Chapter 13

CLEÓN.

CLEÓN.

¡Afuera, en hora mala!

EL CHORICERO.

¡Vete tú, so bribón!

CLEÓN.

¡Oh Pueblo! hace ya mucho tiempo que estoy aquí dispuesto a servirte.

EL CHORICERO.

Y yo hace diez veces más tiempo, y doce veces más tiempo, y mil veces más tiempo, y mucho más tiempo, mucho más tiempo, mucho más tiempo.

PUEBLO.

Y yo hace treinta mil veces más tiempo que os espero, y os maldigo, y muchísimo tiempo, muchísimo tiempo más.

EL CHORICERO.

¿Sabes lo que has de hacer?

PUEBLO.

Si no lo sé, tu me lo dirás.

EL CHORICERO.

Mándanos que disputemos quién te sirve mejor.

PUEBLO.

Que me place. Alejaos.

CLEÓN.

Ya estamos.

PUEBLO.

Corred.

EL CHORICERO.

No me adelantarás.

PUEBLO.

Gracias a estos dos adoradores, voy a ser hoy el más feliz de los mortales, a no ser que me las eche de interesante.

CLEÓN.

¿Ves? Yo soy el primero que te traigo una silla.

EL CHORICERO.

Pero no una mesa; y yo la he traído muchísimo antes.

CLEÓN.

Mira; aquí tienes esta tortita hecha con aquella harina que traje de Pilos.

EL CHORICERO.

Toma estos panecillos que la misma diosa ha socavado con su mano de marfil[408].

PUEBLO.

¡Qué dedos tan largos tienes, Minerva veneranda!

CLEÓN.

Toma estos puches de guisantes, cuyo hermoso color y buen gusto abre el apetito: los ha colado la misma Palas, mi protectora en Pilos.

EL CHORICERO.

¡Oh Pueblo! No hay duda que la diosa te protege; ahora extiende sobre tu cabeza esta olla llena de salsa.

PUEBLO.

¿Crees tú que hubiera podido vivir tanto tiempo en esta ciudad si la diosa no hubiese tenido realmente la olla extendida sobre nosotros?[409]

CLEÓN.

Este plato de peces te lo regala la diosa, terror de los ejércitos.

EL CHORICERO.

La hija del poderoso Júpiter te envía esta carne cocida en salsa, y este plato de tripacallos e intestinos.

PUEBLO.

Bueno es que se acuerde del peplo[410]que la regalo.

CLEÓN.

La diosa temible por la Gorgona de su casco, te manda comer esta torta prolongada, para que puedas alargar más fácilmente los remos.

EL CHORICERO.

Toma también esto.

PUEBLO.

¿Y qué haré de estos intestinos?

EL CHORICERO.

La diosa te los envía de intento, para componer las tripas de las naves: no pierde de vista nuestra escuadra. Bebe también este vaso con dos partes de vino y tres de agua.

PUEBLO.

¡Oh Júpiter! ¡Qué vino tan grato! ¡Qué buen gusto le dan las tres partes de agua![411]

EL CHORICERO.

La misma Tritonia[412]ha hecho la mezcla.

CLEÓN.

Acepta este pedazo de torta untado con manteca.

EL CHORICERO.

Toma esta torta entera.

CLEÓN.

Pero tú no tienes liebre para darle, y yo sí.

EL CHORICERO.

¡Ay! Es verdad. ¿En donde encontraré liebre ahora? Ingenio mío, discurre alguna estratagema.

CLEÓN.

¿Ves esta liebre, pobre hombre?

EL CHORICERO.

Nada se me importa. ¡Calla! Aquellos se dirigen a mí.

CLEÓN.

¿Quiénes son?

EL CHORICERO.

Unos embajadores con bolsas repletas de dinero.

CLEÓN.

¿Dónde? ¿dónde?

EL CHORICERO.

¿Qué se te importa? ¿No has de dejar en paz a los extranjeros? (Al volver la cabeza le quita la liebre y se la ofrece aPUEBLO.) Pueblecillo mío, ¿ves la liebre que te traigo?

CLEÓN.

¡Ay, desdichado! Me la has robado a traición.

EL CHORICERO.

Por Neptuno, tú hiciste lo mismo en Pilos.

PUEBLO.

Dime, dime: ¿de qué estratagema te has valido para robársela?

EL CHORICERO.

La estratagema es de la diosa; el hurto mío.

CLEÓN.

Me ha costado mucho trabajo el cazarla.

EL CHORICERO.

Y a mí el asarla.

PUEBLO.

Vete; yo solo sé quién me la ha servido.

CLEÓN.

¡Infeliz de mí! ¡Me vence en desvergüenza!

EL CHORICERO.

¿Por qué no decides, oh Pueblo, quién de los dos ha servido mejor a ti y a tu vientre?

PUEBLO.

¿De qué medio me valdré para demostrar a los espectadores la justicia de mi elección?

EL CHORICERO.

Voy a decírtelo. Anda, registra en silencio mi cesta y la del Paflagonio; mira lo que contienen, y después podrás juzgar con acierto.

PUEBLO.

Corriente, voy a examinar la tuya.

EL CHORICERO.

¿No ves, padrecito mío, que está vacía? Todo te lo traje.

PUEBLO.

Es una cesta verdaderamente popular.

EL CHORICERO.

Aproxímate a la del Paflagonio. ¿La ves?

PUEBLO.

¡Hola! ¡Qué repleta está! ¡Qué torta tan grande se ha guardado! ¡Y a mí me dio un pedacillo!

EL CHORICERO.

Siempre ha hecho lo mismo; te daba un trocito de lo que cogía, y él se guardaba la mejor parte.

PUEBLO.

¡Ah, infame! ¿así me robabas; así me engañabas? Y «yo te llené de coronas y presentes»[413].

CLEÓN.

Yo robaba por el bien de la república.

PUEBLO.

Quítate al instante esa corona para que se la ciña a tu rival.

EL CHORICERO.

Quítatela pronto, bergante.

CLEÓN.

De ninguna manera: tengo un oráculo de Delfos que declara quién debe ser mi vencedor.

EL CHORICERO.

Dice, y muy claro, que he de ser yo.

CLEÓN.

Examinaré antes si las palabras del dios pueden referirse a ti; dime en primer lugar, ¿a qué escuela acudiste de niño?

EL CHORICERO.

Me educaron a puñetazos en las cocinas.

CLEÓN.

¿Qué dices? ¡Ah, este oráculo me mata!... Prosigamos... ¿Qué aprendiste con el maestro de gimnasia?

EL CHORICERO.

A robar, a negar el robo y a mirar a los testigos cara a cara.

CLEÓN.

¡Oh Febo! ¡Oh Apolo, dios de Licia![414]¿Qué vas a hacer de mí? Y de adulto, ¿a qué te has dedicado?

EL CHORICERO.

A la venta de chorizos y al libertinaje.

CLEÓN.

¡Oh desdicha! Soy perdido; una tenue esperanza me sustenta. Dime esto no más: ¿vendías los chorizos en el mercado o en las puertas?

EL CHORICERO.

En las puertas, donde se vende la pesca salada.

CLEÓN.

¡Infortunado! La predicción se ha cumplido[415]. Llevad adentro a este infeliz. Adiós, corona mía. Bien a mi pesar te abandono: otro te poseerá no más ladrón que yo, aunque más afortunado[416].

EL CHORICERO.

Tuya es la victoria, Júpiter, protector de la Grecia.

DEMÓSTENES.

Salud, ilustre vencedor; acuérdate de que yo te he hecho hombre. Bien poco te pido en recompensa: nómbrame escribano de actuaciones, como lo es ahora Fanos[417].

PUEBLO (al Choricero).

Dime cómo te llamas.

EL CHORICERO.

Agorácrito, porque me crié en el mercado en medio de los pleitos.

PUEBLO.

Póngome, pues, en manos de Agorácrito[418], y le entrego a ese Paflagonio.

(En este momento Cleón, que había permanecido en la escena, era llevado adentro.)

AGORÁCRITO.

Y yo, Pueblo, te cuidaré con tal solicitud que tendrás que confesar que nunca has visto un hombre más adicto a la república de los papanatas.

(Vanse.)

CORO.

«¿Hay nada más hermoso que principiar y concluir nuestros cantos celebrando al conductor de rápidos corceles»[419], en vez de herir con ultrajes gratuitos a Lisístrato o a Teomantis[420]privado hasta de hogar? Este, divino Apolo, derramando lágrimas arrancadas por el hambre, se abraza suplicantea tu carcaj en Delfos para evitar el rigor de la miseria.

Nadie critica que se censure a los malvados; todos los hombres discretos lo consideran como un tributo a la virtud. Si la persona cuyas infamias voy a delatar fuese muy conocida, no haría mención de otro amigo. Nadie ignora quién es Arignoto[421], a menos de no saber distinguir lo blanco de lo negro, ni el modo ortio de los demás. Pero este tiene un hermano que no lo es ciertamente en las costumbres, el infame Arífrades[422], perverso a sabiendas, y no solo perverso (si así fuese nada diría), ni solo perversísimo, sino inventor de nefandas torpezas...

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Quien no deteste con toda su alma a semejante hombre, no beberá jamás en nuestra copa.

Muchas veces medito durante la noche sobre la causa de la voracidad de Cleónimo. Dicen que devorando como un animal los bienes de los ricos, no pueden apartarle de la cesta del pan, viéndose obligados a decirle: «Vete, por piedad; déjanos algo en la mesa.»

Cuentan que el otro día se reunieron las naves para tratar de sus asuntos, y que la más vieja de todas dijo: «¿Habéis oído, amigas mías, lo que pasa en la ciudad? Un tal Hipérbolo[423], ciudadano perverso e inútil como el vino picado, ha pedido cien de nosotras para una expedición a Calcedonia»[424]. Dicen que esto pareció insoportable a las trirremes, y que una de ellas, virgen todavía, exclamó: «Por todos los dioses, antes consentirá Naufante, hija de Nausón, ser roída por la carcoma y pudrirse de vieja en el puerto, que tener por dueño a un hombre semejante. ¡Tan cierto como estoy hecha de tablas y de brea! Si los atenienses aprueban esa proposición, no nos resta más recurso que navegar con rumbo al templo de Teseo o al de las Euménides[425], y detenernos allí. De este modo no le veremos insultar a la república mandando la escuadra; váyase a los infiernos, botando al agua aquellos cajones en que vendía lámparas.»

AGORÁCRITO.

Guardad el silencio sagrado, plegad los labios y absteneos de citar testigos: ciérrense las puertas de los tribunales, delicias de la república, y retumbeen todo el teatro un jubiloso peán[426]en celebridad de las nuevas felicidades.

CORO.

¡Antorcha de la sagrada Atenas, salvador de nuestras islas! ¿Qué fausta nueva nos anuncias? ¿Qué dicha es esa que llenará nuestras plazas con el humo de los sacrificios?

AGORÁCRITO.

He regenerado a Pueblo[427], y lo he hermoseado.

CORO.

Y ahora, ¿dónde está?, ¡oh inventor de cambio tan prodigioso!

AGORÁCRITO.

Habita en la antigua Atenas, coronada de violetas.

CORO.

¿Cuándo le veremos? ¿Qué vestido tiene? ¿Cómo es ahora?

AGORÁCRITO.

Es lo que era antes, cuando tenía por comensales a Milciades y Arístides. Vais a verle; pues yaresuenan las puertas de los Propileos[428]. Regocijaos; saludad con ruidosas aclamaciones a la admirable y celebrada Atenas; miradla qué bella parece, recobrado su antiguo esplendor, y habitada por un pueblo ilustre[429].

CORO.

¡Oh hermosa y brillante ciudad coronada de violetas![430], muéstranos al único señor de este país y de la Hélade.

AGORÁCRITO.

Vedle con las cabellos adornados de cigarras[431], con su espléndido traje primitivo, oliendo a mirra y a paz, en vez de apestar a mariscos[432].

CORO.

Salud, rey de los griegos; contigo nos congratulamos; sobre ti ha derramado la Fortuna dones dignos de esta ciudad y de los trofeos de Maratón.

PUEBLO.

¡Oh queridísimo amigo! Acércate, Agorácrito. ¡Cuánto bien me has hecho transformándome!

AGORÁCRITO.

¿Yo? Pero, buen hombre, aún no sabes lo que eras antes y lo que hacías; de otra suerte me creerías un dios.

PUEBLO.

¿Pues qué hice antes? Dime, ¿cómo era?

AGORÁCRITO.

Antes, si alguno decía en la asamblea: «Oh Pueblo, yo soy tu amigo, yo te amo de veras, yo soy el único que velo por tus intereses», al punto te levantabas del asiento y te pavoneabas arrogante.

PUEBLO.

¿Yo?

AGORÁCRITO.

Y después de engañarte se marchaba.

PUEBLO.

¿Qué dices? ¿Eso hicieron conmigo, y yo nada conocí?

AGORÁCRITO.

No es extraño: tus orejas se extendían unas veces, y otras se plegaban como un quitasol.

PUEBLO.

¡Tan imbécil y chocho me puso la vejez!

AGORÁCRITO.

Además, si dos oradores trataban, uno de equipar las naves y el otro de pagar a los jueces su salario, siempre se retiraba vencedor el que habló del sueldo, y derrotado el que propuso armar laescuadra. — ¿Pero qué haces? ¿Por qué bajas la vista? ¿No puedes estarte quieto?

PUEBLO.

Me avergüenzo de mis faltas pasadas.

AGORÁCRITO.

Pero no te aflijas; no es tuya la culpa, sino de los que te engañaron. Ahora contéstame: si algún abogado chocarrero te dice: «Jueces, no tendréis pan si no condenáis a este acusado», ¿qué le harás?

PUEBLO.

Lo levantaré en alto y lo arrojaré al Báratro[433], colgándole del cuello a Hipérbolo.

AGORÁCRITO.

¡Hola!, en esto ya andas acertado y discreto. Pero, y los otros asuntos de la república ¿cómo los arreglarás?

PUEBLO.

En cuanto lleguen al puerto los remeros de los navíos de guerra les pagaré íntegro su sueldo[434].

AGORÁCRITO.

Providencia grata a muchas asendereadas posaderas.

PUEBLO.

Después mandaré que ningún ciudadano inscrito en la lista de los hoplitas[435]pueda pasar por recomendacióna otro orden; cada cual estará en la lista donde se le apuntó al principio.

AGORÁCRITO.

Eso va derecho contra el escudo de Cleónimo[436].

PUEBLO.

Ningún imberbe podrá hablar en la asamblea.

AGORÁCRITO.

¿Y dónde perorarán Clístenes y Estratón?[437]

PUEBLO.

Hablo de esos jovenzuelos que frecuentan las tiendas de perfumes, donde charlan así: «¡Qué docto es Féax![438]¡Cuán acertada ha sido su educación! Se apodera del ánimo de sus oyentes y los conduce a su fin: es sentencioso, sabio, y muy diestro en mover las pasiones y en dominar un tumulto.»

AGORÁCRITO.

¿Acaso estás apasionado de esos charlatanes?

PUEBLO.

No, por cierto; a todos les obligaré a irse de caza, en vez de hacer decretos.

AGORÁCRITO.

Con esa condición, toma esta silla, y este robusto muchacho para que la lleve; si te agrada, puedes sentarte sobre él[439].

PUEBLO.

¡Qué felicidad recobrar mi antiguo estado!

AGORÁCRITO.

Eso lo podrás decir cuando te entregue las treguas por treinta años. ¡Hola, Treguas[440], presentaos pronto!

PUEBLO.

¡Júpiter supremo! ¡Qué hermosas son! Dime, por los dioses: ¿puede tratarse con ellas? ¿Dónde las encontraste?

AGORÁCRITO.

Pues qué, ¿no las tenía guardadas el Paflagonio para que tú no las hallases? Yo te las doy; vete al campo y llévatelas.

PUEBLO.

¿Qué castigo vas a imponer a ese Paflagonio que ha hecho tanto mal?

AGORÁCRITO.

Uno pequeño. No le impondré más que el de ejercer mi antiguo oficio: vender chorizos en las puertas, y picar carnes de perros y burros[441]. Cuando se embriague, reñirá con las prostitutas, y no beberá más agua que la de las bañeras.

PUEBLO.

Excelente idea: nadie más digno que él de destrozarse a denuestos con los bañeros y prostitutas. En recompensa de tantos beneficios te invito a venir al Pritaneo y a ocupar en él la silla de aquel miserable. Sígueme y coge esa túnica verde-rana. Conducid al Paflagonio al sitio donde ha de ejercer su oficio, para que lo vean los extranjeros a quienes solía ultrajar.

FIN DE LOS CABALLEROS.


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