II

II

Llovía copiosamente.

Una penumbra gris pesaba sobre la alcoba, de la cual Daga había cedido á su compañero la parte menos oscura, no por delicadeza, sino porque dormía hasta las diez de la mañana y no quería ser molestado por la escasa luz que entraba por la ventana. Echado sobre la cama, Anania miraba la cortina amarilla, que le parecía un bajo relieve de mármol vuelto amarillo por la humedad y falta de luz, y sentía una melancolía y un desaliento tan profundos, que casi le producían la opresión de un malestar físico.

También Daga, presa de una racha de malhumor, suspiraba dando vueltas y más vueltas en su cama, más allá de la cortina. Anania pensaba:

—¿Qué debe tener aquella bestia? ¿Por qué suspira? ¿No es feliz, rico, honrado, inteligente?

Y empezó á establecer comparaciones.

—Aquel estúpido no está enamorado, sus padres le quieren con delirio... es independiente... ¡Mientras que yo!... ¿Yo? ¿Yo, qué? ¿Acaso no soy feliz? ¿No me pongo triste ante la sombra de nubes vanas, de nebulosos monstruos? ¡Estoy loco, palabra de honor que estoy loco! Amo, soy amado; tengo ante mí un porvenir de paz y amor. Soy algo ambicioso, pero tal vez con sólo alargar los brazos puedo abarcar el mundo. Margarita es guapa,rica, me ama y me espera. ¿Qué más puedo desear? ¿Por qué esta estúpida tristeza?

También había desaparecido la nostalgia. Ante los ojos del estudiante, Roma había descorrido sus velos, y aparecía como un maravilloso panorama saliendo de las nieblas de la mañana; y había llegado á quererla tanto, que un día, dominándola, desde el mirador de Villa Médicis, refulgente, rodeada por la verde cuenca de la campiña otoñal como una ciudad de nácar encerrada en concha inmensa de esmeralda, y mirando al propio tiempo el solitario horizonte que le recordaba las soledades de su patria, se preguntaba quién era más fuerte ahora, el antiguo amor por su tierra natal ó el nuevo amor por Roma.

Había empezado una vida de estudio, y sentía, por fin, el alma eterna de Roma, impulsar, dulce y severa, su pequeña alma. Frecuentaba asiduamente las lecciones de la Universidad, las bibliotecas, galerías y museos. Algunos cuadros le producían extraña impresión, pareciéndole haberlos visto en otra parte... ¿Dónde? ¿Cuándo? No lo sabía. ¿En una vida anterior? Á veces advertía que aquellas sensaciones nacían de la semejanza de ciertas figuras con personas de su tierra. Así, por ejemplo, en una Virgen de Coreggio vió la cara morena de la madre de Bustianeddu, en un viejo del Spagnoletto reconoció el obispo de Nuoro, y encontró, viva y hablando, en una copia delRetratode Ignoto Toscano, cuyo original se encuentra en Venecia, la fisonomía sarcástica de tío Pera el hortelano.

Cada día, en las calles, en las iglesias, en las galerías ó en los escaparates descubría algo nuevo, objetos bellos y artísticos que le arrancaban gritos de entusiasmo. ¡Qué hermosa era Roma y cómo empezaba á quererla!

Pero por encima de todos los amores y de todos losentusiasmos, como la nube que cubre todas las cosas, pasaba una sombra...

La noche antes de aquel día lluvioso, hacia las once, mientras los dos estudiantes sardos bajaban, charlando en dialecto, por la calle Nacional, casi desierta y silenciosa bajo la luz violácea de las lámparas eléctricas algo veladas, una de lasmariposas nocturnasque vagabundeaban por las aceras, les había parado saludándoles en sardo.

—Bonas tardas, pizzocheddos...

Era alta, morena, con grandes ojeras. La luz eléctrica daba á su carita, surgiendo del cuello de pieles de un largo abrigo claro, una palidez cadavérica.

Como en Cagliari, la noche en que Rosa y su compañera le habían parado, Anania se estremeció, horrorizado, arrastrando consigo á Daga que contestaba insolentemente á la mujer.

Y cada vez que en las calles ó callejuelas desiertas, en las melancólicas noches veladas levemente por la niebla, encontraba alguna errante fantasma del vicio, sentía frío en el alma.

¿Eraella? ¿Podía serella? ¡Sí, esta vez, sí!... Aquella mujer había hablado en sardo; era sarda... podía ser ella...

Tumbado sobre la cama, después de horas y horas de amargura, de dudas, de opresora melancolía, pensaba:

—Es inútil hacerse ilusiones. No estoy loco, no; no es posible vivir de esta manera; es preciso que yo sepa... ¡Oh, si hubiera muerto! ¡Si hubiera muerto! Es preciso que busque. ¿No he venido á Roma para esto? ¡Mañana! ¡Mañana! Desde el día que llegué repito esta palabra, y llega el mañana y yo no hago nada. ¿Pero qué puedo hacer? ¿Dónde debo acudir? ¿Y si la encuentro?

¡Ah! ¡Esto es lo que le daba miedo! No quería pensar en lo que sucederíadespués...

De pronto se preguntó:—¿Y si pidiera consejo á Daga? Si le dijese: «Bautista, voy á salir, voy á las oficinas de la policía para pedir informes...». ¿Qué me aconsejaría? Á punto de empezar mi misión, tengo necesidad de poner mi confianza en alguien, de pedir consejo y ayuda... de descubrir mi triste secreto. ¡Ah! ¡No puedo más! Hace tantos años que arrastro conmigo tan pesada carga, que ahora quisiera librarme de ella, echarla, como se echa un peso que nos oprime... librarme... respirar... Es preciso que arroje de mi cuerpo este gusano roedor... Me dirán que soy un estúpido, me convencerán de ello, me dirán que lo deje... ¡Y tanto mejor si me convencen!... ¡Qué día más triste! Me parece leer una novela de Dostoyewski, ver una turba de gente gris y hambrienta pasar por el fondo de la alcoba... El cielo se oscurece de cada vez más... ¿Tengo sueño? Es preciso que vaya en seguida. Bautista,—dijo incorporándose, con el codo sobre la almohada.—¿No vas á salir?

—No.

—¿Me prestas el paraguas?

Esperaba que le preguntase adónde iba á ir, pero Daga dijo:

—¿No me harías el favor de comprarte uno?

Anania sentóse en la cama, de cara á la cortina, y dijo lentamente:

—Quiero ir á las oficinas de policía...

Y esperó que una voz fraternal le preguntase su secreto... Ya pensaba, palpitante, el modo de empezar...

Pero á través de la cortina una voz burlona le preguntó:

—¿Vas para que pongan presa á la lluvia?

Anania se rió, mientras el secreto volvía á caer sobresu corazón, más amargo, más pesado que antes. ¡Ah! No una cortina, una muralla inmensa, insuperable, le separaba de la confianza y caridad del prójimo. No debía pedir ni esperar ayuda de nadie; debía bastarse á sí mismo.

Se levantó, se peinó cuidadosamente, y buscó en la cómoda su partida de bautismo. Después abrió la puerta.

—Oye, coge el paraguas. ¿Se puede saber á qué vas?—preguntó el otro, en medio de un enorme bostezo.

No contestó y salió.

Llovía sin interrupción, copiosamente. Bajando la oscura escalera, Anania se detuvo un momento, escuchando el sonoro ruido del agua sobre los cristales de la lumbrera. Le parecía el ruido de una cascada que debía de un momento á otro hacer añicos los cristales, y precipitarse en el hueco de la escalera, ya inundada por el estruendo de la inminente ruina. Una tristeza y un frío de muerte le oprimió el corazón. Salió y paseó á la ventura, durante largo rato, por las calles lavadas por la lluvia. Subió por una callejuela desierta, pasó por bajo un arco negro y misterioso, miró con infinita tristeza las húmedas penumbras de ciertos interiores, de algunas tenduchas, en donde se dibujaban pálidas figuras de mujeres, hombres vulgares, chiquillos sucios; antros donde los carboneros tomaban aspectos diabólicos, donde los cestos de verdura y frutas se pudrían en la fangosa oscuridad, y el herrero, el remendón y la planchadora se consumían en un imaginario lugar de pena, más triste que las cárceles, porque era más melancólico y para toda la vida.

Anania recordó la cabaña de la viuda de Fonni, donde había pasado los primeros años de su infancia; después la casa de su padre, la almazara, el barrio miserable ylas melancólicas figuras que en él vivían; y le pareció estar condenado á vivir siempre en lugares de tristeza y entre cuadros de dolor.

Después de largo é inútil vagabundear, volvió á su casa y se puso á escribir á Margarita.

«Estoy mortalmente triste,—escribió;—tengo sobre el alma un peso que me oprime y me mata. Hace muchos años que quería decirte lo que hoy te escribo, en este día lluvioso y melancólico. No sé cómo acogerás la revelación que voy á hacerte; pero cualquiera que sea tu modo de pensar, no olvides, Margarita, que si me decido á hacer lo que pienso, es porque á ello me arrastra una fatalidad inexorable, un deber más amargo que un delito... Tal vez... Pero yo no quiero pensar... yo no quiero inclinarte á esta ó aquella resolución, aunque de ella dependa mi vida ó mi muerte. Y hablando de muerte quiero decir muerte moral; aquella muerte que no mata el cuerpo, pero le condena á una lenta agonía... Pero antes te voy á explicar... ¡No puedo! ¡No puedo! Me parece que en seguida que te habré dicho lo que quiero hacer, me vas á rechazar; y sin embargo mi dolor es tan inmenso que siento la necesidad de arrodillarme á tus pies y esconder el rostro en tu regazo, como un chiquillo que llora, y depositar en ti mi angustia, antes...».

Al llegar á la palabra «antes» se paró y empezó á leer la carta comenzada. Volvió á coger la pluma, pero no pudo continuar, dominado por una repentina frialdad. ¿Quién era Margarita? ¿Y él quién era? ¿Quién eraaquella mujer? ¿Y la vida, qué era? Y empezaban otra vez las estúpidas preguntas. Contempló durante largo tiempo á través de los cristales, destacándose sobre un fondo amarillento, el gotear de los alambres, y las anillas y bramantes agitados por el viento. Pensó:

—¿Si me suicidara?

Rompió lentamente la carta, primero en largas tiras, después en cuadritos que colocó en columna, y volvió á contemplar estúpidamente los cristales, los alambres y los bramantes que parecían títeres mojados.

Por la tarde cesó la lluvia y los dos estudiantes salieron juntos. Serenábase el cielo. En el aire suave vibraban los rumores de la reanimada ciudad, y el arco iris rodeaba, cual maravilloso marco, el cuadro húmedo del Foro Romano.

El buen tiempo había dado á Daga una alegría despreocupada; y en cambio Anania sentíase más oprimido por sus tristes ideas. Con las manos en los bolsillos, el sombrero ante los ojos, callado, caminaba automáticamente, sin ver nada de lo que pasaba á su alrededor.

Como de costumbre, los dos amigos subieron por la calle Nacional, y Daga se paró á mirar los periódicos ante casa Garroni, mientras Anania seguía andando distraído, al encuentro de una fila de seminaristas vestidos de rojo, hablando una lengua extraña, y tropezó ligeramente con uno de ellos. Entonces pareció despertar de un sueño, echó una maldición en sardo y volvió la cara. Los seminaristas se alejaban; el reflejo de sus hábitos escarlata daba un resplandor sangriento al empedrado mojado, y las aceras parecían iluminadas. Aquellos jóvenes extranjeros iban alegres y sin preocupaciones, vivos y oscilantes como llamas que pasaban iluminando la calle y llenándola con su charla y sus risas. Del mismo modo pasaban por la vida, sin preocupaciones, inconscientes, porque ante ellos no surgía la sombra de ninguna pasión, y no brotaba más llama que la de sus hábitos talares. Anania pensó en ellos casi con envidia, y dijo al compañero que acababa de alcanzarle:

—Cuando chico conocí al hijo de un bandido famoso. El chiquillo estaba lleno de pequeñas pasiones salvajes, y se proponía vengar á su padre. Y después he sabido que se ha hecho fraile. ¿Cómo te lo explicas?

—¡Estará loco!—contestó Daga con indiferencia.

—¡Pues no!—replicó Anania animándose.—Siempre explicamos ó queremos explicar muchos misterios psicológicos, dando el calificativo de loco á quien los realiza.

—Por lo menos es un monomaníaco. Por otra parte, también la locura es un misterio psicológico complicado, un árbol cuya rama más potente es la monomanía.

—Admitido. Pero el individuo en cuestión tenía la monomanía del bandolerismo; podríamos decir monomanía atávica. De modo que, al hacerse fraile, á pesar de ser un hombre casi primitivo, ha querido librarse de su dolencia...

—Muy bien... y ha ido de mal en peor; acabará por enloquecer de veras. Un hombre normal, consciente, dominado por una idea fija cualquiera, debe librarse de ella, secundándola plenamente. Y sino, vamos á ver. El amor. ¿Qué es el amor? Una idea fija, el deseo de estar al lado de una persona determinada. Al lado y... solos. Pues bien, no hay otro remedio para curarse, que estar una temporada al lado... de la idea fija. ¡Espera que voy á ver una cosa!—dijo, parándose ante un mostrador para examinar una cartera.—Es de piel de cocodrilo.

—Tal vez tengas razón,—dijo Anania pensativo.

—Seguramente; es de cocodrilo.

—Hablaba de la idea fija...

—Pensar que aquella cartera vivía en el Nilo...

—¡Qué estúpido eres!—exclamó Anania.—¿Oye, sabes dónde están las oficinas de Policía?—preguntó después.

—¡Yo qué sé! No he tenido nunca relaciones con esta señora,—contestó el otro.—Pero veo que tú...

—¡Ea! Hablo seriamente. ¿Dónde están?

—¿Pero tú crees estar en Nuoro? Hay muchos puestos; sé que hay uno aquí cerca, en San Martín del Monte, porque un día encontré un delegado sardo conocido mío...

—¿Quieres acompañarme?—preguntó Anania, tomando por la calle de Depretis.

Repentinamente se había puesto pálido y las manos le temblaban dentro de los bolsillos.

—¿Pero qué tienes?—preguntó asombrado su compañero.—¿Qué quieres de la policía? ¿Qué te ha pasado? ¿Has cometido algún delito?

—Quiero averiguar... me han encargado que averigüe las señas de una persona... Vamos, vamos.

Apretó el paso, y su compañero le siguió curioso y algo turbado.

—¿Quién es esta persona? ¿Quién te ha dado el encargo? ¿Es paisana tuya? ¿No se puede saber? Habla de una vez...

Pero el otro andaba de prisa y no contestaba.

—Oye, tú,—dijo Daga, al llegar frente á Santa María la Mayor.—¿Por quién me tomas? ¿Por un perrito? Si no abres la boca, te planto y me voy...

—Espérame un momento,—dijo Anania sin pararse,—ya te contaré...

Puesto en curiosidad, Daga esperó, paseando por la escalinata de Santa María. Pasó casi una hora. Poco á poco el estudiante fué olvidando la ocupación misteriosa de su compañero, absorto en la contemplación de la grandiosa escena que se desplegaba ante sus ojos. Del purísimo cielo caía la luz rosada del crepúsculo, y en el inmenso abanico de calles que parten de la plaza delEsquilino, brillaban las grandes perlas amarillas de las lámparas eléctricas. En la plaza aún con luz natural, la gente y los carruajes pasaban como en una platea enorme, ante un escenario único é inmenso.

—...Un hilo invisible impulsa á los hombres como si fueran títeres,—pensaba el estudiante.—¡Helos ahí que pasan, se apresuran, desaparecen! Todos ellos se creen grandes, el eje del mundo, y creen que el mundo existe sólo para ellos. ¡Y cuán pequeños son! ¿Cuántos habrán cometido algún delito, tal vez aquel señor que lleva una chistera tan brillante? ¿Tal vez ha envenenado á alguien? Todos tienen preocupaciones... no, todos no; es mentira que la humanidad sufra; la inmensa mayoría no sufre ni goza. ¡Por ejemplo, toda la gente que va al Pincio! ¿Es posible que aquella gente sienta placer ni dolor? ¿Es Anania Atonzu aquél? Sí, ya viene; también él parece una figurilla de cartón. Tiene el mismo aspecto que Polichinela cuando dice: «¡La suerte está echada!».

Y con olímpica superioridad, el estudiante acogió con una sonrisa, como nunca burlona, el regreso de su compañero.

—¿La suerte está echada?—le preguntó con énfasis, haciendo la acción de echar algo.

—Sí,—contestó Anania, apoyándose indolentemente en la pared.

Durante unos momentos se sumergió en la contemplación de la plaza, donde las luces de los faroles empezaban á vencer la luz del crepúsculo. En el fondo de la calle central, que le produjo la idea de una carretera á través de un bosque, vió el monte Mario, cual lejana muralla proyectándose sobre un cielo rojo; y sin saber por qué recordó la noche que, siendo niño, subió á la falda del Gennargentu y vió un cielo amenazador, todo rojo, donde revoloteaban las almas de los bandidos.

En aquel momento también sentía el misterio revolotear á su alrededor, é infundíale espanto la visión de la ciudad; bosque de piedra atravesado por calles luminosas, por ríos, cuyo oleaje era movido por el palpitar de la humanidad doliente.


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