V.

siempre el padre quiere másal hijo que vale menos.

siempre el padre quiere másal hijo que vale menos.

siempre el padre quiere másal hijo que vale menos.

Unafeano tieneamor propio. ¡He aquí la fuente de mil virtudes!

Pero no adelantemos los sucesos.

Entre su niñez de angel y su mayor edad de santa, nuestra heroina tiene que pasar algunos años de demonio, ó más bien algunos años de infierno.

Durante su niñez, la sin ventura no cambiaría sus habilidades y su talento por la estúpida belleza de sus hermanas...

¡Aún no sabe lo que le espera!

Aún no conoce el amor...

Así llega á los catorce años.

Y aquí principia el poema del alma: aquíprincipia la tragedia del corazón: aquí principia el martirio de lafea.

Es de noche.

Estamos en un baile de confianza de cualquier ciudad subalterna; en uno de esos bailes improvisados que empiezan los domingos por la tarde, después de tal ó cual procesión religiosa.

Un velón de cuatro mecheros, fabricado en Lucena, alumbra la sala principal de la casa del alcalde.—El barbero de éste toca la guitarra en un rincón, y diez ó doce señoritas, vestidas con trajes de lana, y sin guantes ni prendidos, forman la femenil constelación del sarao.—Son hijas de lo mejor, de lo principalito del pueblo.—Quince ó veinte jóvenes las están bailando hace dos horas. El júbilo es inmenso; la media luz favorable; el wals loco, rápido, juguetón...—Ya se atropellan, ya se caen...—Las esteras de esparto tienen esta ventaja.

Las madres, sentadas al brasero en un gabinete contiguo, velan por la inocencia de sus hijas.

Casi todas las muchachas allí reunidas son agradables: algunas... hasta bonitas.

Hay una de estas que sobresale entre las demás por su gracia y por su gallardía tanto como por su hermosura.—Todos desean bailar con ella.—Es una de esas beldades que donde quiera reinan, donde quiera dominan...

En cambio hay en un rincón cierta joven que todavía no ha bailado ni una sola vez.

¡Es lafea!

Desde allí acecha, mira, devora.

¿Por qué nola sacaná ella? ¿Por qué no le dicen aquellas tonterías tan deliciosas que alegran á las demás? ¿Por qué no se sientan los galanes á su lado?

¡Qué bello es aquel joven! ¡Qué grato será ir en sus brazos, empujada por la música!

¡Ah! Se acerca á ella... La mira con lástima...

¡Oh, nuevo puñal! ¡La compasión solamente lo impulsó hacia aquel sitio!...

Ya llega...

¡Qué milagro! ¡La ha sacado á bailar!

¡Pero cuán levemente coge su talle! ¡Su talle que tiembla de placer!—Apenas toca su mano...—¡Qué frialdad! ¡Está haciendo una obra de misericordia!

¡Y, sin embargo, ella tiene quince años y encierra más amor en su alma que olas amargas el Océano!

Y, á pesar de esto, ella agradece aquelnuevo insulto. ¡Ella ama á quien la ha compadecido!...

¡Si se atreviera á hablarle!

Pero él está distraido... tal vez fastidiado...

Se acaba el wals. ¡Todas se han reido de ella!

El quefuésu pareja huyó sin saludarla.

Ahora todas tienen á su lado un galanteador... un enamorado...

Ella está sola y callada, crispada y lúgubre, como el reo en el banquillo después de la ejecución.

¡Y aquí terminan los placeres de su juventud!—Ya no volverá á bailar en toda su vida.—¡Estavez... ha sido la primera y la última.

¡Qué amable, qué política, qué complaciente es una fea!

¡Y qué cruel es el hombre!

¡Ni una palabra, ni una mirada, ni un consuelo para la hijastra de la naturaleza!

La deja consumirse de amor, de sed, de desesperación..., y no le dice:

—«¡Generoso corazón, ensánchate! ¡Toma mi alma, que vale menos que la tuya!»

Así se pasan los días de la juventud de lafea.

¡Cuántas quimeras habrá forjado en su imaginación!

¡De cuántos hombres se habrá enamorado!

¡Cuántas veces se habrá consentido!

¡Cuántas otras habrá querido morir!

—«¡Doquier hay amor, goces, casamientos, hijos!... (habrá exclamado, loca de dolor). ¡Para mí, nada!»

Y luego las novelas... ¡las novelas!

Vedla hecha una poetisa.—Pero ¡qué poetisa!—Vedla sí, envenenada, mordaz, perversa, diabólica, esgrimir una pluma y una lengua comparables á dos aguijones.

¡Venganza! ¡Venganza!—¡Su corazón ha muerto!

¡Infeliz lunar, infeliz defecto, infeliz debilidad, infelices todas las faltas que tenga la hermosura!

La crítica, la murmuración, la calumnia levantan sus cabezas de serpiente...

He aquí su grito de guerra: «¡Desprecio á los hombres! ¡Guerra al amor!»

¡Desdichada!

«¡Viva la libertad, la independencia, el celibato!»

¡Qué ironía!

¡Sarcasmos sangrientos de un orgullo despedazado!

Tiene treinta años: ¡treinta siglos de amargura!

A su alrededor todo es luz; ella sombra: todo melodía; ella silencio: todo vida; ella muerte.

¿Cómo no ha de renegar del mundo?

¿Qué le debe, sino dolor?

¡Cuántos ríos de lágrimas habrá derramado la infeliz en la soledad de su lecho!

¡Qué fiebres habrá sofocado en su corazón!

¡Qué horrorosas envidias habrán mordido las túnicas de su cerebro!

¡Qué violencia para disimular!

¡Qué torrentes de amor habrán corrido ocultos en lo más recóndito de su alma!

¡La mujer tiene que callar!—El hombre ansía, y busca: la mujer ansía, y sufre...

La hez de la sociedad es á lo menos un refugio para elfeoávido de placeres.

Pero lafeano encuentra postor en Constantinopla, ni lances de amor y fortuna en ninguna parte.

¡Respiremos!

Estamos en los cuarenta años.

Lafeaha vuelto á ser un angel.

Es capaz de los sacrificios más heróicos.

Como no se agrada, se desvive por agradar.

Como no se ama, es toda abnegación.

¡Es la mejor amiga... hasta de las mujeres!

El mejor consuelo de los ancianos...

La mejor confidente de los niños...

¡Y la mejor protectora de los mozos! A la edad que ya tiene, cobra un maternal afecto á los galanes de las muchachas nuevas; se deja llamarfeapor ellos, y les ayuda en sus empresas amorosas, con tal que sean lícitas y honestas.

Llora en los duelos de todo el mundo.

Vuelve á amar su talento, y explota sus habilidades de niña para subsistir.—¡Sus padres han muerto! ¡Sus hermanosse han casado!

Se hace querer por su docilidad, por su amable trato, por sus buenas costumbres, por su bondad exquisita.

Se vuelve filósofa; pero filósofa cristiana.

Aspira al cielo, donde no hay feas ni bonitas.

Ama á Dios, porque sabe que para Dios su fealdad es un mérito.

«¡Bienaventurados los que lloran!» dijo el Salvador del Mundo.

Visita mucho las iglesias.

Va á misa mayor á la catedral, si hay catedral, y, si no, á la colegiata, y, si tampoco hay colegiata, al templo más concurrido.

Es jugadora.

Casi siempre avara.

Algunas veces maestra de miga... (de amigadicen los que hablan en toda regla.)

Viste muy oscuro.

Cuenta mil aventuras amorosas de su juventud.

Es muy atendida de los clérigos y de las madres de familia.

Va de tertulia á la oración, á casa de las vecinas, y nadie va á su casa.

Da días, y no los recibe.

Envejece sin haber vivido, como otoño sin primavera.

Muere, y nadie la llora.

El Evangelio le promete el cielo.

Guadix 1853.

Guadix 1853.

SONRISAS HIPOCRÁTICAS.—SOLES DE INVIERNO.

Día 5 de Enero de 1858.

Segúnmis corresponsales, el Sol (que, como es sabido, se marchó áveranearal Paraguay y al canal de Mozambique poco antes de Ferias) llegó sin novedad el día 21 de diciembre próximo pasado al Trópico de Capricornio, donde ha permanecido algunos días tomando baños de mar.

Esta residencia del Astro-rey en aquel punto es lo que solemos llamar desde aquísolsticio de invierno. Por consiguiente, Su Majestad Solar debe de haber emprendido ya su regreso á nuestro Trópico, al cual no llegará hasta el 21 de Junio.

Seguirán entretanto haciendo sus veces en esta villa y corte las pieles, la lana, el carbón de piedra, la leña y las mujeres bonitas; á pesar de cuyo auxilio Madrid continuará tiritando como un perro del Celeste Imperio, é inspirando serios temores de morir hecho un carámbano.

Afortunadamente, los helados mueren con la sonrisa en la boca.—Así es que Madrid, á medida que se va enfriando, ríe á más y mejor, goza y se divierte como nunca, y ni afonías, ni dolores de costado, ni pulmonías, ni pleuresías, ni ataques apopléticos bastan á borrar de sus labios la mencionada hipocrática sonrisa.

Nada, pues, másdelicioso(ya véis que hablo en francés puro); nada más higiénico y divertido, en estos crudísimos días de invierno, que dar un par de vueltas á pié por la Fuente-Castellana, desde las tres hasta las cuatro de la tarde, y áun por el mismo Prado, de cuatro á cinco—esto último si no es de fiesta,—bien abrigadito unopor dentro y por fuera, como suele decirse; sin dejar el cigarro de la boca,á no ser para encender otro; con las manos y el puño del bastón metidos en los bolsillos de un gabán que se ledebaá Caracuel, y pensando en la gloria, en el amor y en los indispensables cien millones...

La Fuente-Castellana, con su dilatado horizonte de lontananzas espléndidas, con su diáfano, vastísimo cielo, con sus fantásticas perspectivas, en que se destacan á lo lejos las torres y las cúpulas de Madrid; con sus áridas cercanías donde proyectan largas sombras los endebles y desarropados árboles heridos por los rayos horizontales del sol poniente, no es un paraiso que digamos para los que nacimos en la feraz Andalucía; pero tiene—y esto nadie podrá negarlo—no sé qué belleza propia de las llanuras, no sé qué majestad, no sé qué embeleso, no sé qué melancolía peculiar del Desierto y del Océano, de las soledades del frío y de las soledades del calor, del Polo y del Africa, que me agrada soberanamente.

¡Dulce es, repito, dar un par de vueltas por este paseo de tres á cuatro de la tarde!—La flor de las mujeres de Madrid (que es como si dijéramos la flor de las mujeres de España, dado que toda España nos remite anualmente la flor de sus hermosuras), la flor de las españolas, pues, y, por consiguiente, las mujeres más bellas ó más seductoras del mundo, recorren á pié, en coche ó á caballo aquellas larguísimas calles arrecifadas. Las damas principales de la corte; las que menos se prodigan; aquellas que los profanos sólo alcanzan á ver alguna noche, durante una hora, en el teatro Real; las flores de invernadero; las mortales, en fín, de quienes está uno por creer quehadas misteriosaslas sacan del lecho á las dos de la tarde, las bañan, perfuman y visten, y las tienden sobre un sofá ó sobre una carretela, donde siguen pensando en su hermosura...; esas reinas de la moda, emperatrices del gusto y diosas del amor, revolotean por allí como brillantes mariposas, y óyese el crugido de sus botas sobre la arena ó de su vestido contra vuestro pantalón, y aspírase un fugitivo aroma de violeta, y óyese acaso una codiciada voz, y véselas por ultimo montar en su carruaje...—operación que no ejecutan sin dar al propio tiempo el golpe de gracia á los que las miran...

Me parece que me he explicado.

«Per troppo variar natura é bella»—dicen hasta los que no saben el italiano: y es la pura verdad.

El mundo—entendiendo pormundoá los habitantes de la Tierra, y no á todos, sino á esosbípedos-implumesque los optimistas han dado en llamarracionales(lo cual, dicho en absoluto, es tan temerario como llamar oro á todo lo que reluce),—los hombres, digo, lo han comprendido así: esto es, han comprendido que la Naturaleza es bella por lo demasiado varia, y, á fín de no ser menos que su madre, han puesto todo su prurito en dar variedad á la vida civil, á la vida social, ó como queráis llamarle á esta vida de perros que llevamos los pueblos civilizados.

En su consecuencia, tenemos (ciñéndonos ahora á lo que pasa en Madrid) que de los doce meses del año no hay dos en que los descendientes del grancesantellamado Adan distraigamos nuestros ocios de una misma manera.

Eneroes el mes delos estrechos, de los aguadores y cocheros que creen en la venida periódica de los Santos Reyes, del cerdo de San Antón, del tarjeteo, de los bailes aristocráticos, de los patinadores, y de la toma de posesión de los concejales nuevos.

Febrerobrilla por sus bailes de máscaras, por sus teatros caseros, por su rifa de la Inclusa y por su Carnaval plagado de estudiantinas y de hombres vestidos de mujer.

Marzo, por sus vigilias, su día de San José, sus sermones, sus novenas y sus setenarios.

Abril, por su Semana Santa.

Y no paso adelante, pues que estamos en Abril y hoy es domingo de Ramos.

¡Ved! Los mismos carpinteros que ayer improvisaban un tablado sobre las butacas de los Teatros para disponer aquellas mascaradas frenéticas de toda una noche, que terminaban siempre con la consabidagalop infernal, arreglan hoy en las Iglesias los Monumentos del Jueves-Santo: las mismas damas que diableaban hace un mes en el Teatro Real bajo un antifaz de seda, ó mejor dicho, sin el antifaz que usan todo el año, se preparan hoy á pedir limosna para los niños de la Inclusa en las puertas de los templos: los tertulios de sus salones y de sus palcos, ó los ginetes que en el Prado suelen acercarse á la portezuela de sus coches, son invitados, no á unasoirée, ni á una conferencia matinal en el tocador, ni á un día de campo en Aranjuez, sino á San Luis, á San Antonio de los Portugueses ó á Santo Tomás, á que contribuyan con un pedacito de oro á dejar bien puesto el pabellón de las bellas postulantes: los más empedernidos Lovelaces obedecerán el Jueves á tan piadosa intimación, después de lo cual se plantarán en frente de las iglesias á ver entrary salir á las mujeres, lo mismo á las casadas que á las solteras y á las viudas, pareciéndose en esto á aquel de quien se dijo:

El señor don Juan de Robres,con caridad sin igual,hizo este santo hospitaly también hizo á los pobres.

El señor don Juan de Robres,con caridad sin igual,hizo este santo hospitaly también hizo á los pobres.

El señor don Juan de Robres,con caridad sin igual,hizo este santo hospitaly también hizo á los pobres.

Item.—El paseo público se traslada el Jueves á la calle de Carretas, y el Viernes á la calle Mayor.—Estos días no ruedan sobre los adoquines de la corte más carruajes que las diligencias, las sillas-correos y los carros de la limpieza. Los soldados llevan los fusilesá la funerala, con la culata hacia arriba. En lugar de campanas, suenancarracasen las torres de las iglesias. Los tambores están destemplados... de intento. La bandera nacional, izada á media asta sobre los edificios públicos, pregona el duelo. Todo, pues, ha cambiado de forma, de sitio y de hora; pero la gente es la misma, y mañana no se acordará de la compunción religiosa de hoy, como hoy no se acuerda de las calaveradas de ayer.

A los buenos católicos, que aún somos muchos en España, nos ofende este aire frívolo de la Semana Santa de Madrid; pero, en cambio, como á buenos patricios que somos también, nos llena de orgullo y de satisfacción el irresistible garbo con que las madrileñas lucenestos días por esas calles de Dios la nunca bien ponderada mantilla española.

¡La mantilla española!—¡He aquí la verdadera heroina de la Semana Santa!

Yo admiro y amo el sombrero francés; pero no puedo menos de cantar las excelencias y ventajas de la clásica mantilla, bandera nacional de nuestras mujeres...

¡Y banderanegra, vive Dios..., hasta cuando esblanca! ¡Enseña de una guerra sin cuartel! ¡Símbolo de amores á vida ó muerte!—¡Bandera tan negra como los odios, como los celos, como las trenzas de pelo regaladas á media noche y los demás enseres del guarda-ropa de las pasiones meridionales! ¡Bandera tan negra como los ojos de las mantenedoras y como la sangre de los que penan por su querer! ¡Bandera negra que no arrancarán de los hombros de nuestras andaluzas todas lasladysydemoissellesdelmapa-mundi!

Pido, pues, que se coloque una mantilla nacional en la basílica de Atocha.

EL SÁBADO DE GLORIA.

¡Alleluya!¡Tiremos los trastos por la ventana!... ¡Llegó la hora de tocar á gloria!

La semana anterior todo era silencio y tristeza... hasta cierto punto: las campanas, los coches, los pianos, los organillos, las murgas, todos los ruidos gozosos de la capital habían callado. Los teatros estaban cerrados, las tertulias... ¡perdone usted por Dios! Ni un baile; ni un concierto; ni un alma en el Prado; ni un carruaje en la Castellana.—Nada, en fín, daba idea de lagran vidade la corte.

Las noches eran eternas. Los madrileños se aburrían como provincianos. Para ver á las muchachas, era necesario hacer lo que en tiempos de Calderón; rondar á la puerta de las iglesias. ¡Y, cual si esto no fuese bastante, el viento silbaba lúgubremente, y la lluvia se divertía, como los pastores de la Arcadia, en hacer correr á las doncellas... con los miriñaques al descubierto!—¡Qué días!

¡Y qué trasformación!

Las campanas estremecen el aire, y los coches se estremecen sobre el escabroso piso de la gran capital.

Los carteleros vuelven á empapelar las esquinas con anuncios de teatro.

Los que por la mañana salen á negocios, oyen nuevamente las interrumpidas lecciones de canto y piano que dan entre el chocolate y el almuerzo las hijas de los que tienen dinero, ó las huérfanas de los que se lo dejaron; y eltranseunte, si es demasiado soltero, al escuchar un aria mal cantada ó peor tocada, adivina, allende la vidriera (que alguna fámula limpia tarareando el malagueño), á la señorita de la casa, despeinada, mal envuelta en una bata y un mantón, fluctuando entre los recuerdos de la pasada noche y los planes de batalla que piensa dar á la tarde en el Prado, ó después en el teatro... Y el hombre de negocios sigue su camino entre un aluvión de cocineras, que vuelven de la plaza con las provisiones vedadas desde el Miércoles Santo; pues ya va á sonar en las cocinas la hora de la resurrección de lacarne...;—lo cual sienten muchísimo los que gustan más del pescado!

Las recién llegadas golondrinas hienden el aire, rozando á veces los adoquines con sus alas, en tanto que las lilas y las rosas abren sus perfumerías en los jardines públicos y privados.

Los tenderos, los sastres y las modistas exhiben sus géneros primaverales. Apáganse las chimeneas y las estufas. Desaparecen las copas y los braseros. Y los manguitos, las capas y los abrigos de todas clases quedan en situación de reemplazo hasta el año próximo, no sin espolvorear antes sobre ellos alcanfor y pimienta quebrantada.

Los balcones empiezan á verdear. Las jaulas de pájaros permanecen en ellos toda la noche, lo que produce deliciosos conciertos callejeros por las madrugadas. En las plazas poco transitadas nace alguna yerba entre el empedrado, y en el corazón de los queya no tienen corazónse despierta no sé qué hambre de amor y de vida, de gloria y de felicidad que hace dificultosa la respiración y largas las horas del anochecer...

Los cementerios merecen también las atenciones de Flora, y se ponen tan lindos y perfumados estos días, que es un gusto pasarse allí la siesta leyendo novelas de amores ó pensando en los medios de llegar á ser excelentísimo señor.

¡Oh... sí! En todo se advierte que la naturaleza ha tocado también á gloria. En la Carrera de San Jerónimo sacuden las alfombras del Congreso, próximo ya á reanudar sus tareas. Las reuniones literarias, tan de moda este año, vuelven á sus honestos recreos..., y dentro de pocas semanas se prolongarán las sesiones del Prado hasta las once de la noche...

¡Allí están ya las sillas, testigos de tantos duos enmí mayor, esperando nuevas veladas cariñosas en que se desenlacen los dramas sentimentales del pasado invierno!...

¡Oh Dios! ¡Todos los años lo mismo! Y,sin embargo, ningún año nos perdona los consabidos doce meses de existencia.—Está visto: esos pequeñuelos que juegan por las tardes en elparterredel Retiro, en la Fuente de Apolo y en la Plaza de Oriente, acabarán por quitarnos nuestros papeles de galanes jóvenes, relegándonos al de barbas.

Vuelvo á mi canción de siempre.

No hay bien ni mal que cien años dure; y en consecuencia de esto, nuestro insigne Quintana ha bajado al sepulcro á los ochenta y cinco años de haber nacido.—Hanle enterrado, ypax Christi.

España es un templo que se hunde. Hoy sopló el viento un poco fuerte, y ha venido á tierra un arco, una torre, una columna..., lo que quiera que haya sido Quintana. Los periódicosreligiososhan cogido el derrumbado fragmento, y han apedreado con él á los liberales.—El sol ha seguido dando vueltas como si tal cosa.

El siglo que viene, tal día como hoy, serán otros los soberanos de Europa, y se habrán vuelto feas ¡muy feas! todas las muchachasbonitas que hoy nos embelesan en los paseos y en los teatros. Pero yo siento más que nada no haber de conocer las óperas nuevas que se cantarán en la temporada cómica de 1958 á 1959.—¡Qué buenos coliseos habrá entonces! ¡Qué buenas compañías!—¿Cómo diablos se llamará laprima donna?—¡Ay! ni áun viviendo tanto como Quintana conseguiré saberlo.—Lo más que yo puedo vivir es hasta 1908.

Pero (hablando de otra cosa) sean ustedes francos, señores empresarios del teatro nuevo: ¿creen Vds. que en el siglo que viene por ahora habrán enjendrado ya las zarzuelas laópera nacional?

—¡Qué nos importa! (dirán ustedes). ¡Nosotros ya habremos muerto!

—¡Ah! ¡ya!... Vds. son como esos forasteros que van vendiendo por los cortijos filtros y brevajes que han de producir su efecto á los tres días... El Dulcamara toma las de Villadiego con anticipación..., y á los tres días no hay quien encuentre una ópera española para un remedio.

La muerte de Quintana ha coincidido con la llegada de la Primavera.—Dícese que esta joven viene de la zona templada meridional, donde ha residido durante nuestro otoño del año último.—Llega tan hermosa y rozagante como si el tiempo no pasase por ella.

Aconsejo al Sr. Urríes que la ajuste en el Teatro Real, para bailar la parte de laPrimaveraen lasVísperas Sicilianas, pues lademoisselleque hoy quiere pasar porFlorano nos convence á los señores abonados.

Viernes 23 de Julio.

Hoy ha principiado la Canícula, lo cual equivale á decir que un perro rabioso es desde hoy, mitológicamente hablando, Gobernador de los cielos.—¡Bien se conoce en la tierra!

El verano en Madrid es horrible, desconsolador,bochornosoen el doble sentido de esta palabra.

Yo concibo el invierno en esta capital de la Mancha. Nada me importan las pulmonías, ni los demás inconvenientes de la inclemencia del vecino Guadarrama.—Abrígase uno lo mejor que puede; permanece en la cama arropadito hasta que se pone el sol, esto es, hasta las tres de la tarde; envuélvese en la capa ó abotónase el gaban, y échase á la calle en busca de pajaritas de las nieves...

(Así llamo yo á todas las madrileñas, á causa del valor impertérrito con que arrostran los cuatro y los seis grados bajo cero, con tal de lucir en el Prado ó en el Retiro una capota nueva ó un manguito recien llegado de París, cuando no las botas y hasta las medias.)

A las cinco sube uno por la calle de Alcalá, soplándose las puntas de los dedos, en busca del café ó del Casino, donde le aguarda una compacta y animada concurrencia que pregunta á cada momento:—¿Qué hay?

Y hay mucho.—Hay el baile que se espera, la cena de la noche anterior en un baile de máscaras, las intrigas amorosas que sorprendieron los desocupados, lo que ha pasado entre bastidores en el Congreso, la ópera nueva, laclaquey lacontra-claque, Fulano que ha llegado (porque en este tiempo todos llegan, ninguno se va), lo que le pasa á Zutano, el desafío en ciernes, el libro que acaba de publicarse, la reunión literaria á que se asistió, la tertulia de la marquesa, las ostras que recibió Farrugia, la bailarina que va ádebutar, la quiebra de tal banquero, la boda proyectada, el suicidio de vuestro amigo, la mozuela de moda, los anuncios de guerra europea, la joven que se escapó con su amante; el caudal que perengano ha dejado al morirse; la perdurable crisis ministerial que resulta de tanta vida,de tanta animación; el periódico que dice esto; la proclama que añade lo otro; laGacetaque se calla; el diputado que anuncia:¡Verán Vds. mañana!...; el literato que recita su última sátiracontra las instituciones...—¡Oh! es una vida magnífica...: vida febril, artificial, necia si quereis; pero que mata las horas, ocupa la imaginación y distrae el hambre canina del espíritu más soñador y melancólico.—A las ocho la fonda;—á las nueve el teatro;—á las doce la tertulia, el té, la buena conversación en torno de la chimenea;—á las dos eltête á têtecon la dueña de la casa en que tenéis el privilegio de quedaros rezagado;—á las tres la última vuelta por el Casino, el chocolate final, salpimentado con la noticia fresca, con lo que mañana no traerán aún los periódicos, con lo que se acaba de ver ú oir en Palacio, en el ministerio ó en el baile de la embajada;—y, en fín, á las cuatro, á casa, á leerLa Época, á escribir dos ó tres cartas y á dormir el dulcísimo sueño del invierno.

Repito que concibo esta vida en Madrid.—Pero ¡la vida del verano!...—¡No volveré á pasar otro bajo la tutela de San Isidro, mientras no traigan el Lozoya!

¡Qué calor! ¡qué polvo! ¡qué fetidez!—Ni un arbol, ni una flor, ni un chorro de agua, ni un pájaro, ni la sombra de una peña..., nada que solace los sentidos!—Los teatros, cerrados ó convertidos en baños rusos, llenos de pretendientes, y dando las funciones sobrantes de la temporada: los cafés..., desanimadísimos; como que se va á ellos á refrescar y á descansar, no á agitarse y divertirse: las tertulias..., suspensas: el Gobierno, aletargado; las mujeres de primera fuerza, en Biarritz; las personas que más se aman y se necesitan, hablándose á tres pasos de distancia, á fín de no derretirse mútuamente; el Prado, hirviendo en un gentío que se queja del mal día que ha pasado y busca en un paseo de trescientos metros frescura y espansión para diez mil pulmones; el tabaco, que reseca; el vino, que estraga; la comida, que sienta mal; el amor, que está vedado enlos meses sin r; la cama, que brinda con una vigilia espantosa; y no más baños que el río Manzanares ó un pilón del tamaño de un ataud!...—Tal es el cuadro del estío madrileño.—¡Oh! ¡Qué diferencia entre este verano y el verano que yo pudiera pasar, si no fuera por lo queno es!

Cuando esta noche, sentado en el Prado, esperaba la llegada de una brisa respirable, levanté los ojos al cielo; y, al verlo cuajado de estrellas, recordé las noches pasadas en el campo, bajo los árboles, sin otra luz que la de la luna, al lado de personas queridas, oyendoel rumor melancólico del agua y respirando un ambiente cargado de esencias de tomillo y de romero.

—¡Felices (dije) los que están así en este momento, descansando de la campaña del invierno pasado, y disponiéndose para la del invierno futuro!

Creí entonces oir dulces y apacibles pláticas, cantos divinos, aprendidos de labios de la Gazzaniga ó de la Didié desde la butaca de un teatro, y regalados suspiros de amor, nuncios de matrimonios venideros...

Luego se trasladó mi imaginación á la orilla del mar..., y allí estaba también la luna, rielando en las soñolientas olas, que murmuraban bendiciones bajo las caricias del cielo.—Allí mis amigos, mis contertulios, mis madrileñas del alma, se aprestaban á entrar en un bote para dar un paseo veneciano.—Y oí la barcarola improvisada, y el golpe de los remos, y el canto lejano del pescador, y el alerta de los centinelas tendidos por el muelle, y el pito del carabinero de mar, que corría por la costa, tomándolos por contrabandistas...

O bien me imaginé un baile improvisado en una Casa de Baños, donde todos se desconocen, donde brotan tan súbitas y ardientes las simpatías; donde cada cual es distinguido por su buena educación, por su gracia, por sufigura, por su caridad, por su elegancia, por todo menos por su nombre.

Si pensaba en Andalucía, oía la patética rondeña y la tristísima caña, que con sus interminables cadencias traen á la imaginación los páramos infinitos de los desiertos de Africa.—Si en Aragón ó Valencia, creía escuchar la bulliciosa jota, enérgica, brusca y apasionada, como aquellos pueblos indómitos, valientes y amantes de su clásica tierra.—Si en Galicia ó las provincias Vascongadas, escuché aquella inefable melodía de los pueblos montañeses, triste y alegre como la alborada después de la tempestad; melodía que llora y ríe á un mismo tiempo, y que es igual en Cantabria que en Suiza, en el Cáucaso que en los Drofines.

Tal soñé por dos cuartos que me costó sentarme en una silla desvencijada del Ayuntamiento.—Alamedas, campiñas, bosques, ríos, lagos, estanques, parras pomposas y aristocráticos lechos de jazmines, todo pasó ante mi vista en variada confusión, mientras que los chicos y las mujeres gritaban en torno mío:¡Agua, merengues y azucarillos, agua!—¡Fósforos y cerillas!

Sábado 24 de Julio.

Esta mañana me levanté á las seis.

El sol, que había madrugado mucho más que yo, llevaba ya hora y cuarto de trabajar en su oficina.

Hallé, pues, la tierra perfectamente caldeada, sin que esto sea decir que se hubiese enfriado durante la noche anterior.

Fuí al Retiro en busca de frescura; pero aquellos raquíticos árboles no llegaron á darme sombra. Me acerqué al estanque para recrear mis calcinados ojos con la contemplación del agua, y el olor á peces muertos me hizo retroceder más que á prisa.

—¡Basta por hoy de placeres del campo! me dije.

Y tomé el camino de mi casa.

Como era tan temprano, los barrenderos estaban haciendo de las suyas en las calles y plazas de la capital.—En cambio, de trecho en trecho, había sobre la acera un charco de agua infecta ó de otra cosa peor.

Era, cuando menos, que algún honrado vecino, para cumplir con la orden del Ayuntamiento, que manda regar las calles dos veces al díapor cabeza, había vaciado allí una aljofaina de espuma de jabón, después de hacer las abluciones matinales.

Las burras de la leche, que siempre me recuerdan el cuadro de laCaridad romana, volvían al hogar doméstico, después de haber restaurado pulmones y bronquios en los cuatro ángulos de la villa de Felipe II (suponiendo que esta villa tenga la forma cuadrangular).

Montañesas, gallegas, asturianas y demás variedades del bello sexo macizo, conferenciaban sobre economía culinaria en las avenidas de los mercados.

Derribaba, en fín, por su parte casas viejas el gremio de albañiles, sin consideración á la hora ni á las circunstancias de las calles, poblando la atmósfera de nubes de polvo, portadoras á veces de granizos de un tamaño más que regular.

Agréguense dos ó tres mil coches de alquiler que ya estaban en movimiento; las tiendas nómades establecidas al paso del transeunte; los carros de yeso y de ladrillo, andando como dicen que andan las tortugas; los treinta grados de calor que ya marcaba el termómetro á la sombra; los relojes, dando cada uno la hora que se le antojaba; el ruido de los talleres; las tropas que, á lo mejor, se atravesaban en la embocadura de una calle, obligándole á uno á presenciar el desfile..., y se formará idea de las delicias de un amanecer de la corte, de una mañanita de verano de esas que cantan los poetas sentimentales, de lo que es, por último, la hora más soportable de las quince que permanece ahora el sol en nuestro horizonte.

Domingo 25 de Julio.

Esta mañana abrí elCalendario de Castilla la Nueva, y leí estas palabras:

«25 de Julio.

Domingo IX.

Santiago, apóstol, patrón de España, y San Cristóbal, mártir.

Sale el sol á las 4 y 50 minutos.—Se pone á las 7 y 22.

Luna llena á las 11 y 48 minutos de la noche en Acuario.—Truenos.»

Todo ha resultado cierto. El programa del almanaquero se ha cumplido en todas sus partes.

Ha sido25 de Julio.—De esto no tengo duda, á fuer de partidario de la Corrección gregoriana. Los rusos, los griegos, los musulmanes, los chinos, los israelitas y muchos otros pueblos llevan la cuenta de diferente modo...; pero el resultado es el mismo. Si Julio siguiera siendo todavía el quinto mes del año, como lo era en la antigua Roma, no por eso tendríamos hoy dos meses menos de existencia. Y si los hombres decidieran que este año fuera de cuarenta mil días, los niños que nacieron ayer estarían canos, calvos y sin dientes antes de fín de año.

Tampoco tengo duda de que hoy ha sidodomingo.

Voy á dar mis razones.

Los mercaderes del cuarto bajo de mi casa cerraron la tienda á la una de la tarde. En seguida los ví dirigirse, hechos unos brazos de mar, á casa de sus novias ó archi-novias..., con hambre de una semana. Después me los encontré en el Prado fumando magníficos coraceros. Luego irían á tomarse su par de sorbetes al café del Iris, y acaso, acaso, se atreverían á dar una vuelta por el Circo..., á fuer de amantes de la Ópera española.

¡Oh, buenas gentes! ¡Cómo envidio su metódica existencia! ¡Qué felices han sido hoy durante esas diez horas de asueto! En cuantoá mí, los criados me dijeronbon jourá las tres de la tarde, en uso de su derecho: mi sobrinillo vino á pedirme el medio duro semanal: por la mañana estuve en misa, y á la tarde á comer con Doña Torcuata: todo lo cual, unido á que los jornaleros se han puesto hoy camisa limpia, me demuestra que el almanaque no se ha equivocado por esta vez.

También ha sidoDomingo IX.—Esto quiere decir que van nueveDominicasdespués dePentecostés, y que faltan diez y siete para elDomingo I de Adviento, que significadomingo I próximo á la venida del Mesías. Después hay cuatro domingos que llevan esta denominación... ¡y año fuera!

¡Como quier que se tome, el tiempo anda lo mismo! Sin embargo, el Cómputo Eclesiástico me parece más bello y consolador que ningún otro. Hay en sus periódicas fiestas algo parecido á lo que dije de las periódicas dichas de los mercaderes. Las costumbres son la vida del hombre y de la sociedad: sin ellas, el mundo se viene abajo.

Por lo que respecta á serdía de Santiago, patrón de España, yde San Cristóbal, mártir, me habían convencido de ello dos circunstancias: primera, la verbena de anoche: segunda, el aguador, que se presentó muy tarde, más cargado de vino que de agua, diciendo que hoyera su día. ¡Y no acabó de decir esto el buen Cristóbal, cuando se le cayó la cuba que llevaba á cuestas; lo cual me pareció indigno de su nombre!

Queel sol salió y se pusoá las horas precitadas... ¡lo creo!—¡Así no hubiera salido!

Y, en fín, lo delplenilunio, yo mismo lo estoy viendo mientras escribo.

Y ¡qué hermoso está el astro del amor!

¡Quiera Dios que no olvide su compromiso conAcuario, de regalarnos una buena tormenta!

Lunes 26.

Santa Ana, madre de Nuestra Señora.

Indudablemente ha sido lunes, pues que no he recibido esta mañana más periódicos que laGacetay elDiario.

Por ser día de Santa Ana, he meditado largamente en un asunto que trae dividida la opinión enestos Reinos. Hay provincias de España en que los Marianos celebran hoy sus días, y hay otras en que los celebran el día del Dulce Nombre de Nuestra Señora.

Esto es un mal, ya que no desde el punto de vista artístico y poético, desde el punto de vista administrativo.—Mientras no haya uniformidad en las costumbres del pueblo español, los gobiernos trabajarán inútilmente por hacerlo rico y poderoso.

Dígolo, porque la misma diversidad de miras é intereses que hay en punto áMarianos, nótase en otras muchas cosas, siquiera sean menos importantes. El vasco conserva sus fueros. Andalucía necesita el libre cambio, mientras que Cataluña lo rechaza. En Valencia no se habla el castellano, ni en el Principado, ni en las Provincias Vascongadas, ni en Galicia. Madrid está infestado de escépticos, mientras Aragón y otros reinos hierven en fanáticos. Nuestras provincias septentrionales claman por descentralización administrativa, y la merecen; mientras que los meridionales no tendrían ni agua que beber si no fuera por la centralización. En un lado llevan los españoles zaragüelles, en otro calzón bombacho, aquí pañuelo en la cabeza, allá sombrero de catite...

¡Así no se regularizarán nunca la industria y el comercio! Los Congresos serán siempre de mil colores, y no acertarán á entenderse; pues cada diputado hablará el dialecto de su provincia, y querrá las leyes á medida de sus costumbres; en lo cual tendrá muchísima razón.

Lo propio digo de las horas de comer. Hácese necesario que todos los madrileños comamos á una misma hora, si no se quiere que el hombre activo (suponiendo que haya alguno en España) que tenga que ver á veinticuatroespañoles á diferentes horas (á este á las doce, á aquel á las dos, á uno á las cuatro, á otro á las nueve), los encuentre á todos con la boca llena.

Y si no, reflexionemos:

A launade la madrugada cena, de vuelta del teatro, el que comió á las seis de la tarde.

A lasdos, tómase en los caféschocolate á última hora.—Esta es la frase.

A lastres, están llenas de gastrónomos y gentes de buen humor todas las fondas llamadascolmados,andalucesymontañeses.

A lascuatro, cenan los jugadores del Casino.

A lascinco, están las buñolerías atestadas de trasnochadores.

A lasseis, toma chocolate todo el que madruga.

A lassiete, echan el aguardiente las cocineras que van á la compra.

A lasocho, almuerzan los españoles rancios, el clero y los que han cazado por la mañanita con la fresca.

A lasnueve, los chicos que van á la escuela y á los colegios, muchos abogados y procuradores y todos los que comen á las tres.

A lasdiez, los que comen á las cuatro.

A lasonce, los que comen á las cinco.

A lasdoce, los que comen á las seis y bajan al Prado á las siete.

A launade la tarde, los que comen á las siete después de haber echado una siesta.

A lasdos, los que comen á las ocho, que son muchos, principiando por mi persona.

Pues volvamos la oración por pasiva.

A lastres, comen los que almorzaron á las nueve.

A lascuatro, los que almorzaron á las diez.

A lascinco, los que almorzaron á las once.

A lasseis, los que han de cenar á las doce.

A lassiete, los que cenarán á la una.

A lasocho, comen los que almorzaron á las dos, meriendan los que comieron á las tres y cenan los que comieron á la una.

A lasnueve, se come y se cena.

A lasdiez, cenan los que comieron á las cuatro.

A lasonce, todos los que piensan madrugar.

Y á lasdoce, se sirve el té con pastas en la mayor parte de las casas montadas á la moderna.

¡Tal es la anarquía que reina en la villa y corte!

Lo repito: la nacionalidad española no existe todavía, ni puede existir si no se remedian estos males.—Desde Isabel la Católica hasta de presente, no se ha dado ningún paso en pro de la unidad nacional. Cuando todos los Marianos reciban felicitaciones el 26 de Julio,tendremos mucho adelantado para conquistar á Gibraltar, unirnos con Portugal, absorber la república de Andorra, civilizar el imperio marroquí y castigar á los que rondan la Isla de Cuba.—En tanto no llega ese dichoso día de Santa Ana, nuestras Españas y nuestras Indias serán lo que hasta aquí: diez y seis millones de caballeros particulares que toman el sol ó el fresco, pensando en qué es peor: si elhimno de Riego, ó el programa de Bravo Murillo.—Ahora: como poeta y como artista (ya lo he indicado), alégrome en el alma de que el tiránico nivel del sigloXIXno haya pasado todavía sobre la pintoresca variedad de nuestras provincias.

Dije ayer que la luna había entrado en Acuario, y que el almanaque anunciaba truenos.—La profecía se ha cumplido admirablemente. ¡Loor á nuestros astrónomos!—Esta tarde hemos tenido una magnífica tormenta con aguacero, truenos y rayos.

Uno de estos ha caido sobre la iglesia de San Cayetano, incendiando toda la cúpula...—¡El demonio son los rayos!

Martes 27.

Tomé chocolate,—me levanté,—me lavé,—medio me vestí,—leí los periódicos,—escribí dos cartas,—almorcé,—acabé de vestirme,—fuí á casa de Antonio,—disputé sobre geología,—comí,—dí un paseo,—fuí al café,—tomé un sorbete,—entré en casa de la baronesa,—me dió té,—vine acá,—me senté al balcón al fresco,—y ahora voy á acostarme.

Ya dijo Iriarte:


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