VIII

VIII

Durante aquella larga noche, pasada en vela, Anania decidió, ó creyó decidir, su propio destino.

—Laobligaré á vivir con la tía Grathia mientras veo el camino que he de seguir. Hablaré francamente con el señor Carboni y con Margarita. «Miren ustedes:—les diré,—las cosas están de la manera siguiente; tengo el propósito de que mi madre viva conmigo apenas me lo consienta mi posición; éste es mi deber y lo cumpliré aunque se hunda el mundo». No me forjo ilusiones; me echarán como se echa á un perro sarnoso. Entonces buscaré un empleo, seguramente lo encontraré, y me llevaré á la desdichada y viviremos juntos, miserablemente, pero pagando mis deudas y llegando á ser un hombre. ¡Un hombre!—y exclamó amargamente:

—¡Ó un cadáver con vida!

Creía encontrarse en calma, frío, muerto ya para todas las alegrías de la vida; pero en el fondo del corazón sentía una embriaguez cruel de orgullo, un deseo insano de luchar contra la fatalidad, contra la sociedad y contra sí mismo.

—¡Después de todo, yo lo he querido!—pensaba.—Bien sabía que era preciso terminar de esta manera, y, sin embargo, me he dejado arrastrar por la fatalidad. ¡Ay de mí! Debo expiar. ¡Expiaré!

Este valor ficticio le sostuvo durante toda la noche y todo el día siguiente mientras subía al Gennargentu. El día era triste, lleno de nubarrones y niebla, pero sin viento; á pesar de ello quiso partir, según decía, porque esperaba que el tiempo aclarase, pero en realidad para empezar á darse á sí mismo una prueba de firmeza, de valor y despreocupación.

¿Qué le importaba la montaña, los panoramas espléndidos y el mundo entero? Pero élqueríahacer lo que antes había decidido. Sin embargo, antes de partir dudó un momento.

—¿Y siella, advertida de mi presencia se escapase? ¿Acaso no doy tiempo para que así suceda?—se preguntó crudamente.

La viuda, para que se tranquilizara y marchase, le prometió que haría venir á Olí lo más pronto posible; y confiando en esta promesa partió. Delante de él, por los pendientes senderos, montado sobre un caballo fuerte y manso iba el guía, á veces perdiéndose entre las nieblas de las silenciosas lejanías, á veces destacándose sobre el fondo del camino como sobre una tela gris una pintura á la aguada. Anania iba detrás; dentro de él y á su alrededor todo era niebla, pero distinguía detrás de aquel velo fluctuante el ciclópeo perfil del monte Spada, y en su interior, entre las nieblas que le envolvían el alma, descubría su propia alma grande, inmensa, dura, monstruosa como el monte.

Un silencio trágico rodeaba á los viajeros, solamente interrumpido de vez en cuando por los gritos de los buitres. Á ambos lados del sendero, abierto en la misma roca, se vislumbraban, entre la niebla, formas extrañas; y los gritos de las aves de rapiña parecían las voces salvajes de aquellas misteriosas apariciones, llenas de espanto y cólera por la presencia del hombre. Ananiacreía andar entre nubes, á veces sentía la sensación del vacío, y para vencer el vértigo tenía que mirar intensamente el sendero, bajo los pies del caballo, mirando fijamente las hojas húmedas y relucientes del suelo pizarroso y las pequeñas matas violetas deltirtillo, cuya aguda fragancia difundíase entre la niebla. Cerca de las nueve—afortunadamente para los viajeros que recorrían entonces un peligroso y estrechísimo sendero recortado en la cúspide misma del monte Spada—se rasgó la niebla; Anania prorrumpió en gritos de admiración arrancados casi violentamente por la belleza extraña y magnífica del panorama. Todo el monte aparecía cubierto de un manto violeta del floridotirtillo; más allá la visión de los valles profundos y de las altas cimas hacia las cuales se acercaban, vistas á través del desgarrón de la niebla luminosa, entre juegos de luz y sombra, bajo el cielo azul lleno de nubes extrañas que se desvanecían lentamente, parecía el sueño de un artista desequilibrado, un cuadro de inverosímil belleza.

—¡Qué grande es la naturaleza, qué hermosa y qué fuerte!—pensaba Anania enternecido.—En su seno inmenso todo es puro; si nos encontrásemos aquí los tres solos, Margarita,ellay yo, ¿quién sería capaz de pensar en las cosas impuras que nos separan?

Una ráfaga de esperanza pasó por su alma; ¿y si Margarita le amase de veras, tanto como había demostrado amarle durante aquellos últimos días? ¿Si consintiese...?

Llevando esta loca esperanza en el corazón, soñó largo rato, hasta llegar al fondo de la vertiente del monte Spada para empezar de nuevo la subida hacia la más alta cumbre del Gennargentu. Por el fondo del valle pasaba un torrente, entre enormes rocas y alisos sacudidospor ráfagas de viento. En el silencio profundo de aquel misterioso paraje el rumor de los árboles causó en el joven una sensación extraña; parecióle que aquel viento era movido por la esperanza que le animaba, esperanza que conmovía todas las cosas, y hacía temblar los alisos solitarios cual si fueran hombres salvajes asaltados por misteriosa alegría en su hosca soledad.

Por contradicción de ideas recordó la impresión sentida pocos días antes en un bosque del Orthobene sacudido por el viento; también entonces los árboles le habían parecido hombres, pero hombres desventurados que el dolor retorcía; y hasta cuando el viento calmaba, seguían temblando, como seres hechos á la desventura que hasta en los momentos de dicha, piensan en el próximo, inevitable, dolor.

De pronto recayó en sus sombrías ideas; un proyecto extravagante relampagueó en su mente. Matar al guía y hacerse bandido. Después sonrióse y se preguntó:

—¿Seré yo romántico? Y hasta sin matarle, ¿no me podría ocultar entre estas montañas y vivir solo, alimentándome de hierbas y pájaros? ¿Por qué el hombre no puede vivir solo, por qué no puede romper los lazos que le unen á los demás y le ahogan? ¿Zarathustra? Sí; pero también Zarathustra una vez escribió:

«...¡Qué solo estoy! No tengo nadie con quien reir, nadie que me consuele dulcemente...».

La subida siguió lenta y peligrosa durante tres horas. El cielo se despejó por completo; soplaba el viento; las cimas, de contextura pizarrosa, brillaban al sol, con su perfil argentino, sobre el azul infinito; la isla desarrollaba sus cerúleos panoramas, con sus montañas de unazul pálido, sus pueblecitos grises, sus relucientes lagunas: panoramas que allá y acullá se esfumaban en la vaporosa línea del mar.

Á cada momento Anania se distraía, admiraba, seguía con interés las indicaciones del guía y miraba con los gemelos; pero no podía escapar á su angustia que le recobraba con un zarpazo de tigre, cuando trataba de saborear la dulzura del espléndido panorama.

Hacia medio día llegaron al pico Bruncu Spina. Apenas desmontaron, Anania se arrastró hasta el montón de losas pizarrosas del vértice trigonométrico y se echó al suelo para huir de la furia del viento que soplaba de todas partes. Bajo su nerviosa mirada extendíase, iluminada por el sol en el zenit, casi toda la isla, con sus montañas azules y su mar de plata; sobre su cabeza el cielo turquí, inmenso é infinito como el pensamiento humano. El viento resonaba furiosamente en el vacío y sus ráfagas sacudían á Anania con rabia loca, con la ira violenta de una formidable fiera que quisiese echar á todos los demás seres del antro aéreo donde quería dominar sola.

El joven resistió durante largo tiempo; el guía se le acercó arrastrándose, y colocado á gatas sobre las losas de pizarra, empezó á señalarle, nombrándolos, los principales montes, los pueblos y lugarejos.

El viento se llevaba las palabras y les quitaba la respiración.

—¿Aquello es Nuoro?—gritó Anania.

—Sí; la colina de San Onofre le divide.

—Es verdad. Se ve divinamente.

—¡Lástima que este endiablado viento sea tan rabioso! ¡Vete al diablo, viento maldito!—gritó desaforadamente el guía.—¡Si no fuera por él, casi podríamos enviar un saludo á Nuoro, tan cerca parece hoy!

Anania recordó la promesa hecha á Margarita:

«...Desde la más alta montaña sarda le enviaré un saludo; echaré al aire tu nombre y mi amor, como quisiera hacerlo desde la cumbre más elevada de la tierra á fin de que el mundo entero quedase atónito...».

Y le pareció que el viento le arrancaba el corazón, estrellándolo contra los graníticos colosos del Gennargentu.

Al regreso creía encontrar á su madre en casa de la viuda y, después de dejar el caballo al guía, corrió ansioso, atravesando el desierto pueblo, hasta llegar á la negra puertecilla de la tía Grathia. Caía tristemente la tarde, un viento fresco soplaba por las callejuelas pendientes, de suelo rocoso; el cielo tenía un color pálido, parecía un día de otoño. Anania se paró frente á la puertecita, escuchando. Silencio. Á través de las rendijas veíase la luz rojiza del fuego. Silencio.

Anania entró y sólo vió á la vieja que hilaba sentada en su escabel de siempre, tranquila como un espectro. Sobre las brasas hervía la cafetera, y de un pedazo de carne de oveja ensartado en un asador de madera chorreaba la grasa sobre las ardientes cenizas.

—¿Y qué?—preguntó el joven.

—¡Ten paciencia,joya de la casa! No he encontrado ninguna persona de confianza que fuera por allá abajo. Mi hijo no está en el pueblo.

—¿Y el cochero?

—¡Ya te he dicho que tengas paciencia!—exclamó la viuda, levantándose y colocando el huso sobre elescabel.—Precisamente he suplicado al cochero le dijera que es preciso que mañana sin falta venga aquí. Le dije: «Le suplicarás en nombre mío que venga, porque tengo que contarle una cosa importantísima que le interesa. No le digas que Anania Atonzu está aquí; y que Dios te recompense, hijo mío, porque harás una obra de caridad».

—¿Y él? ¿Él ha prometido...?

—Él ha prometido hacerlo como yo se lo he dicho; es más, me ha prometido traerla en el coche.

—¡No vendrá! Ya veréis como no vendrá—dijo Anania inquieto.—Y menos mal si no se escapa. He hecho mal en no ir yo mismo... pero aún tengo tiempo...

Y quería marchar en seguida hacia la caseta del peón caminero; pero después se dejó convencer fácilmente y esperó.

Pasó otra triste noche; á pesar del cansancio que le molía los huesos, apenas pudo dormir sobre aquel duro camastro donde había recibido su triste vida y donde hubiese querido morir aquella misma noche.

El viento pasaba aullando sobre el techo con rumor de mar tempestuoso, y su voz retumbante recordaba á Anania su infancia melancólica, sus terrores lejanos, las noches de invierno, el contacto de su madre que se acercaba á él más por miedo que por cariño. No, no le había amado nunca, ¿á qué forjarse ilusiones? no le había amado: y tal vez esta había sido su más horrible desventura y causa de la pérdida inexorable de Olí. Él lo veía, lo sabía; y sentía una tristeza morbosa, sentía una imprevista piedad de sí mismo, víctima del destino y de los hombres.

Si ella hubiese llegado aquella noche, en uno de aquellos momentos de terror y piedad que la voz del viento despertaba en el joven, la habría acogido tiernamentey perdonado; pero pasó la noche y amaneció un día que el viento hacía melancólico, y pasaron las horas más tristes y ansiosas de su vida. Durante aquellas horas dió vueltas por las callejuelas como impulsado por el viento, entró en algunas casas, bebió aguardiente, volvió á casa de la viuda y sentóse junto al fuego, asaltado por calofríos y dominado por una aguda nerviosidad.

La tía Grathia tampoco podía estarse quieta; iba de un lado á otro de la casa y, apenas terminaron la modesta comida, salió al encuentro de Olí, después de haber rogado á Anania que se tranquilizara.

—Ten en cuenta que ella te tiene miedo...

—¡Pierda cuidado, santa mujer!—contestó con desprecio.—Ni siquiera la miraré; sólo le diré unas cuantas palabras.

Transcurrió más de una hora. El estudiante recordaba con amargura aquellos momentos en que esperaba la vuelta de tía Tatana; y al propio tiempo que anhelaba la llegada de Olí, la triste llegada que debía de una vez poner fin á sus tormentos, se sentía devorado por un profundo deseo: ¡que no llegase nunca, que hubiese huido, desaparecido para siempre!

Y pensaba con triste resignación:—¡Está muy enferma, se morirá pronto!

La viuda entró, sola, apresurada.

—¡Cuidado, no te encolerices!—le dijo en voz baja, rápidamente.—¡Viene, viene! Ya está ahí; se lo he dicho todo. ¡Mucho cuidado! Tiene un miedo atroz. ¡No la maltrates, hijo mío!

Salió de nuevo, dejando abierta la puertecita que el viento empezó á sacudir, empujándola, atrayéndola, cual si jugara con ella. Anania esperaba pálido, inconsciente.

Cada vez que la puerta se abría, el sol y el viento penetraban en la cocina, lo iluminaban y sacudían todo, y desaparecían para volver á presentarse de nuevo. Durante uno ó dos minutos Anania siguió inconscientemente el juego del sol y del viento, pero de pronto se cansó y levantóse para cerrar la puerta, nervioso, colérico y con el rostro ceñudo.

De este modo apareció ante la pobre mujer que avanzaba temblorosa, tímida y cubierta de andrajos como una mendiga. Él la miró; ella le miró: el espanto y la desconfianza se reflejaban en los ojos de ambos. Ni él ni ella pensaron en tenderse los brazos, ni en saludarse: todo un mundo de dolor y culpa se interponía entre ellos y les dividía inexorablemente, mucho más que si fuesen dos enemigos mortales.

Anania sujetaba la puerta, apoyándose en ella, todo inundado de sol y de viento, y seguía con los ojos á la desdichada Olí, que, casi empujada por la tía Grathia, avanzaba hacia el hogar. Sí; era ella, la pálida y descarnada aparición entrevista en la negra ventana de la caseta del peón; en aquel rostro amarillo-grisáceo, los ojazos claros, sin brillo por la debilidad y el miedo, parecían los ojos de un gato salvaje enfermo. Apenas se sentó, la viuda tuvo una magnífica idea; ¡dejó solos á los dos huéspedes! Pero Anania, dando un portazo y muy irritado, corrió detrás de la tía Grathia.

—¿Dónde va? ¡Venga, vuelva en seguida, si no, yo también me marcho!—dijo ásperamente, alcanzando á la vieja mientras subía la escalerilla.

Olí debió oir la amenaza, porque cuando Anania y la viuda volvieron á la cocina, estaba llorando junto á la puerta pronta á marcharse. Ciego de vergüenza y dolor, el joven corrió hacia ella, la cogió por un brazo, la echó hacia dentro y cerró con llave la puerta.

—¡Nooo...!—gritóle, mientras la pobre se acurrucaba, formando casi una bola y llorando convulsivamente.—¡No, no partirá V.! No volverá á dar un solo paso sin mi consentimiento. Puede llorar todo lo que quiera, pero de aquí no saldrá jamás. Los alegres días se han acabado.

Olí lloró más fuerte, sacudida toda ella por un temblor de espasmo; y sus sollozos fueron como una frenética irrisión á las últimas palabras de Anania; y él lo advirtió, y la vergüenza sentida por las monstruosas palabras pronunciadas, aumentó su furor.

¡Ay! el llanto de aquella mujer le irritaba en vez de conmoverle; vibraban en sus nervios temblorosos todos los instintos del hombre primitivo, bárbaro y cruel; y él lo veía, pero no sabía dominarse.

La tía Grathia le miraba aterrada, comprendiendo que Olí tenía razón en temerle; y sacudía la cabeza, amenazaba con sus manos levantadas, se agitaba pronta á todo con tal de impedir una escena violenta; pero no sabía qué decir, no podía hablar... ¡Ah! ¡Era endiablado aquel hermoso muchacho, tan bien vestido; era peor y más terrible que un pastororgolensecon lamastrucca[51], más terrible que los bandidos que había conocido en la montaña! ¡Ella se había imaginado una escena bien distinta de aquella!

—Sí—continuó diciendo Anania, bajando la voz y parándose frente á Olí:—sus viajes han acabado. Hablemos con calma y razonemos; es inútil que llore; por lo contrario, debe alegrarse de haber encontrado un buen hijo que le restituya bien por mal, porque debe esperar de él mucho bien. De aquí no se moverá mientras noordene lo contrario. ¿Entendido? ¿entendido?—repitió, alzando de nuevo la voz y golpeándose el pecho.—Ahora yo soy el amo; ya no soy el chiquillo de siete años á quien se engaña y abandona vilmente; ya no soy la inmundicia que echó V. á la calle; ahora soy un hombre ¿entiende? y sabré defenderme, sí, sabré defenderme, sabré defenderme, porque hasta ahora no ha hecho V. más que ofenderme, matarme un día y otro siempre á traición ¡siempre! ¡siempre! y echarme por el suelo, ¿entiende? echarme por el suelo de cada día más y más, como se derriba una casa, un muro; así, piedra á piedra, piedra á piedra...

Y hacía el ademán de derribar un muro imaginario, encorvándose, sudando, casi oprimido por un verdadero esfuerzo físico; pero de pronto, improvisamente, mirando á Olí que lloraba sin cesar, sintió su ira calmarse, desvanecerse. Se quedó frío, helado. ¿Quién era aquella mujer á quien insultaba? ¿Quién era aquel montón de andrajos, aquel bicho asqueroso, aquella mendiga, aquel ser sin alma? ¿Era capaz de comprender lo que le estaba diciendo? ¿Lo que había hecho? Además ¿qué podía haber de común entre él y aquella criatura inmunda? ¿Era verdaderamente su madre aquella mujer? ¡Y aunque lo fuera! No es madre una mujer que realiza el acto material de dar á luz una criatura, fruto de un momento de placer, y después lo abandona en medio de la calle, en brazos del pérfido Acaso que lo hizo nacer. No, aquella mujer no era su madre, no erauna madre, ni aun inconsciente; nada le debía. Tal vez no tenía el derecho de reprocharla, pero tampoco tenía el deber de sacrificarse por ella. Su madre podía ser tía Tatana ó tía Grathia, tal vez María Obinu, tal vez tía Bárbara ó Nanna la borrachona: todas, excepto la miserable criatura que tenía delante.

—Hubiese hecho divinamente no ocupándome de ella, como me aconsejaba la tía Grathia—pensó.—Tal vez sería mejor que emprendiese de nuevo su camino. ¿Qué puede importarme su persona? No, no me importa nada.

Olí seguía llorando.

—Á ver si terminamos—dijo fríamente, sin cólera alguna; y viendo que seguía llorando con más fuerza, se volvió hacia la viuda y le hizo una señal para que tratara de consolarla y acallarla.

—¿No ves que tiene miedo?—murmuró la viuda al pasar por su lado.

—¡Vamos! ¡vamos!—dijo golpeando suavemente la espalda de Olí.—No llores más, hija mía. Ten valor, ten paciencia. Es inútil que llores; no te comerá; después de todo, es el hijo de tus entrañas. ¡Vamos! ¡vamos! Toma un poco de café y después hablaréis con más calma. Hazme el favor, hijo mío, Anania, sal un poco á la calle; después hablaréis con más calma. Sal, sal fuera, alhaja de la casa.

Él no se movió, pero Olí se calmó bastante y, cuando la tía Grathia le trajo el café, cogió la taza con sus manos temblorosas y lo sorbió ávidamente, mirando por todas partes con los ojos aún espantados, temerosos, y que sin embargo reflejaban de cuando en cuando relámpagos de placer. Le gustaba con delirio el café, como á casi todas las mujeres sardas de la clase baja, y Anania, que había heredado algo esta pasión, la miraba y contemplaba, habiendo recobrado por completo el equilibrio; y le parecía ver una bestia salvaje y tímida, una liebre mordisqueando uvas en la viña, estremeciéndose por el placer del pasto y por el miedo de ser sorprendida.

—¿Quieres un poco más?—preguntó la tía Grathia,inclinándose hacia ella y hablándole como á una chiquilla.—¿Sí? ¿No? Si quieres un poco más lo dices. Dame la taza y levántate, lávate los ojos, tranquilízate. ¿Has oído? ¡Ea, arriba!

Olí se levantó, ayudada por la vieja, y fué derecho á la tinaja del agua donde acostumbraba lavarse veinte años antes; primero quiso lavar la taza, después se lavó la cara y se enjugó con el delantal agujereado. Sus labios temblaban, algún sollozo sacudía aún su pecho, y sus ojos, enrojecidos y profundos, enormes en su pequeño rostro más pálido después de haberse lavado, huían la mirada fría de Anania.

Éste miraba el delantal agujereado y pensaba:

—Será preciso hacerle en seguida un vestido; verdaderamente va asquerosa. Aún me quedan sesenta liras de las clases que he dado en Nuoro; ¡qué bien hice en darlas!... Aun podré encontrar otras. Venderé los libros... Es preciso vestirla y calzarla en seguida... De seguro tendrá hambre...

Como si adivinara su pensamiento, la tía Grathia preguntó á Olí:

—¿Tienes hambre? Si tienes hambre dilo en seguida; no te dé vergüenza;quien tiene vergüenza no come. ¿Tienes hambre? ¿No?

—No—contestó Olí con los labios temblorosos.

Anania se turbó al oir aquella voz; era la voz de un tiempo, sí, la voz lejana, la voz deella. ¡Sí, aquella mujer eraella, eraella, era la madre, la sola, la verdadera, la única madre! Era la carne de su carne, el órgano enfermo y podrido que le mataba, pero del cual no podía separarse sin perder la vida; el órgano que debía curar, sobreponiéndose á todos los espasmos de la terrible cura.

—Entonces siéntate aquí—dijo la tía Grathia, acercando dos escabeles al hogar;—siéntate aquí, hija mía,y tú siéntate también, alhaja de la casa. Sentaos juntos y hablad...

Hizo sentar á Olí y pretendía hacer otro tanto con Anania: pero éste se desprendió bruscamente.

—Dejadme en paz; ¡ya he dicho que no soy ningún chiquillo!

—Además—siguió diciendo, andando de un lado á otro de la cocina,—tenemos poco que hablar. Ya he dicho cuanto quería decir. No se moverá de aquí mientras yo no lo disponga; le comprará V. unos zapatos y un vestido... yo daré el dinero para ello... de todo esto ya hablaremos más tarde... Y ahora—y alzó la voz para indicar que se dirigía á Olí—conteste: ¿qué tiene V. que decir?

Olí no contestó creyendo que seguía hablando con la viuda.

—¿No has oído?—le dijo la tía Grathia con voz dulce.—¿Qué tienes que decir?

—¿Yo?—dijo ella en voz baja.

—Sí, tú.

—Yo... nada.

—¿Tiene deudas?—preguntó Anania.

—No.

—¿No debe nada al peón caminero?

—No. Me han cogido todo lo que tenía.

—¿Qué le han cogido?

—Los botones de plata de la camisa, los zapatos nuevos, doce liras.

—¿No le queda á V. nada?

—Nada,Come mi vedi, mi scrivi[52]—dijo ella pasando las manos por el delantal.

—¿Conserva algunos papeles?

—¿Qué papeles?

—¿Si tienes la fe de nacimiento ó algún otro papel importante?—dijo la tía Grathia.

—Sí, tengo la fe de nacimiento—contestó palpándose el pecho.—La llevo aquí.

—Á ver.

Sacóse un papel amarillento, manchado de grasa y sudor, mientras Anania recordaba amargamente las pesquisas hechas para ver si María Obinu poseía documentos reveladores.

La tía Grathia cogió el papel y lo entregó al joven, que lo desdobló, le pasó la vista por encima y lo devolvió.

Era de fecha reciente.

—¿Para qué la ha sacado?—preguntó.

—Para casarme con Celestino...

—El ciego—dijo la viuda, y añadió murmurando:—¡aquel mal bicho!

Anania se calló, siempre andando de un extremo á otro de la cocina; el viento aullaba sin descanso al rededor de la casita; de las rendijas del techo caían oblicuamente rayos de sol que echaban fantásticas monedas de oro sobre el negro pavimento. Anania se entretenía automáticamente poniendo los pies sobre aquellas monedas como cuando era chiquillo; se preguntaba qué le quedaba que hacer y le parecía haber cumplido una parte de su grave misión, pero que aún le quedaba mucho que realizar.

—Llamaré aparte á la tía Grathia—pensaba—y le entregaré el dinero necesario para que le compre zapatos y un vestido y le dé de comer, y después partiré y veré... Aquí ya no tengo nada que hacer; todo está hecho...

—¡Todo está hecho!—repetía entre dientes con infinita tristeza.—¡Todo ha terminado!

Pasó por su mente la idea de sentarse un rato cerca de su madre, de que le contara su vida, de dirigirle una sola palabra de piedad y de perdón; pero no podía, no podía; sólo mirarla le causaba profundo disgusto; le parecía que apestaba (y verdaderamente emanaba de su cuerpo el olor desagradable especial de los mendigos), y no veía llegar la hora de marcharse, de huir, de quitarse de la vista aquel espectáculo doloroso. Y sin embargo, algo le sujetaba allí; veía que aquello no podía terminar de aquel modo, con unas cuantas frases; pensaba que tal vez Olí sentía, mezclado con el miedo y la vergüenza, la alegría de tener un hijo hermoso, fuerte, ilustrado y que esperaba con ansia unas dulces palabras, la mirada compasiva que no podía dirigirle; y en medio de su repugnancia, en medio de su dolor encontraba algo de consuelo pensando:

—Por lo menos no es descarada; tal vez aún pueda redimirse. Es inconsciente, pero no descarada. No se rebelará.

Y sin embargo, se rebeló.

—Bueno—empezó diciendo Anania, después de un largo silencio,—no se moverá de aquí hasta que arregle mis asuntos. La tía Grathia le comprará zapatos y vestidos...

La voz de Olí, aún fresca, pero llorosa, resonó claramente:

—Yo no quiero nada. Yo no...

—¿Cómo no?—preguntó él, parándose de repente ante el hogar.

—No me quedaré aquí.

—¿Qué?—gritó, avanzando hacia ella, con los puños cerrados y los ojos desencajados.—¿Qué quiere V. decir?

¡Ah! ¿De modo que aún no había terminado todo? ¿Se atrevía á oponerse? ¿Por qué se atrevía? ¿De modo que no comprendía que su hijo había sufrido y luchado durantetoda su vida para conseguir un fin: el de retirarla de la vía del pecado y del vagabundeo, sacrificándole si fuera preciso todo su porvenir? ¿Por qué se atrevía á rebelarse? ¿por qué quería escaparle de nuevo? ¿No comprendía que era capaz de impedírselo aun á costa de un delito?

—¿Qué quiere V. decir?—repitió, dominando con mucho trabajo su cólera.

Y se puso á escuchar, tembloroso, exaltado, clavándose las uñas puntiagudas en la palma de la mano, mientras su cara iba poco á poco transformándose á causa de un dolor indefinible.

La tía Grathia no le quitaba la vista de encima, pronta á interponerse, si se atrevía á tocar á Olí. En medio de aquellos tres seres salvajes, reunidos al rededor del hogar, la llama de un tizón surgía azulada y crepitante; parecía llorar.

—Escucha—dijo Olí animándose;—no te encolerices, pues ahora ya es inútil. El mal está hecho y nadie puede remediarlo; puedes matarme, pero no conseguirás con ello ningún beneficio. Lo mejor que puedes hacer es no ocuparte más de mi persona. Yo no puedo quedarme; me marcharé lejos y nunca más volverás á saber noticias mías. Figúrate que no me has encontrado nunca...

—¿Dónde vas á ir?—preguntó la viuda.—También yoledije lo mismo, peroélno lo comprende; habría un medio aún mejor... Te quedas aquí, en vez de seguir rodando; no diremos quién eres yélvivirá tranquilo, como si tú estuvieses muy lejos. Porque si te vas de aquí, pobrecita, ¿dónde irás?

—Donde Dios quiera...

—¿Dios?—exclamó Anania, golpeándose fuertemente el pecho.—Dios ahora le manda que me obedezca. No se atreva á repetirlo que no quiere quedarse. No se atrevaá repetirlo—dijo casi delirando.—¡No crea V. que bromee! No se atreva á dar un solo paso sin mi permiso, ó de lo contrario seré capaz de cualquier cosa...

—Escúchame, escúchame por tu bien—insistió, afrontando la cólera del joven.—No seas cruel conmigo, que he sido víctima de toda maldad humana, cuando me han dicho que eres indulgente con tu padre, con aquel miserable que fué la causa de mi desgracia...

—¡Tiene razón!—dijo la viuda.

—¡Á callar!—exclamó Anania.

Olí siguió tomando más ánimo.

—Yo no sé hablar—dijo,—yo no sé expresarme porque las desgracias me han entontecido; pero voy á decirte una sola cosa: ¿no saldría ganando quedándome aquí? ¿si quiero marcharme no es por tu bien? Responde. ¡Ah! ¡ni siquiera me escucha!—dijo, volviéndose hacia la viuda.

Anania había empezado de nuevo á dar paseos por la cocina y verdaderamente parecía no escuchar las palabras de Olí; pero de pronto estremecióse y gritó:

—¡Escucho!

Ella siguió hablando humildemente, contenta en el fondo de que ya no la amenazase:

—¿Por qué quieres que me quede? Déjame seguir mi camino; y así como un día te causé un mal, deja ahora que te haga un bien. Déjame marchar; yo no quiero servirte de estorbo; déjame marchar... por tu bien...

—¡Nooo...!—exclamó.

—Déjame marchar, te lo suplico; aún puedo trabajar. Tú no volverás á saber nada de mí; desapareceré como hoja arrastrada por el viento...

Se puso pensativo; una terrible tentación le asaltó. ¡Dejarla marchar! Durante un fugaz momento una alegría loca resplandeció en su alma, al solo pensamiento quetodo podía convertirse en una triste pesadilla; una palabra sola y el sueño se desvanecía y volvía la dulce realidad... Pero de pronto tuvo vergüenza de sí mismo; y su cólera aumentó y sus gritos resonaron de nuevo en la tétrica cocina.

—¡No!

—Eres una fiera—murmuró Olí;—no eres una persona; eres una fiera que muerde sus propias carnes. Déjame marchar, por Dios, déjame...

—¡No!

—¡Verdaderamente eres una fiera!—confirmó la tía Grathia, mientras Olí callaba y parecía vencida.—¿Qué necesidad tienes de berrear de este modo? ¡Nooo...! ¡Noo...! ¡Noo...! Desde la calle te oyen y creerán que aquí dentro hay un toro encerrado. ¿Esto es lo que te han enseñado en la escuela?

—En la escuela me han enseñado esto y otras cosas—contestó bajando la voz que se le había puesto ronca.—Me han enseñado que el hombre antes que dejarse deshonrar debe morir... ¡Pero no me podéis comprender! Terminemos de una vez y á ver si os calláis las dos...

—¿Que yo no te entiendo? ¡Pues te entiendo perfectamente!—protestó la vieja.

—Nonna, ¿de veras me entiende? Pues acuérdese... Pero ¡basta! ¡basta!—exclamó él, agitando las manos, fatigado, asqueado de sí mismo y de todos.

Las palabras de la vieja le habían impresionado; volvía á ser consciente, recordaba que siempre se había considerado como un ser superior y quería poner fin á la escena dolorosa y vulgar.

—Basta—se repetía á sí mismo, dejándose caer sentado en un rincón de la cocina y cogiéndose la cabeza entre las manos.—He dicho que no, y basta. Acabemos de una vez—añadió con voz ronca.

Pero Olí vió que por lo contrario había llegado el momento de luchar; ya no tenía miedo y se atrevió á todo.

—Óyeme—dijo con voz humilde, siempre más humilde,—¿por qué quieres labrar tu desgracia «hijo mío»? (Sí, ella tuvo el valor de llamarle así, y él no protestó). Lo sé todo... Sé que debes casarte con una muchacha rica y guapa; si se entera de que tú no reniegas de mí, te rechazará. Y tendrá razón; porque una rosa no puede vivir en medio de podredumbre... Hazlo por ella; déjame marchar, y creerá siempre que ya no existo. Ella es inocente ¿por qué debe sufrir? Yo marcharé lejos, cambiaré de nombre, desapareceré arrastrada por el viento. Ya basta el mal que te hice involuntariamente... sí... involuntariamente; no, hijo mío, no quiero causarte más daño. ¡Ah! ¿cómo es posible que una madre pueda causar daño á su hijo? Déjame, déjame marchar.

Él tuvo ganas de gritar: «Y sin embargo, sólo me ha causado daño en su vida», pero se dominó. ¿Á qué gritar? Era inútil é indecoroso; no, no quería gritar; con la cabeza cogida entre las manos, y con voz al propio tiempo quejumbrosa é iracunda, seguía diciendo:—No, no, no.

Comprendía que Olí tenía razón en el fondo, y que quería marcharse sólo para no hacerle desgraciado; pero precisamente la idea de que en aquel momento se mostraba más generosa y consciente que él, le irritaba y la hacía aún más odiosa. Ella se había transformado; sus ojos relucientes le miraban suplicantes y amorosos; y cuando repetía «Déjame marchar», su voz aún juvenil vibraba con dulzura infinita y todo su rostro expresaba indefinible tristeza.

Tal vez un sueño suave, que hasta entonces nunca había iluminado el horror de su existencia, acariciaba su alma: quedarse, vivir paraél, encontrar por fin lapaz. Pero desde lo más hondo del alma primitiva el instinto del bien—la chispa que se oculta hasta en la sílice—la impulsaba á no hacer caso de aquel sueño. Una sed de sacrificio la devoraba, y Anania lo comprendía y veía por fin que ella también quería, á su modo, cumplir con su deber, del mismo modo que él quería cumplir con el suyo. Pero él era el más fuerte y quería y debía vencer por todos los medios, haciendo uso de la violencia, con la necesaria crueldad del médico que para curar al enfermo raja y corta.

De pronto ella se echó á sus pies, empezó á llorar, á suplicar y gritar. Anania siguió siempre contestando que no.

—¿Qué debo hacer entonces?—decía sollozando.—Virgen María ¿qué debo hacer? ¿Será preciso que te abandone otra vez engañándote? ¿que te haga el bien á la fuerza? Sí, yo te abandonaré, me marcharé. Tú no puedes mandar en mí. No sé quién eres... Soy libre... y me marcharé.

Él alzó la cabeza y la miró.

Ya no se mostraba colérico; pero sus ojos fríos y su rostro pálido, envejecido repentinamente, infundían espanto.

—Oiga—dijo con voz firme;—acabemos de una vez. Está todo decidido y no hay más que hablar. No dará un solo paso sin que yo lo sepa. Y tenga bien presentes mis palabras cual si fueran pronunciadas por un moribundo: si hasta ahora he podido soportar la deshonra y el dolor de su vida vergonzosa, era porque no podía impedirlo y porque esperaba poner fin á tal estado de cosas. Pero de hoy en adelante ya será otra cosa. ¡Si se atreve á marcharse de aquí, la perseguiré, la mataré y me mataré después! ¡Por lo que me importa la vida!...

Olí le contemplaba con una especie de terror; en aquelmomento era parecidísimo al tío Miguel, á su padre, cuando la había echado de la caseta: los mismos ojos fríos, el mismo rostro tranquilo y terrible, la misma voz cavernosa, el mismo acento inexorable. Creyó ver el fantasma del viejo que resucitaba para castigarla y sintió á su alrededor todo lo horrible de la muerte. No dijo una palabra más, y se acurrucó en el suelo, temblando de espanto y desesperación.

Una noche triste cubrió el pueblecito barrido por el viento.

Anania, que no había podido encontrar un caballo para marchar en seguida, tuvo que pasar la noche en Fonni, una noche extraña, una noche parecida á la primera de un condenado á muerte después de la sentencia.

Olí y la viuda quedaron largo tiempo en vela junto al fuego; Olí sentía el frío precursor de la fiebre, tiritaba, bostezaba y gemía. Como en una noche lejana el viento retumbaba sobre la cocina guardada por el negro capotón del bandido, y la viuda hilaba, á la luz amarillenta de las llamas, impasible y pálida como un espectro; pero ahora no se entretenía en contar á la huéspeda la historia de su marido, y ni siquiera trataba de consolarla. Sólo, de vez en cuando, le suplicaba inútilmente que se fuera á la cama.

—Me acostaré si me hacéis un favor—dijo por fin Olí.

—Habla.

—Preguntadle si aún conserva larezettaque le entregué el día que nos escapamos de aquí, y rogadle que me la enseñe.

La vieja lo prometió y Olí se levantó del escabel; todo su cuerpo temblaba, y bostezaba tanto que sus quijadas crujían. Deliró toda la noche, presa de la fiebre; á cada momento pedía larezetta, lamentándose infantilmente porque la tía Grathia, que estaba acostada al lado, no iba á pedírsela á Anania.

Durante el delirio pasó por su mente una duda: que Anania no fuese su hijo. No, era demasiado cruel y despiadado; ella, que había sido atormentada por todas las personas con quienes tropezó en la vida, no podía convencerse de que su hijo debiera torturarla aún más que los otros.

Delirando contó á tía Grathia que había colgado aquellarezettaal cuello de Anania para poderle reconocer cuando fuera rico.

—Yo quería ir á encontrarle, un día, cuando fuese vieja, muy viejecita, apoyada en un bastón. ¡Pom! ¡pom! llamaba á la puerta. «¡Soy María Santísima convertida en mendiga!». Los criados se reían y llamaban al amo. «Viejecita ¿qué quieres?». Yo sé que llevas una bolsita colgada al cuello así y asá; y sé quién te la dió; si ahora tienes muchastancasy criados y bueyes lo debes á aquella pobre alma de la cual sólo quedan ahora siete onzas de polvo. Adiós, dame un poco de pan con miel. «Y perdona á aquella pobre alma». «Muchachos, persignaos, esta viejecita que todo lo adivina es María Santísima...». Ja, ja, ja... larezetta, la quiero... no es... él... Larezetta... larezetta...

Apenas fué de día la tía Grathia entró en el cuarto de Anania y se lo contó todo.

—¡Ah!—exclamó con amarga sonrisa—¡sólo esto faltaba! ¡que dudase! ¡Ya le haré ver si soy ó no soy su hijo!

—Hijo mío, no seas mal hijo; conténtala por lo menosen una cosa tan insignificante...—suplicó la tía Grathia.

—Pero si no sé dónde para aquella bolsita; la eché no sé dónde; si la encuentro se la mandaré.

Tía Grathia insistió para poder saber el resultado del coloquio que Anania debía tener con su prometida.

—Si verdaderamente te quiere se alegrará de tu buena acción—le dijo para confortarle.—No, no te rechazará, aun cuando le digas que tú no reniegas de tu madre. ¡Ah! ¡el verdadero amor no mira lascosasdel mundo! yo amaba locamente á mi marido cuando todos los demás le despreciaban...

—¡Veremos!—exclamó Anania melancólicamente,—ya escribiré...

—¡No, por caridad, alhaja de la casa, no me escribas! Yo no sé leer y no quiero que nadie se entere de tus cosas.

—¿Entonces...?

—Mira, mándame unaseñal. Mira, si ella no te rechaza me mandas larezettaenvuelta en un pañuelo blanco; y si te rechaza, la mandas envuelta en un pañuelo de color...

Prometió contentar á la vieja, aprobando su idea ingeniosa.

—¿Cuándo volverás?

—No lo sé; seguramente no tardaré mucho, apenas haya arreglado mis asuntos.

Partió sin volver á ver á Olí, que por fin se había dormido; una inmensa angustia le dominaba; el viaje le parecía eterno y, sin embargo, tenía deseos de no llegar nunca á su destino... Aún le sostenía una muy débil esperanza.

—Ella me ama—pensaba,—tal vez me ama como tía Grathia amaba á su marido. Su familia me despreciará, no querrán saber nada de mí; pero ella me dirá: te esperaré,te amaré siempre... Pero ¿qué podré prometerle? Ahora mi porvenir ha sido destruido.

Otra esperanza, esperanza inconfesable, fermentaba en el fondo de su alma: que Olí se escapase; no se atrevía á revelársela á sí mismo, pero la sentía, la sentía, á su pesar corría por su sangre como una gota de veneno, y se avergonzaba de ello, comprendía toda su vileza, pero no podía desprenderse de ella... Cuando había exclamado: «la mataré y me mataré después» había sido sincero, pero ahora todo le parecía una horrible pesadilla; y al volver á ver la carretera y los paisajes que tres días antes había recorrido con tanta alegría en el alma, y al acercarse á Nuoro, el sentido de la realidad le atormentaba dolorosamente.

Apenas llegó buscó la bolsita y, por una idea supersticiosa—pues creía que las cosas previstas no se realizan,—la envolvió en un pañuelo de color. Pero después pensó que los tristes sucesos de aquellos días siempre los había esperado y previsto, y se irritó contra su puerilidad.

—Además ¿por qué debo mandarle la bolsita? ¿Por qué debo complacerla?—decía entre sí, arrojando el pañuelo con larezettacontra la pared.—Pero en seguida lo recogió del suelo y se calmó.

—Lo haré por tía Grathia—pensó.

—Á las cuatro iré á casa del señor Carboni y se lo contaré todo. Es preciso resolverlo hoy mismo, y portarme como un hombre. Y ahora, á dormir.

Se echó sobre la cama y cerró los ojos. Eran cerca de las dos de una tarde calurosísima y silenciosa. Anania tenía aún en los oídos el ruido del viento, recordaba el frío de la noche anterior en Fonni, y sentía una extraña impresión. Le parecía haber bajado al fondo de un abismo lleno de peñas, rodeado de montañas de muchapendiente, áridas, que reducían aún más el breve horizonte; del fondo de su alma brotaban mil ideas extravagantes, innumerables sensaciones lejanas; recordaba las febriles noches pasadas en Roma, el fragor del viento en Bruncu Spina, una poesía de Lenau:Los bandidos en la taberna de la landa, la canción del pastor que pasó por la callejuela la tarde que la tía Tatana fué á pedir la mano de Margarita. Y en el fondo de su pensamiento aparecía siempre sombríamente la cocina de la viuda, el capote negro y vacío como un símbolo, y la figura de Olí con sus ojazos de gato salvaje. ¡Qué dolor y qué tristeza le producían ahora aquellos ojos!

Estuvo mucho tiempo sin moverse, sin poder dormir, pero con los ojos obstinadamente cerrados, sumergido en profundo entorpecimiento.

—¿Y si me hiciera fraile?—pensó de pronto.

Después pensó en la muerte, extrañándose de que esta idea no se le hubiese ocurrido antes.

—Nada hay tan seguro como la muerte; y sin embargo, nos parece imposible que pueda llegar, y nos atormentamos por cosas que pasarán inexorablemente. Todo pasará; todos moriremos; ¿á qué sufrir?... ¿Y si á las cuatro me suicidara? Sí.

Durante unos momentos esta resolución heló la sangre en sus venas. Después pasó, pero dejándole una opresión tan espantosa que sintió la necesidad de moverse para librarse de ella. Sólo entonces advirtió que, en el fondo, aun cuando creía ser presa de la más profunda desesperación, seguía siempre esperando.

—¡Margarita! ¡Margarita! Hablaré con ella esta noche; me dirá que no diga nada á su padre, que espere, que finja. No, no quiero ser cobarde. Quiero ser hombre. Á las cuatro estaré en casa del señor Carboni.

Y, en efecto, á las cuatro pasó por delante de la puertade casa Margarita y no se atrevió á entrar ni á llamar. Y pasó completamente avergonzado, pensando volver más tarde, pero convencido en el fondo de no atreverse jamás á una entrevista con su padrino.

Transcurrieron de este modo dos días y dos noches, en una verdadera lucha de pensamientos cambiantes como olas agitadas. Nada parecía cambiado ni en su vida ni en sus costumbres; había reanudado las lecciones á los estudiantes en vacaciones, leía, comía, pasaba por delante de la ventana de casa Margarita y al verla la miraba con vehemencia; pero durante la noche tía Tatana le oía pasear por la alcoba, bajar al patio, salir, entrar, dar vueltas; parecía un alma en pena, y la buena mujer le creía enfermo.

¿Qué esperaba?

El día siguiente después de su regreso, viendo á un hombre de Fonni atravesar la calle, se puso pálido como un muerto.

Sí, esperaba algo... algo horrible; la noticia de queellahabía desaparecido de nuevo; y comprendía perfectamente su vileza, pero al propio tiempo estaba pronto á realizar su amenaza: «la seguiré, la mataré, me mataré después». Había momentos en que le parecía que nada de aquello era verdad; en casa de la viuda sólo había la vieja, con su capotón y sus leyendas; nadie más... nadie más...

La segunda noche después de su regreso oyó á tía Tatana contar un cuento á un chiquillo de la vecindad: «...La mujer huía, huía, echando clavos que se multiplicaban, se multiplicaban y cubrían todo el campo. El señor Dragón la perseguía, la perseguía, pero no conseguía alcanzarla porque los clavos le agujereaban los pies...».

¡Qué placer más lleno de angustia había despertadoaquel cuento en Anania, cuando niño, especialmente durante los primeros días después de su abandono! Aquella noche soñó que el hombre de Fonni, que había visto dos días antes, le había traído la noticia: se había escapado... él la perseguía... la perseguía... por un campo lleno de clavos... Allí está, allí, en el horizonte; dentro de un momento la alcanzará y la matará, pero tiene miedo, tiene miedo... porque no es Olí; es un pastor que canta, el mismo pastor que pasó por la callejuela mientras tía Tatana estaba en casa del señor Carboni... Anania corre, corre; los clavos no le pinchan y, sin embargo, él quisiera que le pinchasen... Olí convertida en pastor canta; canta los versos de Lenau:Los bandidos en la taberna de la landa, que desde hace dos días no se aparta del pensamiento de Anania; ¡ya! ya casi la alcanza, ya va á matarla, y un frío de muerte le hiela...

Despertó cubierto de un sudor frío, mortal; el corazón apenas latía, y prorrumpió en sollozos de violenta angustia.

El tercer día, extrañada Margarita de que no le escribiese, le invitó á la cita de costumbre. Acudió á ella, contó la expedición, se abandonó á sus caricias, como un cansado viajero se abandona sobre el césped, á la sombra de un árbol, á la orilla del camino; pero no pudo decir una sola palabra del terrible secreto que le consumía.

«18 de septiembre, á las dos de la noche.

«Margarita: Acabo de llegar á casa después de haber paseado á la ventura por las calles del pueblo. Temoenloquecer y este temor me obliga á confiarte—después de una larga é indecible indecisión—la pena que me mata. Quiero ser breve. Margarita, tú sabes quién soy yo; tú sabes que soy hijo del pecado, abandonado por mi madre, más desgraciada que culpable; he nacido bajo una mala estrella y debo expiar delitos que no he cometido. Inconsciente de mi triste destino, impulsado por la fatalidad, he arrastrado conmigo, al abismo de donde nunca más podré salir, á la criatura á quien quiero sobre todas las criaturas de la tierra: Á ti, Margarita... ¡Perdóname, perdóname, Margarita mía! Esto es lo que más siento, en medio de mi inmenso dolor, éste es el remordimiento que no me abandonará en todo lo que me resta de vida, si es que vivo... Óyeme: Mi madre no ha muerto; después de una vida de culpas y desdichas, se ha presentado ante mí como un fantasma. La pobre, está enferma, envejecida por el dolor y las privaciones. Mi deber (tú misma lo piensas en este momento) es redimirla. Y he decidido vivir con ella, trabajar para sostenerla y sacrificarle mi vida si hace falta para cumplir mi deber.

«Margarita; ¿qué más debo decirte? Nunca como ahora he sentido la necesidad de descubrirle mi alma semejante á un mar tempestuoso, y nunca he sentido faltarme las palabras como me faltan ahora, en este momento decisivo de mi vida.

«Hasta la razón me falta; aún conservo en mis labios el perfume de tus besos y tiemblo de pasión y de angustia... ¡Margarita, Margarita mía, mi vida está en tus manos! Ten piedad de mí y de ti. ¡Sé buena como yo he soñado! Piensa que la vida es breve y que la única realidad de la vida es el amor, y que ningún hombre de la tierra te amará como te amo, y como te amaré. No pisotees nuestra felicidad á causa de los humanos prejuicios,de los prejuicios que fueron inventados por los hombres envidiosos, para hacerse unos á otros desdichados. Tú eres buena, estás por encima del nivel ordinario; dame por lo menos una esperanza.

«Pero ¿qué estoy diciendo? Me vuelvo loco; perdóname y acuérdate de que suceda lo que suceda, siempre seré tuyo, eternamente tuyo. Contéstame en seguida...

A.».

«19 septiembre.

«Anania: Tu carta me ha parecido una horrible pesadilla. Tampoco yo encuentro palabras para expresarme. Ven esta noche, á la hora de siempre, y decidiremos juntos nuestro destino. Yo soy quien debe decir: mi vida está en tus manos. Ven, te espera ansiosamente...

M.».

«19 septiembre.

«Margarita: Tu billete ha helado la sangre de mis venas; creo que mi destino está ya decidido, pero una tenue esperanza me anima aún. No, no puedo acudir á la cita; aunque quisiera, no podría. No iré mientras no me des una palabra de esperanza. Sólo entonces correré á tu lado para darte las gracias, arrodillarme á tus pies y adorarte como á una santa. Pero ahora no, no puedo y no quiero. Cuanto te escribí la pasada noche es miirrevocable decisión; escríbeme, no permitas que esta espera terrible me mate.

«Tu desgraciadísimo

A.».

«19 septiembre, á media noche.

«Anania, Nino mío: He estado esperándote hasta ahora, palpitante de pena y de amor, pero tú no has venido, tal vez no vendrás nunca y yo te escribo, en las dulces horas de nuestras citas, con la muerte en el alma y llenos de lágrimas los ojos. La pálida luna recorre el cielo todo nublado, la noche es melancólica, casi lúgubre y me parece que toda la creación está triste por la desventura que pesa sobre nuestro amor.

«Anania, ¿por qué me has engañado?

«Ya sabía, como tú dices, quién eras tú, y te amaba precisamente porque soy superior á los prejuicios humanos, porque quería recompensarte de las injusticias que el destino te había causado, y sobre todo porque creía que también tú estabas por encima de los prejuicios y habías puesto en mí toda la vida, como yo había puesto toda la mía en ti.

«Y veo que me engañaba; ó mejor dicho, me has engañado, callando tus verdaderos sentimientos. Yo creía, he creído siempre y aún sigo creyendo que sabías que tu madre no se había muerto, que sabías dónde se hallaba y que no ignorabas (como nadie lo ignoraba) la vida que seguía llevando; pero creía que tú, vilmente abandonado, no hacías caso de una madre desnaturalizada, causa de tu desgracia y deshonra, y la considerabas como si hubiese muerto para ti y para todos... Es más, estabaconvencida de que si algún día, como ha sucedido, se atrevía á presentarse ante ti, no te habrías ni siquiera dignado mirarla... ¡Y en cambio...! En cambio, echas de tu lado á quien tanto te ha amado y siempre te amará, para sacrificar tu vida y tu honra á quien te hubiese dado la muerte ó abandonado en el bosque para librarse de ti, si no llega á tener un sitio donde poderte dejar.

«Creo inútil escribirte estas cosas, porque seguramente las comprendes mejor que yo, y es inútil también que sigas tratando de evocar en mí sentimientos que no puedo sentir desde el momento que tú tampoco los sientes.

«Porque veo perfectamente que quieres sacrificarte, no por cariño, ni siquiera por generosidad—porque probablemente odias con mucha razón á aquella mujer que fué la causa de tu desdicha—sino precisamente por los prejuicios humanos quefueron inventados por los hombres para hacerse unos á otros desdichados.

«Sí, sí; tú quieres sacrificarte para el mundo; quieres matarte y matar á quien tanto te quiere, sólo por la vanidad de oir como dicen: ¡ha cumplido su deber!

«Eres un chiquillo, y permíteme te diga que tu sueño es, además de peligroso, ridículo.

«Cuando la gente lo sepa te alabará, pero en el fondo se reirán de tu ingenuidad.

«Anania, vuelve en ti; sé bueno contigo y conmigo y sobre todo sé hombre, como tú mismo dices.

«No; yo no pretendo que abandones á tu madre, ahora que está enferma y es desgraciada, como ella te abandonó; no, la ayudaremos, trabajaremos para ella, si hace falta, pero que viva lejos de nosotros, que jamás venga á interponerse entre los dos, á turbar nuestra vida con su presencia. ¡No, que no venga jamás! ¿Á qué engañarte, Anania mío? No puedo ni siquiera admitir laposibilidad de vivir con ella... ¡No! Sería una vida horrible, una tragedia continua; mejor morir de una sola vez, que morir lentamente de rencor y malestar. No he querido nunca á aquella desgraciada; ahora siento por ella compasión, pero no puedo quererla; y te suplico que no insistas en tu loca resolución si no quieres que de nuevo la odie mil veces más que antes. Ésta es mi resolución: socorrerla, pero lejos de nosotros, que no la vea nunca, que en lo posible el mundo donde vivamos ignore su existencia y donde se encuentra.

«Piensa que hasta ella misma preferirá vivir lejos de ti, pues tu presencia sería un remordimiento continuo. Dices que está envejecida y enferma por el dolor y las privaciones; pero ¿quién tiene la culpa de todo, sino ella? Por ti, y también por ella, es mejor que así sea; de este modo no volverá á vagabundear y no seguirá deshonrándote; ¡bueno fuera que después de haberte hecho tanto daño cuando se encontraba sana y joven, hiciese hoy un arma de su miseria y enfermedad para exigir el sacrificio de tu dicha!... ¡Ah! esto no debes permitirlo de ninguna manera.

«¡No, no es posible que realices tan fatal aberración! Á menos que ya no me ames y aproveches la ocasión para... ¡No, no, no! ¡No quiero dudar de ti, de tu lealtad y de tu amor!

«Anania, vuelve en ti, no seas malo y cruel conmigo que te he dado toda mi juventud y todo mi porvenir, (pues sin ti se desvanecen todos mis ensueños), para ser generoso con quien tanto te ha odiado y ha sido la causa de tu desgracia.

«Ten piedad de mí... ya ves, estoy llorando... te lo ruego, hasta por ti, que quisiera ver tan dichoso... ¡Acuérdate de todo nuestro amor, de nuestro primer beso, de nuestros juramentos y de nuestros sueños, denuestros proyectos, de todo, acuérdate de todo! Procura que no se reduzca todo á un puñado de cenizas, que no muera de pena, que no tengas que arrepentirte de tu loco proceder. Si no quieres hacer caso de mis consejos, consulta á personas formales, á gente buena y devota, y verás como todos te dirán cuál es tu deber, y verás como te aconsejarán que no seas ingrato, pero tampoco cruel.

«¡Acuérdate, Anania! Hasta ayer noche me decías que desde lo más alto del Gennargentu gritaste nuestro amor, proclamándolo eterno y superior á todas las demás pasiones humanas. Y al parecer mentías; ¿ayer noche mentías? ¿Por qué mentías...? ¿Por qué me tratas así? ¿Qué he hecho yo para merecer tal desventura? ¿Es que no te acuerdas de lo mucho que siempre te he querido? ¿Te acuerdas que una tarde, estando en la ventana, me echaste una flor, después de haberla besado? Aún conservo aquella flor para coserla en mi vestido de boda; y digoconservoporque estoy segura de que tú serás mi esposo querido, que no querrás que tu Margarita se muera (¿te acuerdas de tu soneto?), que seremos muy felices, en nuestra casita, solos, solos con nuestro amor y nuestro deber. Estoy esperando con impaciencia una palabra de esperanza. Dime que todo fué una pesadilla; dime que has recobrado la razón y que te arrepientes de haberme hecho sufrir.

«Mañana por la noche, ó mejor dicho esta misma noche, porque ya ha dado la una te espero; no faltes; ven, idolatrado Anania, ven, mi querido, mi adorado esposo, ven; te esperaré como la flor espera el rocío bienhechor después de un día de sol ardiente; ven á darme la vida, á que todo lo olvide; ven, adorado mío, mis labios ahora bañados por amargo llanto, se posarán sobre tu querida boca como...».

¡No! ¡no! ¡no!—exclamó Anania, convulso, arrugando la carta antes de acabar de leerla.—¡No iré! ¡Cuán vil, cuán vil eres! Moriré de pena, pero no me volverás á ver.

Y con la carta en la mano estrechamente cerrada se echó sobre la cama, hundiendo el rostro en la almohada, mordiéndola, reprimiendo los sollozos que le ahogaban.

Un estremecimiento de pasión le recorría todo el cuerpo, subiendo en oleadas vibrantes desde los pies á la nuca; las últimas líneas de la carta le habían causado vehemente impresión, habían despertado el ardiente deseo de los besos de Margarita—deseo tanto más espasmódico cuanto más desesperado—y tuvo que luchar ferozmente contra el loco impulso de releerla, de releerla hasta las últimas líneas.

Poco á poco recobró la conciencia de sí mismo y de lo que sentía. Le pareció haber visto á Margarita completamente desnuda, sintiendo por ella un amor delirante y un asco tan profundo que mataba el amor.

¡Cuán vil, cuán vil se mostraba! ¡Vil hasta llegar al descaro...! ¡Vil, y conscientemente vil! La diosa cubierta con el manto de majestad y bondad había echado sus áureos peplos y se presentaba desnuda, manchada de egoísmo y crueldad; la Minerva taciturna abría la boca para blasfemar; el símbolo se abría, se abría como un fruto maduro, rosado por fuera, negro y podrido por dentro. Era la Mujer, completa, con todas sus feroces astucias.

Pero lo que más cruel martirio le producía era pensar que ella adivinaba sus más secretos sentimientos y que tenía razón; sobre todo cuando le reprochaba el engaño,y cuando pretendía que él cumpliera sus deberes de gratitud y de amor.

—¡Todo ha terminado!—pensó.—Debía terminar así.

Se levantó y releyó la carta; cada palabra le ofendía, le disgustaba y le humillaba. De modo que Margarita le había amado por compasión, aun creyéndole tan vil como ella misma. Tal vez esperaba convertirle en instrumento de sus placeres, en un siervo complaciente, en un marido bonachón; ó tal vez no había pensado en nada, y le había amado tan sólo por instinto, porque fué el primero en besarla, en hablarle de amor.

—¡No tiene alma!—pensó el desdichado.—Cuando yo deliraba, cuando me remontaba hasta las estrellas, y sentimientos sobrehumanos me exaltaban, ella callaba porque estaba el vacío en su alma, y yo adoraba aquel silencio que me parecía divino; sólo ha hablado cuando se han despertado sus sentidos, y ahora que la amenaza el peligro vulgar de mi abandono. No tiene alma, ni corazón. ¡Ni una palabra de piedad! ¡ni siquiera el pudor de disfrazar su egoísmo! Y además ¡cuán astuta! Su carta es copiada y vuelta á copiar, aun cuando se vea en ella su tosca ignorancia; ¡cuántas veces emplea la palabraque! Me producen el efecto de martillazos, prontos á romperme el cráneo... Las últimas líneas son una obra maestra femenil... antes de escribirlas ya presumía el efecto que debían causarme... es más experta que yo... me conoce perfectamente, mientras yo empiezo ahora á conocerla... quiere llevarme á la cita porque sabe de sobra que si acudo pierdo la cabeza y me envilezco... ¡Mentiras, mentiras y mentiras! ¡Cómo la desprecio! ¡Ni una palabra de bondad, ni un impulso generoso, nada, nada! ¡Ah, qué rabia! (Y arrugó de nuevo la carta). ¡Os odio á todos! ¡siempre os odiaré! También quiero ser malo, también quiero reduciros todosá polvo y escupir encima. Quiero haceros sufrir, destrozaros, mataros... ¡Y vamos á empezar!

Cogió la bolsita aún envuelta en el pañuelo de color, lo envolvió todo en un periódico, y bien sellado lo mandó en seguida á tía Grathia.

—¡Todo ha terminado!—repetía á cada instante. Y le parecía caminar en el vacío, sobre heladas nubes, como cuando subía al Gennargentu; pero ahora miraba inútilmente abajo y á su alrededor; no había escape; todo era niebla, abismo infinito.

Durante el día pensó muchísimas veces en el suicidio; se informó de si podía presentarse en seguida á exámenes para maestro elemental ó secretario de Ayuntamiento; estuvo en la taberna y cogiendo entre sus brazos á la hermosa Ágata (ya prometida de Antonino) la besó en la boca. Ráfagas de odio y de amor le atravesaban el alma; cuanto más releía la carta más perfidia parecía encerrar; cuanto más se alejaba Margarita, más la quería y deseaba.

Al besar á Ágata recordaba la impresión violenta que un día habían despertado en él los besos de la hermosa campesina; pero entonces Margarita estaba muy lejos y un mundo de poesía y de misterio les dividía; y ahora aquel mismo mundo, hecho pedazos, los volvía á dividir.

—¿Qué te pasa?—preguntó Ágata dejándose besar.—¿Has peleado conella? ¿Por qué me besas?

—Porque me da la gana... Porque apestas...

—Me parece que has bebido—dijo ella riendo.—Si te gustan las mujeres así, puedes ir á ver á Rebeca... ¡Pero cuidado que Margarita no se entere!

—¡Cállate!—contestó Anania enfadándose.—No permito que pronuncies siquiera su nombre...

—¿Por qué?—preguntó Ágata, con calma maliciosa.—¿No va á ser cuñada mía? ¿Es distinta de lasdemás? Es una mujer como nosotras. ¿Porque nosotras somos pobres? ¡Quién sabe si ella será siempre rica! ¡Si hubiese tenido seguridad de serlo, no te habría tenido de reserva mientras encontraba un partido mejor!

—Si no acabas te pego...—dijo furioso.

—Me parece que estás borracho; ¡vete á ver á Rebeca!—repitió Ágata.

Sus insinuaciones aumentaron los tormentos de Anania; pero ahora consideraba á Margarita capaz de cualquier cosa. Salió de la taberna y le pasó por la mente las ganas de ir á ver á Rebeca; pero se echó á reir y, viendo que Ágata le observaba, dió un traspiés fingiéndose borracho.

Al anochecer se acostó, pretextando un poco de fiebre y decidido á no levantarse al día siguiente, para que Margarita supiese que estaba enfermo y sufriera. Llegó á imaginar que ella, creyéndole gravemente enfermo, le visitaba en secreto; este sueño le produjo una ternura desfallecedora; pensando en la escena que se desarrollaría temblaba de placer. Y de pronto vió lo pueril y sentimental de este sueño y tuvo vergüenza de sí mismo. Se levantó y salió á la calle.

Á la hora de costumbre se encontró frente al portón de casa Margarita. Ella misma abrió. Se abrazaron y echaron á llorar; pero apenas Margarita empezó á hablar, sintió hacia ella una profunda antipatía, después una sensación de frío, semejante á la que sintió al mirar á Olí.

No, ya no la amaba, ya no la deseaba. Se levantó y salió á la calle sin decir una palabra.

Al llegar al final de la calle volvió atrás y acercándose al portón gritó:

—¡Margarita!

Y el portón siguió cerrado.


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