LOS ACARNIENSES.
NOTICIA PRELIMINAR.
Cuando se representaronLos Acarnienses, hacía ya seis años que la guerra llamada del Peloponeso tenía en conflagración toda la Grecia, y, sembrando por doquiera la discordia, la desolación y la muerte, anulaba el resultado de los épicos combates de Maratón, Salamina y las Termópilas, y preparaba sensiblemente la ruina de la nacionalidad helena. No siendo preciso a nuestro propósito el entrar en minuciosos detalles sobre el particular, remitimos a los que deseen conocerlos a las obras de Tucídides, Diodoro Sículo, Plutarco y otros[31], donde podrán satisfacer su curiosidad cumplidamente, y nos limitaremos a espigar en el vasto campo de sus escritos las noticias más necesarias para la ilustración deLos Acarnienses.
Algunos jóvenes de Atenas, después de haberse embriagado jugando al cótabo, se dirigieron a Megara y robaron a la cortesana Simeta. Los Megarenses, en revancha, arrebataron a Aspasia dos de sus más íntimas amigas[32]. Entonces Pericles, cediendo a las instigaciones de la hermosa y discretahetaira, y más que todo, a la necesidad de sostenerse en el poder por medio de una guerra que le hiciese indispensable y distrajera a los atenienses, hizo aprobar el célebre decreto que castigaba con la pena capital a todo ciudadano de Megara que fuese cogido dentro del territorio del Ática. Los megarenses solicitaron, pero inútilmente, la derogación de este decreto, y vanas fueron también las reclamaciones hechas por los lacedemonios. Pericles se opuso con toda su influencia, y el decreto no se derogó. Tal fue el pretexto de aquella guerra funesta; pretexto decimos, porque la verdadera causa que la hizo completamente inevitable fue, como apunta el perspicaz Tucídides[33], el recelo y justificado temor que a los lacedemonios inspiraba el siempre creciente poderío de Atenas. No dejaba de haber, sin embargo, entre ambas repúblicas otros poderosos motivos de resentimiento; pero Plutarco[34]da por seguro que los espartanos jamás se hubieran puesto a la cabeza de la liga, si el decreto contra Megara hubierasido revocado, estando acorde en este punto con lo que Aristófanes dice en su comedia.
La mayoría de los atenienses, acostumbrados a vivir hasta entonces en el campo con esa independencia, abundancia y libertad que hacen la vida rústica tan agradable, viéronse obligados a buscar un refugio en la capital con sus mujeres e hijos, enviando sus ganados a la Eubea, y abandonando sus hogares y tierras cuando apenas habían concluido de repararse los estragos causados por las recientes guerras médicas. «Desamparaban llenos de dolor, dice Tucídides[35], las habitaciones y los templos a los cuales una larga posesión parecía ligarles; y al renunciar a su modo de vivir, creían dar un adiós eterno a su pueblo nativo.» La pena que naturalmente les hizo experimentar la concentración se exacerbaba cada día por lo incómodo de los alojamientos que en Atenas pudieron proporcionarse. «Muy pocos, dice el historiador citado[36], hallaron acogida en las casas de sus amigos y parientes; los más se establecieron en los sitios deshabitados de la ciudad, en los lugares consagrados a los dioses y a los héroes, en todas partes, en fin, excepto en la acrópolis, el Eleusinion[37], y otros recintos sólidamente cerrados. El mismo Pelasgicón[38], a pesar del oráculoque a su ocupación se oponía, fue también invadido, e igualmente las torres de las murallas.» Todo esto no era suficiente, sin embargo, para la inmensa afluencia de refugiados, y la mayor parte vivían mezquina y desastrosamente faltos de aire y de luz, sujetos a todo género de privaciones y miserias[39], y expuestos más tarde al furor de la espantosa peste que repetidas veces desoló a Atenas durante el decurso de la guerra. La influencia de esta, como no podía menos, dejose muy pronto sentir, introduciendo perturbaciones en el orden político y social. La discordia tiranizaba las ciudades; todo eran disensiones y atroces venganzas; las ambiciones más bajas y viles tenían espacio abierto donde tender las alas; la codicia era causa y ocasión de enriquecerse en los frecuentes tumultos; la calumnia estaba segura de ser oída y aceptada, no menos que la audacia irreflexiva o criminal de conseguir el favor de la desenfrenada muchedumbre; y a tal extremo llegaron el desorden y la perversión, que se cambió arbitrariamente la acepción de las cosas y palabras. «La inconsiderada temeridad se tuvo por valor a toda prueba; la calma prudente por hipócrita cobardía; la moderación por pretexto de timidez; y una inteligencia poco común por una grande inercia. El ciego arrojo fue el distintivo del valiente; la circunspección, un especiososubterfugio. Al hombre violento se le consideraba como el más seguro; y al que se le oponía, como sospechoso. El colmo de la habilidad era tender asechanzas a sus enemigos, y sobre todo el eludirlas, y en cambio, al que rehuía tan bajos medios se le acusaba de traidor y pusilánime. Los vínculos de la sangre eran más débiles que el espíritu de partido, este, en efecto, ligaba más fuertemente a los hombres, por lo mismo que sus asociaciones no se pactaban bajo el amparo de la ley sino con miras culpables, y en vez de estar sancionadas por el santo temor de los dioses, tenían su sola salvaguardia en la participación del crimen. Se estimaba en más el vengar una ofensa que el no haberla recibido. Los juramentos de paz solo tenían una fuerza transitoria que duraba lo que la necesidad que los había arrancado; en cuanto se ofrecía ocasión no había reparo en atacar al enemigo indefenso, prefiriéndose la vil traición al noble y descubierto combate. Manantial de todos estos males fue el afán de dominar instigado por la codicia y la ambición, envenenado después por las pasiones, despertadas al grito de la rivalidad. Los jefes de partido ostentaban en sus banderas, unos la igualdad de derechos, otros una aristocracia moderada; pero, bajo la máscara del bien general, solo trataban de suplantarse mutuamente. Daban rienda suelta a sus deseos y rencores, y sin más ley que el propio arbitrio, menospreciaban la justicia y el bien común. Llegados al poder, satisfacían sus odios personales a fuerza desentencias inicuas y descaradas violencias. Ninguno respetaba la buena fe: el dios éxito era el único en cuyos altares se sacrificaba; y el perpetrador de algún negro delito, como supiera encubrirlo con apariencias de honradez, podía estar seguro de la pública estimación. En cambio, los ciudadanos que se mantenían apartados de la política, sucumbían al furor de ambos partidos, ya por negarse a tomar parte en la lucha, ya por envidia a su tranquilidad[40].»
Tan aflictiva situación veíase además sobremanera agravada, de un lado por la escasez y carestía que se dejaba sentir como era natural después de la devastación del territorio del Ática y el consiguiente abandono de las tareas agrícolas, y de otro por una segunda invasión de la peste que debilitó extraordinariamente a Atenas, arrebatándole cuatro mil cuatrocientos hoplitas, trescientos caballeros, e incalculable número de los demás habitantes[41]. Además, las esperanzas fundadas en alianzas con reyes extranjeros habían menguado mucho, y aun no pocas se habían desvanecido por completo, visto el ningún resultado práctico de las negociaciones entabladas con Sitalces, rey de Tracia, casado con una hermana de Ninfodoro de Abdera, y con los monarcas de Persia y Macedonia. Y para colmo de males, la sabia y moderada influencia de Pericles, víctima de la peste a los dos años y medio de laguerra, se veía sustituida por la del demagogo Cleón, hombre de baja estofa, orador violento y audaz, ídolo entonces del populacho ateniense, cuyos bélicos instintos halagaba incesantemente, excitándole además contra todos aquellos ciudadanos que podían oponerse legítimamente a su poder.
En tal estado de cosas, las gentes honradas y pudientes, hartas de ser juguete de ambiciosos e intrigantes, compadecidas de la miseria pública, previendo el desastroso efecto de la guerra, cualquiera que fuese el vencedor, desconfiando del envío de auxilios extranjeros, anhelando la tranquilidad y el sosiego, se pronunciaron abiertamente por la paz. Aristófanes, haciéndose eco de tales sentimientos, compuso entoncesLos Acarnienses, comedia cuyo objeto es demostrar las ventajas de la paz, y la conveniencia de reconciliarse con Lacedemonia.
El título de esta pieza, Ἀχαρνῆς, viene deAcarna(Ἀχάρνα), demo del Ática, cuyos moradores, toscos y robustos, ejercían en su mayor parte el oficio de carboneros. No sin razón escogió Aristófanes el coro entre los ancianos de aquella comarca, pues además de estar dotados del belicoso humor que le convenía para el contraste, el territorio de Acarna fue de los primeros invadidos, hasta el punto que Arquidamo, rey de Lacedemonia, contaba con la exasperación de sus habitantes para obligar a los atenienses a una decisiva batalla en los principios de la guerra del Peloponeso. «Creía, en efecto, altomar posiciones junto a Acarna, que suministrando sus moradores al Estado hasta tres mil hoplitas, no dejarían asolar impunemente su territorio y arrastrarían a todos al combate, o que una vez tolerada la devastación no pondrían igual empeño en defender las haciendas ajenas después de la ruina de las propias[42].» El plan de Arquidamo era acertadísimo. Solo el tacto exquisito de Pericles pudo contener a los acarnienses y evitar el que en una sola partida se decidiese la suerte de Atenas.
Los acarnienses, pues, habían sido los más castigados por la guerra: seis años hacía que habían abandonado sus fértiles campos cubiertos de viñedos y los frondosos bosques donde ejercían la industria carbonera. No fue sin motivo, por consiguiente, el elegirlos para formar el coro en una comedia cuyo fin era aconsejar la paz, y el sacar de entre ellos el protagonista.
Diceópolis, identificado, como indica su nombre (δíκαιος,justo, πóλις,ciudad), con la idea de lo que debe ser una república bien administrada, acude al lugar de la Asamblea decidido a promover una discusión sobre la conveniencia de la paz. A pesar de lo grave de la situación de Atenas, encuentra el Pnix desierto, y distingue a los ciudadanos y a los pritáneos muy distraídos en la ágora con pláticas insustanciales. El buen viejo recuerda con amargura su vida pasada y su situación presente, y se confirma más y más en sus proyectos pacíficos.Ábrese al fin la sesión, y Anfiteo, que usa el primero la palabra, en cuanto propone la paz con Lacedemonia es arrojado de la Asamblea. Preséntanse después los embajadores de Atenas al rey de Persia, acompañados de Pseudartabas, elOjo del Rey, y luego Teoro, enviado a la corte de Sitalces, rey de Tracia. Diceópolis descubre sus farsas y mentiras, y exasperado por el robo de su frugal desayuno y la ineficacia de sus esfuerzos, hace levantar la sesión y encarga a Anfiteo que pacte para él y su familia una tregua particular con los lacedemonios.
A su vuelta de Esparta, Anfiteo es sorprendido y perseguido por un grupo de ancianos acarnienses, y sin tiempo más que para entregar a Diceópolis su tratado, huye precipitadamente. El furioso tropel encuentra a Diceópolis cuando se disponía a solemnizar con un sacrificio su regreso al campo. La bilis acarniense,inflamable como una encina seca, se desata contra él y tratan de matarle a pedradas; pero el astuto viejo les contiene amenazando hundir su puñal en el seno de un inocente saco de carbón. Los acarnienses, enternecidos por la desgracia que amenaza a un compañero querido, admiten parlamento. Diceópolis, comprendiendo lo apurado del trance, acude a Eurípides en busca de un traje a propósito para producir el patético. El poeta trágico accede benévolo a las súplicas del viejo socarrón, y le da a elegir los andrajos de Eneo, Fénix, Filoctetes y Belerofonte. Diceópolis escoge por último los de Telefo, que en el guardarropade Eurípides se hallaban entre los de Ino y Tiestes. Con su disfraz de mendigo heroico, arenga al coro Diceópolis y logra convencer a varios de sus compatriotas de que no todas las injusticias han sido cometidas por los lacedemonios. El resto del coro, indignado, llama en su auxilio a Lámaco, general ateniense, que es también blanco de las burlas de Diceópolis. Este acaba por abrir su mercado a megarenses y beocios, con los cuales estaba entonces prohibida toda relación mercantil. Llega un megarense y da a conocer la espantosa miseria a que su país estaba reducido. Obligado por el hambre, se propone vender sus dos hijas disfrazándolas al efecto de puercos, lo cual da lugar a una multitud de equívocos maliciosos. Un sicofanta o delator sobreviene durante la corta ausencia del protagonista, que al fin le obliga a callarse. Acude luego un beocio, inundando el mercado de todo género de comestibles, legumbres, caza, aves, anguilas y otros deliciosos manjares de que hacía tiempo estaba privada Atenas. La venta es interrumpida por Nicarco, otro delator, que acaba por ser empaquetado como una vasija en castigo de su insolencia. Diceópolis, hechas sus provisiones, se prepara a celebrar alegremente la fiesta de las Copas. Un sirviente de Lámaco, que se presenta a comprar para su dueño algunos tordos y anguilas, es rechazado entre graciosas burlas; pero la petición de una recién casada es benévolamente acogida. El coro pondera las ventajas de la paz y la felicidad de Diceópolis, y un afligido labrador contribuyea ponerlas de relieve con la relación de sus miserias. En esto, una repentina invasión obliga a Lámaco a partir, no obstante lo crudo del temporal. Con tal motivo hay una graciosísima escena abundante en contrastes cómicos entre los preparativos guerreros de Lámaco y los aprestos culinarios de Diceópolis. Parten por fin ambos y vuelven a poco, el primero herido y magullado, arrojando lastimeros gritos, y el segundo sostenido por dos lindas muchachas, bien comido y bien bebido. Por último, las lamentaciones del asendereado general son ahogadas por las aclamaciones del coro en honra de Diceópolis, dichoso vencedor en la fiesta de las Copas.
Esta comedia es una de las más notables de Aristófanes y la tercera que compuso, según la más acreditada opinión que la coloca después deLos DetalensesyLos Babilonios[43]. En toda ella se observa una alegría siempre creciente, y verdadera plétora de aquellas sales áticas que tan sabrosa hacen la poesía aristofánica. Las escenas entre Eurípides y Diceópolis y este y Lámaco son de mano maestra en su género, como el lector podrá juzgar por sí mismo, a pesar de lo mucho que con la traducción se desfigura. La pintura viva y animada de las ventajas de la paz debió sin duda hacerla apetecible a los más belicosos. Pero el carácter inconstante y voluble, que Aristófanes echa en caraa los atenienses, hizo sin duda ineficaces sus saludables consejos. ¡Tanta influencia ejercía entonces hasta sobre ciudadanos víctimas de los horrores de la guerra la audaz y arrebatada oratoria de los demagogos!
Esta comedia se representó el año 425 antes de Jesucristo, como lo indican varios pasajes de la misma[44]. Calístrato estuvo encargado del papel de Diceópolis, y la representación tuvo lugar en las fiestas Leneas, que se celebraban en el mes Gamelión (enero-febrero) y ofrecían la particularidad de no admitirse extranjeros a sus espectáculos.