VILLAPORRILLA

¿Aldeas? En buena hora. Pero en el lienzo para adornar mi gabinete o en el libro para decorar mi estantería. Ni más ni menos.

Así las conocía yo. Y sabía de ellas que contempladas desde el último cerro de su horizonte al caer el sol, cuando los senderos de la montaña eran recorridos por los pacíficos campesinos que de vuelta de sus faenas tornaban al hogar, azada o garrote al hombro, dejando oir canciones llenas de melancolía, entremezcladas sus notas con el estruendoso concierto de cigarras, grillos y ranas, meciéndose también por los espacios el triste son de la campana de oraciones y el tintineo de las esquilas del ganado; contempladas, decía, a la traslumbre del crepúsculo, con su esbelta torre en silueta alzada en mitad de blanquísimas casitas “que como ovejas rodeadas al pastor en apretado conjunto circundaban la bonita iglesia”, debían de ser elnon plus ultrade las cosas de gusto, con aquellos arroyuelos lamiendo sus viviendas, con aquellos álamos prestándolas sombra, con aquel imprescindible pozo de limpio brocal, en que las muchachas del pueblo, limpias como armiños y lindas como perlas, mostrando bajo la “corta y honesta falda” su media como la nieve y su zapatito negro, escuchaban idílicas declaraciones del garrido y apuesto zagal que entre fogoso y ruborizado las miraba de soslayo, mientras en el viejo pilastrón de cantería verdinegra con candilillos y hierbas en las junturas, bebía su recua de borricos—alguno quizá dando también al viento su amorosa queja en un rebuzno poderoso...

Así las conocía yo... ¡Cuál me engañabais, oh caros novelistas y poetas!

Villaporrilla, enclavada con sus cincuenta casas en la abrupta falda de Sierra del Gato, con alcalde coloradote ybrutotey de buen corazón (a lo menos así lo había yo juzgado las veces que con su sombrero en la corona y sus calzas de paño me visitó en la capital), es seguramente una aldea en las mejores condiciones para serlo; quiero decir que, a causa de estar alejada de todo centro de población, y de no ser Villaporrilla “camino para ninguna parte”, no cabe sospecharla corrompida en su primitivo aspecto. Villaporrilla, aunque en el corazón mismo de España, está alejada dela civilización como cualquier campamento de salvajes.

Pues bien: la primera sorpresa que llevé en Villaporrilla fué ver que suscasitas blanquísimasno eran niblanquísimasnicasitas, sino especie de zahurdones del color del barro, medio ruinosos, de apariencia imposible de poetizar. Hasta un momento antes de llegar, el paisaje es bello; pero sus alrededores, como si la Naturaleza tuviera asco del mísero pueblo y le formara corro a distancia, consistían en raquíticos huertos y gran cantidad de estercoleros y lagunas cenagosas en que a su placer embarrábanse los cerdos. La iglesia era una casa poco más grande que las otras. Y el pozo del ejido, que no faltaba, verdaderamente, sería de agradable parecer a no estar rodeado de charcos y constituir como el cuartel general de los susodichos montones de basura.

¿Creéis que acudían ninfas en traje corto a sacar el agua? ¡Oh, qué caras, Dios mío! Muchachas desgreñadas, sucias, feísimas, con el color del paludismo, barrigonas, descalzas... Cerca estaba el cementerio. Cuatro tapiales, desportillados por más de un sitio, y en paz.

En Villaporrilla dejó de parecerme “buen corazón” su señor alcalde, aunque siguió pareciéndome coloradote, ybrutote, sobre todo.

Además, a los pocos días me convencí deque su estado normal era el de una borrachera continua. El concejo se reunía a discutir sobre siEl Pelaodebía o no continuar en su cargo de ministro (alguacil, en la técnica de Villaporrilla), o si debía ya sustituirlo el actual regidor síndico, que llevaba tres meses sin cobrar un céntimo; y además, se reunía para tirarse los jarros y las sillas a la cabeza; lo cual hacía a todos los concejales preferir la taberna a la sala de sesiones, porque en ésta se tiraban los bancos y costábanle dinero al concejo.

—¿Y cómo no arregla esto el señor cura de la aldea?—pregunté, antes de conocerlo, imaginándome al pobre señor escandalizado con tal estado de cosas.

—¡Bueno está el cura!—me dijeron—; pero en fin, tras eso andamos, tras de echarle. El capitanea el bando del Furraco, y el año pasado nos llevó a la Audiencia en una causa a que le llaman la “causa madre”, porque ha dado lugar a otras once, hasta la fecha.

No me parecieron mejor los mozos que las mozas. En la casita donde me hospedé, única que tenía cristales en el pueblo, los rompían todas las noches las pedradas zagalescas.

Estos mozos rondaban hasta media noche en cuadrillas, con sendas porras al hombro. La semana que no había un par de descalabros y el subsiguiente empapelamiento en eljuzgado municipal, podía rayarse con piedra blanca.

—Pues mire usted, este pueblo es muy tranquilo—me decían—. El año pasado no mataron más que a tres. En cambio, los de Cobarrubia a seis, y de Maratóndieroncinco alpresillo.

Entre los invitados al estudio de Rangel con motivo de su última obra, estaban Jacinta Júver, una arrogante dama de ojos garzos, muy aficionada a la pintura, casi una artista, y su esposo, el señor La Riva, hombre que, según decía, desde hortera con sabañones, supo caer en marqués con gabán de pieles, sin más que saltarse limpia y oportunamente el mostrador de un comercio.

Habían desfilado los demás visitantes y quedaban estos dos; intranquilo él porque se le hacía tarde para el Senado, y la bella marquesa ante el lienzo absorta cada vez más, examinándolo a través de sus impertinentes y celebrando los detalles con el pintor en voluble charla. Era unpanneaudecorativo: el arcángel maldito, caído bajo un cielo de tempestad sobre una roca; Luzbel, con la túnica y el cabello rubio azotados por el vendaval, con el codo en la rodilla y la sien en el dorso de la mano, resplandecía aún de divinidad, en lahierática rigidez de su soberbia, como el ascua que en su propia ceniza se va apagando.

Hubo necesidad de explicarle este simbolismo al banquero, que se acercaba nuevamente, después de entretener su impaciencia con estatuas y desnudos. Y como su mujer, con cierta coquetería intelectual delante del artista, le señalaba los grandes aciertos de color y de dibujo, aquellas líneas onduladas de visión de ensueño, y aquellos tonos suaves que velaban la figura con neblinas de lo fantástico, harto La Riva de escuchar, exclamó:

—¡Hermoso! ¡Magnífico!

Añadió con franqueza mientras limpiaba los lentes:

—De todos modos... ¡yo no entiendo!, pero si es ángel, ¿por qué no ponerle alas?

Jacinta, avergonzada, con una dulce súplica de piedad para el marqués, miraba al pintor sonriendo. Éste, a pesar suyo, tenía en los labios una contracción desdeñosa y compasiva, a cuyo estremecimiento le faltó poco para romper en esta palabra: “¡Imbécil!” Pero le volvió la espalda, cambiando con la gentil marquesa una mirada que se clavó en el orgullo de La Riva como un florete.

En aquel hombre veía el artista la vulgaridad de que creía él haber salido con vuelo de genio, al pintar un demonio sin rabo, sin cuernos, sin alas de grulla siquiera...

Dió La Riva un paso, cogiendo por el brazo al pintor. Hubiérase creído que lo iba a lanzar contra la pared... Mas no; ¡brusquedades de hombre de negocio!... se sonreía.

—¿Cuánto vale ese lienzo?

Rangel respondió altivo:

—Veinte mil pesetas.

—Lo compro. Enviaré por él, y mañana tendrá usted la bondad de almorzar con nosotros para colocarlo.

Ya en el coche, rodando hacia el Senado, le decía Jacinta:

—Has estado importunísimo. ¿Para qué hablas de lo que no entiendes?

—¡Oh!—respondía filosóficamente el banquero—. ¡Si no se hablase más que de lo que se entiende bien!... ¡Bah, los artistas! ¡Sois vanidosos como el mismo Luzbel, hija de mi alma! En fin, ya verás... Cada cual tiene su vanidad, y... no había de estar yo sin la mía. Mañana quiero dar a ese geniazo un banquete tan original y espléndido que no lo olvide jamás...

**  *

El almuerzo, en verdad, había sido regio. Los tres solos, en jovial y amena conversación, excitada por la abundancia de los mejores vinos, en aquel gran comedor, confortable,con sus dobles cortinas ante las policromas vidrieras de cristal cuajado, con sus plantas de hojas en abanico entre los muebles, y en medio de cuyo lujo sólido parecía la marquesita una figura de porcelana. Su pelo negro, partido en dos bandas, con sencillez griega, hacía más transparente la blancura “violeta” de su carne; y en su pálido traje heliotropo adivinábase una gallardía de buen gusto brindada al pintor.

Obstinábase en relatar su historia el marqués a los postres, empuñando la panda copa de champaña. Una biografía interesante, empezada en un chiquillo con almadreñas que salió un día de su puebluco a mirar el mundo, y que, en fuerza de años, de voluntad y de instinto de la vida, realizó con brío su parte de trabajo, colocándose a los cincuenta en blasonado palacio, para poder contemplar desde la altura de su corona de marqués y de su senaduría vitalicia el bien que había hecho. Y distinguía, en efecto, desde allí, aquellas tiendas humildísimas donde enriqueció a los dueños con su laboriosidad honrada; aquel gran comercio suyo más tarde; aquellas locomotoras, luego, corriendo en su país porque él y otros como él habían puesto el dinero; aquellas fábricas que él fundó; aquel...

—¡Siempre francote y un poco tosco, eso sí, pero orgulloso de todos modos!—decía LaRiva con una calma y un ritmo que recordaban el paso del buey. Y observando a su mujer y al pintor, distraídos bajo la seducción vaporosa del champagne y de la espiritual cháchara que él había escuchado antes como un extraño, proseguía:—Mas a buen seguro que si no entiendo de esas monadas que compro para adornar mi palacio—o (con el ademán parecía incluir como un cuadro unbibelotmás a la bella marquesa)—tampoco Rangel sabrá mucho de los negocios ni de los ferrocarriles, en que viaja repantigadamente... ¡Cada cosa tiene sus méritos... y sus misterios, que sólo Dios puede conocer en todas!

En seguida dirigióse a un criado que traía el juego para el café:

—No, Gaspar. En mi despacho. ¿Has prendido la chimenea?

Salió el criado haciendo un gesto de confidencia, y manifestó el banquero que servían el café en su despacho para que apreciaran la buena colocación que por sí propio había dado a la gran obra de arte.

Y derecho invitándoles a salir, mientras su mujer y el pintor se miraban presintiendo alguna nueva necedad artística del hombre de negocios, añadió:

—¡Ah! ¡Se trata de mi hermosa chimenea con arco de roble, tallado por Seriño!

Presenciaron un espectáculo extraño en el despacho.

—¡Vaya si lo entendía! ¿Qué se figuraban los dos?... ¿No era un lienzo decorativo? ¿No representaba un diablo más o menos bonito?... Pues ¡su pensamiento! en ningún sitio mejor que llenando el gran fondo de su chimenea antigua, con el fuego en los mismísimos pies del mal arcángel.

Lo primero que vió Rangel fue supanneaullenando el hueco negro de la chimenea. Tocando al lienzo ardían los trozos secos de pino, y las llamas y el humo habían obscurecido la pintura, levantada hasta la rodilla del ángel.

La Riva, cruzado de brazos, con una sonrisa de agrado como quien espera un pláceme, contemplaba al pintor, cuyos labios temblaban.

Esta vez se lo dijo el artista:

—¡Imbécil! ¡Imbécil!

Con toda su alma, con toda su rabia, y comprendiendo la situación, salió como un loco.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

—¿Qué significa esto?—preguntaba Jacinta irguiéndose frente a su marido.

—Esto significa que le acabo de probar a un infeliz, prácticamente, cómo yo sé hacer las cosas; que si él tiene orgullo de su fantasía para pintar, yo tengo el orgullo de mi talento para hacer dinero, que vale y puede más, porque vale y lo puede todo... todo...

Y concluyó, mirando a su mujer hasta la conciencia:

—...incluso destruir la gloria... y haberte traído a mi palacio desde la estrechez, ¡no hay que olvidarlo, marquesa consorte de la Riva!...

Pasaba por Madrid, donde veinticuatro horas debía detenerse, con dirección a Tánger, León Demarsay, un diplomático con quien yo había intimado en Manila, hombre de gran corazón y excelente tirador de armas. Por mí advertidos de esas prendas del joven, quisieron algunos amigos míos conocerle, y le invitamos a un almuerzo, para cuyo final teníamos preparadas las panoplias.

Servido el café en el salón, Pablo Mora, que presume de floretista, le brindó el azúcar con la mano izquierda y con la derecha un par de espadas.

—Gracias—contestó León sonriéndome con dulzura al comprender que defraudaba nuestras esperanzas—. Hace mucho que abandoné estas cosas. No sé. Completamente olvidadas.

Y luego, defendiéndose de nuestra insistencia, y para que no creyéramos falta de cortesía o fatuo desdén de maestro su negativa,añadió, mientras se sentaba y empezaba a sorbos su taza, invitándonos a lo mismo:

—Hace tres años, juré no volver a tocar la empuñadura de un arma.

Y quedó sombrío, delatando algún doloroso recuerdo. Respetándolo nosotros, nos sentamos también, sin pensar en más explicaciones. Pero la gentil María, esposa de Mora, en cuya casa estábamos, y otras dos señoritas que nos acompañaban, una de las cuales, discípula de Sanz, había pensado en el honor de un asalto con el francés (cosa que venía a constituir quizás el caprichoso y principal atractivo de la reunión), le seguían mirando curiosamente.

—¡Nada!—exclamó al fin Demarsay—. Como usted, Luciana (la discípula), yo empecé la esgrima por receta de un médico. Usted, según me ha dicho, contra una neuralgia; yo, contra un reuma. ¡Ojalá que en mí hubiera podido continuar siendo unsportsaludable, como lo será en usted toda la vida...! Pero los hombres—añadió envolviéndonos en una sonrisa de irónica piedad—somos un poco más crueles que las mujeres.

—Permita que me sorprenda en un hombre tal confesión—dijo María, clavando los ojos en Demarsay, del mismo negro acero que su pelo.

—¡Necesita demostrarse!—añadió no sé quién de nosotros.

—La demostración resulta de mis pequeñas historias. Decía... que un doctor me aconsejó, para unos dolores rebeldes, el campo y la gimnasia; inmediato a la finca donde pensé instalarme, vivía retirado M. Montignac, el más célebre duelista de Europa; propúsele al doctor, en gracia a mi comodidad, sustituir la gimnasia con la esgrima; aceptó, y a los seis meses yo estaba curado. Mas como por mis negocios permanecí en la posesión algunos años, y como además, por gratitud al ejercicio y deferencia a mi maestro, no abandoné las armas, resultó que cuando volví a París, según Montignac, que se apresuró a comunicárselo a sus compañeros, era el mejor discípulo que había tenido hasta entonces. A consecuencia del aviso, sin duda, laSala Hervillyme invitó a un asalto; y a consecuencia del asalto, en el cual desarmé cuantas veces quise a un M. Murguer, tirador celoso de su fama, recibí al siguiente día la visita de sus padrinos.

—¿Para otro asalto?—preguntó ingenuamente Luciana.

—Para un duelo—continuó Demarsay—. Pretendían que me batiera con Murguer, porque éste deseaba saber si mi habilidad era la misma con espada sin botón. Contesté que no tenía el menor deseo de prestarme a la prueba, y que no encontrando odios ni ofensas que vengar,sino antes al revés, habiendo tenido una complacencia en conocerle, le proponía un jovial almuerzo con unas cuantas botellas de champagne. Almorzamos juntos, tiramos y procuré dejarme alcanzar algunas veces, por calmar la vanidad de aquel hombre. Sólo que una de ellas, cuando yo creía estar ganando su simpatía, al oirme decir sonriendo:¡Touché!, arrojó su espada y nos abandonó airadamente. Por la tarde los padrinos. Afirmaban esta vez que le había ofendido con mi condescendencia, tratándole como a un niño; lo que no estaba dispuesto a tolerar, porque aspiraba a ser tratado en todo momento como hombre; que no aceptaba explicación ninguna, y que conceptuaba preciso que nos midiéramos con armas desnudas, a fin de que sus descuidos o mis galanterías, en caso que yo me atreviera así a brindárselas, no resultaran una ridícula e inocente burla.

—¡Qué tesón!—exclamó María.

Pablo, en supunto de tirador, advirtiendo que todos los que oíamos a Demarsay hallábamos importuna la conducta de su adversario, se creyó en el caso de encontrarla explicable.

—Al verdadero duelista—manifestó—velador constante de su prestigio, no le es agradable, aunque involuntaria, una humillación de esa índole. En esto se parece a la mujercon respecto a su honra. Ninguna tolera con paciencia que otra mujer delante de ella aparezca máshonrada.

—Pero yo, que no soy duelista, que no lo era—replicó Demarsay con su acento ligero y fino de parisiense—, sino un pobre enfermo que se curaba y se divertía jugando al florete igual que podía divertirse jugando a la pelota, me asombré de la exigencia de aquel señor, a quien juzgué un solemne majadero...

Miré a Pablo y le vi inmutarse. Iba a contestar, tal vez en defensa de su falaz proposición, pero se contuvo.

—Y con plena franqueza tuve el gusto de participárselo a los padrinos—continuó el diplomático—. Aseguro a usted que eché de menos la ley de Schopenhauer contra el duelo: “Todo mantenedor y portador de un cartel de desafío, recibirán veinte palos en público, a usanza china.”

Pablo no pudo contenerse.

—Castigo que no sufriría ningún hombre de honor sin pegarse un tiro.

—A lo cual contesta el filósofo, que lo prevé: “Es mejor que un loco se mate a sí mismo que no que mate a otras personas.”

Produjeron una carcajada, que puso en evidencia a Pablo, las palabras del francés, quien siguió:

—Loco era aquél, y de remate, Me buscabay me encontró una noche en el Tívoli: me dió un bofetón y le tiré por la barandilla del palco; él, al hospital desde el teatro, con una pierna rota; yo a la comisaría, donde tuve que pagar dos sombreros y un abanico que estropeó al caer mi hombre... Pierna curada a los dos meses, y ¡lo de siempre, señores! ¡el duelo...! ¡Bah! Era preciso acabar, y acepté como quiso, permitiéndose todo, a muerte. Aseguro que cuando contemplé mi espada ante aquel infeliz que se defendía con torpeza, me pareció un instrumento infame con el cual, y con habilidades de tahur, podía yo impunemente arrancar una existencia. Pude matarle, y le desarmé varias veces. Esto aumentó su coraje, y mi desprecio a mí mismo, y a él, y a cuantos presenciaban el repugnante espectáculo como una fiesta. Al fin, para acabar, le herí en la mano. No cedió, sino que se lanzó sobre mí con más furia. Entonces le atravesé el brazo, y la espada cayó de su mano inerte... Antes que aquel insensato pudiera curarse y provocarme de nuevo—concluyó Demarsay dirigiéndose a mí—pedí mi traslado, y renegando de la esgrima que en mala hora había aprendido, me embarqué para Sangay, y luego para las Filipinas, donde tuve el gusto de conocer a usted.

—Pero ¿el juramento?...—interrogó Luciana.

—Porque no basta eso—añadió otro—; una temeridad excepcional no significa que la esgrima no pueda servir en una causa justa.

—Y, en efecto—añadí yo—, cuando le conocí, todavía le vi manejar prodigiosamente la espada.

—Sí—contestó mi amigo—, pero evitando a los profesionales. Aun así, señores, después tuve que cerrarme a la banda para rehuir otros encuentros con Tomegueux, en París, y con San Malato, en Florencia; y hasta pude convencerme al fin, por mí propio, de que el conocimiento de las armas, que no es indispensable nunca y que sirve rara vez para cosas razonables, se pone fácil y malamente al servicio de la vanidad y de las pasiones. La que es hoy mi mujer era mi novia en 1895. Estábamos en Nápoles; el conde de Torino quería a mi novia, que me adoraba, y el padre de ésta, un romano que conservaba la tradición del orgullo, prefería al conde por su nobleza. Mi pobre Celsa se rebeló al afán de su padre, poniéndome por causa; y cuando el conde me desafió un día, sentí una alegría infinita, satánica. Tenía la seguridad de matar a mi rival, y me complacía en el derecho que él mismo me daba para matarle.

Se interrumpió Demarsay un segundo, con tristeza, antes de proseguir:

—Pude cumplir con una pequeña estocada,como con Murger; pero no: fuí tan miserable, que aproveché con saña y sangre fría todo mi arte para buscarle el corazón... Ante aquel desdichado que se desplomaba, comprendí repentinamente toda mi infamia... Y entonces fué mi juramento, señorita... ¡jugar con las armas es jugar con el fuego!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Un poco después, León Demarsay se despedía de nosotros. Aun estaba en la antesala cuando Pablo me cogió de un brazo, me llevó al comedor y dijo:

—¿Quieres ser mi padrino?

—¿Te bates?—le pregunté sorprendido.

—Sí.

—¿Con quién?

—Con León Demarsay. Me dijo antesmajadero.

—¡Y tú lo confirmas!—repliqué con tal acento de convencido desprecio, que se quedó en mitad del comedor con la cabeza baja, más abochornado que ofendido.

Terminada la consulta, pude entrar en el despacho, donde mi buen amigo el doctor se ponía el abrigo y el sombrero, para nuestro habitual paseo; pero el criado entreabrió la puerta.

—¿Más enfermos? ¡Estoy harto! Que vuelvan mañana.

—Traen esta tarjeta—contestó el criado, entregándola.

Y debía ser decisiva, porque Leandro la tiró sobre la mesa, volvió a quitarse el gabán y gritó malhumorado:

—Que pasen.

Dirigiéndose a mí, que me disponía a dejarle solo, añadió:

—No; espera ahí, tras el biombo. Concluiré a escape.

El biombo ocultaba un ancho sillón de reconocimiento. Me senté y saqué un periódico, viendo que el concienzudo médico alargaba la visita, a pesar de su promesa.

Eran señoras.

Con ellas había inundado el despacho un fuerte olor afloramyque se sobrepuso al del ácido fénico. Sus voces bien timbradas me distraían, y no pudiendo leer, escuché.

—Doctor, mi hija está cada día más delgada, sin saber por qué. Come poco, duerme mal y va quedándose blanca como la cera. Se cansa, se cansa esta niña, que era antes infatigable. Reconózcala bien, y dígame con claridad lo que padece. Estoy dispuesta a seguir un plan con el rigor necesario...

—¿Qué edad tiene usted?

—Veintitrés años—replicó tímida la joven.

Francamente, al oirla yo, me entró un vivo deseo de mirarla, a fin de comprobar si delante de los médicos, en cuestión de edades, no mienten las mujeres... Enfilé un resquicio entre dos hojas del biombo... ¡Oh, qué deliciosa criatura! ¡Qué hermoso pelo de ébano bajo el sombrero de paja! Alta y esbeltísima, muy pálida, con los dientes como perlas entre los labios pintados, sin duda. Si mentía, merecía disculpa en gracia a su hechicero aspecto; y por mi parte diré que mi curiosidad, en cierto modo psicológica, quedó borrada por mi admiración, en cierto modo artística. La contemplé buen rato, sin parar mientes en el interrogatorio, al que contestaba la madre casi siempre...

Pero comprendí de improviso que no debía seguir mirando. La encantadora chiquilla se desnudaba... Su mamá habíale quitado el sombrero y la estola, ayudándola a descorchetar el corpiño de seda, tirándola de las mangas después, en tanto que el feliz doctor—¡felices los doctores que pueden ver estas cosas!—distraíase discretamente preparando el estetóscopo... ¡Qué diablo, perdóneseme la indiscreción! Resolví quedarme atisbando... ¿Tenía yo la culpa?...

—Cuando guste—avisó la madre.

Al quitárseme de delante, vi a la joven en corsé, un pequeño y coquetón corsé de raso color caña, desajustado como la cintura de la falda, al aire los brazos y desabrochado en el hombro izquierdo el canesú de encaje. Una garganta ideal, un escote divino.

La seductora enferma, ruborosa y con una mano extendida sobre el pecho, no conseguía así más que revelar la exuberancia de sus senos, hundiendo entre ellos la finísima y blanca tela. ¡Delgada, decían! Aunque sí: era una de esas mujeres pasionales, delgadas con delgadez flexible, hecha para el amor, de brazos finos y seguramente de muslos más gruesos que la cintura.

El médico se acercó y empezó a auscultarla con atenta indiferencia, oprimiendo de un modo que me parecía brutal, en la carne denieve el negro caucho del aparato, escuchando en todas partes mientras que la joven entornaba los ojos y entreabría la boca respirando con creciente adorable angustia. Contestaba rápida las breves preguntas del doctor, y éste, interesado de pronto por algo anómalo que quería percibir mejor en la punta del corazón, separó la camisa para volver a aplicar el estetóscopo... Por encima surgía redondo y desnudo un bellísimo seno de estatua...

Ella cerraba los ojos, caída al respaldo la cabeza en languidez que a mí, profano, siendo de enferma, se me antojaba de amante... Él cerraba los ojos también; atento siempre, inmutable, si bien hubiese yo jurado que hubo un momento en que le vi sonreír con piedad y malicia.

—¿Es aquí donde más sufre?

—Sí—gimió la muy gentil, sintiendo que el joven doctor le posaba en el corazón la mano.

Y alzó a él los ojos, con fijeza de suplicio, casi estrábicos.

—Puede usted vestirse.

Inmediatamente mi amigo fué a tomar notas en su diario de consulta, hasta que la señora concluyó de ayudar a su hija.

Tornó entonces a sentarse cerca.

—Van ustedes a dispensar que me informe de algunos detalles.

—Un médico es un confesor,caballero—apuntó la dama, completamente ganada por la actitud beatífica de Leandro.

—¿Tiene novio?

—Sí. ¡Cosas de muchachos! Ha tenido novios... Se vistió de largo muy joven, a los quince años... y lo tiene ahora, según creo; pero esto no le preocupa, que yo sepa al menos... ¿Verdad, Purita? ¿Te da disgustos Marcial?

—No, mamá, ninguno; tú lo sabes.

—¿Por qué, pues, se desvela? ¿Tiene usted algún deseo no realizado? ¿Hay en sus ensueños alguna idea fija, dominante? ¿Qué suele soñar?

—¡Oh, nada! Tonterías. Mamá... dice que es por la debilidad.

La cariñosa madre intervino nuevamente.

—Se acuesta tarde. Noches de dejar a las amigas a las tres, después de bailar como una loca. Yo creo que la desvela el mismo cansancio, porque no hay otro motivo, y en casa no se le da el disgusto más leve. Es un delirio por el baile, la chiquilla.

—¿Y quiere usted mucho al novio?

Aquí sonrió Purita por única respuesta.

—¿Son antiguas las relaciones?

—Tres años.

—¿No quiere casarse? ¿Por qué no se casan?

—¡Bah, no, doctor!—saltó la madre—. ¡No piense usted que la apena eso! Mi hija es unachiquilla completa, que no se separaría de sus padres por nada del mundo, y que prefiere su casa y su piano y su espejo a todo. Su novio es un trasto, como ella: un chico de veinticuatro años, que tardará cuatro o seis en llegar a capitán, siquiera. Sería locura pensarlo.

—Sin embargo, puede que su hija, por respeto...

—¡Oh, no, no!—interrumpía testaruda la madre—. Sobre esto, doctor, quede tranquilo. Nada influye en la enfermedad, que, por el contrario, sería ahora un obstáculo más para la boda. Habrá que pensar primero en cuidarse. Mi hija, y su novio igualmente, están demasiado hechos a las comodidades de sus casas para tomar otra que no podría ser, hoy por hoy, un palacio, con treinta y siete duros al mes...

Por segunda vez advertí en mi amigo una sonrisa, más francamente amarga al alejarse de las damas.

Entregó luego una receta, diciendo displicente:

—Se trata de un padecimiento funcional, de puro desequilibrio nervioso. Anemia... Quince gotas de ese elixir en cada comida, ejercicio, aire libre... pero nada de campo ni de aislamiento para esta señorita: sería peor... y... a su edad no hay inconveniente alguno en casarla, señora.

Todavía tres docenas de palabras entre cumplidos y seguridades acerca de que la enferma tenía sano el corazón y el pecho, y concluyó la consulta.

Yo salí alborotadamente en cuanto se cerró la puerta.

—¡Bendita carrera, chico, que te permite contemplar tales encantos!

Y contra lo que esperaba, contestó indignado el médico:

—¡No! ¡Maldita carrera, que me obliga a contemplar tales miserias! ¡Esa divina criatura morirá tísica antes que su novio ascienda!... Yo he podido decirle a la madre: “Imbécil, tu hija no tiene falta de vida, sino vida que le sobra, que la abrasa, que la ahoga una y mil veces desde los quince años, agitándola enloquecida de ansia de amor, al volver del baile a su lecho solitario de odiosa virgen, contemplando su hermosura inútil... mientras que el novio que la enciende, va a concluir la noche encima de alguna prostituta.” Y ya lo ves: hierro, gotas de hierro, y cobrar diez duros: porque si yo les diese la verdadera receta, a las madres, para estas pobres vírgenes... y mártires, ya hace tiempo que pasaría por un loco sinvergüenza y no vendría nadie a mi consulta. ¡Oh, qué farsa es la vida!

FIN


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