Esta noche es Noche-buenay no es noche de dormir,que está la Virgen de partoy á las doce ha de parir.
Esta noche es Noche-buenay no es noche de dormir,que está la Virgen de partoy á las doce ha de parir.
Esta noche es Noche-buenay no es noche de dormir,que está la Virgen de partoy á las doce ha de parir.
¿Dónde pasaré la noche?
Afortunadamente, puedo escoger.
Y, si no, veamos.
Estamos á 24 de Diciembre de 1855—en Madrid.
Conocemos por su nombre á los mozos de los cafés.
Tratamos tú por tú á los poetas aplaudidos,—semidioses, por más señas, para los aficionados de lugar.
Visitamos los teatros por dentro, y los actores y los cantantes nos estrechan las manos entre bastidores.
Penetramos en la redacción de los periódicos, y estamos iniciados en la alquimia que los produce.—Hemos visto los dedos de los cajistas tiznados con el plomo de la palabra, y los dedos de los escritores tiznados con la tinta de la idea.
Tenemos entrada en una tribuna del Congreso, crédito en las fondas, tertulias que nos aprecian, sastre que nos soporta...
¡Somos felices! Nuestra ambición de adolescente está colmada. Podemos divertirnos mucho esta noche. Hemos tomado la tierra. Madrid es país conquistado. ¡Madrid es nuestra patria! ¡Viva Madrid!
Y vosotros, jóvenes provincianos, que, á la caida de la tarde, en el otoño, solitarios ytristes, sacáis á pasear por el campo vuestros impotentes deseos de venir á la corte; vosotros, que os sentís poetas, músicos, pintores, oradores, y aborrecéis vuestro pueblo, y no habláis con vuestros padres, y lloráis de ambición, y pensáis en suicidaros...; vosotros... ¡reventad de envidia, como yo reviento de placer!
Han pasado dos horas.
Son las nueve de la noche.
Tengo dinero.
¿Dónde cenaré?
Mis amigos, más felices que yo, olvidarán su soledad en el estruendo de una orgía.
—«¡La noche es de vino!»—exclamaban hace poco rato.
Yo no he querido ser de la partida.—Yo he atravesado ya, sin ahogarme, ese mar rojo de la juventud.
—«La noche es de lágrimas»—les he contestado.
Mis tertulias están en los teatros.—¡Los madrileños celebran la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo oyendo disparatar á los comediantes!
Algunas familias, en las que soy extranjero,me han querido dar la limosna de su calor doméstico, convidándome á comer,—¡porque ya no cenamos!...—Pero yo no he ido; yo no quiero eso; yo busco mi cena pascual, la colación deNoche-buena, mi casa, mi familia, mis tradiciones, mis recuerdos, las antiguas alegrías de mi alma... ¡la Religión que me enseñaron cuando niño!
¡Ah! Madrid es una posada.
En noches como esta se conoce lo que es Madrid.
Hay en la corte una población flotante, heterogenea, exótica, que pudiera compararse á la de los puertos francos, á la de los presidios, á la de las casas de locos.
Aquí hacen alto todos los viajeros que van de paso al porvenir, al reino fantástico de la ambición, ó los que vuelven de la miseria y del crimen...
La mujer hermosa viene aquí á casarse ó á prostituirse.
La pasiega deshonrada á críar.
El mayorazgo á arruinarse.
El literato por gloria.
El diputado á ser ministro.
El hombre inutil por un empleo.
Y el sabio, el inventor, el cómico, el gigante, el enano; así el que tiene una rareza en el alma, como el que la tiene en el cuerpo; lo mismo el monstruo de siete brazos ó de tres narices, que el filósofo de doble vista; el charlatán y el reformador; el que escribe melodías y el que hace billetes falsos, todos vienen á vivir algún tiempo á esta inmensa casa de huéspedes.
Los que logran hacerse notar, los que encuentran quién los compre, los que se enriquecen á costa de sí mismos, se tornan en posaderos, en caseros, en dueños de Madrid, olvidándose del suelo en que nacieran...
Pero nosotros, los caminantes, los inquilinos, los forasteros, nos damos cuenta esta noche de que Madrid es un vivac, un destierro, una prisión, un purgatorio...
Y por la primera vez en todo el año conocemos que ni el café, ni el teatro, ni el casino, ni la fonda, ni la tertulia son nuestra casa...
Es más; ¡conocemos que nuestra casa no es nuestra casa!
LaCasa, aquella mansión tan sagrada para el patriarca antiguo, para el ciudadano romano, para el señor feudal, para el árabe; la Casa, arca santa de los penates, templo de la hospitalidad, tronco de la raza, altar de la familia, ha desaparecido completamente en las capitales modernas.
LaCasaexiste todavía en los pueblos de provincia.
En ellos, nuestra casa es casi siempre nuestra...
En Madrid, casi siempre es del casero.
En provincias, cuando menos, la casa nos alberga veinte, treinta, cuarenta años seguidos...
En Madrid, se muda de casa todos los meses, ó á más tardar todos los años.
En provincias, la fisonomía de la casa siempre es igual, simpática, cariñosa: envejece con nosotros; nos recuerda nuestra vida; conserva nuestras huellas...
En Madrid, se revoca la fachada todos los años bisiestos, se visten las habitaciones con ropa limpia, se venden los muebles que consagró nuestro contacto.
Allí, nos pertenece todo el edificio: el yerboso patio, el corral lleno de gallinas, la alegre azotea, el profundo pozo, terror de los niños, la torre monumental, los anchos y frescos cenadores...
Aquí, habitamos medio piso, forrado de papel, partido en tugurios, sin vistas al cielo, pobre de aire, pobre de luz.
Allí, existe el afecto de la vecindad, término medio entre la amistad y el parentesco, que enlaza á todas las familias de una misma calle...
¡Aquí, no conocemos al que hace ruido sobre nuestro techo, ni al que se muere detrás del tabique de nuestra alcoba, y cuyo estertor nos quita el sueño!
En provincias, todo es recuerdos, todo amor local: en un lado, la habitación donde nacimos; en otro, la en que murió nuestro hermano; por una parte, la pieza sin muebles en que jugábamos cuando niños; por otra, el gabinete en que hicimos los primeros versos...; y, en un sitio dado, en la cornisa de una columna, en un artesonado antiguo, el nido de golondrinas, al cual vienen todos los años dos fieles esposos, dos pájaros de África, á críar una nueva prole...
En Madrid, se desconoce todo esto.
¿Y la chimenea? ¿Y el hogar? ¿Y aquella piedra sacrosanta, fría en el verano y durante las ausencias, caliente y acariciadora en el invierno,—en aquellas noches felices que ven la reunión de todos los hijos en torno de sus padres, pues hay vacaciones en el colegio, y los casados han acudido con sus pequeñuelos, y los ausentes, los hijos pródigos, han vuelto al seno de su familia?—¿Y ese hogar?... decidme... ¿dónde está ese hogar en las casas de la corte?
¿Será un hogar acaso la chimenea francesa, fábrica de bronce, marmol ó hierro, que se vende en las tiendas al por mayor y al por menor, y hasta se alquila en caso necesario?
¡La chimenea francesa! ¡He aquí el símbolo de una familia cortesana! ¡He aquí vuestro hogar, madrileños! ¡Hogar sujeto á la moda; que se vende cuando está antiguo; que muda de habitación, de calle y de patria: hogar, en fín (y esto lo dice todo), que se empeña en un día de apuro!
He pasado por una calle, y he oido cantar sobre mi cabeza, entre el ruido de copas y platos y las risas de alegres muchachas, la copla fatídica de mi abuela:
La Noche-buena se viene,la Noche-buena se vá,y nosotros nos iremosy no volveremos más.
La Noche-buena se viene,la Noche-buena se vá,y nosotros nos iremosy no volveremos más.
La Noche-buena se viene,la Noche-buena se vá,y nosotros nos iremosy no volveremos más.
—He ahí (me he dicho) una casa, un hogar, una alegría, una sopa de almendra y un besugo, que pudiera comprar por tres ó cuatro napoleones.
En esto, me ha pedido limosna una madreque llevaba dos niños: uno en brazos, envuelto en su deshilachado mantón, y otro más grande, cogido de la mano.—¡Ambos lloraban, y la madre también!
No sé cómo he venido á parar á este café, donde oigo sonar las doce de la noche, la hora del Nacimiento!
Aquí, solo, aunque bulle á mi alrededor mucha gente, he dado en analizar la vida que llevo desde que abandoné mi casa paterna, y me ha horrorizado por primera vez esta penosa lucha del poeta en Madrid; lucha en que sacrifica á una vana ambición tanta paz, tantos afectos.
Y he visto á los vates del sigloXIXconvertidos en gacetilleros, á la Musa con las tijeras en la mano despedazandosueltos, á los que en otros siglos hubieran cantado la epopeya de la patria, zurcir hoyartículos de fondopara rehabilitar unpartidoy ganar cincuenta duros mensuales!...
¡Pobres hijos de Dios! ¡Pobres poetas!
Dice Antonio Trueba (á quien dedico este artículo):
Hallo tantas espinasen mi jornada,que el corazón me duele,me duele el alma!...
Hallo tantas espinasen mi jornada,que el corazón me duele,me duele el alma!...
Hallo tantas espinasen mi jornada,que el corazón me duele,me duele el alma!...
¡He aquí miNoche-buena, del presente, miNoche-buenade hoy!
Luego he tornado otra vez la vista á lasNoches-buenasde mi pasado, y, atravesando la distancia con el pensamiento, he visto á mi familia, que en esta hora patética me echará de menos; á mi madre, extremeciéndose cada vez que gime el viento en el cañón de la chimenea, como si aquel gemido pudiese ser el último de mi vida; á unos diciendo: «¡tal año estaba aquí!»; á otros: «¿dónde estará ahora?...»
¡Ay! ¡no puedo más! ¡Yo os saludo á todos con el alma, queridos míos! Sí: yo soy un ingrato, un ambicioso, un mal hermano, un mal hijo... Pero ¡ay otra vez y ay cien mil veces! yo siento en mí una fuerza sobrenatural que me lleva hacia adelante y que me dice: «¡tú serás!» ¡Voz de maldición que estoy oyendo desde que yacía en la cuna!!
¿Y qué he de ser yo, desdichado? ¿Qué he de ser?
Y nosotros nos iremos,y no volveremos más.
Y nosotros nos iremos,y no volveremos más.
Y nosotros nos iremos,y no volveremos más.
¡Ah! yo no quiero irme: yo quiero volver: inmolo demasiado en la contienda para no salir victorioso: triunfaré en la vida y triunfaréde la muerte... ¿No ha de tener recompensa esta infinita angustia de mi alma?
Es muy tarde.
La copla de la difunta sigue revoloteando sobre mi cabeza.
La Noche-buena se viene...
La Noche-buena se viene...
La Noche-buena se viene...
¡Ah! ¡sí! ¡Vendrán otrasNoches-buenas!—me he dicho, reparando en mis pocos años.
Y he pensado en lasNoches-buenasde mi porvenir.
Y he empezado á formar castillos en el aire.
Y me he visto en el seno de una familia venidera, en el segundo crepúsculo de la vida, cuando ya son frutos las flores del amor.
Ya se había calmado esta tempestad de amor y lágrimas en que zozobro, y mi cabeza reposaba tranquila en el regazo de la paciencia, ceñida con las flores melancólicas de los últimos y verdaderos amores.
¡Yo era ya un esposo, un padre, el jefe de una casa, de una familia!
El fuego de un hogar desconocido ha brillado á lo lejos, y á su vacilante luz he visto á unos seres extraños que me han hecho palpitar de orgullo.
¡Eran mis hijos!...
Entonces he llorado...
Y he cerrado los ojos para seguir viendo aquella claridad rojiza, aquella profética aparición, aquellos seres que no han nacido...
La tumba estaba ya muy próxima... Mis cabellos blanqueaban...
Pero ¿qué importaba ya? ¿No dejaba la mitad de mi alma en la madre de mis hijos? ¿No dejaba la mitad de mi vida en aquellos hijos de mi amor?
¡Ay! en vano quise reconocer á la esposa que compartía allí conmigo el anochecer de la existencia...
La futura compañera que Dios me tenga destinada, esa desconocida de mi porvenir, me volvía la espalda en aquel momento...
¡No: no la veía!... Quise buscar un reflejo de sus facciones en el rostro de nuestros hijos, y el hogar empezó á apagarse.
Y cuando se apagó completamente, yo seguía viéndolo...
¡Era que sentía su calor dentro de mi alma!
Entonces murmuré por última vez:
La Noche-buena se va...
La Noche-buena se va...
La Noche-buena se va...
Y me quedé dormido..., quizá muerto.
Cuando desperté, se había ido ya laNoche-buena.
Era el primer día de Pascua.
1855.
1855.
Sunt lachrimae rerum.(Virgilio.)
Sunt lachrimae rerum.(Virgilio.)
Sunt lachrimae rerum.(Virgilio.)
Nocreais que es unartículo de costumbres, á la manera de los discretísimos y famosos de nuestroCurioso Parlante, lo que me propongo escribir hoy. Ni yo tendría fuerzas para tanto, ni, teniéndolas, incurriría en semejante anacronismo. Y digo esto, porque losartículos de costumbresno están ya de moda...—¡Cómo han de estarlo (perdonadme la rudeza de la expresión),si no se estilan ya las costumbres!!!... ¡Las costumbres, que son, ó queeran, el alma de la vida y la vida toda de la sociedad!
Propóngome aquí únicamente sacar una especie de fotografía de lasFerias de Madrid(este año que, faltando también á sucostumbreinveterada, se han trasladado de la calle de Alcalá al paseo de Atocha) y consignar algunas reflexiones melancólicas, por las cualeshe venido á deducir que, si de la moderna sociedad van desapareciendo lascostumbres, no acontece lo propio con losvicios.
Manos, pues, á la obra.
Como caen de los árboles las hojas secas, para abonar la tierra que embellecieron y sombrearon, y cooperar al florecimiento de otra primavera futura, así los trastos viejos de lasFerias de Madrid(impelidos por aquel mismo viento dela caida de la pámpanaque arranca á los tísicos de las alcobas y se los lleva al campo-santo) se desprenden, todos los otoños, de los sotabancos y bohardillas de la corte, y se convierten en lúgubres mueblajes para casas de huéspedes, ó en ajuares de media tijera para matrimonios nuevos.—Tal es la ley universal de lo creado.
Yo he visto (y sirva de prólogo esta digresión) hacer la testamentaría de un soltero, menor de treinta años, mantenedorde la buena causaen el Prado y en los salones, muy distante de su familia y de su aldea, y muerto repentinamente al salir de un baile de máscaras.
Era una mañana de invierno, y á la pálida luz de un día de nieve, manos profanas revolvían pañuelos bordados, cuellos de casa de Dubost, guardapelos, cartas de distintas letras, guantes, algunos napoleones y cuatro ó cinco retratos, uno de ellos conocido (lo cual costó la honra á una mujer), los demás de buenas gentes de provincia (quizá padres y hermanos), y uno, en fín, del difunto, sacado cuando era niño y dirigía sus pasos al templo de Minerva...
Flores marchitas, fechas misteriosas, nombres adorados, reliquias venerandas, el libro predilecto, el afeite malicioso, elpagaréque le quitó el sueño algunas noches, los versos que se empeñó en hacer y no supo, todo pasó ante nuestros ojos como capítulos sueltos de varias novelas, ó como números atrasados de un periódico.
Diríase que íbamos descubriendo con un escalpelo, fibra por fibra, los ventrículos de un corazón todavía caliente. Quién rompía lo peligroso; quién apartaba lo útil: esto se destinaba á la familia; aquello á la sola, á la triste, á la desconsolada amante; el dinero se dió á la Parroquia para el Entierro, y se convirtió al día siguiente en pan, legumbres y chocolate; la ropa fué á la aldea en busca del hermano menor, á quien con el tiempo le valió una conquista; tal pariente deseó un libro, tal amigo unaacuarela, fulano la petaca, mengano la pluma y el sello... Y se lloró, se habló, se rió, se terminó el acto, se enterró al joven (que nada sabía de lo que pasaba), y llegó la primavera al poco tiempo, y la naturaleza no se dió por entendida de la muerte de nuestro amigo...
Conque prosigamos.
Ni los puestos de fruta que cambian de domicilio en estos días, ni las tiendas de juguetes que se salen al arroyo, ni las muchísimas encantadoras cursis en edad de merecer que andan de acá para allá, seguidas de sus madres ó empresarias, en busca de un mediano casamiento, son suficientes á quitar al mortuorio mercado del otoño madrileño su aspecto repugnante y desconsolador.
Quédense para otros pueblos las ferias animadas y bulliciosas en que, como en los tiempos primitivos, acuden de lejas tierras caravanas de mercaderes con grandes ejércitos de ganado lanar, asnal, caballar, mular, de cerda, vacuno y cabrío; en que se hacen grandes negocios, compras, ventas, cambios, robos y hurtos, dando lugar á cuantiosas emigraciones é inmigraciones de reses; en que se ven tantosbailes como tiendas de campaña, tantos cuadros de costumbres como familias de mercaderes, tantas comilonas como tratos cerrados; en que el uno acude para lucir á su serrana de negros ojos y terciado pañolón, el otro para lucir su yegua vistosamente enjaezada, todos de lujo y de fiesta, todos con un cinto lleno de oro, dispuestos á beber, y á reñir, y á jugar, y á dejar sin corazón á una docena de mujeres: quédense también para otros pueblos las ferias en que se compra lo nuevo, lo exótico, lo desconocido en todo el año, y lo tradicional, lo superfluo, lo util y lo imprescindible (la yunta, el caballo de regalo, el cerdo para lamatanza, la vajilla, la ropa de invierno, el abrigo de la cama, los cuadros del estrado, los pendientes, el collar, la sortija, los cubiertos de plata); ferias deseadas, temidas, festejadas, memorables, que hacen época en la vida, que marcan el plazo de los casamientos, que terminan el ajuste de los criados, que señalan, por último, el fín de los días de huelga, alegría y reposo posteriores á la cosecha, y el principio del recogimiento y de los nuevos trabajos que constituyen elarreglo de las casasdurantelos cuarteles de inviernode las familias...
LasFerias de Madridson todo lo contrario. ¡Doquiera que se vuelven los ojos no se vemás que tristeza, miseria, dolor, profanaciones, olvido!
Prescindamos del contingente que lasAméricasy elRastrosuministran á esa pavorosa exposición... Pasemos con los ojos cerrados y las narices tapadas por delante de los puestos en que se hallan de venta las ropas lavadas del que murió en el hospital, la ropa perdida por el jugador, la ropa execrada que llevó un ahorcado y la ropa ensangrentada del suicida desconocido...—Entre esos puestos hay algunos que pueden compararse á una cesta de trapero, á un montón de mugre, á un tiesto de basura. En ellos se ven mezclados la mitad de unas tijeras, media cruz de Isabel la Católica, la peana de un Santo, unas hilasya usadas, el faldon de un frac, el ala de un sombrero, la muleta de un cojo que murió, el mango de un cuchillo, el mástil de una guitarra, el tacón de una bota, una caja sin fondo, tres hojas de un libro, la pasta de otro, un pedazo de entorchado de General, un zapato viudo, un guante soltero... ¡y todo sucio, oxidado, agujereado, deshilachado, y apestado además por el ósculo de la muerte!
Apresurémonos, sí, á dejar á nuestra espalda esos nauseabundos puestos, y fijemos la atención en otrastiendasdonde se venden objetos más importantes, más limpios y más cuidados; objetos servibles, en fín, aunqueservidos, y ellos nos harán esperimentar la honda tristeza inherente al inventario de esta gran testamentaría que la muerte ó la pobreza sacan en Madrid á pública subasta durante el equinoccio de setiembre,—cabalmente los mismos días en que el Oceano, fustigado por elCordón de San Francisco, arroja á las playas á cada instante melancólicos restos de buques náufragos.
Mirad.—Las bibliotecas reunidas con mil afanes por el hombre estudioso; los libros con dedicatoria; los retratos de familia; los muebles consagrados por el uso; el medallón que ya fué tumba; el abanico que agitó la virgen; el reclinatorio en que rezó la desposada la noche de novios; el bastón de alcalde, tan respetado y temido en tal ó cual alboroto; la charretera que saludaron tantos soldados; el sable que acometió tan altas empresas; el sofá que oyó una conversación de amores; el tintero con que se escribió una grande obra; el caballete en que estuvo colgado un renombrado lienzo; el anillo nupcial; lo que legó un moribundo á un vivo; lo que un vivo dedicó á un muerto; la pistola que empleó el suicida; lo querido, lo venerado, lo íntimo, lo consuetudinario, lo familiar; lo que se regó con llanto, lo que se tiñó con sangre, lo que calentó nuestro cuerpo, loque se empapó con el sudor de nuestra frente; nuestro pasado, nuestra historia, nuestro ser,nosotros mismos en venta... ¡esa es la Feria de Madrid!
De aquí proviene que, cuando recorremos los puestos de la Feria, nos parece que visitamos un cementerio, y que cada objeto es una tumba; ó que ya estamos en el Valle de Josaphat, y asistimos á la gran cita de los pecadores, en que cada uno debe presentarse con su historia á la espalda, descalzo de pié y pierna, y no sabiendo quién lo rematará á su favor, si Dios para aumentar su gloria ó el diablo para aumentar su infierno.
¡Ah! ¡Sí! La Feria de esta Villa y Corte pudiera llamarsela Resurrección de los muebles.
Durante ella, y para los que tenemos algo de sexto sentido, esos muebles, arrumbados durante todo el año, se animan, gesticulan y hablan, de cuyas resultas es facil oir sangrientos apóstrofes, horrorosos sarcasmos y verdades como puños.
Un catre de tijera sale al encuentro de fulano que es Ministro, y le dice irónicamente:
—¿Me conoces? Yo te dormí en mi regazo mucho tiempo... ¿Por qué me abandonaste? ¡De seguro que no duermes tan bien ahora!
La prenda empeñada y no redimida acusa de ingrato al calavera á quien sacó de un apuro y del que no mereció luego igual merced...
Los uniformes de miliciano de 1836 se rien al ver pasar á los neo-católicos de 1857.
Las sillas de Vitoria que asistieron á la boda de tal banquero, cuando era aguador, hablan pestes de las butacas en que se sienta hoy. El becerro de oro finge no conocerlas, y aprieta el paso. Y las sillas de Vitoria se quedan diciendo, como si lo oyera:
—¡Anda!... ¡anda!... ¡La verdad es que ahora no eres tan feliz como cuando te sentabas en nuestras rodillas!
La pobre arca vieja que guardó antaño el pobre y plebeyo equipo del actual marqués improvisado, se queja amargamente del abandono en que la dejó, y, al verlo cruzar en busca de un libro de heráldica, le sopla al oido estas palabras aterradoras:
—¡Que lo digo!
Aquí un espejo reconoce á su primitiva propietaria, que ya es vieja y fea, y le dice con ferocidad:
—¡Ya me quisieras ahora, infame! Yo te hallé siempre pura y hermosa; pero tú me abandonaste por otros espejos más dorados, que marchitaron tu pureza y hermosura...—¡Hoy te desprecio, y me horrorizo de mirarte!
Allí una cama de matrimonio se cuadra delante de un caballero que lleva del brazo á unaseñora, y le pregunta por su primera esposa, á quien juró no olvidar.
En un lado da voces un palanganero de pino, diciendo:
—¡Aquel es mi amo! Yo le hacía latoilettecuando era escribiente... ¡Desde el día en que me dejó, no ha vuelto á cantar al tiempo de lavarse!
En otro lado las cómodas descerrajadas tiran de la levita á los ladrones desconocidos.
La palmatoria que presenció los ensueños del poeta, le hace guiños, como trayéndole á la memoria los instintos sublimes de su adolescencia...—Pero el poeta es diputado á Cortes, y pasa de largo...
Alfombras, cuadros, pupitres, cepillos, tenazas, confidentes, lavabos, atriles, armarios, baules..., todos saben algo, todos reconocen á alguna persona, todos representan una ingratitud, una injusticia, una decepción, una desgracia, un escándalo, una ruina!—¡Y todos dicen muy principalmente aquella gran verdad de que Madrid es una casa de huéspedes, donde no hay familia, ni hogar, ni casa, ni recuerdos, ni veneración, ni tradición, ni costumbres, nireligión... en el sentido lato de la palabra!
¡Oh, jóvenes recién llegados á la corte! Tratad superficialmente á vuestros muebles;—yoos lo aconsejo.—No toméis cariño ni á vuestra cama, ni á vuestro sillón, ni á vuestro escritorio: no intiméis con el sofá ni con las sillas: no contéis vuestros pesares al espejo: no selléis con vuestra sangre ningún bronce: no derraméis lágrimas sobre ningún mármol! ¡No améis nada en Madrid! ¡Nada!! (entiéndase siempre que hablo de objetos inanimados). Saludad á la ligera laportièrey la cortina: tocad con el filo de los labios la taza en que tomáis el té y el vaso en que bebéis el agua; mirad con la misma indiferencia la chimenea que osconfortay el baño que os refresca; no depositéis vuestra confianza ni en la carpeta en que escribís, ni en la caja de palo-santo donde guardáis la ceniza que se os va cayendo del corazón...
¡Sed finos y corteses (¡y nada más!) con el estuco y el cerezo, con el hierro y el oro, con el alcornoque y el cristal, ó temed, si les tomáis cariño, encontrarlos de venta en lasferiasdel año venidero!
1858
1858
Hayen Europa una nación que para todo sirve; que de todohabla; que todo lo hace... ó todo loimita, y que en realidad de verdad no siente nada.
Presume, sin embargo, de muy sensible, como lo demuestran los hechos siguientes:
Ella ha inventado lafamilia...universaly laguillotina; elcan-cany laDiosa Razón; las naturalezasd'elitey elcomunismo.
Ella inició el sacrílego comercio, que ya ha trascendido hasta nosotros, de lasmortajitas para niños, y vendedolor hechoen las avenidas del Cementerio delPère Lachaise! ¡Allí encontraréis epitafios de padres á hijos y de esposas á esposos, á cinco francos el lamento! Cuando perdáis un pedazo de vuestro corazón, ya no tendréis que llorarlo, sino que iréis á aquellos almacenes de sensibilidad y diréis al mercader de lágrimas:—«Deme usted una corona de¡Madre mía!, ó una lápida de¡Murió á los quince años!»
Esa misma nación envenenó la Europa con su ateismo, y cree hoy que Mr. Hume tienelos malosdentro del cuerpo; incendió la sociedad con sus teorías republicanas, y rindió luego culto al sable de un dictador: plagó la literatura de amores platónicos, de seres ideales, de mártires de la pasión, y arrancaba al propio tiempo las plumas de las alas de Cupido y las vendía por mazos en los escritorios, para dotar con su importe á las sacerdotisas de Mercurio.
Es decir; que ese pueblo, fingiendo todo género de entusiasmos, á fuer de consumado actor que ha sido siempre, especula á la vez con la verdad y con el error, con el bien y con el mal, con la fé y con la duda, con todos los sentimientos humanos... Pero, como no hay farsante ni hipócrita que no se venda y descubra á lo mejor, el peligroso pueblo de que se trata entregó al mundo la clave de su falsía, el secreto de su escepticismo, la patente de su carencia de alma y de sensibilidad, aplicando alpañuelode la mano ó del bolsillo el denigrante apodo demouchoir.
¡Mouchoir!¡moquero!—Así se llamaba el que nuestra madre nos colgaba de la cintura, en la infancia de nuestra vida: así pudo llamarsetambién el pañuelo de los salvajes en la infancia de la sociedad... Pero darle semejante nombre, hoy que su menos importante uso es el que nos sirve de pretexto para llevarlo á todas partes; recordarle su pecado original, hoy que esos mismos franceses no admiten más aristocracias que la del talento, la de la virtud y la del que ha tenido el talento y la virtud de matar muchos hombres; llamar, en fín,mouchoiral pañuelo, cuando todos los idiomas se afanan de consuno en dar denominaciones figuradas ybiensonantesá otras cosas que se emplean en peores usos, es notoria injusticia, es atroz atentado, es horrible arbitrariedad que rechaza la hidalguía española, y que de obligación toca combatir á los descendientes del nunca bien ponderado desfacedor de agravios D. Quijote de la Mancha.
No me propongo otra cosa en el presente artículo, por más que conozca mi pequeñez para tamaña empresa. Dame, empero, confianza el pensar que están de mi parte la razón y la justicia, así como el deber... y hasta quizás la gratitud.—¿Quién os dice, señores, que no estoy subvencionado por algún rico mercader de la calle de Postas para escribir en favor de la ropa blanca? Ni ¿quién sabe si, como aquellos condenados á muerte que carecen de papel, trazo estas líneas, con sangrede mis venas, sobre los hilos de un pañuelo adorado?
Sea de ello lo que fuere, allá va la defensa del mal llamadomouchoir.
** *
Son las siete de la más detestable mañana del más riguroso invierno.
Una carretela deLázaro, es decir, una enorme carretela de alquiler, sale por la puerta de Alcalá.
¿Adónde puede ir á tal hora?... La temperatura no está para fiestas... ¿Qué significa este madrugón?
Cuatro hombres ocupan la carretela.
Uno de ellos está en capilla: va á un desafío.
Los otros son los padrinos y el médico.
Todo está previsto por la amistad..., hasta la muerte del desafiado, el cual lleva en el bolsillo del paletót la consabida declaración desuicidio.
Peroalguienha previsto más. Este alguien es una mujer.
Al llegar á las afueras de Madrid, el sentenciado, que va pálido y grave (no porque teme á la muerte, sino porque recuerda la vida; no porque va á encontrar al que lo aborrece, sino porque acaba de dejar á la queama), saca unpañuelo, un elegantísimo pañuelo, ligeramente perfumado, y...
—«Toma...» le dice á uno de sus padrinos.
—«Entendido...» interrumpe éste á media voz, adivinando toda una historia de amores, muy propia de aquella vida de veinte años.
Y figúrase ver á la amada doliente y valerosa de quien acabará de separarse su amigo y que habrá sido la causa de que tarde algunos minutos en acudir á la cita: oye el últimoadiosconfundido con el último beso: vé la solemne tranquilidad de aquella despedida, en que la palabrahonorhabrá contenido los ruegos y el llanto en el fondo de dos almas: cree escuchar, en fín, estas supremas frases, con que la heróica mujer acompañaba el regalo de su pañuelo:—«Toma... para la primera cura...»
¡Ah! ¿Principiáis ya á comprender toda la importancia delpañuelo? ¿Creéis todavía que es justo llamarlemouchoir?
¡Esemouchoir, esemoquero, será en el desafío una mujer en persona, una mujer á quien ni su sexo ni su posición permiten restañar la sangre de su amado en el campo de batalla, ni tampoco verlo durante toda la curación! ¡Ese pañuelo será ella, algo de ella que impedirá que el alma se escape por la herida; que hará, en fín, lo que ella quisiera hacer con sus manos, con sus labios, con sus cabellos!
Y si desgraciadamente muere el amante, aquelpañueloserá..., no yaella, sinoél; ¡él, su sangre, su cuerpo, su vida, su muerte, toda una ignorada historia de amores, el secreto de una mujer, el epílogo de un drama, el testamento de una pasión,—que dormirá primero bajo su almohada; luego irá con ella al teatro; después asistirá á los bailes, oculto entre blondas y flores en un hueco del corsé; en seguida ocupará una cajita de palo de rosa; y, por último, pasará á manos de otro hombre, que lo mandará lavar..., como prueba de que Artemisa ha olvidado á Mauseolo!!!
** *
Mudemos la decoración; que no siempre el teatro representa un cementerio.
Demos que sois Sultán de Constantinopla.
¿Quién á los quince años no ha deseado serlo?—A los veinticinco ya es diferente.
Cien odaliscas os rodean... Arrojáis vuestropañuelo..., y lo recoge una hija de la Georgia.
¡Cátala sultana!
Pero arde la guerra; cogen prisionero á un anciano; el anciano insulta al Gran Turco; el Gran Turco lo condena á la horca; no se halla una cuerda á mano, y lo ahorcan con unpañuelo... ¡con el mismopañueloque convirtió á la odalisca en Sultana!
Así las cosas (¡qué horror!), se descubre que el prisionero ahorcado era padre de esta gran señora...
¡Franceses! ¡ved ahí unmouchoirque ha estrangulado á su suegro!
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Y basta ya de infieles: volvamos á la cristiandad.
¿Cuál será el hombre insensible que, por más que se haya prendado de la filosofía escéptica, leyendo v. gr.María ó la hija de un jornalero, por Ayguals de Izco; si entra en un templo católico (¿á qué diré yo?...) á tomar el fresco, y se encuentra con que es día de la Asunción y con que ha principiado la solemne Misa, no se detenga una media hora..., siquiera sea por el mero placer de oir la música de la capilla?
Y, una vez atento al sagrado rito; aunque nuestro filarmónico volteriano sepa también de memoria lasRuinas de Palmira, ¿quién os dice que, al ver al anciano sacerdote cubierto de oro y pedrería, arrodillado al pié de la Cruz, abatiendo la encanecida frente ó alzando con mano trémula el Pan de la Comunión,brindis de alianza entre la eternidad y la vida, entre los cielos y la tierra, no sentirá despertarse en su corazón algo que le hable de la brevedad de la existencia, de la grandeza del universo, de la injusticia de los hombres, del porvenir de nuestra alma inmortal, de las creencias de su infancia, de la existencia de un Dios? ¿Cuál será, cuál puede ser el corazón de piedra que no tiemble, cuando tiemblan simultáneamente la piedra de aquellas bóvedas, aquel pueblo arrodillado que se golpea el pecho, aquellos millares de luces, aquel aire poblado de las religiosas armonías del órgano y del repique triunfal de las campanillas de oro, aquellas nubes de incienso, aquellas voces que cantan, y aquellas lenguas de bronce que, desde la erguida torre del templo, levantan una oración tan poderosa que detiene las nubes en su carrera?
En verdad os digo que nuestro racionalista sacará elpañuelo, como primer síntoma de contrición, y pondrá sobre él la rodilla, diciendo con el profeta:Cor mundum crea in me, Deus...
Pero es lo malo que hoy casi nadie sabe latín.
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Pues bien; aunque no sepáis latín: supongamos que sois ladrón y libertino; que un grito de vuestra víctima puede perderos, llevaros al cadalso ó á la vicaría; que necesitáis en fín, una mordaza...
Sacad elpañuelo, y... punto concluido.
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—«Ven á las seis»... os dice vuestra novia, echandoos la última mirada; aquella mirada con que las andaluzas resumen una larga conversación; aquella mirada queafirmatodo lonegadodurante dos ó tres horas; mirada pícara y tierna, diabólica y angelical, llena de pudor y de abandono; mirada, en fín, que dura todo el tiempo que tarda la niña en cerrar la reja, cosa que hace muy lentamente, dejando á veces una rendijita, y arrepintiéndose luego, y abriendo otro poco para haceros un mohín que parece un beso en capullo...—«Ven á las seis»... os dice esa encantadora criatura, que no tiene más penas, ni más cuidados, ni más pensamientos, ni otra ciencia, ni otro oficio que el amor...; el amor, para el cual se viste y se peina; el amor, por el cual se alegra de ser bonita; el amor, en provecho del cual piensa alguna vez en eso que llaman bienes de fortuna; el amor, que la lleva á paseo y la tiene de pié toda la tarde, á ella, tan débil y delicada,que se libraría de quintas por endeble, si fuera hombre; el amor, que la conduce al teatro, á ella, que ninguna afición tiene á la literatura ni la moral, y muchísimo menos á la música italiana; el amor, que la hace madrugar y trasnochar, á ella, tan dormilona, tan perezosa, tan sibarita...; el amor, en fín, para el cual nació, por el que morirá, en el que vive siempre, y cuyo sacerdocio ejerce sobre la tierra.—«Ven á las seis»... os dice la infortunada; y vos, señor mío, temiendo que se os olvide acudir á la cita (pues tenéis muchas, porque sois un calavera), os véis obligado á sacar elpañueloy echarle un nudo, síntesis de la mnemotecnia española.
Al otro día váis á sonaros, y encontráis el nudo...
—¡Diablo! (decís) ¿de qué tengo yo que acordarme hoy?
Y no dáis en ello, y la niña se desespera...
Pero de pronto reparáis en que elpañuelohuele á la esencia que ayer puso en él la cuitada, ó en que ella os lo regaló.
Es el caso que recordáis la cita...
Pero no la hora...
Y la niña espera entre tanto..., y tanto espera, que de todos modos llegáis á tiempo...
¡Ah... jóvenes! ¡Conpañueloy todo, no merecéis los ratos que hacéis pasar!
En cambio, los pasáis bien tristes.
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Y, á propósito: ¿Habéis llorado alguna vez á solas? ¿Os habéis perdido en ese desierto de veinte palmos, muy más desconsolado que las arenas del Zahara, y llamado á pesar de todoCasa de huéspedes? ¿Habéis luchado á brazo partido con la sociedad, con las necesidades de la vida, con una ambición sin objeto, con un amor sin esperanza y con la dueña delestablecimiento? ¿Os habéis convencido, al cabo de muchos días de prueba, de que elpatrónes enemigo de suhuésped, de que el pupilero está en abierta lid con su pupilo? ¿Sabéis lo que es esa lucha á muerte, en que vuestro antagonista ruega á Dios que enferméis, á fín de que no comáis? ¿Os han llamado alguna vezEl de la sala...El del gabinete...El número18? ¿Habéis estado solo en una casa habitada por cien inquilinos; solo, como el enterrador que se pasea por un cementerio? ¿Os han despedazado como al tártaro que amarran á cuatro potros salvajes, el deber por un lado, la pasión por el otro, la ira y la generosidad arrastrandoos en opuesto sentido? ¿Habéis echado de menos en esas horas de amargura á la mujer que ofendisteis, á los padres que abandonasteis y á los amigos que colmasteis de favores, alejándolos así para siempre de vuestra antesala? ¿Os habéis arrepentido entonces del bién que hicisteis, del mal que dejasteis de hacer, de no haber seguido engañando á la una, de no haber adulado al otro, de haber guardado, en fín, consideraciones á un mundo que tan ingrato os abandona en vuestro dolor?
¿Sabéis, sabéis lo que es llorar á solas?
Mas ¡qué digo á solas! ¡Esa mismasoledadsale á vuestro camino, como la Verónica salió al encuentro de Cristo en la calle de la Amargura, y os pone un lienzo en la cara para enjugar las lágrimas que la inundan!
Sí; elpañuelo, sólo el pañuelo, viene entonces á consolaros. Él seca vuestro lloro, él sofoca vuestros gritos; él guarda (como nadie lo guardaría en un caso semejante) el secreto de vuestra miseria y debilidad...
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¡Oh!... ¡Bendito sea elpañuelo!
Cantemos las alabanzas de ese cuadrado de batista, que nunca se separa de nosotros; que nos acompaña á todas partes; que, como Júpiter y Proteo, adopta todas las formas, pero no en provecho suyo, sino en provecho nuestro, dándonos contínuas muestras de una caridad verdaderamente sublime.
Él se dobla en forma de cabestrillo, y sostiene vuestro brazo lastimado.
Él se hace tiras para serviros de vendaje.
Él se deshace completamente para convertirse en hilas.
Él se transforma en tacos cuando váis de caza.
Él se extiende en el suelo para que os sentéis encima.
Con él se presenta al pié del cadalso el mensajero del perdón.
Con él os limpiáis el polvo de las botas.
Él hace el principal papel en elOtelode Shakspeare.
Él acaba de ingresar en el ejército, representando el amor de cincuenta mil novias de otros tantos quintos, sin contar los quintos que tendrían más de una novia y de unpañuelo.
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Cuando silban las balas, y los hombres caen como espigas sobre el campo del honor; cuando cada detonación que suena deja á una madre sin hijo, á un hijo huérfano, á una esposa viuda ó á un hermano sin hermano..., él luce en la punta de una bayoneta en señal deparlamento, y la naturaleza respira alborozada, como cuando sale el sol, después de la tempestad.
Que elpañuelo, aunque sea blanco, tiene las propiedades delarco-iris.
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Pero vamos á otra cosa.
Yo he visto á una niña de diez y siete años pasar horas y horas doblada sobre un bastidor, bordando cierto nombre en el pico de unpañuelo...
Según me contaron, al otro día partía su amante para laUniversidad... ó para otra parte...; que no todo se ha de decir.
¿Qué pensaba la niña cada vez que añadía un rasgo á aquellos adorados caracteres?
¡Cuántas historias, cuántos castillos en el aire fundaría sobre cada letra! ¡Cuántos recaditos, cuántos encargos daría á cada punto! ¡Qué ventura para la niña! ¡Pronunciar de una vez para siempre el nombre del dueño de su alma; esculpirlo, grabarlo, eternizarlo...!—¡Quizás era aquella la primera y última carta de amor que le escribía!
Los amantes de la Arcadia dejaban su nombre escrito en la corteza de los árboles...; pero aquellos alcornoques crecían tanto con el tiempo que la inscripción se borraba...—¡En cambio, unpañuelodura miles de años!
¡Dichoso mortal el que recibiera el bordadopor la niña! ¿Qué le importarían ya el olvido y la inconstancia?... Aquelpañuelopodrá acreditarle eternamente que hubo un día en que fué idolatrado; ¡el día en que la niña levantó aquel monumento á la gloria de su amor!
¡Bienaventuradas las niñas que han amado siquiera una hora, porque ellas han visto el reino de los cielos!
Y ¡ay tristes de los maridos de esas niñas, si esas niñas llegan á casarse con hombre á quien no hayan bordado ningúnpañuelo!
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¡Pues nada os digo de la consolación que nos brinda elmouchoircuando la ira ruge en nuestro pecho y las lágrimas se niegan á acudir á nuestros ojos!
¡Dulce es entonces despedazarlo con uñas y dientes, cebar en él toda nuestra furia, maltratarlo sin piedad..., y echarlo de menos al cabo de un momento, cuando el achaque nasal viene á decirnos:¡aquí estoy!
¡Y, áun entonces, veréis que, abofeteado y todo como se halla, presenta la otra mejilla á vuestros ultrajes!
¡No son tan mansos los poseedores de pañuelos! Los maltratamos hoy sin razón; los buscamos mañana para servirnos de ellos, y nos repiten aquel siniestro cantar: