II.

En suma, yo creo que muchas de las historias del Irán, antes de Ciro, deben tenerse por ciertas y algunas por probables y verosímiles.

En este supuesto, diré que el Mahabad de los Persas parece ser el mismo Manú de los Indios, un legislador mítico primitivo. Otro profeta iraniense, llamado Dji-Afram, simboliza el período histórico del cisma ó separación de indios y persas. El Ariana-Vaega, con sus reyes Cayumors, Ferval, Siamek y otros, sólo prueba que hubo una sociedad primitiva, en la cual formaron un solo pueblo los indios, los iranienses y los escitas blancos.

Después de la separación, los iranienses, conducidos por Djenschid, emigraron y fundaron el reino ó Imperio de Vara, cuya capital fué Raga. Un conquistador, llamado Zohac, destruyó el Imperio de Vara y vino á reinar sobre los iranienses. En el reinado de Zohac empieza nuestra primera leyenda. Pero, ¿quién fué este Zohac y en qué siglo vivía? Á mi ver, Zohac era semita, era el propio Aret-el-Rech, ó más bien un sobrino y lugarteniente de aquel famoso rey del Yemem, aliado de Nino. En esto me aparto de la opinión de Rodier, quien hace á Zohac cusita y supone que reinó siete mil años antes de Cristo; pero tengo á mi lado á Gobineau en suHistoria de los Persas, quien hace que viva y reine Zohac en la época más reciente de Nino, rey de Asiria.

Finalmente, reinaba por entonces en la Escitia un rey llamado Tihur. La capital de su reino era la hermosa ciudad de Vesila-Tefeh. En ella introduciremos al punto á los lectores para que tenga verdadero comienzo nuestra historia.

Vesila-Tefeh, por más que parezca inverosímil, estaba situada en medio de las que son hoy áridas estepas por donde vagan los kirguises. En la orilla Norte del Sir ó Jaxartes se parecía la hermosaciudad, cuyas casas y palacios se reflejaban en las aguas del caudaloso río. El Imperio de que era capital se extendía por el Sur hasta el Oxo ó el Amú-Deria. Más allá, un arenoso desierto. Otro desierto arenoso le separaba por el Oriente de la Sogdiana. Por el Occidente tenía por límites el Caspio y el Aral, que entonces formaban un mar solo. Por el Norte no conocía otros términos ó fronteras que la mayor ó menor pujanza de los escitas, vasallos del Rey Tihur, para tener á raya á los pueblos nómadas y enteramente feroces que iban errando por los páramos boreales. En suma, los dominios del Rey Tihur, eran como un oasis de cultura, como una isla civilizada en medio de un Océano de barbarie.

Á pesar de este aislamiento, los escitas de Vesila-Tefeh dejaron memoria de sus virtudes y de su ciencia aun entre los mismos griegos, tan vanidosos. Zalmoxis, Abaris y otros filósofos escitas se cuenta que llevaron á Grecia religión, oráculos, ritos y misterios profundos. La fama lejana de estos escitas hizo nacer sin duda en Grecia la fábula de los felices hiperbóreos, que vivían en un país feraz y rico, y que componían y cantaban los himnos más bellos que imaginarse pueden, por ser muy amados de Apolo. Ello es que, muchos siglos antes de que en Grecia escribiesen Homero, Herodoto y Esquilo, y aun antes de que á Grecia llevasenlos fenicios la escritura, florecía Vesila-Tefeh con extraordinario florecimiento. Regado el fértil terreno por las aguas de siete ríos, de muchos arroyos y de numerosos canales, estaba cubierto en partes de hermosas huertas y jardines. No faltaban bosques umbríos de pinos, abetos y robustas encinas. Había campiñas extensas donde se producía trigo en abundancia, y sobre todo dilatadísimas dehesas cubiertas de fresca y larga hierba, donde pastaban numerosos rebaños. Pero la más envidiable calidad del País de los Siete Ríos, que así se apellidaba el reino de Vesila-Tefeh, era la abundancia de oro. Los esclavos de los escitas, no sólo sacaban el oro lavando las arenas, sino también ahondando tenazmente con instrumentos de bronce en el seno de las montañas. Los rusos han descubierto muchos restos de estas antiquísimas minas, á las que llaman, no sé por qué,pozos fínicos. Nadie duda que los rudos tártaros, que hoy habitan en las vertientes del Ural, tanto en Kirguisia como en Siberia, son y han sido siempre incapaces de ejecutar para sí tan hábiles trabajos, los cuales no pueden menos de atribuirse á los antiguos escitas. Y digopara sí, porque en realidad los tártaros, la gente de raza amarilla y no pocos hombres de raza cusita ó etiópica, reducidos á la condición de esclavos, eran los que laboreaban las minas bajo la dirección de los escitas-arios. Éstos,como raza dominante y noble, se hubieran deshonrado ejerciendo cualquier otro oficio que no fuese el de pastores, el de la guerra, la caza y la agricultura. Multitud de esclavos de raza amarilla y etiópica se empleaba en los menesteres más bajos y mecánicos. Otros esclavos semitas hilaban y tejían la lana, el lino y el cáñamo; forjaban las armas y utensilios de bronce, porque el hierro no se trabajaba aún; curtían y adobaban las pieles; desempeñaban varias industrias más elegantes, y hacían, por último, el comercio.

Dificultoso era venir desde Nínive ó desde Babilonia trayendo mercaderías hasta Vesila-Tefeh. Pero, ¿qué no vencen el interés y la perseverancia del hombre? Los dos emporios principales desde donde se hacía el comercio entre el Sur del Asia y nuestros escitas, eran el Chersoneso Táurico y Colcos. Las caravanas que salían de Cherson tenían que sufrir grandes trabajos, atravesar países desiertos ó habitados por tribus feroces y pasar ríos caudalosos como el Tanais, el Rha y el Daix, que hoy se nombran el Don, el Volga y el Ural. Todo esto se hacía, sin embargo, y el antiguo camino de los mercaderes que señala Herodoto, cruzaba por la parte septentrional del reino de Vesila-Tefeh y se prolongaba hasta la China. Desde Colcos, más activo emporio aún en las edades remotas, se iba también hasta Vesila-Tefeh,aunque exponiéndose á peligros gravísimos que la imaginación magnificaba, pues era necesario salvar torrentes ó ríos impetuosos como el Kur, cruzar los desfiladeros del Cáucaso ó Montaña Sagrada, donde vivía el pájaro inteligente llamado Karshipta, y discurrir por comarcas donde moraban gentes tan fieras, que la fantasía del vulgo las había trocado en monstruos, bajo los nombres de arimaspes, grifos y gorgones.

Á pesar de todo esto, Vesila-Tefeh era un gran mercado; un centro comercial importantísimo. De China venían sedas y objetos de marfil labrado; de Siberia preciosas pieles; de la Arabia plumas y aromas, y de la India especierías y tejidos de algodón, delicados y aéreos. En las comarcas meridionales del Reino de Vesila-Tefeh, hacia donde están hoy Kiva, Samarcanda y Bucara, se daba ya entonces el algodón como se da ahora, pero sólo se fabricaban telas groseras. Las finas y perfectas venían de la India por Colcos. Este comercio, que hizo Colcos durante muchos siglos, en telas de algodón, excitó, según algunos graves economistas, la codicia de los griegos y promovió la expedición de Jason y de los argonautas y los infortunios y horrorosa venganza de Medea. Jason iba á establecer una factoría en Colcos y el famoso Vellocino de oro no era más que percal, gasa, muselina ó cotonía. Tal vez algún etimologista ingeniosose atreva á sostener, en confirmación de lo dicho, que la palabracolchaviene de Colcos ó de Colchida, puesto que las colchas son de algodón casi siempre. Otros autores aseguran, á pesar de todo, que el Vellocino dorado no era una tela de algodón, sino una zalea, adobada y preparada de un modo tal, que lavando en ella las arenas auríferas en que los ríos de Colcos abundan, los granitos y pajitas de oro se quedaban adheridos á la lana. Dícese que todavía, no ya sólo algunos pueblos del Cáucaso, sino también los kirguises, se valen de semejante método prehistórico para extraer el oro de las arenas. Pero dejemos á un lado esta cuestión, pues importa poco á la exactitud y escrupulosa verdad de nuestra historia.

Otro medio había también de comunicarse con el país de los Siete Ríos, pero era no menos difícil y peligroso. Era este medio atravesar todo el mar Caspio ó de Hircania, mar proceloso y de muchos bajíos, y harto mayor entonces que ahora. Acrecentaba la dificultad el no conocerse entonces, no ya el vapor como fuerza motriz, pero ni siquiera el uso de las velas. Las embarcaciones eran chicas y poco sólidas y se movían á remo por fornidos esclavos. Aun así, es evidente que mientras floreció el Imperio de Vara, Djenschid y sus sucesores sostuvieron por mar, con los reyes de Vesila-Tefeh las relaciones más cordiales, frecuentes yprovechosas para unos y otros súbditos, los cuales se reconocían como hermanos, por ser arios de la misma estirpe y procedencia. Caído el Imperio de Vara bajo el poder del tirano Zohac, casi habían acabado estas relaciones. Los iranienses gemían bajo el yugo, si bien en las montañas del Elburz se sostenían independientes algunos valerosos. Sabíase en Vesila-Tefeh que un ilustre descendiente de Djenschid, llamado Abtian, los acaudillaba, pero ni tenía plaza fuerte, ni morada fija, sino las breñas y las cavernas. Sólo en la cumbre elevadísima del monte Demavend, en el castillo inaccesible de Selket, el más ilustre de lospelavanes, ó guerreros nobles, ondeaba aún la antigua bandera del Irán. Amol, Raga y otras ciudades del Elburz gemían cautivas y tenían guarnición asiria ó árabe.

Dos reinos arianos había en las orillas meridionales del Mar Caspio, pero se habían hecho tributarios de Zohac y de Nino. Uno de estos reinos era el de los medos, al Oriente, donde imperaba Kus-Pildendan. El otro, al Occidente, donde está hoy el Ghilan, era el reino escita de Matjin; su capital, Zibay; Behek su monarca.

La catástrofe del imperio de Vara, desde que llegó á noticia de los vesilianos, había conmovido hondamente los corazones. Todos querían socorrer á los pocos que peleaban aún por la independenciay por la ley pura: pero ¿cómo socorrerlos? ¿Cómo luchar contra los árabes, asirios, caldeos y medos coaligados todos? ¿Cómo hacer además con un ejército numeroso tan larga y expuesta expedición, ni por mar, ni por tierra? Los vesilianos tuvieron, pues, que limitarse á una estéril simpatía, y se vieron más aislados que nunca del resto del mundo civilizado entonces.

Por fortuna, la civilización de Vesila-Tefeh tenía recursos propios, y muy hondas y vigorosas raíces para vivir aisladamente. Aquellos ilustres escitas-arios no eran sólo guerreros, pastores y labriegos, sino también artistas, poetas, filósofos y hasta teólogos.

De su habilidad artística daba brillante muestra la arquitectura de los muros, casas, palacios y templos de Vesila-Tefeh. ¡Cosa singular y apenas creíble! Aquella arquitectura era el germen, el embrión, la flor primera de lo que hoy se llama estilo gótico. Sin duda el arte de Bizancio y la religión cristiana han influído muy posteriormente en dicho estilo; pero sus inventores fueron los arios de la Escitia, que en sus inmigraciones sucesivas le introdujeron en Europa. La ciudad de Sarmazigetusa, el castillo de Genucla y otros edificios géticos y sármatas, representados en la Columna Trajana, inclinan á Gioberti y al famoso Carlos Troya á creer que los getas, los sármatas y los dácios,descendientes de los escitas primitivos, trajeron á nuestra Europa aquella arquitectura, existente ya, por lo menos, en los antiguos edificios de Deceneo y de Zalmoxis. Digo esto aquí para que se vea que tengo pruebas en favor de todos mis asertos, si bien las pruebas son inútiles, cuando lo sé y lo doy por seguro, merced á la inspiración.

Harto bien noto que me detengo mucho en preparar la escena y en dar conocimiento de mis actores, sin hacerlos salir ni hablar; pero la historia ó el drama que va á representarse, exige tales preámbulos. De otra suerte, bastantes lectores ni se darían cuenta de dónde estaban, ni gustarían de la leyenda, ni tal vez la comprenderían. Por lo demás, yo procuro y procuraré siempre ser muy breve.

Ya he dicho que la ciudad de Vesila-Tefeh estaba en las orillas del Sir. Un puente de piedra unía ambas orillas del río. Los muros que cercaban la ciudad eran altos y gruesos, hasta el punto de que pudiese correr un carro por cima de ellos. Cuatro anchas puertas, revestidas de chapas de bronce, daban entrada á este recinto. Dentro de él estaban las casas de los más nobles y principales señores, un templo en lo alto de un cerro, y no muy distante el alcázar del Rey Tihur. No había calles. Las casas estaban separadas unas de otras por arbolado yjardines. Fuera del recinto de la muralla, que más bien pudiera llamarse ciudadela que ciudad, se extendía la población y el caserío. En torno de cada casa había una cerca, más ó menos grande, y, resguardados por la cerca ó tapia, un huerto, un aprisco para los carneros y ovejas y un tinado para los bueyes.

En el templo había una torre, de forma cúbica, que terminaba en una pirámide cuadrangular, muy aguda. Entre el extremo del cubo y la base de la pirámide, quedaba un espacio hueco, sostenido por cuatro poderosos machones. Del techo de este mirador colgaba, asida á una cuerda, una enorme plancha circular de cierta amalgama metálica, en extremo sonora, la cual, herida por un mazo de plata, daba la señal de alarma, y convocaba á los guerreros.

Lo interior del templo era muy bello. Diez gigantescos pilares sostenían la techumbre. Cada pilar, desde el zócalo hasta lo alto, se asemejaba á un grupo de palmas, cuyos troncos, unidos en manojo, esparcían luego las airosas ramas, formando la bóveda ojival. No había imagen alguna. Sólo había un altar en el fondo, sobre el cual brillaba perpetuamente el hijo del cielo, la emanación de Ahura Mazda, el fuego divino.

En Vesila-Tefeh no había sacerdotes, ó por mejor decir, eran sacerdotes los padres de familia. Elrey, como Melquisedec, era el primero de todos.

El dios que adoraban aquellas gentes era el Grande Espíritu, el Ser Supremo, cuya noción no habían ofuscado aún el politeísmo y la idolatría. En un principio, habíanle llamado Teu, ó Dev ó Div. Desde el cisma entre iranienses é indios, este nombre de Div se había aplicado al príncipe de las tinieblas, á los genios negros, á los espíritus tenebrosos. Los Divs, en suma, eran los diablos para los iranienses y para nuestros escitas-arianos. Los sabios de Vesila-Tefeh, conociendo bien la ciencia y la teología iránicas, al principio luminoso, al foco de la luz increada, al Grande Espíritu, en suma, generador de todo bien, le llamaban Ahura-Mazda. Ariman era su contrario.

El vulgo, ignorante de tan altas doctrinas, llamaba á Dios Boga ó Savitar. Daba culto asimismo á los genios buenos ó espíritus que le servían; á las almas de los héroes, á quienes llamaba Anses; al fuego del altar y al Soma ó licor sagrado. El modo de adoración eran sacrificios cruentos, libaciones é himnos. Aun no había otra liturgia ú otro canon que la inspiración de cada sacrificador y de cada poeta.

Delante del alcázar del Rey Tihur hacían guardia constante 60 guerreros escogidos, de las más egregias familias. Todos tenían lanzas, arcos, flechas y una espada corva ó alfanje. Ya servían ápie, ya á caballo, y constituían el único ejército permanente. Verdad es que todos los ciudadanos libres eran soldados, y acudían al llamamiento en caso de peligro.

El alcázar del Rey Tihur era espacioso, cómodo y lleno de regalos y primores. Encerraba en su piso bajo magníficas caballerizas con hermosos caballos, asnos, mulas y cabras; cinco carros elegantes; podenquera, que contaba unas cuantas jaurías de galgos y de podencos; no escasa colección de halcones, gerifaltes neblíes y hasta águilas y buitres adiestrados en la cetrería; anchos corrales poblados de aves domésticas, y un jardín muy lindo. También estaban en el piso bajo las cocinas, despensas y bodegas y las habitaciones de la servidumbre.

Moraba el Rey Tihur en las cámaras altas, donde había grandes salones. Armas colgadas en haces, pieles de fieras, cabezas de venados, de lobos y de osos ornaban los muros.

En lo más recóndito y bello del palacio se encontraba el harem ógineceo. Los escitas no tenían más que una sola mujer, pero los reyes y los príncipes se permitían (habiendo tomado esta pícara costumbre de los cusitas y semitas más refinados y viciosos), el poseer algunas bellas esclavas.

El Rey Tihur, si bien pasaba ya de los cincuenta años, no se había casado nunca y carecía de sucesiónlegítima. Un hermano suyo debía heredar el trono, previo el consentimiento y aclamación de los nobles y libres vasallos.

Ni las esclavas que habitaban el harem ni las más gentiles y nobles doncellas de toda la Escitia habían herido jamás el corazón del Rey Tihur, ni excitádole al matrimonio. Fuerza es confesar, sin embargo, aunque redunde en desdoro suyo, que el Rey Tihur había sido y era aún, á pesar de sus años, muy aficionado á mujeres. Este era casi su único defecto. Por lo demás, era tan llano, tan justo, tan valiente, tan generoso y tan benévolo que todos sus vasallos le querían de un modo entrañable.

Considere, pues, el pío lector lo afligidos que estos vasallos andarían al empezar nuestra narración. El Rey Tihur se hallaba aquejado de una melancolía profunda, misteriosa, invencible.

Encerrado en su estancia sólo se dejaba ver de su fiel esclavo favorito Amrafel, negro como la endrina y fiel como el oro. Hombres versados en la ciencia y arte de curar habían acudido con hierbas, conjuros y versos mágicos, mas el rey no había querido recibirlos.

En Vesila-Tefeh no se hablaba más que de aquella extraña dolencia. Preguntábanse unos á otros:

—¿Qué tendrá el rey?—pero nadie daba contestación satisfactoria.

La profunda melancolía del Rey Tihur no tenía causa conocida. Era el mal de moda en nuestro siglo; pero entonces, aunque no se hablaba tanto de este mal, no era menos frecuente. En las primeras edades del mundo hubo, como en nuestra edad del vapor y del magnetismo, corazones con un amor sin objeto, con un afán vehemente de admiración y de adoración, sin hallar nada digno de ser admirado y adorado; con un vacío infinito en la existencia que nada puede llenar; con un ideal vago é irrealizable; con un empeño loco de dar tan noble y elevado fin á la vida, que todo lo que no es este fin parece vanidad y miseria.

La diferencia entre ahora y entonces, lo que induce á creer á los que miran superficialmente las cosas que el mal de que hablo es más general en el día, estriba en una mera figura retórica: en eleufemismo. El que por feo, por tonto ó por poco listo, no es tan atendido y considerado como él cree que merece; el que no llega á la posición á que aspira; el que se aprecia y tasa en mucho más de lo que dan por él; y muy singularmente el que tiene menos dinero del que necesita, y sabe gastarle y no sabe adquirirle; todos éstos y no pocos más que adolecen de otros achaques prosaicos, se atribuyen en el día el mal poético y sublime del Rey Tihur.Ellos se curarían, y en efecto suelen curarse de su hastío y desesperaciónbyroniana, ya con un empleo, ya con unas cuantas monedas, ya con una Gran Cruz, ya con un título de Marqués ó de Conde; pero, mientras esto no llega, se colocan en el número de los desesperados y de los seres superiores no comprendidos, y se declaran ejemplos vivientes de las amarguras que pasa elgenioy de la estupidez y ruindad del vulgo para con él.

No era así el Rey Tihur. Su desesperación y su aburrimiento eran de buena ley, y, por consiguiente, incurables.

Los ejercicios violentos de correr á caballo y de cazar fieras no mitigaban su dolor. En medio de las mayores agitaciones corporales su alma estaba fija en la causa de su tormento. La fatiga rendía su cuerpo, pero no rendía su espíritu. Hasta en sueños, el mal del espíritu le perseguía y con nada acertaba á alejarle de sí.

Una mañana, poco después de levantarse, hallábase el rey en su estancia más reservada y retirada. Cualquiera de nosotros, si estuviese tan aburrido como él, tendría un cigarro, un libro ameno, un periódico para distraerse. En tiempo del Rey Tihur no había nada por el estilo.

Estaba, pues, el Rey Tihur sentado en un enorme banco de roble, cubierto el banco de una piel de oso y de varios almohadones. La ocupación delrey era echar los dados de un cubilete y meditar sobre los caprichos misteriosos del acaso. Entonces entró en la estancia el esclavo favorito Amrafel, único que tenía permiso para ello, y se entabló el siguiente coloquio.

Conviene, empero, antes de transcribirle aquí, dar una idea ligera del aspecto y traza de ambos interlocutores.

Amrafel tendría de treinta á cuarenta años de edad, y ya hemos dicho que era negro; de menos que mediana estatura, pero muy fornido. El fuego de sus ojos y la extraordinaria blancura de sus dientes resaltaban sobre lo atezado de su rostro. Nacido y criado Amrafel en Ur, se había instruído en todas las ciencias y supersticiones de los caldeos, y sabía mucho de astrología y de magia. Cuando Ur cayó en poder de los asirios-semitas, Amrafel fué vendido como esclavo á unos mercaderes de Colcos, los cuales le revendieron al Rey Tihur, de quien ahora gozaba toda la privanza.

Estaba vestido Amrafel con una túnica de lana obscura, ceñida al talle por un talabarte de cuero de búfalo, de cuyos tiros colgaban una ancha espada, á la izquierda, con vaina y puño de plata, y á la derecha un largo puñal, cuyo puño y vaina eran de plata también. Traía los brazos desnudos hasta los hombros, y en los brazos sendos brazaletes. Llevaba en las orejas zarcillos, y en la vestidura,hasta la misma fimbria ú orla inferior, varios cascabeles ó campanillas, que sonaban al andar, y que eran, asimismo, de plata, como los brazaletes y zarcillos. Ya se entiende que dichos cascabeles ó campanillas no eran adorno de bufón, sino signo de dignidad palatina y de jerarquía elevada. Por esto, sin duda, ha quedado entre nosotros el designar á cualquiera señor muy respetable y encumbrado, llamándoleun señor de muchas campanillas. Llenos de campanillas iban siempre los levitas ó sacerdotes hebreos, y aun ahora, en la iglesia griega, están cuajados de campanillas sonoras los trajes más ricos y vistosos de los obispos, archimandritas y patriarcas.

La cabeza de Amrafel estaba descubierta, dejando ver un pelo negro, corto y muy rizado, aunque no tan áspero y crespo como la lana ó pasas de los negros del Africa Occidental. Amrafel calzaba, por último, elegantes sandalias, y empuñaba en la diestra una pértiga de marfil, muestra de autoridad. Era como el pertiguero ó maestro de ceremonias del palacio; algo parecido á lo que Jenofonte y otros autores llamaron posteriormenteesceptucoen la corte de los acheménides.

Al entrar, Amrafel no saludó al rey, prosternándose al uso de los asirios y caldeos, sino que, según la costumbre más noble y altiva de todos los pueblos arianos, desde los indios hasta los celtas,describió lo que llaman en sánscrito unpradakshina, ó dígase trazó un círculo ó arco de círculo, presentando siempre al rey el lado derecho. Luego se paró silencioso enfrente de su amo.

Este jugaba solo á los dados; juego prehistórico. Sus ropas eran de finísima lana negra, ceñidas á la cintura por una faja de seda roja. Los borceguíes ó coturnos, de cuero bien curtido, eran rojos también. La rubia y larga cabellera del rey, que ya empezaba á encanecer, estaba recogida por ínfula asimismo de seda roja. Era el Rey Tihur alto y robusto, ancho de hombros, y de pecho dilatado. En sus piernas, que hasta el muslo se veían desnudas, se dibujaban con brío todos los músculos, cuerdas y tendones.

Sobre la pujante cerviz estaba gallarda y airosamente colocada la cabeza, bien proporcionada y hermosa.

Los ojos del rey eran azules y ardientes, aunque velados por una triste y amorosa expresión; y su boca, pequeña, á lo que podía descubrirse entre la barba y el bigote, poblados y luengos. La tez era sonrosada y blanca, á pesar de que el sol y la intemperie le habían dado un barniz ó baño dorado; una especie de pátina semejante á la que imprime el tiempo en los monumentos de mármol blanco de Andalucía, Sicilia y Grecia. En fin, el perfil de la nariz y de la frente era tan correcto y majestuoso,como imaginamos que debió serlo el de la nariz y la frente del Júpiter de Fidias.

Durante un breve rato no advirtió el rey la entrada de Amrafel; tan ensimismado estaba. Alzó, por último, la cabeza; vió á Amrafel y rompió el silencio de esta suerte:

—Siéntate á mi lado; deseo hablarte con reposo.

Amrafel se sentó respetuosamente en un escabel, á cierta distancia.

El rey prosiguió:

—Tú no ignoras mi mal, Amrafel, pero no aciertas con el remedio, ni yo creo que le tiene. Me cansa la vida, y no quiero morir. No puedo persuadirme de que no hay nada más allá de esta vida. ¿No crees tú, como yo creo, que después de la muerte queda de nosotros una sombra leve y vaporosa, que tal vez vaga por la noche en torno del sepulcro, que tal vez se levanta en el aire tenebroso y recorre volando muchos espacios, pero cuya vida es incompleta y horrible, por lo mismo que esta sombra conserva el pensamiento y la memoria, y no puede ver la luz del claro día?

—Lo que pasa después de la muerte es un misterio,—respondió Amrafel;—pero lo natural en el hombre es creer en una existencia ulterior é imperecedera.

Yo he peregrinado mucho, he hablado con hombres de todas las naciones y castas, y todoscreen en esa vida ulterior, aunque explicándola de diverso modo.

—¿Te satisface alguna de esas explicaciones?

—Ninguna, por completo; y menos que ninguna la de aquéllos que del aniquilamiento y del endiosamiento hacen una misma cosa. El entender y el querer son esencialmente distintos. Por el entender bien podemos confundirnos con la inteligencia infinita, y perdernos en ella como una gota de agua se pierde en el mar; pero la voluntad es un centro individual irreductible. Mientras más se educa y se levanta la inteligencia humana, más se identifica y confunde con toda inteligencia; más se acerca á la inteligencia única de que proviene. Por el contrario la voluntad; mientras más se educa y se levanta, por más que se someta y se conforme á los decretos eternos, más se determina y se aisla; más se individualiza y distingue. Tiene la voluntad su centro en sí, y en su desarrollo no hace sino marcar con más energía este centro; mientras que el entender tiene su centro fuera de nosotros. Es un centro universal donde concurrirían y se perderían todas las inteligencias, reduciéndose á perfecta unidad, si en el querer de cada individuo no se cifrase la indestructible diferencia. La voluntad es el ser que nos hace sobrevivir en el reino de las sombras: la forma, el ídolo, el fantasma nuestro es la voluntad.

—Mi pensamiento está de acuerdo con el tuyo, en el modo de considerar la vida futura. Yo concibo que un puñal, un veneno, cualquier agente capaz de romper la máquina de mi cuerpo, puede separar las partes que le constituyen y volverlas á los elementos de que salieron para que compongan otros seres. Lo que no concibo es que mi forma desaparezca. Este no sé qué, que me hace ser yo y no ser otro, no perece. Mas, ¿en qué consiste este no sé qué?

—Debe ser una substancia sutilísima; algo como aire ligero.

—Tan sutil debe ser, que dudo mucho de que nuestros sentidos perciban jamás las sombras. ¿Crees tú, que podemos verlas, oirlas, sentirlas de algún modo, comunicar con ellas?

—Creo que sí; pero de un modo imperfectísimo. En esta vida mortal nos comunicamos por medio de la palabra, que estremece el aire y hiere el oído. La palabra de las sombras debe estremecer otro ambiente más raro y debe herir otros sentidos más agudos y perspicaces. El lenguaje de las sombras debe ser, por último, más compendioso y rico. Su concisión y energía maravillosas.

—¿Cómo explicas, entonces, la evocación? ¿Acaso no crees en la evocación de las sombras?

—No tan sólo creo, sino que me juzgo capaz de evocarlas.

—¿Y cómo podrás ponerme en comunicación con los muertos?

—Sobreexcitando tus sentidos, dándoles mayor perspicacia y penetración; pero, aun así, confieso humildemente que sólo podrás entenderte con las sombras por un estilo rudo y grosero. La palabra verdadera de las sombras jamás la oirás mientras vivas; su lenguaje será ininteligible para tí mientras conserves ese cuerpo que hoy tienes.

—De suerte—dijo el Rey Tihur,—que si sólo por estilo grosero y rudo pueden las sombras hablar conmigo, ¿cómo ha de ser que me descubran nada de los misterios de su vida; que me infundan nuevas ideas, inefables, sin duda, en el lenguaje en que sólo hablan conmigo?

—Si no es imposible, es muy difícil que las sombras te trasmitan sus ideas; no caben en ningún idioma de los que hablan ni hablarán los vivientes. Por esto el comercio mental entre las sombras y nosotros no se acrecentará jamás con el andar de los siglos. Muchas leyes de las que gobiernan el mundo que vemos descubrirá el hombre con el tiempo; pero del mundo que está más allá de nuestros sentidos, aunque nos rodea y nos penetra, se descubrirá poco ó nada. Lo mismo que se sabe hoy se sabrá después que el sol y la bóveda del cielo hayan veinte mil veces producido con sus acordes movimientos la variedad alternada de las estaciones.

—Te confieso que lo que no logra en mí la desesperación, el cansancio de la vida, tal vez lo logrará un día la curiosidad. Á veces deseo la muerte para iniciarme en esos grandes misterios; pero encontrados sentimientos me combaten. Esos mismos grandes misterios me llaman á conocerlos, me excitan, me atraen y me aterran.

—Son, en efecto, pavorosos.

—¿Llegaré á tener más luz sobre ellos en esta vida?

—Lo ignoro.

—Voy á declararte un proyecto que tengo y que he de realizar inmediatamente. Estoy decidido á hacer una larga peregrinación. Quiero ir á Bactra, á la patria del gran profeta Zoroastro, y anhelo iniciarme en los misterios antiquísimos de Mitra. Tal vez allí descubra yo un medio de comunicar más íntimamente con las sombras, y con otros seres que, no tomando jamás cuerpo humano, hayan permanecido hasta hoy ocultos á nuestra mente. ¿Imaginas tú que existan estos otros seres?

—No lo imagino sólo, lo doy por seguro. Apenas conocemos algo de lo que nos rodea merced á los ojos, al oído y al tacto; pero estos mismos sentidos más aguzados, ú otros sentidos, que no acertamos siquiera á imaginar, nos pondrían sin duda en comunicación con infinidad de seres que hoy viven aislados de nosotros, aunque de continuonos circundan. En el aire, en el agua, en el fuego, en la luz, en las tinieblas hay, á mi ver, inteligencias recónditas, seres vivos de una naturaleza superior á la nuestra, genios emanados de Ahura-Mazda ó del Espíritu contrario, poderes benéficos ó maléficos, que tal vez influyen en nuestro destino.

—¿Podemos dominar á algunos de esos seres y obligarlos á que nos obedezcan y sirvan?

—Á los buenos y luminosos no podemos, porque provienen de un principio soberano intransmisible; pero podemos dominar á los malos y hacer que nos sirvan, ora ligándolos con el Espíritu contrario al bien, y comprándole esa potestad á expensas de nuestra servidumbre, ora por favor del mismo Ahura-Mazda, que concede esa potestad á los varones virtuosos y sabios. Por lo dicho comprenderás que la magia es de dos maneras, y los conjuros pueden ser eficaces, ya en nombre del principio luminoso, ya en nombre del rey de las tinieblas.

—Á la hora del medio día, cuando el sol está en toda su fuerza, cuando los hombres duermen y reina el silencio, he vagado por las selvas solitarias; en el horror de la obscura noche he acudido al lugar de los sepulcros, donde mis mayores se dice que descansan; pero ni he visto ni he oído sombra alguna, ni espíritu, ni genio. He vertidoen las tumbas el Soma sacrosanto, leche y manteca clarificada: he llamado á los Anses, á los héroes antiguos. No me han respondido, ni han dado señal de quedar satisfechos de las libaciones. ¿He cometido algún crimen, ó soy de tan baja y vil naturaleza que no merezco acercarme á lo superior y á lo divino? ¿Por qué ha de abrasarme entonces esta sed inextinguible de lo divino y de lo superior? Si toda la naturaleza está poblada de virtudes, de genios, ¿cómo es que permanece siempre desierta para mí? Oigo el bramar de los vientos, el murmullo de las aguas; veo la esfera celeste; veo la tierra cubierta de frutos, plantas y animales; veo y oigo, en suma, cuanto ve y oye el más abyecto de los mortales; pero, ¿no merezco más? ¿No valgo más?

—No sospeches, señor, que es lisonja cortesana lo que voy á decirte. Más vales y más mereces. Digno eres de que lo divino venga á tí durante la vigilia y de un modo claro, no entre los vapores de un ensueño ó en la alucinación medrosa que produce la fuerza mágica de ciertos filtros ó de ciertos linimentos y pociones que yo poseo. Pero las sombras, los espíritus no ceden á un capricho; no se revelan á fin de satisfacer una mera curiosidad. Proponte un fin grande y sublime y ellos acudirán entonces.

—¿Quién te dice, exclamó el Rey, que yo carezcode ese fin grande y sublime? Si en esta torpe lengua humana no acierto á formularle, ¿crees tú que no está en mi mente, claro y limpio y formulado, y que los espíritus no podrán leerle en ella?

—Aun así, ¡oh Rey! menester será que hagas cuanto en lo humano sea posible para realizar ese fin. Sólo, entonces, si el fin es bueno, y si es, además, humanamente irrealizable, alcanzarás acaso bastante merecimiento para que los espíritus se te aparezcan y te den su sobrehumano auxilio.

Calló Amrafel, y el rey Tihur quedó también por algunos instantes en muy hondo silencio. Vuelto á lo que le rodeaba, después de aquella reconcentración en que había caído, el Rey habló de esta manera:

—Mira, Amrafel, lo que me impulsa á buscar el trato y conversación de los espíritus es todo amor y aspiración no satisfecha: amor de saber y amor de amor mismo. Quiero hallar una hermosura superior á las que he conocido hasta ahora, para que mi voluntad la ame y en ella repose; quiero hallar verdades superiores á las que hasta ahora he conocido, para que mi entendimiento se satisfaga.

—¿Y no adviertes que hay un egoísmo inmenso y un desmedido orgullo en lo que anhelas?

—No niego que le hay, pero no todo es orgullo y egoísmo. Más que en mi propia ventura piensoen la grandeza y prosperidad de mi raza y de todo el linaje humano. Salvo algunos indivíduos, y hablando en general, no puede negarse que la raza á que pertenezco es la más noble de todas. De ella será el imperio del mundo; ella ha de llevar á feliz término toda aspiración y ha de realizar todo bien. Mi raza está muy postrada y humillada. No dudes que volverá á levantarse. Concurrir á este fin es mi deseo. El aislamiento en que vive el pueblo de Vesila-Tefeh le ha hecho olvidar no pocas de aquellas fecundas ideas que nos inspiraron nuestros sabios primitivos antes de separarnos. Otros pueblos de nuestra misma estirpe han conservado mejor aquellas ideas y las han desenvuelto, pero en cambio han viciado su voluntad. Yo pretendo ir en busca de la ciencia de aquellos pueblos, nuestros hermanos, y traerla á nuestro pueblo, que no la posee, si bien conserva la voluntad más pura y más entera. El imperio de Vara ha caído; el descendiente de Djenschid no tiene cetro ni corona. Los asirios y los árabes, á quienes aborrezco, se han enseñoreado en los dominios de Djenschid y de los hombres de la Ley pura. Harto conozco que las fuerzas de Vesila-Tefeh son muy débiles para que yo vaya al imperio de Djenschid como libertador, y no quiero ir á él como pacífico peregrino, pero iré más hacia el Oriente; iré á Bactra; iré más allá; penetraré en la India y consultaré á lossolitarios é iluminados penitentes que habitan los bosques frondosos de Dandaka y de Pantchavati, y las risueñas orillas del Lago de las Cinco-Apsaras.

La gloria de aquellos solitarios llena ya toda la tierra.

—¿Á quién dejarás, ¡oh, Rey!, el gobierno de Vesila-Tefeh, durante tan largas y peligrosas peregrinaciones?

—Á mi hermano Arioc—contestó el Rey Tihur.—Tú prepara lo conveniente, pues hemos de partir mañana, al rayar el día.

—¿Quién irá contigo?

—Irás tú; irán treinta de los sesenta guerreros de mi guardia; cuatro pastores, con veinte vacas y cien ovejas; mis dos mejores perros y mis dos mejores halcones; diez mulas cargadas de riquezas y presentes que sacarás de mi tesoro; otras cuarenta con todo género de vituallas y refrescos; algunas tiendas de campaña; mi caballo negro de montar y mi carroza de viaje, tirada por dos zebras poderosas, y treinta esclavos ágiles para que nos sirvan. Todo esto ha de estar pronto, antes de que mañana despunte la aurora.

Al oir las últimas palabras del rey, se alzó Amrafel de su asiento, y dando con el cuento de su pértiga ebúrnea un golpe en el suelo, dijo:

—Tu voluntad será cumplida.

Sin más explicaciones, salió Amrafel de la estancia.

En nuestra Edad Media cristiana, los villanos eran tan humildes y andaban tan mal armados, que un solo caballero, con buena armadura, podía y solía alancear á millares de hombres; y un pequeño escuadrón de caballeros podía y solía conquistar todo un reino y hacer tales proezas é insolencias, que justificasen las que refieren los Libros de Caballerías. Había, además, en nuestra Edad Media, mayor población y más recursos. Nunca ó rara vez faltaba un castillo ó una posada donde albergarse cuando llegaba la noche, ni algo de comer y de beber que, de grado ó por fuerza, robado, comprado ó generosamente ofrecido, pudiera satisfacer la sed y el hambre de un caballero. No se ha de extrañar, pues, que no ya caballeros particulares, sino á veces hijos de reyes y hasta reyes, saliesen solos de su casa, salvo la compañía de algún escudero leal, y recorriesen mucha parte del mundo buscando aventuras. Pero más tarde, cuando los villanos y rústicos sacudieron de sí aquella mansedumbre y aquel hábito de sumisión á que la dominación romana por largos siglos los había acostumbrado, y cuando la humildad evangélica dejó de ser entendida por ellos tan á la letra, yaempezó á ser difícil el salir sólo un caballero en busca de aventuras, por bien armado que estuviese; y ya se expuso todo caballero, por valiente que fuese, á ser apaleado, herido ó muerto.

En tiempo del Rey Tihur, la dificultad y el peligro subían de punto en absoluto, y más aún si se atiende al aislamiento de Vesila-Tefeh. Lejos, pues, de parecemos demasiada la comitiva que el Rey Tihur quería llevar consigo, y muchas las provisiones de toda laya que había ordenado disponer, deben parecemos pocas é insuficientes para tan difícil empresa.

Bajando por la ribera del Aral, unido entonces al Mar Caspio, nada había que recelar entonces hasta llegar cincuentaparasangasó leguas al Sur de Vesila-Tefeh. Todo el país estaba lleno de preciosas aldeas, donde vivían felices los súbditos de Tihur; los campos estaban bien cultivados, y los ríos tenían puentes de barcas ó de piedra: mas, al llegar al sitio indicado, cambiaba completamente el aspecto del suelo. El río Djan-Deria, hoy seco ó perdido bajo las arenas del desierto de Kizil-Cun corría entonces caudaloso con grande ímpetu á precipitarse en el mar, en aquel sitio, donde no había puente para pasarle.

Si bien, según he dicho, el Imperio de Vesila-Tefeh se extendía hasta el Oxo ó el Amú-Deria, entre el Djan-Deria y la ciudad de Vesila-Kara,célebre entonces por sus grandes minas de oro, que aun en tiempos modernísimos han excitado la codicia del Zar Pedro el Grande, había un inhospitable desierto de unas 40 leguas de largo, que se llama hoy Kizil-Cun. Una vez atravesado este desierto, desde Vesila-Kara, caminando hacia el Sur, el país era fertilísimo, poblado y hermoso, hasta cerca del Oxo; por el Oriente lo era también hasta donde hoy está Samarcanda, sobre poco más ó menos; pero más allá, había montañas ásperas, nuevos desiertos arenosos y regiones selváticas, por donde vagaban los corasmios y otras gentes fieras: todo lo cual separaba las posesiones del Rey Tihur de la santa ciudad de Bactra ó Zoriaspa. Véase, pues, si tenía sobrada razón el Rey Tihur para hacer tamaños preparativos.

Amrafel, que era listo y eficacísimo, dió las órdenes oportunas, y todo se hallaba dispuesto para la partida á las pocas horas de haberla decidido el rey.

Su hermano Arioc y algunos de sus grandes vasallos trataron de disuadirle de que emprendiese aquella expedición; pero todo fué en balde.

Los negocios se arreglaron como era justo, y Arioc quedó nombrado lo que llamaríamos ahora Regente del Reino.

Cuando se esparció la noticia de que el rey se iba, todos los habitantes de Vesila-Tefeh, entrequienes el rey era idolatrado, dieron muestras del más vivo y doloroso sentimiento.

Las esclavas delgineceose afligieron también; pero se resignaron pronto con la ausencia de su señor, quien, por lo general, les hacía poquísimo caso. Sólo una, á quien apellidaban Peridot, como si dijéramos hija de una peri, amaba al rey con entrañable cariño, y no podía conformarse con su ausencia. El rey también la amaba, como parece que sólo podía amar á una criatura terrena aquel corazón herido y aquella alma que ardía en sed de lo sobrehumano.

La noche víspera de la partida del rey, cuando ya las tinieblas habían encapotado el cielo y todo el alcázar estaba en calma y reposo, Peridot se envolvió en un manto obscuro, y tomando en la mano una lámpara, cuya luz estaba alimentada con oloroso aceite, se dirigió á la estancia de su dueño, que sin duda la aguardaba.

Hallábase distraído el Rey Tihur en sus meditaciones, y como Peridot andaba con pasos ligeros, que apenas se oían á pesar del silencio nocturno, el rey no la sintió llegar. Dió Peridot un leve golpe en la puerta cerrada de la estancia, y el rey, como quien despierta de un sueño, dijo maquinalmente:

—¿Quién es?—aunque bien sabía que era ella.

—Soy yo; tu sierva Peridot—respondió una voz argentina.

Abrió Tihur la puerta, y volvió á cerrarla no bien entró la esclava. Ésta colocó en seguida la lámpara sobre un pie ó candelabro que había en un ángulo; dejó caer el manto que la cubría y se echó en los brazos del rey.

Peridot era una preciosa criatura, y bien se podía dudar de que entre los seres sobrenaturales con quienes Tihur buscaba trato, entre losizeds,anses,amschaspands,apsaras,perisygenios, hubiera nada más lindo y gracioso, ni más vivo, y al parecer más inteligente. Cualquier otro hombre que no fuese el Rey Tihur juzgaría que no era deseable más íntima comunicación con las cosas divinas que la que podía tener por medio de aquella muchacha; que en sus labios podía beber la bebida de los dioses, y que la luz de sus ojos podía iluminarle con la luz y el fuego del cielo.

Una estola de finísimo y blanco lino velaba apenas las delicadas formas de Peridot. Sus cabellos eran rubios como el oro. Una cinta azul los sujetaba en parte sobre la frente pequeña y recta, desprendiéndose airosamente algunos leves rizos sobre las sienes y el cuello. La gran masa de la abundante mata de pelo estaba levantada por todos lados y recogida en la cima de la cabeza, donde, entrelazada con hojas de hiedra, formaba un corymbo elegante. Las mangas, anchas y cortas, dejaban ver los bien torneados brazos, ornados debrazaletes de oro. Calzaba Peridot finas sandalias, que descubrían los menudos pies. En el ambiente que la circundaba y en el aire que agitaba y rompía al pasar, no se sentía perfume artificial ni esencia de flores, sino un aroma tenue y deleitoso de juventud, de salud y de limpieza; una frescura beatífica; algo de magnético, luminoso y risueño.

Tendría Peridot de 18 á 20 primaveras, y todo su cuerpo era de una corrección admirable de dibujo. Si de la cara no se podía decir lo mismo, sus facciones ganaban en gracia, animación y hechizo, lo que en regularidad perdían. La nariz, algo recortada y levantada por abajo, prestaba á toda su fisonomía cierto carácter de infantil petulancia; sus grandes ojos azules estaban llenos de pasión y desenfado; sus labios, un poco gruesos, tenían el lustre sano y el color rojo de las cerezas en sazón, cuando aún están en el árbol, húmedas con el rocío de la aurora; y su boca, en verdad, no muy chica, entreabierta casi siempre por una sonrisa franca, dejaba ver dos hileras de dientes blanquísimos, iguales y apretados, bien puestos sobre las frescas y coloradas encías, adonde no se acertaba á comprender que hubiesen tocado jamás alimentos terrenales, sino el néctar y los elíxires de que viven las peris y las apsaras.

En el primer abrazo y en la efusión de cariño que hubo de sucederle, tal vez olvidó el Rey Tihursu aspiración á lo sobrehumano y su ansia de penetrar los grandes misterios; tal vez desechó su enfermedad sublime, su hastío del mundo visible y su amor del invisible. La verdad es que nada de esto habló, ni nada se habló de ninguna otra cosa. En ciertos momentos no hay palabra de ningún idioma conocido, por suave y regalada que sea, que baste á expresar lo que se siente, que no lo profane al querer expresarlo. Por esto el Rey Tihur y Peridot se callaban. Tal vez pensó entonces el Rey Tihur que aquello sólo podía expresarse en vocablos monosílabos; con algo como rudimentos é interjecciones, que han de pertenecer, sin duda, al lenguaje de los espíritus, y han de ser como ela b cdel habla celestial.

Una hora después, reclinada Peridot sobre mullidos almohadones, y teniendo junto á sí al Rey Tihur, le hablaba de esta suerte:

—¡Ingrato! ¡Cruel! ¿No eres aquí dichoso? Por qué te vas y me abandonas?

—Así lo quiere mi destino,—respondió el Rey Tihur.

—¿Y por qué, ya que es inevitable tu partida no me llevas contigo? ¿Crees tú que no tendré valor para arrostrar á tu lado todos los peligros, para exponerme á todos los azares y para sufrir y resistir todas las fatigas? Semíramis, la reina de Asiria, he oído contar que inventó un traje elegantísimo,un traje guerrero y viril que le sentaba lindamente, y en este traje acompañaba siempre á su marido en todas sus campañas, peregrinaciones y conquistas. ¿Por qué no me dejas imitar en esto á Semíramis? Me siento muy capaz de imitarla.

—No puede ser, mi querida Peridot, replicó el rey. Tú ignoras lo expuesto, lo difícil, lo terrible que es el viaje que voy á emprender. El cansancio te rendiría; el sol y el viento ajarían y marchitarían tu hermosura. Consérvame tu hermosura y consérvame tu amor para cuando yo vuelva. Mi vuelta será pronto, y no puedes darme mayor prueba de afecto que esperarme tranquila.

—¿Y cómo he de estar tranquila, si me consumirá el deseo de tu amor y los celos me abrasarán el alma?

—¿Y de quién has de tener celos, oh amabilísima entre las mortales? Todos aquellos senos de mi corazón, donde cabe aún el amor de los seres visibles, están henchidos de tu nombre, están sellados con tu imagen, y están encendidos en el fuego de tu mirada. No te niego, ni nunca te negaré, que en lo más noble de mi ser, en lo más elevado de mi alma, hay otro amor superior al que me inspiras; pero este amor, lo mismo aquí que muy lejos de aquí, te será siempre contrario. Por este amor no te pertenezco. Por este amor nosoy tuyo. Pero, ¿acaso puedes tú tener celos del objeto vago é inexplicable de este amor?

—Y ¿por qué no he de tenerlos? Contigo soy muy humilde, como tu esclava debe ser, pero soy soberbia con los otros. No hay peri, no hay ninfa, no hay genio, no hay espíritu que juzgue yo más noble y más bello que el espíritu que anima mi ser, cuando en tu amor se diviniza y hermosea. Si quieres entenderte con el espíritu sólo, si quieres ahondar en los misterios que nos circundan y donde no penetran nuestros groseros sentidos, toma un puñal y mátame. Libre mi espíritu de esta ciega prisión, no será sordo á tus evocaciones ni rebelde á tu mandato. Mi voluntad amorosa tendrá fuerza bastante para quebrantar las leyes de naturaleza; para traspasar los límites del reino de las sombras; para llegar hasta tí; para acariciarte y besarte en el mismo centro del alma; para decirte lo inefable; para narrarte lo inenarrable y para traer á tu conocimiento las ocultas verdades, rompiendo el sello que las encubre. Mátame, y ya verás cómo el lazo con que el amor me liga á tí no se rompe, y cómo se abre para tí el reino de las sombras, en el que tendrás una esclava.

Ciertamente que á tan enamoradas frases era difícil contestar. No había otra contestación que cortarlas con un beso; que cerrar con los labios los labios de que salían.

Así lo hizo el Rey Tihur, exclamando después de una breve pausa:

—La culpa es mía; indudablemente la culpa es mía. Fue un egoísmo feroz el que me incitó á hacerme amar de tí, que eres una niña. Yo soy un viejo de corazón gastado, y apenas si puedo darte nada á trueque de los inagotables tesoros de amor que tu alma guardaba y que tomé para mí. Los robé miserablemente, pues nada puedo darte en cambio. No, Peridot, yo no te amo como tú me amas, ni lograré amarte nunca. Esta sola consideración me induciría á partir, aun cuando no hubiese otra. Tal vez la ausencia te curará del amor inmerecido que he llegado á inspirarte. Olvídame; haz cuenta de que no existo y consagra á otro hombre ese amor que yo sé estimar, pero no pagar. Las puertas delgineceoestán abiertas para tí. Eres libre; válete de tu libertad.

Al oir esto Peridot, rompió en desconsolado llanto y en ternísimos sollozos; tibias y claras lágrimas se deslizaron por sus mejillas de rosa; y su cabeza, como flor que agosta el sol de estío, se inclinó lánguida sobre el pecho del Rey Tihur.

—Yo soy tu esclava—prorrumpió;—yo quiero ser y seré siempre tu esclava. La cadena con que me has atado es más dura que el diamante, más poderosa que la muerte. Ames ó no á Peridot, Peridot te amará con inmortal cariño.

Al decir esto, desató la cinta que sostenía los cabellos sobre su frente, y suspendió en ella dos pequeños discos de oro que antes estaban ligados á sus brazaletes por unas argollitas. Los discos podían unirse por medio de resortes. Arrancando luego de su peinado varias hojas de hiedra, las puso y encerró entre los discos, y ató la cinta de que pendían al cuello del Rey Tihur.

—La hiedra—dijo—es símbolo de mi amor, de la fuerza que á tí me liga. Sea esta joya un talismán que te traiga venturas, que te preserve de males y que te recuerde mi afecto.

El rey prometió á Peridot llevar siempre sobre el pecho aquel talismán; y, si bien era poco aficionado á jurar, juró amarla con fidelidad, juró no amar á otra mujer más que á ella.

En estas y otras finezas y pláticas dulces se pasó toda la noche y sobrevino el alba.

Aun no hemos dicho en qué estación del año nos hallábamos. Bueno será decirlo ahora.

Era la primavera alegre; los pájaros gorjeaban y celebraban en sus no aprendidos cantos la luz del nuevo día, el cual anunciaba ser despejado y sereno; un airecillo fresco y suave movía las blandas y recién nacidas hojas de los árboles; un sutil aroma de flores y de búcaro ó de tierra mojada por el rocío, subía hasta la estancia del rey.

El momento de despedirse de Peridot era llegado.La despedida fué tierna y dolorosa. Peridot lloró de nuevo, y faltó poco, muy poco, para que no se desprendiesen dos lágrimas de los ojos del Rey Tihur.

Envuelta Peridot otra vez en su manto negro, volvió á estrechar al rey en un apretado y prolongado abrazo. Haciendo luego un esfuerzo, más bien como quien huye, que como quien se retira, se fué por la misma puerta por donde había entrado.

Solo ya el Rey Tihur, dió fuertemente con el pie en el suelo, y se hirió la frente con la palma de la mano, como quien anhela cobrar ánimo y desechar vacilaciones y pensamientos que le embargan.

Me parece conveniente, á fin de no fatigar á los lectores, contar en brevísimo sumario, y sin entrar en pormenores inútiles, que el Rey Tihur salió aquella misma mañana de Vesila-Tefeh con toda su comitiva. Cinco días caminó por medio de fértiles campos y atravesando populosas aldeas, donde sus vasallos le mostraban amor y sentimiento porque los dejaba. Al día sexto, ya el camino y los campos circunstantes empezaban á ser solitarios y estériles. Hubo, sin embargo, una pequeña población donde reposar aquella noche.

En todo este tiempo nada ocurrió que importe ó interese á nuestra historia.

Al séptimo día, volvieron el rey y su séquito á emprender el viaje muy de mañana. Y ya declinaba el sol hacia el ocaso, tiñendo de topacio y de púrpura el horizonte y rielando en las ondas del mar Caspio, no lejos de cuya orilla caminaban, cuando acertaron á divisar el río Djan-Deria, que como un ancho listón de plata, cortaba la extensa llanura.

Por más que picaron á las caballerías y á las reses, no llegaron á la orilla del río hasta bien entrada la noche. Acamparon, pues, en la orilla, y esperaron el alba para pasar el río.

Á fin de que los más pudiesen dormir seguros, vigilaban alternativamente de cuatro en cuatro los guerreros del Rey Tihur, evitando toda sorpresa de fieras ó de bandidos.

Al amanecer, al toque de una trompeta, los guerreros se pusieron de pie y empuñaron las armas; y los siervos y los pastores acudieron á prepararlo todo para el paso del río.

Pronto, con bien afiladas segures, cortaron multitud de álamos, chopos, mimbrones y sauces, de los cuales, entrelazados con cuerdas, que traían preparadas al efecto, formaron seis grandes balsas y las pusieron á flote. En una colocaron el carro del Rey Tihur y sobre el carro subió el rey. Amrafel ydoce de sus más bravos guerreros iban acompañándole en la misma balsa. En las cinco restantes, se pusieron todas las vituallas y riquezas que habían traído á lomo las mulas. Para mover las balsas y hacerlas llegar á la otra orilla, aunque cediendo algo á la corriente, iban en cada una ocho ó diez vigorosos esclavos que rompían el agua con largos remos. Además, las mulas más fuertes, atadas á las balsas, tiraban de ellas nadando.

El caballo del Rey Tihur pasó también á nado, llevado del diestro por el escudero Samec. De la misma suerte se aventuraron á pasar otros seis guerreros, con las armas y las ropas de que se habían desnudado, puestas sobre sendas odres atadas á las colas de los caballos. Otros tantos esclavos, hábiles nadadores, iban asidos á las odres é impedían que se volcasen.

El río era por allí muy ancho, y la corriente rápida. Más de una hora tardaron en pasarle, llevados hacia el mar por el ímpetu del agua á más de media legua de distancia del punto de que habían salido. El mar distaba aún otra media legua del punto de desembarque.

Mientras pasaban, dijo Amrafel al Rey Tihur:

—Bueno es, señor, que te apercibas. Presiento que nos aguarda un gran peligro al llegar á la otra orilla de este río. Tú no ignoras cuán perspicaz y penetrante es mi vista. Pues bien; entreaquellas enormes jaras, malezas y zarzales que el violento curso del río nos hace dejar á la izquierda, me ha parecido advertir un movimiento como de muchos hombres emboscados. Tal vez sean ladrones ó piratas iberos y albaneses, que desde las opuestas riberas del mar Caspio, á la falda del Cáucaso gigantesco, aportan á veces hasta nuestras playas en sus ligeras embarcaciones.

No pareció verosímil al Rey Tihur esta suposición, ni fundado el recelo de Amrafel. Sin embargo, se preparó para cualquier evento, y fué el primero que saltó en tierra armado. Siguiéronle Amrafel y los doce guerreros que en la misma balsa venían.

Pronto estuvieron también desembarcadas las vituallas y las riquezas de las otras balsas, como también el caballo del Rey y los seis guerreros que habían venido nadando.

El resto de las fuerzas del Rey Tihur, las reses, los pastores y las acémilas, habían quedado en la opuesta orilla; pero lo más codiciable y precioso estaba con el Rey Tihur.

Las malezas donde Amrafel había creído advertir el movimiento sospechoso, habían quedado muy distantes. Nada se notaba que confirmase la sospecha.

El Rey Tihur mandó á parte de su gente que volviese con las balsas á la opuesta orilla para traer á los que allí quedaban.

En la orilla del Djan-Deria, á donde había pasado el Rey Tihur, la vegetación era más pobre que en la orilla opuesta. Las rojas y estériles arenas del Kizil-Cun, que el viento atraía por aquella parte hasta el mismo borde del río, quitaban toda lozanía y todo vigor productivo al terreno. Aquellas arenas se han ido extendiendo hacia el Norte con el andar del tiempo, y han hecho cambiar de cauce al Djan-Deria no pocas veces.

En la época de nuestra historia ya he dicho que el Djan-Deria estaba en su desembocadura á unas cincuenta leguas del Sir y de Vesila-Tefeh. El desierto de Kizil-Cun allí mismo empezaba.

Con todo, hasta donde las aguas y el limo fecundante del Djan-Deria solían llegar en las mayores avenidas había hierbas y plantas, verdes y floridas entonces por ser el mejor momento de la primavera.

En torno del sitio donde el Rey Tihur había desembarcado crecían juncos y espadañas, olorosa retama ó gayomba, cubierta entonces de sus flores amarillas, y algunos espinos, tarajes y enebros raquíticos.

Á cierta distancia, hacia la izquierda, el suelo parecía ser menos infecundo, y se alzaba el bosquecilloó matorral donde Amrafel habría creído percibir el movimiento de gente emboscada.

No bien se alargaba la vista á cien pasos del río, la vegetación desaparecía casi por completo, y apenas se veía sino un llano extensísimo, un mar de arena roja, cuya monotonía sólo alteraban las dunas ó montecillos que solía formar la misma arena movediza.

Á pesar de la tristeza de este paisaje, el aire sereno y puro, el cielo azul y diáfano, el sol que vertía sus rayos espléndidos, alegrando la tierra y dorando el ambiente, y algunas aves, como mirlos y alondras, que cantaban entre las matas, daban cierto encanto agreste á aquel lugar solitario, si bien no pocos grajos y cornejas, que se levantaban á bandadas y volaban hacia el desierto parecían anunciar con sus siniestros graznidos las fatigas y los trabajos que aguardaban allí á nuestros caminantes.

Los dos perros que el Rey Tihur había traído empezaron á ladrar como sobresaltados y á correr husmeando entre los juncos y retamas.

El Rey, en vez de subir en el carro, había montado á caballo, pues á caballo se proponía hacer todas las jornadas del arenoso desierto. Llevaba el Rey en la cabeza un yelmo en forma de tiara recta ó cilíndrica, todo él de bronce bruñido y refulgente. Dos alas, caída á los lados, le cubrían y defendíanlas sienes y orejas. Vestía una túnica que llegaba á mitad del muslo, toda de piel de cabra ó de estezado, en el cual estaban sobrepuestas infinitas escamas, de bronce también, que formaban una vistosa y fuerte armadura. Los borceguíes y el talabarte eran de cuero rojo. Del talabarte pendían un rico puñal con puño de marfil, que representaba una serpiente, y una espada ancha, grande, pesada y terrible, cuyo puño era de oro, obra de labor pasmosa, donde un sabio artífice ninivita se había esmerado y lucido al figurar un león que estrechaba entre sus garras una gacela. La aljaba, llena de acicaladas flechas, de largos y flexibles juncos, y el arco poderoso, que pocos hombres de entonces y muchos menos de ahora tendrían fuerza para manejar, iban pendientes á la espalda. Las grevas eran asimismo de estezado, revestidas de escamas como la túnica, y ajustadas al tobillo, por cima de los borceguíes, con broches de oro primorosos. Cubrían, por último, los muslos del rey, y llegaban hasta por bajo de las rodillas, unos calzones anchos de lana, que usaron los pueblos del Norte del Asia, según Heródoto, y que los griegos y romanos designaron con el nombre desarabaras.

Amrafel, á caballo al lado del rey, no vestía ya su traje áulico, sino un traje militar, casi idéntico al del rey, aunque menos rico. Del mismo modoiban los guerreros de la escolta. Sin embargo, en vez del yelmo, en forma de tiara recta, que ornaba la cabeza del rey, tenían capacetes cónicos, sin cresta ni penacho. Todos, por último, llevaban rodelas, y para guarecerse del frío, capas, mantos, ó como quieran llamarse, que cuando no se abrigaban con ellos, iban suspendidos á las ancas de los caballos.

Todos los objetos que habían venido á lomo de las mulas y pasado el río en las balsas, estaban amontonados en la orilla. El rey, Amrafel y los dieciocho guerreros, que ya también habían pasado, formaban un lucido, aunque pequeño escuadrón, y aguardaban á pie firme á que el resto de la caravana pasase.

Las balsas en tanto se alejaron de la orilla del Sur y se encaminaron lentamente á la otra en busca de los que allí quedaban.

Amrafel casi había ya perdido el recelo de un mal encuentro, cuando los perros ladraron otra vez con más ahinco y furor que en un principio. Oyóse entonces un silbido agudo, y cual si fuera convenida señal, vieron el rey y su gente una nube de flechas y de piedras que caían sobre ellos.

—Son bandidos de Iberia y de Albania, como yo temía;—dijo Amrafel al rey.

En efecto, de entre los juncos y retamas por donde habían venido recatándose acababan de salircomo unos cincuenta hombres, que con arcos y hondas, á una distancia de mucho más de cien varas, hicieron aquel disparo. Los bandidos vestían trajes de pieles y cubrían las cabezas con sombreros de fieltro, semejantes á los que usaron en Roma los gladiadores tracios. Una pluma de águila adornaba la punta de cada sombrero. El aspecto de los bandidos era feroz y bárbaro.

—¡Á ellos!—exclamó el Rey Tihur, y lanzó su caballo á galope. Amrafel, Samec y los demás le seguían.

Las primeras flechas y piedras no habían herido á ninguno de los vesilianos, los cuales, cubiertos con las rodelas y defendidos por sus armaduras, avanzaban hacia el enemigo. El disparar de las flechas y de las piedras no cesaba un instante; pero Tihur y los suyos no tiraban flechas, sino que con las espadas desnudas iban á dar caza á los bandidos.

Como éstos vieron á los caballos á menos de treinta pasos dispararon con más tino que nunca, y al punto se pusieron en fuga. Á Amrafel le deshizo una enorme piedra parte de la armadura de un hombro. Al rey le tocaron dos flechas, y una se rompió en la rodela, y otra se embotó en lassarabaras. Tres caballos, atravesados por otras tantas flechas, cayeron muertos á poco, haciendo rodar en el polvo á sus jinetes.

En aquel momento, la gente de Vesila-Tefeh se hallaba ya en el mismo lugar donde los bandidos se habían mostrado. Los bandidos, huyendo, habíanse puesto á bastante distancia.

Al caer muertos los tres caballos, pararon un instante los demás del escuadrón. Entonces resonó, á un paso de donde estaban, un alarido salvaje, y de un lado y otro, de entre el taraje y la maleza, salieron de improviso otros treinta ó cuarenta bandidos que allí estaban en acecho. Unos traían largos escudos cuadrangulares y convexos; otros, el brazo izquierdo envuelto en un paño que les servía de escudo; todos empuñaban cuchillos corvos, con el filo hacia dentro y con aguzada punta, semejantes en la forma á los colmillos de jabalí. Era el arma que usaron posteriormente los tracios y otros pueblos bárbaros del Norte. Los romanos la llamaronsica, de donde proviene el nombre desicario. Agachándose con esta arma, el que sabía manejarla asestaba á su contrario el golpe de abajo arriba, á fin de abrirle el vientre.

El Rey Tihur, con más rapidez que lo que podemos tardar en decirlo, comprendió el gravísimo peligro en que se hallaba. Él y los suyos estaban cercados de enemigos. Los que habían ido huyendo, para traerlos hasta aquel sitio, iban también á caer sobre ellos. Aguardar á caballo á los bandidos, que se deslizarían y meterían hasta entre laspiernas de los caballos y los matarían con sus terribles cuchillos, era exponerse á morir sin gloria y sin completa venganza. Abrirse camino por entre los bandidos y salir á escape de aquel trance, no era difícil, pero era deslucidísimo. Para el Rey Tihur era insufrible la idea sola de huir ante aquellos miserables. Parecíale ver á todos sus gloriosos antepasados, á todos los espíritus de los héroes de su estirpe, empezando por el ilustre Cayumor, que se levantaban airados á fin de atajarle en la fuga. Creía oir las voces de todos ellos que le gritaban:

—Es preferible la muerte.

Todo este razonamiento fué instantáneo; pasó veloz como un relámpago por la mente del Rey Tihur. Pasó tan veloz, que los bandidos que no tenían más que dar un salto para estar encima, no le habían dado aún, cuando el Rey Tihur exclamó con voz serena é imperativa:

—¡Todos á pié, agrupados en torno mío!

No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando ya estaba pié á tierra. Golpeó entonces de plano con la espada en la grupa de su caballo, y el caballo dió dos ó tres botes y saltó por medio de los sicarios, derribando á dos que se le opusieron y no lograron herirle. Amrafel y los demás de la banda del Rey hicieron lo mismo con prontitud maravillosa. Sueltos los caballos todos,se lanzaron á galope hacia el punto, en la orilla del río, donde las vituallas y riquezas, el carro, las zebras y algunas mulas estaban bajo la custodia de ocho esclavos, excelentes flecheros.

Algunos, aunque pocos bandidos, se dirigieron en pos de los caballos; pero los ocho esclavos acababan de levantar con los sacos ó cargas una especie de parapeto, y desde allí, resguardados, disparaban sus flechas. Cuatro bandidos cayeron mal heridos por ellas; otros seis ó siete se volvieron á donde estaban sus camaradas, que ya combatían contra el Rey Tihur.

Éste había colocado rápidamente á sus compañeros en una sola línea, quedándose él en medio. Á su derecha Amrafel, Samec á su izquierda. La línea se doblaba ó formaba un ángulo, en cuyo vértice estaba el Rey. Los lados del ángulo ya se abrían, ya se cerraban hasta juntarse, según lo requerían los accidentes de la batalla. Así presentaban siempre la cara al enemigo, el cual no podía herirlos ni por la espalda ni por los costados.

De los tres guerreros que habían caído al caer sus caballos muertos, dos habían logrado salvarse, y habían venido á ser parte en aquella formación. El otro, cogida una pierna bajo el cuerpo del caballo, no tuvo tiempo para levantarse, y estando caído, uno de los bandidos le segó la garganta.

Lo más recio de la pelea era en el vértice delángulo, donde estaba el Rey. Por ambos lados se precipitaban sobre él los sicarios. Cuando paraba Tihur un golpe por un lado, por el opuesto le descargaban otro golpe. Éstos le tiraban á la cara; aquellos, en tanto, se bajaban y pugnaban por herirle en el vientre. Tihur se defendía y ofendía con esfuerzo incansable y ligereza sobrehumana. Á tres había ya derribado de otras tantas cuchilladas. El macizo y artístico puño de oro de su espada tremenda se había hundido ya en el cráneo de otros dos, que agachados habían venido á herirle. El puño de su espada y su homicida diestra ponían grima con la sangre y las vísceras trituradas.

El ataque primero de los bandidos duró dos ó tres minutos. Este tiempo bastó para que, según hemos dicho, el Rey pusiese á cinco fuera de combate. Amrafel, Samec y los demás guerreros habían muerto ó herido á otros seis. Sólo dos de los guerreros vesilianos habían perecido; el que cayó con la pierna bajo el caballo, y otro en la formación, junto á Samec. Uno de los bandidos, poniéndose de rodillas delante de él, y antes de que acudiera á defenderse, le rasgó el vientre con el cuchillo, destrozándole y sacándole las entrañas.

Sin embargo, las dos hileras de los vesilianos parecían un muro de bronce, que se movía sin romperse y daba la muerte á cuantos á él se acercaban.


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