Conocida es del público la campaña de difamación iniciada contra mi humilde persona por el periódicoEl PaÃsde 24 de Diciembre último, y proseguida después, dÃa tras dÃa, con tenacidad digna de mejor causa, por casi toda la prensa, especialmente por los diarios llamadosrotativos, desde que oficialmente se anunció mi presentación para la Archidiócesis de Valencia.
No creo que los anales de la historia patria registren caso igual de tan inesperada, ruda, injusta, inverosÃmil y artificiosa oposición hecha por la prensa periódica con motivo de la designación de un Prelado.
Siempre que una sede se ha encontrado vacante, el Gobierno de la Nación, en uso del Patronato concedido á nuestros Reyes por la Iglesia, ha nombrado al eclesiástico que juzgó apto para ocuparla; y cualquiera que haya sido el color polÃtico del Gabinete que haya intervenido en esta designación, jamás se recordará que la prensa culta y seria, por muy mal que haya mirado el nombramiento, haya promovido tan general alboroto como el producido en este caso.
No es mi ánimo entrar en el examen de ese, por tantos conceptos, raro y original fenómeno, cuyas verdaderas causas no se escapan al criterio de quien detenidamente y en todos sus aspectos lo analice. Tampoco descenderé á ocuparme en los ataques puramente personales, en los que, olvidando toda regla hasta de elemental educación, se me presenta como un ser vulgar, falto de todas las prendas que hacen á cualquier eclesiástico, yaun á cualquier hombre, estimable ante sus conciudadanos. Mi personalidad individual nada significa en esta triste campaña, y por grandes que fueran, que no lo son, mis méritos y talentos, gustoso los abandonarÃa á mis detractores, recibiendo en silencio generoso cuantas injurias me han dirigido, si ese mi silencio no se pudiera traducir por el criminal abandono de altÃsimos deberes que en modo alguno puedo desatender, sin inferir enorme agravio á instituciones forzosamente ligadas á mi modesto nombre, tan atrozmente vilipendiado.
El golpe que me ha herido, hiere también al dignÃsimo Episcopado español, al que tengo la alta honra de pertenecer. Hiere á las Corporaciones religiosas, que son la niña de los ojos de los Romanos PontÃfices, según frase de León XIII. Ha lastimado hondamente los sentimientos de todo católico, y aun de toda persona sensata, por las gravÃsimas acusaciones que se me dirigen, las cuales, de ser ciertas, no pueden menos de contristar y sublevar contra mà toda conciencia honrada. Y lo que es más principal (y quizás no lo han advertido mis impugnadores), con esa campaña la más ofendida es nuestra Patria, España, en cuyo nombre se dice combatirme, y cuya representación en la esfera religiosa tuve la inmerecida gloria de ostentar por espacio de más de diez años como Arzobispo de Manila y vocal de la Junta de Autoridades del Archipiélago Filipino; pues de ser verdad cuanto se me imputa, se hubiera visto reproducida en Filipinas la odiosa y legendaria figura del traidor Arzobispo don Oppas, cual expresamente de mà se ha afirmado.
Al defenderme, pues, creo defender la honra de la Iglesia, que ungió mi cabeza con la consagración episcopal; el honor de los Institutos religiosos y los fueros de todos los católicos, que han manifestado tomar por suya mi causa. Creo cumplir el santo deber de velar por el prestigio de España, cuya gloria resulta del buen proceder de sus hijos, principalmente de los constituÃdosen algún cargo ó dignidad; y hasta me considero obligado á hablar por respeto á mis amigos, que si bien saben cuán infundados son los cargos que se me dirigen, aspiran con cariñoso afán á que el público todo vea cuán libre está de las tachas que se le atribuyen la persona que distinguen con su estimación y afecto.
Jesucristo nos dice que amemos á nuestros enemigos y roguemos por los que nos persiguen y calumnian. Perdono, pues, á todos los que me han injuriado; que jamás el resentimiento y el odio, por la gracia de Dios, han hallado acogida en mi alma. A nadie quiero ofender, ni aun á los que más encarnizadamente me han combatido. Si me he querellado de algunos ante los tribunales, ha sido sólo para obtener una rectificación, que de otro modo se empeñan en negarme. Nobles sentimientos, al calor de informes inexactos y apasionados y de otros móviles de Ãndole varia, indudablemente habrán inspirado su pluma. Y me expreso de esa manera, porqueno quiereadmitir mi corazón el absurdo de que personas que se precian de caballeros,á sabiendas, hayan pretendido manchar mi honra, calumniándome é infamándome como si se tratara del más ruin de los criminales. Por eso, al escribir estas páginas, desearÃa que mis palabras poseyeran la maravillosa cualidad de ser foco potentÃsimo de luz para demostrar con fulgor meridiano la absoluta falsedad de los cargos que se me imputan, y, al propio tiempo, dulce imán que atrajese á mis impugnadores, y hasta regalada miel de caridad para los mismos que con mayor saña me han difamado.
Hasta ese punto deseo que este folleto sea defensa,meradefensa, de lo que estimo más que mi propia vida, ysóloestricto cumplimiento del sacratÃsimo deber que recuerda el gran San Gregorio por estas palabras[1]: «Los que en la Iglesia ejercen cargo público y han de serejemplo de los demás,deben, si les es posible, destruir las acusaciones de sus detractores, á fin de que por su silencio no se impida el fruto del ministerio apostólico, y los que obran mal no se confirmen en sus malas obras.»
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He aquà los principales cargos que se me hacen, por el orden de su importancia:
1.º  Haber sido un traidor á la Patria y un mal español, por haber tenido tratos con los americanos durante el cerco de Manila y por haber negociado con el almirante Dewey la entrega de la plaza, valiéndome del capellán católico delOlimpia.—El PaÃs, 2 de Enero.—El Imparcial, 3 de Enero.—El Liberal, 4 de Enero.—El Imparcial, 7 de Enero; etc., etc.
2.º  Haber abogadocalurosamenteen las Juntas de Autoridades, y singularmente en la habida después del segundoultimatum, para que se rindiera la plaza, determinando con mi voto y con mi influencia el acuerdo de capitular.—El PaÃs, 2 de Enero.—El Liberal, 5 de Enero.—Heraldo de Madrid, 5 de Enero.—El Globo, 6 de Enero.—El Imparcial, 7 de Enero.
3.º  Haber influÃdo sobre las Autoridades españolas para la formación de las milicias filipinas, disposición que equivalÃa á decretar la pérdida de la Isla.—La Correspondencia Militar, 4 de Enero.—El Imparcial, 5 de Enero.—El Liberal, 5 de Enero.—Diario Universal, 5 de Enero.
4.º  Haber huÃdo cobardemente de la ciudad sitiada, embarcándome en un buque alemán.—El PaÃs, 3 de Enero; y otros.
5.º  Haber demostrado un patriotismo tibio y dudoso, no facilitando auxilios espirituales á los soldados que luchaban en las trincheras, ni procurando vÃveres á los defensores de la plaza y al vecindario de Manila que padecÃa hambre.—El Imparcial, 1.º de Enero.—El Imparcial, 3 de Enero.—Heraldo de Madrid, 5 de Enero.—El Globo, 6 de Enero.—El Liberal, 6 de Enero; etc., etc.
6.º  Haber salido al encuentro de los americanos vencedores, para saludarles.—El Imparcial, 1.º de Enero.
7.º  Haber negado ante los yanquis victoriosos mi condición de español, diciendo que sólo dependÃa del Papa. Haber negociado la nacionalidad americana. No haber querido nacionalizarme español, porque cobraba de los americanos.—El Liberal, 3 de Enero.—El PaÃs, 3 de Enero.—El Liberal, 4 de Enero.—El PaÃs, 6 y 8 de Enero.
8.º  Haber protestado del alojamiento de los soldados españoles en las iglesias y conventos después de la capitulación, y haberme presentado al General americano para conseguir de él que los arrojara de los templos.—El Liberal, 3 de Enero.—El Imparcial, 7 de Enero.—Heraldo de Madrid, 3 de Enero.—La Correspondencia Militar, 4 de Enero.—El PaÃs, 4 de Enero.—El Liberal, 9 de Enero.
9.º  Visitar diariamente á los americanos; haber ido á Cavite con el Capellán delOlimpiay haber bendecido á los buques yanquis, y haber felicitado á los americanos en el aniversario de su triunfo sobre nuestra escuadra, pronunciando un discurso de salutación.—La Correspondencia Militar, 4 de Enero.—El Liberal, 5 de Enero.—El PaÃs, 8 de Enero.—El Liberal, 3 de Enero.—Diario Universal, 5 de Enero.
10.º  Haber permanecido en mi puesto de Arzobispo de Manila, ejerciendo autoridad y jurisdicción, después de terminada en Filipinas la soberanÃa española, sometido á la dominación americana y bajo la inmediata dependencia de un Gobierno extranjero, por lo que dicen perdà mi nacionalidad española.—El Imparcial, 3 de Enero.—Diario Universal, 3 de Enero.—El PaÃs, 4 y 8 de Enero; etc., etc.
11.º  Haber prescindido del clero español, entendiéndome en seguida con el clero indÃgena distribuyéndole curatos, y haber organizado cultos para los católicos americanos después de la toma de Manila, y haber hecho que la procesión del Corpus fuese escoltada por las tropas americanas.—El Imparcial, 3 de Enero.—El Liberal, 5 de Enero.—El Liberal, 7 de Enero.
12.º  No haber salido de Filipinas hasta que los americanos dejaron de pagarme y me echaron de Filipinas, y entonces, en vez de venir directamente á España, haberme ido á Roma, como representante de las Ordenes religiosas, para defender allà sus cuantiosos bienes.—El PaÃs, 3 y 8 de Enero.—Diario Universal, 3 de Enero.—El Imparcial, 3 de Enero.—El Liberal, 5 de Enero.—El Globo, 6 de Enero.
13.º  Haber conspirado contra el general Blanco y haber intrigado para su relevo.—Diario Universal, 3 de Enero.—El PaÃs, 4 de Enero.
14.º  Haber sido cruel y sanguinario, induciendo al general Polavieja á fusilar á Rojas y á Rizal, de quien me dicenasesino.—El PaÃs, 2 de Enero.—Diario Universal, 3 de Enero.
15.º  Haber sido un déspota irritante, provocando con esta conducta el odio de los clérigos filipinos á España.—El PaÃs, 24 de Diciembre.—El Liberal, 9 de Enero.—El PaÃs, 7 de Enero.
16.º  Haber imposibilitado la pacificación del paÃs después del pacto de Biacnabató, por defender los desmanes de los frailes con los naturales.—Heraldo de Madrid, 5 de Enero.—El Liberal, 7 de Enero.—El PaÃs, 8 de Enero.
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Esas son las más graves imputaciones que la prensa de gran circulación de Madrid, secundada por los periódicos y centros sectarios de provincias, me ha dirigido, convirtiéndose ante el mundo culto en porta-estandarte de mi honra rasgada y mancillada.
¿Qué pruebas ha aducido? Ninguna.Mis detractores, en esta ocasión, han borrado de una plumada, porque asà cuadraba á su propósito, el código de la Moral, del Derecho y hasta de la Lógica y el buen sentido; y para difamar á un hombre se han parapetado tras de la máscara y el anónimo..... ¡Les ha bastado, según propalaron, hacerse eco de la opiniónpúblicaespañola respecto á hechos que la generalidad de los españoles ignoraba por la circunstancia de haber ocurrido en lejanas tierras, y de los cuales, por consiguiente, no podÃan tener formada opinión hasta que esa prensa ha hablado, arrogándose la representación de todos los entendimientos de España!..... Notorio es que, á pesar de haber transcurrido más de un mes desde que iniciaron esa campaña,no han aducido en su favor documento alguno; no han podido traer en su apoyo á ningún testigo presencial que ponga su firma al pie de la menor de sus acusaciones; y que ha llegado su amor á la verdad á negarse sistemáticamente á admitir en sus columnas rectificación alguna, oponiendo, además, la conjuración del silencio para que su público no se enterara de las numerosas protestas y convincentes testimonios que contra sus gratuitas y, á veces, contradictorias afirmaciones, se han creÃdo en el deber de publicar multitud de personas,algunas de ellas autorizadÃsimas, que se encontraban en el teatro de los sucesos, y cuyos informes, si hubieran procedido de buena fe, se debÃan haber apresurado á publicar, para desengañar á sus lectores.
Esta sola consideración es suficientÃsima para que el público sensato falle de parte de quién está la razón y la justicia.
Sin embargo, á mà no puede bastarme en estos momentos. Debo corresponder á las muchas elocuentÃsimas demostraciones de adhesión que he recibido de toda España; á la brillantÃsima defensa que de mi causa se ha hecho en el Parlamento, donde ni un solo cargo ha sido sostenido por los representantes del paÃs que han interpelado al Gobierno; y muy principalmente, soy deudor á la enérgica protesta del Cardenal Primado y de todo el Episcopado español. (Apéndicenúmero 1.) Un deber de gratitud y de nobleza me obliga, pues, no tanto á demostrar que esos cargos son falsos, (que de eso el público imparcial creo estar ya sobradamente convencido, y la prensa católica lo ha probado ineluctablemente) cuanto á que toda España vea, en lo posible, cómo, gracias á Dios nuestro Señor, he procurado cumplir en Filipinas los deberes que la Religión y la Patria me imponÃan.
à ese fin, venciendo la natural repugnancia á hablar de mà propio, iré contestando á todos esos cargos, acumulándolos en párrafos distintos según su importancia y natural enlace.