NOTICIA PRELIMINAR.

NOTICIA PRELIMINAR.

A deplorable estado llegó la administración de justicia en Atenas durante los primeros años de la guerra del Peloponeso. Contribuían a ello grandemente de un lado la defectuosa organización de los tribunales, y de otro la manía de juzgar, litigar y perorar en público, desarrollada en los atenienses con una furia de que no hay otro ejemplo. Entre los principales vicios de aquel sistema, aparece desde luego como de más bulto el de la multiplicidad de los tribunales. Basta, en efecto, recordar los nombres del Areópago, el Heliástico, el Epipaladio, el Epidelfinio, el Enfreacio, el Epipritáneo, el Epitalacio y las Curias del Arconte epónimo, del Arconte-rey, del Polemarca, de los Tesmotetas, de los Once, de los Catademos, de los Diatetas y de los Nautódicos, con sus mal definidas y a veces encontradas atribuciones, para comprender a cuántos abusos y entorpecimientos daríalugar complicación semejante. Y, sin embargo, leemos con asombro en Jenofonte que con ser tantos los tribunales y dotados de personal numeroso, no eran todavía bastantes para dar solución a las infinitas cuestiones que a su decisión se sometían. «Muchos particulares, dice, vense obligados a esperar todo un año antes de poder presentar su demanda al Senado o al pueblo, porque la multitud de negocios es tal, que impide dar audiencia a todo el mundo.[1]» Pero el origen y verdadera fuente de las infamias y abusos que los jurados atenienses cometieron debe buscarse, sin duda alguna, en la ley de Solón que, equiparando la administración de justicia al ejercicio de los derechos políticos, permitía a todo ciudadano de treinta años formar parte de los tribunales; pues, como para el altísimo cargo de juzgar no se exigía circunstancia alguna de moralidad ni ilustración, los jueces eran fácilmente engañados por los oradores, que, o tergiversando los hechos, o falseando la ley, o enterneciendo al tribunal con peroraciones elocuentes, le hacían pronunciar fallos a todas luces injustos.

Así se explican hechos como el del anciano Tucídides[2], envuelto por la elocuencia de un hábil abogado, y condenado, no obstante su inculpabilidad, a una crecida multa: así se explica también, dice el citado Jenofonte[3], que tantos inocentespereciesen víctimas de su altivez, mientras muchos criminales conseguían la absolución libre. Y si esto ocurría cuando los jueces eran ignorantes sin dejar de ser honrados, calcúlese a qué extremo llegarían los abusos cuando las agitaciones políticas y la guerra crearon tal estado de cosas, que el soborno, la venalidad y la falta de independencia llegaron a ser lo más corriente y ordinario.

Ya enLos AcarniensesyLos Caballerospudimos observar que los campesinos refugiados en Atenas al verificarse la primera incursión lacedemonia, invadieron los tribunales e hicieron un modo de vivir de la profesión de juez. Faltos de ocupación y víctimas de una miseria que las escasas distribuciones de víveres no podían remediar, tenían su único recurso en los tres óbolos que el Estado pagaba por sesión: expuestos por su penuria a la venalidad y al soborno, sucedía que en los negocios privados daban su voto al rico particular que se lo compraba, y en los asuntos de interés común obedecían dócil y ciegamente al demagogo, de cuya voluntad dependía el cobrar o no su sueldo.

A aumentar el desconcierto y escandalosos abusos de los tribunales, contribuía no poco aquella extraña afición de los atenienses a todo lo que fuera litigio, proceso y discusión, avivada por los odios de partido que dividían su democracia.

A este propósito dice discretamente Artaud: «Los debates entre particulares fácilmente se transformaban en Atenas en públicas acusaciones; todo hombre distinguido era pronto sospechoso de aspirara la tiranía; el derecho de acusar, concedido a todo ciudadano, secundaba las animosidades, las venganzas, y sobre todo, esas pasiones envidiosas y malignas de que adolecen los gobiernos populares; la delación era ya un oficio, y el que denunciaba a un conspirador era bien acogido con seguridad: he aquí, pues, una fuente abundante de procesos. En fin, el pasar la vida entera en la calle y en la plaza, producía una continua necesidad de diversiones y pasatiempos; los oradores, los sofistas, los retóricos, cuya única ocupación era el perorar, encontraban siempre una multitud de ociosos, ávidos de escucharles: los discursos de los abogados en los tribunales no se oían con menos afán que las arengas políticas; era esto una diversión como otra cualquiera, y todos los días el pueblo se apiñaba alrededor de la maroma que marcaba el recinto de los jueces en la plaza de Helia.[4]»

Tantos abusos y ridiculeces no podían pasar sin correctivo ante la cáustica musa de Aristófanes, pronta a azotar con el látigo de una sátira implacable todo lo que le parecía injusto o perjudicial. Así es que después de haberse desatado enLas Nubescontra los sofistas y sus doctrinas funestas para la juventud, trata de corregir enLas Avispaslos vicios que acabamos de reseñar.

En esta comedia volvemos a encontrar en Filocleón una nueva personificación del pueblo ateniense,aunque solo bajo su aspecto de κυαμοτρώξ,mascullador de habas, es decir, entregado a la tarea de juzgar, que casi lo ha vuelto loco.Bdelicleón(enemigo de Cleón), hijo del maniático juez, le retiene en casa con ánimo de curarle; pero burlando la vigilancia de dos esclavos que guardaban la puerta de Filocleón, trata de evadirse, primero por el cañón de la chimenea, y después por el tejado, y, por último, parodiando a Ulises, escondido bajo la panza de su asno. Frustradas todas sus tentativas, auméntase su furor cuando ve llegar a sus colegas, que, vestidos de Avispas, le llaman para ir al tribunal: este disfraz es un emblema de su carácter irascible y feroz. Filocleón implora el socorro de sus amigos, y pronto se traba una contienda entre ellos y sus guardianes. Por fin hay un momento de tregua en que Bdelicleón refuta las quiméricas ventajas de ser jueces, y logra atraer a su partido al irritado enjambre.

Su padre cede también, pero con la condición de establecer en su casa una especie de tribunal. El primer acusado es el perro Labes, reo sorprendido infraganti delito de hurto de un queso siciliano. La causa se instruye con toda rapidez y formalidad, y al dar la sentencia Filocleón absuelve al reo por una equivocación. El haber dejado libre a un culpable le llena de desesperación, hasta que su hijo se la hace olvidar llevándole a fiestas y banquetes.

Al llegar a este punto, el asunto de la comedia cambia por completo; el carácter del juez se transforma en el de un viejo alegre, insolente y alborotador,y la acción se reduce a las reclamaciones a que da lugar su intemperancia y a un certamen coreográfico a que provoca el transformado heliasta a todos los danzantes que se quieran presentar.

Respecto al mérito de esta Comedia debemos decir que no es ciertamente de las obras más interesantes de Aristófanes, bajo el punto de vista literario; no abundan en ella tanto como en otras aquellas inagotables gracias que les dan tanta amenidad; la acción se arrastra lánguida y desmayadamente, y carece, además, de la unidad necesaria, condición sin la cual toda obra artística deja mucho que desear.

En cambio, bajo el punto de vista histórico y jurídico, tiene una importancia inmensa, pues sirve para completar la historia interna de Atenas, y da curiosas noticias sobre el procedimiento y los tribunales en aquella ciudad.

Es digna también de mencionarse, al hablar deLas Avispas, la famosa imitación que de ella hizo Racine en susPlaideurs, aunque no sea más que por ser única en su género. El célebre trágico conservó enLos litigantesmuchos chistes y algunos episodios de Aristófanes; pero su comedia, como no podía menos, difiere esencialmente de las del poeta griego, no solo en la forma, sino en la intención, pues se limita a pintar enDauclinel carácter de un juez maniático, sin la significación universal y política que tiene Filocleón.

Las Avispasse representaron un año después deLas Nubes, es decir, el 423 antes de nuestra era, noveno de la guerra del Peloponeso. No se sabe si fueron premiadas, porque el Escoliasta no nos lo dice, y es de notar la modestia con que el autor habla de sí mismo en laParábasis, en cuya parte suele de ordinario encarecer sus medios de agradar.


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