Chapter 25

CIUDADANO PRIMERO.

CIUDADANO PRIMERO.

Voy a preparar mis enseres para llevarlos a la plaza, y a hacer inventario de toda mi hacienda. Ven, hermosa zaranda, tú eres mi bien más precioso; ven, llena aún de la harina de la cual has cernido tantos sacos, a servir de Canéfora[489]en la procesión de mis muebles. ¿Dónde está la porta-sombrilla?[490]Esta olla hará sus veces: ¡qué negra está, justo cielo! no lo estaría más si en ella se hubiesen cocido las drogas con que Lisícrates[491]se tiñe las canas. Ponte a su lado, lindo tocador; y tú, trípode, desempeña las funciones de hidriáfora;[492]a ti, oh gallo, cuyo canto matinal me ha despertado tantas veces para ir a la asamblea, te reservo el papel de citarista. Adelántate, escacéfora,[493]con el gran cuenco de la miel cubierto por entrelazadas ramas de olivo, y tráete también los dos trípodes y la alcuza.[494]Los pucheros y demás menudencias que se queden ahí.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Yo entregar mis bienes? ¡Qué insensatez! ¡Qué locura! Jamás lo haré, por Neptuno. Veamos antes lo que pasa, y después meditemos mucho sobre la tal medida. Pues qué, ¿he de sacrificar sin más ni más el fruto de mis sudores y economías antes de saber a fondo todo lo que hay? — ¡Eh, tú! ¿Qué significan esos muebles? ¿Con qué objeto los has sacado? ¿Vas a mudarte de casa, o los llevas a empeñar?

CIUDADANO PRIMERO.

No.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Pues para qué has puesto en fila todo tu ajuar? ¿Envías una procesión a Hierón el pregonero?

CIUDADANO PRIMERO.

No, por Júpiter; voy a depositarlo en la plaza pública conforme a la última ley.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿A depositarlo?

CIUDADANO PRIMERO.

Sí.

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Por Júpiter salvador, tú estás loco!

CIUDADANO PRIMERO.

¿Cómo?

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Cómo? A la vista está.

CIUDADANO PRIMERO.

Pues qué, ¿no debo cumplir las leyes?

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Cuáles? ¡Desdichado!

CIUDADANO PRIMERO.

Las promulgadas.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Las promulgadas? ¡Qué imbécil eres!

CIUDADANO PRIMERO.

¿Imbécil?

CIUDADANO SEGUNDO.

Sí, amigo; y el más tonto de todos los tontos habidos y por haber.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Porque cumplo las prescripciones legales?

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Pues qué, un hombre honrado tiene ese deber?

CIUDADANO PRTMERO.

Es el principal.

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Estúpido rematado!

CIUDADANO PRIMERO.

¿Pero tú no piensas depositar tus bienes?

CIUDADANO SEGUNDO.

Me guardaré muy bien, antes de ver la resolución que adopta la mayoría.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Puede ser otra que la de llevar al acervo común todos los bienes?

CIUDADANO SEGUNDO.

Cuando lo vea, lo creeré.

CIUDADANO PRIMERO.

Por las calles no se habla de otra cosa.

CIUDADANO SEGUNDO.

Se hablará.

CIUDADANO PRIMERO.

Todos dicen que van a llevar su parte.

CIUDADANO SEGUNDO.

Se dirá.

CIUDADANO PRIMERO.

Me matas con tu desconfianza.

CIUDADANO SEGUNDO.

Se desconfiará.

CIUDADANO PRIMERO.

¡Que Júpiter te confunda!

CIUDADANO SEGUNDO.

Se te confundirá. ¿Crees que todo ciudadano que tenga un átomo de juicio ha de llevar nada? No estamos acostumbrados a dar: solo nos gusta recibir, en lo cual imitamos a los dioses. Para convencerte, no tienes más que mirarles a las manos: sus imágenes, cuando les pedimos dones y mercedes, nos alargan las manos vueltas hacia arriba; no en actitud de dar, sino de recibir.

CIUDADANO PRIMERO.

¡Miserable! Déjame cumplir con mi deber. ¿Dónde está mi correa?

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Pero de veras lo vas a llevar?

CIUDADANO PRIMERO.

Sí, por cierto; mira, ya he atado este par de trípodes.

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Qué locura! ¿Por qué no esperas a ver lo que hacen los demás, y después...?

CIUDADANO PRIMERO.

Después, ¿qué?

CIUDADANO SEGUNDO.

Esperar de nuevo y dar tiempo.

CIUDADANO PRIMERO.

¿A qué?

CIUDADANO SEGUNDO.

A que haya un terremoto o un relámpago de mal agüero, o a que pase una comadreja, y verás, imbécil, cómo nadie lleva nada al depósito.[495]

CIUDADANO PRIMERO.

Tendría gracia que por estar esperando no encontrase dónde depositar mis cosas.

CIUDADANO SEGUNDO.

No te apures por eso, y sí de cómo las has de recuperar. Aunque tardes un mes, hallarás sitio de sobra.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Cómo?

CIUDADANO SEGUNDO.

Yo los conozco perfectamente. En seguida dan un decreto, y después no lo cumplen.

CIUDADANO PRIMERO.

Todos aportarán sus bienes, amigo.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Y si no los aportan?

CIUDADANO PRIMERO.

No te quepa duda, los aportarán.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Y si no los aportan, qué?

CIUDADANO PRIMERO.

Les obligaremos.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Y si son más fuertes?

CIUDADANO PRIMERO.

Dejaré mis muebles y me iré.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Y si te los venden, qué?

CIUDADANO PRIMERO.

¡Ojalá revientes!

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Y si reviento, qué?

CIUDADANO PRIMERO.

Harás perfectamente.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿De modo que persistes en llevarlos?

CIUDADANO PRIMERO.

Sí, por cierto; pues ya veo a mis vecinos que se disponen a llevar los suyos.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Quién? ¿Antístenes?[496]Prefiriría mil veces el estarse treinta días seguidos sentado en un bacín.

CIUDADANO PRIMERO.

¡Vete al infierno!

CIUDADANO SEGUNDO.

Y Calímaco,[497]el maestro de coros, ¿qué llevará a la comunidad?

CIUDADANO PRIMERO.

Más que Calias.[498]

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Este hombre quiere arruinarse!

CIUDADANO PRIMERO.

¡Maldiciente!

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Maldiciente? ¿Pues no estamos viendo todos los días decretos semejantes? ¿No te acuerdas de aquel que se dio sobre la sal?[499]

CIUDADANO PRIMERO.

Me acuerdo.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Y de aquel otro sobre las monedas de cobre? ¿Te acuerdas?

CIUDADANO PRIMERO.

Ya lo creo, ¡como que me causó poco perjuicio aquella maldita moneda! Con la venta de mis uvasme había llenado la boca de monedas de cobre, y me dirigí al mercado a comprar harina: tenía ya abierto el saco, para recibirla, cuando, hete aquí que el pregonero grita: «Nadie debe recibir en adelante la moneda de cobre; solo será corriente la de plata.»[500]

CIUDADANO SEGUNDO.

Y hace poco, ¿no jurábamos todos que el impuesto de la cuadragésima, ideado por Eurípides,[501]proporcionaría quinientos talentos al Estado? No había quien no pusiese en las nubes al inventor; pero cuando, vista la cosa con detenimiento, se comprendió que era, como suele decirse: «la Corinto de Júpiter»,[502]y que no producía nada, todo el mundo se desató contra Eurípides.

CIUDADANO PRIMERO.

Las circunstancias han variado. Entonces gobernábamos nosotros, y ahora las mujeres.

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Por Neptuno, ya tendré buen cuidado de que no se orinen en mis barbas!

CIUDADANO PRIMERO.

No sé qué sandeces dices. — Esclavo, cárgate ese fardo.

EL HERALDO.[503]

Ciudadanos, acudid todos, pues principia a plantearse la nueva ley; presentaos a nuestra generala, para que la suerte designe el lugar donde cada uno debe comer; ya están las mesas dispuestas y cargadas de manjares exquisitos, y los lechos adornados de colchas y tapices; ya el agua y el vino se mezclan en las cráteras junto a la fila de las mujeres encargadas de los perfumes; ya se asan pescados, se clavan liebres en los asadores, se tejen coronas y se fríen pastelillos; las jóvenes cuidan los puches de habas que hierven en las ollas, y entre ellas Esmeo,[504]con su uniforme de caballería, friega los platos de las mujeres; Gerón,[505]con una hermosa túnica y finos zapatos,[506]se presenta riendo con otro jovencito; ya se ha desprendido de su manto y grueso calzado. Venid, el panadero os espera; ejercitad bien vuestras mandíbulas.

CIUDADANO SEGUNDO.

Sí, iré. ¿Por qué me había de retrasar cuando la república lo manda?

CIUDADANO PRIMERO.

¿Adónde vas sin haber depositado tus bienes?

CIUDADANO SEGUNDO.

Al banquete.

CIUDADANO PRIMERO.

Si las mujeres tienen un átomo de juicio, no lo consentirán antes de que hagas el depósito.

CIUDADANO SEGUNDO.

Ya lo haré.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Cuándo?

CIUDADANO SEGUNDO.

Te aseguro que habrá otros menos solícitos que yo.

CIUDADANO PRIMERO.

Y mientras tanto, ¿vas a comer?

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Pues qué he de hacer? Todo hombre sensato debe prestar su apoyo a la república.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Y si te prohíben entrar?

CIUDADANO SEGUNDO.

Bajaré la cabeza y entraré.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Y si te apalean?

CIUDADANO SEGUNDO.

Las citaré a juicio.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Y si se ríen de ti?

CIUDADANO SEGUNDO.

Me apostaré a la puerta...

CIUDADANO PRIMERO.

¿Y qué harás?

CIUDADANO SEGUNDO.

Y arrebataré al paso los manjares.

CIUDADANO PRIMERO.

Anda, pues; pero detrás de mí. Vosotros, Sicón y Parmenón,[507]cargad con mis enseres.

CIUDADANO SEGUNDO.

Vamos, yo te ayudaré a llevarlos.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Tú?, de ningún modo. Me temo que ante nuestra generala digas que son tuyos los muebles que yo deposito.

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Por Júpiter!, yo necesito hallar un medio de conservar mis bienes y participar de la comida común. — ¡Ah, excelente idea! ¡Pronto, pronto, a comer!

(Vase.)

(A las ventanas de dos casas próximasse asoman una vieja y una joven.)

VIEJA PRIMERA.

¿Cómo no vendrá ningún hombre? Pues ya es hora pasada. Yo me estoy aquí llena de albayalde, vestida de amarillo, cantando entre dientes, loqueando,y dispuesta a arrojarme en brazos del primer transeúnte. ¡Oh Musas! Descended a mis labios e inspiradme una voluptuosa canción al modo jonio.[508]

UNA JOVEN.

¿Te has asomado a la ventana antes que yo, vieja podrida? Creías, sin duda, que estando yo ausente ibas a vendimiar la viña abandonada y a atraer alguno con las canciones. Si tú haces eso, yo también cantaré; pues aunque a los espectadores les parecerá gastado y fastidioso el procedimiento, no dejarán de encontrarlo algo cómico y divertido.

VIEJA PRIMERA.

Habla con ese carcamal y llévatelo. — Tú, mi joven flautista, coge tus instrumentos y toca una melodía digna de ti y de mí. Quien ame el placer, debe buscarlo en mis brazos. Las jovencitas carecen de la experiencia, dote de las ya maduras. Ninguna sabe querer como yo a mi amigo; a todas les gusta volar de flor en flor.

LA JOVEN.

No hables mal de las jóvenes: el placer reside en su cuerpo delicado y florece en su blanco seno. Tú, vejestorio, estás expuesta y embalsamada; solo la muerte te llamará: «amor mío».

VIEJA PRIMERA.

¡Ojalá pierdas la sensibilidad! ¡Ojalá no encuentresel lecho cuando quieras entregarte a un hombre![509]¡Ojalá al ir a besarle estreches una víbora contra tu corazón!

LA JOVEN.

¡Ay!, ¡ay!, ¿qué haré? No viene mi amigo: estoy sola; mi madre ha salido, y de las demás me importa poco. — Nodriza mía,[510]llama a Ortágoras,[511]para que goces de los derechos de tu edad.

VIEJA PRIMERA.

Pobrecilla, eres apasionada como una jonia,[512]y no me pareces novicia en los placeres de Lesbos.[513]Pero no podrás arrebatarme mis placeres, ni robarme un solo instante de las deliciosas horas que me pertenecen.

LA JOVEN.

Canta cuanto quieras y alarga el hocico por la ventana como una gata; a pesar de todo, nadie entrará en tu casa antes que en la mía.

VIEJA PRIMERA.

Si entran, será para llevarte a enterrar.

LA JOVEN.

Sería una cosa nueva, vieja podrida.

VIEJA PRIMERA.

No, por cierto.

LA JOVEN.

Claro, ¿qué puede decirse de nuevo a una vieja?

VIEJA PRIMERA.

Mi vejez no te causará perjuicio.

LA JOVEN.

¿Pues qué? ¿Tu colorete o tu albayalde?

VIEJA PRIMERA.

¿Por qué me hablas?

LA JOVEN.

¿Por qué miras?

VIEJA PRIMERA.

¿Yo? Le canto a solas a Epígenes, mi amante.

LA JOVEN.

¿Tienes más amante que Geres?[514]

VIEJA PRIMERA.

El mismo Epígenes te lo probará: va a venir dentro de poco. Míralo, ahí está.

LA JOVEN.

Pero no piensa en ti, vieja bribona.

VIEJA PRIMERA.

Sí, por cierto, apestada.

LA JOVEN.

Él mismo nos lo probará: yo me retiro de la ventana.

VIEJA PRIMERA.

Y yo también, para que veas que no me engaño.

EL JOVEN.

¡Oh, si pudiese estrechar entre mis brazos a la joven, sin sufrir antes las caricias de la vieja! Esto es intolerable para un hombre libre.

VIEJA PRIMERA.

¡Por Júpiter! Las sufrirás, mal que te pese. No creas que esta es una vejez caída en desuso.[515]La ley ha de cumplirse, pues vivimos bajo un régimen democrático. Me retiro para observar sus movimientos.

EL JOVEN.

¡Ojalá, oh dioses, encuentre sola a aquella linda muchacha! El vino, que me enardece, me hace venir a buscarla.

LA JOVEN.

He engañado a la maldita vieja. Se retiró, creyendo que yo me iba a estar en casa.

VIEJA PRIMERA.

Es el mismo, el mismo de quien hablamos. — Ven acá, dueño mío, ven a pasar la noche entre mis brazos. Los bucles de tus cabellos me tienen loca de amor; una pasión frenética arde en mi pecho y me consume. Oye mis súplicas, Cupido, y haz que venga a compartir mi tálamo.

EL JOVEN.

Ven acá, ven acá, baja a abrir la puerta, si no quieres verme morir en su dintel. ¡Oh amada mía! quiero embriagarme con tus caricias.[516]¡Oh Venus! ¿Por qué me inspiras este frenético deseo? — Oye mis súplicas, Cupido, y haz que venga a compartir mi tálamo. ¡Qué impotente es la palabra parapintar mi pasión! Abre la puerta, dulce amiga: estréchame entre tus brazos; pon fin a mi tormento. Ídolo mío, hija de Venus, abeja de las Musas, alumna de la gracia, vivo retrato del placer,[517]abre la puerta, estréchame entre tus brazos; pon fin a mi tormento.

VIEJA PRIMERA.

¡Eh, tú! ¿Por qué llamas? ¿Me buscas?

EL JOVEN.

No.

VIEJA PRIMERA.

Sin embargo, llamabas.

EL JOVEN.

¡Antes morir!

VIEJA PRIMERA.

¿Por qué vienes con esa antorcha?

EL JOVEN.

Busco a un hombre de Anaflisto.[518]

VIEJA PRIMERA.

¿Cuál?

EL JOVEN.

No es Sebine,[519]a quien tal vez esperas.

VIEJA PRIMERA.

¡Sí, por Venus!, quieras o no.

EL JOVEN.

No entendemos de lo que cuenta sesenta años, ylo dejamos para más adelante; solo juzgamos de lo que tiene menos de veinte.[520]

VIEJA PRIMERA.

Eso era bajo el antiguo régimen, querido mío; pero ahora es preciso que nos juzguéis a nosotras primero.

EL JOVEN.

Si quiero, según la ley del juego de damas.

VIEJA PRIMERA.

Cuando comes no es la ley según el juego de damas.[521]

EL JOVEN.

No te entiendo; voy a llamar a esa puerta.

VIEJA PRIMERA.

Después de haber llamado a la mía.

EL JOVEN.

Por ahora, no tengo necesidad de criba.

(La vieja baja y sale de la casa.)

VIEJA PRIMERA.

Sé que me amas; solo que estás asombrado de verme fuera; vamos, dame un beso.

EL JOVEN.

Pero, amiga mía, tengo miedo a tu amante.

VIEJA PRIMERA.

¿A cuál?

EL JOVEN.

A aquel excelente pintor.[522]

VIEJA PRIMERA.

¿Quién es?

EL JOVEN.

Uno que pinta vasos sobre los féretros. Entra pronto, no vaya a verte en la puerta.

VIEJA PRIMERA.

Ya sé, ya sé lo que tú quieres.

EL JOVEN.

También se yo lo que quieres tú.

VIEJA PRIMERA.

Mas te juro por Venus, que me ha favorecido, que no te he de soltar.

EL JOVEN.

Chocheas, viejecita mía.

VIEJA PRIMERA.

Y tú te chanceas; pero tendrás que compartir mi lecho.

EL JOVEN.

¿Qué necesidad hay de comprar ganchos para sacar los cubos de los pozos? Con echar esta vieja, se conseguirá el mismo objeto.

VIEJA PRIMERA.

Déjate de burlas, pobre muchacho, y sígueme.

EL JOVEN.

Ninguna obligación tengo, a no ser que hayaspagado a la república la quingentésima[523]de tus años.

VIEJA PRIMERA.

Por Venus, sígueme: a mí nada me complace tanto como el amor de los muchachos de tu edad.

EL JOVEN.

Pues a mí nada me desagrada tanto como el amor de tus coetáneas; jamás podré quererlas.

VIEJA PRIMERA.

¡Por Júpiter! Esto te obligará.

EL JOVEN.

¿Qué es eso?

VIEJA PRIMERA.

Un decreto con arreglo al cual tienes que entrar en mi casa.

EL JOVEN.

Dilo y veamos.

VIEJA PRIMERA.

Escucha: «Han resuelto las mujeres que cuando un joven ame a una doncella no podrá gozar de sus favores sin haber otorgado previamente los suyos a una anciana: si atento solo a su pasión por la joven se negase a cumplimentar el precitado requisito, las mujeres de avanzada edad tendrán derecho a prenderle y a arrastrarle impunemente por donde más lo sienta.»[524]

EL JOVEN.

¡Ay de mí! Voy a ser un nuevo Procusto.[525]

VIEJA PRIMERA.

Es necesario obedecer nuestras leyes.

EL JOVEN.

¿Y si alguno de mis amigos o conciudadanos viniese a rescatarme?

VIEJA PRIMERA.

Ningún hombre puede disponer de cosa alguna cuyo valor exceda al de una medimna.

EL JOVEN.

¿No puedo oponerme?

VIEJA PRIMERA.

Todos los rodeos están prohibidos.

EL JOVEN.

Alegaré que soy comerciante.[526]

VIEJA PRIMERA.

Y yo haré que te arrepientas de haberlo alegado.

EL JOVEN.

¿Qué debo hacer?

VIEJA PRIMERA.

Entrar en mi casa.

EL JOVEN.

¿Indispensablemente?

VIEJA PRIMERA.

Como si Diomedes[527]lo ordenase.

EL JOVEN.

Pues bien, extiende una capa de orégano sobre cuatro ramas; cíñete de bandas la cabeza, y coloca junto a ti los vasos de perfumes, y en la puerta el cántaro de agua lustral.[528]

VIEJA PRIMERA.

También me comprarás una corona.

EL JOVEN.

¡Sí, por Júpiter! Con tal que sea de cirios,[529]pues creo que expirarás en cuanto entres en tu casa.

LA JOVEN.

¿Adónde arrastras a ese joven?

VIEJA PRIMERA.

A mi casa; porque es mío.

LA JOVEN.

Es una locura. Es demasiado joven para ti; mejor puedes ser su madre que su esposa. Con ese sistema vais a llenar el mundo de Edipos.[530]

VIEJA PRIMERA.

Calla, sierpe. La envidia te hace hablar así; pero la has de pagar.

LA JOVEN.

¡Por Júpiter salvador, qué gran servicio me has prestado librándome de esa vieja! ¡Esta noche te probaré mi ardiente gratitud![531]

VIEJA SEGUNDA.

¡Eh, eh! ¿adónde te llevas a ese? Según la ley, mi derecho a sus abrazos es preferente.

EL JOVEN.

¡Oh desdicha! ¿De dónde sales, vieja condenada? Esta es mil veces peor que la primera.

VIEJA SEGUNDA.

Ven acá.

EL JOVEN. (A la joven.)

¡Por todos los dioses! no dejes que esa vieja me obligue a seguirla.

VIEJA SEGUNDA.

La ley te obliga, yo no.

EL JOVEN.

Di más bien una Empusa[532]con todo el cuerpo plagado de úlceras hediondas.

VIEJA SEGUNDA.

Sígueme, corazoncito mío, y déjate de charla.

EL JOVEN.

Déjame ir a hacer una necesidad, para que pueda recobrarme un poco; si no, el miedo me obligará a pintar de rojo el dintel de esa puerta.

VIEJA SEGUNDA.

Ven, no temas; en casa lo harás.[533]

EL JOVEN.

¡Oh!, temo hacer más de lo que quiero; déjame, te daré dos buenos fiadores.

VIEJA SEGUNDA.

No los admito.

VIEJA TERCERA.

¡Eh, tú! ¿Adónde vas con esa vieja?

EL JOVEN.

No voy, me llevan. Quienquiera que seas, ojalá te colme el cielo de bendiciones, por venir a ayudarme en este apuro.[534]¡Oh Hércules! ¡Oh Panes! ¡Oh Coribantes! ¡Oh Dióscuros! Ese monstruo es infinitamente más horrible. ¿Pero qué es, Júpiter poderoso? ¿Es una mona rebozada en albayalde, o el espectro de una vieja vuelta de los infiernos?

VIEJA TERCERA.

No te burles, y sígueme por aquí.

VIEJA SEGUNDA.

No, por aquí.

VIEJA TERCERA.

Nunca te soltaré.

VIEJA SEGUNDA.

Yo tampoco.

EL JOVEN.

Me vais a descuartizar, viejas malditas.

VIEJA SEGUNDA.

La ley manda que me sigas.

VIEJA TERCERA.

Como no se presente otra vieja más fea.

EL JOVEN.

Pero si me matáis así, ¿cómo he de poder acercarme a aquella hermosa?

VIEJA TERCERA.

Arréglatelas como puedas; por de pronto obedéceme.

EL JOVEN.

¿Con cuál de vosotras debo cumplir primero?

VIEJA SEGUNDA.

¿No lo sabes? Ven conmigo.

EL JOVEN.

Pues que me suelte esta otra.

VIEJA TERCERA.

No, ven conmigo.

EL JOVEN.

Iré, si esta me suelta.

VIEJA SEGUNDA.

Pues yo no te suelto.

VIEJA TERCERA.

Ni yo.

EL JOVEN.

Sois muy malas barqueras.

VIEJA SEGUNDA.

¿Por qué?

EL JOVEN.

Porque haréis pedazos a los pasajeros tirando a un lado y a otro.

VIEJA SEGUNDA.

Calla, y ven por aquí.

VIEJA TERCERA.

No, por aquí.

EL JOVEN.

Estamos en el caso del decreto de Canono,[535]pues tengo que partirme en dos para daros gusto. ¿Pero cómo he de poder manejar dos remos a un mismo tiempo?

VIEJA SEGUNDA.

Muy fácilmente, comiéndote un puchero de cebollas.[536]

EL JOVEN.

¡Ay de mí! ¡Ya estoy junto a la puerta!

VIEJA TERCERA. (A la vieja segunda.)

Nada conseguirás, porque entraré contigo.

EL JOVEN.

No, por todos los dioses: mejor es un mal que dos.

VIEJA TERCERA.

Por Hécate, quieras o no, así ha de ser.

EL JOVEN.

¡Negro infortunio! ¡Permanecer todo el día y toda la noche en brazos de una vieja hedionda, ypara fin de fiesta caer de nuevo entre los de esa rana cuyas mejillas parecen dos alcuzas![537]¿Hay desgracia como la mía? Sin duda nací con mal sino, pues tengo que nadar entre estos monstruos. Si algún mal me sucede al navegar sobre estas fétidas letrinas, acordaos de sepultarme bajo el mismo dintel de la puerta; y a la que me sobreviva untadle todo el cuerpo de hirviente pez. Cubridla hasta el tobillo de fundido plomo, y colocadla sobre mi tumba, a guisa de lámpara funeraria.[538]

UNA CRIADA.[539]

¡Qué felicidad la del pueblo ateniense! ¡Qué felicidad la mía! ¡Y, sobre todo, qué felicidad la de mi señora!

¡Felices todos vosotros, vecinos y conciudadanos, y cuantos estáis a nuestras puertas; y feliz con ellos yo, simple sirvienta, que he llenado mi cabellera de perfumes! ¡Y qué exquisitos, Júpiter soberano! Pero el perfume de las ánforas llenas de vino de Tasos es más exquisito todavía; este aroma se conserva largo tiempo, los otros se desvanecen en seguida. ¡Sí, excelsos dioses, el perfume de las ánforas es mil y mil veces preferible! ¡Echadme vino! Echadme; pues alegra toda la noche a laque ha sabido elegirlo. — Pero, amigas, decidme dónde está mi dueño, el marido de mi señora.

CORO.

Si te quedas ahí, me parece que lo encontrarás.

LA CRIADA.

Tenéis razón; ya viene a cenar. ¡Oh dueño mío! ¡Hombre feliz! ¡Hombre mil veces feliz!

EL DUEÑO.

¿Yo?

LA CRIADA.

Sí, tú, y más feliz que ninguno, por Júpiter. ¿Puede haber nadie más dichoso que tú, que en una población de más de treinta mil ciudadanos eres el único que no ha cenado?

CORO.

Es verdaderamente un hombre feliz.

LA CRIADA.

¿Adónde, adónde vas?

EL DUEÑO.

A cenar.

LA CRIADA.

Serás el último, por Venus. Sin embargo, mi señora me ha dicho que te lleve, y contigo a esas muchachas. Aún queda mucho vino de Quíos y otras mil cosas buenas. — ¡Ea, no tardemos! Los espectadores que nos favorecen, y los jueces imparciales, pueden venir también: les daremos de todo. Así, pues, di generosamente a todo el mundo, sin omitir a nadie, invitando a viejos, jóvenes y niños, que tendrán cena dispuesta para todos... si van a sus casas.

CORO.

Corro al festín, llevando mi antorcha con gracia. ¿Qué esperas tú? ¿Por qué no vienes con esas muchachas? Mientras bajas con ellas, yo entonaré un canto a propósito para abrir el apetito. Pero antes quiero dar al jurado un pequeño consejo. Que los sabios me juzguen por lo que en esta comedia hay de sabio, y los que gusten de chistes por los muchos chistes que en ella he derramado. Así, si no me engaño, me someto al parecer de todos. No me perjudique el haberme tocado en suerte ser el primero;[540]no lo olvidéis; y fieles a vuestro juramento, juzgad siempre con rectitud a los coros; no seáis como esas viles cortesanas que solo se acuerdan de lo último que han recibido.

SEMI-CORO.

¡Ya es hora, amigas mías! Ya es hora, si queremos concluir, de dirigirnos al banquete danzando. Partid y ajustad vuestros pasos al ritmo cretense.

SEMI-CORO.

Así lo hago.

CORO.

Marchad vosotras, ligera y acompasadamente. Pronto se van a servir ostras, cecina, rayas, lampreas, pedazos de sesos en salsa picante, silfio, puerros empapados en miel, tordos, mirlos, palominos torcaces, palomas, crestas de gallo asadas,chochas, pichones, liebres cocidas en arrope, y sustancia de alones.[541]Ya lo sabéis; pronto, amigas mías, coged un plato, y en seguida un vaso, y a comer.

SEMI-CORO.

Las otras devoran ya.

CORO.

¡Saltemos! ¡Bailemos! ¡Ea! ¡Ea! ¡Al festín! ¡Ea! ¡Ea! ¡Victoria! ¡Victoria!

FIN DE LAS JUNTERAS.


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