EN LA MAR

EN LA MAR

Hace poco, en los periódicos diarios se leyeron las siguientes líneas:

Boulogne-sur-Mer, 21 de enero.—Nos escriben:

«Espantosa desgracia acaba de sembrar la consternación entre nuestra población marítima tan castigada desde hace algunos años. El barco de pesca mandado por el patrón Javel, al entrar en el puerto, fué arrojado hacia el oeste y se estrelló en las rocas del rompe olas de la escollera.«Á pesar de los esfuerzos del buque salvavidas y de los cables enviados por medio del fusil porta amarras, han perecido cuatro hombres y el grumete.«Y como el mal tiempo continúa, se temen nuevos siniestros».

«Espantosa desgracia acaba de sembrar la consternación entre nuestra población marítima tan castigada desde hace algunos años. El barco de pesca mandado por el patrón Javel, al entrar en el puerto, fué arrojado hacia el oeste y se estrelló en las rocas del rompe olas de la escollera.

«Á pesar de los esfuerzos del buque salvavidas y de los cables enviados por medio del fusil porta amarras, han perecido cuatro hombres y el grumete.

«Y como el mal tiempo continúa, se temen nuevos siniestros».

¿Quién era el patrón Javel? ¿Sería hermano del manco?

Si el pobre hombre, arrollado por las olas y muerto tal vez bajo los restos de su despedazado barco, era quien pienso, había asistido, hace dieciocho años, á otro dramaterrible y sencillo como son siempre los dramas formidables de las olas.

Javel, el mayor, era patrón de una barca que pescaba con barredera, y las barcas de barredera son las barcas de pesca por excelencia. Sólidas hasta el extremo de no temer ningún tiempo, de redondo vientre que sobre las olas flota como si fuese un corcho, siempre al aire y siempre azotadas por los vientos duros y salados de la Mancha, recorren la mar, infatigables, con la vela hinchada y arrastrando por el flanco la gran red que rasca el fondo del océano, desprende y recoge todas las bestias que duermen en las rocas, los peces planos que se pegan á la arena, los pesados cangrejos de arqueadas patas, y las langostas de puntiagudos bigotes.

Cuando la brisa es fresca y las olas cortas, la barca sale á pescar. La red está fija á lo largo de una caña de madera guarnecida de hierro, y baja por medio de dos cables que resbalan por dos rodillos colocados uno á cada extremo de la embarcación. Y la barca, navegando al impulso del viento y de la corriente, arrastra ese aparejo que devasta el suelo de la mar.

Javel llevaba á bordo á su hermano menor, á cuatro hombres y á un grumete. Y en un hermoso día, claro y sereno, había salido de Boulogne para soltar la barredera.

Ahora bien, el viento se levantó, y la imprevista borrasca obligó al pescador á huir hacia las costas de Inglaterra; pero, como el alborotado mar azotaba los acantilados y rompía furiosamente contra la tierra, la entrada en los puertos se hacía imposible. El barquito se hizo de nuevo á la mar y volvió á las costas de Francia. La tempestad continuaba haciendo infranqueableslas escolleras y envolviendo con espuma, ruido y peligro, todos los refugios.

Salió de nuevo la barca, corriendo por entre las furiosas olas, sacudida, chorreando, abofeteada por el agua, pero gallarda á pesar de todo, pues estaba acostumbrada á ese tiempo fuerte que á veces la tenía cinco ó seis días errando entre los dos países vecinos sin poder abordar en ninguno.

Por fin el huracán se calmó, estando en alta mar, y aun cuando las olas todavía sacudían de firme, el patrón ordenó que se soltase la barredera.

El gran aparejo de pesca pasó por encima de la borda, y dos hombres á proa, y dos á popa, soltaron por los rodillos las amarras que lo sujetaban. Llegó al fondo, pero una ola inclinó la barca y Javel el menor, que se encontraba á proa dirigiendo el descenso de la red, vaciló, y su brazo se encontró preso entre la cuerda, floja un instante por la sacudida, y el rodillo de madera por donde resbalaba. Hizo un esfuerzo desesperado para levantar la amarra con la otra mano, pero la barredera arrastraba ya y el cable no cedió.

El hombre, crispado por el dolor, pidió auxilio. Todos acudieron y hasta su hermano abandonó el timón. Unieron sus esfuerzos para libertar al miembro que destrozaba, pero todo fué en vano. «Es preciso cortar», gritó un marinero al tiempo que sacaba del bolsillo un cuchillo largo que con dos golpes podía salvar el brazo de Javel el menor.

Pero cortar suponía perder la barredera, y la barredera costaba dinero, mucho dinero, mil quinientos francos: además, pertenecía á Javel el mayor que quería conservarla.

Y con el corazón oprimido gritó: «No cortes, nocortes, espere, voy á orzar». Y corrió al timón colocando la barra á un lado.

La barca obedecía difícilmente, paralizada por aquella red que inmovilizaba su impulso y arrastrada también por la fuerza del viento y de la corriente.

El menor Javel había caído de rodillas, extraviados los ojos y apretados los dientes. Su hermano, que tenía mucho miedo al cuchillo del marino, volvió para decir: «Espera, espera, no cortes; voy á soltar el ancla».

Y se soltó, y luego se pusieron á virar para que se aflojasen las amarras de la barredera: y al fin se aflojaron y bajo la ensangrentada manga de lana se dió libertad al brazo inerte.

El menor Javel parecía idiota. Le quitaron la blusa, y se vió una cosa horrible, carne magullada, destrozada, de la que la sangre salía á chorros como impulsada por una bomba. El hombre se fijó en su brazo, y murmuró: «Perdido».

Luego, como la hemorragia continuaba y la sangre formaba un charco en la cubierta del barco, uno de los marineros dijo: «Es preciso atar la vena, que si no se vaciará».

Y cogieron un cordel, un cordel grueso y embreado, y enlazando el miembro por encima de la herida, apretaron con todas sus fuerzas. Poco á poco la sangre se contuvo hasta que cesó por completo.

El menor Javel se levantó y su brazo colgaba. Lo cogió con la otra mano, lo levantó, lo volvió, lo sacudió... todo estaba roto, todo, hasta los huesos, y únicamente algunos músculos lo retenían al cuerpo. Y lo miraba con mirada triste, reflexionando. Sentóse luego sobre una vela doblada y sus compañeros le aconsejaronque mojase constantemente la herida para evitar que se produjese la gangrena.

Pusieron un cubo á su lado y cada minuto metía un vaso en él y bañaba la horrible herida haciendo que sobre ella cayese un hilito de agua clara.

—Estarías mejor abajo,—le dijo su hermano. Y bajó, pero al cabo de una hora volvió á subir pues á solas no se sentía bien. Además, prefería el aire libre. Y volvió á sentarse encima de la vela y á mojarse el brazo.

La pesca era abundante: grandes pescados con la tripa blanca yacían á su lado sacudidos por los espasmos de la muerte, y él los contemplaba sin dejar de mojar sus desgarradas carnes.

Cuando volvían á Boulogne se desencadenó otra tempestad, y el barquito reanudó su loca carrera meciendo, sacudiendo y agitando al pobre herido.

Llegó la noche: el tiempo se mantuvo fuerte hasta el despuntar del alba, y aun cuando al salir el sol se distinguían las costas de Inglaterra, como la mar estaba menos dura, hicieron rumbo á Francia.

Por la noche, el menor Javel llamó á sus compañeros y les mostró manchas negras, de aspecto de podredumbre, que habían aparecido en la parte del miembro casi desprendida.

Los marineros miraron y dieron su opinión.

—Eso podría ser la gangrena,—dijo uno.

—Precisaría poner agua salada,—declaró otro.

Y agua salada trajeron y con ella mojaron el mal. El herido se puso lívido, rechinaron sus dientes, y se retorció un poco: pero ni un quejido brotó de sus labios.

Luego cuando se hubo calmado el ardor, dijo á su hermano: «Dame tu cuchillo». Y su hermano se lo ofreció.

—«Sostenedme el brazo recto y en alto, y tirad por encima».

Hicieron lo que pedía.

Y él mismo empezó á cortar y cortó suavemente, pensando lo que hacía, cortando los últimos tendones con la hoja, fina como una navaja de afeitar. Y cuando sólo quedó el muñón, exhaló un profundo suspiro y dijo: «Era preciso; el brazo estaba perdido».

Perecía más tranquilo, respiraba con ansia, y poco después empezó á verter agua sobre el trozo de miembro que le quedaba.

La noche fué mala y no pudieron llegar á tierra.

Cuando amaneció, el menor Javel cogió su brazo y lo examinó atentamente. La putrefacción se declaraba. Los compañeros también lo examinaron y pasándoselo de mano en mano lo tocaban, le daban vueltas y lo olfateaban.

El hermano mayor dijo: «Es preciso tirar esto al mar».

Pero el menor Javel se enfadó: «¡Ah! Eso si que no; no. No quiero. Me pertenece, es mi brazo».

Y cogiéndolo se lo colocó sobre las rodillas.

—Por esto también se pudrirá—dijo el mayor. Pero el herido tuvo una idea: para conservar el pescado, cuando estaban mucho tiempo en la mar, lo metían en barriles de sal.

Y preguntó: «¿No podríamos meterlo en salmuera?».

—Es cierto,—dijeron los otros.

Entonces se vació uno de los barriles, lleno ya con lo pescado los últimos días, y depositaron el brazo en el fondo. Lo cubrieron con sal, y luego colocaron otra vez los pescados uno á uno.

Alguien gastó esta broma: «Mientras no lo vendamos en la playa».

Y todos soltaron el trapo á reir, incluso los dos hermanos Javel.

El viento seguía soplando con fuerza, y, al día siguiente, aún se orzaba frente á Boulogne. El herido continuaba bañando su herida.

De cuando en cuando se levantaba y recorría el barco del un extremo á otro.

Su hermano, que estaba en el timón, le seguía con la vista y movía la cabeza.

Al fin entraron en el puerto.

El médico examinó la herida y declaró que no tardaría en cicatrizarse. Practicó una cura completa, y ordenó reposo absoluto, pero Javel, que no quiso meterse en la cama sin estar en posesión de su brazo, volvió al puerto para encontrar el barril que había marcado con una cruz.

Lo vaciaron, recobró su brazo, y en la salmuera se había conservado fresco y rígido. Lo envolvió en una servilleta que había llevado á propósito, y volvió á su casa.

Su mujer y sus hijos examinaron largo rato el resto de su padre, y tocaron los dedos limpiándolos de los granos de sal que habían quedado entre las uñas: y luego llamaron al carpintero para que hiciese un ataúd pequeño.

Al día siguiente, la tripulación de la barca siguió el entierro del brazo cortado. Los dos hermanos, uno junto á otro, presidían el duelo, y el sacristán de la parroquia llevaba el cadáver debajo del brazo.

El menor Javel dejó de navegar. Consiguió un empleillo en el puerto, y cuando más tarde hablaba de su desgracia, decía confidencialmente á su interlocutor: «Si el hermano hubiese querido cortar la barredera, aún tendría mi brazo, pero él sólo se preocupaba por lo suyo».


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