LOS CABALLEROS.

LOS CABALLEROS.

DEMÓSTENES.

¡Oh qué calamidad! ¡Ojalá confundan los dioses a ese recién venido Paflagonio[250]y a sus malditos consejos! Desde que, en mal hora, se introdujo en esta casa[251], no cesa de apalear a los esclavos.

NICIAS.

¡Ojalá perezca desastradamente con sus infames calumnias!

DEMÓSTENES.

¿Cómo lo pasas, desdichado?

NICIAS.

Muy mal, lo mismo que tú.

DEMÓSTENES.

Ven acá: mezclemos nuestros gemidos, imitando los cantos plañideros de Olimpo.[252]

DEMÓSTENES Y NICIAS.

Mumu, mumu, mumu, mumu, mumu, mumu.

DEMÓSTENES.

¿A qué lamentos inútiles? ¿No convendría más buscar otro medio de mejorar nuestra suerte, y dejarnos de llantos?

NICIAS.

¿Cuál podrá ser ese medio? Dímelo.

DEMÓSTENES.

Dímelo tú; no quiero disputar contigo.

NICIAS.

No, ¡por Apolo! No he de ser yo el primero; habla sin temor; después hablaré yo.

DEMÓSTENES.

«¡Ojalá me dijeses lo que debo decir!»[253]

NICIAS.

No me atrevo. ¿Cómo haré para decir eso discretamente, a la manera de Eurípides?

DEMÓSTENES.

¡Aparta, aparta, no me llenes de verdolagas![254]Más vale que inventes un canto de libertad.[255]

NICIAS.

Di, pues, de una vez:pasemos.[256]

DEMÓSTENES.

Sea; ya digopasemos.

NICIAS.

Añadea élapasemos.

DEMÓSTENES.

A él.

NICIAS.

Perfectamente. Ahora, como si te arrascases, di primero despacito:Pasemos, y repítelo después, aprisa, añadiendoa él.

DEMÓSTENES.

Pasemos,pasemos a él,pasemos a él.

NICIAS.

¡Eh! ¿No es delicioso?

DEMÓSTENES.

Sin duda; pero temo que este oráculo sea funesto a nuestra piel.

NICIAS.

¿Por qué motivo?

DEMÓSTENES.

Porque arrascándose suele arañarse la piel.[257]

NICIAS.

En el actual estado de las cosas, creo que lo mejor será acercarnos suplicantes a la estatua de cualquier dios.

DEMÓSTENES.

¿A qué estatua? ¿Acaso crees que hay dioses?

NICIAS.

Yo sí.

DEMÓSTENES.

¿En qué te fundas?

NICIAS.

En que soy aborrecido por ellos. ¿No tengo razón?

DEMÓSTENES.

Me has convencido.

NICIAS.

Pero hablemos de otra cosa.

DEMÓSTENES.

¿Quieres que manifieste todo el asunto a los espectadores?

NICIAS.

No será malo: pero antes roguémosles que con la expresión de su fisonomía muestren si les son gratos nuestros argumentos y palabras.[258]

DEMÓSTENES.

Principio ya. Tenemos un amo, selvático, voraz por las habas,[259]irascible, tardón y algo sordo; se llama Pueblo Pniciense. El mes último compró un esclavo, zurrador paflagonio, lo más intrigante y calumniador que puede imaginarse. El tal Paflagonio, conociendo el carácter del viejo, empezó, como perro zalamero, a hacerle la rosca, a adularle, a acariciarle y a sujetarle con sus correíllas,[260]diciéndole: «¡Dueño mío! vete al baño, que ya es bastante trabajo el sentenciar un pleito; toma un bocadillo, echa un trago, come, cobra los tres óbolos.[261]¿Quieres que te sirva la comida?» Y arrebatando después lo que cada uno de nosotros había dispuesto para sí, se lo ofrecía generosamente al viejo. Últimamente le había yo preparado en Pilos[262]un pastel lacedemonio; pues bien, no sé dequé manera se las arregló ese bribón pero el caso es que me lo escamoteó y se lo ofreció al amo como cosa suya. Nos aparta cuidadosamente del anciano Pueblo y no nos permite servirle. Armado de su mosquero de correas,[263]se coloca junto a su señor cuando cena, y espanta a los oradores y pronuncia oráculos, y le ha llenado al viejo la cabeza de profecías. Cuando le ve ya chocho, pone manos a la obra. Acusa y calumnia a todos los de la casa y nos muelen a golpes. El mismo Paflagonio corre alrededor de los criados, les pide, les acosa, les arranca regalos, diciéndoles: «¿Veis cómo por mi causa le sacuden a Hilas? ¡Si no hacéis lo que quiero, moriréis hoy mismo!» Y nosotros le damos cuanto pide, pues si no, pateados por el viejo, aflojaríanos ocho veces más.[264]Tratemos, pues, cuanto antes, amigo mío, del camino que debemos seguir y a dónde debemos ir a parar.

NICIAS.

Lo mejor será lo que antes hemos dicho: huir.

DEMÓSTENES.

Pero si nada puede hacerse sin que lo vea ese maldito Paflagonio: él mismo lo inspecciona todo. Tiene un pie en Pilos y el otro en la asamblea. Esta inmensa separación de sus piernas hace que sus nalgas caigan sobre Caonia, mientras sus dos manosestán pidiendo en Etolia y su imaginación robando en Clopidia.[265]

NICIAS.

Lo mejor será morir. Mas procura que muramos como valientes.

DEMÓSTENES.

¿Cómo nos arreglaremos para morir como valientes?

NICIAS.

Lo mejor será beber sangre de toro. ¿Hay muerte más apetecible que la de Temístocles?[266]

DEMÓSTENES.

Sangre no, por mi vida; mejor será vino del Buen Genio. Quizá se nos ocurra alguna idea excelente.

NICIAS.

¡Ah! ¡Vino! Luego se trata de beber. ¿Pero qué idea buena puede ocurrírsele a un hombre ebrio?

DEMÓSTENES.

Pues ya lo creo; bebes tanta agua que solo aciertas a decir necedades. ¿Te atreves a acusar al vinode que turba la razón? ¿Acaso hay nada de más eficaces resultados? Escucha: los hombres cuando beben son ricos, afortunados en sus negocios, ganan los pleitos y son felices y útiles a sus amigos. Ea, tráeme pronto una copa de vino para que riegue mi espíritu y diga alguna gracia.

NICIAS.

¡Ay de mí! ¿Qué vamos a sacar de que tú bebas?

DEMÓSTENES.

Mil ventajas; pero trae la copa: voy a recostarme aquí. Si llega a alegrarme el vino, ya verás cómo inundo estos contornos de conceptitos, sentencitas y argumentillos.

(Entra un momento en la casa y vuelve con el vino.)

NICIAS.

¡Qué suerte! nadie me ha sorprendido.

DEMÓSTENES.

¡Di! ¿Qué hace el Paflagonio?

NICIAS.

Harto de vino y panes denunciados, el muy bribón ronca tendido sobre sus cueros.

DEMÓSTENES.

Entonces escánciame vino con mano pródiga, como si fuera para una libación.

NICIAS.

Toma y haz una libación en honor del Buen Genio;[267]bebe, bebe el vino del Genio de Pramnio.[268]

DEMÓSTENES.

¡Oh Buen Genio! esta idea no es mía, sino tuya.

NICIAS.

¡Cómo! ¡Habla pronto! ¿Qué se te ha ocurrido?

DEMÓSTENES.

Entra en la casa mientras duerme, y escamotéale sus oráculos al Paflagonio.

NICIAS.

Lo haré. Mas temo que esa idea te la haya inspirado un Mal Genio.

DEMÓSTENES.

Anda. En tanto llenaré yo mismo la copa. Tal vez este riego haga germinar en mi cerebro alguna buena idea.

(Entra en la casa Nicias y vuelve en seguida.)

NICIAS.

¡Con qué furia ronca y se desahoga el Paflagonio! Así es que le he sustraído sin dificultad aquel sagrado oráculo que guardaba cuidadosamente.

DEMÓSTENES.

¡Tu destreza no tiene rival! Dámelo para que lo lea. En tanto échame vino a toda prisa. — Veamos lo que dice. ¡Oh, qué precioso hallazgo! Dame, dame pronto la copa.

NICIAS.

Toma. ¿Qué dice el oráculo?

DEMÓSTENES.

Lléname otra.

NICIAS.

¡Cómo! ¿El oráculo dice: «Lléname otra»?

DEMÓSTENES.

¡Oh Bacis![269]

NICIAS.

¿Pero qué es ello?

DEMÓSTENES.

Dame pronto la copa.

NICIAS.

Sin duda Bacis menudeaba los tragos.

DEMÓSTENES.

¡Maldito Paflagonio! ¡Por eso guardabas hace tanto tiempo este oráculo que se refiere a ti!

NICIAS.

¿Cómo?

DEMÓSTENES.

Aquí se dice cómo ha de perecer.

NICIAS.

Pero ¿cómo?

DEMÓSTENES.

¿Cómo? El oráculo dice terminantemente que primero habrá un vendedor[270]de estopas que gobernará la república.

NICIAS.

Ya hemos tenido el vendedor. ¿Y después?

DEMÓSTENES.

Será el segundo un tratante en ganado.[271]

NICIAS.

Ya van dos comerciantes. Y a ese ¿qué le sucederá?

DEMÓSTENES.

Mandará hasta que aparezca otro hombre más perverso que él. Caerá entonces, reemplazándole un Paflagonio, comerciante en pieles, ladrón, alborotador y de voz ensordecedora como la del torrente Ciclóboro.[272]

NICIAS.

¿El tratante en ganado debía, pues, ser derribado por el comerciante en pieles?

DEMÓSTENES.

Sí, por cierto.

NICIAS.

¡Infeliz de mí! ¿Dónde podremos encontrar otro comerciante?

DEMÓSTENES.

Aún hay otro de astucia extraordinaria.

NICIAS.

¿Quién? Por favor, ¿quién es?

DEMÓSTENES.

¿Lo diré?

NICIAS.

Sí, por Júpiter.

DEMÓSTENES.

Un choricero será quien le derribe.

NICIAS.

¡Un choricero![273]¡Nobilísimo oficio, por Neptuno! ¿Pero dónde hallaremos a ese hombre?

DEMÓSTENES.

Busquémosle.

NICIAS.

Ahora entra uno en el mercado; los dioses nos le envían.

(Entra elChoricerocon una tabla llena de embutidos.)

DEMÓSTENES.

¡Ven, ven, choricero dichoso! ¡Adelante, hombre querido, a quien está reservada nuestra salvación y la de la república!

EL CHORICERO.

¿Qué es esto? ¿Por qué me llamáis?

DEMÓSTENES.

Ven acá, y escucha tu feliz y afortunado destino.

NICIAS.

Ea, cógele el tablero y entérale del oráculo del dios, y de su contenido. Yo voy a ver lo que hace el Paflagonio.

DEMÓSTENES.

Vamos, deja primero en el suelo tus mercancías, y adora después a la tierra y a los dioses.

EL CHORICERO.

Heme aquí. ¿Qué es ello?

DEMÓSTENES.

¡Mortal bienaventurado! ¡Mortal opulento, que hoy no eres nada, y mañana lo serás todo! ¡Oh jefe de la afortunada Atenas!

EL CHORICERO.

¿Por qué, buen hombre, te burlas de mí y no me dejas lavar estas tripas ni vender estos chorizos?

DEMÓSTENES.

¿Qué tripas? ¡Insensato! mira allí. ¿Ves esas filas de ciudadanos?[274]

EL CHORICERO.

Las veo.

DEMÓSTENES.

Pues bien, tú serás su jefe, y el jefe del mercado, y de los puertos y de la Asamblea; pisotearás al Senado; destituirás a los generales, les cargarás de cadenas, los reducirás a prisión y establecerás tu mancebía en el Pritaneo.

EL CHORICERO.

¿Yo?

DEMÓSTENES.

Sí, tú; y aún no lo ves todo. Súbete sobre ese tablero y mira todas las islas del rededor.[275]

EL CHORICERO.

Las veo.

DEMÓSTENES.

Bueno; ¿y los mercados y las naves de carga?

EL CHORICERO.

También.

DEMÓSTENES.

¿Puede haber fortuna mayor? Dirige ahora el ojo derecho a Caria y el otro a Calcedonia.[276]

EL CHORICERO.

¿De modo que mi gran fortuna va a ser quedarme bizco?

DEMÓSTENES.

No; túvenderás[277]todo eso. Porque llegarás a ser, como el oráculo lo dice, un gran personaje.

EL CHORICERO.

¿Pero cómo yo, que soy un choricero, llegaré a ser un personaje?

DEMÓSTENES.

Por eso mismo llegarás a ser un grande hombre; porque eres un canalla audaz, salido de la hez del pueblo.

EL CHORICERO.

Me creo indigno de ser grande.

DEMÓSTENES.

¡Pobre de mí! ¿De qué te crees indigno? Parece que aún abrigas algún buen sentimiento. ¿Acaso perteneces a una clase honrada?

EL CHORICERO.

No, por los dioses; pertenezco a la canalla.

DEMÓSTENES.

¡Oh mortal afortunado! ¡De qué felices dotes de gobierno te ha colmado la naturaleza!

EL CHORICERO.

Pero, buen amigo, si no he recibido la menor instrucción; si solo sé leer, y eso mal.

DEMÓSTENES.

Precisamente lo único que te perjudica es saber leer, aunque sea mal. Porque el gobierno popular no pertenece a los hombres instruidos y de intachable conducta, sino a los ignorantes y perdidos. No desprecies lo que los dioses te prometen en sus predicciones.

EL CHORICERO.

Veamos; ¿qué dice ese oráculo?

DEMÓSTENES.

Se expresa muy bien, por los dioses, y con una alegoría elegante y no muy oscura. «Pero cuando el águila pelambrera, de ganchudas uñas, por la cabeza sujete al estúpido dragón bebedor de sangre, entonces la salmuera con ajos de los paflagonios perecerá, y el Numen a los tripacalleros concederá insigne gloria; a no ser que prefieran continuar vendiendo embutidos.»[278]

EL CHORICERO.

¿Qué tiene eso que ver conmigo? Explícamelo.

DEMÓSTENES.

El águila pelambrera es nuestro Paflagonio.

EL CHORICERO.

¿Qué significa eso «de ganchudas uñas?»

DEMÓSTENES.

Eso quiere decir que con sus manos todo lo arrebata y se lo lleva.

EL CHORICERO.

¿Y lo del dragón?

DEMÓSTENES.

Eso está clarísimo. El dragón es largo y el chorizo también. Y el chorizo y el dragón se llenan de sangre. Así es que el dragón, dice el oráculo, podrá vencer al águila pelambrera si no se deja engañar por palabras.

EL CHORICERO.

Me lisonjean, por vida mía, sus vaticinios; mas no acierto a comprender cómo puedo ser apto para los negocios políticos.

DEMÓSTENES.

Muy fácilmente. Haz lo mismo que ahora: embrolla y revuelve los negocios como acostumbras a hacer con los intestinos, y conquista el cariño del pueblo engolosinándole con proposiciones culinarias. Tus cualidades son las únicas para ser un demagogo a pedir de boca: voz terrible; natural perverso; impudencia de plazuela; en fin, cuanto se necesita para gobernar la república. Los oráculos y el mismo Apolo Pitio te designan para ello. Ea, ponte una corona, haz una libación a laNecedad,[279]y ataca a tu rival denodadamente.

EL CHORICERO.

¿Y quién me ayudará? Los ricos le temen; la pobre plebe tiembla en su presencia.

DEMÓSTENES.

Pero hay mil honrados Caballeros[280]que le detestan y que te defenderán; en tu auxilio vendrán todos los ciudadanos buenos y probos, todos los espectadores sensatos y yo con ellos, y hasta los mismos dioses. No temas; ni siquiera verás su rostro, pues ningún artista se ha atrevido a esculpir su máscara. Sin embargo, ya se le conocerá; los espectadores no son lerdos.

(Sale Cleón.)

EL CHORICERO.

¡Desdichado de mi! Ya sale el Paflagonio.

CLEÓN.

No quedará impune, lo juro por los doce grandes dioses, la conspiración que estáis tramando contra el pueblo hace tanto tiempo. ¿Qué hace aquí esta copa de Calcis?[281]No cabe duda de que tratabais de sublevar a los calcidenses. Pereceréis, moriréis sin remedio, pareja de malvados.

DEMÓSTENES.

¡Eh, tú! ¿Por qué huyes? Quédate, ilustre choricero. No abandones la empresa. Acudid, Caballeros: llegó la hora. Simón, Panecio, colocaos en el ala derecha. Ya se acercan. Persiste tú también y dale cara de nuevo. El polvo que levantan te anuncia que ya llegan; resístele, acométele, hazle que huya.

CORO DE CABALLEROS.

Hiere, hiere a ese canalla enemigo de los Caballeros, recaudador sin conciencia, abismo de perversidad, mina de latrocinios, y canalla y cien veces canalla; y siempre canalla, nunca me cansaré de decírselo, pues lo es más cada día. Pero sacúdele, síguele, zarandéale, expulsa a ese bribón; maldícele como nosotros y persíguele gritando. Cuidado no se te escabulla; mira que sabe los caminos por donde Éucrates se escapó al salvado.[282]

CLEÓN.

Ancianos heliastas,[283]cofrades del trióbolo, a quienes yo alimento con mis justas o injustas denuncias, socorredme: estos hombres se han conjurado para sacudirme.

CORO.

Y nos sobra razón, porque tú te apoderas de los bienes de todos y los consumes antes de que sean distribuidos; y después tanteas y oprimes a los que han de dar las cuentas, como se tantea un higo para ver si está verde o maduro; y cuando ves alguno de carácter débil y pacífico, le haces venir del Quersoneso,[284]le agarras por la cintura, le echas los brazos al cuello, le armas la zancadilla, y después de arrojarlo al suelo te lo tragas de un solo bocado.[285]Tú siempre estás acechando a los ciudadanos sencillos y mansos como ovejas, honrados y enemigos de pleitos.

CLEÓN.

¿Todos os subleváis contra mí? Y sin embargo, ciudadanos, por vuestra causa soy apaleado, pues iba a proponer en el Senado que se construyese en la ciudad un monumento conmemorativo de vuestro valor.

CORO.

¡Qué hablador y qué astuto! Mira como se arrastra a nuestro alrededor y trata de engañarnos como si fuéramos unos viejos chochos. Mas si vence por estos medios, con ellos será castigado; si se inclina hacia aquí, le plantaré un puntapié.

CLEÓN (apaleado).

¡Oh pueblo! ¡Oh ciudadanos! ¡Qué fieras me patean el vientre!

CORO.

¿También tú gritas, destructor de la república?

EL CHORICERO.

Yo me comprometo a ahuyentarle al punto con mis gritos.

CORO.

Si tus gritos son mayores, te proclamaremos vencedor; si le sobrepujas en desvergüenza, nuestra será la victoria.

CLEÓN.

Yo delato a ese hombre, y sostengo que ha llevado la salsa de sus mercancías a las naves peloponesias.[286]

EL CHORICERO.

Y yo, voto a bríos, acuso a este de haber ido al Pritaneo con el estómago vacío, y haber vuelto de él con el vientre lleno.[287]

DEMÓSTENES.

Y además, saca de allí cosas prohibidas, carne, pan y pescado, lo cual nunca consiguió ni el mismo Pericles.

CLEÓN.

Los dos vais a morir.

EL CHORICERO.

Gritaré tres veces más que tú.

CLEÓN.

Te aturdiré con mis voces.

EL CHORICERO.

Te ensordeceré con mis gritos.

CLEÓN.

Te acusaré cuando seas general.

EL CHORICERO.

Te deslomaré como a un perro.

CLEÓN.

Ya te cortaré los vuelos.

EL CHORICERO.

Ya te atajaré el camino.

CLEÓN.

Mírame de frente.

EL CHORICERO.

También yo me he criado en la plaza.

CLEÓN.

Si resuellas, te hago trizas.

EL CHORICERO.

Si hablas, te cubro de estiércol.

CLEÓN.

Yo confieso que soy un ladrón: tú lo niegas.

EL CHORICERO.

Por Mercurio, dios del mercado, lo negaré con juramento aunque me cojan infraganti.

CLEÓN.

Quieres adornarte con méritos ajenos. Te acusaré ante los pritáneos[288]de que tienes vientresde víctimas que no han pagado su diezmo a los dioses.

CORO.

¡Infame, bribón, bocaza; tu audacia llena toda la tierra, toda la asamblea, las oficinas de recaudación, los procesos, los tribunales! ¡Removedor de fango, tú has enturbiado la limpieza de la república, y ensordecido a Atenas con tus estentóreos clamores: tú desde lo alto del poder acechas las rentas públicas, como desde un peñasco acecha el pescador los atunes!

CLEÓN.

Ya sé yo donde se ha adobado[289]esta conspiración.

EL CHORICERO.

Si tú no supieses adobar pieles, yo no sabría hacer embutidos; tú que vendías a los labradores la piel de un buey enfermo, curtida de suerte que parecía más gruesa, y apenas la habían llevado un día se estiraba dos palmos.

DEMÓSTENES.

¡A mí me jugó la misma mala pasada! ¡Cuánto se burlaron mis compañeros y vecinos! Antes de llegar a Pérgasas[290]ya nadaba en mis zapatos.

CORO.

¿No has hecho desde el principio ostentación de desvergüenza, arma única de los oradores? Tú, que eres el jefe de esa impudente gavilla, sonsacas alos extranjeros opulentos; por eso el hijo de Hipodamo[291]llora cuando te mira; pero ha aparecido, ¡cuánto me alegro!, otro hombre más bribón que tú, que te arrojará del puesto, y, a lo que parece, te vencerá en audacia, intrigas y maquinaciones. (Al Choricero.) Tú, que te has criado aquí,[292]de donde salen los hombres que valen algo, demuéstranos cuán inútil es una educación honrada.

EL CHORICERO.

Escuchad, pues, quién es este ciudadano.

CLEÓN.

¿No me dejarás hablar?

EL CHORICERO.

No por cierto; también yo soy un canalla.

CORO.

Si eso no le convence, dile que también fueron canallas tu padre y tu madre.

CLEÓN.

¿No me dejarás hablar?

EL CHORICERO.

No.

CLEÓN.

Sí.

EL CHORICERO.

No, por Neptuno. Discutamos antes para ver a quién le corresponde hablar el primero.

CLEÓN.

¡Oh, voy a estallar!

EL CHORICERO.

No te dejaré.

CORO.

Déjale, por los dioses te lo pido; déjale que estalle.

CLEÓN.

¿En qué confías para creerte digno de contradecirme?

EL CHORICERO.

En que sé hablar y hacer chorizos.

CLEÓN.

¡Hablar! Será bueno, si se te presenta algún asunto, ver cómo lo haces picadillo y lo embutes sin dificultad. ¿A que sé lo que te ha pasado? Lo mismo que a otros muchos. Sin duda has ganado un pleito contra algún infeliz extranjero domiciliado[293]a fuerza de soñar con tu defensa toda la noche, de hablar a solas en las calles, de beber agua, y ensayarte cien veces con gran molestia de tus amigos; y sin más te crees ya un elocuente orador. ¡Qué estupidez!

EL CHORICERO.

¿Y tú qué licor has bebido para hacer callar con tu charlatanería a toda la ciudad?

CLEÓN.

¿Y habrá quien se atreva a oponérseme? A mí, que después de comer una caliente tajada de atún, y de beber una copa de buen vino, soy capaz de hacer un corte de mangas a todos los generales de Pilos.

EL CHORICERO.

Yo, que después de tragarme todos los tripacallos de un buey y el vientre de un cerdo, y de beberme encima la salsa, soy capaz de estrangular a todos los oradores y de volver turulato al mismo Nicias.

CORO.

Me parece bien cuanto has dicho; solo me desagrada el que pienses beberte toda la salsa.

CLEÓN.

¿A que no te atreves con los milesios,[294]solo por comer percas de mar?

EL CHORICERO.

¿A que si me como un lomo de buey recobro las minas?[295]

CLEÓN.

¿A que si me arrojo sobre el Senado lo trastorno todo?

EL CHORICERO.

¿A que hago una morcilla con tu intestino recto?

CLEÓN.

¿A que te aplico un puntapié, y sales de cabeza?

EL CORO.

¡Eh! por Neptuno, para que ese salga tienes que echarme a mí antes.

CLEÓN.

¡En qué cepo de madera[296]te voy a meter!

EL CHORICERO.

Te acusaré de cobardía.

CLEÓN.

Cubriré sillas con tu piel.

EL CHORICERO.

Te desollaré para hacer un zurrón de bandidos.

CLEÓN.

Te clavaré en el suelo.

EL CHORICERO.

Te haré picadillo.

CLEÓN.

Te arrancaré los párpados.

EL CHORICERO.

Te reventaré el buche.

DEMÓSTENES.

¡Por Júpiter! Metámosle un palo en la cabezacomo hacen los cocineros, arranquémosle la lengua, y mirando a placer por el agujero del ano, veamos si tiene lamparones.[297]

CORO.

Hay, pues, otras cosas más ardientes que el fuego, y en la ciudad palabras más desvergonzadas que la desvergüenza misma. No hay que despreciar este asunto. Empújale, derríbale, nada hagas a medias: en cuanto consigas que flaquee en el primer encuentro, verás que es un cobarde. Nosotros le conocemos bien.

EL CHORICERO.

Siempre lo ha sido, y sin embargo, ha pasado por valiente, sin más que por haberse dado maña a recoger la cosecha ajena. Ahora deja que se sequen en las prisiones aquellas espigas y pretende venderlas.[298]

CLEÓN.

No os temo mientras exista el Senado, y el Pueblo continúe siendo estúpido.

CORO.

¡Qué desvergonzado es en todo! ¡Ni siquiera se le muda el color! Si no te aborrezco, permita Júpiter que sirva a Cratino de colchón[299]y que tengaque aprender a cantar toda una tragedia de Morsimo.[300]

¡Y tú, que como la abeja que vaga de flor en flor andas pidiendo regalos a todos en todas partes, ojalá los devuelvas con la misma facilidad que los adquieres! Entonces podremos cantar: «Brinda, brinda a la buena fortuna.»[301]Entonces hasta el hijo de Julio,[302]ese viejo acaparador de trigo, cantará alegremente al dios Peán y a Baco.

CLEÓN.

¡Os juro por Neptuno que no me excederéis en desvergüenza! De otra suerte, permita el cielo que no asista a los sacrificios de Júpiter, protector del mercado.[303]

EL CHORICERO.

Y yo juro por los infinitos puñetazos que por mil tunantadas diversas me han sacudido desde la niñez, y por mis cien cuchilladas, que espero vencerte en esta contienda, o si no, me será inútil esta corpulencia adquirida a fuerza de comer migajonesdestinados a limpiarse la grasa de los dedos.[304]

CLEÓN.

¡Migajones, como un perro! ¿Y tú, miserable, que te has alimentado como un perro, quieres reñir con un cinocéfalo?[305]

EL CHORICERO.

¡Eh, por Júpiter! también yo cometía mis fraudes cuando chico. Engañaba a los cocineros diciéndoles: «Mirad, muchachos, ¿no veis? Ya viene la primavera, la golondrina.»[306]Ellos miraban, y mientras tanto yo les atrapaba muy buenas tajadas.

CORO.

¡Astucia admirable! ¡Inteligencia precoz! Como los aficionados a comer ortigas,[307]hacías tu cosecha antes de volver las golondrinas.

EL CHORICERO.

La mayor parte de las veces no me veían; pero si alguno lo notaba, escondía la carne entre los muslos, y juraba por todos los dioses que nada tenía.Por lo cual dijo un orador que me vio: «Es imposible que ese muchacho no llegue a gobernar la república.»

CORO.

Acertó en su pronóstico. Claro está en qué se fundaba: en que negabas descaradamente el hurto, mientras lo escondías entre las nalgas.

CLEÓN.

Yo reprimiré tu audacia, o más bien, la de los dos. Me arrojaré sobre ti con ímpetu horrendo, y, a modo de violento torbellino, revolveré los mares y la tierra.

EL CHORICERO.

Pero yo formaré con mis chorizos una balsa, y encomendándome sobre ella a las olas propicias, te daré que sentir.

DEMÓSTENES.

Y yo vigilaré en la sentina, por si acaso se raja.

CLEÓN.

No, por Ceres lo juro; no has de disfrutar impunemente de los talentos que has robado a Atenas.

CORO.

Cuidado, amaina un poco las velas; empieza a soplar un viento de calumnias y delaciones.

EL CHORICERO.

Me consta que has sacado diez talentos de Potidea.[308]

CLEÓN.

¿Quién? ¡Yo! ¿Quieres uno por callar?

CORO.

Con gusto lo tomaría. Pero tú ya desamarras.

EL CHORICERO.

El viento cede.

CLEÓN.

Voy a hacer que te formen cuatro causas de cien talentos cada una.[309]

EL CHORICERO.

Y yo a ti veinte por deserción, y más de mil por robo.

CLEÓN.

Yo digo que desciendes de los profanadores de la Diosa.[310]

EL CHORICERO.

Y yo, que tu abuelo fue uno de los satélites...

CLEÓN.

¿De quién? Di.

EL CHORICERO.

De Birsina, esposa de Hipias.[311]

CLEÓN.

Eres un impostor.

EL CHORICERO.

Y tú un bandido.

CORO.

¡Dale duro!

CLEÓN.

¡Ay, ay! Los conspiradores me matan a palos.

CORO.

Dale, dale duro; azótale el vientre con manojos de intestinos; castígale sin piedad.

¡Oh admirable corpulencia! ¡Oh esforzado corazón, salvador de la república y de los ciudadanos! ¡Con qué hábil oratoria has sabido vencerle! ¡Ojalá pudiéramos alabarte como deseamos!

CLEÓN.

No se me ocultaba, por Ceres, esta fábrica de intrigas: bien sabía yo que aquí se encolaban todas.[312]

CORO.

¿Y tú no le dirás algún término de constructor de carretas?

EL CHORICERO.

Tampoco se me oculta lo que está fraguando en Argos. Finge que trata de conciliarnos su alianza, y celebra en tanto conferencias secretas con los lacedemonios. Sé para qué se atiza este fuego; para forjar las cadenas de los cautivos.

CORO.

¡Bravo, bravo! forja tú mientras él encola.

EL CHORICERO.

Allí tienes hombres que te ayudan en la obra;[313]mas nunca, aunque me des todo el oro y plata del mundo y me envíes a todos mis amigos para que me calle, nunca conseguirás que yo oculte la verdad a los atenienses.

CLEÓN.

Iré al punto al Senado y delataré a todos vuestra conjuración, vuestras reuniones nocturnas contra la república, vuestra connivencia con el rey persa, y ese negocio con los de Beocia que tratáis de que cuaje.

EL CHORICERO.

¿Pues qué precio tiene el queso de Beocia?[314]

CLEÓN.

¡Por Hércules, te voy a desollar vivo!

CORO.

Ea, demuéstranos ahora ingenio y valor; tú, que, como acabas de confesarlo, escondías en otro tiempo la carne entre los muslos. Corre al Senado sin perder un instante, pues ese va a calumniarnos a todos, vociferando como acostumbra.

EL CHORICERO.

Voy allá; pero antes permitidme que deje aquí estas tripas y cuchillos.

CORO.

Lleva solo esa enjundia para untarte el cuello y poder escurrirte si la calumnia te agarra.[315]

EL CHORICERO.

Buen consejo; así se acostumbra en la palestra.

CORO.

Toma, y cómete también esos ajos.[316]

EL CHORICERO.

¿Para qué?

CORO.

Para que al combatir harto de ajos, tengas más fuerza, amigo mío. Pero anda pronto.

EL CHORICERO.

Ya voy.

CORO.

Procura morderle y derribarlo; arráncale la cresta, y no vuelvas sin haberte comido su papada.[317]Parte alegre y triunfa como es mi deseo. ¡Que el Júpiter del mercado te guarde, y vuelvas vencedor y cubierto de coronas!

(El choricerosale;el coroqueda solo por primera vez en la escena y se vuelve a los espectadores para principiar la parábasis.)

Pero vosotros, que estáis acostumbrados a todogénero de poesías, escachad nuestros anapestos.[318]

Si alguno de vuestros antiguos poetas cómicos nos hubiese pedido que recitáramos sus versos en el teatro, le hubiera sido difícil conseguirlo; pero el autor de esta comedia es digno de que lo hagamos en su obsequio. Ya porque odia a los mismos que nosotros aborrecemos, ya porque desafiando intrépido al huracán y las tempestades, no le atemoriza el decir lo que es justo. Como muchos se le han acercado admirándose de que desde hace tiempo no haya solicitado un coro, y preguntádole la causa de ello, el poeta nos manda que os manifestemos el motivo. No ha sido sin razón, dice, el haber tardado tanto, sino por conocer que el arte de hacer comedias es el más difícil de todos, hasta el punto de que, de los muchos que lo solicitan, pocos logran dominarlo. Sabe además desde hace tiempo cuán inconstante es vuestro carácter, y con qué facilidad abandonáis, apenas envejecen, a los poetas antiguos. No ignora, en primer lugar, la suerte que cupo a Magnes[319]cuando le empezaron a blanquear los cabellos. Aunque había conseguido muchas victorias en los certámenes cómicos; aunque recorrió todos los tonos y presentó en escena citaristas, aves, lidios y cínifes; aunque se pintó elrostro del color de las ranas, no pudo sostenerse, sino que en la edad madura y no en la juventud le abandonasteis, porque con los años había perdido aquella gracia que os hacía reír. También se acuerda de Cratino, que en sus buenos tiempos, en el apogeo de su gloria, corría impetuosamente por los llanos, y desarraigando plátanos y encinas los arrastraba con sus adversarios vencidos; entonces no se podía cantar en los banquetes otra cosa que:Doro, la de las sandalias de higuera,[320]yAutores de himnos elegantes;[321]¡tan floreciente estaba! Pero ahora cuando le veis chochear no os compadecéis de él: desde que a su lira se le caen las clavijas, se le saltan las cuerdas y se le pierden las armonías, el pobre anciano vaga lo mismo que Connas,[322]ceñida la frente de una seca corona y muerto de sed, él que por sus primeros triunfos merecía beber[323]en el Pritaneo, y en vez de deliraren la escena, presenciar perfumado el espectáculo, sentado junto a la estatua de Baco.[324]Y Crates,[325]¿cuántos insultos y ultrajes vuestros no sufrió a pesar de que os alimentaba, a tan poca costa, masticando en su boca delicada los más ingeniosos pensamientos? Y, sin embargo, este fue el único que se sostuvo, ya cayéndose, ya levantándose.

Temeroso de esto nuestro autor, se ha contenido repitiéndose a menudo: «es preciso ser remero antes de ser piloto, y guardar la proa y observar los vientos antes de dirigir por sí mismo la nave.» En gracia de esta modestia, que le ha impedido deciros necedades, tributadle un aplauso que iguale al estruendo de las olas, honradle en estas fiestas Leneas[326]con jubilosas aclamaciones, para que, satisfecho de su triunfo, se retire con la frente radiante de alegría.[327]

Neptuno ecuestre,[328]que te complaces oyendo el relincho de tus corceles y el resonar de sus ferrados cascos; potente numen a quien agrada ver lastrirremes[329]mercenarias hender rápidas los mares con azulada proa, y a los jóvenes, enardecidos por esa pasión que les arruina, dirigir sus carros en el reñido certamen, asiste a este coro, deidad de áureo tridente, rey de los delfines, adorado en Sunio[330]y en Geresta,[331]hijo de Saturno, protector de Formión,[332]y ahora, para Atenas, el más propicio de los dioses.

Queremos elogiar a nuestros padres, héroes dignos de su patria y de los honores del peplo,[333]que, vencedores siempre y en todas partes en combates terrestres y marítimos, cubrieron de gloria a la república; que nunca al encontrar los enemigos se ocuparon en contarlos, pues su corazón estabasiempre dispuesto al ataque. Si alguno llegaba a caerse por casualidad en la batalla, limpiábase el polvo, y negando su caída, volvía a la carga con más ardor. Jamás los generales de entonces hubieran pedido a Cleéneto[334]que se les alimentase a costa del Estado; pero ahora, si no tienen esta prerrogativa y la de asiento distinguido,[335]se niegan a combatir. Nosotros deseamos pelear valientemente y sin sueldo por la patria y nuestros dioses: nada pedimos en pago, sino que cuando se haga la paz y cesen las fatigas de la guerra nos permitáis llevar largo el cabello[336]y cuidar de nuestro cutis.

Veneranda Palas, diosa tutelar de Atenas que reinas sobre la tierra más religiosa y fecunda en poetas y guerreros, ven y trae contigo a la Victoria, nuestra compañera en los ejércitos y batallas, esa fiel amiga del Coro, que combate a nuestro lado contra nuestros enemigos. Preséntate ahora: hoy más que nunca, sea como quiera, es preciso que nos otorgues el triunfo. Queremos también publicar lo bueno que sabemos de nuestros caballos:[337]dignos son de alabanza. Muchas veces nos ayudaronen las excursiones y combates; mas nunca nos admiraron tanto con lo que en tierra hicieron como cuando se lanzaron intrépidamente a las naves[338]con toda su carga de vasos de campaña, ajos y cebollas; y apoderándose de los remos, como si fueran hombres, gritaban: «¡Hippapai![339]¿Quién remará con más brío? ¿Qué hacemos? ¿No remarás tú, oh Sánfora?»[340]También bajaron a Corinto: los más jóvenes se hicieron allí un lecho con sus cascos o iban en busca de cobertores, y en vez de forraje de la Media, comían los cangrejos que se descuidaban en salir a la playa, y aun los buscaban en lo profundo del mar. Por eso Teoro dijo que un cangrejo había hablado así: «Terrible es, oh Neptuno, no poder, ni en el fondo del abismo, ni en la tierra, ni en el mar, escapar de los Caballeros».[341]


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