VI
Antes de bajar á cenar, Anania se asomó á la ventanita de su cuarto y quedó sorprendido del profundo silencio que reinaba en el patio, en el barrio, en el pueblo, por todas partes, cerca y lejos, hasta el horizonte. Le hizo el efecto de haberse vuelto sordo, y sintió una triste opresión. Pero la voz de la tía Tatana resonó en el patio, bajo del saúco.
—Nania, hijo mío, baja.
Bajó, y al llegar á la cocina sentóse ante una mesita preparada sólo para él. Sus «padres», según costumbre, comían sentados en el suelo ante una cesta llena de comida y de una gran hogaza.
Nada había cambiado. La cocina la misma de siempre, pobre y oscura, pero limpia; con el hogar en el centro, las paredes adornadas de cacerolas y cuchillos de cocina, grandes cestas, cribas, cedazos y otros utensilios para cerner la harina; en una esquina había dos sacos llenos hasta los bordes de cebada; cerca de la puerta abierta de par en par estaba colgada latasca(bolsa) de cuero para llevar la semilla y la comida del labrador.
Un lechón gruñía débilmente y daba tirones á la cuerda que le sujetaba al saúco del patio.
Un gatito rojizo se acercó tranquilamente á la mesita y empezó á bostezar, alzando sus ojazos amarillos haciaAnania que miraba por todas partes con cara de asombro. No, nada había cambiado; y sin embargo, sentía la impresión de encontrarse por vez primera en aquel ambiente, con aquel labrador de ojos aún brillantes y de largos cabellos grasientos, y con aquella viejecita graciosa, gorda y blanca como una paloma.
—¡Por fin estamos solos!—dijo Ananiagrande, que comía la ensalada cogiéndola sencillamente entre dos pedazos de hogaza.—¡Ya verás, cómo no te van á dejar en paz! Atonzu por aquí, Atonzu por allá. Sí, ahora eres un hombre importante, porque has estado en Roma. Hasta yo cuando regresé del servicio...
—¡Vaya unas comparanzas!—protestó algo indignada la tía Tatana.
—¡Y qué, déjame acabar! Me acuerdo que encontraba alguna dificultad en hablar en dialecto. ¡Me parecía estar en un mundo nuevo!
El estudiante miró á su padre y sonrióse.
—¡Lo mismo me pasa á mí!—dijo.
—¡Tú, tú menos mal! Yo tuve que acostumbrarme de nuevo; pero tú, antes de tres días estás harto de este pueblucho... y... y...
La anciana le miró frunciendo las cejas, y cambió rápidamente de conversación.
—¡Y qué grande es aquella endiablada Roma! ¿verdad? Dame el vaso, viejecita mía. ¡Vaya una cara que pones! ¿Porque tenemos en casa un hombre de tanta importancia?
Pero Anania había olido algo y dijo gravemente:
—¿Qué pasa? Diga, diga, ¿qué dicen de mí?
—¡Nada, nada! Déjales ladrar...—contestó la tía Tatana.
El joven se turbó; creyó durante un instante que en Nuoro sabían algo de María Obinu. Dejó el tenedor en elplato y declaró que no seguiría comiendo si no hablaban...
—¡Qué impetuoso eres! ¡No has cambiado!—observó la anciana.—Decía el rey Salomón que el hombre impetuoso era igual al viento...
—¡Aún dura el rey Salomón! ¡Creía que ya se había olvidado de él!—dijo el joven con voz burlona.
Tía Tatana se calló, ofendida; el marido la miró, después miró á Anania y quiso reprenderle.
—El rey Salomón decía siempre verdades.—Después añadió rápidamente:—Pues dicen en Nuoro que tienes amores con Margarita Carboni.
Anania se ruborizó; volvió á coger el tenedor, empezó á comer automáticamente y murmuró:
—¡Qué estúpidos!
—¡Oye, no, no son tan estúpidos!—dijo el padre mirando dentro del vaso medio lleno de vino.—Si la cosa es verdad, tienen razón en murmurar, porque tú debes hablar francamente al amo y decirle: «Padrino y protector, yo ahora soy un hombre; perdóneme que le haya ocultado mis esperanzas, como las tenía ocultas á mis padres».
—¡Cállese! ¡Usted no entiende estas cosas!—exclamó enfadado y colérico el joven.
—¡Ah, Santa Catalina mía!—suspiró la tía Tatana que ya había perdonado la interrupción de antes.—Déjale en paz al pobre muchacho; ¿no ves que está cansado? Ya tendrás tiempo de hablarle de estas cosas; tú eres un campesino y un ignorante que no entiende de nada.
El campesino bebió, movió la mano como diciendo «calma, calma», y después habló con voz tranquila:
—Sí, yo soy un ignorante y mi hijo es instruido; ¡está bien! Pero yo soy mucho más viejo que él. Mis cabellos,míralos (cogió un mechón, lo acercó á sus ojos, buscó y arrancó un cabello blanco) empiezan á volverse blancos. La experiencia de la vida hace al hombre más instruido que un doctor. Pues bien, hijo mío, yo te digo una sola cosa; interroga tu conciencia, y verás cómo ésta te dice que no se debe engañar á nuestro bienhechor.
El estudiante dió tan fuerte con el vaso sobre la mesa, que el gatito pegó un salto.
—¡Qué estúpidos! ¡Qué estúpidos!—gritó, después de haber suspirado fuerte; pero vió que su padre, que aquel hombre inconsciente y primitivo tenía razón.
—Sí, hijo mío,—prosiguió el almazarero, echándose hacia atrás sus grasientos cabellos,—tú debes ir á buscar al amo, besarle la mano y decirle: «Yo soy hijo de un pobre, pero por obra de vuestra bondad y de mi talento llegaré á ser doctor, rico y todo un caballero. Yo amo á Margarita, y Margarita me quiere; la haré feliz, la recompensaré por haberse rebajado á escoger por esposo al hijo de su criado. Vuestra Señoría nos bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».
—¿Y si en vez de bendecirle le da un puntapié y le echa como si fuera un perro?—preguntó la anciana.
Aun cuando esta duda fuese poco lisonjera para él, Anania se echó á reir algo nerviosamente; después se puso serio y escuchó la respuesta del padre.
—¡Vete allá, mujeruca—exclamó con algo de desprecio el molinero, echándose más vino,—tu rey Salomón también decía que las mujeres no saben lo que se dicen! Y si yo hablo es porque antes he pesado bien mis palabras. El amo bendecirá.
—¡Pero si no hay nada!—exclamó Anania, lleno de gozo. Se levantó, se acercó á la puerta y empezó á silbar; no sabía lo que le pasaba, sentía el corazón palpitarle fuerte, inundado de una oleada de felicidad; hubiesequerido interrogar á su padre, revelárselo todo, pero no podía. «El amo bendecirá». Para poder afirmarlo tan categóricamente, sus razones debía tener. ¿Qué había pasado? ¿Por qué Margarita nunca había hecho referencia á las buenas disposiciones de su padre? Y si ella no sabia nada, ¿cómo podía saberlo un criado?
—Dentro unas cuantas horas la veré, y lo sabré todo,—pensó Anania, y todas sus dudas, el ansia, el cansancio del viaje, y la misma alegría de las nuevas esperanzas se borraron ante el dulce pensamiento: «Dentro de poco la veré».
Al débil empuje de la mano del joven, el portalón se abrió silenciosamente.
—Bien llegado—murmuró la criada que protegía la correspondencia de los dos enamorados.—Ellavendrá en seguida.
—¿Cómo estás?—dijo con voz conmovida.—Mira, toma un recuerdo que te traigo de Roma.
—¡Pero por qué has hecho esto!—dijo, cogiendo deprisa el paquetito.—¡Siempre te molestas! Espera.
Se quedó solo durante un minuto que le pareció una hora; apoyado en el muro aún caliente del patio, bajo aquel cielo velado por una noche callada y casi tétrica, vibraba de alegría angustiosa, y cuando Margarita corrió, sin poder apenas respirar, á echarse entre sus brazos, más que verla lasintió; sintió su cara suave y caliente, su corazón palpitando agitadamente contra el suyo, su vida ágil si bien no sutil, y creyó desmayarse.
Inconscientemente, locamente, empezó á besarla, cegadopor una inextinguible y casi cruel sed de besos.
—¡Basta, basta!—dijo ella, volviendo en sí la primera.—¿Cómo te encuentras? ¿Estás ya bien?
—Sí, sí,—contestó impetuosamente.—¡Por fin, Dios mío! Oye cómo me palpita el corazón.
—¡Ah!—prosiguió, respirando penosamente, y estrechando la mano de ella sobre su pecho,—casi no puedo ni hablar... No he podido pasar por frente tu ventana porque... porque... no me han dejado en paz ni un solo momento... ¡Y ahora apenas te puedo ver! ¡Ah, si trajeras una luz!
—¡Qué dices, Nino! Ya nos veremos mañana; ahora nossentimos,—contestó, riendo bajo, bajito, mientras bajo la palma de su mano, que Anania se apretaba contra el pecho, sentía el agitado palpitar de su corazón.—¡Cómo palpita tu corazón! ¡parece el de un pájaro herido! ¿Pero estás curado del todo?
—¡Curado, curado del todo!... Margarita ¿dónde estás? ¿Pero de veras estamos juntos?
Y miraba intensamente, esforzándose para distinguir las facciones de ella, en el vacío incoloro de la nublada noche. Las grandes nubes de terciopelo obscuro que pasaban sin cesar por el cielo gris, dejaban un hueco de forma oval, rodeado de espesos bordes, parecido á un rostro misterioso, con dos estrellas rojizas por ojos, asomado para espiar á los dos enamorados. Anania sentóse sobre un banco de piedra y atrajo sobre sus rodillas á la muchacha, sujetándola estrechamente, á pesar de sus protestas, en el círculo de sus brazos temblorosos.
—Déjame—decía,—peso demasiado; estoy muy gruesa...
—Eres más ligera que una pluma—afirmó él galantemente.—¿Pero es de veras que estamos juntos?—repitió después, siempre con más fogosidad.—¡Ah, meparece un sueño! ¡Cuántas veces he soñado este mismo momento, que me parecía no tenía que llegar jamás! ¡Y ahora, estamos juntos, juntos, juntos! ¿entiendes? ¡juntos! Me parece enloquecer. ¿Pero eres de veras tú, Margarita? ¿pero es de veras que te tengo aquí, sobre mi corazón? Habla, dime algo, pínchame con un alfiler; si no creeré que estoy soñando.
—¿Qué quieres que te diga? Á ti te toca contarme muchas cosas. Yo te lo he escrito todo, todo: habla tú, Nino; ¡tú sabes hablar tan bien! Cuéntame cosas de Roma; habla tú, yo no sé...
—¡No, no! tú sabes hablar muy bien. ¡Tienes una voz tan dulce! Nunca he oído hablar á una mujer como tú hablas...
—¡No digas mentiras!...—exclamó Margarita muy juiciosamente. Pero Anania no creía mentir, y con la buena fe de su delirio amoroso siguió diciendo:
—¡Te juro que no miento! ¿Para qué mentir? Tú eres la más hermosa, tú la más noble, tú la más buena de todas las mujeres. ¡Si supieras cómo pensaba en ti, cuando las hijas de mi patrona, durante los primeros meses de estancia en Roma, nos venían á buscar á mí y á Bautista Daga! Me parecía estar junto á criaturas apestadas, y pensaba en ti, como si fueras una santa, suave, pura, fresca y bella.
—Pues ahora, yo... también...—observó ella.
—¡Es otra cosa! No blasfemes, Margarita—exclamó.—Ves, me enfado cuando estás fría. Nosotros somos esposos; ¿no es verdad que somos esposos? Dime que sí.
—Sí.
—Di que me amas.
—Sí.
—Sí, no me basta. Di: ¡Te... a... mo!
—Te... a... mo... ¿Si no te amara estaría así contigo?—preguntóella, animándose.—¡Te amo, te amo! Yo no sé expresarme, pero te amo, tal vez mucho más que tú á mí.
—No es verdad; yo te amo más. Pero sé que tú también me quieres—siguió diciendo casi serio,—tú que podías aspirar á mucho porque eres guapa y rica.
—¡Rica... quién sabe! ¿Y si no lo fuera?
—Estaría mucho más contento.
Callaron, ambos serios, casi separándose para seguir cada cual su propio pensamiento.
—Oye—dijo él de pronto, tímidamente, siguiendo el curso de sus ideas,—me han dicho que tu familia está enterada de nuestros amores. ¿Es verdad?
—Es verdad—contestó Margarita después de una breve duda.
—¿Qué me dices? ¿Y tu padre no está enfadado?
Margarita volvió á dudar; después alzó la cabeza y contestó fríamente:
—¡No lo sé!—y en su acento Anania vió algo triste, raro, que no llegó á comprender. ¿Qué pasaba? ¿El alma de la muchacha se le cerraba para ocultarle un secreto desagradable? Este pensamiento le turbó profundamente; su mente corrió haciaella, hacia el lejano fantasma, preguntándose si sería la terrible sombra que se interponía entre él y la familia de Margarita.
—Oye—dijo, pensativo, acariciándole distraídamente la mano:—debes contestarme sinceramente. ¿Qué pasa? ¿Puedo ó no aspirar á ti? ¿Puedo seguir esperando? Tú ya sabes quién soy: un pobre, un protegido de tu familia, el hijo de uno de tus criados.
—¡Qué cosas dices!—exclamó, más nerviosa que triste.—Tu padre no es precisamente un criado, ¡y aun cuando lo fuera, es un hombre honrado y basta!
—¡Un hombre honrado!—repitió para sí Anania,herido en el alma.—¡Oh, Dios mío, peroella, ella no es una mujer honrada!
Y en seguida pensó que si Margarita hablaba de aquel modo, era porque no se acordaba deaquella mujer, que tal vez la familia Carboni daba por muerta.
Indudablemente había otra cosa.
—Margarita—insistió, esforzándose en vano para conservarse tranquilo,—es preciso que me abras toda tu alma y me guíes y me aconsejes. Dime qué debo hacer. ¿Debo esperar? ¿Debo hacer algo? Mi orgullo y mi conciencia me dicen que debo presentarme á tu padre y contárselo todo; de otro modo puede considerarme como un traidor, como un hombre sin honor y sin lealtad. Pero yo seguiré tus consejos; todo, antes que perderte. Sería mi muerte, mi muerte moral. Yo soy ambicioso, y lo digo en voz alta, porque si tú no me abandonas, mi ambición no será estéril. Yo no soy ambicioso como tantos otros jóvenes, especialmente sardos, que quisieran llegar en seguida y, no pudiendo, sufren, y se consumen envidiando ferozmente á los que ya han llegado. Por ejemplo, Bautista Daga. En su envidia llega hasta al odio; me acuerdo de la noche que en el Costanzi estrenaronLe Maschere. Nosotros estábamos en el atrio, entre una muchedumbre ansiosa; á medida que llegaban noticias del desastre, Bautista temblaba de alegría. Yo, en cambio, no soy envidioso; tengo calma para esperar y llegaré. No seré célebre, pero estoy seguro de que llegaré á conquistarme un puesto elevado en la sociedad. Apenas me haya licenciado me presentaré á las mejores oposiciones; viviremos en Roma, donde estudiaré y lucharé. Y todo por ti. Creo que en el fondo de la ambición de todos los hombres hay siempre una mujer; muchos no se atreven á confesarlo; yo lo digo francamente y me enorgullezco de ello. Siempre te lo he dicho, ¿verdad?
—Sí—respondió Margarita, algo embriagada por las promesas del joven.
Él prosiguió:
—Tú eres el móvil de mi vida; hay hombres que viven por el amor, como otros por el arte, la gloria, la vanidad; yo soy de los primeros; me parece haber amado siempre, desde que nací, y que amaré siempre aun cuando tenga que vivir hasta la extrema vejez. Y siempre, siempre á ti. Si me llegases á faltar, no tendría fuerzas, ni voluntad para nada; moriría moralmente y tal vez de veras. Pero si tú me dijeras: «Amo á otro», entonces yo...
—¡Basta! ¡Cállate!—dijo con voz de mando Margarita.—¡Ahora eres tú quien blasfema! ¿Llueve?
Una gota de agua había caído sobre sus manos juntas. Ambos alzaron la cabeza y miraron las nubes que pasaban más lentas, más densas, cual misteriosos monstruos de lento andar.
—Oye—dijo Margarita, hablando algo distraída y deprisa, como si tuviera miedo de que la lluvia interrumpiera la cita.—No estamos tan ricos como antes. Los asuntos de mi padre van mal. Además, ha prestado dinero á todos los que se lo han pedido, dinero que... no le devolverán jamás. Es demasiado bueno. Nuestro pleito con el Ayuntamiento de Orlei, aquel pleito eterno por los bosques incendiados, va tomando mal aspecto para nosotros; si lo perdemos, y así parece será, ya no seré rica.
—¿Por qué no me lo escribías?
—¿Para qué escribírtelo? Además, yo misma, hasta hace pocos días, lo ignoraba casi. ¡Oye, pero llueve de veras!
Se levantaron, refugiándose en la galería. Un relámpago brilló entre las nubes, y en su resplandor color de lila Anania vió á Margarita pálida como la luna.
—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?—preguntó estrechándola entre sus brazos.—No tengas miedo del porvenir. Si no eres tan rica, serás mucho más feliz. No temas.
—¡Oh no! Tiemblo porque mi madre, que tiene mucho miedo de los rayos, puede levantarse de la cama. Vete, vete...—dijo, empujándole dulcemente.—Vete...
Él obedeció, pero tuvo que esperar un buen rato bajo el portalón á que cesase de llover. Una penetrante sensación de alegría le iluminaba de cuando en cuando el alma, violentamente, como la luz metálica de los relámpagos alumbraba la noche. Recordó aquel día de lluvia, en Roma, cuando el pensamiento de la muerte le había atravesado el alma con la rapidez del rayo. Sí; el dolor y la alegría eran iguales; ambos quemaban.
Pero poco á poco, mientras se dirigía á su casa, bajo las últimas gotas de la lluvia, sentimientos menos egoístas le enternecieron.
—¡Cuán vil soy!—pensó.—Me alegro de la desgracia de mi protector. ¡Qué cosa más asquerosa es el corazón humano!
Al día siguiente muy de mañana, escribió una carta á Margarita exponiéndole muchos proyectos, uno más heroico que otro. Quería buscar lecciones para continuar sus estudios sin ser gravoso á su padrino; quería presentarse al señor Carboni para hacerle la petición de matrimonio; quería, por último, hacer comprender á la familia que le había protegido, que llegaría á ser su ayuda y su orgullo.
Mientras terminaba de escribir la carta, ante la ventana abierta, por donde entraban, con el silencio impregnado de rocío de la mañana, la fragancia de los campos refrescados por la lluvia nocturna, oyó á su espalda una risa reprimida, y volviendo la cara vió á Nanna, desastrada y vacilante, con los ojos llenos de lágrimasy la lívida boca abierta por la risa. Traía con las dos manos una taza llena de café, que corría el peligro de volcar á cada momento.
—Buenos días, Nanna. ¿Qué tal? ¿Aún no te has muerto?—gritó.
—¡Buenos días tenga su Señoría! ¡No he logrado sorprenderle! He rogado á la tía Tatana que me permitiera traerle el café. Ahí lo tiene. Llevo las manos limpias; sépalo su Señoría. ¡Oh qué alegría, qué alegría!—dijo riendo y llorando al mismo tiempo.
—¿Dónde está esta Señoría con quien hablas?—preguntó el estudiante, mirando por todas partes.—Espero que seguirás tuteándome como antes. Trae el café y cuéntame algo.
—¡Ah! nosotros vivimos en cuevas, como lo que somos, como bestias feroces. ¡Cómo puedo tutear á su Señoría que es un sol resplandeciente!
—¡Ah! ¿de modo que ya no soy un confite?—dijo bebiendo el café en la antigua taza de filete dorado, y pensando en la tía Bárbara.
—¡Bendito, bendito seas!... ¡Ah! perdone, pero siempre le veo como cuando era pequeñuelo. ¿Se acuerda de la primera vez que volvió de Cagliari? Margarita le esperaba en la ventana. ¿Cómo es posible que la luna no espere al sol?
Anania se levantó y colocó la taza sobre el antepecho de la ventana; después respiró fuerte. ¡Qué feliz se sentía! ¡Qué cielo tan azul, qué aire tan fragante! ¡Qué grandiosidad en el silencio de aquellas cosas tan humildes, en el ambiente aún no profanado por el soplo y el estruendo de la civilización! Hasta la tía Nanna no era la mujer horrible y asquerosa de un tiempo; bajo la capa inmunda de aquel cuerpo negro y mal oliente, saturado de alcohol, palpitaba un alma poética...
—¡Oye, oye estos versos!—dijo Anania, manoteando:
Ella era assisa sopra la verduraAllegra; e ghirlandetta avea contesta:Di quanti fior creasse mai NaturaDi tanti era dipinta la sua vesta.E come in prima al giovin pose curaAlquanto paurosa alzò la testa:Poi con la bianca man ripreso il lemboLevossi in piè con di fior pieno un grembo[43].
Nanna escuchaba, sin entender una palabra, y abría la boca para decir... para decir... y por fin lo dijo:
—Ya los había oído otra vez.
—¿Á quién?—exclamó Anania.
—...¡Á Eíes Cau!
—¡Embustera! Y ahora, márchate, pronto, pronto, si no te doy una paliza. No, espera; cuéntame todo lo que ha pasado en Nuoro durante mi ausencia.
Ella empezó á charlar, haciendo una extraña confusión de lo que le había pasado á ella con los sucesos más interesantes del país; á cada momento volvía á Margarita. Era la más guapa, la rosa más hermosa entre todas las rosas, el clavel, el confite. ¡Y sus vestidos! ¡Oh Santo Dios! no se había visto nunca nada tan maravilloso; cuando pasaba, la gente se la quedaba mirando como se mira una estrella con rabo. Un señor le había encargado á ella misma, que robara el lazo del zapato de Margarita para colocárselo sobre el corazón. La criadade casa Carboni decía que todas las mañanas su señorita encontraba en la ventana cartas de declaración atadas con cintas azules...
—Pero la rosa es única y no puede unirse más que con el clavel... ¡Ea! dame la taza... ¡Ah!—exclamó la borracha, dándose con la mano en la boca.—¡Es inútil! Como he visto á su Señoría cuando enseñaba la cola, ahora no puedo acostumbrarme á tratarle de usted...
—Oye, ¿y cuándo enseñaba yo la cola?—gritó Anania amenazándola.
La mujer escapó, tambaleándose, riendo y tapándose la boca; y poco después salió al corral y dijo vuelta hacia la ventana donde estaba asomado el estudiante:
—La cola de la camisita...
Anania seguía amenazándola; ella siguió tambaleándose y riendo. El lechón se había desatado y empezó á oler los pies de la borrachona; una gallina saltó sobre el lechón, picándole en las orejas; un gorrión se posó sobre el saúco, meciéndose elegantemente en el extremo de una rama.
Y el estudiante se sintió tan feliz que empezó á recitar en alta voz otros versos de Poliziano:
Portate, venti, questi dolci versiDentro all'orecchie della Ninfa mia;Dite quante per lei lacrime versi,E la pregate que crudel non sia;Dite che la mia vita fugge via,E si consuma come brina al sole...[44]
Recitando, sentía la impresión de ser ágil y ligero como el gorrión que se mecía en el extremo de una rama. Mástarde fué á la huerta donde pudo entregar á la criada de Margarita la carta que tenía preparada.
El huerto, húmedo aún por la lluvia nocturna, exhalaba un fuerte olor de tierra mojada y de hierba seca. Las orugas habían reducido las coles á manojos de extraños encajes grisáceos; las flores amarillas, parecidas á copitas de oro, de los higos chumbos se deshojaban; los malvaviscos salpicados de capullos y flores moradas, sin tallo, recortaban el fondo azulado del cielo con sus extraños dibujos. En el nacarado horizonte las montañas surgían vaporosas, sumergidos sus picos más altos en nubes de oro. En un rincón del huerto encontró Anania á Eíes Cau, borracho, envejecido, convertido en un montón de andrajos y le tocó con el pie; el infeliz alzó la cabeza, dejando ver su cara que parecía una máscara de cera ennegrecida, abrió un ojo vítreo, murmuró sus versos favoritos:
Cuando Amelia tan pura y tan blanca;
y dejó caer su cabeza, sin haber conocido al estudiante. Un poco más allá el tío Pera, completamente ciego, se obstinaba en extirpar las malas hierbas, que conocía por el tacto y el olor.
—¿Cómo se encuentra?—gritó Anania.
—Soy un cadáver, hijo mío—contestó el viejo.—No veo, ni oigo.
—Ánimo... se pondrá bien...
—En el otro mundo, donde todos nos curaremos, donde todos veremos y oiremos; ¡ah, hijo mío! no me importa no ver; cuando veía con los ojos de la cara, mi alma era ciega; y ahora en cambio,yo veo, veo con los ojos del alma. Pero cuéntame; ¿has visto al Papa?
Al salir del huerto, Anania siguió vagando por todo el barrio; ¡aquel rincón del mundo era siempre el mismo!El loco seguía sentado sobre una piedra, recostado en las paredes amenazando ruina, esperando el paso de Jesucristo; la mendiga miraba de reojo la puerta de Rebeca, sobre cuyo umbral la pobre criatura temblaba de fiebre y se vendaba sus llagas; maestro Pane, entre telarañas, aserraba tablas hablando en alta voz; en la taberna, Ágata, guapa como siempre, coqueteaba con jóvenes y viejos; Antonino y Bustianeddu se emborrachaban y de cuando en cuando desaparecían durante unos meses y volvían á aparecer con la cara algo más blanca, porhaber estado á la sombra[1]; la tía Tatana preparaba dulces para su queridopequeño, soñando en el día en que tomaría el grado, y pasando revista á lospresentesque enviarían los amigos y parientes; y Ananiagrande, en los días de descanso, sentado en medio de la calle bordaba un cinturón de cuero, y pensaba en los tesoros escondidos en losnuraghes.
No, nada había cambiado; pero el estudiante veía las cosas y los hombres como no los había visto nunca, y todo le parecía bello, de una belleza triste y salvaje. Pasaba y miraba como si fuera un extranjero; y en el cuadro cristalizado de aquellos tugurios negros y amenazando ruina, de aquellos seres primitivos, le parecía ser un gigante. Sí, gigante y pájaro al mismo tiempo; gigante por su superioridad, pájaro por su alegría.
Á últimos de Agosto, después de dudar mucho, Margaritaconsintió que Anania revelase sus relaciones al señor Carboni.
—Me parece que tu padre me trata de otra manera—dijo el estudiante;—estoy cohibido y tengo remordimientos. Me mira con mirada fría, escrutadora; no puedo soportar su mirada.
—Entonces, si te atreves, cumple... con tu deber—contestó Margarita, algo maliciosamente.
—¿Qué debo decirle?—preguntó el joven, completamente turbado.
—Lo que quieras; cualquier cosa que digas estará bien; cuanto más te confundas más efecto producirás. ¡Mi padre es tan bueno!
—¡De modo que puedo esperar!—exclamó Anania conmovido, como si hasta entonces hubiese dudado.—¿Es de veras? ¿Es de veras?
—¡Síí...!—dijo ella, con voz mimada, acariciándole el pelo de un modo casi maternal.
Él la estrechó entre sus brazos, cerró los ojos, escondió su cara sobre su espalda, concentrándose para ver toda la inmensidad de su fortuna. ¿Era posible? ¿Margarita sería suya? ¿De veras suya? ¿Suya en la vida real como lo había sido en sueños? Recordó aquel tiempo en que no se atrevía á confesar ni á sí mismo su amor; ¿y ahora?...
—¡Cuántas cosas pasan en el mundo!—pensó.—¿Pero qué es el mundo? ¿Qué es la realidad? ¿Dónde empieza el sueño y dónde la realidad? ¿Y no es posible que todo sea un sueño? ¿Quién es Margarita? ¿Y yo quién soy? ¿En qué consiste esta alegría misteriosa que me eleva, como la luna á las olas? ¿Y el mar qué es? ¿Sienteel mar? ¿Vive? ¿Y la luna qué es? ¿Y todo esto es real?
Alzó la cara y se rió de sus preguntas. La luna iluminaba el patio; y en el silencio profundo de la noche diáfana, el canto trémulo de los grillos le hizo pensar enun pueblo de duendes pequeñísimos, sentados sobre las hojas humedecidas por el rocío y plateadas por la luna, que sonaban una cuerda sola de invisibles violines.
Todo era sueño y todo realidad. Anania creía ver los duendes músicos y al propio tiempo distinguía claramente la blusa color de rosa, la cadenita y las sortijas de Margarita. Le apretó la muñeca, puso un dedo sobre la perla de un anillo que llevaba en el dedo meñique, se puso á contemplar las uñas de las cuales distinguía las manchitas blancas; sí, todo era verdad, visible, tangible. La realidad y el sueño no tenían límites que les separaran; todo se podía ver, tocar y alcanzar, desde el sueño más disparatado al objeto menos visible...
En aquel momento le parecía que así como tocaba el anillo de Margarita, hubiese podido, con sólo alargar la mano, coger la luna, ó apretar dentro su puño el canto de los grillos.
Unas cuantas palabras de Margarita le señalaron, de nuevo, los límites entre el sueño y la realidad.
—¿Qué dirás á mi padre?—preguntó, siempre un poco burlona.—Vamos á ver, qué le vas á decir. «Padrino mío... yo... yo y... y su hija... su hija Margarita... tene... tenemos...».
—¡Cállate!—dijo él, avergonzándose al comprender que nunca tendría el valor suficiente para presentarse á su protector, y confesarle su amor...—No me atreveré jamás... confesó.—Se lo escribiré.
—¡Oh! ¡esto sí que no!—dijo Margarita, poniéndose seria.—Es preciso decírselo de palabra; se convencerá más fácilmente. Si tú no puedes, mandas á alguien.
—¿Y quién voy á mandar?
Margarita pensó un instante, y después dijo tímidamente:
—Átu madre.
Comprendió que se refería á la tía Tatana, pero su pensamiento corrió ála otra, y le pareció que Margarita también pensaba enaquella mujer. Una sombra densa, una oleada de angustia le envolvió el alma; ¡ah, sí! la realidad y el sueño estaban bien separados por confines terribles; un abismo insuperable, igual al que existe entre la tierra y el sol, les separaba.
—Si por lo menos...—pensó rápidamente,—¡si pudiera hablar ahora! ¡Éste es el momento; si se me escapa, no lo encuentro otra vez! Tal vez aquel abismo se podría salvar. ¡Ahora! ¡ahora!
Abrió los labios. Sintió que el corazón le palpitaba con fuerza, pero no pudo hablar; pasó aquel momento.
La tarde siguiente, la tía Tatana, muy turbada, pero mucho más orgullosa que turbada, y confiando en la ayuda del Señor, después de haber rezado muchísimo yfatta la salitaarrastrándose de rodillas desde el portal hasta el altar de la iglesia del Rosario, fué á desempeñar suembajada.
Anania se quedó en casa, esperando ansiosamente el regreso de la anciana. Durante un largo rato estuvo tumbado en la cama, leyendo un libro del cual no recordaba ni siquiera el título.
—¡Estoy tranquilo!—pensaba.—¿Por qué temer? El buen éxito es más que seguro...
Y entre tanto leía palabra por palabra, pasaba las líneas, pasaba las páginas; pero su mente no retenía ni una sola de las sílabas impresas. El pensamiento, como un ojo omnividente, corría detrás de la anciana y veía...—La tía Tatana camina lentamente, convencida de la solemnidad de su misión. Tiene algo de miedo, la buena viejecita, paloma blanca y suave: ¡pero paciencia! Con la ayuda del Señor, de Santa Catalina y de María Santísima del Rosario, algo podrá hacerse... Se ha puesto su mejorvestido; latúnicaadornada con tres lacitos, verde, blanco, verde, el corpiño de brocado verdoso, el cinturón de plata, el delantal bordado, el pañuelo de la cabeza ligeramente teñido de azafrán. Y no se ha olvidado de los anillos; no faltaba más que olvidara sus grandes anillos prehistóricos, adornados de camafeos sobre piedras amarillas y verdes, y de cornalinas incrustadas. Y de este modo, grave y compuesta, parecida á una imagen antigua de Nuestra Señora, avanza lentamente, saludando con solemnes ademanes á las personas que encuentra en su camino. Anochece; es la hora dedicada á estas graves misiones de amor. Al caer de la tarde la paraninfa está segura de encontrar en casa al jefe de la familia á la cual lleva el arcano mensaje...
La tía Tatana va andando... andando, cada vez más grave y más lentamente... Parece que tiene miedo de llegar; ha llegado al límite fatal, ante el portalón cerrado, callado y obscuro como la puerta del destino; duda un momento, se compone los anillos, el lazo del delantal, el cinturón; se aprieta el pañuelo bajo la barbilla, y por fin se decide y llama á la puerta...
Aquel golpe parece repercutir en el pecho de Anania. Se puso de pie de un salto, cogió una vela y se miró al espejo.
—¡Ya lo decía! Estoy pálido. ¡Si seré estúpido!—murmuró.—¡Ea! no quiero pensar más en ello...
Se asomó á la ventana. Los últimos resplandores del día apenas alumbraban el corral; el saúco inmóvil proyectaba una mancha oscura. Silencio absoluto. Las gallinas ya dormían y también dormía el lechón. Las estrellas brotaban, cual chispas de oro, entre la azulada ceniza del crepúsculo caluroso. Más allá del corral, en el silencio de la callejuela, pasaba á caballo un pastorcillo, cantando en dialecto:
La noche convierto en díaCantando á mipalma dorada...[45]
Anania recordó su infancia, la viuda, Zuanne. ¿Qué estaría haciendo su hermano adoptivo en un convento, sobre aquellos montes?
—¡Y pensar que quería hacerse bandido! ¡Cuánto me agradaría verle!—pensó—Un día de este mismo mes me llegaré á Fonni.
¡Ah! De pronto su pensamiento volvió á donde se resolvía su destino.—La vieja paloma está en el despacho sencillo y tan ordenado del señor Carboni. Allí, allí está la mesa escritorio que una noche el estudiante estuvo registrando y... ¡Oh Dios mío! ¿pero es posible que él haya cometido acción tan vil? Sí; los chiquillos no son conscientes; todo resulta fácil, todo posible. ¡Cuántas locuras cometemos de chiquillos! ¡Hasta podríamos cometer un delito con la mayor inconsciencia! Basta; la tía Tatana está allí; y también el señor Carboni, gordo, tranquilo, con la cadena de oro brillando sobre su pecho.
—¿Qué cosas estará diciendo la viejecita?—pensó Anania, sonriendo nerviosamente.—Me gustaría ver cómo se las compone. ¡Si pudiera estar presente, sin que me vieran! Si tuviese el anillo que hace á uno invisible, me lo pondría y... pum... en seguida llegaba... ¿Y si el portalón estuviese cerrado? ¡Qué diablo! ¡Llamaría! Mariucha saldría á abrirme, y, al ver que no había nadie, se enfadaría contra los chicos que llaman á las puertas y escapan corriendo; mientras tanto yo... ¡Pero qué chiquillosoy!¡Pues no me paso el tiempo pensando enestas tonterías! ¡Ea! ¡no quiero pensar más en ello!...
Se apartó de la ventana, cogió la vela, bajó á la cocina, donde estaba encendido el fuego, é inconscientemente se sentó ante el hogar. En seguida se acordó de que era el verano y echóse á reir; después se puso á contemplar durante largo tiempo el gatito rojo que estaba en acecho delante del horno, inmóvil, con los bigotes erizados y la cola tiesa, pronto á lanzarse sobre el primer ratón que se presentara.
—No—dijo para sí Anania, pensando en el pobre ratoncito;—esta noche no dejo que lo caces; soy demasiado feliz para que nadie, ni siquiera un ratón, sufra esta noche en esta casa.
—¡Usciu, usssciuu![46]—gritó, corriendo hacia el gatito que se estremeció y saltó sobre el horno.
Agitado por una nerviosa inquietud, Anania se puso á dar vueltas por la cocina; y parándose de cuando en cuando junto á los sacos llenos de cebada, la manoseaba murmurando:
—Mi padre no es tan pobre como parece; es un arrendatario del señor Carboni, aun cuando se obstine en llamarle «amo». No, él no está pobre; pero seguramente no podría restituirle lo... que gasto, si no sucediese lo que... debe suceder. ¿Pero qué pasará? ¿Qué está pasando en este momento?
La tía Tatana ha hablado... ¿Qué ha dicho? ¡Ah! no, no, no, mejor es no pensar en ello... Pensemos, por lo contrario, en la respuesta que dará, que está dando el padre... ¿Qué dirá aquel hombre, el más leal del mundo, al enterarse de que su protegido se ha atrevido á burlarsu buena fe? Empieza, pensativo, á dar paseos por el despacho; la tía Tatana le mira, pálida, oprimida...
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué pasará?—exclamó Anania apretándose la cabeza entre las manos. Creía ahogarse; salió al patio, se asomó á la tapia, prestó oído atento, escuchó. Nada, nada.
Volvió á la cocina, y viendo al gatito de nuevo en acecho, lo volvió á espantar; recordó los gatos durmiendo entre las columnas del Panteón; pensó en la tía Bárbara y en el cirio que debía llevar en su nombre á la Basílica de los Mártires; pensó en su padre que estaba terminando de recoger la paja del trigo en lastancasdel amo; pensó en el pino sonoro que murmuraba como un gigante iracundo, rey de un solitario reino de rastrojos y matas; pensó en elnuraghey en las visiones de la tía Bárbara, reflejadas en él, durante su fiebre, y recordó un brazalete de oro que había visto en el Museo de las Termas de Diocleciano... Y después de todos aquellos recuerdos fugitivos, dos pensamientos profundos se cruzaron y compenetraron, cual si fueran dos nubes—una tétrica y otra luminosa—que en el espacio se hubiesen encontrado. El pensamiento deaquella mujer. El pensamiento de lo que estaba pasando en el despacho del señor Carboni.
—¡No! ¡Ya he dicho que no quiero pensar en ello!—murmuró con rabia. Y echó fuera al gatito, como hubiese querido hacer con las ideas que le asaltaban felinamente, contra su voluntad.
Volvió á salir al patio; miró, escuchó. Nada. Un cuarto de hora después resonaron dos voces detrás de la pared; después una tercera, una cuarta; eran los vecinos que se reunían cada noche ante la tienda del maestro Pane, para disfrutar del fresco y charlar.
—¡Virgen santa!—decía Rebeca con su voz estridente.—Hevisto caer del cielo cinco estrellas. ¡Oh! ¡Y eso no sucede porque sí!... Sucederá alguna desgracia...
—¡Que tú vas á parir el Anticristo!—dijo la voz irónica de un labriego.—Dicen que tiene que nacer de un animal.
—El Anticristo lo parirá tu mujer ¡bicho asqueroso!—contestó airada la muchacha.
—¡Vuelve á por otra!—dijo la hermosa Ágata, que comía, reía y hablaba al mismo tiempo.
El labriego empezó á soltar insolencias; hasta que el viejo carpintero se enfadó y gritó:
—Si no te callas, te rompo las narices.
Pero el labriego prosiguió suhermosa misión; entonces las mujeres se levantaron y fueron á sentarse sobre el murete del patio, y la tía Sorichedda—una viejecita que cuarenta años antes había servido en casa del Intendente—empezó á contar por milésima vez la historia de su ama.
—Era una marquesa. Su padre era amigo íntimo del rey de España, y le había dado mil escudos de oro de dote. ¿Cuánto son mil escudos?
—¿Y qué son mil escudos?—dijo Ágata despreciativamente.—Margarita Carboni tiene cuatro mil...
—¿Cuatro mil?—observó Rebeca.—¡Más de cuarenta mil!
—¡No sabéis lo que estáis diciendo!—gritó la tía Sorichedda.—Mil escudos de oro no los tiene ni siquiera don Frasquito.
—¡Váyase á paseo! Parece usted una chiquilla—gritó Ágata acalorándose.—¿Qué se figura que son mil escudos? ¡Sólo en suela los tiene Francisco Carchide!
La cuestión se puso seria; las mujeres empezaron á insultarse.
—Tú lo dices para alabar á tu Francisco Carchide; ¡aquella porquería con su traje nuevo!...
—La porquería lo será usted, vieja pecadora.
—¡Ah!
Piensa el ladrónQue todos son de su condición...
Anania escuchaba, y de pronto, á pesar de las inquietudes que le agitaban, se echó á reir.
—¡Oh!—exclamó Ágata, asomándose á la pared.—¡Que tenga felices noches su Señoría! ¿Qué estás haciendo á oscuras como un murciélago? Deja que veamos tu hermoso rostro.
—¡Por favor!—contestó, acercándose y pellizcándola en un brazo, mientras Rebeca, que al oir la carcajada del joven se había acurrucado en el suelo como queriendo esconderse, pellizcaba á Ágata en una pierna.
—¡Al diablo que os ha parido!—exclamó la muchacha.—¡Esto es demasiado! ¡Dejadme... ó lo digo!
Los dos siguieron pellizcando más fuerte.
—¡Ay, ay! ¡Demonio! Rebeca, es inútil que tengas celos... ¡ay! La tía Tatana esta noche... ha ido á pedir... ¿hablo ó no hablo? ¡Ah!...
Anania la dejó, preguntándose cómo aquel diablo de chica había...
—¡Corazoncito, otra vez respeta á la tía Ágata!—dijo con retintín, mientras Rebeca, que había comprendido, callaba y la tía Sorichedda preguntaba:
—Haz el favor, Nania Atonzu; ¿crees que en Nuoro puede haber mil escudos de oro?
El labriego también se acercó.
—Oye, Nania; ¿es verdad que el Papa tiene setenta y siete mujeres para su servicio? ¿Eh?...
El joven no contestó, tal vez ni siquiera los habíaoído; veía acercarse una persona desde el fondo de la callejuela, y sentíase desfallecer. Era ella, la vieja paloma mensajera, era ella que volvía llevando en sus labios, como una flor de vida ó de muerte, la palabra fatal.
Anania se retiró cerrando la puertecita del patio, al propio tiempo que la tía Tatana entraba por la otra parte y cerraba la puerta principal. Ella suspiraba y aún estaba un poco pálida y oprimida, como Anania la había visto con la imaginación; al reflejo del hogar, las alhajas primitivas, los bordados, el cinturón, los anillos, brillaron vivamente.
Anania corrió á su encuentro y la miró ansioso, y como ella callase, le preguntó con impaciencia:
—¿Qué han dicho?
—¡Ten paciencia, hijo! Ahora te diré...
—No. Dígalo en seguida. ¿Consienten?
—¡Sííí...! ¡Consienten, sí, consienten!—exclamó la vieja abriendo los brazos.
Anania sentóse, aturdido, cogiéndose la cabeza entre las manos; la tía Tatana le miró piadosamente meneando la cabeza, mientras con las manos temblorosas se desabrochaba.
—¡Consienten! ¡consienten! ¿Es posible?—repetía para sí Anania.
Ante el horno, el gatito seguía esperando el paso del ratón, y debía oir algún ruido, porque agitaba la cola; en efecto, poco después, Anania oyó un chillido, un pequeño grito de muerte; pero en aquel momento su felicidad era tan completa, que no le consentía pensar que en el mundo pueda existir dolor.
La detallada relación de la tía Tatana echó un poco de agua fría sobre aquel inmenso incendio de dicha.
La familia de Margarita no se oponía á los amores de los dos jóvenes, pero, naturalmente, no daba aún un consentimiento completo, irrevocable. El «padrino» había sonreído, restregándose las manos y meneado la cabeza como diciendo: «¡buena me la han jugado!». Había dicho: «¡Pronto echan á volar estos chicos de hoy en día!», pero después se puso serio y pensativo.
—Pero por fin, ¿qué habéis acordado?—exclamó Anania, poniéndose también serio y pensativo.
—¡Que es preciso esperar! ¡Santa Catalina mía! ¿Pero no has comprendido? El «ama» dijo: es preciso que interroguemos á Margarita.—Me parece inútil, contestó el padrino, restregándose las manos. Yo me sonreí.
También Anania se sonrió.
—Hemos acordado... ¡Fuera de ahí!—gritó la tía Tatana, tirando de la falda, sobre la cual el gatito se había cómodamente tumbado, lamiéndose los bigotes con gran satisfacción.—Hemos acordado que es preciso esperar. El amo me dijo:—Que el «muchacho» piense en estudiar mucho y conseguir triunfos. Cuando haya conseguido una posición le daremos la mano de nuestra hija; entretanto, que sigan amándose y que Dios les bendiga.—¡Y ahora me parece que puedes cenar tranquilo!
—Pero ¿puedo presentarme en su casa como prometido?
—Por ahora no; ¡por este año no! ¡Corres demasiado,galanu meu! La gente diría que el señor Carboni se ha vuelto un chiquillo; antes debes licenciarte...
—¡Ah!—exclamó Anania airado—de modo que es mejor...—Iba á decir: ¿de modo que es mejor que nos veamos de noche, á escondidas, para que su susceptibilidadno padezca?—pero en seguida pensó que, en efecto, era mejor verse de noche, á escondidas y solos, que de día y en presencia de los padres, y se calmó por completo. ¡Peor para ellos! De este modo no tendría remordimientos si se veía obligado á visitar secretamente á su prometida.
Para consolarse reanudó las entrevistas la misma noche; la criada, apenas le abrió la puerta, le dió la enhorabuena como si las nupcias ya se hubiesen celebrado, y él le dió una propina y esperó temblando á la que consideraba como esposa. Ella llegó, poco á poco, sin hacer ruido, perfumada de lirio, con un traje claro, blanqueando en la diáfana noche, y al verla y oler el perfume, sintió el joven una impresión grande, violenta, cual si vislumbrase por vez primera el misterio del amor. Se abrazaron largamente, callados, temblando, ebrios de dicha; el mundo les pertenecía.
Por vez primera Margarita, segura ahora de poderse abandonar sin miedo ni remordimiento al amor intenso que su guapo novio sentía por ella, se mostró apasionada y vehemente, como Anania no se atrevía ni á soñarlo; así es que salió de la cita, tambaleándose, ciego, fuera de sí.
La noche siguiente la entrevista fué aún más larga, más delirante. La tercera noche, la criada, que vigilaba desde la cocina, probablemente cansada de esperar, hizo la señal convenida para el casode sorpresay los enamorados se separaron algo asustados.
Al día siguiente Margarita escribió: «Tengo miedo de que ayer noche papá se enterara de algo. Procuremos no comprometernos, ahora precisamente que somos tan felices; es preciso, por lo tanto, que no nos veamos durante unos días. Ten paciencia, y ten valor como yo lo tengo, pues hago un sacrificio enorme renunciando,por unos días, á la felicidad inmensa de verte; me parecerá morir, porque te amo ardientemente, porque no podré vivir sin tus besos», etc., etc., etc.
Él contestó: «Adorada de mi alma, tienes razón: eres una santa por buena y por sabia, y en cambio yo soy un loco, loco de amores por ti. No sé, no veo lo que hago. Ayer noche pude haber comprometido todo nuestro porvenir y no me daba cuenta de ello. Perdóname; cuando estoy á tu lado pierdo la razón. Se apodera de mí la fiebre; me consumo, me parece que dentro de mí arde un fuego devastador. Renuncio dolorosamente á la felicidad suprema de verte durante unas cuantas noches; y como siento necesidad de ejercicio, de distracción, de alejarme algo de tu lado, para calmar un poco este fuego que me devora y me pone inconsciente y enfermo, he pensado emprender la excursión al Gennargentu de la cual te hablé la otra noche. ¿Lo permites, verdad? Contéstame en seguida, querida, adorada, mi encanto y mi gloria. Te llevaré en el corazón; desde la más alta montaña sarda te enviaré un saludo, gritaré al cielo tu nombre y mi amor, como quisiera proclamarlo desde la montaña más elevada del mundo para que toda la Tierra se enterara y asombrara. Te abrazo, te llevo conmigo, junto á mí, formando un solo cuerpo, por toda una eternidad».
Margarita concedió el permiso para el viaje.
Otra carta de Anania: «Salgo mañana por la mañana con el correo de Mamojada-Fonni. Pasearé por bajo tu ventana á las nueve. Quisiera verte esta noche... pero quiero ser prudente. Ven, ven conmigo, Margarita adorada, no me abandones un solo instante, ven, ven aquí, sobre mi corazón, que el fuego de mi amor te consuma: hazme morir de amor».