IV
«Roma, 1.º de junio.
«Margarita mía: Acabo de recibir tu carta y contesto en seguida. Estoy algo atolondrado. Durante estos días he cogido por lo menos veinte veces la pluma para escribirte, sin conseguirlo. Y sin embargo tengo muchas cosas que decirte. He cambiado de casa. El otro día me disgusté con Bautista Daga, porque le sorprendí en tierno coloquio con la mayor de las hijas de la patrona, cuando me consta que tiene relaciones íntimas con la menor. Me dió asco, y cambié en seguida de casa. Además, estaba muy lejos de la Universidad. Debía hacer casi un viaje para ir, cosa que me fastidiaba bastante, con el calor excesivo que empieza á sentirse.
«Con Daga hice las paces al día siguiente. Tropecé con él cerca de la casa donde vivo; probablemente venía á buscarme, aun cuando dijo que no. Yo estoy ahora muy bien. La nueva patrona, una señora sarda que, según dice, ha nacido en Nuoro, es muy buena, muy simpática y muy devota. Tiene conmigo cuidados casi maternales, tanto, que me ha cedido su alcoba mientras se marcha una hermosísima señorita inglesa, cuya habitación debo ocupar.
«Esta miss se te parece de un modo extraordinario, pero te suplico que no tengas celos: primero, porque estoy locamente enamorado de una señorita nuorense; segundo, porque la miss debe marchar dentro de ocho días;tercero, porque es loca de atar; cuarto, porque está prometida, y quinto, porque estoy bajo la salvaguardia de todas las santas y santos del cielo, colgados de la pared de mi alcoba, y hasta de las Benditas Ánimas del Purgatorio, iluminadas día y noche por unamariposa[35], que, no sé por qué, también me parece un alma en pena. (¡Ya empiezo á escribir lo que tú llamas tonterías!).
«No, espera; antes te quiero decir que en casa de la nueva patrona viven otros extranjeros que sólo están de paso: un empleado del ministerio de la Guerra, un sastre piamontés, elegantísimo y muy instruido, y un viajante francés capaz de soltar ochenta mentiras en cinco minutos. Me recuerda al muy ilustre señor Francisco Carchide, de Nuoro, tu desgraciado pretendiente.
«Ayer tarde, por ejemplo, mientras la miss y el sastre discutían en inglés si los boers tienen derecho ó no á ser un pueblo libre, Mr. Pilbert me contaba, medio en francés y medio en latín, comofecesalir los cabellos de uno de sus chiquillos por medio de la sugestión; en una hora crecieron un centímetro, después cesaron de crecer durante varios días, y, por último, empezaron áse développer naturellement.
«La señora Obinu,—así se llama la patrona,—tiene de cocinera una vieja sarda, que hace treinta años vive en Roma y aún no ha conseguido aprender el italiano. ¡Pobre vieja tía Bárbara! La sacó de Cerdeña, casi á la fuerza, el amo á quien servía, un capitánde los dragones(como ella dice) de un carácter muy violento y que le daba mucho miedo. Me da mucha lástima esta viejecita, negrucha y pequeña como unajana[36], que conserva cuidadosamente guardado su traje del país, y lleva unridículo vestido comprado en elCampo di Fioriy un sombrerito que debió pertenecer á la primera mujer de Napoleón. Á menudo me meto en la cocina oscura y caliente, para hablar en dialecto con la tía Bárbara, que llora y me pide noticias de la gente de su país, y sueña continuamente en regresar á Cerdeña, aun cuando tiene un miedo horrible al mar, que cree siempre en pleno temporal, como la única vez que lo ha pasado. No se forma idea alguna del lugar donde vive. Para ella Roma esun lugar donde todas las cosas son carasy un sitio peligroso donde se puede morir de un momento á otro, atropellado por un coche. Me dice que los tranvías, de los cuales tiene mucho miedo, le parecen ciervos (y no ha visto nunca un ciervo vivo); y que no oye nunca misa en el Panteón, porque en aquella iglesia redonda, con un agujero en la bóveda, como un horno sardo, le dan ganas de reirse. Me preguntó si hacíamos el pan en casa; le dije que sí, y se echó á llorar, recordando las bromas y los juegos de los días en que cocían el pan en su casita paterna. Quiso saber si aún existen pastores y si éstos comen sentados en el suelo, á la sombra de los árboles. ¡Cómo suspiraba recordando unbanquetede Pascua, celebrado en un redil, en el cual, hace cuarenta años, había tomado parte. La tía Bárbara no puede sufrir á la miss, y ésta, á su vez, considera á la vieja como una salvaje primitiva. Á veces la pobre canta en dialecto logodorense, y entre otras canciones, una nenia fúnebre también popular en Nuoro: ¿sabes? aquélla que dice:
Corazón, nana, nanita.Estoy dispuesto á marcharY pronto á hacer testamento...[37]
«Á la noche, ama y criada rezan el rosario en dialecto, y yo me entretengo en contestar desde mi cuarto, haciendo rabiar á la tía Bárbara, que interrumpe sus rezos para insultarme.
«—Su diaulu chi ti ha fattu...[38].
«—¡Tía Bárbara!—dice entonces la patrona, enfadándose á su vez.—¿Pero está usted loca?
«—¡Pues que se callecusso pizzinnu de s'inferru![39].
«Basta ya, Margarita mía, querida Margarita de mi vida; ahora hablemos de nosotros. Por aquí hace ya mucho calor; pero al anochecer, generalmente, refresca. De día estudio sin descanso: estudio de veras... porque es mi deber y también mi placer. Asisto á la Universidad y frecuento las Bibliotecas como ninguno de mis compañeros, y por esto mismo los profesores me aprecian. Al anochecer salgo á pasear por la orilla del Tíber y me paso horas y más horas mirando el agua corriente, haciéndome preguntas completamente inútiles; como, por ejemplo: «¿Qué es el agua?». No es verdad que el Tíber sea rubio; no, á veces tiene un color amarillo térreo, más á menudo verdoso, alguna vez como amoratado, y también azul de cuando en cuando. Ciertas noches tranquilas el río es lechoso, refleja las luces, los puentes y la luna, como un mármol bien pulimentado. Comparo el curso continuo del agua al amor que tú me inspiras; como él es mi amor, continuo, silencioso, avasallador, inagotable. ¿Por qué, por qué no estás tú aquí, conmigo, Margarita mía? Todas las cosas me parecen más bellas y más profundas cuando las miro pensando en ti. ¡Cuán luminosas é intensas me parecerían, si pudiera verlas reflejadas en tus adorados ojos! ¿Cuándo, cuándo se podrá realizar el ansiosoy encantador ensueño de nuestras almas? En ciertos momentos me parece imposible que pueda vivir tanto tiempo separado de ti, y una angustia inexplicable hace palpitar mi corazón: después me estremezco de alegría pensando que dentro de dos meses nos veremos.
«Margarita mía, adorada, yo no sé expresarte todo lo que siento, y me parece que ninguna palabra humana podría conseguirlo. Siento un fuego continuo que me consume y devora, y una sed inextinguible que sólo una fuente puede apagar. Tú eres la fuente en donde apagaré mi sed, tú el jardín entre cuyas flores se deleitará mi alma ardiente, ansiosa de amores é ideales. Estoy solo, solo en el mundo, Margarita mía adorada; tú eres, para mí, todo el mundo, y cuando me pierdo entre la muchedumbre, en un mar inmenso de gente desconocida, basta que piense en ti para que mi alma vibre de amor hacia todos los seres que me rodean, y sienta palpitar el alma de la multitud, como un mar sonoro.
«Á veces, cuando recibo tus cartas, siento una felicidad tan grande que llega hasta el delirio; me parece haber subido á la cúspide de una montaña maravillosa, y que sólo deba alargar la mano para alcanzar las estrellas... Es demasiada dicha... demasiada... casi me da miedo; miedo de caer en el abismo, miedo de ser reducido á cenizas por el contacto sobrehumano de los astros vecinos. ¿Qué sería de mí si tú llegases á faltarme? ¡Ah! Tú no sabes, tú no puedes comprender la tontería que escribes, cuando escribes que tienes celos de las mujeres hermosas é instruidas que puedo encontrar en Roma. Ninguna mujer puede ser, puede representar, para mí, lo que tú eres y representas. Eres tú la vida, el pasado, la raza, el ensueño; eres la esencia misteriosa que llena hasta los bordes la vacía copa de la vida. Sí; yo me figuro la vida como una copa que debemos tener continuamente juntoá los labios. Para muchos está vacía, y ansiando beber lo que no existe, mueren lentamente por falta de alimento, mejor dicho, de bebida espiritual. En cambio, para otros,—y afortunadamente yo me cuento en su número,—la copa contiene una ambrosía más ó menos divina...».
«He interrumpido la carta porque Bautista ha venido á verme. Tiene miedo de comprometerse con las hijas de la patrona que quieren seducirle á toda costa, y desea venir á vivir conmigo. Veremos. Hablaré con la patrona apenas vuelva. No le guardo rencor, porque, después de todo, como dice mi amigo Mr. Pilbert, la ofensa es una cosa insubsistente. Si uno, por ejemplo, me llama ladrón, ¿qué daño puede causarme el sonido producido por las palabras que mi ofensor ha pronunciado?
—»¿Y los palos, Mr. Pilbert?—le pregunté».
«Vuelvo á coger la pluma, aturdido por una confidencia íntima que acaba de hacerme la tía Bárbara. La viejecita entró en el cuarto con el pretexto de cambiar el agua y me dijo que conocía á Bautista Daga por haber venido algunas veces á visitar á la patrona.
«Una duda me asaltó, porque no sé si te he dicho que el pasado de la patrona no es del todo inmaculado. Miré á la tía Bárbara, pero ella apretó los labios y dijo que no con la cabeza, con aire de misterio. Me marcó con preguntas acerca de Bautista, á las cuales contesté pacientemente. Después le interrogué á mi vez, y prometiéndole ir estas vacaciones á su país para informarla minuciosamente de todo lo que ha pasado desde treinta años á esta parte, conseguí que me contara que María Obinu dejó en Cerdeña varios hijos, uno de los cuales fué adoptado por un rico propietario campidonense.
«Y la tía Bárbara sospecha que Bautista Daga es hijo de María Obinu...».
Anania interrumpió de nuevo la carta, cuya última hoja había escrito casi automáticamente, bajo el impulso de una turbación repentina. Leyó y releyó las últimas líneas. Una pequeña hormiga negra pasó por encima de la hoja y la miró con ojos llenos de profundo asombro. ¿Qué cosa era aquel pequeño ser llamado «hormiga»? ¿Y por qué existía? ¿Debía aplastarla con un dedo? ¿Ó no debía aplastarla? ¿Existía el libre albedrío?
En aquella época, si bien asistía á la clase de Ferri, aún creía en el libre albedrío, y á menudo cometía pequeñas faltas, para probarse á sí mismo quequeríacometerlas. Pero esta vez dejó pasar la hormiga, que desapareció tranquilamente por debajo de un libro, ignorando el terrible peligro que acababa de correr. Como otras veces, rasgó la última parte de su carta. Apoyó la frente entre las manos y se puso á leer las primeras hojas, y á medida que leía, sentía una oleada de amargura inundarle el corazón.
—Sí,—pensó,—vivo demasiado cerca de las estrellas... y no veo el abismo en donde inevitablemente caeré... ¡No, no, no!—dijo después entre dientes, desesperadamente, sacudiendo la cabeza, con los puños apretados contra las sienes.—¿Por qué me obstino? Tal vez es mi madre... y Bautista Daga viene á buscarla... ¿Por qué no me habló nunca de ella? ¿Y por qué debía hacerlo? Nunca me contaba nada referente á sus aventuras. Y él... él viene aquí... ¿para qué?... ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Yo... yo soy el hijo de María Obinu! Ella debe saber toda mi vida. Ha contado á su manera á la viejajana, que he sido adoptado por un rico propietario... ¿Ha dejado en Cerdeña otros hijos? No, no esverdad; porque ella partió en seguida que me hubo abandonado. Lo contará así para despistar... para... ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!
Sollozaba sin derramar lágrimas, balbuceando palabras sin sentido y sacudiendo locamente la cabeza; pero de pronto se levantó de un salto, pálido, rígido, con los ojos vítreos.
—Es preciso acabar,—pensó,—es preciso que salga de dudas. ¿Á qué vienen esta lamparilla, estos cuadritos, tanto rezar? Pues áestoprecisamente. Pero yo te sabré desenmascarar, alma extraviada. Sí, yo te mataré, te aplastaré; sí, yo, porque eres mi desgracia, y la desgracia de mi querida, de mi adorada Margarita... ¡Pobre Margarita mía!
Dejó caer su puño cerrado sobre la carta, mientras sus ojos relampagueaban de odio; y, tembloroso, se desplomó sobre la silla, dando con la frente sobre la mesa. ¡Ojalá se hubiese abierto la cabeza!... No pensar en nada, olvidar, desaparecer...
Sintióse vil, parecióle ser viscoso y negro como un cuerpo amasado con fango; carne de la carne prostituida de su madre, y como ella, delincuente, miserable, abyecto. Tumultuosos recuerdos pasaron por su mente; recordó los generosos propósitos tantas veces acariciados debuscarlayredimirla, la piedad infinita por la inconsciencia y la irresponsabilidad deella, el orgullo que experimentaba al sentir tanta piedad, tan inmensa sed de sacrificio...
¡Todo mentira! Bastaba un vago indicio, dado por una vieja chocha, para despertar en su alma una tempestad de fango, la idea de un delito.
—¡La mataré! Y al pronunciar aquellas palabras comprendía que acababa de cometer el delito, aunque sólo pensaba vagamente en él.
Pensó en la paz que gozaba desde que vivía cerca de María Obinu, y alzó la frente, herido por una nueva impresión. Durante aquella semana, pasada en la casa, en la alcoba monacal de María, había creído siempre, en el fondo de su conciencia, que era su madre; y la comprobación de su vida honrada y su redención le habían hecho feliz. Y así como al principio había rechazado la idea de que María fuesesu madre, después había esta idea arraigado fuertemente en él. Su horizonte se aclaraba; su pensamiento, libre de un peso que antes le aplastaba y le clavaba en el suelo, podía, por fin, volar hasta las estrellas.
Y toda vez queella, por castigarse, por miedo, ó por amor de independencia, renunciaba á su hijo, él era feliz pudiendo renunciar á ella, cuya existencia estaba asegurada, cuya vida estaba purificada. Ya que no podía hacerle ningún bien, no quería hacerle ningún mal, mezclándose en su vida. Ya no debía buscar más. Sumisiónno podía cumplirse, el terrible problema se había resuelto: después de tanto y tan largo sufrimiento, podía seguir tranquilamente su camino hacia la felicidad. Había cumplido su deber con sólo el deseo de cumplirlo; y este deber ideal le había costado tanto, le parecía tan heroico y tan grande, que le llenaba el alma de orgullo. Las estrellas ya estaban cercanas. Pero de pronto, de repente, el abismo se abría otra vez. Todo era mentira, dentro y fuera de él, todo ilusión, todo sueños en «aquella cosa extraña» que llamaban vida. ¡Hasta las estrellas eran mentira é ilusión!
—¿Y si la ilusión fuese lo que ahora pienso?—se preguntó.—¿Si yo me engañase? ¿Si María Obinu no fueseella? ¿Y qué? Si no esella, será otra,—terminó diciendo desesperado.—Ella, próxima ó lejana, existe y me llama, y yo debo volver sobre mis pasos, volver áempezar, y encontrarla viva ó muerta. ¡Oh, si hubiese muerto!
Siguió esperando el regreso de la patrona, y para calmarse algo, trató de analizar la extraña pasión que le dominaba. Y, como tantas otras veces, sintió que su pena mayor provenía, más que de la pasión, del cruel contraste que formaba suyoal desdoblarse. Uno de los dos era un chiquillo fantaseador, apasionado y triste, con el alma enferma. Seguía siendo el mismo que bajaba de los montes nativos soñando en un mundo misterioso; el mismo que en la casa del almazarero había meditado durante largos años la fuga, sin realizarla jamás; el mismo que en Cagliari había llorado creyendo que Marta Rosa pudiera ser su madre. El otro ser, normal é inteligente, criado junto al chiquillo incurable, veía claramente la vanidad de los fantasmas y de los monstruos que atormentaban á su compañero, pero por mucho que luchase y gritase, no conseguía librarle de la obsesión.
Una lucha continua, un contraste cruel agitaba día y noche á los dos seres; y el chiquillo fantaseador é ilógico, víctima y tirano, resultaba siempre vencedor. Quería saber, quería descubrir, quería alcanzar su intento; y sufría, de lo vano de sus investigaciones, igualmente que de la esperanza de llegar á conseguir su propósito. Muchas veces se había preguntado si, libre del amor de Margarita, hubiese sufrido de igual manera. Y siempre había contestado afirmativamente.
María Obinu regresó al anochecer.
—Señora María,—gritó el estudiante abriendo la puerta,—venga en seguida, que tengo que decirle una cosa.
—¿Qué quiere?—preguntó entrando.
Iba vestida de negro, llevaba un sombrero de terciopelomorado, ya descolorido, y respiraba fatigosamente por haber subido la escalera de prisa, de buen color contra la costumbre, la frente reluciente por el sudor.
—¿Qué le pasa?—preguntó malhumorado Anania.
—¿Á mí? ¡Nada!—contestó con extrañeza. Después volvió á su simpática sonrisa de siempre.—¿Pero por qué está á obscuras? ¿Qué tiene que decirme?
—Vaya, vaya á cambiarse de vestido; se lo diré después.
Pareció impresionarse por el acento de malhumor y el entrecejo fruncido del estudiante, tanto más cuanto que aquella mañana le había dicho que se encontraba un poco mal.
—¿No se encuentra bien?—preguntó afectuosamente.—¡Qué calor hace, Dios mío! Se ahogan. Diga, diga qué quiere.
—¡Vaya á desnudarse antes!—repitió Anania, acercándose á la pared para restregar un fósforo.
—¿Pero qué es lo que quiere? Hable...
—Mejor es,—pensó rápidamente Anania, encendiendo el fósforo,—mejor es que la coja de improviso, antes que pueda hablar con aquella tía vieja.
—¿Dónde, dónde estará la vela? Pues oiga, ha venido... ¡al fin!... ha venido...su diaulu chi t'a fattu, ¿no te vas á encender? ¡Vaya unas velitas!
Alzó la vista y miró fijamente á la mujer que seguía con ojos tranquilos sus movimientos.
—Ha venido el estudiante sardo Bautista Daga; quisiera una habitación; supongo que podrá tenerla.
—Veremos,—contestó tranquilamente.—¿Para cuándo la quisiera?
Anania empezó á enfadarse.
—Usted le conoce, ¿verdad?
—Yo no.
—La tía Bárbara me ha dicho que le ha visto aquí otras veces...
María Obinu frunció las cejas y entornó los ojos esforzándose en recordar. De pronto echando chispas y con voz irritada dijo:
—Oiga, si es un joven pálido, con la nariz algo torcida, con una cara de malas pasiones... dígale que en mi casa no hay sitio alguno para él...
—¿Por qué? Dígame, cuente; yo no sé nada... de veras... Hemos dormido en una misma alcoba durante seis meses, pero no sé nada de él... de veras... Dígame...
Anania estaba sentado junto á la mesita, é inadvertidamente iba empujando la vela hacia la pared, de la que colgaba un calendario.
—No tengo nada que contarle,—siguió diciendo la mujer:—no tengo que dar cuenta á nadie de mis actos. ¡Déjenme en paz! Vivo de mi trabajo y no pido nada á nadie; y soy mucho más honrada que muchas señoras ante las cuales susseñorías(sonrióse irónicamente) se quitan el sombrero. ¡Ay!—siguió diciendo, suspirando profundamente.—¡La vida es muy larga! ¡También á ustedes, también á ustedes les llegarán días de amarga prueba! ¡Ojalá Dios les libre de ellos! Entonces conocerán el mundo, conocerán la espesa hilera de serpientes que se levanta á los dos lados del camino de la vida; y encontrarán la piedra que les hará tropezar. ¡Y cuántos, señor Anania, cuántos no saben levantarse otra vez, y dan con la frente en la piedra y mueren del golpe! ¡Y son tal vez los más dichosos! ¡Ay! ¡Pero el Señor es misericordioso! ¡Por mi fe de cristiana aseguro que el Señor es misericordioso!...
Se puso una mano sobre su corazón y volvió á suspirar profundamente.
—¡Finge!—pensó Anania.
Y añadió algo irónico:
—Boste est sapia che i s'abba[40]. Pero no entiendo nada de sus discursos, palabra de honor. ¿Qué tiene que ver Bautista Daga con todo esto? ¿Qué le ha hecho? ¡Dígamelo!...
—¡Apague, apague pronto la vela!... ¡Mire, que está ardiendo el calendario!... ¿Dónde tiene la cabeza?—gritó María, corriendo hacia la mesa.—¡Virgen María! ¡Usted me va á arruinar!
Rápidamente Anania separó la vela y apagó el fuego.
—¡Qué cabeza! ¿Y si ahora le diera cuatro tirones, no serían bien merecidos?—gritó María, tirando del mechón de pelo que el estudiante llevaba sobre la frente.
—¡Señora María! ¿Qué hace? Déjeme. ¡Caramba, usted no bromea!—exclamó, bajando y sacudiendo la cabeza, mientras un recuerdo repentino relampagueaba en su mente. Sí, hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, en una cocina llena de hollín y guardada por el fúnebre capotón del bandido, Olí, malhumorada por la miseria y las penas, tiraba á veces de las greñas salvajes de un melancólico chiquillo... Y, cosa extraña, en vez de disgustarle, aquel recuerdo le conmovió.
Cogió la mano de María y la miró con mirada loca. ¿Era la misma que le pegaba de chico, la misma que le guió hasta la puerta de la almazara, aquella noche fatal?
—¡Qué cabeza! ¡Qué loco!—continuaba diciendo la mujer.—Si no llego á estar, de seguro que sucede una desgracia. Ahora, déjeme marchar.
El alzó la cabeza y dijo:
—Me parece haber visto su mano otras veces. Otras veces esta mano me tiró de los cabellos, me pegó, me acarició...
—«¿Se vuelve usted loco?—exclamó la mujer, retirando bruscamente la mano y acercándola á la cara.
—Señora María,—prosiguió diciendo, mientras ella se miraba la mano, algo estúpidamente.—¿Cree usted en los espíritus? ¿No? Pues existen, y usted debería creer en ellos. Yo creo. Pues bien, cada noche me aparece un espíritu amigo que me revela muchas cosas. Entre otras, me dice que usted es mi madre.
María se echó á reir con risa forzada, como si ocultara un secreto terror; y el joven comprendió en seguida que había escogido un método muy ingenuo para conseguir conmoverla. ¡Qué estúpido era! ¿Y por qué estúpido? Si de veras hubiese sido su madre, se habría turbado del mismo modo, comprendiendo que él sabía ó sospechaba algo. Y, por el contrario, se reía, si bien algo asustada por la idea de los espíritus, en los cuales creía.
—¡No y no!—pensó él.—Estoy loco, loco de veras.
Ella dijo, como si fuera un eco:
—Está usted loco, loco de veras. ¡Ojalá fuese de veras su madre!
Se oyó la voz de la tía Bárbara que llamaba á la patrona.
—¡Cuánto tiempo me hace perder!—dijo ésta, pronta á salir, mientras Anania se arreglaba el mechón y reía.
—¿Qué debo contestar á Daga?—preguntó mirándose atentamente en el espejo.
—Que si vuelve y estoy en casa, le echaré escaleras abajo. ¿Entiende?
—¿Pues sabes, chiquillo, que me quedo sin entender una palabra de nada?—dijo Anania como si hablara con su imagen reflejada por el espejo.
—¡Señora María, espere un poco!—gritó corriendo hacia la puerta.—¡No se marche sin explicarme!... ¡Qué manera de dejarle á uno! Venga.
Pero ella desaparecía en lo obscuro de la antesala, desabrochándose el cinturón y soplando por el calor y la rabia.
—Venga usted, oiga...—repetía el estudiante agitando el peine que aún tenia en la mano.—Oiga...
Ella no contestó.
—¡Ya entiendo! Le habrá hecho alguna proposición...—pensó Anania, cerrando la puerta.—¡Qué muchacho más endiablado! ¿Y á mí qué me importa? Cada cual tiene sus cosas.
Y volvió frente al espejo.