DE VIAJE
Desde Cannes, el vagón estaba completamente lleno. Todo el mundo hablaba, todo el mundo se conocía. Al pasar por Tarascón alguien dijo: «Aquí es donde asesinan», y la conversación versó sobre el misterioso y atrevido criminal que, desde hacía dos años, se permitía de tiempo en tiempo el lujo de atentar contra la vida de un viajero. Todos hacían suposiciones, todos daban su opinión, y las mujeres, temblando, miraban á través de los cristales de las ventanillas con miedo de ver aparecer repentinamente una cabeza de hombre en la portezuela. Y empezaron á contar historias terribles de malos encuentros, tropiezos con locos que viajan en rápido, y horas pasadas frente á un personaje sospechoso.
Todos los hombres sabían una anécdota que les hacía favor y todos habían intimidado, dominado y atado fuertemente, y en circunstancias sorprendentes y con serenidad y audacia verdaderamente admirables, á algún malhechor. Llegó el turno á un médico que pasaba los inviernos en el mediodía, y también quiso contar su aventura.
—Yo, dijo, nunca he tenido ocasión de poner á pruebami valor en asuntos de esta índole, pero he conocido á una mujer, cliente mía, muerta ya, á quien ocurrió la cosa más rara del mundo y también la más misteriosa y enternecedora.
Era una rusa, la condesa María Baranow, una gran señora de exquisita belleza. Ya saben ustedes lo hermosas que las rusas son, ó por lo menos lo muy hermosas que nos parecen con su nariz fina, su boca delicada, sus ojos de color indefinible, azul gris, y su gracilidad fría y algo dura. Tienen algo infernal y seductor, á un tiempo altivo y amable, tierno y severo, que para un francés siempre resulta encantador. En el fondo, lo que nos hace ver tantas cosas en ellas, quizás sea tan sólo la diferencia de raza.
Su médico, que la veía amenazada de una grave enfermedad del pecho, quería decidirla á que viniese á pasar una temporada en Francia, pero ella se negaba con obstinación á salir de San Petersburgo. Por fin, el otoño último, el doctor, que la creía perdida, previno al marido quien, inmediatamente, la envió á pasar el invierno en Mentón.
La metió en el tren, en un vagón para ella sola, y sus servidores ocuparon otro. Estaba junto á la portezuela, algo triste, viendo como dejaba atrás aldeas y campos, sintiéndose muy aislada y abandonada en la vida, sin hijos, casi sin parientes y con un marido cuyo amor había muerto, que la enviaba así á un extremo del mundo, sin acompañarla, y del mismo modo que se envía al hospital á un criado enfermo.
Á cada estación, su criado Yván venía á enterarse de si su ama necesitaba algo. Era un criado ya viejo, ciegamente abnegado, y siempre dispuesto á cumplir las órdenes que le diesen.
Llegó la noche y el tren corría velozmente. Ella, excesivamente agitada, no podía dormir, y para distraerse pensó contar el dinero que á última hora, y en oro francés, le había dado su marido. Abrió el saquito donde lo llevaba, y sobre sus rodillas cayó un río del precioso metal.
De pronto una bocanada de aire frío le azotó el rostro, y muy sorprendida, levantó la cabeza. Acababan de abrir la portezuela. La condesa María, muy asustada, cubrió su dinero con un chal que precipitadamente se puso sobre las rodillas, y esperó. Pasaron unos segundos y un hombre apareció, un hombre con la cabeza descubierta, herido en una mano, jadeante, y correctamente vestido de etiqueta. Cerró la portezuela, se sentó, miró á su vecina con ojos brillantes, y luego, para restañar la sangre que de su muñeca manaba, la envolvió con un pañuelo.
La pobre mujer estuvo á punto de desmayarse de miedo. Seguramente, aquel hombre la habría visto contar su oro y había entrado para robarla y matarla.
Y él seguía mirándola con fijeza, casi sin aliento, descompuesto el rostro, disponiéndose sin duda á arrojarse sobre ella.
Bruscamente le dijo:
—Señora, no tenga usted miedo.
Ella no contestó, pues ni podía abrir la boca, y el corazón le latía con violencia y los oídos le zumbaban.
Entonces él repuso:
—Señora, no soy ningún malhechor...
Ella seguía callada, pero no pudiendo contener un movimiento brusco, juntó las rodillas y el oro cayó sobre la alfombra como el agua cae por un canalón.
El hombre, sorprendido, contempló aquella cascada de metal y se inclinó para recogerlo.
Entonces ella, asustada, se levantó dejando caer toda su fortuna y corrió á la portezuela para arrojarse á la vía. Pero él comprendió lo que iba á hacer, y cogiéndola por las muñecas la obligó á sentarse. Con voz muy baja y muy precipitadamente le dijo: «Escúcheme señora, y no se asuste. Yo no soy ningún malhechor, y la prueba está en que voy á recoger ese dinero para devolvérselo. Pero, si usted no me ayuda á pasar la frontera, soy hombre perdido, hombre muerto. No puedo decirle más. Dentro de una hora llegaremos á la última estación, dentro de hora y media saldremos del Imperio, y si usted no me socorre, estoy perdido. Y sin embargo, señora, ni he robado, ni matado, ni hecho nada contrario al honor. Eso se lo juro, pero no puedo decirle más».
Y poniéndose de rodillas recogió el oro por debajo de los asientos, buscando hasta las monedas que habían rodado por los rincones, y cuando el saquito de cuero volvió á estar lleno, se lo entregó á su vecina sin decir palabra y volvió á sentarse al extremo opuesto del coche.
Ninguno de los dos se movía. Ella permanecía inmóvil y muda, desfallecida aún por el terror, pero tranquilizándose poco á poco. Él no hacía ni un gesto, ni un movimiento y permanecía rígido, con los ojos muy fijos, y tan pálido que parecía un cadáver. De cuando en cuando ella le miraba con mirada brusca que desviaba en seguida. Era un hombre de treinta años aproximadamente, muy hermoso, y por las apariencias parecía un perfecto caballero.
El tren corría dentro de las tinieblas, lanzando sus desgarradores silbidos en medio de la noche, aminorando á veces la marcha y corriendo luego con locavelocidad; mas de pronto fué disminuyendo la marcha, silbó varias veces, y se paró.
Yván apareció en la portezuela.
La condesa María, con voz temblosa, después de haber mirado fijamente á su compañero, dijo bruscamente á su servidor:
—Yván, volverás con el conde pues ya no te necesito.
El criado abrió enormemente los ojos, y como si no hubiese comprendido bien murmuró:
—Pero... barina...
—No, he cambiado de modo de pensar y no vendrás: quiero que te quedes en Rusia. Ahí tienes dinero para el regreso, pero déjame tu gorra y tu abrigo.
El viejo criado se descubrió y tendió su abrigo sin contestar, acostumbrado á obedecer á los mandatos repentinos y á los irresistibles caprichos de sus amos, pero al alejarse se le llenaron los ojos de lágrimas.
El tren se puso otra vez en marcha dirigiéndose velozmente hacia la frontera. Entonces, la condesa María dijo á su vecino:
—Esto es para usted, caballero: usted es mi criado Yván. Para hacer lo que hago sólo pongo una condición, y es que ni me hablará nunca, ni nunca me dirigirá la palabra para darme las gracias ni con otro motivo cualquiera.
El desconocido, sin pronunciar palabra, se inclinó.
Pronto se detuvieron de nuevo, y funcionarios vestidos de uniforme visitaron el tren. La condesa les presentó sus papeles, y señalando al hombre que estaba sentado en el fondo del coche dijo:
—Mi criado Yván; aquí está su pasaporte.
El tren se puso de nuevo en marcha, y todala noche estuvieron frente á frente, mudos los dos.
Por la mañana, al pararse en una estación alemana, el desconocido se apeó, pero deteniéndose junto á la portezuela dijo:
—Perdóneme, señora, si rompo mi promesa, pero la he privado de su criado y es justo que le reemplace. ¿Necesita usted algo?
Ella, muy fríamente, respondió:
—Vaya usted á buscar á mi doncella.
Y él fué desapareciendo en seguida.
Cuando ella bajaba en alguna estación le veía contemplándola desde lejos; y así llegaron hasta Mentón.
El doctor calló un instante; luego repuso:
—Un día, cuando estaba en mi gabinete recibiendo á mis clientes, vi entrar á un joven alto que me dijo:
—Doctor, vengo á pedirle noticias de la condesa María Baranow. Aunque ella no me conoce soy amigo de su marido.
—Es cosa perdida—contesté.—No volverá á Rusia.—El hombre rompió á sollozar, y levantándose se fué dando traspiés como si estuviese borracho.
Por la noche dije á la condesa que un extranjero había venido á informarse con respecto á su salud, y ella, muy emocionada, me contó la historia que acabo de referir, añadiendo:
—Á ese hombre á quien no conozco y que me sigue como si fuese mi sombra, le encuentro cada vez que salgo. Me mira de manera extraña, pero nunca me ha hablado.
Quedóse unos instantes pensativa y repuso:
—Apuesto á que está al pie de mi ventana.
Se levantó de la otomana, fué á separar los visillos, y me convencí de que, efectivamente, el hombre que había venido á encontrarme, estaba sentado en un banco del paseo y con los ojos fijos en el hotel. Nos vió, se levantó, y sin volver una sola vez la cabeza se alejó.
Á partir de entonces presencié un espectáculo sorprendente y doloroso: el amor mudo de aquellos dos seres que no se conocían.
Él la adoraba con el apasionamiento de la bestia salvaje y salvada que lleva su abnegación hasta la muerte. Todos los días venía á preguntarme: «¿Cómo está?», comprendiendo que yo lo había adivinado todo; y lloraba amargamente cuando la veía pasar, más pálida y débil cada día.
Ella me decía.
—No he hablado más que una vez con ese hombre extraño, y me parece que hace veinte años que le conozco.
Y cuando se encontraban, ella le devolvía el saludo con sonrisa grave y encantadora. Yo la veía dichosa; y ella, la pobre abandonada y perdida sin remisión, se sentía feliz viéndose amada con tanto respeto y constancia, con tan exagerada poesía y con abnegación capaz de cualquier cosa. Y sin embargo, fiel á su exaltada obstinación, se negaba desesperadamente á recibirle, á conocer su nombre, á hablarle. Y decía: «No, no; eso mataría nuestra amistad. Es preciso que sigamos siendo extraños».
Por su parte, él era una especie de Don Quijote pues no hacía nada para acercarse á ella. Quería cumplirhasta el fin la absurda promesa que de no hablarle nunca había hecho en el coche del tren.
Á menudo, en sus largas horas de extenuación, ella se levantaba de la otomana, separaba los visillos y miraba si seguía al pie de sus ventanas; y cuando le había visto, siempre inmóvil en el banco, volvía á reclinarse con una sonrisa en los labios.
Una mañana, á eso de las diez, murió. Cuando salía del hotel, él se me acercó con el semblante descompuesto: ya conocía la desgracia.
—Quisiera verla un instante, me dijo, y delante de usted.
Le cogí por un brazo y le hice entrar en la casa.
Cuando se encontró junto al lecho de la muerta, la tomó una mano que besó con beso interminable, y luego echó á correr como un insensato.
El doctor calló otra vez y añadió:
—Ciertamente, ésta es la aventura de ferrocarril más extraña que conozco. Verdad es que se debe añadir que los hombres tienen locuras extraordinarias.
Una mujer murmuró á media voz:
—Esos dos seres estaban menos locos de lo que ustedes se figuran... Eran... eran...
Pero lloraba tanto que no podía hablar, y como para calmarla se cambió de conversación, no supimos lo que había querido decir.