¡EL EMPERADOR CIEGO!
A los diez días de estancia en Munich, no había recibido aún ninguna noticia de mi tragedia japonesa. Comenzaba a desesperar de poseerla, cuando una noche, en el jardín de la cervecería donde acostumbrábamos comer, vi llegar a mi coronel con la cara llena de júbilo.
—¡Ya está en mi poder!—me dijo,—venga mañana por la mañana al museo. La leeremos juntos. ¡Ya verá qué bonita es!
Estaba muy animado aquella noche. Sus ojos brillaban al hablar. Recitaba en alta voz pasajes de la tragedia e intentaba cantar los coros. Más de una vez creyose obligada su sobrina a hacerle callar:—¡Tío, tío!—Yo atribuía aquella fiebre, aquella exaltación, a un puro entusiasmo lírico. Efectivamente, eran muy bellos los fragmentos que me recitaba, y sentía prisa por posesionarme de mi obra maestra.
Al día siguiente, al llegar al jardín de la corte, sorprendiome extraordinariamente el encontrar cerrada la sala de las colecciones. La ausencia del museo era tan extraña en el coronel, que corrí a su domicilio con una vaga inquietud. La calle en que habitaba, una calle del arrabal, tranquila y corta, con jardines y casitas bajas, me pareció más agitada que de ordinario.
La gente charlaba formando corrillos delante de las puertas. La de la casa de Sieboldt estaba cerrada, pero las persianas no.
Todo era entrar y salir las gentes con aspecto triste. Presentíase allí una de esas catástrofes sumamente grandes para caber dentro del hogar, y que se desbordan hasta el exterior. Cuando llegué, percibí gemidos sollozantes. Salían del fondo de un pequeño corredor, de dentro de una gran habitación atestada y clara como una sala de estudios. Veíase en ella una larga mesa de madera blanca, libros, manuscritos, anaqueles con colecciones, álbums encuadernados en brocato de seda; pendientes de la pared había armas japonesas, estampas, grandes mapas geográficos, y entre ese desbarajuste de viajes y de estudios, el coronel tendido sobre su cama, con sus largas barbas blancas sobre su pecho, y la pobrecilla sobrina llorando de rodillas en un rincón.
El señor de Sieboldt había muerto repentinamente aquella noche.
No quise detenerme más y aquella misma tarde salí de Munich sin ánimo para perturbar toda aquella desolación nada más que por un antojo literario, y por esta causa no pude saber de la maravillosa tragedia japonesa más que el título:¡El Emperador ciego!Más tarde he presenciado la representación de otra tragedia, a la cual hubiera convenido perfectamente este título importado de Alemania: tragedia siniestra, saturada de lágrimas y sangre, y que no tenía nada de japonesa.
FIN