IX

IX

«20 septiembre.

«Tu proceder de ayer noche ha acabado de revelarme tu carácter y tus sentimientos. Creería inútil decirte que todo ha terminado,inexorablementeterminado, entre nosotros, si no fuera por miedo de que tomaras mi silencio como señal de humillante espera. Adiós para siempre.

M.

«P. D. Deseo que me remitas mis cartas, así como yo te remitiré las tuyas».

«Nuoro, 20 septiembre.

«Mi querido padrino: Quería ir en persona para decirle lo que ahora voy á escribirle, pero en este mismo momento recibo de Fonni la noticia de que mi madre está gravemente enferma y me veo obligado á partir inmediatamente. Tenía que decirle lo siguiente:

«Su hija me acaba de avisar que retira su promesa de matrimonio, que nos habíamos dado con el consentimiento de ustedes. Su hija le podrá explicar mejor, si es que ya no lo ha hecho, la causa de su resolución, que yoacepto completamente por mi parte. Nuestros caracteres son demasiado diversos para que podamos entendernos: por fortuna nuestra y de las personas queridas, hemos hecho á tiempo este triste descubrimiento, que si bien ahora nos causa una pena, nos evita cometer un error que podría haber sido la desgracia de toda la vida.

«Su hija seguramente será todo lo feliz que merece y encontrará un hombre digno de ella; nadie lo desea más que yo; yo... seguiré mi destino...

«¡Querido padrino! ¡al leer esta carta, después de las explicaciones de su hija, no me acuse de ingrato ni de orgulloso! No; suceda lo que suceda, quede ó no libre de cumplir gravísimos deberes hacia mi desgraciada madre, doy por terminada toda relación entre mi persona y su familia y renuncio á toda protección que sería absurda y humillante para todos; pero en el corazón conservaré siempre, mientras quede en mí un soplo de vida, el agradecimiento y sobre todo la veneración hacia usted.

«En estos dolorosos momentos de la vida, mientras los sucesos me llevan á desesperar de todo y de todos, y especialmente de mí mismo, su figura, querido padrino, su figura buena y caritativa me guía aún, como me ha guiado desde el primer día que le conocí: es como un rayo de esperanza en la honradez humana. Y el deber de mi gratitud hacia usted me anima á vivir, mientras la luz de la vida se apaga á mi alrededor... No sé qué decirle; pero el porvenir le demostrará mejor mis sentimientos y espero que no llegará á arrepentirse de haberme protegido.

«Su agradecidísimo

«Anania Atonzu».

Á las tres de la madrugada Anania iba ya camino de Fonni, montado en un caballo tuerto que verdaderamente no se portaba como lo exigían las circunstancias. ¡Ay!, ¿para qué ocultarlo? Anania no llevaba prisa, aun cuando el conductor del coche-correo, por medio de quien la tía Grathia mandó el recado de la gravedad de Olí, le dijese:

—Es necesario que marche en seguida; tal vez ya la encuentre muerta.

Durante largo rato Anania pensó solamente en la carta que él mismo, al pasar, había entregado á la criada del señor Carboni.

—Me despreciará—pensaba.—Dará la razón á su hija cuando ésta le cuente mis extrañas pretensiones. Sí; cualquiera otra hubiese obrado como ella; comprendo que es mía la culpa, pero también yo hubiese obrado del mismo modo con cualquiera otra mujer...

Después recordó las últimas líneas de su carta.

—Producirán buena impresión. Tal vez debía haber añadido que la culpa es toda mía, pero que nopodíaobrar de otra manera; pero quiá,ellosno podrán comprenderme, ni tampoco podrán perdonarme. Todo ha terminado.

Improvisamente sintió un ímpetu de alegría recordando que su madre se estaba muriendo; y en seguidatratóde horrorizarse de sí mismo.

—Soy un monstruo—pensó; pero su alegría era tan profunda y cruel que hasta las palabras «soy un monstruo» le sonaron á algo burlesco y alegre.

Pero poco después sintió verdadero horror de sus sentimientos.

—Se muere—pensó—y yo soy quien la mata; se muere de miedo, de remordimientos y de pena. Sí, el otro día la vi encorvarse, acurrucarse, con los ojos llenos de desesperación; mis palabras la han herido como si fueranpuñales. ¡Qué cosa más asquerosa es el corazón humano! Estoy gozándome en mi delito y me alegro como un prisionero que recobra la libertad después de haber matado al carcelero; y en cambio llamo vil á Margarita y la desprecio porque con toda sinceridad declara que no puede querer á una mujer perdida. ¡Yo, yo soy mucho más vil! ¡cien veces más vil! ¿Pero puedo tener otros sentimientos? ¡Qué ráfagas de espantosas contradicciones, de fuerzas malvadas arrastran y retuercen el alma humana! ¿Y por qué, comprendiendo y odiando estas fuerzas, no podemos vencerlas? El Mal es el dios que gobierna al universo; un dios monstruoso que vive en nuestro interior como el rayo en la nube, y estalla á cada momento. Y tal vez, mientras me alegro por la muerte probable de aquella desdichada, esta misma potencia infernal que nos oprime y se burla de nosotros, hace mejorar á la infeliz y la cura para castigarme.

Esta idea le entristeció durante un buen rato; y sintió el horror de aquella tristeza, como antes había sentido el horror de su alegría; pero no pudo dominarse.

Le cogió la puesta del sol entre Mamojada y Fonni: una dulzura inmensa cubría el rosado paisaje; las sombras se extendían y descansaban sobre la dorada alfombra del rastrojo, evocando la idea de personas entregadas al sueño, y las rojas montañas casi se fundían con el cielo también rojo, en el cual la luna parecía un pedacito de uña nacarada.

Anania empezó á sentirse menos malo; también su alma se elevaba hacia un paisaje místico y puro.

—Hubo un tiempo en que creí ser bueno—pensaba—y era mentira, mentira y siempre mentira. Al pensar enellame exaltaba como al pensar en Margarita; creía amarla y poderla, redimir, dando de este modo un fin útil á mi existencia, y por lo contrarío he sido causa desu muerte. ¿Qué debo hacer ahora? ¿Qué haré de mi libertad? ¿De mi miserable tranquilidad qué debo hacer? Ya no puedo ser feliz; no creeré ni en los demás ni en mí mismo. Ahora, sí, ahora sí que puedo saber lo que es el hombre; es una llama loca que pasa por la vida reduciéndolo todo á cenizas, y sólo se apaga cuando no le queda nada por destruir...

Á medida que iba subiendo, el ocaso se hacía más espléndido; al pasar por bajo un árbol paró el caballo para poder contemplar un trozo del paisaje que parecía un cuadro simbólico: las montañas habían tomado un color violeta; una gran nube del mismo color oscurecía la parte más alta del cielo; y entre la nube y las montañas veíase una atmósfera color de oro y un sol carmesí sin rayos. En aquel momento, sin saber por qué, Anania se sintió bueno; bueno y triste. Llegó á desear sinceramente la curación de su madre; creyó sentir por ella una piedad infinita, y el hermoso sueño infantil de una vida de sacrificio, dedicada enteramente á la redención de la infeliz, brilló en su alma, grande y melancólico como aquel sol moribundo.

Y en seguida advirtió que soñaba bien inútilmente—porque en aquel momento nadie le quedaba—y comparó su tardía generosidad á un arco-iris sobre unos campos arrasados por el huracán: esplendor inútil.

—¿Qué haré?—repetíase desesperadamente.—Ya no puedo amar, ya no puedo creer. La novela de mi vida ha terminado. Terminado á los veintidós años, cuando para los demás empieza.

Llegó á Fonni ya de noche.

La luna nueva iluminaba melancólicamente el calladopueblecito, cayendo sobre el claro cielo recortado por el negro perfil de los techos de tablas. El aire era fresco y perfumado; se oían distintamente los tintineos de las cabras regresando de pastar, las pisadas de los caballos y los ladridos de los perros; Anania pensó en Zuanne y recordó su infancia lejana como no la había recordado durante su primera estancia en Fonni.

Su llegada á la casa de la viuda hizo asomar á las ventanucas, á las puertecitas, á los balconcitos de madera de las casitas vecinas, muchas cabezas curiosas. Debían esperar su llegada; oyó á su alrededor un cuchicheo misterioso que le envolvía, oprimiéndole como si fuera una cadena pesada y fría.

—¡Debe haber muerto!—pensó, desmontando del viejo caballo que se quedó inmóvil.

Tía Grathia salió en seguida á la puerta con una luz en la mano; estaba más cadavérica que de costumbre, con sus ojillos rojos hundidos en un gran círculo lívido.

Anania la miró inquieto.

—¿Cómo está?—preguntó, esforzándose para dar un tono de desconsuelo á su voz.

—¡Ah! ¡Está bien! ¡Ha terminado su penitencia en la tierra!—contestó la vieja con trágica solemnidad.

Anania comprendió que su madre había muerto; no se entristeció pero tampoco sintió alivio alguno.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué no me ha avisado V. antes? ¿Á qué hora ha expirado? ¿Podré, por lo menos, verla?—preguntó con ansia en parte verdadera y en parte fingida, entrando en la cocina iluminada por una gran hoguera. Sentado junto al hogar vió á un campesino que parecía un sacerdote egipcio, pálido, con una larga barba negrísima cuadrada, y dos ojos negros, redondos, desmesuradamente abiertos. Al ver á Anania, aquel tipo extraño, que tenía un gran rosario negro entre las manos,le miró ferozmente, y el joven lo advirtió y empezó á sentir una misteriosa inquietud. Una idea terrible pasó por su mente. Recordó el aire de embarazo del cochero que le dió la noticia de la grave enfermedad de su madre; recordó que pocos días antes había dejado á Olí delicada, pero no seriamente enferma, y empezó á creer que se le ocultaba algo horrible. Todo esto lo pensó en un instante mientras la viuda, que seguía cerca de la puerta, decía al campesino:

—Fidel, cuida del caballo; toma, ahí tienes paja. Muévete.

—¿Á qué hora ha muerto?—preguntó Anania, volviéndose hacia el campesino cuyos ojos negros, redondos como dos agujeros, le sugestionaban extraordinariamente.

—¡Á las dos!—le contestó una voz de bajo profundo.

—¡Á las dos! ¡Á la hora misma en que recibía la noticia! ¿Por qué no me habéis avisado antes?

—¿Qué podías hacer tú?—observó la viuda cuidando siempre del caballo.—Muévete. Fidel, hijo mío—añadió algo impaciente.

—¿Por qué no me ha avisado antes?—repetía Anania con voz quejumbrosa, encorvándose automáticamente para quitarse las espuelas.—¿Qué ha pasado? ¿Qué ha hecho el médico?... ¡Dios mío, Dios mío!... ¡y yo sin saber nada!... ¡Quiero verla!

Se puso derecho y lanzóse hacia la escalerilla; pero la tía Grathia, siempre con la luz en una mano, le siguió y detuvo cogiéndole por un brazo.

—¿Qué te pasa, hijo mío?... ¿Qué quieres ver?... ¡Un cadáver!—gritó, casi aterrada.

Anania se turbó profundamente.

—¡Nonna!—exclamó—¿cree que tengo miedo? ¡Suélteme!

—¡Bueno, te suelto... pero espera!—dijo la vieja yempezó á subir delante de él la escalerita de madera; su sombra deforme tembló sobre el muro, alargándose hasta el techo.

Ante la puerta del cuarto donde yacía la muerta, tía Grathia se paró dudando y de nuevo estrechó el brazo de Anania; advirtió que la vieja temblaba y sin saber por qué sintió también un calofrío.

—Hijo—dijo tía Grathia en voz baja, casi en secreto—no te asustes.

Anania palideció; el pensamiento deforme y monstruoso, como la sombra temblante sobre las paredes, que hacía un momento le atormentaba, tomó forma llenándole el alma de terror.

—¿Qué ha pasado?—gritó, adivinando por completo la horrible verdad.

—¡Hágase la voluntad del Señor...!

—¿Se ha suicidado?

—Sí...

—¡Dios mío! ¡Qué horror! ¡Qué horror!—exclamó, y sus cabellos se le erizaron y sintió resonar su voz en el lúgubre silencio de la casita. Pero se dominó en seguida y él mismo empujó la puerta.

Sobre el camastro, donde él había dormido, vió el cadáver delineado bajo la sábana que lo cubría; por la abierta ventana entraba el aire fresco de la tarde, y la llama de un cirio que ardía junto á la cama, parecía querer escaparse, huir hacia la noche fragante.

Anania se acercó á la cama y cautamente, como si temiera despertarle, descubrió el cadáver. Una venda, llena de manchas negruzcas de sangre ya seca, rodeaba su cuello, pasaba por bajo la barbilla y por detrás de las orejas, y se ataba entre los espesos cabellos de la muerta; en este trágico marco su rostro se dibujaba grisáceo, con la boca aún torcida por el espasmo; á travésde sus grandes párpados entornados se descubría la línea vítrea de los ojos.

Anania comprendió en seguida que Olí se había cortado la carótida y, siniestramente impresionado por las manchas de sangre, volvió á tapar aquel rostro, dejando, sin embargo, algo descubiertos los cabellos enredados en lo alto de la almohada; los ojos de Anania se habían llenado de terror, en su boca se dibujaba una mueca, imitando la contorsión espasmódica de la boca de la muerta.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué horror, qué horror!—dijo entrelazándose los dedos y sacudiendo con desesperación las manos.—¡Sangre! ¡Ha derramado su sangre! ¿Cómo ha sido? ¿Cómo ha podido hacerlo? ¿Se ha cortado la garganta? ¡Qué horror! ¡Cuán culpable soy! ¡Dios mío! ¡Dios mío!... No, no tía Grathia, no cierre... me ahogo, me ahogo. He sido yo quien le ha dicho que se matase... ¡Ay! ¡ay!...

Y sollozó, sin derramar una lágrima, ahogado por el remordimiento y el espanto.

—Ha muerto desesperada—añadió—y sin que yo le haya dicho una sola palabra de consuelo. Después de todo era mi madre y sufrió al darme á luz... ¡Y yo... yo la he matado... y vivo!

Nunca como entonces, ante el terrible misterio de la muerte, había sentido toda la grandeza y el valor de la vida. ¡Vivir! ¿No bastaba, para ser feliz, vivir, moverse, sentir en las noches serenas el murmullo de la perfumada brisa? ¡La vida! ¡La cosa más bella y más sublime que una voluntad eterna é infinita ha podido crear!—Y él vivía; y debía la vida á la miserable criatura que ahora tenía ante sus ojos, privada de este inmenso bien. ¿Por qué no había pensado nunca en aquello? Nunca había comprendido el valor de la vida, porque nunca habíavistode cerca el horror y el vacío de la muerte. Y sóloella, sólo ella le había revelado, con el dolor de su muerte, la suprema alegría de vivir; ella, pagando con su propia vida, le hacía nacer por segunda vez, y esta nueva vida moral era inconmensurablemente más grande que la primera.

Una venda le cayó de los ojos;viótoda la mezquindad de sus pasiones, de sus odios, de sus pasados dolores. ¡Había sufrido al pensar que su madre había pecado, que lo había abandonado y había vivido en la deshonra! ¡Imbécil! ¿Qué importaba todo aquello? ¿Qué importaban todas aquellas nimiedades ante la grandeza de la vida? ¿No bastaba que Olí le hubiese dado á luz, para que fuera para él la primera de las criaturas humanas, y tuviese que amarla y estarle reconocido?

Siguió sollozando, con el corazón lleno de un extraño sentimiento de angustia, á través del cual llegaba hasta él la alegría de vivir. Sí, sí, sufría, y por consiguiente vivía.

La viuda se le acercó, cogió entre sus manos las suyas que estrechaba convulsamente, le consoló, le dió ánimos y después le suplicó que saliera.

—Vamos abajo, hijo mío, vámonos. No, no te atormentes; ha muerto porque debía morir. Tú has cumplido con tu deber y ella... tal vez también ella ha cumplido con el suyo, aun cuando el Señor nos haya dado la vida para que hagamos penitencia, obligándonos á vivir... Vamos abajo.

—¡Aún era joven!—dijo Anania, calmándose algo y mirando fijamente los cabellos de la difunta.—No, no tengo miedo, tía Grathia, espérese, quédese aquí un momento. ¿Cuántos años tenía? ¿Treinta y ocho? Dígame—preguntó después—¿á qué hora ha muerto? ¿Cómo ha sido? Cuéntelo todo. ¿Ha venido el juez?

—Vámonos; te lo contaré todo, vámonos—repetía la tía Grathia, dirigiéndose hacia la puerta.

Pero él no se movió; seguía mirando el pelo de la muerta, extrañándose de que fuese tan negro y tan abundante: hubiese querido taparlo con la sábana, pero sentía un extraño miedo de acercarse nuevamente al cadáver.

La viuda se acercó á la cama, tapó los cabellos y, cogiendo á Anania por las manos, lo arrastró consigo. Éste se volvió para mirar la mesita colocada junto á la pared, á los pies de la cama; después, cuando hubieron salido se sentó en un escalón.

La viuda colocó la luz en el suelo, sentóse también en la escalera, y empezó á contar una larga historia, de la cual conservó Anania, siempre vivos en la memoria, estos tristes fragmentos:

«...Siempre me estaba diciendo: ¡oh! me marcharé, ya verá, me marcharé, aunque él no quiera. Ya le hice bastante daño, tía Grathia; ahora es preciso que le libre de mi presencia, de manera que él no oiga mi nombre jamás. Le abandonaré por segunda vez, ahora que no quisiera separarme nunca de él... le abandonaré de nuevo para expiar la falta del primer abandono...».

«...Hizo afilar el cuchillito que siempre llevaba consigo...».

«...Cuando recibimos la bolsita envuelta en el pañuelo encarnado, se puso lívida; después rasgó un poquitín la bolsita y se echó á llorar...».

«...Sí, se cortó la garganta. Sí, esta mañana á las seis, mientras yo había ido á la fuente. Cuando volví la encontré en un lago de sangre; aún vivía, tenía los ojos extraordinariamente abiertos...».

«Toda la justicia, el sargento, el pretor y el secretario invadieron la casa. ¡Parecía esto un infierno! Todo el pueblo en la calle, las mujeres llorando como chiquillas. El pretor secuestró el cuchillo, me miró con ojos terribles, me preguntó si tú habías amenazado alguna vez á tumadre. Después vi que también él tenía los ojos llenos de lágrimas...».

«...Vivió casi hasta medio día; fué una agonía para todos. Hijo, ya sabes que he visto cosas horrorosas en mi vida; pero ninguna como la de hoy. No, no se muere de dolor, ni de piedad, porque hoy yo no me he muerto. ¡Ah! ¿por qué habremos nacido?»—y se calló y se echó á llorar.

Anania sintió una fuerte impresión al ver llorar á aquella extraña mujer, que el dolor parecía haber petrificado desde mucho tiempo atrás; y él, que la noche antes había llorado de amor en brazos de Margarita, no pudo llorar de remordimiento ni de angustia; sólo de cuando en cuando le oprimía la garganta algún sollozo convulsivo.

Se levantó y rogó á la viuda que le dejara entrar un momento en la alcoba.

—Quiero ver una cosa...—dijo, con voz trémula de chiquillo.

La viuda cogió la luz, abrió la puerta, dejó pasar al joven y esperó; tan triste y negra, con aquel antiguo candil de hierro en la mano, parecía la figura de la Muerte en acecho. Anania se acercó de puntillas á la mesita, sobre la cual había visto su bolsita, medio rota y colocada en un platito de vidrio. Antes de tocarla la miró con algo de desconfianza, después la cogió y vació. De dentro de ella salió una piedrecilla amarilla y cenizas, cenizas ennegrecidas por el tiempo.

¡Cenizas!

Anania palpó repetidas veces, con las dos manos, aquella ceniza negra, restos de algún recuerdo amoroso de su madre; aquella ceniza que durante tantos años había llevado sobre su pecho, que durante tanto tiempo había oído los latidos más profundos de su corazón.

En aquel memorable momento de su vida, del cual comprendía no sentir aún toda la solemne significación, aquel montoncito de cenizas le pareció un símbolo del destino. Sí, todo eran cenizas: la vida, la muerte, el hombre, hasta el mismo destino.

Y sin embargo, en aquel momento supremo, vigilado por la figura de la vieja fatal que parecía la Muerte en acecho, y ante los restos de la más mísera de las criaturas humanas, que había muerto para el bien ajeno, después de hacer y sufrir el mal en todas sus manifestaciones, comprendió que entre las cenizas se oculta la chispa, origen de la llama luminosa y purificadora, y esperó, y amó la vida.

FIN


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