CORO.
CORO.
Palas, amiga de los coros, yo te invoco obedeciendo al sagrado rito. Ven, casta doncella, libre del yugo de himeneo, protectora de nuestra ciudad, única guarda de su poder y de sus puertas. Apareces enemiga natural de los tiranos; el pueblo de las mujeres te llama; acude en compañía de la Paz, amiga de las fiestas.
Vosotras también, diosas augustas,[163]venid benévolas y propicias a vuestro sagrado bosque, donde la vista de los hombres no puede escudriñar los sagrados misterios; donde a la luz de las brillantes antorchas, mostráis vuestro rostro inmortal. Llegad, acercaos, os lo pedimos humildemente, venerandas Tesmóforas. Si alguna vez, accediendo a nuestros ruegos, os dignasteis venir, venid ahora también y no desoigáis nuestros votos.
EURÍPIDES.
Mujeres, si queréis reconciliaros conmigo, consientoy me comprometo a no hablar mal de vosotras en adelante. Estas son mis condiciones de paz.
CORO.
¿Por qué motivo nos la propones?
EURÍPIDES.
El hombre que está atado a ese poste es mi suegro. Si me lo entregáis, no volveré a hablar mal de vosotras; pero si no accedéis, me propongo denunciar a vuestros maridos a su regreso de la guerra todas vuestras ocultas maquinaciones.
CORO.
Por lo que a nosotras toca, quedan aceptadas tus condiciones; pero tienes que persuadir a ese bárbaro.
EURÍPIDES.
Eso es cuenta mía. (Vuelve disfrazado de vieja con una bailarina y una tañedora de flauta.) Acuérdate, Elafión,[164]de hacer lo que te he dicho en el camino. Pasa adelante, y recógete el vestido. — Tú, Teredón, toca la flauta al modo pérsico.
EL ARQUERO.
¿Qué significa esa música? ¿Quién trata de excitarme?
EURÍPIDES. (De vieja.)
Arquero, esta muchacha necesita ejercitarse, pues tiene que ir a bailar delante de unos hombres.
EL ARQUERO.
Que baile y se ejercite; yo no se lo he de impedir. ¡Qué ágil es! ¡Salta como una pulga en un pellejo de carnero!
EURÍPIDES.
Vamos, hija mía, quítate ese vestido; siéntate en las rodillas del escita, y alárgame los pies para que te descalce.[165]
EL ARQUERO.
Sí, sí, siéntate, niña mía. ¡Oh qué seno tan duro!
EURÍPIDES.
Toca pronto la flauta. ¿Aún te da miedo el escita?
EL ARQUERO.
¡Qué hermosísima es!
EURÍPIDES.
¡Orden, amigo mío!
EL ARQUERO.
Pues no quedaría descontenta.[166]
EURÍPIDES.
Bien. (A la bailarina.) Ponte el vestido: ya es hora de marchar.
EL ARQUERO.
¿Sin darme un beso?
EURÍPIDES.
Vamos, bésale.
EL ARQUERO.
¡Ajajá! ¡Qué boquita tan dulce! Ni la miel delÁtica. Mas, ¿por qué no ha de pasar un rato conmigo?[167]
EURÍPIDES.
Adiós, arquero, eso no es posible.
EL ARQUERO.
Sí, sí, viejecita mía, hazme ese favor.
EURÍPIDES.
¿Me darás un dracma?
EL ARQUERO.
Sí, sí, te lo daré.
EURÍPIDES.
Pues venga el dinero.
EL ARQUERO.
No tengo un óbolo, pero toma mi carcaj.
EURÍPIDES.
Traerás aquí a la muchacha.
EL ARQUERO.
Sígueme, hermosa; tú, viejecita mía, guarda en tanto a ese anciano. ¿Cómo te llamas?
EURÍPIDES.
Artemisia.
EL ARQUERO.
No se me olvidará. Artamuxia.
(Vase con la bailarina.)
EURÍPIDES.
Astuto Mercurio, todo sale a pedir de boca. Corre, pobre muchacho, corre con la bailarina, mientrasyo le desato. — Tú, en cuanto te suelte, huye a toda prisa, y refúgiate en casa, entre tu mujer y tus hijos.
MNESÍLOCO.
Esa es cuenta mía, en cuanto me vea libre.
EURÍPIDES.
Ya lo estás. Ahora huye, antes de que venga el arquero y te sorprenda.
MNESÍLOCO.
Ya lo hago.
(Se van Eurípides y Mnesíloco.)
EL ARQUERO.
Viejecita mía, ¡qué hermosa hijita tienes! ¡Lo más dócil, lo más amable!... ¿Dónde está la vieja? ¡Ah, estoy perdido! ¿Adónde se ha ido el viejo? Vieja, viejecita mía, eso no está bien hecho. Artamuxia me ha engañado. Lejos de mí, maldito carcaj. Con razón te llaman así; por ti me ha engañado la vieja.[168]¡Ay! ¿Qué haré? ¿Dónde está la viejecita? ¡Artamuxia!
CORO.
¿Preguntas por una vieja que llevaba una lira?
EL ARQUERO.
Sí, sí. ¿La habéis visto?
CORO.
Se marchó de aquí seguida de un viejo.
EL ARQUERO.
¿Un viejo con una túnica amarilla?
CORO.
Eso es. Aún podrás alcanzarlos si los persigues por ahí.
EL ARQUERO.
¡Maldita vieja! ¿Por cuál camino huyó? ¡Artamuxia!
CORO.
Sube todo derecho. ¿Adónde corres? Vuelve atrás: sigue la dirección contraria.
EL ARQUERO.
¡Pobre de mí! Y en tanto huye Artamuxia.
CORO.
Corre, corre. ¡Ojalá un viento favorable se te lleve... al infierno! Pero ya es hora de que cesen nuestros juegos y de retirarnos a nuestros hogares. ¡Plegue a las Tesmóforas sernos propicias en premio de nuestro trabajo!
FIN DE LAS FIESTAS DE CERES Y PROSERPINA.