V

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El día de la marcha se acercaba.

—Tía Bárbara,—decía el estudiante, mientras la vieja preparaba el café,—¡qué feliz soy! ¡Parece que me salen alas! ¡Dentro de unos cuantos días... adiós! Sí, me parece tener alas. Salto sobre la ventana, hago lissst... y fuera. Me pongo á volar, y ya estoy en Cerdeña.

Y se acercaba á la ventana, haciendo como si saltara sobre el antepecho.

—¡Aaaah!—gritaba la vieja, cómicamente asustada.—¡No se suba á la ventana,corazónmío! ¡Que se va á caer!... ¡Oh, Dios mío!

—Pues déme una tacita de café, sólo una tacita muy chiquitita, sino me pongo á volar. ¡Ay, qué rico está su café! ¿Cómo es que lo sabe hacer tan rico? Sólo mi madre, en Nuoro, lo hace tan bueno como usted.

La vieja, halagada lo indecible, le daba una taza de café, que resultaba muy exquisito por ser el primero que se sacaba de la cafetera.

—¡Dios mío, qué rico está!—decía Anania, abriendo la boca y poniendo los ojos extáticos.—¡Es tan bueno, que me da nostalgia!

—¿Qué es lanostargia?

—Un estremecimiento en el corazón, tía Bárbara, aquel estremecimiento que nos da cuando pensamos enel paraíso. ¡Ay, qué rico está el café! ¿Quiere usted venir conmigo? ¡Ea, en marcha! ¡Qué gusto!

La vieja suspiraba exageradamente. ¡Ah, si no fuese por el mareo!

—¿Eres muy rico?—preguntaba al estudiante.

—¡Toma! ¡ya lo creo!

—¿Cuántastancastienes?

—Siete ú ocho, no recuerdo.

—¿Tienes colmenas? ¿Y pastores?

—¡De todo, tía Bárbara, de todo!

—¿Entonces por qué has venido á este lugar de perdición? ¿Qué necesidad tienes de estudiar?

—Porque mi novia quiere que me haga doctor.

—¿Y quién es tu novia?

—La hija del barón deBaronia.

—¡Ah! ¿Aún viven los barones de Baronia? Yo había oído contar que su castillo estaba lleno de fantasmas. Una vez una mujer que había ido á coger leña, pasó de noche por delante del castillo y vió una dama, con una gran cola de oro, que parecía un cometa. ¿Tú sabes qué es un cometa? ¡Oh, Nuestra Señora del Buen Consejo! Me vas á arruinar... mira que te va á hacer daño tanto café.

—Cuente, cuente, tía Bárbara. ¿Cuando aquella mujer vió á la dama, qué hizo?—insistía el estudiante, echándose otra taza de café.

La tía Bárbara seguía contando. Confundía la leyenda del castillo de Burgos con la del castillo de Galtelli. Mezclaba recuerdos históricos, transmitidos por tradición, con sucesos acaecidos durante su lejana infancia. Entre otras leyendas contaba la de aquel caballero extraviado en una gran llanura, que sólo al caer la tarde, oyendo el tañido de una campana, pudo encontrar un lugar habitado. La alegría del caballero, tan rico como infelizote,fué tal, que prometió dejar todos sus bienes á la iglesia de cuya campana había oído el sonido. Desde entonces, todas las tardes, la campana de la iglesia toca para que los hombres extraviados puedan encontrar el verdadero camino.

—¡Ésta es la leyenda de Santa María la Mayor!—decía Anania.

—¡No,corazoncitomío! Es la iglesia de Illorai! Hasta te puedo decir el nombre del señor extraviado! Se llamaba Don Gonario Arca.—¡Y losnuraghes!—proseguía, andando de un lado para otro, en la cocina caliente y húmeda.—¿Aún existennuraghes? ¡Cuántos tesoros ocultos! Cuando los moros iban á la Cerdeña para robar las mujeres y el ganado, los sardos escondían las monedas en losnuraghes. Y tú, estúpido, ¿por qué no buscas tesoros en tustancas?

Anania pensaba en su padre, que hacía poco le había escrito rogándole que visitara los museos «donde se conservan las antiguas monedas de oro».

—Una vez,—seguía diciendo tía Bárbara,—una vez fui á recoger espigas junto á unnuraghe. Me acuerdo como si fuera hoy. Me dió fiebre, y á la caída de la tarde tuve que tumbarme sobre el rastrojo, esperando que pasase algún carro que me llevara al pueblo. Y de pronto veo una cosa. Detrás delnuraghe, el cielo era de color de fuego; parecía una tela color de escarlata. De pronto veo un gigante en elpatiu[41], que empieza á echar humo por la boca. Y en seguida el cielo se puso obscuro. ¡Nuestra Señora del Buen Consejo, qué miedo! Pero de pronto vi á San Jorge que llevaba la luna llena en la cabeza y en una mano unaleppamás limpia que el agua. ¡Tiffeti taffati!—terminó diciendo, como si manejaraun gran cuchillo de cocina.—San Jorge cortó la cabeza del gigante y el cielo se aclaró.

—Era la fiebre que le hacía ver tantas cosas, tía Bárbara.

—Sería la fiebre, pero yo vi al gigante y áSantu Jorgi. Sí, les vi con estos dos ojos,—afirmaba la vieja, poniéndose dos dedos en los ojos.

Después preguntaba si en los días de fiesta solemne, aún corrían los caballos por la falda de la montaña, montados por chiquillos medio desnudos, adornados con cintas de colores. Y si por San Antonio encendían hogueras, y si en medio de las hogueras colocaban palos, llevando en lo alto, rojos racimos de naranjas, granadas y madroños, y de los cuales colgaban ratones muertos.

Anania escuchaba con gusto los sugestivos cuentos y preguntas de la tía Bárbara; y á veces, mientras á dos pasos de distancia zumbaban los tranvías y se oía el amoroso maullido de los gatos entre las columnas del Panteón, se identificaba tanto con los recuerdos de la vieja, que le parecía sólo tener que asomarse á la puerta para encontrarse en un solitario paisaje sardo, en el terraplén de unnuraghe, guardado por las almas de los gigantes,—ó en la algazara salvaje de unas carreras en la Barbagia,—acompañado de un viejo pastor filósofo y contemplador, de alma grande como las nubes. En las palabras nostálgicas de la vieja desterrada, sentía el perfume de la tierra nativa, la brisa cargada de esencias salvajes del Orthobene y Gennargentu, y se sentía sardo, profunda y exclusivamente sardo.

—¡Ah, cómo me voy á divertir estas vacaciones!—decía á la vieja.—Voy á ir á todas las fiestas, quiero visitar el lugar donde nací; subiré al Gennargentu, al monte Rasu, al castillo de Burgos. Sí, sobre todo quierosubir al Gennargentu. ¡Vivirán aún fulano y zutano de Fonni! ¿Y los frailes, qué harán? ¿Y Zuanne?

Y de un modo inconsciente, se ponía nostálgico como la tía Bárbara.

—¿Y usted, no va á volver nunca á Cerdeña?—preguntó á María Obinu, un momento que entró en la cocina.

—¿Yo?—contestó ésta algo triste.—¡Jamás! ¡Jamás!

—¿Por qué? ¡Acérquese á la ventana y mire usted qué luna más hermosa! ¿No le gustaría ir en peregrinación á Nuestra Señora de Gonare, con una luna tan espléndida? Subir á caballo, poco á poco, atravesando bosques, bordeando precipicios, subiendo, siempre subiendo, mientras la ermita se dibuja sobre el cielo, arriba, arriba, muy arriba...

María movía la cabeza y hacía con los labios un mohín de indiferencia. La tía Bárbara, al contrario, se estremecía de pies á cabeza y alzaba los ojos, ¡como si buscara la ermita proyectada sobre el claro azul del cielo lunar, arriba, arriba, muy arriba!...

—¡Excepto usted y las personas que le aprecien...—exclamaba María maldiciendo,—y excepto las iglesias y los devotos de Nuestra Señora... que el fuego arrase la Cerdeña antes de que yo vuelva por allá!

—¿Pero por qué?

Tía Bárbara, atenta á la cocina, cerraba los ojos con infinita piedad, no pudiendo protestar contra el odio que el ama sentía por la patria lejana.

—¡Ah, corazón mío!—dijo á Anania, apenas María se hubo marchado.—¡Tiene mucha razón! Allí la asesinaron...

—¡Pero si está tan viva, tía Bárbara!

—¡Ah, tú no sabes! Es mejor asesinar á una persona que traicionarla...

Anania pensaba en su madre, y la duda, la quimera, el ensueño, se apoderaban otra vez de él.

—Tía Bárbara,—decía, acercándose á la vieja.—Usted ha dicho que la engañó un señor... Dígame cómo se llama... trate usted de saberlo. Diga: ¿la señora María tiene cartas escondidas? ¿Dónde las tendrá? Yo podría ayudarla, buscar á aquel señor, conmoverle... También usted saldría ganando.

—¿Para qué conmoverle?

—Para que la ayude...

—Ella no tiene necesidad de ayuda. ¡Tiene dinero! Déjala en paz, porque ella no quiere que se le recuerde su desgracia. ¡Ni una palabra! ¡Me mataría si supiera que hablo de ella contigo!...

—Ella tendrá cartas...—repitió Anania.

Las había buscado inútilmente en el cuarto de María. No poseía documento alguno y, como decía la tía Bárbara, no quería que se hablara de su pasado.

El estudiante se moría de ganas de saber algo antes de marchar. Había momentos en que se estremecía ante la pregunta de siempre: «¿Si María Obinu y Olí fueran la misma persona?». ¿Por qué no trataba de descubrir el misterio? ¿Por qué no volvía á preguntar á la policía, por qué no escribía á Cerdeña, por qué no seguía tirando del hilo que le podía llevar hasta el fin del misterio, y, sobre todo, por qué dejaba correr inútilmente el tiempo, y no arrojaba lejos de sí la inercia vil que le dominaba? Muchas veces se había propuesto preguntar á María, inventar una escena, obligarla á descubrirse; pero desde el coloquio á propósito de Daga, había hablado con ella sólo de cosas indiferentes. Se pasaban días enteros en que ni siquiera la veía y sin que él tratara de hacer algo por verla.

—Y sin embargo, es preciso que yo sepa algo,—pensaba,andando distraído por las calles aún animadas, pero de cada vez con menos gente.—¿Si no es ella, por qué atormentarme? ¿Pero dónde, dónde estará? ¿Qué hace? ¿Está cerca ó lejos? ¿En el ruido de la ciudad, en este rumor que parece la voz de un monstruo de millares de cabezas, van mezclados su respiración, sus gemidos, sus risas? ¿Y si no está aquí, dónde está?

Aquella noche tuvo un ataque de fiebre,—tal vez producido por el filtro malsano, si bien poético, de los largos sueños que casi todas las tardes fantaseaba en el silencio del Coliseo,—y en la calentura creyó ver muchas veces á María inclinada sobre la almohada. ¿Era delirio ó realidad? La luz de la luna y el reflejo de una ventana iluminada, alumbraban vagamente el cuarto del calenturiento. Además de la figura de María, veía un caballero en traje del sigloXVIIIcon una bandeja, en la cual había una copa de champagne y el amuleto de Olí; y al propio tiempo que veía que la figura del caballero, inmóvil en la penumbra, era irreal, la figura de la mujer le parecía bien real. Quería encender la vela, pero no podía moverse. Creía estar acostado al borde de un abismo, sobre una piedra que, atraída por una fuerza oculta, corría vertiginosamente, seguida por todas las cosas que le rodeaban, hacia un punto al cual no se llegaba nunca.

Después de la primera aparición de María Obinu, pensó:

—Tengo fiebre, bien lo sé, pero no deliro. Era ella. He hecho mal en fingir que dormía. Debía haber fingido el delirio á ver qué hacía. Si por lo menos volviese... ¿Si la sugestionara?... ¡Ven! ¡ven!—empezó á decir, invocándola, hablando en voz queda, esforzándose en imponerle su propia voluntad.—¡Ven, ven, María Obinu! ¡Quiero que vengas!

Pero ella no vino en seguida, y en cambio, la carrera extraña de la piedra, sobre la cual le parecía estar acostado, redoblaba su velocidad. Visiones apocalípticas, nubes monstruosas, surgían, se perseguían, se mezclaban, desaparecían en el fondo del abismo fantástico, hacia donde el alma del enfermo miraba espantada. Entre otras cosas, veía elnuraghey el San Jorge del sueño febril de la tía Bárbara; pero la luna huía de la cabeza del santo y volaba hacia el cielo. Otras dos lunas, rojas é inmensas, la seguían. Era inminente un cataclismo. Un gentío enorme se apretaba en una playa, azotada por un mar tempestuoso. Las olas eran caballos marinos luchando contra espíritus invisibles. De repente un alarido salió del mar: ¡La suegra! ¡La suegra! Anania se estremeció horrorizado, abrió los ojos y le pareció tenerlos azules.

—¡Qué estupidez!—pensó.—¿Por qué la fiebre hará ver cosas tan extrañas?

María Obinu volvió á abrir la puerta, avanzó calladamente y se inclinó sobre el calenturiento.

—¡Ahora á fingir bien!—pensó, y empezó á quejarse débilmente. La mujer permaneció inmóvil.

—¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!—decía el estudiante suspirando fuerte.—¿Quién me pega en la cabeza? ¡Dejadme, no me matéis! La luna ya se marcha. ¿Te acuerdas, mamá? Tú me enseñabas la canción:

Luna lunera,Cascabelera...[42]

¿Por qué no quieres decirme que eres mi mamaíta? ¡Dímelo! Si de todos modos yo lo sé, sé que tú eres mi mamaíta,pero debes decírmelo tú también. ¿Ves aquel caballero, con el amuleto que me disteaquellamañana? ¿Es posible que no te acuerdes de aquella mañana, cuando bajábamos... y los pinzones cantaban entre los húmedos castaños, y las nubes volaban hacia el monte Gonare? ¡Sí, sí que te acuerdas! Dime que sí... no tengas miedo... Yo te quiero mucho. Viviremos siempre juntos. Contesta.

La mujer callaba. El enfermo fué asaltado de un verdadero espasmo de ternura y angustia, y empezó á delirar de veras.

—Madre,... madre mía, habla; no me hagas sufrir de esta manera; ya no puedo más. ¡Si tú supieras cómo sufro! ¿Tú eres Olí, no es verdad? Es inútil que digas que no; tú eres Olí. ¿Qué has hecho hasta ahora? ¿Dónde tienes tus cartas? Ó si no, no hablemos del pasado. ¡Todo ha terminado! Ahora ya no nos separaremos nunca más... ¿Pero te marchas? No, no, ¡por Dios! espera... no te marches...

Se incorporó sobre la cama, con los ojos extraviados, mientras la figura se alejaba lentamente y desaparecía... El caballero con la bandeja seguía allí mismo, inmóvil en la penumbra, y todas las cosas daban vueltas á su alrededor.

La visión volvió más tarde, y volvió á desaparecer. Anania siguió lamentándose, gimiendo infantilmente, seguro de haber visto á su madre. Y conservó esta impresión, dulce y angustiosa, hasta después de desaparecer la fiebre.

Al día siguiente despertóse tarde, y aun cuando tenía el cuerpo como si le hubiesen pegado una paliza, se levantó y salió sin tratar de ver á María.

Durante tres ó cuatro noches la fiebre siguió atormentándolo, pero entre los fantasmas de sus pesadillas novolvió á presentarse la figura de aquella mujer. Esto le dió mucho que pensar. ¿De modo que había sido una aparición real? Y debía tener miedo después de cuanto le había dicho durante la primer noche, y por esto no volvía.

Todos los días, antes de salir y al volver, agotado por la fatiga y tensión nerviosa de los exámenes, siempre algo calenturiento, se proponía descifrar el enigma, pero siempre en vano. Pensaba:

—Ahora la llamaré, la suplicaré, le haré mil preguntas, la amenazaré; le diré que la policía me ha informado de su pasado verdadero, armaré un escándalo. Ella hablará... ¿Y si esella?

Y, como de costumbre, esta hipótesis le entontecía y daba miedo. Á veces pensando en el momento de la revelación, imaginaba una escena dramática entre él y su madre; á veces le parecía que ni una sola fibra de su corazón se conmovía. Pero al verla, pálida y sonriente, con su modesto vestido obscuro, siempre atareada en los cuartos de los huéspedes ó en la cocina, siempre tranquila, inconsciente, casi insensible, sentía helarse la sangre en sus venas.

Un velo caía entre él y la aparición real del fantasma que tanto le atormentaba. En lugar de la escena violenta ó del drama sentimental que tantas veces había imaginado, se desarrollaba entre él y la patrona una conversación insulsa, con la inevitable intervención de la tía Bárbara.

Hasta pocos momentos antes de partir no tomó la solemne resolución de dejar en suspenso, hasta la vuelta, todas las pesquisas y los vanos proyectos. Se encontraba cansado, quebrantadísimo. El calor, los exámenes, la fiebre y tanto preocuparse, le habían agotado.

—Descansaré,—pensaba, al preparar rápidamentesu equipaje, y recordando, algo irónicamente, los largos preparativos de la primera vez que salió de Nuoro.—¡Cómo voy á dormir estas vacaciones! Tengo necesidad de dormir, olvidar, descansar, restablecerme. No quiero ponerme neurasténico. Subiré á las montañas nativas, al Gennargentu, virgen y salvaje. ¡Cuánto tiempo hace que sueño con esta excursión! Visitaré á la viuda del bandido, á Zuanne, al hijo del cerero. ¿Y el patio del convento?... ¿Y aquel carabinero que cantaba

para ti este rosario?

El pensamiento de ver dentro de poco á Margarita, de poderla besar y sumergirse en su fresco amor como en un baño perfumado, le producía una dicha tan intensa que le hacía estremecer. Trataba de huir de aquella placidez devoradora; pero, alejada de la mente, le corría por sus venas, vibraba en sus nervios, y llenaba su corazón hasta producirle una sensación dolorosa.

Momentos antes de marchar, la tía Bárbara le dió un pequeño cirio para que lo llevara á la Basílica de los Mártires de Fonni, y María una medalla bendecida por el Pontífice.

—Si usted no la quiere, descreído, llévela á su madre,—dijo sonriendo, algo conmovida.—Adiós. Que tenga buen viaje y vuelva pronto. Ya sabe que el cuarto estará siempre á su disposición. Que le vaya bien, y escríbame.

—Adiós,—contestó Anania, tomando la medalla;—ruegue por mí á las Benditas Ánimas del Purgatorio.

—Pierda usted cuidado,—dijo ella, amenazándole con un dedo.—Le protegerán contra las tentaciones.

—Amén. ¡Hasta la vuelta!

—¡Hasta la vuelta!—gritó desde abajo de la escalera,mientras María, inclinada sobre el pasamanos, le saludaba aún.

Al llegar á la calle pensó en volver atrás para ver si lloraba. Se paró un momento. Después prosiguió hacia la plaza, seguido por la tía Bárbara, que iba llorando.

—¡Hijito de mi corazón!—decía la vieja,—saluda en mi nombre á la primera persona que encuentres en tierra sarda. Buen viaje y acuérdate de llevar el cirio.

Le acompañó hasta el tranvía, á pesar del miedo que le producía, y le besó en la mejilla, llorando amargamente. Anania recordó el beso de Nanna, la borracha, antes de marchar de Nuoro; pero esta vez se conmovió y abrazó á la tía Bárbara, pidiéndole perdón por si alguna vez la había hecho enfadar.

Después todo desapareció: la vieja que, al despedir al joven, lloraba su destierro de la patria querida; la calle melancólica donde se alzaba la casa en que vivía María; la plaza entonces desierta y sofocante; el Panteón triste como una tumba ciclópea; los gatitos adormilados entre las grandes ruinas..., y Anania, con la cara refrescada por un soplo de viento, se sintió feliz, como si acabara de librarse de una pesadilla.


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