EL AMIGO———

Norberto Brito fué paladín esforzado de la libertad: defendióla en la prensa, desde la tribuna y, más de una vez, á mano armada, blandiendo un garrote ó tremolando una bandera á la cabeza de los motines populares, y por ella vió confiscados sus bienes y padeció injusticias, destierros, persecuciones y otros fieros reveses y malandanzas.

A consecuencia de un violentísimo artículo publicado en el tercer número del semanarioEl Terremoto, Norberto Brito fué detenido y llevado en una cuerda de presos, como salteador de caminos ó solapado hurtador de relojes, á la Cárcel Celular de Madrid. Al día siguiente, Paulina, su mujer, y los ocho amigos que con él fundaron y redactaronEl Terremoto, acudieron á verle. Brito ocupaba en el departamento de los políticos la letra K. Era una celda rectangular, con las paredes estucadas y un amplio portalón abierto sobre una galería bien soleada por donde iban y venían, la cabeza baja y las manos cruzadas atrás, otros dos reclusos; elmobiliario lo componían un lecho y un lavabo de hierro, una mesita y un sólido butacón canongil de elevados brazos y ancho respaldo.

Allí estaba Brito, de pie, las manos metidas en los bolsillos del pantalón: á través de la ventana abarrotada del locutorio, aparecía su silueta elevada, triste y enjuta; rígido dentro de su largochaquetcomo un signo admirativo: los negros cabellos cubrían la frente, llorando sobre el rostro cetrino, aviejado por la desilusión.

Norberto besó las mejillas de su mujer por entre dos barrotes; luego estrechó las manos de sus compañeros, Daniel Bala, Pedro Rico, Jaime, Antonio... todos estaban allí mirándole con ojos dilatados por el interés y la curiosidad. Los más ingenuos quisieron consolarle, exhortándole á tener resignación y buen ánimo.

Brito, afectando cierta insensibilidad artística, que juzgó del mejor tono, procuró demostrarles que jamás había estadotanbien. Para el hombre vulgar, la prisión es un martirio; para el inteligente, para el pensador, es un refugio. Allí, en la paz del siniestro edificio donde los reclusos viven como los microbios en los poros de los cuerpos muertos, el espíritu puede reconcentrarse, el entendimiento y la imaginación se exaltan, se trabaja mucho mejor, se lee con más provecho...

—En esta celda—añadió,—prometo escribir dos libros por lo menos.

Aquellas afirmaciones que, á no ser falsas, acusaban un espíritu varonil, inaccesible al dolor, fueron recibidas de distinto modo; algunos admiraron la fortaleza de Norberto, otros sonreían incrédulos; Paulina y Pedro Rico escuchaban amablemente, pues de algo necesitaban hablar, pero sin emoción, sabiendo cuánto artificio había en el fondo de todo aquello.

A la tarde siguiente, ocurrió lo mismo; Brito hablódel día de su excarcelación como de algo problemático y remoto; los amigos le embromaron delicadamente, recordándole su estado de forzosa viudez; Pedro Rico miró á Paulina mordiéndose los labios: ella reía impávida: era una mujer delgada y pequeña, con unos ojos glaucos y fríos, de una frialdad cínica. Norberto, manteniendo su empeño de parecer raro y fuerte, tornó á asegurar que jamás sospechara la cárcel tan hospitalaria y agradable. Esta escena, con ligerísimas variantes, se repetía diariamente: Brito siempre aparecía impasible, moviéndose tras los barrotes de la ventana como un pájaro extraño; su cuerpo, sin embargo, sufría la doble acción debilitante de la quietud y de la sombra, y sus manos iban resfriándose: las manos, por el contrario, de sus compañeros, que gozaban la vida de la libertad y del sol, estaban calientes.

La cárcel ocupa en el plano de Madrid una situación excéntrica, y los caminos que á ella conducen, no obstante ser hermosos y bien soleados, padecen la huella ó impresión de algo triste. Lentamente, los amigos de Norberto comenzaron á cansarse de visitarle todos los días: primero faltó Antonio, quien achacaba su alejamiento á perentorios quehaceres; luego Jaime...

Ante aquella deserción, Brito, siempre estoico y magnánimo, se cruzaba de brazos; la humanidad es ingrata.

—Lo raro sería—agregaba parodiando á Heine,—que los amigos nos acompañasen en la desgracia.

Pasó el verano y el otoño iba ya de vencida; el viento era frío, las nubes encharcaron las calles; la cárcel, vista desde arriba, con su enorme mole obscura, debía de parecer un galápago gigantesco, muerto sobre el barro.

Los presos políticos pueden ser visitados todas las tardes hasta las cuatro. Dos redactores deEl Terremotoque aun iban diariamente á cambiar con Brito un apretón de manos, se aburrían de aquel dilatado homenaje amistoso: la celda, con su locutorio atravesado por un largo banco de vieja gutapercha, llegó á parecerles una oficina donde nada inesperado ni agradable podía aguardarles. Siempre experimentaban impresiones idénticas; sus pisadas resonaban bulliciosas bajo la altiva rotonda de la escalera; los espesos muros trasudaban hielo y pesadumbre; los empleados de la penitenciaría examinaban á los visitantes de extraño modo como maravillándose de que aun tuvieran valor y constancia para ir hasta allí, aconsejándoles también con aquella mirada, que no sostuvieran tal empeño, pues todo sacrificio era inútil.

Arriba, en el locutorio K, las conversaciones no variaban: Brito, siempre recibía á sus compañeros del mismo modo: en pie, agarrado á los barrotes de la ventana, aparentando una entereza de ánimo que la flacidez y tristura de su rostro desmentían. A veces hablaban de los amigos que ya no concurrían allí tildándoles de ingratos; pero todos, íntimamente, les envidiaban, admirando su despreocupación para emanciparse de aquel vano y enojoso deber social.

Una tarde de Diciembre salían de la cárcel Paulina, Daniel y Pedro Rico.

—¡Qué pocos vamos quedando!—exclamó Pedro;—el mal tiempo y la distancia han reducido los amigos de Norberto á monos de la mitad.

—Así es—repuso Daniel.

Luego se despidió, subiendo precipitadamente á un tranvía que pasaba. Paulina y Pedro Rico continuaron andando lentamente, callados, la vista fija en el suelo, como se sigue á los muertos. Sobre las calles húmedas, desde el cielo sembrado de nubecillas blancas, un sol de invierno vertía su luz amarilla.

—Estoy triste—dijo ella;—¿quiere usted acompañarme á dar un paseo?

El repuso estremeciéndose:

—Vamos por donde usted guste.

La adoraba en silencio; con los ojos se lo dijo muchas veces; ella lo sabía y también le amaba. Fué aquel un paseo muy dulce, lleno de voluptuosidades exquisitas y nuevas. Paulina habló de Norberto: era un hombre frío que la acarreó con su humillante despego disgustos innúmeros; ella necesitaba cariño y reverdecer su juventud, procurándose una pasión, una gran pasión que saciase las ambiciones del codicioso pensamiento. Pedro asentía acercándose á ella, disfrutando la vecindad de aquel cuerpo fácil. Tan agradable paseo lo repitieron en los días sucesivos; las tardes eran tibias, el sol caía á plomo sobre los caminos poblados de chiquillos y niñeras, con delantales blancos. Daniel Bala había escrito á Norberto asegurándole hallarse enfermo de cuidado y rogándole imputase á esto, que no á indiferencia ó censurable olvido, su ausencia y eclipsamiento.

Ella apretó más las ligaduras que ya unían á Pedro Rico con el preso: Norberto reconocía que su compañero era un hombre de corazón y un camarada excelente, ya que en el hospital y en la cárcel, según el adagio, es donde se conocen los amigos buenos. De esto habló con su mujer varias veces; la joven afirmaba levemente moviendo la cabeza, pensando que si los otros se marcharon fué porque ella no les retuvo.

Todos los días, al salir de la cárcel, Pedro y Paulina, seguros de su impunidad, paseaban los campo de la Moncloa. Una tarde regresaron á Madrid casi de noche, y él estaba muy pálido y ella muy roja... y con los cabellos manchados de tierra. La primavera volvía; losárboles comenzaban á cubrirse de brotes nuevos; de pronto, en la lejanía del nebuloso horizonte, apareció la cárcel, imponente tras sus altos murallones de ladrillo.

—Allí está—murmuró la joven.

Rico repuso:

—No mires, déjale...

Y siguieron adelante, oprimiéndose las manos.

Aquel íntimo enredo de amor pasó; Norberto Brito nada supo, y cuando habla de Pedro, la emoción más sincera nubla su voz.

—Jamás olvidaré sus favores—dice;—cuando estuve preso, no dejó de ir á verme ni un solo día. Es mi mejor amigo.

El acusado, sentado en el fatal banquillo por donde pasan los que un arrebato de codicia ó de cólera puso fuera de la ley, escuchaba el terrible informe acusatorio del fiscal con los ojos fijos en la tierra, que le atraía como reclamando ya la inmediata posesión de aquella pobre carne condenada al patíbulo. Era un mozo de veintiocho á treinta años, moreno, con cejas fuertes y pupilas brillantes y sangrientas como brasas; la cabeza cuadrada y terca, los hombros anchos, las manos cortas y gruesas de matador que no tiembla al herir...

El fiscal terminaba su discurso pidiendo para Gerardo López la pena capital. El crimen del acusado era una de esas terribles hazañas que, de cuando en cuando, rompen la uniformidad de la vida diaria, calofriando la sociedad con un estremecimiento de horror. La tarde del crimen, Gerardo llegó á su casa inopinadamente, cuando todos le creían en la fábrica; la puerta estaba entornada; aquello le sorprendió... Dentro, en la pequeña habitación que servía simultáneamente degabinete y comedor, resonaban las confusas voces de un hombre y una mujer. El marido avanzó cautelosamente sobre la punta de los pies, conteniendo el aliento... Al llegar al término del pasillo, reconoció á los que con tanta vehemencia y misterio discutían: eran su mujer y don Cleto, el casero, á quien adeudaban tres meses de alquiler: él, sofocado por el torvo deseo carnal que le oprimía la garganta, jadeaba asegurando que todo aquello tendría fácil arreglo si ella era complaciente... La esposa le rechazaba enérgicamente, sintiendo que aquella innoble proposición flagelaba su rostro como un látigo. Entonces don Cleto arremetió á la joven empujándola hacia un sofá. Este fué el momento elegido por Gerardo López para perpetrar su crimen: sin pensar que á la generosidad de su víctima debía haber dormido bajo techado aquellos tres últimos meses, cayó sobre ella derribándola al primer mazazo de sus manos hercúleas; luego le cogió por el cuello, arrastrándole, magullando su ensangrentada cabeza contra los muebles y, finalmente, le mató arrojándole á la calle desde la altura de un cuarto piso...

El fiscal allegaba y zurcía malévolamente cuantos puntos eran más ó menos hostiles al acusado; pues Gerardo estaba seguro de la fidelidad de su mujer, sus celos no tenían disculpa ni explicación legítima: López, en vez de ceder á la ira, debió limitarse á despedir al casero y presentar contra él la oportuna denuncia; para algo vivimos en una sociedad civilizada y bajo el amparo de códigos sabiamente compuestos...

El abogado defensor comenzó su discurso coronándolo con párrafos brillantes y ampulosos enderezados á conmover la honrada sensibilidad del Jurado.

Gerardo López no era un criminal, sí un hombre de arrestos y de honor: examinó sus antecedentes sin tacha y su existencia metódica, consagrada al trabajo yal cariño de aquella mujer que era todo su bien, su familia, su consuelo y su esperanza; y luego pintaba con frases cortadas y duras, como golpes de escoplo, el trágico cuadro de la lucha: al propietario, crapuloso y obsceno, invocando, para vencer la honrada resistencia de la pobre obrera, sus títulos de acreedor, y cayendo después bajo los puños de Gerardo López, que defendía lo suyo, la mujer que era para él deleite y arrimo, compañera santa en sus fieros combates por el pan, consoladora como un amigo, bondadosa como una madre...

Al llegar cierto momento en que el abogado invocaba el derecho indiscutible que su defendido tenía para hacer lo que hizo sin acordarse del Código que, como todo lo reglamentado, es muerto y frío, Gerardo López, fuera de sí, le interrumpió para exclamar:

—¡Sobre todo, antes que hombres civilizados... somos... hombres!

No supo decir otra cosa, pero él se entendía; su defensor también le comprendió y aquella interrupción le sugirió una improvisación elocuente. Gerardo, sin más luz que la de su buen instinto, había dado en el hito: «antes que hombres civilizados... somos... hombres;» seres que saben sentir intensamente, y querer hasta el sacrificio heroico y odiar hasta el crimen; de poco sirven los códigos cuando la pasión se revuelve y estalla. En los trances supremos, el instinto independiente y dominador del macho primitivo despierta; ¿qué hombre, viendo amenazados el honor ó la vida de su madre ó de su esposa, podría reprimir el impulso vengativo de todos sus nervios para invocar fríamente el socorro de la ley?...

El fiscal se levantó á ratificar; su despiadada inspiración tuvo párrafos de terrible y abrumadora elocuencia; el Jurado se declaraba en su favor; Gerardo López fué condenado á cadena perpetua.

**  *

Pasaron muchos años; don Víctor, el fiscal que envió á Gerardo á presidio, se había retirado del foro para casarse y dar á los últimos años de su vida algún reposo.

A pesar de sus cincuenta y cuatro años, don Víctor se conservaba fuerte y erguido dentro de su levita negra, amplia y larga; vivía en un hotelito, cerca del Hipódromo, en medio de su vasto jardín con callejas enarenadas y frutales que la primavera cubría de flores; Joaquina, su mujer, que apenas contaba veinte mayos, parecía adorarle y su temprana juventud le prometía herederos robustos que, por ciertos indicios inequívocos, no tardarían en llegar.

Muchas noches don Víctor, sentado ante su mesa de trabajo y rodeado de estantes atiborrados de libros, recordaba aquel pasado de luchas que iba alejándose, como algo que se hunde en una noche sin fin; á veces Joaquina le acompañaba, leyendo una novela bajo la luz del quinqué. Don Víctor, sumido en delicioso emperezamiento, comparaba su existencia actual, tranquila y feliz, con las luchas de otros días. A su alrededor, dormidos en la penumbra de los estantes, reposaban los centenares de volúmenes que guardaban cuanto acerca de las injusticias y derechos humanos se ha escrito, y en los cuales él aprendió el ingrato arte de mandar gente á presidio ó al patíbulo: á ratos, evocando los bizarros extremos de su verbo brillante yfrío como la cuchilla de una guillotina, le asaltaba el temor de haber sido cruel, y reconstituía escenas: el reo sentado en el banquillo, con la cabeza caída sobre el pecho, cual si la oratoria implacable del fiscal le patease el cráneo; y él en pie, empujando sañudamente hacia el castigo la conciencia de los jueces. Pero no; él siempre fué justo; él nada legisló; se había circunscripto á ser el representante de la legalidad, la encarnación del Código, la voz temerosa de aquellos libros cerrados. Sí; él fué justo y bueno: sin esto no se concebía que el Destino recompensase sus afanes pretéritos rodeándole ogaño de tantos agasajos: aquella mujer joven, dulce y bonita, aquel hotel que en las noches estivales dormía bajo la luz blanca de la luna, entre un bosque de frutales y sobre un odorante tapiz de flores era el condigno premio á sus esfuerzos en pro de la humanidad honrada.

Y don Víctor creía que su felicidad sería eterna, como el suplicio de los condenados á cadena perpetua.

Transcurrieron doce años; el anciano fiscal, embebecido en el cariño de su mujer y la crianza de su hijo único, no visitaba á sus viejos compañeros, que también le habían olvidado; su antiguo prestigio era agua pasada.

Un día, al regresar á su hotel á hora desusada, le impresionó dolorosarnente oir en su gabinete un murmullo indefinible de conversaciones y de risas: don Víctor subió las escaleras de puntillas; Joaquina hablaba con un hombre á quien el fiscal procuró inútilmente reconocer por la voz: don Víctor se deslizaba lo largo del pasillo, y al llegar á la puerta de su despacho se detuvo y aplicó el oído... Oyó una frase amor, luego otra... y sus mejillas ardieron con el incendio de la vergüenza y de la ira. Fuera de si allanóla habitación, babeando, agitando los brazos, como un oso herido que zarpea. El amante cobarde huyó, saltando por la ventana, Joaquina, abnegada y heroica, protegió su fuga, colocándose tras él, defendiéndole con su cuerpo. Don Víctor, se arrojó sobre ella, la derribó al suelo, pateó su vientre, sus entrañas traidoras, oprimió su garganta hasta estrangularla. Después se levantó aturdido, pero satisfecho de sí mismo, pareciéndole respirar mejor, y paseó en torno suyo una mirada estúpida, sin comprender el mudo lenguaje de aquellos centenares de volúmenes que le acusaban recordándole que la venganza de todas las afrentas, como él tantas veces había dicho, no estaba nunca entre las manos del ofendido, sino en los tribunales de justicia... Pero, pasados algunos minutos, don Víctor creyó oir aquella voz que llenaba su juventud, y por primera vez el anciano fiscal tembló, reconociéndose injusto y frió y cruel...

Don Víctor fué preso; sus antiguas relaciones no le favorecieron; el día de la sentencia el representante de la ley le atacó furiosamente y la defensa fué mala. Don Víctor fué condenado á tres años de presidio.

La noche en que el viejo fiscal llegó á la penitenciaría, le impresionó un semblante moreno, de ojos ardientes y grandes y poderosas cejas, al que estaba seguro de haber visto otra vez...

—¿Es usted Gerardo López?—preguntó.

—Sí, señor.

El antiguo recluso, á su vez, reconoció en aquel viejecillo á quien la fatalidad parecía haber encorvado repentinamente, al fiscal que le condenó.

—Y usted—dijo,—¿es don Víctor?...

Don Víctor comprendía entonces lo que jamás pudo entender; y las palabras con que el obscuro presidiario había querido defenderse volvieron á su memoria.

—Aquí estamos los dos—exclamó el viejo magistrado;—tenía usted razón al decir que, antes que hombres civilizados... somos... hombres. Sí, fuí injusto con usted; no me guarde por ello rencor. Deme usted la mano...

La anciana penetró en el despacho caminando ágilmente, con paso infantil, alocado y ligero.

—Esta era la habitación favorita de mi pobre esposo—dijo;—todo está según él lo dejó: la mesa de escribir, los estantes cargados de libros que nadie ha vuelto á manosear desde entonces, la chimenea ante la cual solía sentarse cuando ya estaba enfermo, á calentarse los pies; el sillón Voltaire donde dormía las siestas, y la panoplia con las espadas y los floretes que el generoso Ricardo descolgó tantas veces para defender propios y ajenos errores. ¡Oh, no puedo recordar sin pánico aquellas mañanas en que, tras una noche de ausencia, le veía llegar muy pálido y con los puños de la camisa salpicados de sangre!...

En el testero principal de la habitación, y sobre un diván, había un retrato al óleo de Ricardo Valdés. La pátina del tiempo había obscurecido la pintura, y la cabeza, de color terroso, surgía del fondo negro, con su frente ancha, su nariz aguileña, su bigote donjuanesco,retorcido y largo, como los que cortan el rostro de los guerreros de Velázquez; los ojos grandes, desencantados y burlones... Aquel retrato recordaba al turbulento aventurero de antaño, procaz, enamorado, vagabundo, que después de casarse huyó de Madrid poniendo el porvenir de sus hijos y la felicidad de su mujer á los pies de una bailarina... Rápidamente pasó por mi memoria la silueta de aquel hombre cuya historia fué unida á la mía durante muchos años, y luego imaginé sus últimos momentos terribles de cardíaco, pasados allí, bajo el rayo de sol que ahora calentaba inútilmente el sillón vacío, junto á la esposa que presenciaba la catástrofe desesperada, jadeante de dolor, después de perdonarle todas sus culpas.

—Sí, fué bueno—dijo Teresa, que sin duda iba leyendo en mis ojos mis pensamientos;—¡pobre mío!... Nunca podré absolverme de los remordimientos que, bien involuntariamente, le causé... Ricardo, con sus locuras, me atormentó mucho, pero también mis penas le herían de soslayo, y estos sufrimientos que al fin le restituyeron á mis brazos, aceleraron su muerte...

Después añadió con el atolondrado regocijo del niño que va á enseñarnos una caja de juguetes nuevos:

—Venga usted: aquí, en esta gaveta, conservo varios recuerdos suyos: retratos, pañuelos y una carta... carta deliciosa, que me escribió desde París, poco antes de volver á España, herido ya mortalmente por la enfermedad que había de robármele. Nadie sería capaz de quitarme este papel; en sus renglones vive el alma de Ricardo, á veces impetuosa, sentimental á ratos, siempre generosa y noble. ¿Quiere usted leer?...

Y me alargaba un pliego de papel escrito con una tinta que ya pardeaba: carta dulce y triste, de arrepentimiento y de amor, que había recibido muchos besos y sobre la cual se derramaron muchas lágrimas...

Decía así:

París, Mayo 18...

«Pronto hará cinco años que nos separamos, y durante este largo espacio de tiempo, apenas si se han cruzado entre nosotros una docena de cartas.

«¡Oh mía, mía!... ¿Crees que te he olvidado?...

¡No!... En medio de mis viajes y del abominable catálogo de mis locuras, tu recuerdo vivía en mí inspirándome la dulce confianza de que hay entre nosotros algo muy grande, indestructible, que nada, ni aun el mismo Destino, puede romper. ¡Ah!... ¿Por qué no decírtelo, cuando estas verdades crueles pueden servirte de infinita consolación?... ¡Sí, quiero que lo sepas!... Siempre había en la voz de mis queridas una inflexión que recordaba la tuya: ésta tenía tus ojos, ardientes y melancólicos de abandonada; aquélla tus cabellos negrísimos, estotra tus labios y tus dientes; y por las noches, cuando me hallaba á solas en mi lecho después de gozar una alegría que siempre tuvo algo de postizo, tu imagen amadísima volvía á mi memoria poco á poco, acariciándome con el suave perfume de tiempos lejanos, como una de esas sencillas oraciones que aprendímos siendo niños y que nunca se olvidan... Y aquella oración decía que tú me amabas también, que tus labios y tus brazos siempre estaban abiertos para mí...

»¿Me engañaré? ¿Será posible que el recuerdo de las horas felices que disfrutamos juntos haya muerto en tu alma? Estoy enfermo, mía; el corazón me duele mucho; me ahogo... ¡Déjame volver á ti!...

»Te escribo desde un café del boulevard; son las diez de la mañana y estoy solo; por la puerta entornada penetran ráfagas de aire tibio, bocanadas alegres, vigorizadoras, de la primavera que vuelve; el sol de Mayo hadisipado las nubes, convirtiendo el suelo en un charco de añil.

»¡Te quiero, mía!... Este último invierno, con sus días de nieve y sus bacanales nocturnas, pasadas en los comedores reservados de las fondas, dejó en mi memoria una impresión tristísima: recuerdo las mesas, con sus manteles salpicados de vino, la silueta de los camareros silenciosos, que salían llevándose los platos sucios y cerrando la puerta con el pie, y las figuras de mis amigos: ellas tumbadas sobre los divanes, con los corpiños entreabiertos y los cabellos desrizados, caídos sobre la frente; ellos muy blancos, muy pálidos, con esa palidez cadavérica que agranda los ojos, levantando en alto sus copas dechampagne, brindando y riendo, con alegría fúnebre de Pierrot... todo ello moviéndose en el nimbo gris de las pesadillas.

»Pero aquéllo pasó, la primavera está ahí, y con la nueva sangre torna á circular por mis venas el ardiente deseo de volver á ti: deseo tu alma, hermana gemela de la mía, y codicio tu cuerpo, que á través de los años y de la distancia, surge otra vez ofreciéndome el hechizo de las ilusiones insaciables.

»¡Mía... deja que te llame así!... Necesito acariciar la esperanza de volver á retratarme en tus ojos y que éstos sabrán mirarme sin tristeza ni reproches; que tus manos jugarán con mis cabellos, que tus labios húmedos espantarán de mi frente los malos pensamientos, que sentiré sobre mi rodilla el peso y el dulce calor de tu cuerpo amadísimo; ¡oh, la muerte no me asustará si, cuando llegue, me encuentra dormido entre tus brazos!

»Adiós, mía; perdona el mal que te hice y ámame. Tengo sed de ti.»

Cerré la carta doblándola por los mismos antiguos dobleces que ya tenía, y se la devolví á Teresa. Ella dijo:

—Separada de mis hijos por la distancia y de mi marido por la muerte, esta carta constituye mi única consolación, la flor de mi juventud, la voz adormecedora del ayer, el amuleto con que Ricardo borró todo el daño que me hizo...

Mientras hablaba, los ojos de la pobre anciana brillaban en el fondo de sus cuencas iluminados por un regocijo extraño; y yo la veía animarse, sonreir desde el desamparado invierno de su vejez á la lozana juventud perdida.

—¿No es cierto—añadió,—que esta carta es muy hermosa?

—Sí—repuse,—muy hermosa; consérvela usted...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Sólo yo conozco el secreto de aquella carta que quince años antes Ricardo Valdés había escrito delante de mí.

Aquella mañana Ricardo redactó dos cartas; una cariñosa y ardiente, para la bailarina amada de su alma; y otra correcta, fría, plagada de lugares comunes, para su esposa. Luego incurrió en la distracción, harto frecuente, de cambiar los sobres. Yo, que había sorprendido el engaño, se lo advertí.

—De todos modos—contestó Ricardo sonriendo,—ninguna de las interesadas hubiese podido sospechar mi equivocación, pues acostumbro á no llamarlas nunca por sus nombres...

—En tal caso—exclamé—no deshagas el engaño; deja que la casualidad realice sus planes. De todo esto puede resultar un gran bien.

Hubo una pausa.

—¡Quién sabe!—murmuró Ricardo pensativo;—¡acaso tengas razón!...

Y el trueque quedó hecho.

¡Pobre Teresa! Si ella hubiese sabido...

Noche primaveral. Sobre el velador hay un elegante quinqué de mármol, vestido por amplia pantalla de muselina azul; de las paredes cuelgan tapices estilo Watteau, con pastores y emperifolladas princesitas que se enamoran sobre un fondo gris: los muebles son de felpa, bajos y muelles; sutil esterilla de junco cubre el suelo; en el comedio de la habitación, suspendidos del techo por invisibles cabellos rubios, varios pájaros disecados parecen sostenerse sobre sus alas extendidas; desde el balcón abierto se abarca un ancho trozo de mar, mar calmoso cuyas olas fosforean con vago y melancólico cabrilleo bajo la luz lunar. Del horizonte asciende el gemido inmenso de la marea; suspiro doloroso que llena el espacio remontándose hasta la región inaccesible de las estrellas inmóviles.

Personajes:

Elisa.—Treinta años, viuda. Regular estatura, pelo y ojos negrísimos, labios tristes, frente distraída, más que reflexiva. Ocupa una mecedora junto al balcón.

Claudio.—Cuarenta años; elevada estatura, semblante de Greco, largo y seco; uno de esos rostros ascéticos que las ideas fijas empalidecen. Sus miradas curiosean el espacio.

Elisa.—¿En qué piensa usted?

Claudio.—No sé... oía...

E.—¿Qué?

C.—Al mar.

E.—Las olas hablan, ¿no es cierto?

C.—A ratos; esos diálogos que el hombre sostiene con la Naturaleza dependen del observador, de sus nervios, del momento psicológico que atraviese... A veces los pajarillos, el viento, las nubes, dicen cosas agradables, sin trascendencia, que hacen amable la vida; otras, de noche especialmente, el mar y los cielos parecen revelarse á nosotros cual si, temerosos de quedar eternamente ignorados, pretendiesen descubrirnos el secreto de lo incognoscible, de lo que nunca podrá saberse...

E.—¿Y ahora?... ¿Qué dicen las olas?...

C.—¡Oh!... ¿Cómo quiere usted que yo reduzca á palabras lo que apenas cabe en la amplitud de mi pensamiento? El mar y los astros que sobre él se reflejan, son para mí imagen ó fiel trasunto del amor, ideal supremo del espíritu. Todos los hombres de imaginación llevamos un prototipo femenino que provoca y presido la germinación de nuestros amores; cada cual tiene su Julieta, su Beatriz... ¿De dónde surgió esa mujer, arquetipo fantástico de toda belleza y de toda virtud?... ¡Quién sabe! Probablemente nació con nosotros, y luego adquirió forma con la lectura del libro de versos que hojeamos una noche de fiebre, ó con el retrato de la diosa desnuda que vimos en la biblioteca de nuestro padre siendo niños... Más tarde, el recuerdo de ese ideal nos acosa, nos sigue á todas partes y creemos verlo en cuantas mujeres tropezamos, porque á todas ellas alcanza su luz. «¡Esta es!»... Decimos llenos de júbilo y no sosegamos hasta obtener su amor; y después, desvanecida la ofuscación del primer momento, el alma desolada murmura: «¡No, no era ella!... ¿Comprende usted? La pasión siempre es única; sólo varia la forma ó el objeto en que dicha pasión se complace, así vemos brillar en todas las olas la luz del mismo astro; mas como no hay en ellas nada estable ni sólido, su mentiroso cristalvaría y la ilusión huye, y con ella la serena luz robada á los cielos.

E.—De modo que las mujeres son para usted... olas...

C.—Esto es, olas del mar humano; olas poderosas que acarician, que suelen llevarnos muy lejos y que, como las del Océano, pueden darnos ó quitarnos la vida.

E.—Olas que pasan...

C.—Que pasan llenándonos de amargura el alma, pues sólo reflejan fugitivamente la luz del astro que nuestra generosa imaginación colgó muy alto, en la serena región donde los huracanes pasionales no llegan. (Pausa.)

E.—¡Pobre Claudio! ¡Usted es un náufrago! (El la mira sorprendido, ella prosigue.) Un náufrago que bracea desesperadamente contra el turbión que le arrastra.

C.—(Con tristeza.) ¡Tal vez!

E.—¿Qué edad tiene usted?

C.—Más de cuarenta años.

E.—¡Cuarenta años!... A esa edad todavía el corazón y los músculos conservan su vigor, pero la ilusión y la fe, brújulas ó divinos orientes del espíritu ya se han apagado, y el horizonte obscuro es una amenaza, una promesa siniestra. ¡Si usted hallase un leño, un salvavidas á que unirse!...

C.—(Mirándola sorprendido, como despertando de un sueño.) Ya le he hallado.

E.—(Con súbita alegría.) ¿Es posible?

C.—Sí.

E.—¿Quién?

C.—¡Oh!... (La mira de modo singular, y luego baja los ojos avergonzado.)

E.—(Tristemente.) ¡Bah! ¿Para qué saberlo? Esa mujer... será una de tantas; reflejo que se extingue, ola que pasa...

C.—No, Elisa; se engaña usted; á mi edad la fantasía,domada por los desengaños, no forja ilusiones. La mujer de que hablo... es la soñada, el ideal, la estrella que yo coloqué muy alto, allá arriba... en el cielo, donde nos esperan todos los seres queridos que ya han callado... (Pausa.)

E.—¿Y ella, le quiere á usted?...

C.—(Vacilando.) No sé.

E.—¿Nunca la descubrió usted su pasión?

C.—Nunca.

E.—¿Y ella, sabe que usted la ama?

C.—(Con firmeza.) Sí.

E.—¡Es raro!...

(Le mira de hito en hito; él desvía los ojos, confuso.)

E.—¿Hace mucho tiempo que la trata usted?

C.—Dos años.

E.—¡Lo mismo que á mí!

C.—(Ruborizándose, temiendo haber dicho demasiado.) Precisamente.

E.—(Sondeándole astutamente.) Pues... pasión que tanto se oculta y recata, no puede ser firme.

C.—Al contrario.

E.—¿Cómo?

C.—Porque ese amor es una esperanza... ¡mi última esperanza!... y el temor de perderla me aterra. Soy como jugador que malgastó un capital, como padre que perdió muchos hijos: la desgracia me acobarda, el recelo de que esa ilusión se convierta en desengaño y no en realidad, refrena mi impaciencia: ella es mi último duro, el último hijo que puedo perder...

E.—(Pensativa.) Comprendo su pensamiento. No obstante, yo, en su caso, no sabría esperar; ¡es tan cruel la incertidumbre!...

(Pausa. En el silencio el rugido del mar llena los horizontes como eco apocalíptico de una voz lejana.)

E.—Hable usted, Claudio, sea franco conmigo.

C.—¿Qué más puedo decir?

E.—¿Conozco yo á esa mujer?

C.—(Titubeando.) Sí.

E.—¡Ah!... ¿Quién es?

C.—Elisa, perdóneme usted, no puedo decirlo...

E.—Basta. ¿Cómo es? ¿Se parece á mi?

C.—Sí... (Con arrebato.) ¡Oh sí!... ¡Mucho!

E.—¿Tiene mi estatura?

C.—Sí.

E.—¿Y el pelo?

C.—Como usted.

E.—¿Y los ojos?

C.—Como usted.

E.—(Fingiendo admirarse.) ¡Es extraño!... ¡Dijérase que soy yo misma. (Pausa. Las mejillas de Claudio echan fuego.) ¿Y en el carácter también se parece á mí?

C.—También.

E.—¿Su nombre?... (El la mira suplicante.) ¡Tiene usted razón!... Había olvidado que debo saberlo.

C.—(Tragando saliva.) Por ahora no; mañana...

E.—¿Mañana, sí?

C.—Sí.

E.—(Riendo.) ¡Es usted un hombre original!

C.—No se burle usted de mi cortedad; es que así, de sopetón... no podría... no sabría decírselo...

E.—¿Y mañana?

C.—Mañana... le enviaré á usted su retrato.

E.—¡Ah!... (Sorprendida.) ¿Tiene usted su retrato?

C.—No.

E.—Entonces...

C.—Es decir... (Tartamudeando.) Es... ¿cómo explicarme?... es un retrato que... sólo usted puede ver.

E.—No comprendo.

C.—Ni yo acierto á expresarme mejor. (Levantándose.) Adiós. Elisa.

E.—¿Quedamos, pues, en que mañana quedará despejada la incógnita?

C.—(Con firmeza.) Sí.

E.—¿Palabra de honor?

C.—Palabra de honor.

(Se despiden estrechándose las manos largamente.)

Al día siguiente Elisa recibió el retrato prometido. Venía dentro de un estuche. Era un espejito de mano.

Yo dirigía, por aquella fecha, un periódico diario de gran circulación. Era una madrugada de Enero: me hallaba en mi despacho, escribiendo á vuela pluma laúltima hora. Los suelos estaban alfombrados, los cortinajes de las ventanas corridos; en el hogar ardía un buen fuego de tuero y encina; el quinqué con pantalla verde puesto sobre mi mesa de trabajo, proyectaba á su alrededor un cono luminoso: las manecillas de un grave reloj de bronce colocado en la chimenea, bajo un almanaque de pared, marcaban las tres de la madrugada.

La puerta del despacho abrióse lentamente y un ordenanza anunció la llegada de un caballero que deseaba hablar conmigo.

—¿Quién es?—pregunté.

—No sé; no quiso decir su nombre. Asegura que necesita verle á usted para un asunto urgentísimo y de mucha importancia...

—Está bien; que pase.

Permanecí mirando impaciente á la puerta, irritándome contra el desconocido importuno que venía á interrumpir mi trabajo. Luego mi mal humor cesó, trocándose en un sentimiento de curiosidad que había de ir en aumento. El recién llegado era un hombre alto, extraordinariamente delgado, preso en un gabán azul. Representaba cuarenta años: tenía la frente grande, el rostro enjuto, la barba canosa y mal cuidada, la nariz aguileña, los labios desencantados y finos; sus ojos miraban con esa expresión penetrante y fría de los marinos viejos acostumbrados á interrogar el horizonte...

Saludóme con una leve inclinación de cabeza, y sin más ambages se acercó presentándome una docena de cuartillas.

—Tome usted—dijo,—es un cuento, acaso una historia... que acabo de escribir.

—¡Un cuento!—repetí admirado de que viniesen á ofrecerme á tales horas un retazo de amena literatura.

—Sí—añadió mi interlocutor sin inmutarse,—un cuento precioso, originalísimo, que debe publicarse en el número de mañana.

—¡Usted está loco!—exclamé riendo, más sorprendido que irritado de aquella exigencia;—á hora tan avanzada de la noche los periódicos diarios sólo pueden admitir telegramas y noticias de gran actualidad é interés general.

—Es que mi cuento tiene actualidad...

—En ese caso...

Alargué la mano y cogí las cuartillas que el desconocido continuaba ofreciéndome. Le dí aquella contestación ambigua que á nada me comprometía, para que se fuese y quedarme tranquilo. El así lo comprendió, porque repuso:

—¿Cumplirá usted su palabra?...

Y me miraba, registrándome con los ojos el pensamiento.Yo, creyendo realmente habérmelas con un loco, contesté:

—Sí.

—¿Lo promete usted por su fe de caballero?

—Lo prometo... siempre que el artículo sea bueno.

—Entonces me voy tranquilo; el artículo es bueno; se publicará...

Dió algunos pasos para marcharse; de pronto se detuvo dándose una palmada en la frente, recordando algo muy importante:

—Mi cuento—dijo,—no está concluído, pero no importa... voy á terminarlo dentro de un momento; falta sólo una cuartilla, la última. Cuartilla que traerán, caso de que yo no pudiese volver, antes de media hora.

Y sin darme tiempo á contestar, saludó y salió del despacho como una sombra, sin ruido.

—Decididamente—pensé—ese hombre está loco.

No obstante, cogí su artículo y empecé á leer. Era un cuento autobiográfico muy raro, escrito con estilo enérgico y fácil, salpicado de incongruencias deslumbrantes, que esclavizaron mi atención. Lo leí rápidamente, de un tirón. Se trataba de un viejo libertino que, la noche del último día de Diciembre, había querido epilogar la larga historia de sus azarosos amores y romper definitivamente con todo su pasado. Para ello colocó sobre la mesa de su despacho el baulito donde desde hacía muchos años, venía guardando los trofeos que de sus diferentes mujeres iba conquistando; retratos, pelo, guantes, cintas; flores marchitas, restos melancólicos de primaveras remotas, zapatitos de seda que recordaban algún baile de máscaras... El desengañado burlador quería conservar cuanto perteneció á la amada muerta, á la inolvidable, y romper el resto. De pronto, su mano febril tropezó con la arquilla, ésta cayó al suelo y los recuerdos de aquellos viejos amoresquedaron confundidos y revueltos en galimatías inexplicable. ¿Cómo descubrir entre los numerosos rizos de diferentes cabelleras morenas y rubias los que pertenecieron á la muy amada? ¿Cómo guardar el pelo de una mujer que no quiso? ¿Cómo tirar al arroyo los cabellos de la que amó?... Y el burlador sentía la desesperación trágica, desgarradora como un zarpazo, del fanático que ve caer á sus pies y saltar en pedazos una imagen bendita.

«Desde hace tres días—añadía el autor del cuento—vivo en una incertidumbre cruelísima que trastorna el concierto de mis ideas. ¿Dónde estarán los cabellos de la muerta?... La silueta macabra del suicidio bailotea ante mis ojos y sonríe, mostrándome sobre su semblante de ébano unos dientes muy blancos y unos labios muy rojos, que convidan con el último beso...»

No pude seguir; el regente de la imprenta llegaba pidiendo original.

—¿Cuántas columnas faltan para completar el número?—pregunté.

—Tres.

—Toma ese cuento y que vayan componiéndolo; falta una cuartilla que irá en seguida...

Permanecí solo, el ceño fruncido bajo la impresión poderosa de aquellas cuartillas extrañas, recordando el semblante lívido y enjuto de su autor, y sus ojos inmóviles que parecían inspeccionar lo definitivo... Después volví á la realidad, abismándome en el examen prosaico de los telegramas que iban llegando. Eran las cuatro de la madrugada. Pasó otra media hora. El regente reapareció pidiendo la última cuartilla del cuento... Me quedé perplejo, no sabiendo qué hacer; el desconocido no había vuelto; la tirada del periódico iba á retrasarse por una tontería...

En aquel momento llegó elreporter, que venía del Juzgado de guardia con las últimas noticias.

—¿Qué hay?—pregunté.

—Poca cosa; un incendio en la calle de... y el suicidio de un caballero.

—¿Un hombre de cuarenta años, alto, delgado, vestido con un gabán azul?...

—Sí; ¿cómo sabe usted?...

Entonces lo comprendí todo; yo mismo redacté la noticia; aquella cuartilla era la que faltaba. El hombre raro no me había engañado: su cuento estaba hecho.

Echado afanosamente sobre la barandilla del palco, con los ojos muy abiertos y la mirada inmóvil del desdichado que siente la angustiosa atracción de los abismos, Claudio Roldán espiaba las movimientos de Matilde, la actriz prodigiosa en quien hallaban eco todas las notas de la gama sentimental: el cariño y el odio, la duda y la fe, los arrebatos del deseo y el amor reservado y discreto de las vírgenes....

Matilde estaba en la plenitud de sus facultades y en el apogeo de su belleza. Su voz, clara y dulce, resonaba en el teatro con inflexiones suaves, resbalando cariciosa sobre la cabeza de los espectadores atentos; luego, en los recitados, la tiple se metamorfoseaba en verdadera actriz; el genio hermoseaba sus ojos; una sonrisa dulce, como promesa de amor, embellecía sus labios; su rostro brillaba bajo el casco de sus cabellos rizosos y sus ademanes adquirían elegancia y desenfado encantadores... Y mientras Matilde representaba, ClaudioRoldán, fascinado, iba acercándose á la barandilla del palco, adelantando el busto, alargando el cuello con un embeleso en que había algo fatal.

Aquella pasión fué creciendo, ponzoñosa y devoradora como un cáncer, y Claudio ya no pudo resistir la tentación de conocer personalmente á Matilde. Un actor amigo suyo se ofreció á presentarle, y aquella misma noche, durante un entreacto, Roldán fué al cuarto de la actriz. Era un gabinete monísimo, tapizado de azul, sobre cuyas paredes la luz de una lamparilla eléctrica vertía suave resplandor nimbado.

La presentación fué breve y expresiva:

—Aquí tiene usted á Claudio Roldán, escritor de gran corazón, buen amigo y buen artista...

Claudio encomió la hermosura y el talento de la actriz; ella respondía sonriendo, halagada, entornando los párpados modestamente; y estaba seductora con sus ojos perversos de mujer muy vivida, que todo lo sabe, su entrecejo pensativo, su traviesa naricilla de artista y sus labios finos, alegres y dulces, como un epitalamio...

Aquella primera entrevista sirvió de prólogo á otras muchas, y lo que en un principio fué afición discreta y suave, trocóse bien pronto en furioso deseo. Claudio amó á Matilde con pasión frenética: amó sus ojos negrísimos, sus labios que, á pesar del fuego calcinante de las pasiones, se mantenían purpurinos y frescos como los de una virgen que nunca ha besado; la dulce expresión de su rostro, siempre propicio á la risa; su cuello oculto bajo la brillante cascada de sus cabellos negros; su cuerpo prodigioso, ramillete de femeniles hechizos... Claudio amó todo esto en Matilde, y contribuyó á fortalecer su pasión la perfecta identidad moral y física que halló entre la actriz y la mujer que inspiró sus primeros amores y quemurió llevándose á la tumba la dorada primera juventud de Claudio Roldán. La presencia de Matilde retrotraía á la memoria del escritor los años pasados; volvió á sentirse mozo y á reconocerse capaz de vencer la corriente fatal de las cosas, tornando á vivir lo ya vivido, si, como suponía, Matilde se prestaba á ayudarle.

Durante varias noches consecutivas, Claudio Roldán fué al cuarto de la actriz resuelto á descubrir el misterio de su cariño; pero nunca se atrevió, acobardado bajo la mirada zahorí de aquella mujer en cuya historia no se insinuaba el recuerdo de ninguna pasión, y que siempre parecía recibirle con cierto agasajo desdeñoso y burlón. Al fin, convencido de que no sabía hablarla, resolvió escribirla: fué una carta admirable que compendiaba todo un drama de amor. En ella se advertían contradicciones encantadoras. Temiendo la posibilidad de que la actriz contestase á su declaración con una negativa rotunda, el tímido amante disimulaba el verdadero alcance de sus deseos con una modesta petición.

«Yo, pobre y obscuro, ¿cómo he de abandonarme á la ilusión de llegar á usted, rica, feliz y envuelta en el nimbo glorioso de sus triunfos artísticos?... No, Matilde, yo no aspiro á tanto: mis ambiciones se reducen á conversar con usted algunas horas; no en su cuarto, donde nunca faltan visitantes importunos que me molestan, sino por ahí, á solas, donde pueda yo dar libre curso al flujo tempestuoso de mis pensamientos.

»No desoiga usted mi ruego, Matilde; usted es artista y los artistas se deben al público; y, pues usted procura agradar y divertir á los espectadores que acuden al teatro, ¿por qué no había usted de resignarse á divertirme á mí solo algunos momentos?... Aparte de que usted no será para mí necio divertimiento ni pasatiempo vano, sino preciosísimo rayo de luz, de cuyo benéficocalor quedarán en las yertas lobregueces de mi vida imperecedero recuerdo...»

Continuaba hablando de su melancólica existencia de artista pobre, de sus ambiciosos ensueños, no realizados aún, y agregaba:

«Necesito que pasemos una tarde juntos, como si fuésemos amantes: yo la esperaré en un coche de alquiler que nos llevará á un café de los arrabales. Ya sé que tiene usted coche propio, mas no puedo subir á él; porque ese coche lo compró usted con el dinero que ganó divertiendo al público, y estoy celoso de esas ráfagas de deseo que palpitan en el aplauso de las multitudes: creo que en ese vehiculo, sobre cuyos muelles asientos usted se adormece cuando sale del teatro, yo me ahogaría... Durante esas tres ó cuatro horas que su bondad me otorgue, hablaré libremente... es decir, hablaremos; porque también necesito que usted me trate como á un viejo amigo, y nos tutearemos, si su condescendencia para conmigo llega á tanto... Y si durante esta conversación soy tan menguado que no acierte á decir á usted nada que la interese, tiene usted derecho para despedirme...»

Cuando aquella noche Claudio Roldán se presentó en el cuarto de Matilde, ésta le recibió sonriendo:

—He leído su carta—dijo;—es usted un hombre original.

—¿Y accede usted á mi deseo?

—Sí... ¿por qué no?... Los artistas, como usted advierte muy discretamente, nos debemos al público.

Roldán no supo qué responder, estremeciéndose de cabeza á pies con un sacudimiento delicioso, cual si acabase de recibir en la espalda una ducha de felicidad. Luego, queriendo cerciorarse de que sus oídos no le habían engañado, preguntó:

—¿Cuándo nos vemos?

Ella frunció el lindo entrecejo, dudando.

—Espere usted... Mañana, no tengo ensayo; pues... mañana mismo.

—¿Dónde?

—En la plaza del Rey, á las dos de la tarde.

Lo dijo con afabilidad desdeñosa, como quien no da importancia á lo que dice.

Al día siguiente, en efecto, se vieron. El esperaba desde hacía largo rato cuando ella llegó; iba ataviada con elegancia y sencillez, como una burguesita de buen gusto.

—Esto—dijo, estrechando cordialmente la mano que Claudio le ofrecía,—viene á ser algo así como una función de tarde.

El la miró receloso y feliz: después subieron al coche. Durante el paseo, Claudio estuvo conversador, apasionado, elocuente...

—Tú eres—decía,—el ideal que yo perseguí tantos años, y si tuve relaciones con otras mujeres, fué porque en ellas creía hallarte. Todas tenían algo tuyo: unas, tus ojos, brillantes y agudos; otras, tu ingenio picante, de variados recursos, ó tu frente pequeña, bombeada, embellecida por el arco pensativo de tus cejas; ó tu boca de rojos y cariñosos labios, llenos de piedad, ó tus manos, entre cuyos dedos infantiles algún hechicero puso el difícil secreto de todas las voluptuosidades... Por eso te quiero tanto, Matilde, porque tú sola, con ser tan pequeña, comprendías cuanto de hermoso y adorable mi experiencia fué hallando en las demás mujeres.

Ella le escuchaba sonriendo, y en la penumbra del coche sus ojos parpadeaban con expresión indescifrable, desesperante... De pronto Claudio creyó que la actriz le engañaba, y exclamó:

—Pero... ¿oyes lo que digo? ¿Es cierto que me quieres?

—Sí.

—¿Es cierto que mis palabras despiertan en tu alma un eco simpático?

—Sí.

La miró de hito en hito, temiendo haberse franqueado tanto con aquella mujer que nunca había querido. En el café, Claudio Roldán estuvo más sereno y su conversación fué menos arrebatada, más íntima. Hablaba en voz baja, oprimiendo entre sus manos las manos de la actriz; luego intentó una caricia algo más atrevida: la joven le contuvo suavemente:

—¡Ambicioso!—dijo,—¿no estás contento aún?

Claudio la miró con ojos bañados en lágrimas de agradecimiento infinito.

—¡Tienes razón!—murmuró;—me has hecho muy feliz; el recuerdo de esta cita durará lo que dure mi vida...

Quedó silencioso, la cabeza caída sobre el respaldo del diván, mirando al techo.

—Hablemos—dijo Matilde.

—No—repuso Claudio,—mejor estamos así; hay estados de alma intraducibles, estados que se sienten, pero que no se oyen... Déjame...

Ella le miró sonriendo, con risa compasiva. Luego dijo:

—¿Vámonos?

Roldán levantó la cabeza bruscamente, atónito, como quien despierta de un sueño profundo.

—¿Ya?—dijo.

—Sí, son las siete.

El se encogió de hombros.

—Bien—murmuró;—como quieras...

Tornaron á subir en el coche, que les esperaba á lapuerta del café, y Matilde dió al cochero las señas de su casa.

—¿Cuándo volveremos á vernos?—preguntó Claudio.

El rostro de la actriz expresó una sorpresa perfectamente estudiada.

—¡Cómo!—dijo;—¿vernos, como hoy, á solas?

—Sí.

—¡Ah, eso... nunca!...

Claudio la miró con ojos inmóviles, brillantes; ojos de loco que no pestañea; sus labios lívidos temblaban. Matilde continuó:

—Yo me he limitado á complacerle en todo cuanto usted ha solicitado de mí...

—De suerte que esto ha sido...

—Una comedia.

—¡Una... comedia!

—Sí.

Claudio Roldán, anonadado, no supo qué responder. La joven agregó:

—Usted me decía en su carta que «los artistas nos debemos al público...» y yo, como actriz, accedí á su deseo. Usted era para mí... un espectador; un espectador á quien aprecio mucho, y para cuyo recreo he representado la comedia del amor durante algunas horas.

Y añadió tras una breve pausa:

—Separémonos, Claudio. El telón ha bajado ya; la representación ha concluído.

Barcelona.—Noviembre, 1899.

FIN


Back to IndexNext