VII
El correo atravesabatancassalvajes, amarillas por el rastrojo y el ardiente sol, manchadas de cuando en cuando por la sombra de grupos de olivos y encinas.
Anania, sentado en el pescante junto al cochero que no dejaba el látigo en paz (dentro del coche se ahogaban de calor), sentía una sugestión tan fuerte que casi olvidaba las impresiones febriles de los pasados días. Revivía un día lejano, veía al cochero de bigotes rubios y cara mofletuda, que no dejaba el látigo en paz, como tampoco lo dejaba ahora el cochero pequeñito que se sentaba á su lado.
Á medida que el correo se acercaba á Mamojada, la sugestión de los recuerdos se hacía casi dolorosa. En el arco de la capota se proyectaba el mismo paisaje que Anania había vistoaquel día, abandonando su cabecita sobre su regazo, y cubría todo el panorama el mismo cielo de un azul claro inmensamente melancólico.
Ahí está la caseta del peón: sobre el paisaje, de trazos fuertes, ondulado, con verdes arboledas salvajes, pasa un soplo de inesperada fragancia; acá y acullá se vislumbran hilos de agua violácea; se oyen chillidos de pájaros palustres; un pastor, estatua de bronce sobre un fondo luminoso, contempla el horizonte.
El correo se paró un momento ante la caseta del peón caminero. Sentada en el umbral de la puerta estaba unamujer vestida á la usanza de Tonara, vendada dentro sus toscos vestidos como una momia egipcia, cardando lana negra con dos peines de hierro; á corta distancia, tres chiquillos desarrapados y sucios jugaban, mejor dicho andaban á la greña unos contra otros. En una ventana apareció el rostro demacrado y amarillo de una mujer enferma, que miró el coche con dos grandes ojos verdosos, llenos de asombro. Aquella caseta aislada parecía albergar el hambre, la enfermedad y la porquería. Anania sintió oprimírsele el corazón; recordaba detalladamente el triste drama desarrollado veintitrés años antes en aquel lugar solitario, en aquel paisaje tosco y primitivo, que hubiese conservado su pureza sin el inmundo paso del hombre.
—¡Ay de mí!—suspiró el estudiante—¡qué miserable criatura es el hombre! ¡Por donde pasa deja la huella de su miseria!
Y contempló al pastor de rostro aceitunado y sarcástico, firme sobre el fondo deslumbrante del cielo, y pensó que también aquella figura poética era un ser inconsciente y bárbaro—como su padre, como su madre, como todas las criaturas esparcidas sobre aquel aislado trozo de tierra—en cuya mente los malos pensamientos tenían que desarrollarse por fatal necesidad, como los vapores en la atmósfera.
El correo reanudó el viaje; allí está Mamojada, surgiendo entre el verdor de los huertos y de los nogales, con su blanco campanario proyectado sobre el claro azul; de lejos parecía una bonita acuarela, algo falsa, pero apenas el coche se internó por la polvorienta calle, el cuadro fué tomando tintas más obscuras, aun más tristes que las del paisaje. Delante las negras casuchas construidas sobre la roca se agrupaban figuras características, desastradas y muy sucias; mujeres graciosas, con loslucientes cabellos ensortijados alrededor de las orejas, descalzas, sentadas en el suelo, cosían, daban de mamar á sus pequeñuelos ó bordaban. Dos carabineros, un estudiante aburrido—procedente también de Roma,—un labriego y un viejo noble, también campesino, charlaban formando un grupo á la puerta de una carpintería, en donde estaban colgados diversos cuadritos sagrados pintados á varios colores.
El estudiante conocía á Anania; apenas le vió le salió al encuentro, se lo llevó consigo y le presentó á la reunión.
—¿También estudias en Roma?—le preguntó en seguida el noble, sacando el pecho y hablando con mucha prosopopeya.—¿Sí? Entonces conocerás á don Pedro Bonigheddu, noble, jefe del Tribunal de Cuentas.
—No—dijo Anania,—Roma es muy grande, no es posible conocer á todo el mundo.
—¡Sí, eh!—interrumpió el otro con gesto desdeñoso.—¡Pues don Pedro es conocido de todo el mundo! ¡Aquél es un hombre rico! Somos parientes. Pues... si le ves, le darás muchos recuerdos de parte de don Zua Bonigheddu.
—¡No me olvidaré!—contestó Anania inclinándose burlonamente.
Después de un descanso de media hora, volvió á emprender la marcha el correo.
—Y no te olvides de saludar á don Pedro—dijo el estudiante á Anania, acompañándole al coche después de dar una vuelta por el pueblo.
Partió el coche, y después de aquella media hora de bromear con su compañero, Anania recayó en sus tristes recuerdos. Mira, allí están las ruinas de la ermita, allí el huerto, este es el principio de la cuesta que sube á Fonni, esta la plantación de patatas, junto á la cualla otravez se habían parado Olí y Anania.
Recordó claramente á la mujer que cavaba con las faldas cogidas entre las piernas, y el gato blanco lanzándose sobre una verde lagartija que se asomaba por los agujeros del muro. En el arco de la capota los cuadros de los distintos paisajes aparecían siempre más frescos, con fondos más luminosos: la pirámide grisácea del monte Gonare, las líneas cerúleas y plateadas de la cadena del Gennargentu, se incrustaban sobre el cielo metálico, siempre más cercano, siempre más majestuoso. ¡Ah, sí! ahora respiraba de veras el aire nativo y sentía algo extraño, tal vez un atávico instinto.
—Quisiera saltar del coche, correr por las pendientes, entre la fresca hierba, entre las matas y las rocas, dando gritos de salvaje alegría, imitando al potrillo que escapa al lazo y vuelve á la libertad de lastancas, y después de haber estallado la embriaguez del alma primitiva en gritos inconscientes, quisiera pararme, como aquel pastor errante, sobre un fondo deslumbrador ó á la verde sombra de unos nogales, sobre el pedestal de una roca ó el tronco de un árbol, sumergido en la contemplación del espacio. Sí—pensaba, mientras el coche se ponía al paso al subir la cuesta,—yo había nacido para pastor. Hubiese sido un poeta maravilloso, tal vez un delincuente, tal vez un bandido fantástico y feroz. ¡Contemplar las nubes desde lo alto de una montaña! ¡Figurarse ser pastor de un rebaño de nubes; verlas errantes sobre un cielo de plata, perseguirse, transformarse, pasar, desvanecerse, desaparecer!
—Ja, ja, ja!—se reía entre dientes. Después pensó:—¿Y qué? ¿Acaso no soy un pastor de nubes? ¿Qué son las nubes? Entre las nubes y mis pensamientos ¿qué diferencia existe? Yo mismo ¿no soy una nube? Si tuviese que vivir forzosamente en estas soledades, me disolvería, confundiéndome con el aire, con el viento, conla tristeza del paisaje. ¿Estoy vivo? Y después de todo, ¿en qué consiste la vida?
Como siempre, no supo contestarse; el coche subía lentamente, de cada vez más lentamente, con un movimiento dulce, casi meciéndose; el cochero dormitaba, el caballo también parecía caminar durmiendo. El sol en lo alto del zenit dejaba caer un resplandor igual, melancólico; las arboledas retiraban sus sombras; un silencio profundo y una ardiente modorra invadían el paisaje inmenso. Anania creyó que de veras se disolvía, se unificaba con aquel soñoliento panorama, con aquel cielo luminoso y triste. Todo consistía en que tenía sueño y, comola otra vez, terminó por cerrar los ojos y dormirse como un chiquillo.
—¡Tía Grathia!¡Nonna![47]—exclamó aún con voz soñolienta, entrando en la casucha de la viuda.
La cocina estaba desierta; desierta la callejuela asoleada; desierto todo el pueblecito que en aquella soledad de la siesta parecía un pueblo prehistórico abandonado desde muchos siglos.
Anania miró curiosamente á su alrededor. Nada había cambiado: miseria, andrajos, hollín, un poco de ceniza en el hogar, grandes telarañas en las tablas del techo; y, cruel emperador de aquel lugar de leyendas, el largo fantasma del capotón negro colgado de la pared color de tierra.
—¡Tía Grathia! ¿dónde se ha metido?—gritó el joven, mirando por todas partes.—¡Tía Grathia!
Por fin, la viuda, que había ido á buscar agua de un pozo vecino, entró con unmalume[48]sobre la cabeza y el cubo en la mano. Estaba igual que antes, seca, amarilla, con la cara de espectro rodeada de un pañuelo muy sucio: los años habían pasado sin envejecer más aquel cuerpo disecado y consumido por las emociones de la lejana juventud.
Al verla, Anania se conmovió de un modo extraño; una oleada de recuerdos subió de las profundidades de su alma, pareciéndole recordar toda una existencia anterior, volver á ver un espíritu que había habitado su cuerpo antes del que lo ocupaba en la actualidad.
—¡Bonas dies!—dijo la viuda, mirando asombrada al guapo joven desconocido. Descargó primero el cubo, después elmalume, lentamente, sin quitar la vista del forastero. Pero apenas éste le preguntó sonriendo:—¿Pero qué, no me conoce?—ella dió un grito y abrió los brazos: Anania la abrazó, la besó y la mareó á preguntas.
¿Y Zuanne? ¿Dónde estaba? ¿Por qué se había hecho monje? ¿Iba á verla? ¿Era dichosa? ¿Y su hijo mayor? ¿Y los hijos del cerero? ¿Y aquél, y el otro? ¿Qué había sucedido de nuevo en Fonni, durante aquellos quince años? ¿Quién era el pretor?[49]¿Podría al día siguiente subir al Gennargentu?
—¡Hijo, hijito!—empezó á decir la viuda, vuelta en sí de su asombro.—¡Cómo encuentras mi casa! ¡Desnuda y triste como un nido abandonado! Siéntate y lávate; ahí tienes agua pura y fresca; la fuente parece un chorro de plata; lávate, bebe y descansa. Mientras tanto,voy á preparar un bocado. ¡Ah, no me lo rehúses, hijito de mis entrañas! ¡no me lo rehúses, no me humilles! Quisiera poderte dar mi corazón; pero acepta lo poco que puedo darte; ahora sécate; ¡alma mía! ¡qué guapo y grande te has hecho! Dicen que vas á casarte con una muchacha rica y hermosa; ¡bien se ve que ha sabido escoger aquella muchacha!—¿Pero por qué no me has escrito antes de venir? ¡Ah, hijito, por lo menos tú no has olvidado á la pobre vieja abandonada!
—Pero ¿y Zuanne?—insistía Anania, lavándose con el agua fresquísima del cubo.
La viuda se puso triste. Dijo:
—¡Mejor es que no hablemos de él! ¡Me ha dado tantos disgustos! Era mejor que... hubiese seguido el ejemplo de su padre... ¡Ea! no hablemos de él. No es un hombre; será un santo, como dicen ¡pero no es un hombre! Si mi marido saliera de la tumba y viese á su hijo descalzo, con el cordón y las alforjas, convertido en un fraile mendicante y estúpido, ¿qué diría? Estoy segura que lo apalearía.
—¿Y ahora dónde se encuentra?
—En un convento muy lejano; en lo alto de un monte. ¡Si por lo menos hubiese quedado en el convento de Fonni! pero no; está escrito que todos tienen que abandonarme: Fidel, el otro hijo, se ha casado y apenas se acuerda de mí; el nido está desierto, abandonado; el águila vieja ha visto volar del nido á sus aguiluchos y morirá sola... sola...
—Véngase á vivir conmigo—dijo sinceramente Anania.—Cuando sea doctor se vendrá conmigo,nonna.
—¿De qué te serviría? Antes, por lo menos, te lavaba los ojos y te cortaba las uñas; ahora deberías hacerlo tú conmigo...
—Me contaría aquellas historias... á mí y á mis chiquillos...
—Ni para esto sirvo. Chocheo mucho: el tiempo, el tiempo se ha llevado mi cerebro, como el viento se lleva la nieve de los montes. Toma, chiquillo, come; no puedo ofrecerte nada más, pero te lo ofrezco de todo corazón.—¡Oh! ¿este cirio es tuyo? ¿Á dónde lo llevas?
—Á la Basílica,nonna, ante las imágenes de San Proto y San Gianuario. Viene de muy lejos,nonna; me lo entregó una viejecita sarda que vive en Roma; también ella me contaba cuentos pero no tan hermosos como los suyos.
—¿Vive en Roma? ¿Y cómo pudo llegar hasta allí? ¡Ah! ¡yo moriré sin haber estado en Roma!...
Después de la frugalísima comida Anania buscó un guía con quien combinó, para la mañana siguiente, la ascensión al Gennargentu; después fué á la Basílica.
En el antiguo patio, bajo los grandes árboles susurrantes, sobre la escalinata de corroídos escalones, en las ruinosas galerías, dentro de la iglesia oliendo á humedad de tumba, en todas partes, soledad y silencio. Anania depositó el cirio de la tía Bárbara sobre un altar polvoriento, y después contempló los frescos primitivos de las paredes, los estucos dorados por una luz melancólica, la tosca figura de los santos sardos, todas aquellas cosas, en una palabra, que un tiempo habían despertado en él tanta maravilla y terror, y sonrióse, pero con el corazón oprimido por una lánguida tristeza. Al volver al patio, vió, por una ventana abierta, el sombrero de un carabinero y un par de zapatos colgados en la pared de una celda, y resonó en su memoria el aria de laGioconda: «Á te questo rosario».
El olor á cera llenaba el solitario patio: ¿dónde estaban los chicos, sus compañeros de infancia, pajaritos semidesnudos y salvajes que antes animaban la escalinata de la iglesia? Por nada del mundo hubiese querido verles ydarse á conocer; sólo el pensarlo le disgustaba; ¡y sin embargo, con qué dulzura recordaba las horas pasadas jugando bajo aquellos árboles, cuyas hojas secas caían como alas de pájaros muertos!
Una mujer descalza, con un ánfora sobre la cabeza, pasó por el fondo del patio. Anania se estremeció ligeramente, pareciéndole que aquella mujer se asemejaba á su madre. ¿Dónde estaría? ¿Por qué no se había atrevido, deseándolo tanto, á hablar de ello á la viuda? ¿y por qué ésta no hizo referencia alguna á su ingrata huéspeda? Para huir de aquellos tristes recuerdos fué al correo á echar una tarjeta postal para Margarita; después visitó al Rector, y hacia la puesta del sol paseó por la carretera, hacia poniente, por la parte que miraba sobre la inmensidad de los valles. Viendo las mujeres fonnenses ir á la fuente, enfundadas en sus extrañastúnicas, recordó sus primeros sueños de amor, cuando deseaba ser un pastor y que Margarita fuera una campesina, esbelta y elegante, con el ánfora sobre la cabeza, semejante á la figurita de un estuco pompeyano; y sonrió de nuevo, comparando la impresión que la tosca ingenuidad de aquel sueño despertaba en él, con la experimentada al volver á ver las maravillas de la Basílica. ¡Cuán distinto y lejano del pasado era el presente!
Una puesta maravillosa cubría el horizonte; parecía un cuadro apocalíptico. Las nubes dibujaban un paisaje trágico; una llanura ardiente, surcada por lagos de oro y ríos de púrpura, de cuyo fondo surgían montañas de bronce con aristas de ámbar y de nacarada nieve, desgarradas, de cuando en cuando, por llameantes aberturas, parecidas á bocas de cavernas de donde brotaban torrentes de sangre dorada. Una batalla de gigantes solares, de formidables habitantes del infinito, se desarrollaba dentro de aquellas montañas aéreas, en aquellas profundascavernas de las bronceadas nubes; por las bocas de las grutas se veía el brillo relampagueante de las armas forjadas con los metales del sol; y la sangre brotaba á torrentes, llenando los lagos de oro fundido, culebreando en ríos que parecían rayos, inundando la llameante llanura del cielo.
Con el corazón palpitando de alegría y admiración, Anania quedóse absorto contemplando el magnífico espectáculo, hasta que las sombras de la noche borraron el cuadro extendiendo un velo violáceo sobre todas las cosas: entonces regresó á casa de la viuda y sentóse junto al hogar.
Le asaltaron los recuerdos. En la penumbra, mientras la vieja preparaba la cena y hablaba con su voz tétrica, veía á Zuanne con sus grandes orejas entretenido en asar castañas, y á otra figura callada y borrosa como un fantasma.
—¿De modo que han matado á todos los bandidos nuorenses?—preguntaba la vieja.—¿Y tú crees que pase mucho tiempo sin que salga una nuevacompañíaen un sitio ú otro? Te engañas, hijo mío. Mientras haya hombres de sangre ardiente, hábiles para el bien como para el mal, habrá bandidos. ¡Verdad es, que éstos de ahora son muy malos, y á veces cobardes, ladrones y despreciables! ¡Pero en tiempo de mi marido era otra cosa! ¡Qué valientes! Valientes y bondadosos. Una vez mi marido encontró á una mujer que lloraba porque...
Anania no tomaba mucho interés en los recuerdos de la tía Grathia; otros pensamientos le preocupaban.
—Oiga—dijo, apenas la viuda hubo acabado la piadosa historia de la mujer que lloraba—¿no ha sabido nunca nada de mi madre?
La tía Grathia, que arreglaba cuidadosamente unafritada, no contestó.
Anania esperó un poco, y pensó: «¡Sabe algo!» y se turbó sin querer. Después de un rato, la tía Grathia observó:
—Si tú no sabes nada ¿cómo quieres que yo sepa algo? Y ahora, hijo mío, siéntate en esta silla y acepta lo que te ofrezco de buen corazón.
Anania sentóse ante la bandeja de junco[50]que la viuda había colocado sobre una silla y empezó á comer.
—Durante largo tiempo no supe nada de ella—dijo, confiándose con la vieja como nunca había hecho con nadie.—Pero ahora creo seguir su pista. Después que me hubo abandonado partió de Cerdeña, y un hombre la encontró en Roma, vestida de señora.
—¿Pero la vió de veras?—preguntó vivamente la viuda.—¿Le habló?
—¡Algo más que hablarle!—contestó amargamente Anania.—Dijo que había pasado unas horas en su compañía. Después no volví á saber nada de ella; pero este año pedí informes á la policía, y supe que vive en Roma, con un nombre supuesto. Pero se ha enmendado, sí, se ha enmendado y ahora vive trabajando honradamente.
La tía Grathia se había colocado frente al joven y á medida que éste hablaba, abría los oscuros ojillos, y se inclinaba y abría las manos como para recoger las palabras de Anania.
Él se iba tranquilizando pensando en María Obinu; cuando dijo: «ahora se ha enmendado» sintió un ímpetu de alegría, seguro, en aquel momento, de no engañarse suponiendo que María eraella.
—¿Pero estás seguro, estás completamente seguro?—preguntó la vieja sorprendida.
—¡Sí! ¡Síí...!—contestó, imitando á Margarita al pronunciar aquel sí alegre y algo burlón.—He vivido dos meses en su casa.
Se echó vino, lo miró al trasluz de la llama rojiza de la vela, colocada en el candelero de hierro, y pareciéndole turbio apenas lo probó; después se limpió la boca, y notando que la vieja servilleta grisácea estaba agujereada, se tapó bromeando la cara, y miró por el agujero.
—¿Se acuerda cuando con Zuanne nos disfrazábamos?—preguntó.—Yo me tapaba la cara con esta servilleta. Pero ¿qué le pasa?—exclamó de pronto con la voz cambiada, destapándose la cara que había palidecido ligeramente.
Veía el rostro de la viuda, casi siempre cadavérico é impasible, animarse de un modo extraño, expresando además del asombro la piedad más intensa; y comprendió inmediatamente que era él el objeto de aquella profunda, casi violenta, piedad.
En un instante el edificio de sus sueños se vino abajo, desmoronándose para siempre.
—¡Nonna! ¡Tía Grathia! ¡Usted sabe algo!—dijo con aire de espanto, estirando nerviosamente la servilleta tanto como pudo.
—Acaba de cenar, después hablaremos. Acaba de cenar, hijo mío—contestó la vieja, dominándose.—¿No te gusta este vino?
Pero Anania la miró casi con rabia y se puso en pie de un salto.
—¡Hable!—dijo imperiosamente.
—¡Oh, Dios mío!—se lamentó la tía Grathia, suspirando y temblándole los labios;—¿qué quieres que te diga? ¿Por qué no acabas de cenar, Anania, hijito mío?... Después hablaremos...
Él no oía ni veía.
—¡Hable! ¡hable! ¿De modo que lo sabe todo? ¿Dónde está? ¿Vive ó ha muerto? ¿Dónde está? ¿dónde está? ¿dónde está?
Y la frase «¿dónde está?» la repitió por lo menos veinte veces, mientras automáticamente daba vueltas por la cocina, plegando, desplegando, estirando la servilleta, poniéndosela sobre la cara, mirando á través del agujero: parecía volverse loco, y estar más irritado que conmovido.
—Cálmate—empezó á decirle la vieja, andándole detrás,—yo creí que lo sabías... Sí, ella vive, pero no es la mujer que te ha engañado fingiendo ser tu madre.
—¡No me ha engañado,nonna! Lo creía yo... Ella ni siquiera sabe que yo lo creyera... ¿De modo que no es ella?—añadió en voz baja, asombrado, como si hasta aquel momento hubiese creído que María Obinu era verdaderamente su madre.—¡Pero hable! ¿Por qué me tiene de esta manera suspenso? ¿Por qué no me habla de ella? ¿Dónde está? ¿dónde está?
—¡Pero si nunca se ha movido de Cerdeña!—exclamó la viuda, andándole siempre al lado.—De veras, creí que lo sabías; pero que no hacías caso de ella. Yo la he visto este mismo año, á principios de mayo; vino á Fonni por la fiesta de los Santos Mártires, iba con un joven ciego, cantor de coplas. Venían á pie de un pueblo muy lejano, de Neoneli; ella tenía lamalariay parecía una vieja de sesenta años. Al terminar las fiestas el ciego, que había ganado bastante dinero, la abandonó para marchar con una comitiva de mendigos á la fiesta de otro pueblo. Durante los meses de junio y julio segó en lastancasde Mamojada. La fiebre la consumía; estuvo mucho tiempo enferma en la casetade su Grumeney aún sigue allí...
Anania se paró, alzó la cabeza y abrió los brazos, con gesto de desespero.
—¡Yo... yo... yo... la he... visto! ¡Yo la he visto! ¡La he visto!... ¿Está bien segura de lo que me dice?—preguntó mirando fijamente á la viuda.
—Segurísima; ¿por qué tenía que engañarte?
—Diga—insistió—¿es de veras? Porque yo he visto una mujer calenturienta, amarilla, terrosa, con ojos de gato... Estaba detrás de la ventana... ¿Sería ella?... ¿Está usted segura?
—Segurísima. Era ella.
—¡Y yo... yo... la he visto!—repitió, apretándose la cabeza entre las manos, golpeándosela, presa de una cólera violenta contra sí mismo que se había engañado durante tanto tiempo, tan estúpidamente; que había buscado á su madre más allá de los montes y del mar, cuando arrastraba su miseria y su deshonra cerca de él; que se había conmovido ante caras extrañas y no había sentido la más ligera emoción al descubrir el rostro de la mendiga, de aquella miseria viva, encuadrada en la tétrica ventanuca de la caseta.
¿Y esto era el hombre? ¿Esto el corazón humano? ¿Esto la vida, la inteligencia, el pensamiento? ¡Ah, sí! sí, ahora estas preguntas no subían á sus labios porque sí, ahora que el Destino movía sus alas fúnebres inexorables y sacudía todas las cosas con uno de sus imprevistos huracanes, ahora sabía que el hombre, el corazón y la vida eran sólo mentira, mentira y mentira.
La tía Grathia acercó un escabel y obligó al desdichado Anania á sentarse: ella se acurrucó delante, lecogió una mano y miróle de abajo á arriba, largamente, piadosamente.
—¡Pobre hijo mío!—dijo estrechándole la mano;—llora, llora. ¡Te aliviará! ¡Qué frío estás!
Anania arrancó la mano del duro cepo de las viejas manos de la viuda.
—¿Pero por quién me toma?—preguntó iracundo.—¡No soy ningún chiquillo! ¿Por qué llorar?
—¡Porque te aliviaría, hijo mío! Sí, hijo, sí ¡por experiencia sé cuánto alivian las lágrimas! Cuando llamaron á mi puerta, en una noche terrible, y una voz que parecía la de la Muerte me dijo: «¡Mujer, no esperes más!» me quedé de piedra. Durante horas y horas no pude llorar; fueron éstos los momentos más horrorosos que pasé; me parecía que el corazón se había convertido, dentro del pecho, en un hierro al rojo y me quemaba, me quemaba las entrañas, y con su punta aguda me desgarraba el pecho. Pero después el Señor me concedió las lágrimas, y el llanto refrescó mi dolor, como el rocío refresca las piedras calentadas por el sol. ¡Hijo mío, ten paciencia! Hemos nacido para sufrir; ¿qué vale tu desgracia comparada con tantos otros dolores?
—¡Pero si yo no sufro!—protestaba Anania.—Este golpe debía presumirlo; es más, lo esperaba. Una fuerza misteriosa me ha impulsado á venir; una voz me decía: ¡ve, vete allá, allá sabrás lo que tanto te interesa! Claro, he sentido una emoción, me he sorprendido... pero ahora todo ha pasado; no se preocupe más.
Pero la viuda le miraba fijamente, le veía lívido, con los labios pálidos y contraídos, y meneaba la cabeza. Él prosiguió:
—¿Por qué nadie nunca me ha dicho una palabra de esto? Indudablemente algo debían saber. El mismo cochero, ¿es posible que no supiese nada?
—Tal vez no. Sólo ella podía haberle dicho algo; pero no, te tiene demasiado miedo. Cuando por la fiesta del pueblo vino acompañando á aquel miserable ciego que después la abandonó, no fué reconocida por nadie, parecía mucho más vieja de lo que es, iba andrajosa, entontecida por la miseria y la fiebre. Además, ni siquiera tú la has reconocido. El ciego la llamaba con un feo mote; sólo á mí confió su verdadero nombre, me contó su triste historia y me hizo jurar que nunca sabrías nada de ella. Tiene miedo de ti...
—¿Por qué tiene miedo de mí?
—Tiene miedo que tú la mandes prender porque te abandonó. También tiene miedo de sus hermanos, que son guardabarreras de la vía férrea de Iglesias.
—¿Y su padre?—preguntó Anania, que no se había acordado nunca de estos parientes suyos.
—¡Oh! hace mucho que murió. Según afirma ella, murió maldiciéndola, y añade que esta maldición es lo que la persigue y la hace desgraciada.
—¡Sí! ¡Es que está loca rematada! Pero ¿qué ha hecho durante tantos años? ¿Cómo ha vivido? ¿Por qué no ha trabajado?
Parecía, al decir esto, completamente tranquilo, casi indiferente; parecía preguntar por simple curiosidad, con una curiosidad que le permitía pensar en otras cosas muy lejanas; y en efecto, pensaba en lo que debía hacer, y aunque le conmovían las desdichas de su madre, mucho más le entristecía la idea de las consecuencias de aquel imprevisto y desastroso encuentro.
La viuda alzó un dedo y dijo solemnemente:—¡Todo está en las manos de Dios! Hijo mío, hay un hilo terrible que tira de nosotros. ¿Crees tú que mi marido no hubiera preferido trabajar y morir en la cama, bendecido por el Señor? ¡Y sin embargo...! ¡Lo mismo le hapasado á tu madre! Seguramente hubiese querido trabajar y vivir honestamente... Pero el hilo ha tirado de ella...
Al oir Anania estas palabras subióle la sangre á la cabeza, retorcióse las manos y de nuevo sintió una oleada de vergüenza que le ahogaba.
—¡Todo... todo ha acabado para mí!—decía sollozando.—¡Qué horror, qué horror! ¡Cuánta miseria, cuánta vergüenza! Cuente, cuéntemelo todo. ¿Cómo ha vivido? ¡Quiero saberlo todo... todo... todo! ¿Entiende? ¡Todo! Prefiero morir de vergüenza, antes que... ¡Fuera!—dijo sacudiendo la cabeza, como para alejar toda turbación vil y miserable.—Cuente.
La tía Grathia le miraba con infinita piedad; hubiese querido cogerle en brazos, sobre su falda, mecerle y cantarle, calmarle, dormirle; y en cambio le torturaba.—¡Hágase la voluntad del Señor! ¡Hemos nacido para sufrir; nadie se muere de pena!—La viuda intentó endulzar algo el amargo cáliz que Dios, por medio de ella, presentaba al pobre desdichado, y le dijo:
—Yo no puedo contarte cómo ha vivido y lo que ha hecho. Sólo sé que, después de haberte abandonado, é hizo perfectamente, pues de otro modo nunca hubieras tenido un padre y no serías tan afortunado como eres...
—¡Tía Grathia! ¡Por Dios, no me haga desesperar...!—interrumpió impetuosamente Anania.
—¡Ten calma! ¡Paciencia!—gritóle la buena mujer.—¡No reniegues de la bondad divina, hijo mío! ¿Qué sería de ti, si llegas á quedarte por acá? ¡Tal vez hubieses acabado miserablemente, haciéndote fraile... fraile mendicante... fraile poltrón!... ¡Basta, basta, no hablemos más de ello! ¡Mejor morir, que vivir de esa manera! Y tu madre habría llevado igual vida, porque tal era su destino. Aquí mismo, antes de marcharse, ¿crees túque llevaba buena vida? Pues no, no la llevaba: éste era su destino. Durante los últimos meses tuvo amores con un carabinero, que fué destinado á Nuraminis pocos días antes de vuestra fuga. Cuando te hubo abandonado, al menos así me lo contó la pobre, marchó á Nuraminis, á pie, escondiéndose durante el día, caminando de noche, y de este modo atravesó media Cerdeña. Se reunió con el carabinero y vivieron una temporada juntos; él había prometido casarse, pero pronto se cansó de ella, la maltrató, y cuando estuvo ajada y consumida la abandonó. Ella siguió su camino fatal. Me dijo, y la pobrecita lloraba al contármelo, lloraba hasta conmover las rocas, me dijo que buscó siempre trabajo, y que nunca pudo encontrarlo. ¡Ya te lo he dicho, es el destino! El destino que priva del trabajo á ciertos seres desdichados, como priva á otros de la razón, de la salud y de la bondad. El hombre y la mujer se sublevan inútilmente. ¡No, adelante, á morir, reventad, seguid el hilo que tira de vosotros! Últimamenteellase había enmendado; se había unido con un ciego, y vivían como marido y mujer desde hacía dos años; ella le guiaba por las carreteras, de una fiesta á otra; iban casi siempre á pie, á veces solos, otras veces en compañía de otros mendigos vagabundos. El ciego cantaba con su hermosa voz unas canciones que él mismo componía. Me acuerdo que aquí cantó laMuerte del rey, una canción que hacía llorar á todo el mundo. El Municipio le dió veinte liras, el Rector le convidó á comer. En tres días que estuvo aquí, recogió más de veinte escudos. ¡Miserable! También él prometía casarse con ella, y en cambio cuando se enteró que estaba enferma, que no podía seguir andando, la plantó, temiendo tener que gastar su dinero para curarla. De aquí aún marcharon juntos; iban á la fiesta de San Elías; pero alláel ciego asqueroso encontró una cuadrilla de mendigoscampidonensesque iban á una fiesta campestre de la Gallura, y marchó con ellos, mientras la pobre desdichada se moría de fiebre en la cabaña de unos pastores. Después, como ya te he dicho, sintiéndose mejor, fué de un sitio á otro, segando, recogiendo espigas, hasta que la fiebre la postró por completo. Hace unos días, me mandó á decir que estaba un poco mejor...
Estremecimientos, inútilmente reprimidos, agitaban todo el cuerpo de Anania. ¡Cuánta miseria, cuánta vergüenza, cuánto dolor, cuánta iniquidad divina y humana se desprendía de aquel relato!
Ninguna de las sangrientas y tristes narraciones que durante su infancia había oído contar á aquella extraña mujer, le había parecido tan horrorosa como la que acababa de oir, ninguna le había hecho estremecer tanto. De pronto recordó el pensamiento que cruzó por su mente en una tarde lejana, tranquila, en el silencio del pinar apenas interrumpido por el canto de pastor presidario. Y preguntó:
—¿También ha estado en la cárcel?
—Creo que sí, una vez. Encontraron en su casa unos objetos que unamigosuyo habíacogidode una iglesia campestre; pero fué absuelta porque demostró no saber siquiera de qué se trataba...
—¡No mienta!—dijo Anania con voz sorda.—¿Por qué no me dice toda la verdad? También ha sido ladrona... ¡por qué no decirlo! ¿Cree que me importa algo? Nada me importa, nada, nada... ni tanto así—y señalaba la punta del dedo meñique.
—¡Dios mío! ¡Qué uñas!—observó la viuda.—¿Por qué te dejas crecer tanto las uñas?
No contestó, pero se puso de pie de un salto y empezó á recorrer la habitación, furioso, rugiendo como una fiera.
La viuda no se movió, y él, poco después, volvió á calmarse completamente. Parándose ante ella, le preguntó con voz doliente pero tranquila:
—¿Por qué habré nacido? ¿Por qué me han hecho nacer? Ahora soy un hombre perdido; toda mi vida ha sido destruida. No podré proseguir los estudios, y la mujer con quien debía casarme y sin la cual no podré vivir, ahora me dejará... mejor dicho, tendré que dejarla.
—¿Y por qué? ¿No sabe ella quién eres?
—Sí; lo sabe, pero cree queaquella mujerha muerto, ó que está tan lejos que no se oye hablar de ella. ¡Y por lo contrario, vuelve! ¿Cómo es posible que una chiquilla pura y delicada pueda vivir junto á una mujer infame?
—¿Pero qué pretendes hacer? ¿No acabas de decir que no te importa nada deella?
—¿Qué me aconseja que haga?
—¿Yo? ¿Qué te aconsejo? Que la dejes proseguir su camino—contestó cruelmente la viuda;—¿ella no te abandonó? Si tú quieres, tu esposa no verá nunca á la pobre infeliz, y ni tú mismo la volverás á ver...
Anania la miró, con mezcla de piedad y desprecio.
—¡No me comprende usted, no es posible que pueda comprenderme!—dijo.—Dejémoslo; ahora es preciso pensar en el modo de poderla ver; es preciso que mañana por la mañana vaya á verla...
—Estás loco...
—No comprende...
Se miraron uno al otro; ambos con mirada despreciativa y piadosa. Y empezaron á discutir y casi á pelear. Anania quería partir en seguida, ó á la madrugada á más tardar; la viuda proponía mandar un recado á Olí para que fuera á Fonni sin decirle quién la llamaba.
—¡Ve allá, ya que te empeñas! Pero yo la dejaría tranquila; así como ha vivido hasta ahora, seguirá viviendo en adelante... Déjala en paz...
—Nonna—dijo él,—parece que también tiene usted miedo. ¡Qué tonta! No pienso tocarle un solo cabello; me la llevaré conmigo; no quiero hacerle daño, sino todo lo contrario, porque éste es mi deber...
—Sí, éste es tu deber; pero piénsalo bien y reflexiona. ¿Cómo viviréis? ¿De qué viviréis?
—¡No quiero pensarlo!
—¿Cómo te arreglarás?
—¡No quiero pensarlo!
—¡Entonces, nada! Pero te advierto que te tiene un miedo atroz, y si te presentas ante ella, de improviso, es capaz de cometer alguna locura.
—Entonces vamos á hacer que venga aquí; pero pronto, mañana por la mañana.
—¡Sí, en seguida, volando! ¡Qué súbito eres, hijo de mis entrañas! Ahora vete á descansar y no pienses más en ello. Mañana por la noche puedes tener la seguridad de que estará aquí. Entonces harás lo que quieras. Pero mañana por la mañana te marchas al Gennargentu; casi sería mejor que no bajaras hasta pasado mañana...
—¡Ya veré!
—¡Ahora... vete á descansar!—repitió, empujándole cariñosamente.
En el cuartito, donde había dormido con su madre, nada había cambiado; al ver el pobre camastro, bajo el cual había un montón de patatas aún oliendo á tierra, recordó la camita de María Obinu y las ilusiones y los sueños que durante tanto tiempo le habían perseguido.
—¡Qué chiquillo era!—pensó con amargura.—¡Y creía ser todo un hombre! ¡Ahora, ahora solamente soyhombre! ¡Solamente ahora la vida ha abierto de par en par sus horribles puertas! ¡Sí, ahora soy un hombre, y quiero ser un hombre fuerte! ¡No, miserable vida, no me vencerás; no, monstruo, no me abatirás! ¡Hasta ahora me has perseguido, me has combatido con la cara cubierta, villana y cobardemente, y sólo hoy, sólo en el día de hoy, más largo que un siglo, sólo hoy has descubierto tu rostro asqueroso! ¡Pero no me vencerás, no, no me vencerás!
Abrió los vacilantes postigos de un viejo balcón de madera, de cuya barandilla apenas quedaban vestigios, y se asomó.
La noche era límpida, fresca, clara y diáfana como toda noche de verano en la montaña. Reinaba un silencio inmenso, infinito, apenas vencido por la visión solemne de las montañas vecinas y por la vaga silueta de las cumbres lejanas.
Anania, viendo casi á sus pies los profundos valles, sintió la impresión de hallarse suspendido, si bien decidido á no caer, sobre un admirable abismo; los contornos de las montañas lejanas despertaban en su corazón una extraña dulzura, le parecían versos inmensos escritos por la mano omnipotente de un divino poeta en la página celeste del horizonte, y el coloso vecino, el negro-azulado monte Spada, destacado de la formidable muralla del Gennargentu, le oprimía, le parecía la sombra del monstruo á quien poco antes había lanzado el reto.
Y pensaba en su lejana Margarita, en su Margarita, que ya no era suya, que en aquellos momentos seguramente pensaba en él, contemplando también el horizonte; y, más que por él, sentía por ella una gran piedad; lágrimas suaves y amargas, como la miel amarga, subían á sus ojos, pero él las rechazaba enérgicamente,las rechazaba como á un enemigo felino y desleal que tratase de vencerle á traición.
—¡Soy fuerte!—repetía, de pie sobre el balcón sin barandilla.—¡Monstruo, yo, yo te venceré, ahora que te presentas ante mí!
Y no advertía que el monstruo estaba á su espalda, inexorable.