LOS CABALLEROS.
NOTICIA PRELIMINAR.
Al establecer Solón el principio de la soberanía nacional, dando al pueblo reunido en asamblea amplias facultades legisladoras y administrativas, no dejó de comprender el grave peligro que la nave del Estado correría si de su dirección se encargaba una multitud ligera, frívola, olvidadiza, fácilmente impresionable, apasionada en sus decisiones, ignorante y perpetuamente inexperta como la ateniense. Entre los infinitos escollos que el sabio legislador debió prever, presentábasele indudablemente como uno de los más formidables el de los nombramientos para las altas magistraturas encargadas de importantísimas funciones. Pues si privaba a la asamblea del derecho electoral, exponíase a hacer ilusorios todos los otros, dejándola a merced de sus enemigos declarados; y si no limitaba de algún modo el ejercicio de esta prerrogativa, ¿cómo impedir que, captándose el aura popular mediante halagos y promesas, escalasen los másaltos puestos hombres sin ilustración ni patriotismo, ávidos, rapaces y predispuestos al soborno y la venalidad? Sabido es que Solón resolvió el conflicto dejando a la asamblea general la facultad de nombrar los magistrados y de exigirles cuenta de su administración, mas prescribiendo que la designación para altos cargos únicamente pudiera recaer sobre los ricos. Al efecto, adoptando como base la riqueza y prescindiendo de la aristocracia de la sangre, dividió a los atenienses en cuatro clases, a saber:Pentacosiomedimnos, que tenían una renta anual de 500 medimnas;Caballeros, cuya cosecha era de 300 a 500;Zeugitas, que recogían de 200 a 300; y Tetas (Θῆτες), todos los demás. Estos últimos, con arreglo a la constitución de Solón, no tenían más derechos políticos que el de emitir su voto en la Asamblea y formar parte de los tribunales de justicia, mientras las tres clases primeras constituían, por decirlo así, el cuerpo de electores-elegibles.
Pero las guerras médicas antes, y la del Peloponeso después, dieron al traste con tan sabias precauciones, siendo causa del desastroso estado en que la administración de Atenas se encontraba cuando Aristófanes escribióLos Caballeros. Arístides fue quien dio el primer paso en tan funesto camino, haciendo aprobar después de la batalla de Platea un decreto por el cual los ciudadanos de la última clase podían aspirar, en concurrencia con los de las otras, a las altas magistraturas: agravose más tarde el mal cuando el gobierno consignó unsalario para los asistentes a las públicas deliberaciones y empezaron a hacerse distribuciones de trigo: la clase pobre rehuyó entonces el trabajo; el aliciente del trióbolo la arrastró en masa al Pnix; la holgazanería fomentó su humor inquieto y novelero; la miseria la hizo esclava del que prometía más; y rechazando el blando freno de la ley y la prudencia con que los buenos ciudadanos intentaban sujetarla, los alejó furiosa del gobierno, y se echó ciegamente en brazos de los ambiciosos demagogos. Figuraba como el principal de estos Cleón, heredero de la influencia de Pericles y acérrimo partidario de la guerra: Tucídides nos le pinta audaz, arrebatado y violento[242], idolatrado por el pueblo ateniense, cuyo apoyo se procuraba mediante larguezas esquilmadoras del tesoro y lisonjeros discursos en que trataba de inspirarle un soberano desprecio a las fuerzas de Lacedemonia[243]. Cuéntase que, deseando dar uno de esos golpes de efecto que seducen a la muchedumbre, reunió un día a todos sus amigos y les manifestó que, hallándose a punto de administrar la república, veíase obligado a renunciar a todo género de afecciones para ajustar sus actos solo al más puro criterio de justicia. Les hechos desmintieron bien pronto estas palabras; pero la multitud, obstinada y ciega, continuó favoreciéndole hasta el punto de tolerar sus burlas e insolencias, y aun deaplaudirlas, como las de un niño mimado[244]. Sin embargo, como el pueblo ateniense era voluble y tornadizo si los hubo, empezaba ya a eclipsarse y palidecer la estrella de Cleón cuando un acontecimiento singular, reciente al ponerse en escenaLos Caballeros, vino a prestarle nuevos y más vivos resplandores. Refiriéndose constantemente la comedia de Aristófanes a este suceso, preciso es que sobre el mismo digamos algo.
Corría el año séptimo de la guerra del Peloponeso (425 antes de J. C.). Demóstenes, general ateniense, en una expedición a la Laconia, ocupó a Pilos, pequeña ciudad marítima, situada en la antigua Mesenia, a 400 estadios de Esparta, y la hizo amurallar en la expectativa de un ataque de los lacedemonios. Dieron estos al principio muy poca importancia a la dicha ocupación, considerando cosa fácil el recobrar una plaza fortificada a la ligera, defendida solo por un puñado de hombres y mal aprovisionada por añadidura. En esta confianza marcharon contra Pilos; pero no creyendo inútiles ciertas precauciones, situaron sus hoplitas en la isla Esfacteria, que extendiéndose delante de aquel puerto solo permite llegar a él por dos estrechospasos, cuya angostura dificulta sobremanera toda maniobra naval. Pensaban, pues, sin combate marítimo y sin grave riesgo, apoderarse de una plaza casi desguarnecida. Sin embargo, de tal modo se arreglaron las cosas que, contra lo que esperaban, fueron vencidos los lacedemonios en un combate, y viéronse obligados a abandonar en Esfacteria 420 soldados de las más distinguidas familias espartanas. Con objeto de librarlos, enviaron a los atenienses una embajada; pero Cleón, cuyo ascendiente sobre el pueblo no tenía entonces límites, imposibilitó todas las negociaciones con exigencias irritantes, y la guerra continuó alrededor de Pilos con más encarnizamiento que nunca.
Prolongábase el bloqueo indefinidamente; los atenienses carecían de víveres y sufrían toda clase de privaciones, mientras los lacedemonios conseguían, aunque a duras penas, introducir vituallas en la isla. El pueblo de Atenas irritose con estas dilaciones y empezó a murmurar de Cleón a quien cabía grave responsabilidad en el asunto. El audaz demagogo culpó de lo que ocurría a la ineptitud y morosidad de los generales Nicias y Demóstenes, dejándose decir públicamente que si se le confiaba el mando del ejército, se apoderaría de Esfacteria en menos de veinte días. Cogiole la palabra Nicias y le puso en grave aprieto dimitiendo su cargo: el pueblo, viendo defenderse a Cleón con evasivas, le obligó a partir por uno de esos movimientos familiares a la multitud ateniense.
Demóstenes en tanto había puesto fuego a unmontecillo de la isla, desde el cual su gente era muy hostilizada. Quemado el monte era fácil apoderarse de Esfacteria sin necesidad de refuerzos. Llegó a poco Cleón, y acompañado de Demóstenes obligó a rendirse a la guarnición lacedemonia, y volvió triunfante a Atenas con los trescientos prisioneros hechos en la isla, atribuyéndose toda la gloria de aquella hazaña. No es decible cuánto aumentó su crédito con esto; las turbas llegaron a adorar en él, con lo cual el insolente demagogo dio rienda suelta a su audacia y vejó más que nunca a todos sus enemigos[245].
A raíz de estos sucesos compuso Aristófanes su comedia intituladaLos Caballeros(Ἱππῆς) que es una violentísima sátira contra Cleón y sus secuaces. El poeta le azota sin piedad; saca a público espectáculo sus violencias y sus crímenes; acumula sobre su cabeza cuantas acusaciones pueden hacer a un hombre odioso y despreciable, y se ensaña con una virulencia de que no hay otro ejemplo en los anales literarios. Como si no le bastase haber apurado todo el diccionario de los ultrajes y dicterios, llega hasta inventar palabras nuevas para denigrarlo: Cleón enLos Caballeroses insolente, adulador, sicofanta, concusionario, venal, impudente, cobarde, calumniador, canalla, bribón, infame, recaudador sin conciencia, mina de latrocinios y abismo de perversidad: las prendas corporales marchan en armonía con las del espíritu;su continente es tosco y soez, su voz atronadora y desentonada, su faz ceñuda, sus ojos aviesos y feroces, y todo su cuerpo, en fin, sucio y pestilente. Para apreciar en su justo valor la verdad de todo este negrísimo retrato, téngase en cuenta que en Aristófanes hablaban a un tiempo el odio de partido y los resentimientos personales. Tucídides, no obstante estar afiliado también a la aristocracia, trata a Cleón con mucho menos encono; pero ya vimos enLos Acarniensesque luego de representadosLos Babilonios, Cleón había acusado a Aristófanes en la persona de Calístrato de haber entregado el pueblo al ludibrio de los extranjeros y luego había tratado de disputarle su condición de ciudadano.
El poeta después de estos ataques creyose autorizado a todo, y desafiando, como nos dice el mismo, elhuracány lastempestades:[246], lanzó contra el hombre más poderoso de su tiempo los dardos de su burla inextinguible. Pero en medio de las personalidades que afeanLos Caballeros, no puede menos de aplaudirse el ardiente patriotismo de Aristófanes, que con valor rayano en temerario le anima a decir a sus conciudadanos las más amargas verdades: en esta comedia ataca vigorosamente, en efecto, todos los vicios que iban minando la constitución de Atenas y acelerando el día de su perdición, cuales eran: la debilidad del Senado, la impudencia de los oradores, la frivolidad y presuncióndel pueblo, las concusiones de los funcionarios públicos, las calumnias de los sicofantas, el desorden de la administración, la manía de los procesos, la creciente inmoralidad de las costumbres y la funesta oposición a la paz.
El pueblo ateniense está enLos Caballerospersonificado en Δῆμος, viejo chocho y gruñón, de áspero e irascible carácter. Dos de sus esclavos, Nicias y Demóstenes, los generales de que acabamos de hablar, se quejan amargamente de que uno de sus camaradas, como perro zalamero, a fuerza de adulaciones y servilismo ha logrado sorber el sexo al buen anciano, y gobernar a su antojo toda la casa. Este tal es Cleón, al cual nunca llaman por su propio nombre, sino con los apodos de paflagonio o curtidor. Buscando un modo de librarse de tan odiosa tiranía, consiguen apoderarse de un oráculo, en el cual se predice que debe ser suplantado por un choricero. Apenas han concluido de enterarse de la preciosa profecía, aparece uno de aquel oficio en la plaza pública: Nicias y Demóstenes se apresuran a anunciarle su futura gloria, y logran vencer sus escrúpulos y resistencia. «¿Pero cómo yo, simple choricero, les dice, puedo llegar a ser un gran personaje? — Por eso mismo, porque eres un canalla, audaz y salido de la hez del pueblo. — Si no he recibido la menor instrucción; si solo sé leer, y eso mal...» alega batiéndose ya en retirada. A lo lo cual replican: «Precisamente lo único que te perjudica es saber leer, aunque mal, porque has de tener presente que el gobierno popular no pertenecea los hombres ilustrados y de intachable conducta, sino a los ignorantes y perdidos.» Con tan sangrienta ironía ataca Aristófanes a la democracia.
Cleón aparece entonces vomitando calumnias, y a su vista el choricero huye despavorido: el coro, formado deCaballeros, acude a socorrerle, y lanza una granizada de denuestos sobre el paflagonio; el choricero se anima poco a poco; entáblase entre ambos contendientes un certamen sobre cuál es más bribón, desvergonzado y canalla, y el choricero vence. Cleón acude al Senado y al Pueblo, y su rival consigue nuevos triunfos, hasta que al fin se presenta con el anciano Demo, completamente remozado y embellecido, y con firmes propósitos de enmendarse. Para probar su arrepentimiento el Pueblo arroja al paflagonio de su presencia, y celebra lasdulzuras de la paz.
Respecto a la dificultad de apreciar el mérito literario deLos Caballeros, dice el Sr. Camus: «Dos circunstancias de gran bulto hacen que no podamos recrearnos con esta pieza tanto como se recrearon los espectadores atenienses: es la primera el ningún interés que para nosotros tiene el personaje satirizado por el poeta, y por tanto, no tienen ya el efecto cómico que hubieron de tener entonces las mordaces alusiones a sus rasgos personales; y la segunda, que por estar erizado su estilo de enigmas y anécdotas de aquel tiempo, por grande que sea nuestra erudición, por grande que sea nuestro conocimiento de las cosas de aquella época porsiempre memorable, nunca llegaremos a comprenderlas todas lo bastante para poder disfrutar de toda la gracia que contienen, quedando siempre algo ininteligible y oscuro.»[247]Mas a pesar de todo, se nota en esta comedia que el vigor del ataque, la seria indignación que hervía en el alma del poeta, y tal vez el convencimiento de los peligros a que le dejaba expuesto su filípica teatral, hacen sin duda que en ella no se encuentren con la ordinaria abundancia la inagotable inventiva, la vis cómica, las sabrosas sales, las ingeniosas alegorías, las chispeantes burlas, la ática ironía características del teatro aristofánico. La realidad se ve demasiado clara, y la verdad se muestra demasiado al desnudo, sin que el velo de la ficción, tan necesario en todo poema dramático, suavice la dureza de sus contornos y dulcifique la acritud de su colorido; «solo al fin, dice un traductor de Aristófanes,[248]cuando el poeta ha desahogado ya su bilis contra Cleón su enemigo, vuelve a aparecer la inextinguible vena de sus chistes en la lucha de adulaciones y zalamerías que el choricero y el curtidor entablan para granjearse el afecto del Pueblo.» Es también de admirar enLos Caballerosla pericia de consumado general con que Aristófanes previene los peligros y consecuencias de suagresión, ligando a su propia causa la de los acaudalados propietarios, de entre los cuales formó el coro, no designando nunca por su nombre a Cleón, por más que se le vea, dice Brumoy[249], detrás de una alegoría de gasa; y por último, lisonjeando los instintos de la multitud, abofeteada en la persona de Pueblo, con su regeneración y embellecimiento final.
El hecho de no haber querido ningún actor encargarse del papel de paflagonio ni haberse encontrado en Atenas artista alguno que quisiera hacer su máscara, demuestra elocuentemente la necesidad de estas precauciones: el mismo Aristófanes con la cara embadurnada tuvo que representar al peligroso personaje.
Los Caballerosse pusieron en escena en las fiestasLeneas, a raíz de los acontecimientos de Pilos, el 425 antes de Jesucristo, habiendo obtenido el primer premio.