LOS CUENTOS DE GUY DE MAUPASSANT
La fortuna literaria de Guy de Maupassant habrá sido tan excepcional después de su muerte como lo fué durante su vida. Tarde y repentinamente llegó á la celebridad: desconocido á los treinta años, todo el mundo le conocía al cumplir treinta y dos ¡Y á los cuarenta y dos murió en plena actividad, actividad que había sido tan fecunda, que en diez años le había dado materia para treinta tomos!... Tan amplia producción, acogida con favor tan repentino, podía hacer presagiar un cambio de fortuna después de la muerte.
Efectivamente, al morir, la reputación del escritor celebre está amenazada por dos crisis distintas: ó el olvido inmediato y la más grande indiferencia, como le ocurrió à Octave Feuillet, ó la exagerada severidad de esa especie de tribunal que componen los contemporáneos. El último caso fué el de Víctor Hugo, que ante el Supremo Tribunal ganó gloriosamente el pleito.
Pero, con Guy de Maupassant no ocurrió nada parecido. En el momento que consideró más oportuno, supo conquistarse un lugar entre los primeros prosistas de suépoca, y cuando desapareció del mundo de los vivos, ese lugar continuó perteneciéndole. En él nadie se ha instalado después. Se le lee lo mismo que cuando vivía, y si se juzga por ese signo brutal que indica el éxito del cuentista, y que consiste en la venta de sus libros, tal vez se le lee más.
La obra entera de Guy de Maupassant ha resistido victoriosamente. Y el único efecto causado por la muerte del autor fué que la opinión clasificase su obra en varias categorías: cuentos, novelas cortas y novelas, y, al continuar saboreando el conjunto, parece preferir los cuentos y coloca las novelas cortas por encima de las novelas.
Sin embargo, no puede darse como cosa cierta que si Maupassant novelista hubiese vivido, no hubiera llegado á igualar al Maupassant cuentista. Sus novelas, notables todas, tienen en contra suya el efecto del número. Maupassant, que escribió cinco novelas, escribió veinticinco tomos de cuentos ó novelas cortas; y los cuentos propiamente dichos, los cuentos del género y dimensiones de los que forman este libro, llenan, de veinticinco tomos, veinte. Y cito números exactos porque constituyen los elementos positivos del debate. Es cierto que la fama del cuentista fecundo ejerce gran influencia sobre la fama del autor deUne VieyBel Ami.Y justo es anotar estos títulos para discutir en seguida con mayor facilidad el valor relativo de la obra del cuentista, y el de la obra del novelista.
La segunda razón que más poderosamente ha contribuido á hacer popular á Maupassant cuentista, estriba en que el cuento es una obra corta que se publica fácilmente y fácilmente se reproduce en los periódicos, y queel lector puede leer cómodamente varias veces. Es un producto literario que el público se procura, por poco dinero, que puede conocer por corto que sea el tiempo de que disponga, y que puede retener haciendo un insignificante esfuerzo de memoria.
Y finalmente, la última y la mejor razón del privilegiado favor de que gozan los cuentos de Maupassant, entre todo lo que produjo, consiste seguramente en que componen la parte más personal, más definitiva y más excelente de su obra.
En efecto, la muerte no permitió á Maupassant novelista que evolucionase por completo. Sus últimas novelas, Fort comme la mortyNotre cœur,difieren muchísimo deUne Vieó deBel Ami.Y tanto enNotre cœurcomo enUne Vie,lo que más llama la atención y hace que se admire, no es tanto la profundidad de la psicología y la importancia del problema tratado como el arte del cuentista, que especialmente se pone de manifiesto en las escenas aisladas.
En lo que á las novelas cortas se refiere, preciso es confesar que algunas de las mejores producciones del autor deBoule de SuifyMonsieur Parent,casi llegan á la perfección. Y en verdad que por su mérito no se diferencian mucho de sus cuentos: el procedimiento es el mismo y tal vez única y exclusivamente debido á sus dimensiones se las pone en diferente categoría.
Siendo á su manera muy personales, las novelas cortas de Maupassant tienen sin embargo cierto parecido, en lo que al genero se refiere, con obras análogas anteriores. Puedo citarUne Passion dans le désert,de Balzac; Un cœur simple,de Flaubert, y varias novelas cortas de Mérimé y de Zola. Por el contrario, á suscuentos no se les descubren antepasados literarios. No se parecen—elijo sin comparar dos ejemplos de éxito—ni á los cuentos de Gustave Droz, que son fantasías de realidad pintoresca ó psicológica, desprovistos dé pretensiones, ni á los cuentos de Daudet, que en su mayor parte son pequeños poemas.
El cuento breve, real ó pintoresco como los de Maupassant, nació probablemente de las necesidades materiales y prácticas que se imponían para su publicación. Sus primeros cuentos, y la mayor parte de los que les siguieron, se publicaron en periódicos diarios. Sus dimensiones tenían que limitarse á doscientas ó trescientas líneas, y este reducido espacio no molestó más al pensamiento del escritor que lo que al poeta molestan las reglas de los poemas de forma fija. Por lo demás, Maupassant no aportó á sus cuentos procedimiento distinto al que en sus novelas cortas empleaba: se contentó con reducirlo, y halló que esa reducción le procuraba proporciones más afortunadas y efectos más sorprendentes.
Por poco que en ello se reflexione se verá que semejante reducción tenía forzosamente que producir el máximum de acción. Componía observando riguroso método: se sabe que no tomaba la pluma hasta que la composición preparatoria estaba terminada en su cerebro, y entonces se dictaba á sí mismo, por decirlo así, un texto casi definitivo. ¡Apenas se encuentran algunas tachaduras en los manuscritos de este escritor que tanto trabajaba el estilo! Y la excelencia de la composición aparece tan clara en el cuento, que la mirada y la memoria del lector la reflejan de pronto. Por otra parte, Maupassant empleaba un estilo preciso, sin nada que lo recargase, y deliberadamente breve. Raramente sus frases llenan másde tres líneas, y las que son más largas no son mejores. Y la experiencia demuestra que los escritores que componen frases largas, fracasan infaliblemente en el cuento por efecto de la desproporción que salta á la vista de todos, hasta de los menos perspicaces...
Y por otra parte todavía, y éste fué uno de los rasgos característicos de su talento, Maupassant descolló en la psicología de los seres pertenecientes á la clase media, de los seres adocenados, labradores, pequeños rentistas, empleados, pescadores de caña, cazadores, viejas burguesas y viejas de pueblo, criadas, mujeres de marinos... Y hasta cuando en los últimos días de su vida estudió el alma de los mundanos, no hizo ningún esfuerzo para presentar caracteres extraños, ni cultivó lo que Bourget llama complicaciones sentimentales. Porque si en la novela se necesita tiempo y espacio necesario para presentar personajes singulares y llevados á extraordinarias aventuras, no sucede lo mismo con el cuento. En el cuento, es preciso que los personajes, en cuerpo y alma, queden definidos con pocas palabras; y para descripciones semejantes, nada encaja mejor que los tipos de la clase media, porque todos ellos se encuentran en algún rincón de nuestra memoria y basta con animar la imagen. En eso estriba el triunfo de Maupassant; pero con todo, citaremos algunos principios de cuento tomados de este libro:
«Los pobres vivían penosamente con el corto sueldo del marido. Dos niños habían nacido del matrimonio, y la estrechez se había convertido en una de esas miserias veladas, humildes, vergonzosas, miseria de familia noble que á pesar de todo quiere conservar la altura que á su rango corresponde». (Á caballo).
«Chicot, el hostelero de Epreville, detuvo su tilburi
ante la alquería de la tía Magloire. Era un mocetón de cuarenta años, pelirrojo y gordo, que tenía fama de listo». (El barrilito).
ante la alquería de la tía Magloire. Era un mocetón de cuarenta años, pelirrojo y gordo, que tenía fama de listo». (El barrilito).
«La señora Lefèvre era una mujer de campo, una viuda medio campesina, medio señora, que se adornaba con cintas y volantes y llevaba sombrero. Era una de esas personas que hablan enfáticamente, que cuando se encuentran en público se dan tono de grandeza y que bajo un aspecto cómico y abigarrado esconden un alma de bestia presuntuosa, de la misma manera que bajo guantes de seda cruda disimulan sus encarnadas manazas...». (Pierrot).
«La señora Lefèvre era una mujer de campo, una viuda medio campesina, medio señora, que se adornaba con cintas y volantes y llevaba sombrero. Era una de esas personas que hablan enfáticamente, que cuando se encuentran en público se dan tono de grandeza y que bajo un aspecto cómico y abigarrado esconden un alma de bestia presuntuosa, de la misma manera que bajo guantes de seda cruda disimulan sus encarnadas manazas...». (Pierrot).
Para los paisajes, Maupassant emplea el mismo procedimiento que utiliza para pintar los caracteres. Muy pocas veces los escoge extraños, y siempre los más sencillos son los más admirables. No obliga á la imaginación, como hace Loti, á soñar decorados que nunca ha visto, sino que, evocando lo que hemos visto muchas veces, nos procura la sorpresa de presentárnolos mejor mostrándonos las cosas con tacto de artista delicioso que escoge y retiene los rasgos esenciales.
La parte descriptiva y pintoresca constituye lo más precioso de estos cuentos, tanto por la robusta solidez y la substancia, como por la redondez llena de expresión... ¿Qué lector, por perezoso que sea, ha pasado por alto una descripción de Maupassant? Tan llenas de vida están, que resulta imposible omitirlas como tampoco pueden dejar de verse las cosas reales. Sólo citaré un ejemplo: el admirable principio deEl cordelito.
«...Como era día de mercado, los campesinos y sus mujeres, llenando las carreteras de las cercanías de Goderville, se encaminaban hacia la aldea. Los hombres avanzaban andando tranquilamente, inclinando el cuerpo hacia adelante á cada movimiento de sus torcidas piernas, deformadas por el rudo trabajo, por el peso del azadón que eleva el hombro izquierdo y desvía el talle, por las operaciones de la siega que obligan á separar las rodillas para mantenerse con mayor firmeza, y por todas las lentas y penosas tareas de los campos. Su blusa azul, almidonada, brillante como si la hubiesen barnizado, con el cuello y bocamangas adornados con fino dibujo de hilo blanco, se hinchaba alrededor del nervudo cuerpo y semejaba un globo del que saliesen una cabeza, dos brazos y dos piernas.«Unos tiraban de una cuerda á cuyo extremo estaba atada una vaca ó un ternero, y sus mujeres, andando tras el animal, le azotaban los cuartos traseros con una rama llena aún de hojas. Con objeto de acelerar la marcha, ellas llevaban al brazo grandes cestos, y por los lados pollos y patos asomaban sus cabezas: y andaban con paso más corto y más ligero que sus maridos, seco el talle, erguido y cubierto con una toquilla que sobre el aplastado pecho sujetaba un alfiler, y la cabeza, envuelta con blanco lienzo que aprisionaba los cabellos, rematada con una cofia.«Luego, al sacudido trote de un caballejo, pasaba un carricoche: y en el fondo del carricoche, iban sentados dos hombres. Y en la parte de atrás del vehículo, agarrada con fuerza á los bordes para atenuar el traqueteo, se parecía una mujer.«La muchedumbre invadía la plaza de Goderville, una mezcla de seres humanos y de bestias. Los cuernos de los bueyes, los altos sombreros de largo pelo de los labradoresricos y las cofias de las campesinas, eran las únicas cosas que sobresalían. Y las voces agudas y chillonas formaban continuo y salvaje clamor que á veces dominaba el potente grito de un labrador robusto y alegre ó el prolongado mugido de una vaca atada al muro de una casa.«Y de allí se emanaba olor á establo, á leche, á estercolero, á heno y á sudor, y de allí se desprendía ese sabor agrio, horrible, humano y bestial, tan peculiar en las gentes del campo...».
«...Como era día de mercado, los campesinos y sus mujeres, llenando las carreteras de las cercanías de Goderville, se encaminaban hacia la aldea. Los hombres avanzaban andando tranquilamente, inclinando el cuerpo hacia adelante á cada movimiento de sus torcidas piernas, deformadas por el rudo trabajo, por el peso del azadón que eleva el hombro izquierdo y desvía el talle, por las operaciones de la siega que obligan á separar las rodillas para mantenerse con mayor firmeza, y por todas las lentas y penosas tareas de los campos. Su blusa azul, almidonada, brillante como si la hubiesen barnizado, con el cuello y bocamangas adornados con fino dibujo de hilo blanco, se hinchaba alrededor del nervudo cuerpo y semejaba un globo del que saliesen una cabeza, dos brazos y dos piernas.
«Unos tiraban de una cuerda á cuyo extremo estaba atada una vaca ó un ternero, y sus mujeres, andando tras el animal, le azotaban los cuartos traseros con una rama llena aún de hojas. Con objeto de acelerar la marcha, ellas llevaban al brazo grandes cestos, y por los lados pollos y patos asomaban sus cabezas: y andaban con paso más corto y más ligero que sus maridos, seco el talle, erguido y cubierto con una toquilla que sobre el aplastado pecho sujetaba un alfiler, y la cabeza, envuelta con blanco lienzo que aprisionaba los cabellos, rematada con una cofia.
«Luego, al sacudido trote de un caballejo, pasaba un carricoche: y en el fondo del carricoche, iban sentados dos hombres. Y en la parte de atrás del vehículo, agarrada con fuerza á los bordes para atenuar el traqueteo, se parecía una mujer.
«La muchedumbre invadía la plaza de Goderville, una mezcla de seres humanos y de bestias. Los cuernos de los bueyes, los altos sombreros de largo pelo de los labradoresricos y las cofias de las campesinas, eran las únicas cosas que sobresalían. Y las voces agudas y chillonas formaban continuo y salvaje clamor que á veces dominaba el potente grito de un labrador robusto y alegre ó el prolongado mugido de una vaca atada al muro de una casa.
«Y de allí se emanaba olor á establo, á leche, á estercolero, á heno y á sudor, y de allí se desprendía ese sabor agrio, horrible, humano y bestial, tan peculiar en las gentes del campo...».
En fin, para sostener esa perpetua invención, esa inagotable fuente de asuntos, era evidentemente necesaria una imaginación fecundísima. De haberse tratado de asuntos extraños ó rebuscados, no hay imaginación que hubiese podido dar abasto, y la fatiga y el artificio no habrían tardado en ponerse de manifiesto. Pero, la misma naturaleza y el mismo carácter de su observación le destinaron á producir cuentos de una manera regular. Si los asuntos se examinan detenidamente, uno á uno, pronto se echa de ver que en su mayor parte son sencillísimos, y que las cosas que relata ocurren todos los días. Y cuando el éxito inmenso que alcanzaron hubo hecho surgir imitadores á granel, los periódicos diarios se llenaron de cuentos de las mismas dimensiones y del mismo género que los del maestro. Preciso es confesar que algunas veces los asuntos no carecían de acierto, pero entonces se puso de manifiesto, y muy claramente por cierto, que, si bien los procedimientos de Maupassant no eran inimitables, con ellos no se podía llegar á donde él había llegado. Nadie consiguió dar esa impresión de seguridad y de equilibrio que á la vez se desprende de su filosofía, de su observación, de su composición y de su estilo. Y, al lado del infinito número de tomos de cuentos hoy caídosen el olvido, los cuentos de Maupassant son los únicos que sobreviven.
En esa prodigiosa cosecha en la que verdaderamente no se encuentra nada que sea despreciable, se puede, sin embargo, intentar una selección. Para sus cuentos, Maupassant no eligió nunca asuntos que no se adaptasen perfectamente á su ingenio, pero, entre estos asuntos, hay algunos que le inspiraron felicísimamente. Los cuentos de campesinos, los cuentos normandos, son, según mi modo de ver, los más perfectos. Los recuerdos de la guerra le proporcionaron también abundante cosecha, y finalmente, un lugar aparte está destinado á aquellos en que su autor evoca lo fantástico. Era esa una de las especiales aptitudes de su genio, y harto caro pagó esa facultad de entrever y contar lo desconocido. Pero, cosa maravillosa: en la observación de esos fantasmas se advierte la misma lucidez que en lo real. Colocado de lleno en el dominio de la quimera y de la alucinación, sus dilatados ojos fotografían fielmente los fantasmas.El miedoyEl Paradordan excelentes ejemplos de esta peligrosa facultad. Y podría citar otros muchos.
Y muchos son los que pertenecen á todos los géneros, y cuando el lector ó lectora concluya esta selección destinada á ser puesta en todas las manos, podrá pensar que las obras completas le reservan veinte veces la misma satisfacción. La obra de Maupassant, cuentos, novelas cortas y novelas, tiene algo que es verdaderamente extraordinario: que en ella no se puede despreciar nada. Hay trozos excelentes, ninguno flojo, y de un extremo á otro, ciertas condiciones del escritor no se desmienten nunca. La sencilla claridad de la exposición, la composicióngeneral, el interés sostenido, la pintoresca sobriedad, el estilo nervioso y preciso, y la imaginación siempre abundante y sin embargo dócil. En fin, atrevámonos á decirlo: su obra entera tiene un mérito rarísimo entre las de los autores de fines del siglo XIX, y es que siendo una obra de artista, en ella no se hace ostentación de literatura. El vicio característico de la mayor parte de los contemporáneos de Maupassant, fué el exceso de literatura, exceso buscado, aparente y casi agresivo. Maupassant tuvo la fortuna de librarse de él, y como puede advertirse en el prólogo dePedro y Juan,lo logró deliberadamente. Eso le procuró entonces el desdén de algunos críticos, pero su obra ha salido beneficiada por ello pues está tan viva como hace quince años y no es difícil prever que el tiempo no le hará mella alguna. Todo, porque el artificio literario clasifica pronto una obra en el orden de los documentos. Y por ejemplo, las novelas de los Goncourt ¿son ahora algo más que documentos, es decir, cosas curiosas y muertas?
MARCEL PRÉVOST.