto ahorcar á maese Panglós, y no hubiera tenido la desgracia de matar al baron, creeria que son esos que van remando en la galera.

Oyendo los nombres del baron y de Panglós, diéron un agudo grito ámbos galeotes, se paráron en el banco, y dexáron caer los remos. Al punto se tiró á ellos el arraez, menudeando los latigazos con el rebenque. Deténgase, deténgase, Señor, clamó Candido, que le daré el dinero que me pidiere. ¿Con que es Candido? decía uno de los forzados. ¿Con que es Candido? repetia el otro. ¿Es sueño? decia Candido; ¿estoy en esta galera? ¿estoy despierto? ¿Es el señor baron á quien yo maté? ¿es maese Panglós á quien vi ahorcar? Nosotros somos, nosotros somos, respondian á la par. ¿Con que este es aquel insigne filósofo? decia Martin. Ha, señor arraez levantisco, ¿quanto quiere por el rescate del señor baron de Tunder-ten-tronck, uno de los primeros barones del imperio, y del señor Panglós, el metafísico mas profundo de Alemania?

Perro cristiano, respondió el arraez, una vez que esos dos perros de galeotes cristianos son barones y metafísicos, lo qual es sin duda un, cargo muy alto en su pais, me has de dar por ellos cincuenta mil zequíes.—Yo se los daré, señor; lléveme de un vuelo á Constantinopla, y al punto será satisfecho; pero no, lléveme á casa de Cunegunda. El arráez, así que oyó la oferta de Candido, puso la proa á la ciudad, y hacia que remaran con mas ligereza que un páxaro sesga el ayre.

Dió Candido cien abrazos á Panglós y al baron.—¿Pues cómo no he muerto á vm., mi amado baron? ¿y vm., mi amado Panglós, cómo está vivo habiéndole ahorcado? ¿y porqué están ámbos en galeras en Turquía? ¿Es cierto que esté mi querida hermana en esta tierra? dixo el barón. Sí, Señor, respondió Cacambo. Al fin vuelvo á ver á mi caro Candido, exclamaba Panglós. Candido les presentaba á Martin y á Cacambo: todos se abrazaban, todos hablaban á la par; bogaba la galera, y estaban ya dentro del puerto. Llamáron á un. Judío á quien vendió Candido por cincuenta mil zequíes un diamante que valia cien mil, y el Judío le juró por Abrahan, que no podia dar un ochavo mas. Incontinenti satisfizo el rescate del baron y Panglós: este se arrojó á las plantas de su libertador, bañándolas en lágrimas; aquel le dió las gracias baxando la cabeza, y le prometió pagarle su dinero así que tuviese con que. ¿Pero es posible, decia, que esté en Turquía mi hermana? Tan posible, replicó Cacambo, que está fregando platos en casa de un príncipe de Transilvania. Llamáron, al punto á otros Judíos, vendió Candido otros diamantes, y se partiéron todos en otra galera para ir á librar á Cunegunda.

Que trata de los sucesos que pasáron con Candido, Cunegunda, Panglós y Martin.

Mil perdones pido á vm., dixo Candido al baron, mil perdones, padre reverendísimo, de haberle pasado el cuerpo de una estocada. No tratemos mas de eso, dixo el baron, yo confieso que me excedí un poco. Pero una vez que desea vm. saber como me he visto en galeras, le contaré que despues que me hubo sanado de mi herida el hermano boticario del colegio, me acometió y me hizo prisionero una partida española, y me pusiéron en la cárcel de Buenos-Ayres, quando acababa mi hermana de embarcarse para Europa. Pedí que me enviaran á Roma al padre general, y me nombráron para ir á Constantinopla de capellan de la embaxada de Francia. Habia apénas ocho dias que estaba desempeñando las obligaciones de mi empleo, quando encontré una noche á un icoglan muy muchacho y muy lindo; y como hacia mucho calor, quiso el mozo bañarse, y yo tambien me metí con el en el baño, no sabiendo que era delito capital en un cristiano que le hallaran desnudo con un mancebo musulman. Un cadí me mando dar cien palos en la planta de los piés, y me condenó á galeras; y pienso que jamas se ha cometido injusticia mas horrorosa. Ahora querria saber porque se halla mi hermana de fregona de un príncipe de Transilvania refugiado en Turquía.

¿Y vm., mi amado Panglós, cómo es posible que le esté viendo? Verdad es, dixo Panglós, que me viste ahorcar; iban á quemarme, pero ya te acuerdas que llovia á chaparrones quando me habian de echar á la hoguera, y que no fué posible encender el fuego; así que me ahorcáron, sin exemplar, no pudiendo mas: y un cirujano que compró mi cuerpo, me llevó á su casa, y me disecó. Primero me hizo una incision crucial desde el ombligo hasta la clavícula. Yo estaba tan mal ahorcado, que no podia ser mas: el executor de las sentencias de la santa inquisicion, que era subdiácono, es verdad que quemaba las personas con la mayor habilidad, pero no entendia cosa en materia de ahorcar: la soga que estaba mojada apretó poco, en fin todavía estaba vivo. La incision crucial me hizo dar un grito tan desaforado, que atemorizado el cirujano se cayó de espaldas; y creyendo que estaba disecando á Lucifer se escapó muerto de miedo, y se volvió á caer de la escalera abaxo. Al estrépito acudió su muger de un quarto inmediato; y viéndome tendido en la mesa con la incision crucial, se asustó mas que su marido, se escapó, y se cayó encima de él. Quando volviéron algo en sí, oí que decia la cirujana al cirujano: ¿Quién te metió en disecar á un herege? ¿acaso no sabes que todos ellos tienen metido el diablo en el cuerpo? me voy corriendo á llamar á un clérigo que le exôrcize. Asustado con estas palabras recogí las pocas fuerzas que me quedaban, y me puse á gritar: Tengan lástima de mí. Al fin cobró ánimo el barbero portugués, me dió unos quantos puntos en la incision, su muger me cuidó, y á cabo de quince dias estaba ya bueno. El barbero me acomodó de lacayo de un caballero de Malta que iba á Venecia; pero no teniendo mi amo con que mantenerme, me puse á servir á un mercader veneciano, y le acompañé á Constantinopla.

Ocurrióme un dia la idea de entrar en una mezquita, donde no habia mas que un iman viejo y una santurrona moza muy bonita, que rezaba sus padre-nuestros: tenia descubiertos los pechos, y entre las dos tetas un ramillete muy hermoso de tulipas, rosas, anémonas, ranúnculos, jacintos y aurículas. Cayósele el ramillete, y yo le cogí, y se le puse con tanta cortesía como respeto. Tanto tardaba en ponérsele, que se enfadó el iman; y advirtiendo que era cristiano, llamó gente. Lleváronme á casa del cadí, que me mandó dar cien varazos en los piés y me envió á galeras, amarrándome justamente á la misma galera y al mismo banco que el señor baron. En ella habia quatro mozos de Marsella, cinco clérigos napolitanos, y dos frayles de Corfú, que nos aseguráron que casi todos los dias sucedian aventuras como las nuestras. Sustentaba el señor baron que le habian hecho mas injusticia que á mí; y yo defendia que mucho mas permitido era volver á poner un ramillete al pecho de una moza, que hallarse en cueros con un icoglan: disputábamos continuamente, y nos sacudian cien latigazos al dia con la penca, quando te conduxo á nuestra galera la cadena de los sucesos de este universo, y nos rescataste. ¿Y pues, amado Panglós, le dixo Candido, quando se vió vm. ahorcado, disecado, molido á palos, y remando en galeras, pensaba que todo iba perfectamente? Siempre me estoy en mis trece, respondió Panglós; que al fin soy filósofo, y un filósofo no se ha de desdecir, porque no se puede engañar Leibnitz, aparte que la harmonía preestablecida, es la cosa mas linda del mundo, no ménos que el lleno y la materia sutil.

De como topó Candido con Cunegunda y con la vieja.

Miéntras se daban cuenta de sus aventuras Candido, el baron, Panglós, Martin y Cacambo; miéntras que discurrian acerca de los sucesos contingentes ó no contingentes de este mundo, que disputaban sobre los efectos y las causas, sobre el mal moral y el mal físico, sobre la libertad y la necesidad, sobre los consuelos que puede recibir quien está en galeras en Turquía, aportáron á las playas de la Propontis, junto á la morada del principe de Transilvania. Lo primero que se les presentó fué Cunegunda y la vieja que estaban tendiendo unas servilletas para que se enxugasen en unas tomizas. Al ver esta escena, se puso amarillo el baron; y el tierno y enamorado Candido contemplando á Cunegunda toda prieta, los ojos lagañosos, enxutos los pechos, la cara arrugada, y los bazos amoratados, se hizo tres pasos atras, y se adelantó luego por buena crianza. Abrazó Cunegunda á Candido y á su hermano, todos abrazáron á la vieja, y Candido las rescató á entrámbas.

Habia un cortijillo en las inmediaciones, y propuso la vieja á Candido que le comprase, ínterin hallaba toda la compañía mejor acómodo. Cunegunda que no sabia que estaba fea, no habiéndoselo dicho nadie, acordó sus promesas á Candido en tono tan resuelto, que no se atrevió el pobre á replicar. Declaró pues al baron que se iba á casar con su hermana; pero este dixo: Nunca consentiré yo en semejante vileza de su parte, y tamaña osadía de la tuya, ni nunca no podrán echar en cara tal ignominia. ¿Con que los hijos de mi hermana no podrán entrar en los cabildos de Alemania? No, mi hermana no se ha de casar, como no sea con un baron del imperio. Cunegunda se postró á sus plantas, y las bañó en llanto, pero fué en balde. ¡Fatuo, sin seso, le dixo Candido, te he librado de galeras, he pagado tu rescate, y el de tu hermana que estaba fregando platos, y que es fea; soy tan bueno que quiero que sea mi muger, y todavía quieres tu estorbármelo! Si me dexara llevar de la ira, te matara segunda vez. Otras ciento me puedes matar, respondió el baron, pero no te has de casar con mi hermana miéntras yo viva.

Donde se da fin á la historia.

En lo interior de su corazon no tenia Candido ganas ningunas de casarse con Cunegunda; pero la mucha insolencia del baron le determinó á acelerar las bodas, sin contar que la baronesita le apretaba tanto, que no las podía dilatar mas. Consultó pues á Panglós, á Martin y al fiel Cacambo. Panglós compuso una erudita memoria, probando que no tenia el baron derecho ninguno en su hermana, y que segun todas las leyes del imperio podia Cunegunda casarse con Candido, dándole la mano izquierda; Martin fué de parecer de que tiraran con el baron al mar; y Cacambo de que se le entregaran al arraez levantisco, el qual le volveria á poner á remar á la galera, ínterin le enviaban al padre general por la primera embarcacion que diese á la vela para Roma. Pareció bien esta idea: aprobóla la vieja; y sin decir palabra á Cunegunda, se puso en execucion mediante algun dinero: teniendo así la satisfaccion de jugar pieza á un jesuita, y escarmentar la vanidad de un baron aleman.

Cosa natural era pensar que despues de tantas desgracias Candido casado con su amada, viviendo en compañía del filósofo Panglós, del filósofo Martin, del prudente Cacambo y de la vieja, y habiendo traído tantos diamantes de la patria de los antiguos Incas, disfrutaria la vida mas feliz; pero tanto le estafáron los Judíos, que no le quedáron mas bienes que su pobre cortijo. Su muger, que cada dia era mas fea, se hizo de una condicion de vinagre inaguantable; y la vieja cayó enferma, y era mas regañona, todavía que Cunegunda. Cacambo que cavaba el huerto y llevaba á vender la hortaliza á Constantinopla, estaba rendido de faena, y maldecia su suerte. Panglós se desesperaba, porque no lucia su saber en alguna universidad de Alemania: solo Martin, firmemente convencido de que en todas partes el hombre se encuentra mal, llevaba las cosas en paciencia. Algunas veces disputaban Candido, Martin y Panglós sobre metafísica y moral. Por las ventanas del coitijo sovían pasar con mucha freqüencia barcos cargados de efendis, baxáes y cadíes, que iban desterrados á Lemnos, Mitylene y Erzerum; y llegar otros cadíes, otros baxáes y otros efendis, que ocupaban el lugar de los depuestos, y que lo eran ellos luego; y se vían cabezas rellenas con mucho aseo de paja, que se llevaban de regalo á la Sublime Puerta. Estas escenas daban materia á nuevas disertaciones; y quando no disputaban se aburrian tanto, que la vieja se aventuró á decirles un dia: Quisiera yo saber qué es peor, ¿ser violada cien veces al dia por piratas negros, verse cortar una nalga, pasar baquetas entre los Bulgaros, ser azotado y ahorcado en un auto de fe, ser disecado, remar en galeras, finalmente padecer todas quantas desventuras hemos pasado, ó estar aquí sin hacer nada? Ardua es la qüestion, dixo Candido.

Suscitó este razonamiento nuevas reflexîones; y coligió Martin que el destino del hombre era vivir en las convulsiones de las angustias, ó en el parasismo del fastidio. Candido no se lo concedia, pero no afirmaba nada: Panglós confesaba que toda su vida habia sido una serie de horrorosos infortunios; pero como una vez habia sustentado que todo estaba perfecto, seguía sustentándolo sin creerlo. Lo que acabó de cimentar los detestables principios de Martin, de hacer titubear mas que nunca á Candido, y de poner en confusion á Panglós, fué que un dia viéron llegar á su cortijo á Paquita y fray Hilarion en la mas horrenda miseria. En breve tiempo se habian comido los tres mil duros, se habian dexado y vuéltose á juntar, y vuelto á reñir, habian sido puestos en la cárcel, se habian escapado, y finalmente fray Hilarion se habia hecho Turco. Paquita seguía exercitando su oficio, pero ya no ganaba con el para comer. Bien habia yo pronosticado, dixo Martín á Candido, que en breve disiparian las dádivas de vm., y serian mas miserables: vm. y Cacambo han rebosado en millones de pesos, y no son mas afortunados que fray Hilarion y Paquita. ¡Ha, dixo Panglós á Paquita, con que te ha traído el cielo con nosotros! ¿Sabes, pobre muchacha, que me tienes de costa la punta de la nariz, un ojo y una oreja? ¡Qué mudada que estás! ¡válgame Dios, lo que es este mundo! Esta nueva aventura les dió márgen á que filosofaran mas que nunca.

En la vecindad vivia un derviche que gozaba la reputacion del mejor filósofo de Turquía.

Fuéren á consultarle; habló Panglós por los demás, y le dixo: Maestro, venimos á rogarte que nos digas para que fué formado un animal tan extraño como el hombre? ¿Quién te mete en eso? le dixo el derviche: ¿te importa para algo? Pero, reverendo padre, horribles males hay en la tierra. ¿Qué hace al caso que haya bienes ó que haya males? quando envía Su Alteza un navio á Egipto, se informa de si se hallan bien ó mal los ratones que van en él? Pues qué se ha de hacer? dixo Panglós. Que te calles, respondió el derviche. Yo esperaba, dixo Panglós, discurrir con vos acerca de las causas y los efectos, del mejor de los mundos posibles, del origen del mal, de la naturaleza del alma, y de la harmonía preestablecida. En respuesta les dió el derviche con la puerta en los hocicos.

Miéntras que estaban en esta conversacion, se esparció la voz de que acababan de ahorcar en Constantinopla á dos visires del banco y al muftí, y de empalar á varios de sus amigos; catástrofe que metió mucha bulla por espacia de algunas horas. Al volverse Panglós, Candido y Martin á su cortijo ,`encontráron á un buen anciano que estaba tomando el fresco á la puerta de su casa, baxo un emparrado de naranjos. Panglós, que no era ménos curioso que argu-mentista, le preguntó como se llamaba el muftí que acababan de ahorcar. No lo sé, respondió el buen hombre, ni nunca he sabido el nombre de muftí ni de visir ninguno. Ignoro absolutamente la aventura de que me hablais; presumo, sí, que generalmente los que manejan los negocios públicos perecen á veces miserablemente, y que bien se lo merecen; pero jamas me informo de los sucesos de Constantinopla, contentandome con enviará vender allá las frutas del huerto que labro. Dicho esto, convidó á los extrangeros á entrar en su casa; y sus dos hijas y dos hijos les presentáron muchas especies de sorbetes que ellos propios fabricaban, kaimak guarnecido de cáscaras de azamboa confitadas, naranjas, limones, limas, pinas, alfónsigos, y café de Moka, que no estaba mezclado con los malos cafées de Batavia y las islas de América; y luego las dos hijas del buen musulman sahumáron las barbas de Candido, Panglós y Martin. Sin duda que teneis, dixo Candido al Turco, una vasta y magnífica posesión. Nada mas que veinte fanegadas de tierra, respondió el Turco, que labro con mis hijos: y el trabajo nos libra de tres insufribles calamidades, el aburrimiento, el vicio, y la necesidad.

Miéntras se volvia Candido á su cortijo, iba haciendo profundas reflexiones en las razones del Turco, y le dixo á Panglós y á Martin: Se me figura que se ha sabido este buen viejo labrar una suerte muy mas feliz que la de los seis monarcas con quien tuvimos la honra de cenar en Venecia. Las grandezas, dixo Panglós, son muy peligrosas, segun opinan todos los filósofos. Eglon, rey de los Moabita, fué asesinado por Aod; Absalon colgado de los cabellos y atravesado con tres saetas; el rey Nadab, hijo de Jeroboan, muerto por Baza; el rey Ela por Zambri; Ocosías por Jehú; Atalia por Joyada; y los reyes Joaquín, Jeconías y Sedecías fuéron esclavos. Sabido es de qué modo muriéron Creso, Astyages, Dario, Dionisio de Syracusa, Pyrro, Perseo, Hanibal, Jugurta, Ariovisto, César, Pompeyo, Neron, Oton, Vitelio, Domiciano, Ricardo II de Inglaterra, Eduardo II, Henrique VI, Ricardo III, María Estuardo, Carlos I, los tres Henriques de Francia, el emperador Heririque IV, el rey godo Don Rodrigo, Don Alvaro de Luna; y nadie ignora… Tampoco ignoro yo, dixo Cundido, que es menester cultivar nuestra huerta. Razon tienes, dixo Panglós; porque quando fué colocado el hombre en el paraiso de Eden, fué para labrarle,ut operaretur eum, lo qual prueba que no nació para el sosiego. Trabajemos pues sin argumentar, dixo Martin, que es el medio único de que sea la ida tolerable.

Toda la compañía aprobó tan loable determinacion; empezó cada uno á exercitar su habilidad, y el cortijillo rindió mucho. Verdad es que Cunegunda era muy fea, pero hacia excelentes pasteles; Paquita bordaba, y la vieja cuidaba de la ropa blanca. Hasta fray Hilarion sirvió, que aprendió con perfeccion el oficio de carpintero, y paró en ser muy hombre de bien. Panglós deeia algunas veces á Candido. Todos los sucesos están encadenados en el mejor de los mundos posibles; porque si no te hubieran echado á patadas en el trasero de una magnífica quinta por amor de Cunegunda, si no te hubieran metido en la inquisicion, si no hubieras andado á pié por las soledades de la América, si no hubieras pegado una birena estocada al baron, y si no hubieras perdido todos tus carneros del buen pais del Dorado, no estarias aqui ahora comiendo azamboas en dulce, y alfónsigos. Bien dice vm., respondió Candido; pero es menester labrar nuestra huerta.

Fin de Candido, ó del Optimismo.

ZADIG, Ó EL DESTINO, historia oriental Dedicatoria de Zadig á lasultanaCheraah, por Sadi.

CAP. I. El tuertoCAP. II. Las naricesCAP. III. El perro y el caballoCAP. IV. El envidiosoCAP. V. El generosoCAP. VI. El ministroCAP. VII. Disputas y audienciasCAP. VIII. Los zelosCAP. IX. La muger aporreadaCAP. X. La esclavitudCAP. XI. La hogueraCAP. XII. La cenaCAP. XIII. Las citasCAP. XIV. El bayleCAP. XV. Los ojos azulesCAP. XVI. El bandoleroCAP. XVII. El pescadorCAP. XVIII. El basiliscoCAP. XIX. Las justasCAP. XX. El ermitañoCAP. XXI. Las adivinanzas

COMO ANDA EL MUNDO, vision de Babuco, escrita por el propio MEMNON,Ó LA CORDURA HUMABA LOS DOS CONSOLADOS HISTORIA DE LOS VIAGES DEESCARMENTADO, escrita por el propio.

MICROMEGAS, historia filosófica.

CAP. I. Viage de un raorador del mundo de la estrella Sino al planetade Saturno.CAP. II. Conversación del morador de Siriot con el de Saturno.CAP. III. Viage de los dos habitantes de Sirio y Saturno.CAP. IV. Que da cuenta de lo que les sucedió en el globo de la tierra.CAP. V. Experiencias y raciocinios de ambos caminantes.CAP. VI. De lo que les aconteció con unos hombres.CAP. VII. Conversación con los hombres.

CAP. I. Donde se da cuenta de como fue criado Candido en una herniosaquinta, y como de ella fue echado a patadas.CAP. II. De lo que sucedió á Candido con los Bulgaros.CAP. III. De qué modo se libró Candido de manos de los Bulgaros, y delo que le sucedió despues.CAP. IV. De qué modo encontró Candido á su maestro de filosofía, eldoctor Panglós, y de loque le aconteció.CAP. V. De una tormenta, un naufragio, y un terremoto. De los sucesosdel doctor Panglós, de Candido, y de Santiago el anabautista.CAP. VI. Del magnífico auto de fe que se hizo para que cesara elterremoto, y de los doscientos azotes que pegaron á Candido.CAP. VII. Que cuenta como una vieja remedió las cuitas de Candido, ycomo topó este con su dama.CAP. VIII. Historia de Cunegunda.CAP. IX. Prosiguen los sucesos de Cunegunda, Candido, el inquisidorgeneral, y el Judío.CAP. X. De la triste situacion en que se viéron Candido, Cunegunda yla vieja; de su arribo á Cadiz, y como se embarcáron para América.CAP. XI. Que cuenta la historia de la vieja.CAP. XII. Donde prosigue la historia de la vieja.CAP. XIII. De como Candi lo tuvo que separarse por fuerza de lahermosa Cunegunda y la vieja.CAP. XIV. Del recibimiento que á Candido y Cacambo hiciéron losjesuitas del Paraguay.CAP. XV. Que quenta la muerte que dió Candido al hermano de su queridaCunegunda.CAP. XVI. Donde se da cuenta de los sucesos de nuestros dos caminantescon dos muchachas, dos ximios, y los salvages llamados Orejones.CAP. XVII. Cuéntase el arribo de Candido con su criado al pais delDorado, y lo qne allí viéron.CAP. XVIII. Donde se da cuenta de lo que en el pais del Dorado viéron.CAP. XIX. De los sucesos de Surinam, y del conocimiento que hizoCandido de Martin.CAP. XX. De lo que sucedió á Candido y á Martin durante la navegacion.CAP. XXI. Donde se da cuenta de la plática de Candido y Martin, alacercarse á las costas de Francia.CAP. XXII. De los sucesos que en Francia aconteciéroná Candido y á Martin.CAP. XXIII. Del arribo de Candido y Martin á la costa de Inglaterra, yde lo que allí viéron.CAP. XXIV. Que trata de fray Hilarion y de Paquita.CAP. XXV. Que da cuenta de la visita que hiciéron Martin y Candido alseñor Pococurante, noble veneciano.CAP. XXVI. Que da cuenta de como Candido y Martin cenáron con unosextrangeros, y quien eran estos.CAP. XXVII. Del viage de Candido á Constantinopla.CAP. XXVIII. Que trata de los sucesos que pasáron con Candido,Cunegunda, Panglós y Martin.CAP. XXIX. De como topó Candido con Cunegunda y con la vieja.CAP. XXX. Donde se da fin á la historia


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