III

Nosotras con las manos delicadasCeñiremos al menos las espadas.Id, hijos, os diremos; id, esposos:Volved á nuestros brazos amorosos,Si vencéis en la lid;Pero, vencidos, no tornéis: morid.

Nosotras con las manos delicadasCeñiremos al menos las espadas.Id, hijos, os diremos; id, esposos:Volved á nuestros brazos amorosos,Si vencéis en la lid;Pero, vencidos, no tornéis: morid.

Nosotras con las manos delicadasCeñiremos al menos las espadas.Id, hijos, os diremos; id, esposos:Volved á nuestros brazos amorosos,Si vencéis en la lid;Pero, vencidos, no tornéis: morid.

Se concibe que dicho esto con brío y gracia por una mujer guapa y discreta, había de levantar en masa á un pueblo entusiasta y empeñado en una lucha patriótica, y hacerle romper en aplausos frenéticos.

Así es que la Teresa Samaniego fué muy aplaudida en Chile.

Llegó allí con ella un gracioso, llamado don Francisco Villalba, que hacía reir mucho y se ganó la voluntad del público. Tenía este gracioso otras varias habilidades, y entre ellas la de ser pintor de decoraciones, haciéndose aplaudir tanto ó más como pintor que como actor.

Otro forastero, D. Francisco Rivas, catalán, se unió con Villalba, y haciendo de galán compitió con Cáceres, y casi venció á este rival.

Entre tanto, como el teatro seguía siendo escuela de liberalismo, las tragedias que más gustaban eran laJornada de Maratón,Roma libre, laMuerte de CésaryCatón en Utica.

Un crítico á la moda entonces, Camilo Henríquez, sostenía y divulgaba que el teatro no era mero pasatiempo, sino institución social para difundir máximas patrióticas y formar costumbres cívicas. «La sublime majestad de Melpómene, decía, debe llenar la escena, inspirar odio á la tiranía y desplegar toda la dignidad republicana.»

Aspiraba Henríquez y otros revolucionariosvehementes á que, lograda la independencia de la América española, no siguiese ésta siendo un remedo de España, estancada ó retrógrada; y para lanzar á los pueblos emancipados por la vía del progreso, encontrábase que era menester vencer el espíritu clerical. Misión fué, pues, del teatro, á más de infundir patriotismo heroico, propagar el odio á la hipocresía, á la Inquisición y á las creencias fanáticas.

Se reprobaba en el teatro todo lo que era fútil, enervante y afeminador. Camilo Henríquez llegó á calificar debufonada inmoral El sí de las niñas. Cuando así se trataba á Moratin, ya imaginará cualquiera cómo serían tratados nuestros autores dramáticos del sigloXVII: de fanáticos, serviles, inquisitoriales, absurdos, supersticiosos y ultramonárquicos.

Es divertidísimo seguir paso á paso, en el libro de Amunátegui, todas las peripecias de esta lucha entre clericales y anticlericales, ó más bien entre librepensadores y católicos, que se dió en Chile en torno de los teatros.

El librepensamiento se había encastillado en los teatros para combatir al clero desde allí. El clero propalaba que iba á caer fuego del cielo y abrasar los teatros. Desde éstos, en cambio, se arrojaban contra el clero tremendas diatribas.

La más ruidosa fué elAristodemo, no la tragedia de Monti, sino otra compuesta por un poeta, creo que de Buenos Aires, llamado D. Miguel Cabrera Nevares. ElAristodemoestaba lleno de feroces declamaciones contra el sacerdocio. Para que á nadie le cupiese duda de que se aludía enla tragedia al clero católico, elBoletín del Monitorinterpretaba las fuertes razones del filósofo Polignosto, que era quien llevaba la voz docente en la tragedia, la cual, según dichoBoletín, «difundía principios luminosísimos sobre el carácter de esos hombres viciosos, á quienes la ignorancia ha deificado, ofuscada con sus intrigas tenebrosas. El hombre ilustrado ve en el sumo sacerdote Cleofante al obispo de Roma, y en sus secuaces, al clero fanático, enriqueciéndose á costa de la necia credulidad.»

Con elAristodemohacía juego, por lo cómico,El abate seductor, donde se pintaba á un clérigo libertino y taimado. Los periodistas liberales excitaban á los padres de familia á llevar á sus muy caras hijas á ver dicha comedia para que estudiasen las malas artes y supiesen defenderse contra ellas, «pues son las mismas que han usado y usan los presentes abates de nuestro suelo».

No bastando estas representaciones, se hacían también peroratas anticlericales en verso, desde la escena. En Santiago, el actor D. Luis Ambrosio Morante, que era también poeta, aunque malo, recitó una, que empezaba:

¿Por qué será que en la era de las lucesSe haya de introducir el fanatismo?

¿Por qué será que en la era de las lucesSe haya de introducir el fanatismo?

¿Por qué será que en la era de las lucesSe haya de introducir el fanatismo?

Y en Valparaíso, la joven actriz española doña Emilia Hernández pronunció, entre salvas de aplausos, otra alocución á los chilenos, que, si bien detestable y pedestre como poesía, hemos de poner aquí por ser curioso documento:

El cielo os conceda verLa libertad de conciencias.Y á Chile vendrán las ciencias,Como lo anuncióVoltér.Entonces ¡oh qué placer!Las artes renacerán:Todos á Dios amarán,Aunque de diversos modos;Pues siendo un Dios para todos,Todos de un Dios gozarán.Mas no quieras, suerte impía,Que esta tierra fortunada,Por el fanatismo holladaSe encuentre como la mía;En tal caso ¡ay! gemiríaEn llanto y desolación,Presa de la Inquisición,De ese tribunal horrendo,El más bárbaro y tremendoQue inventara la opresión.Mas yo, no estando en España,Nada temo á los tiranos;Y entre ilustres araucanosMe burlaré de la sañaDe ese hombre de fiera entraña,De ese Fernando cruel,De ese monstruo atroz é infiel,Que causa mi mal eterno,Y ha vomitado el AvernoPor ser aun peor que Luzbel.

El cielo os conceda verLa libertad de conciencias.Y á Chile vendrán las ciencias,Como lo anuncióVoltér.Entonces ¡oh qué placer!Las artes renacerán:Todos á Dios amarán,Aunque de diversos modos;Pues siendo un Dios para todos,Todos de un Dios gozarán.Mas no quieras, suerte impía,Que esta tierra fortunada,Por el fanatismo holladaSe encuentre como la mía;En tal caso ¡ay! gemiríaEn llanto y desolación,Presa de la Inquisición,De ese tribunal horrendo,El más bárbaro y tremendoQue inventara la opresión.Mas yo, no estando en España,Nada temo á los tiranos;Y entre ilustres araucanosMe burlaré de la sañaDe ese hombre de fiera entraña,De ese Fernando cruel,De ese monstruo atroz é infiel,Que causa mi mal eterno,Y ha vomitado el AvernoPor ser aun peor que Luzbel.

El cielo os conceda verLa libertad de conciencias.Y á Chile vendrán las ciencias,Como lo anuncióVoltér.Entonces ¡oh qué placer!Las artes renacerán:Todos á Dios amarán,Aunque de diversos modos;Pues siendo un Dios para todos,Todos de un Dios gozarán.Mas no quieras, suerte impía,Que esta tierra fortunada,Por el fanatismo holladaSe encuentre como la mía;En tal caso ¡ay! gemiríaEn llanto y desolación,Presa de la Inquisición,De ese tribunal horrendo,El más bárbaro y tremendoQue inventara la opresión.Mas yo, no estando en España,Nada temo á los tiranos;Y entre ilustres araucanosMe burlaré de la sañaDe ese hombre de fiera entraña,De ese Fernando cruel,De ese monstruo atroz é infiel,Que causa mi mal eterno,Y ha vomitado el AvernoPor ser aun peor que Luzbel.

Entre el tumulto de estas contiendas civiles, político-religiosas, que Bello y Mora procuraban moderar con más alta crítica, si bien inficionada por las pasiones y el espíritu liberalesco de entonces, nació y empezó á florecer la literatura dramática chilena.

Fuerza es confesar que los primeros frutos y flores no fueron muy sazonados ni hermosos.

D. Juan Egaña, limeño, naturalizado en Chiley competidor con mala suerte de Mora por querer ser el Solón de la nueva república, era, á par de gran liberal, galante y enamorado caballero. La dama de sus pensamientos, á quien llama Marfisa en sus versos, le inspiró hasta los dramas que tradujo ó compuso, figurando entre ellos laCenobia, de Metastasio, su poeta predilecto.

El notable personaje de la revolución, Camilo Henríquez, de quien ya hemos hablado como crítico, escribió dos dramas, informados ambos por sus ideas filosóficas á la Rousseau. Se titulabanLa patriota de Sud AméricayLa inocencia en el asilo de las virtudes, y eran, á lo que parece, menos que medianejos.

D. Bernardo Vera y Pintado es el tercer autor dramático chileno de que habla nuestro libro. Sus composiciones fueron á modo de loas para celebrar victorias contra los españoles, como la de Chacabuco.

Naturalmente, los interlocutores de estas loas son araucanos, que describen como funestísima la conquista de Chile y fantasean la independencia como la reconquista que los araucanos hacen de su tierra contra los españoles.

Otro autor, D. Manuel Magallanes, fué silbado, á pesar de su fervor patriótico y de su ilustre apellido.

Resulta, pues, que hasta 1829 no se representa en Chile ninguna obra de bastante valer literario escrita allí, y que esta obra es de D. José Joaquín de Mora, si bien no toda suya, ya que en parte está tomada deLe mari ambitieux, de Picard, y lleva el mismo título:El marido ambicioso.Aunque peque de prolijo he de continuar haciendo este extracto. Hasta otro día.

** *

17 de Diciembre de 1888.

Querido primo: Siguiendo en mi tarea de extractar, diré que, hasta el instante en que aparece en Chile el romanticismo, se escribieron y representaron allí estas obras dramáticas.

Además deEl marido ambicioso, dió MoraEl embrollón.

El poeta colombiano D. José Fernández Madrid dióAtala, tragedia en verso.

D. Ventura Blanco Encalada tradujo en verso laMerope, de Voltaire, y en prosaLa marquesa de Seneterre, de Menesville y Duvegrier.

D. Gabriel Alejandro Real de Azúa, argentino, dió al teatro, en Santiago, en 1834, una comedia de índole política y de escaso valer, tituladaLos aspirantes.

Mora ejerció sobre esta comedia benignísima crítica.

En el mismo año, el actor argentino Luis Ambrosio Morante, que, según he dicho ya, era también poeta y había compuesto una tragedia,La revolución de Tupac-Amaru, dió á la escena enla noche de su beneficio una comedia tituladaAdulación y fingimiento, ó el intrigante.

Morante no puso su nombre en el cartel; pero se tiene por seguro que la comedia era suya. Su mérito, por otra parte, debió de ser corto, cuando nada se dice de ella.

El primer poeta dramático chileno de alguna fecundidad y de cierto mérito fué D. Salvador Sanfuentes. Escribió antes y después del romanticismo, y sus obras marcan la transición de una escuela á otra.

Tradujo laIfigeniay elBritánico, de Racine; imitóLe cocu imaginaire, bajo el título deLos celos infundados, y compuso los siguientes dramas originales:Caupolicán I,Caupolicán II,El mal pagador,El castillo de Mazini,Carolina ó una venganza,Cora ó la Virgen del Sol,Juana de NápolesyD. Francisco de Meneses.

Á lo que parece, Sanfuentes vino temprano, cuando en Chile había poco público aún. Descorazonado, quemó parte de sus obras: otras quedaron por terminar: otras, inéditas: sólo el dramaJuana de Nápolesse representó con éxito creo que menos que mediano.

D. Andrés Bello, que también tradujo dramas y los compuso originales, ejerció durante años el magisterio de la crítica dramática en Chile. Son curiosos y dignos de atención sus juicios sobre algunos de nuestros autores dramáticos contemporáneos. Á Bretón de los Herreros, á quien juzga con ocasión de laMarcela, le pone desde luego por cima de Moratín, á quien califica de lánguido y descolorido. En Moratín hallaademás falta de «aquel sabor poético que es propio aun de las composiciones escritas en estilo familiar, y que tanto luce en los fragmentos de Menandro y en los buenos pasajes de Terencio»; mientras que en Bretón ve la gracia y el brillo en el estilo, y asimismo unavis cómicaque falta algo á Terencio, y «en que tampoco es muy aventajado Moratín».

Ya se entiende que cito para narrar, y no para aprobar ni impugnar.

Yo creo que, al menos,El cafétiene másvis cómicay más durable chiste que media docena de las más chistosas comedias de Bretón.

Y esto á pesar de la pedantería grave de don Pedro, que eclipsa un poco el resplandor de la graciosísima pedantería de D. Hermógenes.

En cambio de este grande entusiasmo por Bretón, Bello es severo con Hartzenbusch al juzgarLos amantes de Teruel, cuyos defectos señala y pondera y cuyas bellezas no ve ó no encomia.

La guerra promovida con ocasión del teatro entre timoratos y desenfadados, librepensadores y clericales, devotos é impíos, se enardeció más en Chile con el advenimiento del romanticismo.

Aunque había censura previa de teatros, establecida en 1830, ésta no se ejercía con severidad. Sin embargo, mucha parte del público, cristianamente educada, repugnaba las impiedades y se rebelaba contra ellas.

En 1832 se representó en Santiago elAristodemo, no ya el de Cabrera Nevares, sino el de Monti, traducido, que es mucho mejor. El pasaje en que Lisandro llama á los dioses

Fútiles sombras del temor humano,

Fútiles sombras del temor humano,

Fútiles sombras del temor humano,

escandalizó á gran número de los espectadores.

Más tarde, en 1835, quiso la compañía dramática representarEl fanatismo ó Mahoma, tragedia de Voltaire, traducida al castellano por D. Dionisio Solís; pero aunque esta obra había sido dedicada por su autor al Papa Benedicto XIV, que la aceptó con gusto, el clero de Chile se resistió con tal energía á que se representase, que la compañía desistió de su propósito.

La nueva escuela romántica, con todos sus apasionados atrevimientos de expresión, no apareció triunfante en Chile hasta 1841, con la representación delMacías, de Larra.

Este drama fué aplaudido con entusiasmo; pero los escrupulosos le hallaron gravemente perjudicial á las buenas costumbres; citaban escenas corruptoras que atropellaban el recato, la moral y las leyes; y entre ellas nada pareció peor que aquello que dice Macías á Elvira, ya casada:

Ven á ser dichosa.¿En qué parte del mundo ha de faltarnosUn albergue, mi bien? Rompe, aniquilaEsos que contrajiste horribles lazos.Los amantes son sólo los esposos,Su lazo es el amor: ¿cuál hay más santo?Su templo, el universo: donde quieraEl Dios los oye que los ha juntado.. . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . Huyamos: ¿qué otro asiloPretendes más seguro que mis brazos?Los tuyos bastáranme; y si en la tierraAsilo no encontramos, juntos ambosMoriremos de amor.

Ven á ser dichosa.¿En qué parte del mundo ha de faltarnosUn albergue, mi bien? Rompe, aniquilaEsos que contrajiste horribles lazos.Los amantes son sólo los esposos,Su lazo es el amor: ¿cuál hay más santo?Su templo, el universo: donde quieraEl Dios los oye que los ha juntado.. . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . Huyamos: ¿qué otro asiloPretendes más seguro que mis brazos?Los tuyos bastáranme; y si en la tierraAsilo no encontramos, juntos ambosMoriremos de amor.

Ven á ser dichosa.¿En qué parte del mundo ha de faltarnosUn albergue, mi bien? Rompe, aniquilaEsos que contrajiste horribles lazos.Los amantes son sólo los esposos,Su lazo es el amor: ¿cuál hay más santo?Su templo, el universo: donde quieraEl Dios los oye que los ha juntado.. . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . Huyamos: ¿qué otro asiloPretendes más seguro que mis brazos?Los tuyos bastáranme; y si en la tierraAsilo no encontramos, juntos ambosMoriremos de amor.

Todavía, un año después de representado elMacías, se quejaban los escritores clericales de su inmoralidad. «¿Qué impresión—decía uno indignado—pueden hacer en el corazón de una joven versos tan indecentes?»

Vino á colmar el enojo la representación, pocos días después de la delMacías, de otro drama, traducido del francés, tituladoLa nona sangrienta. Se dejó adrede en el título la palabranona, en vez demonja, para no alarmar y para engañar á los incautos; pero no valió la artimaña, y el arzobispo de Santiago dirigió al gobierno un oficio quejándose de la impiedad é inmoralidad de los dramas.

De este oficio no se hizo caso por lo pronto, y siguieron representándose dramas inmorales é impíos.

En 1841 había en Santiago una actriz limeña, idolatrada del público, y que era una revolución andando. Se llamaba Toribia Miranda. Amunátegui la pone por las nubes, y es tal su entusiasmo, que hace recelar que él, allá en su mocedad, fué uno de los muchos admiradores de la Toribia:

«Tenía, dice, un instinto artístico admirable. Se introducía maravillosamente bajo la piel de la heroina á quien caracterizaba, y procedía como tal. Sentía lo que hablaba y lo que accionaba. La pasión palpitaba en sus labios. El llanto corría por sus mejillas. La belleza de que estaba adornada, contribuía poderosamente á la influencia y fascinación que ejercía en el auditorio. Tenía la tez pálida; los ojos negros, rasgados, incendiarios; el cuerpo contorneado y voluptuoso; los pies pequeños, y ese donaire que es la sal de su suelo nativo. Los mozos se inflamaban con sus miradas. Los viejos perdían el seso con ellas. Los sujetos más graves y doctos le componían sonetos y decían en prosa: «Esta mujer tiene en su cuerpo todo el fuego de su patria.»

Tal era la actriz destinada á trasplantar en Chile el romanticismo vehemente, á pesar de las quejas del arzobispo y del escándalo de los timoratos.

La más tremenda batalla que se riñó en esta guerra fué en la representación deAngelo, tirano de Padua, de Víctor Hugo. El drama fué frenéticamente aplaudido, y no fué menos frenética la protesta que se levantó entre los devotos, censurando duramente que la cortesana brillase con mengua de la legítima esposa; que el amor impuro se albergase en el corazón de todos los personajes, y que la mujer casada muriese para el marido y viviese para el amante. El drama fué calificado de inmoral en grado sumo por muy respetable porción de la sociedad.

El gobierno tuvo al fin que ceder á las quejas del arzobispo y dirigir severa amonestación al censor de teatros, que lo era D. Andrés Bello.

Los dramas románticos siguieron, no obstante, representándose, pero mutilados ó desfigurados por la censura.

El paje, de García Gutiérrez, se representó con no pocas de estas mutilaciones ó cambios.

A veces se cambiaban, no sólo frases, sino los desenlaces, á fin de que no fuesen tan tétricos.

En el dramaLos hijos de Eduardo, de Delavigne, traducción de Bretón de los Herreros, aquellos interesantes niños lograban escapar de la Torre de Londres, á despecho de la historia.

Poco á poco fué haciéndose en Chile menos asustadizo el público. La censura acabó por consunción; pero hasta más de mediado el siglo presente se opusieron en Chile á las libertades del teatro un ardiente espíritu religioso y lo que llama Amunáteguila excesiva gazmoñería en materia de amor.

El romanticismo tuvo en Chile un eco prodigioso. Los románticos se diferenciaban de los demás hombres hasta en el vestido. Los cuatro poetas de quienes más se admiraban, procurando imitarlos, eran Víctor Hugo, Dumas, Espronceda y Zorrilla. Venía después D. Nicomedes Pastor Díaz, cuyaMariposa negrase sabía la juventud de memoria.

Los poetas chilenos, con todo, apenas escribían para el teatro más que arreglos y traducciones.

D. Andrés Bello tradujoTeresayAntony, de Dumas.

D. José Victorino Lastarria arreglóEl proscrito, de Federico Soulié.

D. Santiago Urzúa tradujoPablo el marino, de Dumas.

Y D. Juan García del Río,Pizarro, tragedia en cinco actos, de Sheridam.

El primer drama romántico original que se representó en Chile, con éxito muy lisonjero, fué producción de un hijo de D. Andrés Bello, llamado D. Carlos. El drama se titulabaLos amoresdel poeta, y se representó en 1842. Era de lo más poético, exaltado y lleno de lirismo.

D. Carlos Bello, que sin duda tenía notable talento de poeta, dejó por concluir otro drama tituladoInés de Mantua, cuyo principal héroe era César Borgia. D. Carlos Bello murió muy joven, y este segundo drama se ha perdido.

Poco después del estreno deLos amores del poetaempieza á figurar en la no larga lista de los autores dramáticos de Chile un español que, como Mora, emigró á Chile, mal avenido con el gobierno absoluto de Fernando VII, y contribuyó muchísimo al desenvolvimiento intelectual de aquel país. Tuvo colegio, primero en Buenos Aires y después en Santiago, y por él fueron educados no pocos personajes ilustres de aquellas repúblicas.

Este español, aunque hijo de francés, había nacido en San Felipe de Játiva, y se llamaba D. Rafael Minvielle.

Era gran matemático, á más de ser literato y poeta, y hablaba con igual perfección el francés, idioma de su padre, y el castellano, lengua de su madre y suya.

Minvielle vivió en Chile hasta principios del año pasado de 1887, en que ocurrió su muerte, siendo tan lamentada cuanto encomiado él por haber sido de los que más cooperaron, durante medio siglo, al progreso intelectual de aquella república, como maestro, como empleado en administración y en Hacienda, y como escritor infatigable, ya componiendo obras originales, ya traduciendo.

Su dramaErnesto, representado en 1842, fué aplaudido y encomiado. En su primera representación, la Toribia Miranda «arrancó muchas lágrimas á las señoritas concurrentes».

Aunque Minvielle era medio francés, se consideraba tan español, que durante la última guerra de España con Chile no quiso permanecer en aquella república, y se fué á Buenos Aires, de donde no volvió hasta que se ajustó la tregua, que fué la paz sin el nombre.

Aquí casi puede decirse que termina la historia de la literatura dramática en Chile.

La mojigatería, según el Sr. Amunátegui, ha sido causa de que el teatro chileno, como fecundo ramo del español, no haya florecido todo lo que debiera.

Tres puntos toca el Sr. Amunátegui extensamente al terminar su libro, que son como síntomas de que la mojigatería va á pasar y de que el teatro va á florecer en Chile.

Estos tres puntos no son en realidad tres puntos, sino tres personas hechas y derechas, que han venido sucesivamente á prestar atractivo casi irresistible á las representaciones teatrales chilenas, á vencer la repugnancia de los timoratos, y á dar fuego á la inspiración dramática de los autores.

Fué la primera persona, en el tiempo aún del romanticismo, una gentil bailarina de Chile, llamada Carmen Pinilla, á quien apellidaban la Terpsícore araucana y la Sílfide de los Andes. Dicen que era el genio alado de lazamacueca.

Tenía otra hermana, notable también, aunqueno tanto. Cuando se las mentaba juntas, se las designaba con el nombre de lasPetorquinas; pero la Carmen era la que se llevaba la palma.

Dos cosas consiguió esta Carmen: la primera suscitar aún una tremenda y postrera lucha entre despreocupados y timoratos, horrorizados aquéllos y entusiasmados éstos por la ágil, gallarda y hermosa bailarina, que enviaba su retrato con el anuncio de su beneficio; «para quien vestirse de gasa transparente era casi desnudarse, y que ostentaba su carne juvenil á la luz de la batería escénica ante la vista de dos mil espectadores».

El segundo triunfo fué la sumisión del baile al teatro, y la consiguiente decadencia de laschinganas, visto que el baile chileno formaba estrecha alianza con el histrionismo.

Después, ya en 1885, hay un momento solemne para el teatro de Chile. Amunátegui se entusiasma y dice: que sus jóvenes compatriotas van á sentir bullir en sus cabezas magníficas escenas; que un choque ligero hará saltar la chispa eléctrica; que una frase va á revelar una vocación ó á poner de manifiesto una aptitud; que el teatro va á florecer en Chile, y que una semilla que el viento trae de tierras remotas va á convertirse en árbol majestuoso ó en flor espléndida.

Todo este alegre y entusiasta vaticinio le produjo la llegada á Chile del actor D. Rafael Calvo con una compañía dramática en que figuraban su hermano D. Ricardo, D. Donato Jiménez y las Sras. Contreras, Revilla, Casa y Tobar.

Fueron extraordinarios los aplausos y la simpatía que ganaron en Chile los cómicos españoles. Amunátegui considera á la compañía como una de las mejores y más completas que por allí habían ido, y á su director D. Rafael Calvo le llama artista eminente.

Por último, la tercera persona cuyo advenimiento á su país celebra Amunátegui, como despertadora también del ingenio dramático de los chilenos, es la célebre actriz francesa Sarah Bernhardt.

Estuvo ésta en Chile en 1886 con una compañía de representantes franceses. Las obras que representó fueronFedora,La Dama de las camelias,Fedra,Frou-Frou, y no sé si otras.

A estas representaciones acudió muchísima gente, á pesar de ser en un idioma extraño que no es razonable exigir que en Chile conozca un numeroso público, hasta el extremo de comprender todos los primores y matices de las palabras y frases. Debe de haber, no obstante, en Chile muchos sujetos que sepan muy bien el francés, y no pocos tan aficionados á la literatura y arte dramáticos, que para comprender á fondo á la actriz leerían y estudiarían el drama antes de ir á verle representado. Lo cierto es que Sarah Bernhardt fué muy aplaudida, y perfectamente comprendida por el público y por los críticos chilenos.

No se cumplió la profecía del elegante crítico francés Julio Lemaître, quien, al despedir á la actriz, en elJournal des Débats, con la tan acostumbradaoutrecuidanceparisina, le dice: «Vais á exhibiros allí ante hombres de poco arte y de poca literatura, que os estimarán mal, que os mirarán con los mismos ojos que á un ternerode cinco patas, y que no comprenderán vuestro talento sino porque pagarán caro el veros.»

Sin duda que en Chile pagaron caro, pero comprendieron el talento de Sarah Bernhardt sin apelar á consideraciones crematísticas y sin calentarse demasiado la cabeza, pues al cabo el talento de Sarah Bernhardt no es asunto tan embrollado y sublime que requiera cursar losboulevaresde París para penetrar bien en todos sus misteriosos abismos y remontar el espíritu á todas sus sobrehumanas elevaciones.

Otro temor manifestó además Julio Lemaître, que por dicha no se ha realizado: que Sarah Bernhardt se resabiase é inficionase para agradar á los sudamericanos. Sarah Bernhardt ha vuelto á París sana y salva á pesar de la tremenda prueba. Los sudamericanos se la han restituído á Julio Lemaître artísticamente intacta y sin ningún resabio ni vicio paladino.

Julio Lemaître, lleno con esto de gratitud, casi elogia á los sudamericanos, allá á su manera; los llama candorosos, sensuales, bulliciosos y buenos; les ruega que no se enojen si losvaudevillistasparisienses los ponen á veces en caricatura. Y para consolarlos de que en París los pinten grotescos, les dice: «Las pobres niñas que, entre nosotros, viven del amor, tienen predilección hacia vosotros, porque sois generosos, y os buscan cuando venís á París.» ¿Qué más pueden, pues, desear los sudamericanos que ser buscados por estaspobres niñas, que quieren traspasarles el epíteto depobresy quedarse sin él?

La suave longanimidad con que responde el señor Amunátegui á las citadas impertinencias de Julio Lemaître, las pone más de realce y las hace más ridículas.

En resolución, el libro del Sr. Amunátegui, á más de ser muy ameno y de demostrar, como todos los suyos, gran discreción, mucha diligencia para allegar datos, y alta y serena imparcialidad en los juicios, nos da á conocer algo que podemos considerar como parte de nuestra total historia literaria y artística, y nos muestra y describe extensas regiones, de donde pueden venir á esta Península riquezas que acrecienten el tesoro intelectual de nuestra raza y lengua, y adonde pueden ir también nuestros artistas y nuestras obras literarias, y aun nuestros autores, como Mora y Minvielle, á ganar honra y provecho.

El viaje á la América del Sur del actor Rafael Calvo, cuya reciente y temprana muerte deploramos hoy, probó lo que valen para las artes y letras de España aquellas repúblicas. Se cuenta un rasgo de Calvo, que le honra mucho, y que voy á referir para excitar la emulación y para corroborar mis asertos. Al volver de su excursión por América, y sin ninguna obligación legal que cumplir, Calvo entregó á D. José Echegaray una buena cantidad de dinero, como producto de los dramas suyos que en aquel Nuevo Mundo español había representado, fijando para ello el mismo tanto por ciento que cobran en Madrid los autores.


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