EL MAESTRO RAIMUNDICO

El Gran Capitán no supo callar entonces. Contó a doña Beatriz los fugitivos amores de su mocedad primera. Y hasta hay quien dice que le citó, asomando el llanto a sus ojos, algo de la carta que le había escrito doña Mencía, y que él conservaba piadosamente en la memoria.

Gonzalo dijo por último:

—Quiero confesarte, con el debido sigilo, que después he amado a otras mujeres y he sido amado por ellas. Ninguna, sin embargo, ha derribado y arrojado del santuario de mi alma la venerada imagen, puesta allí sobre todo lo terrenal y caduco, de la mujer que me reveló a mí mismo mi ser propio: que tal vez con la virtud creadora de su amor sembró en mi espíritu el germen de todo lo bueno y de todo lo noble que he podido hacer en mi vida.

Al referir esta historia que me contó D. Juan Fresco, y cuya certidumbre confirmó, hasta cierto punto, mi querido amigo D. Aureliano, no puedo menos de recordar un estudio que escribió y publicó, años ha, Rosa Cleveland, hermana del que fue Presidente de los Estados Unidos. El estudio se titulaFe altruista, y procura demostrar que la capital misión de la mujer es la de revelar al hombre sus altos destinos, alentarle en la lucha e inspirarle el brío y la confianza que son menester para alcanzarlos.

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I

Envarios tratados de Economía política he visto yo una cuenta, de la que resulta que la industria de los zapateros en Francia ha producido, desde el descubrimiento de América hasta hoy, seis o siete veces más riqueza que todo el oro y la plata que han venido a Europa desde aquel nuevo e inmenso continente. Esto me anima, sin recelo de pasar por inventor de inverosímiles tramoyas, a hablar aquí del maestro Raimundico.

Haciendo zapatos empezó a ser rico; acrecentó luego su riqueza, dando dinero a premio, aunque por ser hombre concienzudo, temeroso de Dios y muy caritativo, nunca llevó más de 10 por 100 al año; después, fundó y abrió una tienda o bazar, donde se vendía cuanto hay que vender: azúcar, café, judías, bacalao, barajas, devocionarios, libros para los niños de la escuela, y toda clase de tejidos y de adornos para la vestimenta de hombres y mujeres. El maestro se fue quedando también con no pocas fincas de sus deudores, y llegó a ser propietario de viñas, olivares, huertas y cortijos.

Ya no esgrimía la lezna, ni se ponía el tirapié, ni se ensuciaba los dedos con cerote, pero fiel a su origen, conservaba la zapatería, donde trabajaban expertos oficiales, discípulos suyos. El magnífico bazar estaba contiguo. Y junto a la zapatería y al bazar podía contemplarse la revocada y hermosa fachada de su casa, situada en la calle más ancha y central del pueblo. A espaldas de esta casa y en no interrumpida sucesión, había patios, corrales, caballerizas, tinados, bodegas, graneros, lagar, molino de aceite, y en suma, todo cuanto puede poseer y posee un acaudalado labrador y propietario de Andalucía. La puerta falsa, que daba ingreso a estas dependencias agrícolas, pudiera decirse que estaba extramuros del pueblo, si el pueblo tuviera muros, mientras que la puerta principal, según queda dicho estaba en el centro.

El maestro Raimundico nunca había querido comprometerse ni mezclarse en política; pero de súbito acababa de cambiar. Se había hecho fusionista y había consentido en ser jefe de aquel partido político y alcalde en Villalegre.

Era viudo, hacía ya quince años. Y hacía cerca de siete que tenía a su único hijo, D. Raimundo Roldán de Cadenas, estudiando o paseando y holgando en Madrid, pues sobre este punto, difieren no poco los autores. Difieren asimismo sobre la causa de la larga y no interrumpida ausencia del hijo, atribuyéndola unos a la viudez más alegre que recoleta del padre, para la cual hubiera sido estorbo o escándalo la presencia del hijo, y atribuyéndola otros al despego y a la soberbia de éste, que vivía en Madrid como caballerito muy elegante e ilustre, que hablaba de su casa solariega, y que repugnaba volver al lugar a ver la plebeya ordinariez de su padre y la primitiva y fundamental zapatería tenazmente conservada.

Como quiera que ello fuese, D. Raimundo se daba en Madrid tono de muy hidalgo, y su gentil presencia, su elegancia en el vestir y el dinero que solía gastar con rumbo, prestaban a su hidalguía no corto crédito. Él era además robusto y ágil en todos los ejercicios del cuerpo, gran tirador de pistola, florete y sable, buen jinete, mejor bailarín, y muy divertido, ocurrente y chistoso. Tenía multitud de amigos y estaba en Madrid como el pez en el agua.

Hacía muy poco que se había graduado de Doctor en Jurisprudencia, y había enviado a su padre la tesis doctoral. El padre leyó con suma atención las cuatro o cinco primeras páginas, pero no entendió palabra, se mareó y dejó la lectura. Y como era muy escamón, se puso a cavilar entonces, sobre si el no entender aquello, sería culpa de su ignorancia, o si sería, según frase de Cánovas, que hasta aquel lugar había llegado, porque su hijo era un tonto adulterado por el estudio o si sería porque no había habido tal estudio ni tal adulteración, sino porque el chico había estudiado poquísimo y para disimularlo, había llenado su discurso de frases huecas, fiado en su audacia y en la simplicidad de muchas personas que lo que no entienden es lo que más admiran.

De todos modos, corregido ya el maestro Raimundico, morigerado por la ancianidad, reverdeciendo en su corazón el amor paternal sobre los restos de otros ya muertos y menos santos amores, y tal vez proyectando que el muchacho, que había cumplido veinticinco años, ganase popularidad y simpatías en el distrito, para que fuese elegido diputado, le mandó llamar con términos harto imperativos y hasta dejando de enviarle dinero, que era el medio más eficaz de que podía valerse.

D. Raimundo, pues, no pudo menos de obedecer. Complació a su padre, vino a Villalegre y se halló en Villalegre muy a gusto.

Para que se vea la sinceridad de su contento y el placer y la satisfacción que en el lugar tenía, vamos a poner aquí una circunstanciada carta que, al mes de estar en Villalegre, escribió don Raimundo a su mejor amigo de Madrid. La carta decía como sigue.

II

«Mi querido Pepe: Muy a despecho mío vine por aquí para no rebelarme contra los mandatos de mi señor padre; pero te declaro con franqueza que ahora me alegro en el alma de haber venido. Este lugar es lindísimo; los fértiles campos que le rodean hacen un paraíso de sus cercanías; y sus habitantes son amenos y regocijados. Yo aquí me divierto la mar. Y no sólo me divierto, sino que, ¿por qué no he de confesártelo? me siento como nunca me sentí en Madrid, perdidamente enamorado de una mujer. Pero ¡qué mujer, chico! Es un encanto, un prodigio de bonita. Y no sé decir si por desgracia o por fortuna, de la más pasmosa severidad de costumbres. La llaman el Sol de Tarifa, porque de aquella ciudad salió ella como el sol por oriente. Tal es su apodo significativo. Su verdadero nombre es doña Marcela Gutiérrez de los Olivares, por ser viuda del teniente de la clase de sargentos, del mismo apellido, muerto en Cuba un año ha, a manos de los insurrectos. Llora ella aún a su difunto marido, con cuya tía, doña Pepa, vive en este lugar en ejemplar recogimiento, y desdeña y rechaza al enjambre de galanes que la pretende. Tremendo es uno de ellos por su obstinación y ferocidad. Es su nombre Currito el Guapo, y es hermano de la estanquera, mujer también de notable mérito, muy joven aún y famosa por su hermosura y gallardía. Currito, tan celoso de su honra como los galanes de Calderón en las comedias de capa y espada, no consiente que nadie requiebre a la estanquera si no viene con la buena fin. Y aplicando este modo de proceder de su casa a la ajena y de su hermana a su pretendida novia, no consiente tampoco que nadie se acerque a doña Marcela, ni le diga chicoleos, celándola de suerte, que ella vive aislada, porque Currito tiene metidos en un puño a casi todos los mozos del lugar. Navaja en mano es tremendo, y ya que no quiera por piedad abrir a nadie una gatera en el vientre, lo que es para pintar un jabeque en la cara al propio lucero del alba, no tiene el menor escrúpulo si se enoja.

»Doña Marcela está con esto que trina, porque gusta de ser desdeñosa sin que el desdén parezca forzado, y porque no acepta la tutela o mejor dicho el cautiverio en que galán tan crudo la tiene.

»A fuerza de oír tales cosas, pues no es otro el principal asunto de las más frecuentes conversaciones de por aquí, pronto comenzó a hervirme la sangre contra la insolencia de Currito el Guapo. Me entraron ganas de libertar de su cautiverio a doña Marcela. Y crecieron mis ganas y se hicieron irresistibles cuando vi, primero en la iglesia y después en la feria, a la recatada y joven viuda, con quien quisetimarme, como decimos por ahí; pero, por lo pronto fue en balde mi conato, porque sin duda, no lo consentían la modestia y la honestidad de la dama. ¿Qué no logran, sin embargo, la terquedad y la audacia de un mozo como yo, curtido en toda clase de aventuras y acostumbrado a los más peligrosos lances de amor y fortuna? Doña Marcela me miró al fin con mal disimulada complacencia; yo le hablé, valiéndome de la tía Pepa que desde niño me conoce, y, al fin logré, que en una de estas últimas noches, que fue de las más calurosas del verano, doña Marcela saliese a la ventana a tomar el fresco.

»Me hice como por casualidad el encontradizo y me puse a hablar con ella. No vayas a creer que es ninguna palurda. Culta y discretísima es su conversación. Y no sólo habla buen castellano si bien con un gracioso dejo tarifeño, sino que se explica corrientemente en inglés, por haber estado algún tiempo en Gibraltar, cuando era ella mocita soltera, acompañando a su padre, que iba allí para asuntos de comercio. Pero aquí entra lo trágico. Embelesado y engolfado estaba yo charlando con doña Marcela, a ratos en andaluz y a ratos en inglés, cuando la temerosa aparición de Currito el Guapo, vino a interrumpir nuestro palique.

»—¡Huya usted, por Dios!—exclamó ella con voz trémula y llena de susto. Ahí viene ese monstruo que sin que yo le haya dado motivo es en este lugar el tirano de mi vida. Sálvese usted, caballero. Currito viene navaja en mano y puede escabechar a usted en un santiamén. Como es loco frenético no repara en nada. No es cobardía sino prudencia, escapar de ese forajido.

»Ya te harás cargo Pepe de que yo no hice caso ninguno de aquellas medrosas exhortaciones. Me enredé la capa en el brazo izquierdo y saqué de la vaina una larga y recta espada de caballería que llevaba a prevención conmigo. Currito no se arredró por eso, sino que cayó sobre mí, ora agachándose, ora dando brincos, ora acometiéndome por un lado, ora por otro. Por dicha, y si he de decir la verdad, yo sospecho que él no tenía gana de herirme, sino de asustarme. Y como yo también tenía más ganas de asustarle que de herirle, aquella a modo de danza, duraba ya demasiado y se hubiera hecho interminable, a no ser por los gritos que daba doña Marcela pidiendo socorro.

»Los gritos no fueron inútiles. Aunque ya era tarde, acudieron muchos vecinos y bastantes mozos que andaban de ronda, y Currito y yo nos vimos forzados a poner término a nuestro descomunal combate, envainando yo la espada sin ensangrentar todavía, y doblando él su truculenta navaja, que era de virola y golpetillo, y produjo al cerrarse ruido muy temeroso.

»Allí intervinieron y mediaron en nuestra contienda las personas de más respeto, que habían acudido y que en torno nuestro formaban corro, y casi nos obligaron a echar pelillos a la mar, a hacer las amistades y a convertir las casi homicidas manos en cariñosas, enlazándolas y apretándolas generosamente.

»Desde entonces veo y hablo por la reja a doña Marcela todas las noches, sin que Currito me perturbe. Y doña Marcela se me muestra agradecidísima por haberla yo libertado de aquel espantajo o bu que sin querer ella la defendía como el dragón enLas tres toronjas del Vergel de amory en otros cuentos de hadas.

»No imagines por eso que estoy más adelantatado en mis pretensiones. La virtud de doña Marcela es más firme que una roca, aunque para mi amor más que roca eslata. Erre que erre está ella siempre, volviendo por su honor, también como las damas calderonianas, por donde me temo que voy a sufrir constantemente el suplicio de Tántalo, o voy a tener que hacer la barbaridad o digamos laplanchade acudir al cura. Porque eso sí, doña Marcela tiene poquísimo dinero, pero lo que es en punto a conducta, ni las lenguas más maldicientes, y no son pocas las de este lugar, se atreven a decir nada contra ella ni a empañar con ponzoñoso aliento el terso y limpio espejo de su fama.»

Este era el contenido de la epístola, salvo los saludos y cumplimientos de costumbre que en obsequio de la brevedad se omiten.

III

Se cuenta que el maestro Raimundico era escéptico por naturaleza; dudaba mucho de todo y apenas se decidía a formar juicios, sin examinar antes detenidamente las cosas y enterarse bien de ellas. Sobre su hijo hacía tiempo que tenía su juicio en suspenso, sin decidir si el chico era discreto o tonto. Tratar de ponerlo en claro era uno de los propósitos que tuvo al llamarle al lugar. Desde que estaba en él, le espiaba, le estudiaba y le seguía recatadamente los pasos. Prevalido además de su posición de alcalde, interceptó la carta que acabamos de poner aquí, la abrió y la leyó. El maestro se desconsoló con aquella lectura e imaginó que al chico le faltaban por lo menos dos o tres tornillos en la cabeza. Doña Ramona, hermana del maestro y viuda del pellejero, quería mucho al chico, de quien había cuidado en la niñez, y sostenía que su candor no debía calificarse de simplicidad, sino de exceso de imaginación poética. Una vez cortados los vuelos de esta imaginación, el chico, según doña Ramona, sería apto para todo, se abriría camino y subiría como la espuma.

—Cortemos, pues, los vuelos de la imaginación del chico, dijo para sí el maestro, y mostrémosle la realidad tal cual es.

Después de haber recapacitado, formado su plan, y hecho los convenientes preparativos para realizarle, el maestro, a solas una noche con su hijo, en la principal sala alta de la casa, al toque de ánimas, le habló de este modo:

—Mira, Raimundo, tú eres hijo de un zapatero y no puedes ni debes presumir de aristócrata; pero no conviene tampoco que por seguir ciertas opiniones, muy de moda en nuestros días, te des a creer que las almas heroicas, el semillero de las virtudes y de las proezas y los corazones donde brota el germen de los más nobles sentimientos, se hallan en las tabernas y en los presidios, y que la educación esmerada más bien agosta y comprime que desenvuelve tan excelentes facultades. Quien piensa así es lo contrario de progresista, ya que debe entender que nada conduce mejor a la virtud que retroceder al estado selvático. Tu padre, con su zapatería, hubiera entonces contribuido no poco a la corrupción humana, porque los hombres calzados deben de ser mil veces más perversos que los descalzos. Pero no quiero aturrullarme. Ya no sé lo que te digo. Discursos, pues, a un lado. Y así, en vez de abrir los oídos para oírme, abre bien los ojos para ver lo que ocurra en la tertulia que voy a tener aquí, echando una cana al aire y renovando esta noche, por extraordinario, mis retozonas costumbres de otros días.

Doña Ramona, hermana del alcalde y viuda como él, fue la primera que se presentó en la sala. Tres años hacía que había muerto su esposo el pellejero, pero la fabricación, la recomposición y el despacho de corambres, seguían más florecientes que nunca, si bien, en aquellos últimos meses, había surgido y continuaba una crisis en los asuntos de doña Ramona. Currito el Guapo, su más aventajado oficial, hábil como nadie en remendar y zurzir cueros y sobre todo en poner botanas, se había despedido de casa de la maestra, y se había lanzado en la vida heroica del jaque, buscando aventuras y aterrando a toda la gente pacífica de la población. Naturalmente la pellejería de doña Ramona, se resentía ya y empezaba a perder crédito y marchantes con la retirada de Currito.

Las malas lenguas del lugar daban por causa de esta retirada el sobrado empeño de Currito en vigilar y celar a doña Ramona, aislándola de todo pretendiente, y el amor de ésta a la libertad y su indómito aborrecimiento a todo linaje de tutela. Currito salió, pues, de su casa, como de estampía; y, según hemos visto, se puso a ejercer su misión avasalladora y morigeradora de mujeres, en defensa y custodia de su hermana la estanquera y del resplandeciente Sol de Tarifa, de quien estaba o aparentaba estar enamorado. Se sonaba, no obstante, en el lugar que el verdadero objeto del amor de Currito era la maestra doña Ramona, la cual no había cumplido aún cuarenta años, estaba colorada y sana, y por los bríos y robustez de sus frescas y apretadas carnes era una bendición de Dios y daba gloria verla. Recelaba la gente que los amores de Currito, por el Sol de Tarifa, eran fingidos o por lo menos fruto de anterior despecho amoroso y que estos amores ponían la mira, más o menos conscientemente, en dar picón a doña Ramona.

La segunda persona que acudió a la tertulia fue el ciego organista, D. Antonio, a par que gran músico y maestro en el órgano, hábil tocador de guitarra, así rasgueando como de punteo.

El Sol de Tarifa entró poco después en la sala, seguida de la tía Pepa. Y vinieron por último, y según vulgarmente se dice, con este melón se llenó el serón, Currito el Guapo, acompañado de Rosita la estanquera, su linda hermana.

No había ni vinieron más convidados, porque el alcalde quiso que su tertulia fuese aquella noche de lo más íntimo, selecto ycremosoque en el lugar podía imaginarse. La sala, sin embargo, resplandecía como un ascua de oro, porque estaba iluminada con tres magníficos velones de Lucena de a cuatro mecheros cada uno y con algunas velas de cera que ardían en los candeleros de media docena de hermosas cornucopias, colgadas en las paredes sobre el rojo damasco que las tapizaba.

El maestro Raimundico sabía vivir y vivía con todo el boato y la pompa que conviene a un señor lugareño. Y ya se presentía por ciertos indicios y hasta se olfateaba y casi se mascaba, merced al grato tufillo y a los vapores crasos que al través de pasadizos llegaban desde la cocina a la sala, que aquella noche iba a haber allí pavo en arrope, y no sólorefrescanda, sinopapandinatambién, y de lo más delicado y costoso.

IV

El maestro Raimundico había leído no pocos periódicos y algunos libros, iniciándose en varias ciencias morales y políticas, y sobre todo en una novísima, que las comprende casi todas, y que se llama Sociología. Mas no por eso presumía de orador, de sabio o de hombre de consejos. Su orgullo se cifraba en ser hombre de acción y completamente práctico. No aseguraré yo que él hubiese leído losEnsayosde Lord Macaulay, aunque me parece que hay de ellos versión castellana; pero, si no los había leído, su mérito era mayor, pues coincidía con el positivista noble Lord en uno de sus más singulares pensamientos. Séneca había compuesto un elocuentísimo discurso contra la ira, lo cual de nada sirvió, ya que no se sabe de sujeto alguno que haya dejado de ponerse iracundo y de hacer mil barbaridades, convencido y corregido por los razonamientos de Séneca. Y como no se sabe que nadie haya ido con zapatos sin que los haya hecho algún zapatero, así el Lord como el maestro Raimundico inferían, con juiciosa dialéctica, que es más útil que Séneca, en toda sociedad humana, el más humilde de los zapateros. El maestro Raimundico, por consiguiente, como era o había sido zapatero y como nunca había sido humilde, se estimaba en mucho más que Séneca, sobre todo en lo tocante a utilidad y arte de la vida.

Despreciaba o aparentaba despreciar la oratoria; pero, sin darse cuenta de ello, y dejándose arrebatar de sus convicciones, echaba amenudo discursos, si bien, más que floridos, enérgicos y breves.

Veamos ahora lo que dijo a Currito el Guapo, hallándose presentes las demás personas que hemos enumerado:

—Tu modo de proceder, amigo Currito, me tiene ya harto, y como soy alcalde no he de consentir que siga. Nadie te ha dado el encargo de vigilar y de celar a las muchachas y de hacer el papel, navaja en mano, de Catón censorino. Ya sabes tú que yo pertenezco al partido liberal, que gusta ahora de la autonomía y la concede a varias provincias de Ultramar. Considera, pues, si no quieres enojarme, a tu hermana Rosita y a mi señora doña Marcela, y déjalas autónomas, o sea en completa libertad de hacer cuanto se les antoje. Sólo así y no por violencia, miedo o tutela constante, tendrá verdadero mérito que resplandezcan en ellas la entereza y la persistencia con que mantienen su inmaculada virtud, defendiéndola de todos los ataques y asechanzas de los galanes seductores. Si ellas quieren de verdad que no entre en sus dominios contrabando ni matute, no es menester que tú asustes ni que mates a los contrabandistas y matuteros. Y si ellas quieren contrabando o matute le habrá aunque mates a docenas a los matuteros y contrabandistas. No puede ser el guardar a una mujer: ha dicho no sé qué sabio, y con sobrada razón a lo que entiendo. En suma, aunque el sabio no tuviera razón ni yo tampoco, yo tengo aquí la autoridad y la fuerza, que para el caso importan más que la razón, y te declaro que si continúas amedrentando a la gente, a mí no me amedrentas, y te empapelo, y si me empeño te envío a Ceuta o a Melilla para que allí luzcas tu valor matando moros. Si eres tan animoso, ¿por qué no te vas a Cuba o a Filipinas a espantar y a vencer a los rebeldes en vez de espantar al pacífico vecindario que yo gobierno ahora?

—Yo, maestro, me hallo bien en este lugar, y maldita la gana que tengo de ir a Cuba o a Filipinas. Con que así no me amenace usted, que ya procuraré enmendarme. De todos mis furores tiene la culpa la penilla negra, y de la penilla negra que hay en mi corazón, bien me sé yo quien tiene la culpa.

Aquí intervino doña Ramona y dijo:

—Ea, hermano, déjate de sermones que aquí no hemos venido a sermonear sino a divertirnos. Ya se enmendará Curro y se pondrá más suave que un guante. D. Antonio, rasguee usted esa guitarra y que bailen el fandango estas niñas. Currito tiene buena voz y mejor estilo y cantará las coplas.

No fue menester decir más. El organista tocó un fandango estrepitoso.

Doña Marcela y Rosita bailaron con gracia y primor, repiqueteando las castañuelas.

El maestro Raimundico, la tía Pepa y doña Ramona batieron palmas. Fue tal el estruendo que armaron que no parecía que hubiese allí siete sino setecientas personas.

Cuando las palmas y las castañuelas cesaron y sólo sonó la guitarra, Currito cantó con voz sentimental y suave la copla siguiente:

Atame con un cabelloa los palos de tu cama,y aunque el cabello se rompano hay miedo que yo me vaya.

Mostró Currito al cantar inspiración tan amorosa y miró con ojos tan de carnero a medio morir a doña Ramona, que estaba sentada cerca de él, que doña Ramona no acertó a dominarse por más tiempo; sintió que se derretía y hasta que se evaporaba el hielo de sus desdenes; y, desechando sus propósitos de resistencia y echando a rodar hasta cierto punto su señoril omagistralrecato, dijo dirigiéndose a Currito:

—Vamos, hombre, si al fin ha de ser, no quiero molerte más. Mejor es vergüenza en rostro que mancilla en corazón. No te ataré con un cabello, pero voy a atarte con este hilo, de la lana con que, sin que tú lo supieses, te estaba haciendo calcetines y pensando en ti, ¡ingratón, prófugo, arrastrado!

Doña Ramona sacó entonces de la faltriquera de su delantal un enorme ovillo de lana parda, que allí tenía, desenvolvió un par de metros, hizo un lazo corredizo y se le echó a Currito cogiéndole por el pescuezo y teniéndole por el otro extremo a modo de brida.

Aplaudieron todos que al fin se hubiera humanado la maestra y aplaudieron más aún que, en virtud de nuevas declaraciones y promesas de Currito, se reconociese y se proclamase allí la autonomía de Rosita y de doña Marcela. Para solemnizarla, ambas niñas bailaron unas sevillanas con notable garbo y maestría.

Tres doncellas, de la servidumbre del maestro Raimundico, las tres muy aseadas y graciosas, sirvieron luego la cena en el comedor contiguo.

En Villalegre se vive aún a la antigua usanza. Todos los vecinos acomodados comían la sopa y el puchero a las dos de la tarde. No se ha de extrañar, por consiguiente, que los asistentes en la tertulia tuviesen voraz apetito a eso de las once de la noche en que se sirvió la cena.

En ella hubo lomo de cerdo en adobo, conservado en manteca, semejante a líquidos rubíes por el color rojo que le prestaba el aliño. Hubo también pavo asado y boquerones; exquisito vino de los Moriles; y, para postres, frutas y piñonate. Por último, como apéndice y complemento de festín tan opíparo, chocolate con hojaldres, mostachones y bizcotelas.

El festín fue todavía más regocijado y alegre que suculento, prolongándose hasta las dos de la madrugada.

Como despedida, quiso el maestro Raimundico poner el sello y dar la conveniente firmeza a lo que allí se había concertado. Impuso silencio y habló de esta suerte:

—Yo tengo en Chinchón un excelente amigo, llamado D. Arturo González, el cual es tan profundo sociólogo como hábil fabricante o cosechero de aguardiente de anís doble. De este producto suyo me ha enviado algunas botellas, en cuyo marbete, que hoy se llamaetiqueta, se lee con asombro:Espíritu-Sociológico o líquido altruista. Yo he querido competir con mi amigo D. Arturo, y sin robarle sumarca registradahe hecho aguardiente de anís doble también, que es tan altruista y tiene un espíritu tan sociológico como el suyo. Estas muchachas traerán en sendas bandejas copas y aguardiente de Villalegre y de Chinchón. Cada uno de nosotros se beberá dos copitas, una de cada clase, dirá cual le parece mejor, y brindará luego, así por el futuro consorcio de mi hermana y de Currito el Guapo, como por la gloriosa autonomía y plena libertad de Rosita y de doña Marcela.

En efecto, trajeron el aguardiente, y cada uno bebió dos copas. Los pareceres se dividieron. Hubo quien votó por Chinchón, y hubo quien votó por Villalegre: pero, como cada cual bebió por lo menos segunda copa del aguardiente que le pareció mejor, el resultado vino a ser que salieron a tres o a cuatro copas por barba.

Todo fue luego regocijo y afecto mutuo, y quedó demostrado que ambos aguardientes eran altruistas y estaban dotados de igual espíritu sociológico.

Entonces el cortesano D. Raimundo, merced a varios evidentes indicios, no tardó en convencerse de que la virtud de doña Marcela no era cosa del otro jueves, ni con autonomía, ni sin autonomía.

Pocos días después, se volvió D. Raimundo a la corte, convencido ya de que los inocentes idilios no son más fáciles que en ella en los más rústicos y apartados lugares. En la corte se olvidó pronto de doña Marcela, puso la mira en distinguirse como personaje político, logró salir diputado, y hay quien asegura que es hombre de gran porvenir, que llegará a ser Director General, Embajador o Ministro, y que al cabo el Gobierno español, o cuando no el pontificio, le concederá el título de Conde de Cartabón o de Hormabella.

Doña Marcela, reconociendo que Villalegre es mezquino recinto para sus expansiones y propósitos, se ha ido a Tarifa, su patria, y desde Tarifa ha pasado a Gibraltar, cuya reconquista tal vez haga. Lo cierto es que así como a los Escipiones y a otros héroes de la antigua Roma, los apellidaron el Africano, el Numantino, el Británico y el Germánico, según la ciudad de que se habían apoderado o según la nación que habían subyugado, a ella, sin dejar de ser nunca el Sol de Tarifa, la apellidan la Gibraltareña, y como tal es famosa y celebrada en las cinco partes del mundo.

Rosita se ha distinguido y ha prosperado menos desde que es autónoma; pero tampoco se duerme en las pajas. Sigue con el estanco, y por comprarle tabaco, hasta los que antes no fumaban, ya fuman, y la Tabacalera hace en Villalegre doble o triple negocio. Por comprarle sellos de correo no hay villalegrino que no escriba hoy más cartas de las que solía escribir. Y por último, Rosita vende tanto papel sellado que es una maravilla. Para explicarla racionalmente, hay quien da por seguro que ella no recibe ni acepta declaración alguna amorosa si no viene escrita en folios de a peseta.

Entretanto doña Ramona y Currito, convertido ya en maestro, son cada día más venturosos y prosperan mucho haciendo y vendiendo corambres. No sabemos cómo se las compone Currito, pero es el caso que nunca sabe a pez el vino que se echa en sus odres; que hace botas lindísimas; y que también construye otra clase de cueros muy apropósito para llevar en ellos aceite a las Alpujarras, porque losmangurrinos, que así llaman en Villalegre a los alpujarreños, no producen aceite. En cambio producen miel de caña o de prima, de la cual miel llenan los arrieros los odres en que llevaron el aceite, y la traen a la provincia de Córdoba. Esta miel hace las delicias de las golosas lugareñas cordobesas, que la sacan del plato a pulso empapando en ella pedacitos de pan, y luciendo así las lindas manos con los deditos engarabitados en forma de cresta de gallo.

No acierto a decidir qué lección moral pueda sacarse, ni qué tesis pueda probarse, en vista de los sucesos que he referido. Diré, pues, sencillamente, que cada cual saque la lección moral o pruebe la tesis que se le antoje, o no saque lección moral ni pruebe tesis alguna, con tal de que no se fastidie demasiado leyéndome.

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Micuñado el Excmo. Sr. D. José Delavat, siendo Ministro de España en el Japón, tuvo la buena idea de enviarme de allí, por el correo, un lindo y curioso presente. Consiste en doce tomitos, impresos en un papel tan raro, que más parece tela que papel, y con multitud de preciosas pinturas intercaladas en el texto. Lo pintado es mucho más que lo escrito, y está pintado con grande originalidad y gracia.

Si lo escrito estuviese en japonés, yo me quedaría con la gana de entenderlo, porque no sé palabra de la lengua o lenguas que se hablan o escriben en el Japón. Sólo sé que los japoneses tienen muchos libros, y que algunos de ellos, novelas sobre todo, están ya traducidos en varias lenguas europeas, y particularmente en inglés, francés y alemán. Por dicha, los doce tomitos o cuadernitos que poseo, aunque impresos y pintados en Tokio, están en lengua inglesa, y son cuentos para niños, a fin de que los niños del Japón aprendan el inglés. Parece que estos cuentos, enteramente populares, están tomados palabra por palabra de boca de las niñeras japonesas; y debe de ser así porque la candidez de la narración lo deja ver a las claras.

Me han agradado tanto estos cuentos que no sé resistirme a la tentación de poner un par de ellos en castellano. Elijo los dos que me parecen más interesantes: uno porque se diferencia mucho de casi todos los cuentos vulgares europeos; y otro por lo mucho que se asemeja a ciertas leyendas cristianas; como la de San Amaro, la de otro santo, referida por el Padre Arbiol en susDesengaños místicos, y la que ha puesto en verso el poeta americano Longfellow en suGolden Legend. Sin más introducción allá van los cuentos.

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Muchotiempo ha vivían dos jóvenes esposos en lugar muy apartado y rústico. Tenían una hija y ambos la amaban de todo corazón. No diré los nombres de marido y mujer, que ya cayeron en olvido, pero diré que el sitio en que vivían se llamaba Matsuyama, en la provincia de Echigo.

Hubo de acontecer, cuando la niña era aún muy pequeñita, que el padre se vio obligado a ir a la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan lejos, ni la madre ni la niña podían acompañarle, y él se fue solo, despidiéndose de ellas y prometiendo traerles, a la vuelta, muy lindos regalos.

La madre no había ido nunca más allá de la cercana aldea, y así no podía desechar cierto temor al considerar que su marido emprendía tan largo viaje; pero al mismo tiempo sentía orgullosa satisfacción de que fuese él, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba a la rica ciudad, donde el rey y los magnates habitaban, y donde había que ver tantos primores y maravillas.

En fin, cuando supo la mujer que volvía su marido, vistió a la niña de gala, lo mejor que pudo, y ella se vistió un precioso traje azul que sabía que a él le gustaba en extremo.

No atino a encarecer el contento de esta buena mujer cuando vio al marido volver a casa sano y salvo. La chiquitina daba palmadas y sonreía con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante la peregrinación, y en la capital misma.

—A ti—dijo a su mujer—te he traído un objeto de extraño mérito; se llama espejo. Mírale y dime qué ves dentro.

Le dio entonces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la abrió ella, encontró un disco de metal. Por un lado era blanco como plata mate, con adornos en realce de pájaros y flores, y por el otro, brillante y pulido como cristal. Allí miró la joven esposa con placer y asombro, porque desde su profundidad vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonreía.

—¿Qué ves?—preguntó el marido encantado del pasmo de ella y muy ufano de mostrar que había aprendido algo durante su ausencia.

—Veo a una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva ¡caso extraño! un vestido azul, exactamente como el mío.

—Tonta, es tu propia cara la que ves;—le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía.—Ese redondel de metal se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hayamos visto hasta hoy.

Encantada la mujer con el presente, pasó algunos días mirándose a cada momento, porque, como ya dije, era la primera vez que había visto un espejo, y por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró, con todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado precio para usada de diario, y la guardó en su cajita y la ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros.

Pasaron años, y marido y mujer vivían aun muy dichosos. El hechizo de su vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y tan cariñosa y buena que todos la amaban. Pensando la madre en su propia pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo, recelando que su uso pudiera engreír a la niña. Como no hablaba nunca del espejo, el padre le olvidó del todo. De esta suerte se crió la muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.

Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito desvelo, se fue empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.

Cuando conoció ella que pronto debía abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra y sobre todo por la niña.

La llamó, pues, y le dijo:

—Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca, prométeme que mirarás en el espejo, todos los días, al despertar y al acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por ti.

Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo. La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y resignada, expiró a poco.

En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto materno, y cada mañana y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que estaba oculto, y miraba en él, por largo rato e intensamente. Allí veía la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba pálida y enferma como en sus últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba aliento y cariño para cumplir con sus deberes.

De esta manera vivió la niña, como vigilada por su madre, procurando complacerla en todo como cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su más puro contento era mirar en el espejo y poder decir:

—Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.

Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba sin falta en el espejo, cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él. Entonces le preguntó la causa de tan extraña conducta.

La niña contestó:

—Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.

Le refirió además el deseo de su madre moribunda y que ella nunca había dejado de cumplirle.

Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, vertió él lágrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada vez más semejante a la de su difunta madre.

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Vivíamuchísimo tiempo hace, en la costa del mar del Japón, un pescadorcito llamado Urashima, amable muchacho, y muy listo con la caña y el anzuelo.

Cierto día salió a pescar en su barca; pero en vez de coger un pez, ¿qué piensas que cogió? Pues bien, cogió una grande tortuga con una concha muy recia y una cara vieja, arrugada y fea, y un rabillo muy raro. Bueno será que sepas una cosa, que sin duda no sabes, y es que las tortugas viven mil años: al menos las japonesas los viven.

Urashima, que no lo ignoraba, dijo para sí:

—Un pez me sabrá tan bien para la comida y quizás mejor que la tortuga. ¿Para qué he de matar a este pobrecito animal y privarle de que viva aún novecientos noventa y nueve años? No, no quiero ser tan cruel. Seguro estoy de que mi madre aprobará lo que hago.

Y en efecto, echó la tortuga de nuevo en la mar.

Poco después aconteció que Urashima se quedó dormido en su barca. Era tiempo muy caluroso de verano, cuando casi nadie se resiste al medio día a echar una siesta.

Apenas se durmió, salió del seno de las olas una hermosa dama que entró en la barca y dijo:

—Yo soy la hija del dios del mar y vivo con mi padre en el Palacio del Dragón, allende los mares. No fue tortuga la que pescaste poco ha, y tan generosamente pusiste de nuevo en el agua en vez de matarla. Era yo misma, enviada por mi padre, el dios del mar, para ver si tú eras bueno o malo. Ahora, como ya sabemos que eres bueno, un excelente muchacho, que repugna toda crueldad, he venido para llevarte conmigo. Si quieres, nos casaremos y viviremos felizmente juntos, más de mil años, en el Palacio del Dragón, allende los mares azules.

Tomó entonces Urashima un remo y la Princesa marina otro; y remaron, remaron, hasta arribar por último al Palacio del Dragón, donde el dios de la mar vivía e imperaba, como rey, sobre todos los dragones, tortugas y peces. ¡Oh que sitio tan ameno era aquel! Los muros del Palacio eran de coral; los árboles tenían esmeraldas por hojas, y rubíes por fruta; las escamas de los peces eran plata, y las colas de los dragones, oro. Piensa en todo lo más bonito, primoroso y luciente que viste en tu vida, ponlo junto, y tal vez concebirás entonces lo que el Palacio parecía. Y todo ello pertenecía a Urashima. Y ¿cómo no, si era el yerno del dios de la mar y el marido de la adorable Princesa?

Allí vivieron dichosos más de tres años, paseando todos los días por entre aquellos árboles con hojas de esmeraldas y frutas de rubíes.

Pero una mañana dijo Urashima a su mujer:

—Muy contento y satisfecho estoy aquí. Necesito, no obstante, volver a mi casa y ver a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas. Déjame ir por poco tiempo y pronto volveré.

—No gusto de que te vayas, contestó ella. Mucho temo que te suceda algo terrible: pero vete, pues así lo deseas y no se puede evitar. Toma, con todo, esta caja, y cuida mucho de no abrirla. Si la abres, no lograrás nunca volver a verme.

Prometió Urashima tener mucho cuidado con la caja y no abrirla por nada del mundo. Luego entró en su barca, navegó mucho, y al fin desembarcó en la costa de su país natal.

Pero ¿qué había ocurrido durante su ausencia? ¿Dónde estaba la choza de su padre? ¿Qué había sido de la aldea en que solía vivir? Las montañas, por cierto, estaban allí como antes: pero los árboles habían sido cortados. El arroyuelo, que corría junto a la choza de su padre, seguía corriendo: pero ya no iban allí mujeres a lavar la ropa como antes. Portentoso era que todo hubiese cambiado de tal suerte en sólo tres años.

Acertó entonces a pasar un hombre por allí cerca y Urashima le preguntó:

—¿Puedes decirme, te ruego, donde está la choza de Urashima, que se hallaba aquí antes?

El hombre contestó:

—¿Urashima? ¿cómo preguntas por él, si hace cuatrocientos años que desapareció pescando? Su padre, su madre, sus hermanos, los nietos de sus hermanos, ha siglos que murieron. Esa es una historia muy antigua. Loco debes de estar cuando buscas aún la tal choza. Hace centenares de años que era escombros.

De súbito acudió a la mente de Urashima la idea de que el Palacio del Dragón, allende los mares, con sus muros de coral y su fruta de rubíes, y sus dragones con colas de oro, había de ser parte del país de las hadas, donde un día es más largo que un año en este mundo, y que sus tres años, en compañía de la Princesa, habían sido cuatrocientos. De nada le valía, pues, permanecer ya en su tierra, donde todos sus parientes y amigos habían muerto, y donde hasta su propia aldea había desaparecido.

Con gran precipitación y atolondramiento pensó entonces Urashima en volverse con su mujer, allende los mares. Pero ¿cuál era el rumbo que debía seguir? ¿quién se le marcaría?

—Tal vez, caviló él, si abro la caja que ella me dio, descubra el secreto y el camino que busco.

Así desobedeció las órdenes que le había dado la Princesa, o bien no las recordó en aquel momento, por lo trastornado que estaba.

Como quiera que fuese, Urashima abrió la caja. Y ¿qué piensas que salió de allí? Salió una nube blanca que se fue flotando sobre la mar. Gritaba él en balde a la nube que se parase. Entonces recordó con tristeza lo que su mujer le había dicho de que, después de haber abierto la caja, no habría ya medio de que volviese él al Palacio del dios de la mar.

Pronto ya no pudo Urashima ni gritar, ni correr, hacia la playa, en pos de la nube.

De repente, sus cabellos se pusieron blancos como la nieve, su rostro se cubrió de arrugas, y sus espaldas se encorvaron como las de un hombre decrépito. Después le faltó el aliento. Y al fin cayó muerto en la playa.

¡Pobre Urashima! Murió por atolondrado y desobediente. Si hubiera hecho lo que le mandó la Princesa, hubiese vivido aún más de mil años.

Dime: ¿no te agradaría ir a ver el Palacio del Dragón, allende los mares, donde el dios vive y reina como soberano sobre dragones, tortugas y peces, donde los árboles tienen esmeraldas por hojas y rubíes por fruta, y donde las escamas son plata y las colas oro?

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DRAMA TRÁGICO

Estedrama, tan excesivamente trágico, carece de todo valer literario, pero se publica aquí para satisfacer la curiosidad de no pocas personas que deseaban verle cuando se representó y no lo consiguieron a causa de la pequeñez del salón que sirvió de teatro. El autor compuso el drama a petición de la graciosa y discreta señorita doña María de Valenzuela, que prescribió determinadas condiciones a las que debía sujetarse la obra. El drama no había de durar más de catorce o quince minutos, la acción había de ser tan tremenda como rápida, y, salvo los comparsas y personajes mudos, sólo habían de figurar en él seis interlocutores, tres varones y tres hembras, todos los cuales habían de morir de desastrada y violenta muerte en la misma escena. Tan espantoso desenlace no había de tener por causa ni peste, ni hambre, ni fuego del cielo, ni ningún otro medio sobrenatural, sino que todo había de ocurrir sencillamente por efecto del truculento frenesí que el amor y los celos producen en el alma de una mujer apasionada. Yo creo haber cumplido con las condiciones que la mencionada señorita me impuso y de ello estoy orgulloso. Reconozco, no obstante, que mi drama no hubiera sido tan aplaudido y celebrado a no ser por el mérito de los actores y de las actrices que me hicieron la honra de representarle. Fueron éstos la simpática señora doña Rosario Conde y Luque de Rascón, las dos señoritas doña María y doña Isabel de Valenzuela y los Sres. D. Alfonso Danvila, D. Javier de la Pezuela y D. Silvio Vallín. A ellos, y no a la menguada y pobre inspiración del poeta, se debe el éxito pasmoso que obtuvo el drama, en el precioso teatro que el Sr. D. Fernando Bauer improvisó en su casa, y cuya magnífica decoración mudéjar pintó lindamente el Sr. Conde del Real Aprecio. Debo añadir aquí que no se prescindió de medio alguno, ni se excusó diligencia para procurar que los trajes y la pompa y aparato escénicos correspondiesen y hasta realzasen la grandeza y solemne majestad del argumento. Despojada ahora mi producción de todos los primores que entonces le prestaron valer, será muy difícil que agrade. Yo, sin embargo, me atrevo a insertarla aquí, confiado en la indulgencia del público y para complacer a varios amigos y conocidos míos que desean tenerla en letra de molde.

Magnífico vestíbulo del Castillo. Gran puerta en el fondo. Puertas laterales. Es de noche. Ruge la tempestad. Obscuridad profunda, iluminada a veces por relámpagos vivísimos. Mucho trueno.

ESCENA PRIMERA

EntraD.ª Briandavestida con traje de mediados del sigloxv, y con un candil en la mano.

Doña Brianda.¡Ay que noche, Dios mío!Siento a veces calor y a veces frío.Truena y relampaguea,y con furor tan bárbaro granizaque el cabello en la frente se me eriza,y tengo el corazón hecho jalea.Y eso que soy valiente cual ninguna:bien lo conoce D. Ramón, mi hermano,que me abandona en noche tan fataly sale, confiado en su fortuna,con todo el escuadrón fuerte y lozanoque manda y rige cual señor feudal.Lo que piensan hacer es un misterio,pero debe de ser lance muy serio.A media legua de esta casa fuerteestá ya el reino moro de Granada,donde estragos y muertevan a llevar entrando en algarada.Mas bien puede en el ínterin venira este castillo el moro,y darme que sentir,y hasta faltar un poco a mi decoro.¡Grandes son mis recelos!(Dan fuertes aldabonazos a la puerta de entrada.)¡Qué horror! ¿Quién llamará? ¡Divinos cielos!(Suena desde fuera una voz.)Voz.¡Ah del castillo! ¡Hola!Doña Brianda.(Que se ha acercado a la puerta y ha mirado por el agujero dela llave.)Voz de mujer parece y está sola.(Vuelve a mirar por el agujero.)Mas no, que un negro bulto la acompaña.¿Quién es?Voz de fuera.¡Ábreme!Doña Brianda.¡Cielos! ¿Qué marañaes aquesta? ¿qué voz ora me sacael corazón de quicio?o he perdido el juicio,o esta es la propia voz de doña Urraca.Doña Urraca.Yo soy. Abre, Brianda.Doña Brianda.Entra. Ya estoy como la cera blanda.

ESCENA II

Dicha.Doña Urracay el moroTarfeembozado en su capa hasta los ojos.Doña Brianda.¿Tú por aquí a horas tales?¿Qué sucesos fataleste hacen vagar en tan horrible noche,sin pajes, sin caballos y sin cochepor esos andurriales?Doña Urraca.Decirlo todo quiero,mas tu favor y tu indulgencia pido.Es mi padre, D. Suero,el padre más ruin y cicateroque en el mundo ha nacido.Por no dar dote no me da marido.Para empapar dinero,mas no para soltarle, es una esponja;y en lugar de buscarme un buen partido,se empeña cruel en que me meta monja.Yo al vendaval de mi pasión amanteme doy sobreexcitada a todo trapo,y con un novio tierno y arrogantede la casa paterna al fin me escapo.Con él huyendo voy a morería,pero la tempestad nos extravía.El bagaje, una tropade malhechores nos robó en la vía.De mi amigo el valor me ha libertado,mas hasta aquí con pena hemos llegadocada cual con la lluvia hecho una sopay en lastimoso estado.Doña Brianda.¿Y quién, oh mi señora,es el tal novio con que vas ahora?Doña Urraca.Es Tarfe, un mahometano,mas me promete que se hará cristiano.Doña Brianda.Entonces menos mal.(El moro se desemboza. Doña Brianda le acerca el candil y lemira con detención.)¡Es muy buen mozo!Doña Urraca.Ya lo creo.Doña Brianda.Yo aplaudo tu alborozo.(Suenan clarines y se oyen muchas voces.)¡Ay Dios de los ejércitos! ya llegami fiero hermano de la atroz refriega.Él considerará grave delitofugarse con un moro, e infelicesseréis los dos, si os coge en el garlito.Le cortará a tu moro las narices,y a ti te mandará bien escoltadade tu padre D. Suero a la morada.Doña Urraca.Pues escóndenos pronto, cara amiga.Doña Brianda.Venid a un escondite.Doña Urraca.Puede que así se eviteel presentido mal que me atosiga.(Queda por un momento la escena vacía. Vuelve a poco doña Brianda y abrede nuevo la puerta principal. La trompetería ha sonado más cerca. EntraD. Ramón con toda su hueste, armada de brillantes armas, y dos personascubiertas de negros capuces. Algunos de la comitiva traen antorchas ocandelabros, que colocados en lugar conveniente iluminan la escena.)

ESCENA III

Doña Brianda,D. Ramón, la hueste y los encubiertos.D. Ramón.Ya estás en salvo en mi casa.Valientemente reñíascuando acudí con mi huestey rechacé a la morisma,haciendo tremendo estragoen sus apretadas filas.D. Tristán.(Sin descubrirse.)Mucha gratitud te debo. Sin ti perdiera la vida.D. Ramón.Descúbrete y di quién eres.D. Tristán.A estar oculto me obligala prudencia, mas a solaste descubriré en seguidaquién soy y de dónde vengo.Despide a tu comitiva.D. Ramón.¡Despejad!(Vanse todos los guerreros y solo quedan los dos de los capuces y doñaBrianda.)D. Tristán.Aún queda alguien.D. Ramón.Esta es mi hermana querida.D. Tristán.Pues aunque sea tu hermanahaz que se vaya.D. Ramón.Hermanitalárgate.Doña Brianda.Me largaré.(Ap.) ¡qué sospecha, suerte impía!¡Qué fatal presentimientoen mi corazón se agita!La voz del encapuchado,la de D. Tristán imita.¿Será D. Tristán acaso?Yo me quedaré escondidaatisbando y escuchandopara descubrir la intriga. (Vase.)

ESCENA IV

Don Tristán,D. RamónyZulema.Doña Briandaentre bastidoresatisbando lo que pasa y asomando de vez en cuando la cabeza.D. Ramón.Solos ya, satisface mi deseo:desembózate.D. Tristán.¡Mira!D. Ramón.¡Ay, Dios! ¡qué veo!Don Tristán eres tú, mi amigo caro.¿Por qué caso tan rarote encontré solo en la tremenda lid,más valiente que el Cid,entre fieros paganos?D. Tristán.Yo me volvía a tierra de cristianosdespués de estar en la imperial Granada,de donde traigo a esta mujer robada.Es mi dicha suprema,es mi esposa, es mi bien,es la hermosa Zulema,hija mayor del rey Muley Hacen.Contempla su hermosura.(Don Tristán se dirige a Zulema, le quita el negro capuz y ella aparecedeslumbradora, con rico traje oriental, todo cuajado de oro y de piedraspreciosas.)D. Ramón.(Mirando a Zulema y como en éxtasis.)¡Un sol en el zenit se me figura!¿qué vas a hacer con tan sin par doncella?D. Tristán.Me casaré con ellacuando esté en mi lugar y busque al cura,que de antemano le dará el bautismo:Ya una esclava católicale enseñó el catecismo.Ella está melancólicaporque deja a su padre y a su greyen la maldita leydel Profeta Mahoma,que sin fallar los llevará al infierno.D. Ramón.Harto pesada bromadas tú entretanto al reycon hacerte su yerno.D. Tristán.Déjate de discursos y razones.D. Ramón.Me callo, pues. Di tú lo que dispones.D. Tristán.Aquí pernoctar quierohasta que raye el matinal lucero.Entonces prosiguiendo en mi caminome volveré al castillo de D. Suero,mi padre muy amado,conduciendo a mi dueño idolatradosobre las ancas de mi fiel rocino.Zulema.¡Ah! sí, vámonos pronto, D. Tristán.Temo que aún nos ocurra algún desmán.D. Ramón.No tema Vuestra Alteza,que está segura en esta fortaleza.Venid, pues, al mejor de mis salonesa descansar del hórrido combate,y a lavaros también.Después os servirán el chocolate,con bollos de manteca, mojicones,buñuelos y otras frutas de sartén. (Vanse.)

ESCENA V

Doña Briandasola.Doña Brianda.¡Malvado! ¡traidor, infiel!Por esa perversa morame deja quien me enamoraen abandono cruel.Palabra de casamientome dio el impío hace un año.¡Espantoso desengaño!¡Todo se lo lleva el viento!Pero no; ruda venganzatomaré de ese salvaje.Daré a la mora un brevajeque le destroce la panzay la vida le arrebate.Mi criada, que es ladina,esta esencia de estricninaverterá en su chocolate.(Enseña un pomo que tiene en la mano y se va por donde ha entrado.)

ESCENA VI

SaleD. Ramónpor el lado opuesto, después de haber dejado lavándose asus dos huéspedes.D. Ramón.(Meditando.)Confieso que me escamael empeño que tiene D. Tristánde ocultar a mi hermana que el galánes él, en esta novelesca trama.Catástrofes barrunto;pero será mejor no cavilar.A mis huéspedes quiero agasajar.Haré que lleven chocolate al punto.(Vase por el otro lado. Queda un momento la escena vacía.)

ESCENA VII

Aparece la criada con una bandeja, dos jícaras de chocolate y bollos, ypasa de largo. EntraDoña Brianda.Doña Brianda.El veneno vertí yaen la jícara espumante,y dentro de breve instantela mora le beberá.De fijo reventará,dando así satisfaccióna mi burlada pasióny a mis espantosos celos,y cumpliendo mis anhelosde hacer a Tristán tristón.

ESCENA VIII

Dicha yD. Tristánque trae entre los brazos medio desmayada aZulema.D. Tristán.¡Qué espanto! ¡Qué maravilla!Apenas bebe Zulemael chocolate, se quemacual si comiese morcillade la que echan a los perrospara darles cruda muerte.¡Qué bien castiga la suertemis enamorados yerros!Zulema.¡Ay, D. Tristán! Yo reviento,¿qué chocolate endiabladoes el que ahora he tomado?¡Fuego en mis entrañas siento!Doña Brianda.¿Qué es esto, señor, qué pasa?D. Tristán.¡Que Zulema se me muere!Doña Brianda.Pues me alegro. Ella me hierey mi corazón traspasade los celos con la punta.¡Infiel Tristán, asesino,de ti me venga el destinoal dejártela difunta!Zulema.¡Yo me muero!(Hace una horrible mueca, se desprende de entre los brazos de donTristán y cae muerta en el suelo.)Doña Brianda.Ya espichó. (Con júbilo feroz.)D. Tristán.¡Muerta está! ¡Trance funesto! (Tocándola.)Doña Brianda.Pues no me basta con esto.Mi furia no se calmó,y para vengarme más,te haré saber que tu hermanamás que esa mora livianay peor que Barrabás,se ha escapado con un morode la morada paternay está locamente tiernaofendiendo tu decoro.D. Tristán.¿Qué me dices? ¡Maldición!¡Ha de costarle la vida!¿Dónde se encuentra?Doña Brianda.Escondidala tengo en esta mansión.Ella y el alarbe juntosse esconden en el granero.D. Tristán.Voy a buscarlos y esperoque pronto estarán difuntos.(Desenvaina la espada y echa a correr.)

ESCENA IX

Doña Briandasola.Doña Brianda.Muertes hoy y guerra rudalos celos producirán.Ya habrá subido al desván,y habrá encontrado sin dudaal moro y a doña Urraca.Ya está la pobre aviada...Tristán no envaina la espadasin sangre, cuando la saca.

ESCENA X

Entra huyendoDoña Urraca, yD. Tristánpersiguiéndola con la espadadesnuda.Doña Urraca.¡No me mates, hermano!Tarfe se hará cristianoy será mi marido:Así quedará todo corregido.D. Tristán.No puedo perdonarte tu pecado.¡Tú mi honor has manchadocon un perro sectario de Mahoma!¡Toma el castigo que mereces! ¡Toma!(Le da una tremenda estocada y doña Urraca cae muerta.)Doña Brianda.Mi agradable venganza va adelante.


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