V

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Al fin se realizó su sueño.

Una mañana de octubre se levantó más pronto que de costumbre, y tía Tatana después de lavarle y peinarle le mandó ponerse el vestido nuevo, aquél de fustán duro como la piel del diablo.

Ananiagrandeestaba desayunándose con hígado de oveja asado; al ver al chico dispuesto para ir á la escuela, echóse á reir alegremente y le dijo, amenazándole con el dedo:

—¡Á ver, á ver cómo te portas! Si no te portas bien, te mando con maestro Pane á hacer ataúdes...

Bustianeddu vino á buscar á Anania y le acompañó con cierto aire de despreciativa protección. La mañana era espléndida; el aire, límpido, olía al dulce olor del mosto, del café, del vino en fermentación; los gallos y gallinas cantaban en medio de la calle; los labradores se marchaban al campo con sus grandes carros cubiertos de pámpanos, precedidos por alegres y juguetones perros.

Anania se sentía contento, aun cuando su compañero hablase mal de la escuela y de los maestros.

—Tu maestro,—decía,—parece un gallo, con su gorro colorado y su voz ronca. He tenido que tragarlo todo un año. ¡Que el diablo se lo lleve de una pata!

La escuela estaba en el otro extremo de Nuoro, en un convento rodeado de huertos melancólicos. La clase de Anania, en planta baja, daba sobre la solitaria calle; el polvo cubría en gran cantidad las paredes; la tarima del maestro estaba en muchos sitios comida por los ratones; y manchas de tinta, incisiones y rasguños, y nombres que parecían jeroglíficos adornaban los bancos.

Anania experimentó una gran desilusión al ver aparecer, en lugar del maestro descrito por Bustianeddu, una maestra vestida al uso del país, pequeña y descolorida, con dos discretos bigotes negros en el labio superior, parecidos á los de tía Tatana.

Cuarenta chiquillos, casi siempre llenos de mocos, animaban la clase. Anania era el mayor de todos, y tal vez por esto la maestrita, que además del bigote tenía dos terribles ojos negros, se dirigía á él con preferencia, llamándole por su nombre y hablándole un poco en sardo, otro poco en italiano.

Esta obstinada atención le fastidiaba algo, pero le enorgullecía. Á las tres horas de escuela, ya sabia leer y escribir dos vocales; y si bien una de ellas era la o, esto no quitaba mérito á su aplicación.

Cerca de las once ya estaba harto de la escuela y de la maestra, no menos que del vestido nuevo que le molestaba bastante; pensaba en el patio (en el saúco, en el cesto de los higos chumbos, en donde tan á menudo metía mano, ya acostumbrado á las espinas) y empezó á bostezar.

¿No llegaría nunca la hora de salir? Muchos de los chiquillos lloraban y la maestra se desgañitaba en vano, predicando el amor á la escuela y la paciencia.

Por último se abrió la puerta. Apareció y desapareció como un relámpago, la cara afeitada del bedel,—también en traje del país,—y resonó su voz:

—¡Ha dado la hora!

Y los chiquillos se lanzaron hacia la puerta, empujándose y gritando. Anania quedó el último, al lado de la maestra, que le acarició la cabeza con su mano pequeña y descarnada.

—Muy bien,—le dijo.—¿Eres el hijo de Anania Atonzu?

—Sí, señora.

—Muy bien. Memoriasá tu madre.

Naturalmente, comprendió que este saludo era para la tía Tatana; y de pronto la maestra, que le dejó para poner orden en la turba de los muchachos que alborotaban, le resultó simpática.

—¿Pero qué es esto?—gritaba á los chicos, sujetándolos y poniéndolos en orden.—¡De dos en dos! ¡En fila!

Los puso de dos en dos, y de este modo atravesaron el corredor, salieron, recorrieron un trozo de calle; después se les dejó en libertad y se dispersaron por todas partes como pajarillos escapados de las redes, corriendo y gritando. De las demás clases salían los alumnos ya mayores y más formales en buen orden. Bustianeddu cayó sobre Anania, dándole con los cuadernos en la cabeza y lo arrastró consigo.

—¿Te ha gustado?—le preguntó.

—Sí,—contestó Anania;—pero tengo hambre. No terminaba nunca.

—¿Qué, te creías era sólo un minuto?—dijo el otro, con su aire de mayor.—¡Ya verás, ya verás! ¡Te caerá el moco y la baba, tendrás hambre y sed! ¡Mira, mira, Margarita Carboni!

La chiquilla, con medias violeta, toquilla rosa, y mitones de lana verde, avanzaba entre un sin fin de alumnas,—salidas de la escuela después que los chicos,—y pasó por delante los dos amigos sin dignarse mirarles.Detrás del grupo que la rodeaba, venían otros grupos de muchachitas, ricas y pobres, del campo y de la ciudad, algunas ya talluditas y coquetuelas.

Los muchachos de cuarto y quinto se paraban á mirarlas y se reían entre ellos.

—Les hacen el amor,—dijo Bustianeddu.—¡Si los maestros les ven!...

Anania no contestó, pues estaba convencido que los alumnos y alumnas de cuarto y quinto tenían bastante edad para hacerse el amor.

—¡Hasta se cambian cartas!—prosiguió Bustianeddu, con gran énfasis.

—¡También nosotros, cuando estemos en cuarto, haremos el amor!—dijo sencillamente Anania.

—¡Tú qué vas á hacer, mameluco!—gritó el otro, mirándole con cara de risa.—¡Antes aprende á limpiarte los mocos!

Y cogiéndole de la mano echaron á correr.

Después de aquel día pasaron otro y otros. Volvió el invierno, de nuevo se abrió la almazara, empezaron otra vez las escenas del año anterior. Anania era el primero de la clase, tal vez porque era también el de más edad, y desde entonces nadie puso en duda que llegaría á ser abogado, médico, ó tal vez juez.

Todos sabían que el señor Carboni había prometido pagarle los estudios; y aun cuando él también lo sabía, no conseguía formarse una idea clara del valor de tal promesa. Sólo mucho más tarde empezó á sentir gratitud. Entonces sólo sentía una sujeción invencible y alpropio tiempo una verdadera dicha cuando veía la risueña y afable cara de su padrino. Á menudo le convidaban á almorzar en casa del señor Carboni; pero, extraño convite, debía comer en la cocina con los criados y los gatos; de lo cual no se quejaba, porque le parecía que en la mesa, con los señores, la cortedad y la alegría no le habrían dejado abrir la boca.

Después del almuerzo, Margarita entraba en la cocina y estaba un rato con él, por lo general, informándose de las personas que frecuentaban la almazara; después le llevaba de un sitio á otro, al patio, á los graneros, á la despensa, complaciéndose cuando le oía exclamar con los gestos de Bustianeddu: «¡Demonio, cuántas cosas tenéis!», pero nunca se rebajaba á jugar con él. Aparte de que Anania tampoco era aficionado al juego; era tímido y formal, y sin darse cuenta aún de toda su tristeza, sentía ya la irregularidad de su situación.

Pasaron los años.

Después de la maestrita bigotuda, llegó el turno del maestro que parecía un gallo; después vino un viejo, fumador sempiterno, que, señalando con el dedo la isla de Spitzberg, decía llorando: «Aquí estuvo prisionero Silvio Pellico»; después, un maestro chiquitín con la cabeza como una bola, pálido, muy alegre, que se suicidó. Todos los alumnos quedaron malamente impresionados del triste suceso. Durante mucho tiempo no pensaron ni hablaron de otra cosa, y Anania, que no podía comprender por qué el maestro se había suicidado, siendo un hombre tan alegre, declaró en plena escuela que estaba pronto á suicidarse á la primera ocasión.

Afortunadamente no se presentó la ocasión. En aquella época no tenía disgustos; estaba sano, su familia le quería en extremo y era el primero de la clase. Á su alrededor la vida se desarrollaba siempre igual, con lasmismas figuras y los mismos sucesos,—un día semejante al otro, un año semejante al otro,—como una tela, siempre con la misma muestra, que el tendero despliega de una pieza interminable.

En invierno se reunían en la almazara siempre las mismas personas, los mismos tipos, y se renovaban las mismas escenas.

En primavera, el saúco florecía en el patio, las moscas y las avispas zumbaban en el aire luminoso; en las calles y casas se veían las mismas personas; tío Barchitta, el loco, con sus ojos azules fijos y la barba y cabellera partida, parecido á un viejo Jesús mendigando, seguía en su inofensiva extravagancia; maestro Pane aserraba tablas y hablaba consigo mismo en voz alta; Efes pasaba tambaleándose; Nanna le seguía; los chiquillos, llenos de granos y llagas, jugaban con los perros, gatos, gallinas y lechones; las mujerzuelas se insultaban; los muchachos cantaban coros melancólicos en las serenas noches, iluminadas por la luna; el lamento de Rebeca vibraba en el aire como el canto de un cuclillo en la tristeza de un terreno inculto.

Como aparece el sol por un repentino desgarrón del nublado cielo, algunas veces aparecía en el miserable barrio de Anania, la risueña figura del señor Carboni. Las mujeres salían al portal para saludarle y sonreirle; los hombres que no trabajaban, tumbados indolentemente, se ponían de pie de un salto todo avergonzados; los chiquillos le corrían detrás, besando sus manos, que bonachonamente llevaba cruzadas por detrás de la espalda.

En un riguroso invierno de carestía, proveyó depolenta[24]y aceite á todo el barrio. Todos recurrían á élpara pequeños préstamos, jamás restituidos; por todas partes, por todas aquellas callejuelas llenas por el viento de hojas, paja y basura, encontraba chiquillos y muchachos que le llamaban «padrino» y mujeres y hombres que le llamaban «compadre»; ya no recordaba el número de sus ahijados, y tío Pera afirmaba maliciosamente que no pocos se fingían compadres y comadres suyos para sacarle dinero.

—¡Además, muchos esperan que les pague los estudios de sus hijos!—dijo un día el viejo hortelano, sentado ante el homo de la almazara, con la tranca sobre sus rodillas.

—¡Á alguno ayudará seguramente!—observó el almazarero, sin disimular su satisfacción mirando á Anania que estaba asomado á la ventana.

—¡Pero sólo á uno! ¡Le gusta darse importancia, pero no se arruinará!

—¿Por qué decís esto, mal bicho?—exclamó el almazarero, enfadándose.—Sois como el diablo, cuanto más viejo más malo.

—¡Vamos á ver!—respondió el viejo esputando y tosiendo.—¿Tú crees que no se sabe todo? ¡Sólo los perros consiguen tapar sus basuras! ¿Por qué el amo no paga los estudios á sus bastardos?

Anania, que miraba por la ventana, bajo la cual exhalaba sus olores un montón de borujo aún echando humo, sintió un estremecimiento correrle por el espinazo, como si alguien le pegase.

Pero no se movió.

El almazarero esputó y tosió á su vez, y hubiese querido que Anania no oyera las sacrílegas palabras del hortelano, pero no pudo contenerse y empezó á desatarse contra el viejo.

—¡Cochino, mala persona! ¿Qué manera de hablar es ésa?

—¡Como si todo no se supiera!—repetía el viejo, cogiendo la tranca con la mano, como para defenderse de un probable ataque.—¿El chico que trabaja en la tienda de Francisco Carchide, es acaso hijo de Jesucristo? Pues entonces, ¿por qué el amo no hace estudiar á aquel muchacho que es hijo suyo?

—¡Es hijo de un cura!—dijo el almazarero, bajando la voz.

—No es verdad, es del amo. Fíjate bien en él. Es idéntico á Margarita.

—Bueno,—respondió desarmado por completo;—aquel muchacho es de la piel del diablo. No se le puede hacer estudiar. ¿Qué hay que hacer si es más duro que una roca?

—¡Bueno, bueno!—murmuró tío Pera, atacado de un golpe de tos.

Anania siguió en la ventana, escupiendo sobre el montón de borujo, oprimido de una misteriosa tristeza. Conocía al chiquillo que trabajaba con Carchide, y sabía que era díscolo, pero no más que Bustianeddu y tantos otros que asistían á la escuela. ¿Por qué el señor Carboni no se lo llevaba á su casa, si era su hijo, como había hecho el almazarero con él? Después pensó:—¿Tiene madre aquel muchacho?—¡Ah, la madre, la madre! Á medida que iba creciendo, que se abría su mente, sus ideas y sensaciones tomaban forma,—sin que nadie se fijara en él, como no se fijan en los pétalos de una flor silvestre,—y el recuerdo de su madre se destacaba cada vez más claro en la aurora de la conciencia naciente. Por aquel entonces asistía á la quinta clase elemental, entre muchachos de todas clases y caracteres, y empezaba á vislumbrar algo de la ciencia del bien y del mal. Se daba cuenta de la vergüenza que le asaltaba cuando alguien aludía á su madre, y recordaba que hasta entonces sehabía avergonzado solamente por instinto; y sentía, al propio tiempo, un inmenso deseo de averiguar dónde se encontraba, de volverla á ver, de reprocharle su abandono. La tierra ignorada, lejana y misteriosa dondeellase había refugiado, empezaba á tomar, á los ojos de Anania, líneas y aspecto definidos, como la tierra que entre las nieblas del alba se va acercando á los navegantes. Estudiaba con gran placer la geografía, conociendo perfectamente el itinerario que había que recorrer para ir desde la isla al continente, donde se escondía su madre. Y así como antes, en la aldea, soñaba en la ciudad donde su padre vivía, ahora pensaba en las grandes ciudades descritas en los libros y por el maestro; y en una de ellas, y en todas, veía á su madre,—cuya imagen se iba debilitando en su memoria como una fotografía antigua,—y la veía siempre vestida en traje del país, descalza, esbelta y triste.

Un suceso acaecido pocos años después, trastornó por completo sus ensueños. Fué la vuelta de la madre de Bustianeddu.

Por aquella época, Anania iba al Gimnasio y estaba enamorado secretamente de Margarita Carboni. Se creía una persona formal y fingió no interesarse en el hecho, que preocupaba á toda la vecindad, mientras un sinnúmero de impresiones le oprimían el ánimo día y noche.

Al principio no vió á la mujer, oculta en casa de una parienta, pero cada día recibía las confidencias de Bustianeddu, que se había hecho un joven serio y astuto.

Como el tío Pera apenas podía trabajar, se había asociado con el almazarero para el cultivo de las habas y de los cardos, y Anania tenía libre entrada en el huerto, y gustábale sentarse en la parte alta, sobre la hierba, á la estrecha sombra de las chumberas y estudiar, contemplando el salvaje panorama de los montes ydel valle. Allí iba Bustianeddu á buscarle y confiarle sus impresiones, que expresaba con algo de escepticismo, con palabras frías que despertaban un cúmulo de emociones en el alma de Anania.

—¡Ha vuelto!—decía Bustianeddu, echado boca abajo y moviendo las piernas.—¡Mejor era que no hubiese vuelto! Mi padre quería matarla, pero después le han calmado.

—¿La has visto?

—¡Ya lo creo que la he visto! Mi padre no quiere que vaya, pero yo voy. Está gruesa, viste como una señora. ¡No la habría conocido!

—¿No la habrías conocido?—exclamaba Anania, palpitante, todo maravillado y pensando en su madre. Ah, ¡él sí que la reconocería en seguida!

Pero después pensaba:

—También irá vestida de señora con el peinado de moda... ¡Dios mío, Dios mío! ¿cómo irá?

La figura de su madre se borraba, dejándole confuso; pero de pronto procuraba tomar ánimos confiando en su instinto.

—De todos modos, estoy seguro que la conocería. ¡Oh, estoy seguro de ello!—pensaba.

—¿Por qué ha vuelto tu madre?—preguntó un día á Bustianeddu.

—¿Por qué? ¡Vaya una gracia! Porque éste es su país. Cosía á máquina en una sastrería de Turín. Se ha cansado y ha vuelto.

Á estas palabras siguió una gran pausa. Los dos chiquillos sabían que la historia de la sastrería era una mentira, pero la aceptaban incondicionalmente. Poco después dijo Anania:

—Ahora tu padre debería hacer las paces.

—¡No!—dijo Bustianeddu, tomando la defensa desu padre.—Él tiene razón. ¡Ella no tenía necesidad de ponerse á trabajar para vivir!

—¿Pero tu padre no trabaja? ¿Es vergonzoso trabajar?

—¡Mi padre es comerciante!—respondió el otro.

—¿Y ahora, qué hará tu madre? ¿Y tú, con quién vivirás?

—¡No sé!

Y de cada día las noticias eran más emocionantes.

—¡Si supieras cuánta gente viene á casa para convencer á mi padre de que haga las paces conella! ¡Hasta el diputado; sí, si! Después, ayer noche, vino la abuela, y dijo á mi padre: Jesucristo perdonó á la Magdalena; piensa, hijo mío, que hemos de morir; piensa que en la otra vida sólo nos sirven las buenas acciones. Mira cuán descuidada está tu casa; los ratones corriendo por todas partes.

—¿Y tu padre?

—¡Ea, fuera!—dice rabioso.—¡Pronto, fuera! ¡Debía daros vergüenza!

Al día siguiente, dijo Bustianeddu:

—¡Ahora se ha mezclado en el asunto la tía Tatana! ¡Vaya un sermón! Mira,—ha dicho á mi padre,—figúrate que tomas una amiga. Recógela: está arrepentida y se enmendará. ¿Si la rechazas, qué será de ella? El rey Salomón tenía setenta amigas en su casa y era el hombre más sabio del mundo.

—¿Y tu padre qué dijo?

—Estuvo más duro que una piedra. Sólo dijo que las amigas hicieron perder la cabeza al rey Salomón.

En efecto, el comerciante no cedió nunca. La mujer se fué á vivir á la otra parte del pueblo, hacia el convento en donde estaban las escuelas. Volvió á ponerse el traje del país, pero algo falseado, lleno de lazos y cintas, en el cual se reconocía en seguida á la mujer de famaequívoca. El marido no perdonó y ella siguió su camino.

Anania un día al ir al colegio la vió, y después la siguió viendo casi siempre. Vivía en una casa negruzca, alrededor de cuyas ventanas blanqueaba una faja de cal terminada en una cruz. Ante la puerta había cuatro escalones, y á menudo se la veía, alta y hermosa, aunque ya no muy joven, y de cara muy morena, sentada en un escalón, cosiendo ó zurciendo una camisa. En verano no llevaba nada á la cabeza, peinaba sus negrísimos cabellos algo levantados, en forma de tupé, sobre su estrecha frente, y cubría su esbelto cuello con un pañolito de seda amarilla.

Anania se ponía colorado cada vez que la veía. Sentía por ella una morbosa simpatía, y al propio tiempo le parecía odiarla. Hubiese querido dar un rodeo por no verla, y una fuerza oculta y maldita le llevaba siempre por aquel camino.


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