Chapter 12

TRIGEO.

Y yo, ¿cómo bajaré?

MERCURIO.

No tengas miedo, por aquí... junto a la Diosa.

TRIGEO.

Ea, lindas muchachas, seguidme pronto; son muchos los que os esperan enardecidos por el amor.[319]

CORO.

Vete contento. Nosotros entre tanto encomendamos a nuestros servidores la custodia de estos objetos,[320]pues no hay lugar menos seguro que la escena: alrededor de ella andan siempre escondidos muchos ladrones, acechando la ocasión de atrapar algo. (A los criados.) Guardadnos bien todo eso, mientras nosotros explicamos a los concurrentes el objeto de esta obra, y la intención que nos anima. Merecería ciertamente ser apaleado el poeta cómico que, dirigiéndose a los espectadores, se elogiase a sí propio en los anapestos.[321]Pero si es justo, oh hija de Júpiter, el tributar todo linaje dehonores al más sobresaliente y famoso en el arte de hacer comedias, nuestro autor se considera digno de los mayores elogios. En primer lugar, es el único que ha obligado a sus rivales a suprimir sus gastadas burlas sobre los harapos, y sus combates contra los piojos; además él ha puesto en ridículo y ha arrojado de la escena a aquellos Hércules,[322]panaderos hambrientos, siempre fugitivos y bellacos, y siempre dejándose apalear de lo lindo; y ha prescindido, por último, de aquellos esclavos que era de rigor saliesen llorando, solo para que un compañero, burlándose de sus lacerías, les preguntase riendo: «Hola, pobrecillo. ¿Qué le ha pasado a tu piel? ¿Acaso un puerco-espin ha lanzado sobre tu espalda un ejército de púas, llenándola de surcos?» Suprimiendo estos insultos e innobles bufonadas, ha creado para vosotros un gran arte, parecido a un palacio de altas torres, fabricado con hermosas palabras, profundos pensamientos, y chistes no vulgares. Jamás sacó a la escena particulares oscuros ni mujeres; antes bien, con hercúleo esfuerzo arremetió contra los mayores monstruos, sin arredrarle el hedor de los cueros ni las amenazas de un cenagal removido. Yo fui el primero que ataqué audazmente a aquella horrenda fiera de espantosos dientes, ojos terribles, flameantes como los de Cinna, rodeada de cien infames aduladores que le lamían la cabeza, de voz estruendosa como lade destructor remolino, de olor a foca, y de partes secretas que, por lo inmundas, recuerdan las de las lamias y camellos.[323]La vista de semejante monstruo no me atemorizó; al contrario, salí a su encuentro y peleé por vosotros y por las islas. Motivo es este para que premiéis mis servicios y no es olvidéis de mí. Además, en la embriaguez del triunfo, no he recorrido las palestras seduciendo a los jóvenes,[324]sino que, recogiendo mis enseres, me retiraba al punto, después de haber molestado a pocos, deleitado a los más, y cumplido en todo con mi deber. Por tanto, hombres y niños han de declararse a mi favor; y hasta los calvos deben por propio interés contribuir a mi victoria; pues si salgo vencedor, todos dirán en la mesa y en los festines: «Llévale al calvo; dale esta confitura al calvo; no neguéis nada a ese nobilísimo poeta, ni a su brillante frente.»[325]

SEMICORO.

Oh Musa, ahuyenta la guerra y ven conmigo a presidir las danzas, a celebrar las bodas de los dioses, los festines de los hombres y los banquetes de los bienaventurados. Estos son tus placeres. Si Carcino[326]viene, y te suplica que bailes con sushijos, no le atiendas ni le ayudes en nada; considera que son unos bailarines de delgado cuello a modo de codornices domésticas, enanos chiquititos, como excrementos de cabra; en fin, poetas de tramoya.[327]Su padre dice que la única de sus piezas que, contra toda esperanza, tuvo éxito, fue estrangulada a la noche por una comadreja.[328]

SEMICORO.

Tales son los himnos que las Gracias de hermosa cabellera inspiran al docto poeta cuando la primaveral golondrina gorjea entre el follaje; y Morsino y Melantio[329]no pueden obtener un coro: este me desgarró los oídos con su desentonada voz, cuando consiguieron su coro trágico, él y su hermano, dos glotones como las Arpías y Gorgonas, devoradores de rayas, amantes de las viejas, impuros, que apestan a chivo, y son el azote de los peces. ¡Oh Musa! Envuélvelos en un inmenso gargajo, y ven a celebrar la fiesta conmigo.

TRIGEO.

¡Qué empresa tan difícil era la de llegar hasta los dioses! Tengo como magulladas las piernas. ¡Qué pequeñitos me parecíais desde allá arriba;cierto que mirados desde el cielo parecéis bastante malos, pero desde aquí mucho peores!

UN ESCLAVO.

¿Estás aquí, señor?

TRIGEO.

Eso he oído decir.

EL ESCLAVO.

¿Cómo te ha ido?

TRIGEO.

Me duelen las piernas: ¡el camino es tan largo!

EL ESCLAVO.

Vamos, dime...

TRIGEO.

¿Qué?

EL ESCLAVO.

¿Has visto algún otro hombre vagando en la región del cielo?

TRIGEO.

No: solo he visto dos o tres almas de poetas ditirámbicos.[330]

EL ESCLAVO.

¿Qué hacían?

TRIGEO.

Trataban de coger al vuelo preludios líricos, perdidos en el aire.

EL ESCLAVO.

¿Has averiguado si es verdad, como se dice, quedespués de muertos nos convertimos en estrellas?

TRIGEO.

Sí por cierto.

EL ESCLAVO.

¿Qué astro es aquel que se distingue allí?

TRIGEO.

Ion de Quíos,[331]el autor de una oda que principiaba: «Oriente.» En cuanto pareció en el cielo todos le llamaron: «Astro oriental».

EL ESCLAVO.

¿Quiénes son esas estrellas que corren dejando un rastro de luz?

TRIGEO.

Son estrellas de los ricos que vuelven de cenar llevando una linterna y en ella una luz. Pero concluyamos: llévate cuanto antes a casa a esta joven;[332]limpia la bañera; calienta el agua, y prepara para ella y para mí el lecho nupcial. En cuanto concluyas, vuelve aquí. Mientras tanto, devolveré esta otra[333]al Senado.

EL ESCLAVO.

¿De dónde traes estas mujeres?

TRIGEO.

¿De dónde? Del cielo.

EL ESCLAVO.

Pues no doy un óbolo por los dioses, si se dedican a rufianes como los hombres.

TRIGEO.

No lo son todos; pero hay algunos que viven de ese oficio.

EL ESCLAVO.

Vamos, pues. ¡Ah! dime, ¿le daré algo de comer?

TRIGEO.

Nada, no querrá comer ni pan ni pasteles, pues está acostumbrada a beber la ambrosía con los dioses.

EL ESCLAVO.

Habrá, pues, que prepararle algo de beber.[334]

(Vase.)

CORO.

Ese anciano, al parecer, es sumamente feliz.

TRIGEO.

¿Qué diréis cuando me veáis adornado para la boda?

CORO.

Rejuvenecido por el amor, perfumado con exquisitas esencias, tu felicidad es envidiable, anciano.

TRIGEO.

Es verdad. ¡Y cuando, acostado con ella, bese su seno!

CORO.

Serás más feliz que esos trompos, hijos de Carcino.

TRIGEO.

¿No merecía esta recompensa el haber salvado a los griegos, montado en mi escarabajo? Gracias a mí, todos pueden vivir en el campo y gozar tranquilamente del amor y del sueño.

EL ESCLAVO (De vuelta).

La joven se ha lavado, y todo su cuerpo está resplandeciente de hermosura; la torta está cocida, amasado el sésamo[335]y preparado todo lo demás; solo falta el esposo.[336]

TRIGEO.

Ea, apresurémonos a llevar a Teoría al Senado.

EL ESCLAVO.

¿Qué dices? ¿Es esa Teoría aquella muchacha conla cual fuimos una vez a Braurón[337]a beber y a refocilarnos?

TRIGEO.

La misma; no me ha costado poco el cogerla.[338]

EL ESCLAVO.

¡Oh señor, qué placeres nos proporciona cada cinco años!

TRIGEO.

¡Ea! ¿Quién de vosotros es de fiar? ¿Quién de vosotros se encarga de guardar esta joven y de llevarla al Senado? ¡Eh, tú! ¿Qué dibujas ahí?

EL ESCLAVO.

El plano de la tienda que quiero levantar en el Istmo.[339]

TRIGEO.

Vamos, ¿ninguno quiere encargarse de guardarla? (A Teoría.) Ven acá; te colocaré en medio de ellos.

EL ESCLAVO.

Ese hace señas.

TRIGEO.

¿Quién?

EL ESCLAVO.

¿Quién? Arifrades[340]te suplica que se la lleves.

TRIGEO.

No por cierto: pronto la dejaría extenuada.[341]Vamos, Teoría, deja ahí todo eso.[342]

Senadores y pritáneos, contemplad a Teoría: ved los infinitos bienes que con ella os entrego; podéis al instante levantar las piernas de esta víctima y consumar el sacrificio. Mirad qué hermoso es este fogón; el hollín lo ha ennegrecido; en él, antes de la guerra, solía el Senado colocar sus cacerolas. Mañana podremos emprender con ella deliciosas contiendas, luchar en el suelo, o a cuatro pies, o inclinados, o apoyándonos sobre la rodilla echarla de costado, y, ungidos como los atletas en el pancracio, atacarla denodadamente con los puños y otros miembros. Al tercer día empezaréis lascarreras de caballos; cada jinete empujará a su adversario; los tiros de los carros, derribados unos sobre otros y relinchando jadeantes, se darán sacudidas mutuas; mientras otros aurigas, rechazados de su asiento, rodarán al suelo cerca de la meta.[343]Pritáneos, recibid a Teoría. ¡Oh, con qué gozo la acompaña ese! No hubieras estado tan solícito para llevarla al Senado, si se tratase de un asunto gratuito:[344]no hubiera faltado el pretexto de las ocupaciones.

CORO.

Un hombre como tú es útilísimo a la república.

TRIGEO.

Cuando vendimiéis, conoceréis mejor lo que valgo.

CORO.

Ya lo has demostrado bastante, siendo el salvador de todos los hombres.

TRIGEO.

Me dirás todo eso cuando bebas el vino nuevo.

CORO.

Siempre te creeremos el ser más grande después de los dioses.

TRIGEO.

Mucho me debéis a mí, Trigeo el Atmonense; pues he libertado de gravísimos males a la poblaciónrústica y urbana, y he reprimido a Hipérbolo.

CORO.

Dinos lo que debemos hacer ahora.

TRIGEO.

¿Qué cosa mejor que ofrecer a la Paz unas ollas llenas de legumbres?[345]

CORO.

¡Ollas de legumbres, como al pobre Mercurio que las encuentra tan poco nutritivas!

TRIGEO.

¿Pues qué queréis? ¿Un buey cebado?

CORO.

¡Un buey! No, de ningún modo; habría quizá que socorrer a alguno.[346]

TRIGEO.

¿Un puerco grande y gordo?

CORO.

No, no.

TRIGEO.

¿Por qué?

CORO.

Por miedo a lasporqueríasde Teágenes.

TRIGEO.

¿Pues cuál víctima queréis?

CORO.

Una oveja.

TRIGEO.

¿Una oveja?

CORO.

Sí.

TRIGEO.

Pero pronuncias esa palabra como los jonios.[347]

CORO.

De intento; así, si en la Asamblea dice alguno: «es preciso hacer la guerra», los asistentes espantados gritarán en jónico: «¡Oi! ¡Oi!»

TRIGEO.

Perfectamente.

CORO.

Y serán pacíficos. De esta manera seremos unos con otros como corderos, y mucho más indulgentes con los aliados.

TRIGEO.

Ea, traed cuanto antes una oveja: en tanto prepararé yo el altar para sacrificarla.

CORO.

¡Qué bien sale todo, con la ayuda de los dioses y el favor de la fortuna! ¡Qué oportunamente llega todo!

TRIGEO.

Es la pura verdad; porque ya está el altar en la puerta.

CORO.

Apresuraos, pues, mientras los dioses encadenan el soplo inconstante de la guerra. Evidentemente una divinidad cambia en bienes nuestras miserias.

TRIGEO.

Aquí está la cesta, con lasalsa mola,[348]la corona y el cuchillo: también el fuego; de modo que solo falta la oveja.

CORO.

Apresuraos, apresuraos; porque si os ve Queris,[349]vendrá sin que se le llame, y tocará la flauta hasta que os veáis obligados a taparle la boca con algo, para premiar sus fatigas.

TRIGEO.

Vamos, coge la cesta y el agua lustral, y da cuanto antes una vuelta por la derecha alrededor del ara.

EL ESCLAVO.

Ya he dado la vuelta; manda otra cosa.

TRIGEO.

Aguarda a que sumerja este tizón en el agua. Tú rocía el altar; tú dame un poco desalsa mola; purifícate y alárgame después el vaso; y luego esparcesobre los espectadores el resto de la cebada.

EL ESCLAVO.

Ya está.

TRIGEO.

¿Ya la has arrojado?

EL ESCLAVO.

Sí por cierto; ninguno de los espectadores deja de tener su porción de cebada.[350]

TRIGEO.

Pero las mujeres no la han recibido.

EL ESCLAVO.

Sus maridos se la darán a la noche.

TRIGEO.

Oremos. ¿Quién está aquí? ¿Dónde está esa multitud de hombres de bien?

EL ESCLAVO.

Aguarda a que les dé a estos; son muchos y buenos.

TRIGEO.

¿Los crees buenos?

EL ESCLAVO.

¿Cómo no, si a pesar de haberles rociado de lo lindo están firmes y plantados en su puesto?

TRIGEO.

Oremos, pues, cuanto antes; ¡oremos ya!

¡Augusta reina, diosa venerable, oh Paz, que presides las danzas e himeneos, dígnate aceptar nuestro sacrificio!

EL ESCLAVO.

Acéptalo, oh la más honrada de las diosas, y no hagas como esas mujeres que engañan a sus maridos. Esas, digo, que miran por la puerta entreabierta, y cuando alguno se fija en ellas, se retiran; después, si se aleja, vuelven a mirar. ¡Oh, no hagas eso con nosotros!

TRIGEO.

Al contrario, como una mujer honrada, muéstrate sin rebozo a tus adoradoresque hace trece añosnos consumimos lejos de ti. Pon término a las luchas y tumultos, y merece el nombre de Lisímaca;[351]corrige esta suspicacia y charlatanería que engendra nuestras mutuas calumnias; une de nuevo a los griegos con los dulces vínculos de la amistad, y predisponlos a la benignidad y a la indulgencia; haz, en fin, que en nuestra plaza abunden las mejores mercancías, ristras de ajos, cohombros tempranos, manzanas, granadas, y pequeñas túnicas para los esclavos; que afluyan a ella los beocios cargados de gansos, ánades y alondras; que vengan con cestos de anguilas del Copáis,[352]y amontonados en torno de ellas, luchemos entre la turba de compradores, con Móricos, Téleas y Glaucetes[353]y otros glotones ilustres; y que Melantio, llegando el último al mercado, y viéndolo todo vendido, se lamente y exclame comoen suMedea: «¡Yo muero! ¡Me han abandonado las que se esconden entre las acelgas!»[354]y que todos se rían de su desgracia. Concédenos, Diosa veneranda, esto que te pedimos.

EL ESCLAVO.

Coge el cuchillo y degüella la oveja como un cocinero consumado.

TRIGEO.

Eso no es lícito.

EL ESCLAVO.

¿Por qué?

TRIGEO.

La Paz aborrece la matanza, y por eso nunca se ensangrienta su altar. Por lo tanto, llévate adentro la víctima, mátala y trae las dos piernas; de este modo la oveja se guardará para el Corega.

(El esclavo entra en la casa.)

CORO.

Tú, que permaneces aquí, reúne pronto las astillas y todo lo necesario para el sacrificio.

TRIGEO.

¿No os parece que dispongo el hogar como el más experto adivino?

CORO.

¿Por qué no? ¿Acaso ignoras algo de cuanto un sabio debe conocer? ¿No preves todo lo que unhombre de reconocida habilidad y audacia afortunada debe prever?

TRIGEO.

El humo de las astillas incomoda a Estílbides.[355]Traeré una mesa y me pasaré sin criado.

CORO.

¿Quién no ensalzará a un hombre que, arrostrando infinitos peligros, salvó la ciudad sagrada? Jamás dejará de ser admirado por todos.

EL ESCLAVO (De vuelta).

Cumplí tus órdenes. Toma las piernas y ponlas sobre el fuego: yo voy a buscar las entrañas y la torta.

TRIGEO.

Eso corre de mi cuenta; pero necesitaba que vinieses.

EL ESCLAVO.

Pues aquí estoy. ¿Te parece que he tardado?

TRIGEO.

Asa bien eso. Pero ahí se acerca uno coronado de laurel. ¿Quién es ese hombre?

EL ESCLAVO.

¡Qué arrogante parece! Sin duda, algún adivino.

TRIGEO.

No, por Júpiter, es Hierocles.[356]

EL ESCLAVO.

¡Ah! Ese charlatán de oráculos, habitante de Orea.[357]¿Qué nos querrá decir?

TRIGEO.

Claro está que vendrá a oponerse a la Paz.

EL ESCLAVO.

No, lo que le atrae es el olor de las viandas.

TRIGEO.

Hagamos como que no le vemos.

EL ESCLAVO.

Tienes razón.

HIEROCLES.

¿Qué sacrificio es este y a qué dios lo ofrecéis?

TRIGEO.[358]

Asa eso callando; cuidado con los riñones.

HIEROCLES.

¿Pero no me diréis a qué dios sacrificáis?

TRIGEO.

La cola tiene buena traza.

EL ESCLAVO.

Muy buena, oh Paz veneranda y querida.

HIEROCLES.

Vamos, corta ya y ofrece las primicias.

TRIGEO.

Antes ha de asarse bien.

HIEROCLES.

Ya está bien asada.

TRIGEO.

Quienquiera que seas, eres demasiado curioso. Corta: ¿dónde está la mesa? Trae las libaciones.

HIEROCLES.

La lengua se corta aparte.

TRIGEO.

Lo sabemos; ¿sabes tú lo que debías hacer?

HIEROCLES.

Si me lo dices.

TRIGEO.

No hablarnos ya una palabra, porque sacrificamos a la santa Paz.

HIEROCLES.

¡Oh desdichados o imbéciles mortales...!

TRIGEO.

¡Caigan sobre ti tus maldiciones!

HIEROCLES.

...Que no entendiendo, en vuestra ceguedad, la voluntad de los dioses, os aliáis con esos feroces monos...[359]

TRIGEO.

¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

HIEROCLES.

¿De qué te ríes?

TRIGEO.

Tienen gracia tus feroces monos.

HIEROCLES.

Estúpidas palomas, que os fiáis de los zorros de falso corazón y pensamientos falsos.

TRIGEO.

¡Ojalá, charlatán arrogante, se pongan tus pulmones tan calientes como estas entrañas!

HIEROCLES.

Si las Ninfas no engañaron a Bacis;[360]si los mortales no fueron engañados por Bacis, ni Bacis por las Ninfas...

TRIGEO.

¡Confúndante los dioses si no dejas de hablar de Bacis!

HIEROCLES.

No habrían decretado los hados que se rompiesen las cadenas de la Paz; pero antes...

TRIGEO.

Hay que echar sal a eso.

HIEROCLES.

No place a los dioses inmortales que desistamos de la guerra, mientras el lobo paree con la oveja.

TRIGEO.

¿Acaso, charlatán maldito, el lobo pareará jamás con la oveja?

HIEROCLES.

Mientras la chinche de campo exhale al huir un fétido olor; mientras la perra chillona, forzada a parir, dé a luz cachorros ciegos, no se debe pensar en la Paz.

TRIGEO.

¿Pues qué debíamos hacer? ¿Continuar la guerra? ¿Echar suertes sobre quién había de llorar más, cuando podíamos, uniéndonos por un tratado, mandar en común sobre la Grecia?

HIEROCLES.

Nunca conseguirás que el cangrejo ande en línea recta.

TRIGEO.

No cenarás ya en el Pritáneo,[361]ni serás profeta de lo pasado.

HIEROCLES.

Nunca suavizarás la piel áspera del erizo.

TRIGEO.

¿No acabarás nunca de engañar a los atenienses?

HIEROCLES.

¿En virtud de qué oráculo habéis ofrecido ese sacrificio a los dioses?

TRIGEO.

De este, que Homero expresó en tan bellas frases:

La negra nube de la odiosa guerraDisipamos así, y en dulce abrazoEstrechando a la Paz, cien sacrificiosLe ofrecimos gustosos. Cuando el fuegoDevoró de las víctimas las piernas,Nosotros sus entrañas consumimosE hicimos libaciones; dirigíaLa fiesta yo; mas nadie presentabaAl adivino la brillante copa.[362]

La negra nube de la odiosa guerraDisipamos así, y en dulce abrazoEstrechando a la Paz, cien sacrificiosLe ofrecimos gustosos. Cuando el fuegoDevoró de las víctimas las piernas,Nosotros sus entrañas consumimosE hicimos libaciones; dirigíaLa fiesta yo; mas nadie presentabaAl adivino la brillante copa.[362]

La negra nube de la odiosa guerraDisipamos así, y en dulce abrazoEstrechando a la Paz, cien sacrificiosLe ofrecimos gustosos. Cuando el fuegoDevoró de las víctimas las piernas,Nosotros sus entrañas consumimosE hicimos libaciones; dirigíaLa fiesta yo; mas nadie presentabaAl adivino la brillante copa.[362]

La negra nube de la odiosa guerra

Disipamos así, y en dulce abrazo

Estrechando a la Paz, cien sacrificios

Le ofrecimos gustosos. Cuando el fuego

Devoró de las víctimas las piernas,

Nosotros sus entrañas consumimos

E hicimos libaciones; dirigía

La fiesta yo; mas nadie presentaba

Al adivino la brillante copa.[362]

HIEROCLES.

Eso nada tiene que ver conmigo: nos lo ha dicho la Sibila.

TRIGEO.

Pero el sabio Homero dijo muy bien:

Que ni casa, ni hogar, ni patria tieneEl que las guerras intestinas amaSiempre dañosas.[363]

Que ni casa, ni hogar, ni patria tieneEl que las guerras intestinas amaSiempre dañosas.[363]

Que ni casa, ni hogar, ni patria tieneEl que las guerras intestinas amaSiempre dañosas.[363]

Que ni casa, ni hogar, ni patria tiene

El que las guerras intestinas ama

Siempre dañosas.[363]

HIEROCLES.

Ten cuidado no te arrebate el milano la carne con una de las suyas...

TRIGEO (Al esclavo).

Sí, ten cuidado: ese oráculo amenaza nuestras viandas. Haz la libación y trae parte de los intestinos.

HIEROCLES.

Si os parece, voy a servirme yo mismo mi porción.

TRIGEO.

¡La libación, la libación!

HIEROCLES.

Échame a mí también, y dame una porción de los intestinos.

TRIGEO.

Eso no place a los dioses inmortales, sino el que primero hagamos nosotros las libaciones y tú te marches. ¡Oh veneranda Paz, permanece a nuestro lado toda la vida!

HIEROCLES.

Tráeme aquí la lengua.

TRIGEO.

Tráeme la tuya.

HIEROCLES.

¡La libación!

TRIGEO (Al esclavo).

Llévate esto con la libación.

HIEROCLES.

¿Nadie me dará algo de los intestinos?

TRIGEO.

No podemos darte nada hasta que el lobo se paree con la oveja.

HIEROCLES.

¡Ah, por favor! yo te lo pido por tus rodillas.

TRIGEO.

Tus ruegos son inútiles, amigo mío; no lograrás suavizar «al áspero erizo.» Ea, espectadores, acompañadnos a comer intestinos.

HIEROCLES.

¿Y yo?

TRIGEO.

Cómete a la Sibila.

HIEROCLES.

No, por la tierra, no os lo comeréis solos; si no me dais, os lo quito; esto es para todo el mundo.

TRIGEO (Al esclavo).

Sacúdele, sacúdele a Bacis.

HIEROCLES.

¡Sed testigos!...

TRIGEO.

De que eres un glotón y un impostor. ¡Firme: echa de aquí a bastonazos a ese charlatán!

EL ESCLAVO.

Cuida de esto; yo voy a quitarle las pieles de las víctimas que nos ha escamoteado. ¡Suelta esas pieles, adivino infernal! ¿Oyes? ¿Qué especie de cuervo es este que nos ha venido de Orea? Ea, pronto, emprende el vuelo hacia Elimnio.[364]

CORO.

¡Qué alegría! ¡Qué alegría! ¡Ya no más cascos, quesos ni cebollas! Los combates para quien los quiera: a mí solo me gusta beber con mis buenos amigos, junto al hogar donde con viva llama arde y chisporrotea la leña cortada en el rigor del estío, y tostar garbanzos sobre las ascuas, y asar bellotas entre el rescoldo, y hurtar un beso a Trata,[365]mientras se baña mi esposa. Después de hecha la siembra, cuando la riega Júpiter con benéfica lluvia, nada hay tan agradable como el hablar así con un vecino: «Dime, ¿qué hacemos ahora, querido Comárquides? Yo quisiera beber, mientras el cielo fecunda nuestro campo. Ea, mujer, mezcla un poco de trigo con tres quénices de habichuelas, y ponlas a cocer, y danos higos secos. Que Sira haga volver a Manes del campo; hoy no es posible podar las vides, ni desterronar, pues la tierra está sumamente húmeda. Que me traigan el tordo y los dos pinzones. También debe de haber en casa calostro y cuatro tajadas de liebre, si ayer noche no las robó el gato, porque oí en la despensa un ruido sospechoso. Muchacho, trae tres pedazos, y dale el otro a mi padre. Pide a Esdúnada ramas de mirto con sus bayas; y, ya que te coge de camino, dile a Carinades que venga a beber con nosotros, mientras el cielo benéfico fecunda los sembrados.» Cuando entona la cigarra su dulce cantinela,[366]me gustaver si las uvas de Lemnos principian a madurar, pues son las más tempranas; y no menos me agrada mirar cómo van hinchándose los higos, y comerlos cuando están maduros, y exclamar, saboreándolos: «Deliciosa estación.» Después bebo una infusión de tomillo machacado, y logro así engordar en el estío, mucho más que viendo a uno de esos taxiarcos,[367]aborrecidos por los dioses, pavoneándose con su triple penacho y su clámide teñida de un rojo deslumbrador que pretende hacer pasar por púrpura de Sardes. Pero cuando ocurre pelear, él mismo se encarga de darle una mano de azafrán cicense. Y después huye veloz el primero como un gallo, agitando sus amarillas crestas, mientras yo guardo mi puesto. Cuando están en Atenas estos valentones hacen cosas insufribles; inscriben a unos en las listas y borran a otros, dos y tres veces, según su capricho. «Mañana es la marcha», oye decir a lo mejor un ciudadano que no ha comprado víveres porque nada sabía al salir de su casa, y luego, al pararse delante de la estatua de Pandión,[368]ve su nombre inscrito en la lista; se aturde, y echa a correr llorando. Así nos tratan a los pobres campesinos; a los ciudadanos ya les tienen más consideraciones esos cobardes aborrecidos de los dioses y los hombres. Pero si el cielo lopermite, ya tendrán su merecido. Mucho daño me han hecho esos taxiarcos, leones en la ciudad y zorros en el combate.

TRIGEO.

¡Oh! ¡Oh! ¡Cuánta gente viene al banquete de boda! Limpia las mesas con ese penacho; ya no sirve para otra cosa. Trae en seguida los pasteles y los tordos, liebre en abundancia y panes.

UN FABRICANTE DE HOCES.

¿Dónde está Trigeo? ¿Dónde?

TRIGEO.

Estoy cociendo tordos.

EL FABRICANTE DE HOCES.

¡Oh queridísimo Trigeo, cuánto bien nos has hecho procurándonos la paz! Antes no había quien diese un óbolo por una hoz; ahora vendo las que quiero a cincuenta dracmas. Este amigo vende a tres los toneles para el campo. Vamos, Trigeo, escoge de estas hoces y de todo lo demás cuanto quieras, y llévatelo gratis. Todo esto que vendemos y que nos produce pingües ganancias te lo ofrecemos como regalo de boda.

TRIGEO.

Bueno, bueno; dejadlo ahí todo, y entrad a cenar cuanto antes. Ahí se acerca un armero con una cara más triste que un funeral.

EL FABRICANTE DE PENACHOS.

¡Ay, Trigeo, me has arruinado completamente!

TRIGEO.

¿Qué te pasa, desdichado? ¿Acaso te salen penachos en la cabeza?

EL FABRICANTE DE PENACHOS.

Nos has quitado el trabajo y la subsistencia a mí y a este otro, fabricante de dardos.

TRIGEO.

Vamos, ¿cuánto quieres por esos dos penachos?

EL FABRICANTE DE PENACHOS.

¿Cuánto ofreces?

TRIGEO.

¿Que cuánto ofrezco? Me da vergüenza el decirlo. Sin embargo, como el trenzado está hecho con gran primor, te daré tres quénices de higos secos y me servirán para limpiar esta mesa.

EL FABRICANTE DE PENACHOS.

Vengan los higos: más vale poco que nada.

TRIGEO.

Vete al infierno con tus penachos; tienen lacia la cerda, no valen un pito. No daría una higa por todos ellos.

EL VENDEDOR DE CORAZAS.

¡Ay de mí! ¿Qué haré con esta coraza tasada en diez minas y trabajada con tanto esmero?

TRIGEO.

No se te irrogará perjuicio alguno; dámela en su precio; podrá ser un bacín elegantísimo.

EL VENDEDOR DE CORAZAS.

No te burles de mí y de mis mercancías.

TRIGEO.

Con ella... y tres buenos guijarros,[369]¿no tendremos cuanto para el caso hace falta?

EL VENDEDOR DE CORAZAS.

¿Pero cómo te limpiarás, imbécil?

TRIGEO.

Perfectamente. Mira, paso una mano por la abertura del brazo, y la otra...

EL VENDEDOR DE CORAZAS.

¡Cómo! ¿Con las dos manos?

TRIGEO.

Pues claro, para que no me acusen de defraudar al Estado tapando los agujeros de los remos.[370]

EL VENDEDOR DE CORAZAS.

¿Y te atreverás a usar un bacín de mil dracmas?

TRIGEO.

¿Quién lo duda, miserable? Crees que ni por diez mil vendería yo mi trasero.

EL VENDEDOR DE CORAZAS.

Vamos, venga el dinero.

TRIGEO.

¡Ay! Querido, tu coraza me destroza las nalgas. Llévatela; no la compro.

EL FABRICANTE DE TROMPETAS.

¿Qué haré de esta trompeta que me costó sesenta dracmas?

TRIGEO.

Echa plomo en su cavidad; atraviesa encima una vara un poco larga, y tendrás un cótabo[371]en equilibrio.

EL FABRICANTE DE TROMPETAS.

¡Ay! te burlas de mí.

TRIGEO.

Otra idea. Échale plomo, como te he dicho; añade un platillo colgado de unas cuerdecitas, y tendrás una balanza para pesar en el campo los higos que has de distribuir a tus esclavos.

EL FABRICANTE DE CASCOS.

¡Maldita suerte! ¡Estoy arruinado! Yo, que en otro tiempo pagué una mina por estos cascos. ¿Quién me los comprará ahora?

TRIGEO.

Vete a venderlos a los egipcios: son los únicos para medir sirmea.[372]

EL FABRICANTE DE LANZAS.

¡Ay, mi buen fabricante de cascos, qué desgraciada es nuestra suerte!

TRIGEO (Al fabricante de lanzas).

La suya no lo es.

EL FABRICANTE DE LANZAS.

Pues qué, ¿habrá todavía quien necesite cascos?

TRIGEO.

Como sepa ponerles dos asas, los podrá vender mucho más caros.

EL FABRICANTE DE CASCOS.

Vámonos, fabricante de lanzas.

TRIGEO.

No, no; le voy a comprar esas picas.

EL FABRICANTE DE LANZAS.

¿Cuánto das por ellas?

TRIGEO.

Si las cortas por la mitad, para que puedan servir de rodrigones, te pagaré a dracma el ciento.

EL FABRICANTE DE LANZAS.

Este hombre se burla de nosotros. Vámonos, amigo.

TRIGEO.

Muy bien hecho; pues ya salen a orinar los hijos de los convidados, y si no me engaño, a preludiar sus cantos. Eh, muchacho, si piensas cantar, ensáyate antes delante de mí.

EL HIJO DE LÁMACO.


Back to IndexNext