Chapter 33

CORO.

CORO.

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(Falta.)

UNA VIEJA.

Buenos ancianos, ¿he llegado a la casa donde habita el nuevo dios, o he equivocado el camino?

CORO.

Estás a su puerta, hermosa niña,[625]tu pregunta es oportunísima.

LA VIEJA.

Voy a llamar a alguno de la casa.

CREMILO.

No es necesario: aquí me tienes; ¿qué es lo que te trae? Habla.

LA VIEJA.

Soy víctima, amigo mío, de la acción más inicuao infame desde que ese dios ha recobrado la vista; mi existencia es insoportable.

CREMILO.

¿Cómo? ¿Serás acaso un delator-hembra?

LA VIEJA.

No, por cierto.

CREMILO.

¿Te habrá correspondido mala letra en el sorteo para beber?

LA VIEJA.

Tú te ríes, y yo, ¡infeliz!, muero devorada por una pasión.

CREMILO.

Vamos, acaba de decir cuál es la pasión que te devora

LA VIEJA.

Escucha: yo amaba a un joven pobre; ¡pero tan hermoso, tan bien formado, tan bueno! Todo cuanto le pedía me lo daba con la mayor solicitud y cariño; yo a mi vez no le negaba nada.

CREMILO.

¿Y qué solía pedirte?

LA VIEJA.

Poca cosa; era conmigo lo más vergonzoso... Unas veces veinte dracmas para comprarse un traje; otras, ocho para unos zapatos; ya me decía que regalase túnicas a sus hermanas y un vestidillo a su madre; ya necesitaba cuatro medimnas de trigo.

CREMILO.

No es mucho a la verdad; su discreción es admirable.

LA VIEJA.

Y aun eso, según solía decirme, no me lo pedía por vil interés, sino por pura amistad. Por ejemplo, un vestido regalado por mí era un constante recuerdo.

CREMILO.

Ese hombre te quería extraordinariamente.

LA VIEJA.

Pero ahora no es así. ¡Cómo se ha cambiado el pérfido! Hoy le había enviado este pastel con otras golosinas que ves en este plato, indicándole que a la noche iría...

CREMILO.

¿Y qué ha hecho?

LA VIEJA.

Me ha devuelto mis regalos, y además este otro pastel, con la condición de que no pusiese los pies en su casa, añadiendo este insulto:

«Eran en otro tiempo los milesiosVarones esforzados...»[626]

«Eran en otro tiempo los milesiosVarones esforzados...»[626]

«Eran en otro tiempo los milesiosVarones esforzados...»[626]

«Eran en otro tiempo los milesios

Varones esforzados...»[626]

CREMILO.

Pues no es tan malo el muchacho: ahora que es rico no le gustan las lentejas;[627]antes la necesidad le obligaba comer de todo.

LA VIEJA.

Por las dos diosas te lo juro, antes estaba continuamente a la puerta de mi casa.

CREMILO.

¿Para llevarte a enterrar?

LA VIEJA.

No, sino por el gusto de escuchar mi voz.

CREMILO.

Ya sería por ver si le dabas algo.

LA VIEJA.

Cuando estaba triste me llamaba con ternura: «patito mío, palomita mía».

CREMILO.

Y después te pediría dinero para unos zapatos.

LA VIEJA.

Habiendo ido en carro[628]a la celebración de los grandes misterios, porque me miró por casualidad no sé quién, lo tomó tan a pecho que me estuvo pegando todo el día. ¡Tan celoso era el pobre!

CREMILO.

Sin duda deseaba comer solo.

LA VIEJA.

Solía decirme que mis manos eran hermosísimas.

CREMILO.

Cuando le alargaban veinte dracmas.

LA VIEJA.

Que mi cutis exhalaba un olor suavísimo...

CREMILO.

Cuando le servías vino de Tasos.

LA VIEJA.

Ponderaba la ternura y brillantez de mis ojos.

CREMILO.

No era lerdo el mozo. ¡Qué bien sabía explotar a una impúdica vieja!

LA VIEJA.

Creo, por tanto, querido mío, que Pluto obra muy mal al conducirse así, después de haber prometido su constante ayuda a las víctimas de cualquiera injusticia.

CREMILO.

¿Qué quieres que haga? Dilo, cumplirá tu deseo.

LA VIEJA.

Es muy justo, por Júpiter, obligar al que de mí ha recibido tantos favores, a hacérmelos a su vez: de otro modo, no es digno de disfrutar del bien más pequeño.

CREMILO.

¿No te manifestaba su reconocimiento todas las noches?

LA VIEJA.

Pero me prometía no abandonarme jamás mientras viviera.

CREMILO.

Muy bien; pero creerá que ya no existes.

LA VIEJA.

¡Ay, amigo de mi alma, estoy consumida por el pesar!

CREMILO.

Más aún; me parece que has entrado ya en putrefacción.

LA VIEJA.

Podría pasar por un anillo.[629]

CREMILO.

Con tal que ese anillo fuese el aro de una criba.

LA VIEJA.

¿Qué veo? ahí viene el joven de quien me estaba quejando: tiene traza de dirigirse a una orgía.

CREMILO.

Está claro: lleva, en efecto, una corona y una tea.

EL JOVEN.

¡Salud!

LA VIEJA.

¿Qué dice?

EL JOVEN.

Mi anciana amiga, ¡qué pronto has encanecido! ¡Es asombroso!

LA VIEJA.

¡Triste de mí! ¡Cuántos insultos!

CREMILO.

Sin duda hace mucho tiempo que no te ha visto.

LA VIEJA.

¡Mucho tiempo! Ayer estuvo conmigo.

CREMILO.

Le pasa lo contrario que a otros muchos: el vino, según parece, le aclara la vista.

LA VIEJA.

No; siempre es un desvergonzado.

EL JOVEN.

¡Oh Neptuno, rey del mar! ¡Oh vetustas divinidades, cuántas arrugas tiene en la cara!

LA VIEJA.

¡Eh! ¡Eh! Aparta la antorcha.

CREMILO.

Tiene razón; si le salta una sola chispa, arderá como un tronco de olivo seco.

EL JOVEN.

¿Quieres jugar un momento conmigo?

LA VIEJA.

¿En dónde, pérfido?

EL JOVEN.

Aquí, con nueces.

LA VIEJA.

¿A qué juego?

EL JOVEN.

A adivinar cuántos dientes conservas.

CREMILO.

Yo adivinaré también; le quedan tres o cuatro.

EL JOVEN.

Has perdido; no tiene más que una muela.

LA VIEJA.

¡Hombre infame! ¿Has perdido el juicio para sacarme los trapos a la colada[630]delante de tanta gente?

EL JOVEN.

No te vendría mal una buena jabonadura.

CREMILO.

Te equivocas; ahora está perfectamente pintada, y si la lavases se le quitaría el albayalde y se pondrían de manifiesto todas sus arrugas.

LA VIEJA.

Para ser tan viejo, me pareces muy poco formal.

EL JOVEN.

¡Ah! Te hace carantoñas y te abraza la cintura creyendo que nadie le ve.

LA VIEJA.

¡No, por Venus! ¡No, infame!

CREMILO.

Hécate me preserve de tal locura. Pero, mi joven amigo, yo no puedo consentir que aborrezcas a esta muchacha.

EL JOVEN.

Si la idolatro.

CREMILO.

Sin embargo, te acusa...

EL JOVEN.

¿De qué?

CREMILO.

De que eres un insolente, que le has dicho:

«Eran en otro tiempo los milesiosVarones esforzados...»

«Eran en otro tiempo los milesiosVarones esforzados...»

«Eran en otro tiempo los milesiosVarones esforzados...»

«Eran en otro tiempo los milesios

Varones esforzados...»

EL JOVEN.

Vamos, no quiero disputártela.

CREMILO.

¿Por qué?

EL JOVEN.

Por respeto a tu edad: a otro nunca se lo hubieraconsentido. Vete en paz con la muchacha.

CREMILO.

Entiendo, entiendo: no quieres vivir ya con ella.

LA VIEJA.

¿Y quién lo consentirá?

EL JOVEN.

Yo no puedo tener relaciones con una vieja que cuenta trece mil años de amoríos.

CREMILO.

Sin embargo, pues no te desdeñaste de beber el vino, justo es que apures la hez.

EL JOVEN.

Pero esta es sumamente rancia y corrompida.

CREMILO.

Pásala por la manga y se purificará.

EL JOVEN.

Pero entra: yo te sigo para ofrecer al dios estas coronas.

LA VIEJA.

Yo también, porque tengo que decirle una cosa.

EL JOVEN.

Entonces, no entro.

CREMILO.

Tranquilízate: no te violará.

EL JOVEN.

Tienes razón: harto tiempo la he manejado a mi antojo.[631]

LA VIEJA.

Entra; yo te sigo.

CREMILO.

¡Oh Júpiter! La viejecilla se pega al mozo con la insistencia de una lapa.

(Entran todos.)

CORO.

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(Falta.)

CARIÓN.

¿Quién va? ¿Quién llama? ¿Qué es esto? No distingo a nadie; sin duda la puerta ha rechinado sin que ninguno la toque.

MERCURIO.

¡Hola! Carión: aguarda.

CARIÓN.

¿Eras tú el que tan estrepitosamente golpeaba la puerta?

MERCURIO.

No, pero me disponía a llamar cuando has abierto. Ea, corre y advierte a tu amo que sin perder un instante se me presente con su mujer, sus hijos, sus criados, su perro, tú y su marrano.

CARIÓN.

¿Pues qué ocurre?

MERCURIO.

Júpiter, gran bribón, quiere aderezaros a todos en la misma cazuela y arrojaros al Báratro.

CARIÓN.

¡Cuidado con la lengua, pregonero de desgracias! Mas, ¿por qué piensa tratarnos de ese modo?

MERCURIO.

Porque habéis cometido el crimen más horrendo. Desde que Pluto ha recobrado la vista nadie nos ofrece a los dioses ni incienso, ni laureles, ni tortas, ni víctimas, ni nada, en fin.

CARIÓN.

Ni se os ofrecerán nunca: nos gobernabais muy mal.

MERCURIO.

De los otros dioses poco se me importa; pero yo me siento desfallecer y morir.

CARIÓN.

¡Qué discreción!

MERCURIO.

Antes, de par de mañana, me ofrecían ya en los figones toda clase de deliciosos manjares, sopa en vino, miel, higos secos y, en fin, cuanto es digno de mi paladar; pero ahora, muerto de inanición, me estoy echado todo el día, con los pies en el aire.

CARIÓN.

Y se te está muy bien empleado: ¿por qué dejabas multar a los que te trataban tan a cuerpo de rey?[632]

MERCURIO.

¡Ay triste de mí! ¡Ay torta querida que me amasaban el cuatro de cada mes![633]

CARIÓN.

«Tu amor está ausente; inútilmente le llamas.»

MERCURIO.

¡Ay sabrosa pierna que yo devoraba!

CARIÓN.

Pues bien; salta sobre un pie en ese odre para distraerte.[634]

MERCURIO.

¡Ay intestinos calientes que yo comía!

CARIÓN.

Sin duda los tuyos están atormentados por un cólico.

MERCURIO.

¡Ay deliciosa copa, mitad vino y mitad agua!

CARIÓN.

Bébete eso,[635]y lárgate volando.

MERCURIO.

¿Querrás hacerme un favor, amigo mío?

CARIÓN.

Si puedo, con mucho gusto.

MERCURIO.

¿No podrías darme un pan bien cocido, y una gran tajada, de las víctimas que estáis sacrificando en casa?

CARIÓN.

Pero es un sacrilegio el sacarlas.

MERCURIO.

Ya sabes que cuando le robabas alguna cosa a tu dueño, yo siempre procuraba que no lo supiese.

CARIÓN.

Con la condición de partir los provechos, ladrón redomado; porque casi siempre recibías una exquisita torta.

MERCURIO.

Que te la comías tú solo.

CARIÓN.

¿Acaso participabas tú de mis golpes, cuando yo era sorprendido?

MERCURIO.

Olvida los pasados males, ya que has tomado a File.[636]En nombre de los dioses, recibidme en vuestra casa.

CARIÓN.

¿Y abandonarás a los dioses por habitar con nosotros?

MERCURIO.

Vuestra vida es mucho mejor.

CARIÓN.

¿Cómo? ¿Crees honrosa semejante deserción?

MERCURIO.

«Patria es todo país donde se vive bien.»[637]

CARIÓN.

¿Pero qué ocupación podemos darte aquí?

MERCURIO.

Nombradme portero.[638]

CARIÓN.

¿Portero? Maldita falta nos hace la chismografía porteril.

MERCURIO.

Comerciante.

CARIÓN.

Si somos ricos, ¿para qué hemos de mantener un Mercurio revendedor?

MERCURIO.

Agente de intrigas.[639]

CARIÓN.

¿Intrigas? quita allá. Sencillez de costumbres es lo que hace falta.

MERCURIO.

Guía.

CARIÓN.

El dios ve perfectamente, y ya no necesita guía.

MERCURIO.

Pues bien, seré presidente de los juegos. ¿Qué dirás ahora? Pluto debe instituir certámenes escénicos y gímnicos.[640]

CARIÓN.

¡Qué bueno es tener muchos nombres! Así ha encontrado el medio de ganarse la vida. No sin razóntodos los jueces se afanan por ser inscritos en varios tribunales.[641]

MERCURIO.

¿De modo que me admitiréis para ese empleo?

CARIÓN.

Vete al pozo a lavar estas entrañas de las víctimas, para que sobre la marcha nos demuestres que entiendes de servir.

UN SACERDOTE DE JÚPITER.

¿Quién podrá decirme dónde está Cremilo?

CREMILO.

¿Qué ocurre, buen amigo?

EL SACERDOTE.

Nada de bueno. Desde que Pluto ha recobrado la vista, me muero de hambre; yo, todo un sacerdote de Júpiter salvador, no tengo que comer.

CREMILO.

Por los dioses, ¿cuál es la causa de tu laceria?

EL SACERDOTE.

Nadie ofrece el menor sacrificio.

CREMILO.

¿Por qué?

EL SACERDOTE.

Por que todos son ricos. Antes, cuando nada tenían, el mercader que regresaba sano a su casa, y el reo que conseguía la absolución, nunca dejabande ofrecer alguna víctima. Cuando alguno ofrecía un sacrificio favorable, era de rigor que el sacerdote asistiese al festín; pero ahora nadie sacrifica, nadie entra en el templo, como no sea millares de personas para atestarlo con sus excrementos.

CREMILO.

¿No tomas también tu parte de esas ofrendas?

EL SACERDOTE.

De modo que espontáneamente me he despedido de Júpiter salvador, para establecerme aquí.

CREMILO.

Tranquilízate; pues, dios mediante, todo saldrá a pedir de boca. Júpiter salvador está aquí; ha venido también espontáneamente.

EL SACERDOTE.

¡Oh, qué buena noticia!

CREMILO.

Aguarda un poco; vamos a colocar a Pluto en el lugar que antes ocupaba, como guardián perpetuo del tesoro de Minerva.[642]¡Eh, vengan las antorchas encendidas! Tú las llevarás delante del dios.

EL SACERDOTE.

Está muy bien dispuesto.

CREMILO.

Llamad a Pluto.

LA VIEJA.

Y yo, ¿qué hago?

CREMILO.

Ponte sobre la cabeza esas ollas[643]consagradas al dios, y llévalas con majestad y decoro; precisamente tienes un vestido de diversos colores.[644]

LA VIEJA.

¿Y el asunto que me ha traído?

CREMILO.

Todo se arreglará. El joven irá a tu casa esta noche.

LA VIEJA.

Si me respondes de que vendrá, llevaré las ollas.

CREMILO.

Sucede en estas ollas lo contrario que en las demás. Ordinariamente la tez arrugada[645]se forma encima; pero en estas la tez arrugada va debajo.

CORO.

Tampoco nosotros debemos permanecer aquí; preciso es que nos retiremos y marchemos cantando tras la procesión.

FIN DE PLUTO.


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