XIXEL MASSACHUSETTSIIBOSTON Y CAMBRIDGEEn materia de asistencia escolar efectiva, el Massachusetts, con sus 7859 escuelas y su 450.000 alumnos para una población de 2.239.000 habitantes, ha alcanzado el resultado ideal y absoluto: la cifra de 20 escolares por 100 habitantes debe de representar la proporción demográfica, siendo muy probable queningún ciudadanofuturo resulte analfabeto. Dos datos demuestran que dicho resultado ha sido alcanzado en la región entera: 1º el hecho de ser sensiblemente igual la escolaridad de todos los condados; 2º el hecho de que el acrecentamiento escolar sea, de algunos años atrás, exactamente igual al de la población. Mirada por esta faz anterior, pues, la obra parece concluída y perfecta: falta saber si la substancia es digna del molde, y si la calidad de la educación distribuída corresponde á su cantidad.Respecto de la educación primaria en todos sus grados, mi respuesta es categóricamente afirmativa; no sucede lo mismo para la secundaria (LatinyHigh Schools, primer año deHarvard College); y, en lo que atañe á la educación superior (Harvard University) es decididamente negativa. Desgraciadamente, no podré poner á la vista del lector los datos comparativos y las cien observaciones diarias que han concurrido á establecer este último juicio; pero confío en que bastarán algunas reflexiones nacidas del aspecto y de la esencia de las cosas, para prestar á mis conclusiones algún viso de probabilidad. En cuanto á la educación primaria, podré ser muy breve: desde luego, porque nunca el elogiado niega la competencia del elogio, y también porque la evidente superioridad de este sistema escolar es la consecuencia necesaria de premisas conocidas.Existen actualmente (1893) en Boston 585 escuelas públicas generales[63], que pueden agruparse como sigue para nuestro concepto latino: 1º instrucción secundaria (primeros años): una escuela normal, 10 escuelas superiores y de latín; instrucción primaria: 55 escuelas de gramática, 476 de primeras letras y 43 Kindergartens. Hay un personal docente total de 1364 maestros, que se descompone así: 163 hombres; 1201 mujeres[64]. Ahora bien, fuera de la dirección de algunas escuelas de gramática, no existe un solo maestro en la instrucción primaria: está exclusivamente confiada á la mujer. Es la primera explicación de su excelencia. La educación infantil es, en efecto, obra de paciencia solícita y dedisciplina casi maquinal, en que la mujer americana (sobre todo la bostoniense) tiene que sobresalir, mayormente cuando su tarea está regularmente distribuída y encajada, por así decirlo, en programas, textos y preceptos pedagógicos de una claridad y eficacia insuperables. Repito que algunasPrimary Schoolsde Boston me han dado la idea de la perfección. Los locales son generalmente agradables y cómodos, sin el relumbrón advenedizo ni las proporciones inadecuadas de otras partes; los educandos, varones y mujeres, evolucionan, material y moralmente, con una precisión metódica y, si vale la expresión, una «autodocilidad» que causan admiración. El material escolar, desde el mueblaje hasta el texto de lectura (tengo en vista, sobre todo, la bonitaFranklin seriede lectura, en cinco tomos graduados)[65]es el último eslabón provisional de una cadena de mejoramientos incesantes, estimulados por el interés y la competencia. Las maestras—regularmente, las exportadas no dan idea cabal del género—poseen todas las cualidades profesionales: revelan una convicción profunda en el cumplimiento del deber y un ardor de propaganda patriótica que es producto del medio ambiente. Ni tampoco debe evocarse una imagen deteacherrígida y casi asexuada, que fuera un programa en acción. Desde luego, casi todas las maestras primarias son jóvenes, como los tenientes en el ejército; muchas de ellas elegantes y bonitas; todas correctas, dignas (dignified), criadas las más pobres en esta atmósfera de independencia y altivez, en que entra como elemento principaleste triple concepto: 1º que los Estados Unidos son la primera nación del mundo; 2º que Boston es elHubde los Estados Unidos; 3º que la función educativa es la más noble y honrosa que exista en la República. Dadas todas esas premisas, como decía, la consecuencia era fácil de prever; y causa una suerte de respeto el asistir á las lecciones y ejercicios infantiles, que sin duda realizan el ideal tangible de un pueblo enérgico, activo, mental y moralmente homogéneo, cuyas facultades todas deben converger, desde la primera edad, á la lucha por la vida y á la fortuna,—siendo así que dichas facultades prácticas se robustecen con la poda metódica de la gracia espontánea, de la imaginación creadora y otras ramas «superfluas» de la planta frutal.Desgraciadamente, el éxito obliga—es decir, encadena. Perseguidos además por la obsesión de superar á la Europa, imitándola,—lo que implica contradicción en los términos,—los Estados Unidos han creído que resolvían el problema con incluir humanidades y ciencias en sus planes de estudios y organizar la instrucción secundaria y superior sobre el modelo de la primaria. Tengo el convencimiento de que, á este respecto, su fracaso es poco menos que absoluto, y claro está que si esta conclusión resulta del experimento efectuado en Boston y Cambridge, será aplicablea fortiorial resto del país.La Universidad de Harvard.Como su homónima inglesa, Cambridge es una villa universitaria; pero dicho se está que, á pesar de la acumulación y dimensiones de los edificios: halls, salones de estudios, bibliotecas, museos y laboratorios del famoso Colegio de Harvard,dista mucho el conjunto de recordar la nobleza y serena majestad delalma materbritánica. Es propiamente un arrabal de Boston, separado de la capital por el río Charles, que el tramway eléctrico atraviesa en elWest Boston Bridge; y, aunque el crudo invierno entristece el camino, es una excursión instructiva y agradable que repetiré casi diariamente. El primer día, el amable presidente de la Universidad, Mr. Charles W. Eliot, me acompañaba á todas partes con una complacencia inagotable, á que daban mayor realce aún la ruda temperatura y la nieve congelada en las aceras. Consignaré de paso un lijero incidente que activó la confianza de nuestras relaciones; uno de mis cien resbalones sobre el hielo fué menos feliz que otros, y como mi solícito acompañante me tomase del brazo para restablecer el equilibrio instable, nos quedamos los dos sentados en el sitio: «Es lo que llamamos en Francia (díjele riendo)rompre la glace». Se rió también y supongo que había entendido.La universidad de Harvard, la más antigua é importante de los Estados Unidos, comprende, además del Colegio propiamente dicho, las facultades de derecho, medicina y teología; las escuelas de veterinaria, de arte dentario y de agricultura, á más de otros establecimientos casi independientes: museos, bibliotecas, observatorio, gimnasio, jardín botánico, iglesias de todas las comuniones, etc. Es ocioso decir que es institución autónoma; vive de sus rentas, procedentes de donaciones que se acrecen anualmente, y se administra por sus Estatutos yGoverning Boards, sin intervención directa ni indirecta del Estado. La población escolar, fuera de los cursos de verano, fué durante el último año académico (1892) de 2658 estudiantes, distribuídos en internados libres; agréguense á éstos un conjunto de 253 profesores, casi todos residentes, y 55 empleadosadministrativos, y se comprenderá el efecto imponente que produce tal organismo educativo, con su centenar de departamentos aislados, algunos seculares, otros recientes, confortables ó lujosos todos ellos, separados por parques y céspedes, y que se desenvuelven alrededor del Old Cambridge, donde se levanta el Colegio, cubriendo un espacio de una milla cuadrada.Si bien no hay límite de edad para la admisión, las condiciones exigidas la mantienen entre 18 y 19 años. Los estudiantes más jóvenes ófreshmenson, pues, ya hombres, y hombres americanos, es decir acostumbrados alself-control. Se les trata como tales, dejándoles vivir con la más completa independencia[66]. Ellos mismos se organizan enclubs, para comer, trabajar y divertirse juntos. Por subscripción entre antiguos alumnos se ha erigido un imponenteMemorial Hallá «los estudiantes y graduados que perdieron la vida durante la guerra civil». En el vestíbulo revestido de mármol están grabados los nombres de las víctimas, y el interior ¡es un inmenso refectorio estudiantil!Reina la misma libertad para la habitación; entre otros inmuebles, el Colegio posee vastosbuildingsde cuatro pisos, divididos en aposentos de dos ó tres piezas para alquilar á los estudiantes, variando los precios, según la comodidad y la situación, entre 25 y 300 dollars; pero no hay obligación de preferir estos alojamientos, y muchos viven en casas particulares; ni tampoco los inquilinos universitarios están sujetos áreglamento alguno. Es costumbre que cada estudiante tenga un compañero de cuarto óchum, con quien comparte los gastos de alquiler é instalación, pues el colegio no suministra sino el local desnudo. Visito algunosdormitoriescon el presidente Eliot; los «dueños de casa» nos reciben en su salita, comogentlemená otrosgentlemen, sin que nada revele la disciplina escolar; algunos interiores son confortables y hasta lujosos, con piano, cuadros, tapices; otros modestos, todos cuidados, con mucho orden y aseo, y las paredes están cubiertas de fotografías. Nadie se encoge ante el Rector, por más extraña á los estudios que parezca la ocupación del momento: ello es negocio suyo; uno que está dibujando nos enseña con una sonrisa su empezada caricatura, otro se vuelve á sentar al piano y, á pedido mío, continúa una sonata de Haydn ... Nada menos tieso ygourméque el trato de M. Eliot, con profesores y alumnos, nada que se aleje más de la solemnidad del Provisor francés.Me lleva en seguida al monumentalHemenway Gymnasium, también organizado en facultad, donde centenares de jóvenes practican el más variadophysical training, desde el clásico trapecio hasta las más complicadas y grotescas dislocaciones «calisténicas», tendentes á corregir en cada caso individual unlapsusde la naturaleza para constituir al «hombre normal». Penetramos en un departamento vecino, donde el director Sargent, rodeado de estatuas y aparatos, examina á una docena de jóvenes desnudos y, con auxilio de dinamómetros, esfigmómetros, espirómetros, etc., les receta minuciosamente la clase de ejercicio adecuado á su idiosincrasia y perfecta armonización. Es la pedantería del atletismo; pero los sajones ignoran el ridículo. El presidente llama á un examinando, que se acerca sin perturbarse y, con la ingenuidadde un joven griego, exhibe su musculosa desnudez. De ahí pasamos á las salas de lucha y pugilato, á los campos detennisybase-ball, donde se preparan con ardor increíble losmatchescon las universidades rivales. Mr. Eliot atribuye una importancia que encuentro exagerada á esta faz de la educación universitaria; pero, ante mis objeciones, se ve en el caso de confesar que, de algunos años á esta parte, eltrainingintelectual viene perdiendo todo lo que gana el físico. Vamos adelante; pues el amable rector no acaba de hacerme recorrer sucesivamente las instalaciones materiales de todos los departamentos, bibliotecas, laboratorios, museos científicos, etc., etc., repitiéndome, con una insistencia que casi me envanece, que todo ello había sido muy admirado por mi compatriota, M. de Coubertin. El «laboratorio» de botánica, sobre todo, enciende su entusiasmo: aquí, dos ó tres preparadores especiales viven ocupados en modelar amorosamente en cera y pintura, frutas, hojas y flores de todas las especies americanas,—y me esfuerzo en admitir que ese taller de floristas se relacione estrechamente con el progreso de las ciencias naturales ...Terminada la larga visita domiciliaria, el presidente me hace los honores del Cambridge histórico, enseñándome algunos sitios memorables: la secularShepard Church, el olmo famoso bajo el cual Washington tomó el mando del ejército patriota; laCraigie Housedel poeta Longfellow; loshomesde Russell Lowell, Agassiz y otras glorias americanas. Me señala al pasar loscottagesde algunos profesores, las estatuas del fundador Harvard, de Josiah Quincy, del puritano Bridge ... La nieve y la tarde de invierno amortiguan el paisaje, pero me figuro sin esfuerzo el encanto atractivo de esta existencia tranquila y estudiosa en la dulzura de los hábitos diarios; así como las galas primaverales de estos parquesy jardines, hoy mustios y descoloridos, durante la estación de los gorjeos en los follajes obscuros y de las brisas perfumadas en el ambiente, á la hora de los alegres paseos sobre los céspedes de verde terciopelo.Tomamos ellunchen la residencia del profesor S., el conocido geólogo. Interior amplio y confortable; la familia nos recibe en unhalllleno de cuadros, flores,bibelots; hay una docena de personas: académicos, cuatro ó cinco señoras y niñas. La dueña de casa y sus hijas han viajado por Europa (el profesor ha residido en Montpellier); su conversación es amena y, para mí, curiosa, por la mezcla de distinción mundana yscholarshipbostoniense. La charla deriva inevitablemente á las representaciones que está dando Henry Irving en el gran teatro de Boston, y quedo sorprendido, no tanto por la prevista información literaria de las señoras, cuanto por la apreciación crítica, solemne y «banal» de los profesores. Paréceme asistir á un examen dehigh schoolsobre Shakespeare; y como una de lasmissesparece gastar humor travieso, y recordar que ha pasado algunos años no lejos de Tarascón, me ocurre, por vía de estudio, dirigirle, á propósito deHamlet, unasgalejadasmeridionales: «¡Ah! sí,indeed, ¡admirable obra maestra! Pero ¡qué singular monólogo! Un príncipe que coloca entre las amarguras insoportables de la vida la «lentitud de los pleitos» (law’s delay) y «¡la descortesía de los empleados!» Y luego, esa ocurrencia, en la esplanada, á media noche: «¡Mi cartera! ¿dónde está mi cartera? ¡¡Urge escribir (I set it down) que se puede sonreir, siendo un villano!!»—Mis huéspedes se sonrien, sin servillain, pero de dientes afuera, revelando tan poca afición aljokeque baraja sus hábitos mentales como al que revolviese los muebles del salón. Es natural que la gente puritana no cultive la paradoja;pero, en general, el yankee no percibe la ironía sino aderezada con el humorismo elefantino de Mark Twain.Salimos, y el excelente Mr. Eliot me acompaña hasta elcar; después de agradecerle todas su finezas, le expreso mi deseo de volver algunas veces para asistir á las conferencias del Colegio. Me concede el permiso con toda amabilidad; y he podido, en efecto, sentarme al lado de los alumnos durante una semana, no sólo en las clases y anfiteatros, sino también en loseating clubs, como un estudiante libre un poco postergado. Pero paréceme que el digno presidente, sobre todo después de mis herejías shakespearianas, creía que mi misión se limitaba á conocer y admirar loshallsde la Universidad—como M. de Coubertin.El departamento académico, que se llama propiamente el Colegio de Harvard, corresponde en principio á la Facultad de filosofía de los alemanes, ó á nuestras facultades latinas de ciencias y letras reunidas—si se incorporara al plan de estudios el año superior de los liceos. No sólo por el número de sus alumnos (las dos terceras partes de la totalidad), pero sobre todo por el carácter fundamental y educativo de sus asignaturas, es el Colegio el departamento más importante y el que suministra el criterio real de la cultura americana. Fuera de que no podría tener opinión valedera sobre muchas asignaturas técnicas y profesionales de otros departamentos, es evidente que los estudios académicos son los que contienen la característica de la enseñanza superior.Esta característica, como era de preverse, es la misma que aparece en la organización material de la Universidad, y la que domina toda la sociología americana: la independencia individual y elself-control. En el curso académico, que duracuatro años, sólo el plan de estudios del primer año es obligatorio en teoría; para los demás, las asignaturas son en su mayor parte electivas. Cada estudiante designa á su antojo, en el árbol frondosode omni re scibili, las materias sobre que habrá de examinarse al fin del curso, sin distinción de años ni necesidad de vincularlas á sus exámenes anteriores. Puede, comosophomore(2º año), abandonar el griego que desfloró comofreshman, substituir la filología clásica por el cálculo diferencial, dar examen desenior(4º año) sobre asignaturas independientes de las que aprobó comojunior(3º año), etc. Las cuatro divisiones del colegio se confunden fragmentariamente en los mismos anfiteatros: á la conferencia de «lenguas semíticas» (profesor Toy), por ejemplo, asistían como alumnos: 2 graduados, 4seniors, 2juniors, 2sophomores, 1freshmany 1special student. Tratábase de literatura arábiga, y era muy evidente que algunos oyentes (desde luego elfreshman) no conocían los elementos de la lengua ni acaso el alfabeto árabe. Y así con todo. No es del caso averiguar el valor científico de los profesores; baste decir que todos ellos dictan tres ó cuatro cursos, fuera de otras atenciones universitarias, para comprender cómo les sea imposible dedicarse á investigaciones personales. Los cursos son orales, sin deberes escritos ni interrogaciones, y cada profesor formula su programa y lo desenvuelve con absoluta libertad. Algunos de los textos clásicos inspiran dudas penosas, si no acerca de la competencia profesoral, al menos respecto de su diligencia: encuentro bajo un flamante disfraz yankee á viejos conocidos míos: muchos autores científicos europeos que han sido desterrados de nuestros colegios secundarios: Ganot, Legendre, Privat-Deschanel; los anticuados alternan con los novísimos, y, por ejemplo, me cuesta creer que la explicación del soloManualmaterialista de Lotze contenga un cuadro cabal del pensamiento filosófico moderno. Otros programas de alta literatura extranjera inspiran una dulce alegría: v. g: un curso declásicos españolesdedicado áGil Blas; otro de clásicos franceses confiere la igualdad universitaria á Corneille, Racine, Balzac, About, Dumas y ... Amédée Achard (The Clos-Pommier!!). El orden de las materias en los programas suele también ser algo inesperado; encuentro, por ejemplo, que los jóvenes matemáticos estudiarán los logaritmos después de la trigonometría plana,with its applications to navigation; sin duda la trigonometría esférica se aplicará á la agrimensura, en el otro semestre. En literatura clásica, losfreshmense dedican á traducir el texto griego de los trágicos y del mismo Aristófanes, dejando para después á Homero y Jenofonte; lo propio acaece en latín con lasOdasde Horacio, que preceden al clarísimo Cicerón ... Pero todo ello, y lo demás, se justifica cuando se asiste á las conferencias, que se componen esencialmente de traducciones hechas con el textoen regard, sin temas ni ejercicios gramaticales anteriores: evidentemente, para quien ignora la lengua, el aprendizaje mnemónico del sentido, por la versión yuxtalineal, no presenta diferencia, ya se trate de Tácito, ya de Cornelio Nepote ...No creo, pues, que sea aventurado ni excesivo afirmar que no existe en los Estados Unidos lo que en Alemania y Francia se entiende por educación superior universitaria. Ello se explica al punto con saber que no existe tampoco verdadera educación secundaria. Faltando la base, es decir, la sólida preparación del gimnasio y del liceo, la enseñanza universitaria, aunque fuese lo que no es, no hallaría el firme cimiento en que pudiera asentarse. ¿De dónde salen, en efecto, estosfreshmende primer año, que vienen á seguir en Harvardla senda sinuosa que les conducirá al magisterio en artes ó al doctorado profesional? Los más favorecidos, los menos numerosos, traen un certificado de la únicaLatin Schoolde varones (cuyo plan es idéntico al de la de mujeres); otros lo tienen de lasHigh schoolsde Boston; muchos, por fin, proceden de otros Estados, donde la organización escolar es muy inferior á la del Massachusetts. Pero los mismos privilegiados, que pudieron desflorar las asignaturas secundarias y saludar de pasada el griego ó la historia literaria, no han conocido otro régimen intelectual que el de la educación primaria, en los primeros cursos, y el mismo de la universidad en los últimos: á saber, la disciplina infantil, por una parte, y, por la otra, la ausencia de disciplina.El plan de estudios de lasHigh Schoolsde Boston (varones y mujeres) comprende cuatro años óclasses; el de laLatin School, seis, y correspondenominalmenteá la enseñanza «moderna» de los colegios franceses[67]. Pero, fuera de lo inconexo y superficial de los programas, hay que asistir á las lecciones y recorrer los textos clásicos, para comprobar lo dicho más arriba, respecto del carácter subalterno y mujeril de la enseñanza, con excepción quizá de las matemáticas elementales. Forman la base de la instrucción: la recitación de manuales (Leading Facts of History;Hand-book of Science, etc.) para algunas materias; la traducción yuxtalineal de trozos selectos para las lenguas clásicas y extranjeras (Half-Hours with Greek and Latin authors, etc.); para todas las asignaturas, la absorción pasiva y maquinal de datosobjetivos y hechos concretos, sin asomo de gusto, de espontaneidad, de crítica personal, así en los maestros, como en los alumnos de uno y otro sexo. Porque, si no existe ya lacoeducationmaterial, funcionando por separado las escuelas de varones y de niñas, persiste en realidad por la identidad de los programas, de losteachersy de los métodos. Aquí los hombres aprenden y saben las ciencias y las letras como las mujeres suelen saberlas, es decir, de memoria. Y ante esa distribución mecánica de la ración pensante, á que diez veces he asistido, nunca dejó de acudir á mi memoria la escena cómica de aquel personaje de Dickens, que se nos muestra visitando una escuela y declamando su profesión de fe positiva y práctica: «No enseñéis á esos varones y niñas sino hechos: ¡es lo único necesario en la vida ...![68]»Tal es eltrainingque se llama educación, con el aditamento de introducirse en las clases superiores el socorrido sistema de la materias electivas, que deja al alto criterio del alumno el sustituir la historia de Roma por la de Inglaterra ó el griego por el francés, y recíprocamente. Si se recuerda que, en Alemania y Francia, excelentes jueces se oponen á que los estudios clásicos de lasRealschuleny delEnseignement moderne(que no admiten comparación con el mecanismo de lasHigh Schools) sean válidos para las carreras universitarias, se comprenderá por qué el kaleidoscopio de Harvard no responde, ni puede responder, sino á una ilustración rápida y dispersa, á un rozamiento superficial deHalf-Hourscon la literatura, la filosofía y la ciencia pura, y que sólo prepara para el plagio y la mediocridad. Y es así como los Estados Unidosy el mismo Massachusetts han ingerido, en un tronco robusto de instrucción primaria, un deplorable vástago de educación superior, que se prodiga estérilmente en ramas y follajes sin producir el fruto de estación. Faltando la fuerte disciplina secundaria, la enseñanza superior se desploma en el vacío: no pasa de conferencias y programas extraordinariamente variados, que los estudiantes «curiosean» entre una función teatral y una larga sesión en el gimnasio.—«No hay (escribía J. de Maistre) métodos fáciles para aprender cosas difíciles». Los yankees han aplicado á las ciencias y las letras su artificio pedagógico de laprimary school; toman ó dan «lecciones objetivas» de matemáticas, física, astronomía, literatura clásica y filología comparada, despachando en algunos meses de pocas horas diarias los estudios que requieren años de ruda labor y sólida iniciación:sunt verba et voces, prætereaque nihil.—El punto en que realmente sobresalen las universidades yankees sobre todas las europeas, sin exceptuar á las inglesas, es el atletismo; el grave problema que preocupa á profesores y estudiantes durante el año académico, la rivalidad en que agotan sus esfuerzos los alumnos de Harvard y Yale—es elchampionshipde las regatas y delfoot-ball.Aunque en páginas anteriores he puesto de relieve la «estéril abundancia» y la falta absoluta de originalidad creadora que caracteriza la mente americana, no puedo dejar de presentar algunas reflexiones más, como prueba confirmativa de la conclusión á que he arribado respecto de la educación superior en la «Atenas» de los Estados Unidos. Claro está, con efecto, que si la alta educación literaria y científica no tiene en sí misma su propio fin, si llevan un objeto exterior y ulterior los grados universitarios, habremos de apreciar su eficacia por el rango que las ciencias y las letras yankees ocupanen el mundo. Ahora bien: este rango, no es posible disimularlo, es de los ínfimos,—y estamos aquí en sitio inmejorable para comprobarlo. Boston—con sus anexas Cambridge y Concord—era en verdad, á mediados del siglo, el gran foco de reflexión del pensamiento europeo en América. Á la distancia, y sobre todo para sus efectos civilizadores en la Nueva Inglaterra, la luz prestada casi desempeñaba el mismo oficio que si fuera propia, y hasta para la Europa originaria se hacía perceptible la vislumbre que el unitarismo de Channing y el trascendentalismo de Emerson irradiaban. La pléyade literaria del Massachusetts no tiene sucesores en estos enormes Estados Unidos, cuatro veces más poblados que entonces, y cubiertos de universidades, escuelas y bibliotecas. De este mar de hombres, que leen diarios y libros desde que saben andar, no surge una cabeza iluminada por el sol del genio. Más que nunca, el pueblo norteamericano viene siendo, según el dicho intraducible del menos yankee de los bostonienses, el más «deletreado» y el menos culto del orbe[69]. La decadencia es visible, y si bien la explica en parte el carácter de la enseñanza superior, tal como lo he bosquejado ante la mejor universidad del país, cumple preguntarse, para no exagerarla, si ella entraña una nueva manifestación regresiva, ó si es simplemente la agravación democrática del estado anterior.Creo que no es sino la evolución natural que, para ser claro y breve, he llamado antes la preponderancia del Oeste. El desarrollo físico del país y el fausto exterior de los «sepulcros blanqueados» acentúan sin duda el contraste, entre elcuerpo que ha crecido asombrosamente y el espíritu que ha mermado un poco: lo que antes fuera dudoso y discutible nos deslumbra ahora con su evidencia; pero, en el fondo, ha habido cambio en la proporción, mucho más que en la esencia. Aun en el apogeo de la «Academia» bostoniense, la característica del pensamiento americano ha sido siempre la ausencia de originalidad. La novedad del escenario ha podido en algunos casos producir ilusiones; en realidad, la influencia de Walter Scott es tan notable en Fenimore Cooper, como la de Barante en Prescott, la de Hoffmann en Hawthorne y la de todo el mundo en Longfellow. Parece al pronto que hacen excepción los dos ilustres bostonienses Emerson y Poe, y ello es cierto en alguna manera, pero no es sino para corroborar la ley general. Con hondas diferencias en su manifestación intelectual y su destino, ambos significan igualmente el aborto del genio «virtual», fuera de su medio propicio. Pudo todavía el humus colonial de la Nueva Inglaterra hacer brotar acá y allá la planta soberana, predestinada á ser roble soberbio en su patria de origen,—y sin duda no es casual la agrupación de los talentos americanos en el Massachusetts[70];—pero el talento creador es árbol de familia y, lejos del ambiente favorable, había de detenerse en su crecimiento y languidecer. Tenía Poe, más que el instrumento, el instinto genial del arte,—y así lo prueba su rudo batallar contra Longfellow y otros pálidos «moralistas» de lapoesía,—pero era superior á su producción desigual y enfermiza, finalmente sumergida en eldelirium tremens, como la de Baudelaire en la parálisis general. Poe es en América lo que sería Baudelaire en Francia, á no tener éste á su lado, y muy arriba de él, á los genios robustos que, por la diferencia de estatura, enseñan lo que va de la realización á la tentativa, de la originalidad al «excentrismo», de la salud á la enfermedad.—En cuanto al trascendental y simbólico Emerson, es muy sabido que fué una suerte de Carlyle americano, sin el estilo agudo ni la prodigiosa visión histórica del escocés[71]: éste suele tornarse obscuro á fuer de profundo; temo que á veces el otro parezca profundo á fuerza de obscuridad; en todo caso, nunca logró sacudir la fascinación que ejercía el queerasobre el quepudo ser; y sólo la ingenua vanidad de sus paisanos pudo igualar con el maestro al discípulo modesto que conservó hasta el fin, en frente de aquél, algo de la actitud respetuosa de Eckermann delante de Goethe[72].Con todo, así desmedradas ó fragmentarias, las producciones de Emerson y Poe quedan aparte y aisladas, distinguiéndose por su carácter personal de otras voluminosas imitaciones europeas que no necesito enumerar. Poesía, novela, historia, crítica: todo elstockliterario americano forma un conjunto de tentativas plausibles, honradas, no pocas de indiscutible utilidad por el asunto, pero subalternas y sin belleza artística. Algunos modernos, para salir de la huella imitativa, han dado un brusco tirón hacia el monte tupido, y la originalidad yankeerevienta en el enorme balbuceo de Walt Whitman (the true laureate of Democracy!) ó elclownismohumorístico de Mark Twain ... Entre tanto, los convencidos apologistas delAmerican Thought, Stedman, Richardson y otros, inclinados sobre el estanque nacional, describen á sus paisanos maravillados el brillo y magnitud de los astros que aparecen en su cristal: y es la verdad que nada les falta para poblar un firmamento y alumbrar la tierra—nada más que ser visibles á la distancia y convertirse, de reflejada imagen, en alta y perenne realidad.Esta carencia de personalidades geniales, tratándose sobre todo de una democracia en evolución, podría en suma explicarse y confundirse con el reposo fecundo de la incubación, si otros síntomas inquietantes no obscureciesen el diagnóstico. Los espíritus originales, en la ciencia y en el arte, no son un accidente, sino la manifestación esporádica de la substancia nacional. Los «reventones» metálicos que brotan á flor del suelo tienen un valor representativo muy superior al suyo propio: suelen ser indicio del mineral subterráneo que ramifica á todos rumbos sus vetas ignoradas. Por otra parte (si me es lícito prolongar la imagen), no se trata, en el caso actual, de un cantón desierto, vagamente entrevisto y cuyosprospectsadmitan cualquier sorpresa; sino de una vasta región explorada en todos sus repliegues, sondada paso á paso en sus capas superficiales y profundas, cuyo plano de relieve revela sus menores detalles y accidentes con insuperable exactitud; en tal situación, las innumerables muestras y ensayos cobran una importancia poco menos que absoluta; y si, después de millares de experimentos repetidos, el resultado del análisis acusa idénticamente la ausencia de metal puro y la invariable mediocridad de la combinación,es legítimo inferir que no existe la capa aurífera.Hace un siglo que las generaciones sucesivas de los Estados Unidos, en número creciente de diez, de veinte, de sesenta millones de individuos, han instituído la experimentación, al parecer más completa y decisiva, para descubrir y sacar á luz el espíritu nacional; cubierto el territorio de universidades y colegios, empapelado de libros y periódicos; admirablemente preparada la exhibición inmediata del talento presumible por la igualdad en las leyes y las costumbres, y suscitada su aparición por el anhelo general,—nada se ha producido que entrañe una promesa viable, una lejana esperanza de ver surgir, algun día, la teoría científica ó la obra de arte original que arranque al mundo un grito de admiración. Y bien, la sentencia se formula por sí sola: la democracia absoluta, la tabla rasa de las tradiciones y el desdén de toda preocupación ideal, se traducen en lo especulativo por la mediocridad uniforme é incurable—que es la forma más perfecta de la igualdad.—Y ante el aborto evidente de la tentativa secular, acaso parezca más triste que la robusta inconsciencia del Oeste, sólo preocupado de crecer y engordar, esta estéril pertinacia delHubbostoniense, empeñado infatigablemente, como Wagner, el fámulo de Fausto, en aprender las fórmulas y recetas de la ciencia, en juntar, dentro de la redoma de vidrio, los elementos que sólo producirán el homúnculo irrisorio y caricatural[73].Una nación, como un individuo, puede desarrollarse prósperay feliz, sin aspirar á la gloria suprema de ser en la noche de los siglos una de las antorchas que sirvan de guía al resto de la humanidad: bástale para ello encerrarse en su optimismo egoista, y desechar como un vano juguete todo culto desinteresado é ideal, entonando el prosaico «Salmo de la vida», que es la negación de toda belleza y la demostraciónad absurdode su inutilidad:Trust no Future, howe’er pleasant!Let the dead Past bury its dead!...[74]Ese futuro de que se desconfía es la esperanza inmortal; esos muertos, que elpioneeradvenedizo no se digna enterrar, se llaman la tradición, el recuerdo entristecido, la mirada pensativa y dulce á lo que fué y pasó, para no revivir sino al llamamiento mágico del arte evocador—es decir, el sentimiento del misterio y del ensueño que es toda la poesía. ¿Á qué vienen, entonces, esos ridículos é impotentes remedos de la cultura europea, esos aprendizajes, sin convicción ni éxito posible, de las altas disciplinas intelectuales, y esos aldabonazos importunos á las puertas del templo donde el profano no quiere orar? Más lógico y plausible, lo repito, es elrushmaterialista del Oeste, que limita sus deseos y no mira más allá del objeto que su mano puede alcanzar; y por eso dije antes que era Chicago la ciudad más representativa de los Estados Unidos, aquella de cuya robusta y simplificada «plataforma» está proscripto el ocioso fantaseo artístico.Me vuelve á la memoria una extraña palabra de Heródoto, que, soltada de paso por el narrador ingenuo, reviste para mí la belleza profunda de un mito; después de describir á los «anónimos» y los fabulosos Atlantes, el «padre de la historia» termina con este rasgo inesperado: «y se dice de este pueblo queno sabe soñar...»[75]. El dón del ensueño, la visión y el anhelo de lo ideal ¿no es también lo que falta á la moderna Atlántida?
XIXEL MASSACHUSETTSIIBOSTON Y CAMBRIDGEEn materia de asistencia escolar efectiva, el Massachusetts, con sus 7859 escuelas y su 450.000 alumnos para una población de 2.239.000 habitantes, ha alcanzado el resultado ideal y absoluto: la cifra de 20 escolares por 100 habitantes debe de representar la proporción demográfica, siendo muy probable queningún ciudadanofuturo resulte analfabeto. Dos datos demuestran que dicho resultado ha sido alcanzado en la región entera: 1º el hecho de ser sensiblemente igual la escolaridad de todos los condados; 2º el hecho de que el acrecentamiento escolar sea, de algunos años atrás, exactamente igual al de la población. Mirada por esta faz anterior, pues, la obra parece concluída y perfecta: falta saber si la substancia es digna del molde, y si la calidad de la educación distribuída corresponde á su cantidad.Respecto de la educación primaria en todos sus grados, mi respuesta es categóricamente afirmativa; no sucede lo mismo para la secundaria (LatinyHigh Schools, primer año deHarvard College); y, en lo que atañe á la educación superior (Harvard University) es decididamente negativa. Desgraciadamente, no podré poner á la vista del lector los datos comparativos y las cien observaciones diarias que han concurrido á establecer este último juicio; pero confío en que bastarán algunas reflexiones nacidas del aspecto y de la esencia de las cosas, para prestar á mis conclusiones algún viso de probabilidad. En cuanto á la educación primaria, podré ser muy breve: desde luego, porque nunca el elogiado niega la competencia del elogio, y también porque la evidente superioridad de este sistema escolar es la consecuencia necesaria de premisas conocidas.Existen actualmente (1893) en Boston 585 escuelas públicas generales[63], que pueden agruparse como sigue para nuestro concepto latino: 1º instrucción secundaria (primeros años): una escuela normal, 10 escuelas superiores y de latín; instrucción primaria: 55 escuelas de gramática, 476 de primeras letras y 43 Kindergartens. Hay un personal docente total de 1364 maestros, que se descompone así: 163 hombres; 1201 mujeres[64]. Ahora bien, fuera de la dirección de algunas escuelas de gramática, no existe un solo maestro en la instrucción primaria: está exclusivamente confiada á la mujer. Es la primera explicación de su excelencia. La educación infantil es, en efecto, obra de paciencia solícita y dedisciplina casi maquinal, en que la mujer americana (sobre todo la bostoniense) tiene que sobresalir, mayormente cuando su tarea está regularmente distribuída y encajada, por así decirlo, en programas, textos y preceptos pedagógicos de una claridad y eficacia insuperables. Repito que algunasPrimary Schoolsde Boston me han dado la idea de la perfección. Los locales son generalmente agradables y cómodos, sin el relumbrón advenedizo ni las proporciones inadecuadas de otras partes; los educandos, varones y mujeres, evolucionan, material y moralmente, con una precisión metódica y, si vale la expresión, una «autodocilidad» que causan admiración. El material escolar, desde el mueblaje hasta el texto de lectura (tengo en vista, sobre todo, la bonitaFranklin seriede lectura, en cinco tomos graduados)[65]es el último eslabón provisional de una cadena de mejoramientos incesantes, estimulados por el interés y la competencia. Las maestras—regularmente, las exportadas no dan idea cabal del género—poseen todas las cualidades profesionales: revelan una convicción profunda en el cumplimiento del deber y un ardor de propaganda patriótica que es producto del medio ambiente. Ni tampoco debe evocarse una imagen deteacherrígida y casi asexuada, que fuera un programa en acción. Desde luego, casi todas las maestras primarias son jóvenes, como los tenientes en el ejército; muchas de ellas elegantes y bonitas; todas correctas, dignas (dignified), criadas las más pobres en esta atmósfera de independencia y altivez, en que entra como elemento principaleste triple concepto: 1º que los Estados Unidos son la primera nación del mundo; 2º que Boston es elHubde los Estados Unidos; 3º que la función educativa es la más noble y honrosa que exista en la República. Dadas todas esas premisas, como decía, la consecuencia era fácil de prever; y causa una suerte de respeto el asistir á las lecciones y ejercicios infantiles, que sin duda realizan el ideal tangible de un pueblo enérgico, activo, mental y moralmente homogéneo, cuyas facultades todas deben converger, desde la primera edad, á la lucha por la vida y á la fortuna,—siendo así que dichas facultades prácticas se robustecen con la poda metódica de la gracia espontánea, de la imaginación creadora y otras ramas «superfluas» de la planta frutal.Desgraciadamente, el éxito obliga—es decir, encadena. Perseguidos además por la obsesión de superar á la Europa, imitándola,—lo que implica contradicción en los términos,—los Estados Unidos han creído que resolvían el problema con incluir humanidades y ciencias en sus planes de estudios y organizar la instrucción secundaria y superior sobre el modelo de la primaria. Tengo el convencimiento de que, á este respecto, su fracaso es poco menos que absoluto, y claro está que si esta conclusión resulta del experimento efectuado en Boston y Cambridge, será aplicablea fortiorial resto del país.La Universidad de Harvard.Como su homónima inglesa, Cambridge es una villa universitaria; pero dicho se está que, á pesar de la acumulación y dimensiones de los edificios: halls, salones de estudios, bibliotecas, museos y laboratorios del famoso Colegio de Harvard,dista mucho el conjunto de recordar la nobleza y serena majestad delalma materbritánica. Es propiamente un arrabal de Boston, separado de la capital por el río Charles, que el tramway eléctrico atraviesa en elWest Boston Bridge; y, aunque el crudo invierno entristece el camino, es una excursión instructiva y agradable que repetiré casi diariamente. El primer día, el amable presidente de la Universidad, Mr. Charles W. Eliot, me acompañaba á todas partes con una complacencia inagotable, á que daban mayor realce aún la ruda temperatura y la nieve congelada en las aceras. Consignaré de paso un lijero incidente que activó la confianza de nuestras relaciones; uno de mis cien resbalones sobre el hielo fué menos feliz que otros, y como mi solícito acompañante me tomase del brazo para restablecer el equilibrio instable, nos quedamos los dos sentados en el sitio: «Es lo que llamamos en Francia (díjele riendo)rompre la glace». Se rió también y supongo que había entendido.La universidad de Harvard, la más antigua é importante de los Estados Unidos, comprende, además del Colegio propiamente dicho, las facultades de derecho, medicina y teología; las escuelas de veterinaria, de arte dentario y de agricultura, á más de otros establecimientos casi independientes: museos, bibliotecas, observatorio, gimnasio, jardín botánico, iglesias de todas las comuniones, etc. Es ocioso decir que es institución autónoma; vive de sus rentas, procedentes de donaciones que se acrecen anualmente, y se administra por sus Estatutos yGoverning Boards, sin intervención directa ni indirecta del Estado. La población escolar, fuera de los cursos de verano, fué durante el último año académico (1892) de 2658 estudiantes, distribuídos en internados libres; agréguense á éstos un conjunto de 253 profesores, casi todos residentes, y 55 empleadosadministrativos, y se comprenderá el efecto imponente que produce tal organismo educativo, con su centenar de departamentos aislados, algunos seculares, otros recientes, confortables ó lujosos todos ellos, separados por parques y céspedes, y que se desenvuelven alrededor del Old Cambridge, donde se levanta el Colegio, cubriendo un espacio de una milla cuadrada.Si bien no hay límite de edad para la admisión, las condiciones exigidas la mantienen entre 18 y 19 años. Los estudiantes más jóvenes ófreshmenson, pues, ya hombres, y hombres americanos, es decir acostumbrados alself-control. Se les trata como tales, dejándoles vivir con la más completa independencia[66]. Ellos mismos se organizan enclubs, para comer, trabajar y divertirse juntos. Por subscripción entre antiguos alumnos se ha erigido un imponenteMemorial Hallá «los estudiantes y graduados que perdieron la vida durante la guerra civil». En el vestíbulo revestido de mármol están grabados los nombres de las víctimas, y el interior ¡es un inmenso refectorio estudiantil!Reina la misma libertad para la habitación; entre otros inmuebles, el Colegio posee vastosbuildingsde cuatro pisos, divididos en aposentos de dos ó tres piezas para alquilar á los estudiantes, variando los precios, según la comodidad y la situación, entre 25 y 300 dollars; pero no hay obligación de preferir estos alojamientos, y muchos viven en casas particulares; ni tampoco los inquilinos universitarios están sujetos áreglamento alguno. Es costumbre que cada estudiante tenga un compañero de cuarto óchum, con quien comparte los gastos de alquiler é instalación, pues el colegio no suministra sino el local desnudo. Visito algunosdormitoriescon el presidente Eliot; los «dueños de casa» nos reciben en su salita, comogentlemená otrosgentlemen, sin que nada revele la disciplina escolar; algunos interiores son confortables y hasta lujosos, con piano, cuadros, tapices; otros modestos, todos cuidados, con mucho orden y aseo, y las paredes están cubiertas de fotografías. Nadie se encoge ante el Rector, por más extraña á los estudios que parezca la ocupación del momento: ello es negocio suyo; uno que está dibujando nos enseña con una sonrisa su empezada caricatura, otro se vuelve á sentar al piano y, á pedido mío, continúa una sonata de Haydn ... Nada menos tieso ygourméque el trato de M. Eliot, con profesores y alumnos, nada que se aleje más de la solemnidad del Provisor francés.Me lleva en seguida al monumentalHemenway Gymnasium, también organizado en facultad, donde centenares de jóvenes practican el más variadophysical training, desde el clásico trapecio hasta las más complicadas y grotescas dislocaciones «calisténicas», tendentes á corregir en cada caso individual unlapsusde la naturaleza para constituir al «hombre normal». Penetramos en un departamento vecino, donde el director Sargent, rodeado de estatuas y aparatos, examina á una docena de jóvenes desnudos y, con auxilio de dinamómetros, esfigmómetros, espirómetros, etc., les receta minuciosamente la clase de ejercicio adecuado á su idiosincrasia y perfecta armonización. Es la pedantería del atletismo; pero los sajones ignoran el ridículo. El presidente llama á un examinando, que se acerca sin perturbarse y, con la ingenuidadde un joven griego, exhibe su musculosa desnudez. De ahí pasamos á las salas de lucha y pugilato, á los campos detennisybase-ball, donde se preparan con ardor increíble losmatchescon las universidades rivales. Mr. Eliot atribuye una importancia que encuentro exagerada á esta faz de la educación universitaria; pero, ante mis objeciones, se ve en el caso de confesar que, de algunos años á esta parte, eltrainingintelectual viene perdiendo todo lo que gana el físico. Vamos adelante; pues el amable rector no acaba de hacerme recorrer sucesivamente las instalaciones materiales de todos los departamentos, bibliotecas, laboratorios, museos científicos, etc., etc., repitiéndome, con una insistencia que casi me envanece, que todo ello había sido muy admirado por mi compatriota, M. de Coubertin. El «laboratorio» de botánica, sobre todo, enciende su entusiasmo: aquí, dos ó tres preparadores especiales viven ocupados en modelar amorosamente en cera y pintura, frutas, hojas y flores de todas las especies americanas,—y me esfuerzo en admitir que ese taller de floristas se relacione estrechamente con el progreso de las ciencias naturales ...Terminada la larga visita domiciliaria, el presidente me hace los honores del Cambridge histórico, enseñándome algunos sitios memorables: la secularShepard Church, el olmo famoso bajo el cual Washington tomó el mando del ejército patriota; laCraigie Housedel poeta Longfellow; loshomesde Russell Lowell, Agassiz y otras glorias americanas. Me señala al pasar loscottagesde algunos profesores, las estatuas del fundador Harvard, de Josiah Quincy, del puritano Bridge ... La nieve y la tarde de invierno amortiguan el paisaje, pero me figuro sin esfuerzo el encanto atractivo de esta existencia tranquila y estudiosa en la dulzura de los hábitos diarios; así como las galas primaverales de estos parquesy jardines, hoy mustios y descoloridos, durante la estación de los gorjeos en los follajes obscuros y de las brisas perfumadas en el ambiente, á la hora de los alegres paseos sobre los céspedes de verde terciopelo.Tomamos ellunchen la residencia del profesor S., el conocido geólogo. Interior amplio y confortable; la familia nos recibe en unhalllleno de cuadros, flores,bibelots; hay una docena de personas: académicos, cuatro ó cinco señoras y niñas. La dueña de casa y sus hijas han viajado por Europa (el profesor ha residido en Montpellier); su conversación es amena y, para mí, curiosa, por la mezcla de distinción mundana yscholarshipbostoniense. La charla deriva inevitablemente á las representaciones que está dando Henry Irving en el gran teatro de Boston, y quedo sorprendido, no tanto por la prevista información literaria de las señoras, cuanto por la apreciación crítica, solemne y «banal» de los profesores. Paréceme asistir á un examen dehigh schoolsobre Shakespeare; y como una de lasmissesparece gastar humor travieso, y recordar que ha pasado algunos años no lejos de Tarascón, me ocurre, por vía de estudio, dirigirle, á propósito deHamlet, unasgalejadasmeridionales: «¡Ah! sí,indeed, ¡admirable obra maestra! Pero ¡qué singular monólogo! Un príncipe que coloca entre las amarguras insoportables de la vida la «lentitud de los pleitos» (law’s delay) y «¡la descortesía de los empleados!» Y luego, esa ocurrencia, en la esplanada, á media noche: «¡Mi cartera! ¿dónde está mi cartera? ¡¡Urge escribir (I set it down) que se puede sonreir, siendo un villano!!»—Mis huéspedes se sonrien, sin servillain, pero de dientes afuera, revelando tan poca afición aljokeque baraja sus hábitos mentales como al que revolviese los muebles del salón. Es natural que la gente puritana no cultive la paradoja;pero, en general, el yankee no percibe la ironía sino aderezada con el humorismo elefantino de Mark Twain.Salimos, y el excelente Mr. Eliot me acompaña hasta elcar; después de agradecerle todas su finezas, le expreso mi deseo de volver algunas veces para asistir á las conferencias del Colegio. Me concede el permiso con toda amabilidad; y he podido, en efecto, sentarme al lado de los alumnos durante una semana, no sólo en las clases y anfiteatros, sino también en loseating clubs, como un estudiante libre un poco postergado. Pero paréceme que el digno presidente, sobre todo después de mis herejías shakespearianas, creía que mi misión se limitaba á conocer y admirar loshallsde la Universidad—como M. de Coubertin.El departamento académico, que se llama propiamente el Colegio de Harvard, corresponde en principio á la Facultad de filosofía de los alemanes, ó á nuestras facultades latinas de ciencias y letras reunidas—si se incorporara al plan de estudios el año superior de los liceos. No sólo por el número de sus alumnos (las dos terceras partes de la totalidad), pero sobre todo por el carácter fundamental y educativo de sus asignaturas, es el Colegio el departamento más importante y el que suministra el criterio real de la cultura americana. Fuera de que no podría tener opinión valedera sobre muchas asignaturas técnicas y profesionales de otros departamentos, es evidente que los estudios académicos son los que contienen la característica de la enseñanza superior.Esta característica, como era de preverse, es la misma que aparece en la organización material de la Universidad, y la que domina toda la sociología americana: la independencia individual y elself-control. En el curso académico, que duracuatro años, sólo el plan de estudios del primer año es obligatorio en teoría; para los demás, las asignaturas son en su mayor parte electivas. Cada estudiante designa á su antojo, en el árbol frondosode omni re scibili, las materias sobre que habrá de examinarse al fin del curso, sin distinción de años ni necesidad de vincularlas á sus exámenes anteriores. Puede, comosophomore(2º año), abandonar el griego que desfloró comofreshman, substituir la filología clásica por el cálculo diferencial, dar examen desenior(4º año) sobre asignaturas independientes de las que aprobó comojunior(3º año), etc. Las cuatro divisiones del colegio se confunden fragmentariamente en los mismos anfiteatros: á la conferencia de «lenguas semíticas» (profesor Toy), por ejemplo, asistían como alumnos: 2 graduados, 4seniors, 2juniors, 2sophomores, 1freshmany 1special student. Tratábase de literatura arábiga, y era muy evidente que algunos oyentes (desde luego elfreshman) no conocían los elementos de la lengua ni acaso el alfabeto árabe. Y así con todo. No es del caso averiguar el valor científico de los profesores; baste decir que todos ellos dictan tres ó cuatro cursos, fuera de otras atenciones universitarias, para comprender cómo les sea imposible dedicarse á investigaciones personales. Los cursos son orales, sin deberes escritos ni interrogaciones, y cada profesor formula su programa y lo desenvuelve con absoluta libertad. Algunos de los textos clásicos inspiran dudas penosas, si no acerca de la competencia profesoral, al menos respecto de su diligencia: encuentro bajo un flamante disfraz yankee á viejos conocidos míos: muchos autores científicos europeos que han sido desterrados de nuestros colegios secundarios: Ganot, Legendre, Privat-Deschanel; los anticuados alternan con los novísimos, y, por ejemplo, me cuesta creer que la explicación del soloManualmaterialista de Lotze contenga un cuadro cabal del pensamiento filosófico moderno. Otros programas de alta literatura extranjera inspiran una dulce alegría: v. g: un curso declásicos españolesdedicado áGil Blas; otro de clásicos franceses confiere la igualdad universitaria á Corneille, Racine, Balzac, About, Dumas y ... Amédée Achard (The Clos-Pommier!!). El orden de las materias en los programas suele también ser algo inesperado; encuentro, por ejemplo, que los jóvenes matemáticos estudiarán los logaritmos después de la trigonometría plana,with its applications to navigation; sin duda la trigonometría esférica se aplicará á la agrimensura, en el otro semestre. En literatura clásica, losfreshmense dedican á traducir el texto griego de los trágicos y del mismo Aristófanes, dejando para después á Homero y Jenofonte; lo propio acaece en latín con lasOdasde Horacio, que preceden al clarísimo Cicerón ... Pero todo ello, y lo demás, se justifica cuando se asiste á las conferencias, que se componen esencialmente de traducciones hechas con el textoen regard, sin temas ni ejercicios gramaticales anteriores: evidentemente, para quien ignora la lengua, el aprendizaje mnemónico del sentido, por la versión yuxtalineal, no presenta diferencia, ya se trate de Tácito, ya de Cornelio Nepote ...No creo, pues, que sea aventurado ni excesivo afirmar que no existe en los Estados Unidos lo que en Alemania y Francia se entiende por educación superior universitaria. Ello se explica al punto con saber que no existe tampoco verdadera educación secundaria. Faltando la base, es decir, la sólida preparación del gimnasio y del liceo, la enseñanza universitaria, aunque fuese lo que no es, no hallaría el firme cimiento en que pudiera asentarse. ¿De dónde salen, en efecto, estosfreshmende primer año, que vienen á seguir en Harvardla senda sinuosa que les conducirá al magisterio en artes ó al doctorado profesional? Los más favorecidos, los menos numerosos, traen un certificado de la únicaLatin Schoolde varones (cuyo plan es idéntico al de la de mujeres); otros lo tienen de lasHigh schoolsde Boston; muchos, por fin, proceden de otros Estados, donde la organización escolar es muy inferior á la del Massachusetts. Pero los mismos privilegiados, que pudieron desflorar las asignaturas secundarias y saludar de pasada el griego ó la historia literaria, no han conocido otro régimen intelectual que el de la educación primaria, en los primeros cursos, y el mismo de la universidad en los últimos: á saber, la disciplina infantil, por una parte, y, por la otra, la ausencia de disciplina.El plan de estudios de lasHigh Schoolsde Boston (varones y mujeres) comprende cuatro años óclasses; el de laLatin School, seis, y correspondenominalmenteá la enseñanza «moderna» de los colegios franceses[67]. Pero, fuera de lo inconexo y superficial de los programas, hay que asistir á las lecciones y recorrer los textos clásicos, para comprobar lo dicho más arriba, respecto del carácter subalterno y mujeril de la enseñanza, con excepción quizá de las matemáticas elementales. Forman la base de la instrucción: la recitación de manuales (Leading Facts of History;Hand-book of Science, etc.) para algunas materias; la traducción yuxtalineal de trozos selectos para las lenguas clásicas y extranjeras (Half-Hours with Greek and Latin authors, etc.); para todas las asignaturas, la absorción pasiva y maquinal de datosobjetivos y hechos concretos, sin asomo de gusto, de espontaneidad, de crítica personal, así en los maestros, como en los alumnos de uno y otro sexo. Porque, si no existe ya lacoeducationmaterial, funcionando por separado las escuelas de varones y de niñas, persiste en realidad por la identidad de los programas, de losteachersy de los métodos. Aquí los hombres aprenden y saben las ciencias y las letras como las mujeres suelen saberlas, es decir, de memoria. Y ante esa distribución mecánica de la ración pensante, á que diez veces he asistido, nunca dejó de acudir á mi memoria la escena cómica de aquel personaje de Dickens, que se nos muestra visitando una escuela y declamando su profesión de fe positiva y práctica: «No enseñéis á esos varones y niñas sino hechos: ¡es lo único necesario en la vida ...![68]»Tal es eltrainingque se llama educación, con el aditamento de introducirse en las clases superiores el socorrido sistema de la materias electivas, que deja al alto criterio del alumno el sustituir la historia de Roma por la de Inglaterra ó el griego por el francés, y recíprocamente. Si se recuerda que, en Alemania y Francia, excelentes jueces se oponen á que los estudios clásicos de lasRealschuleny delEnseignement moderne(que no admiten comparación con el mecanismo de lasHigh Schools) sean válidos para las carreras universitarias, se comprenderá por qué el kaleidoscopio de Harvard no responde, ni puede responder, sino á una ilustración rápida y dispersa, á un rozamiento superficial deHalf-Hourscon la literatura, la filosofía y la ciencia pura, y que sólo prepara para el plagio y la mediocridad. Y es así como los Estados Unidosy el mismo Massachusetts han ingerido, en un tronco robusto de instrucción primaria, un deplorable vástago de educación superior, que se prodiga estérilmente en ramas y follajes sin producir el fruto de estación. Faltando la fuerte disciplina secundaria, la enseñanza superior se desploma en el vacío: no pasa de conferencias y programas extraordinariamente variados, que los estudiantes «curiosean» entre una función teatral y una larga sesión en el gimnasio.—«No hay (escribía J. de Maistre) métodos fáciles para aprender cosas difíciles». Los yankees han aplicado á las ciencias y las letras su artificio pedagógico de laprimary school; toman ó dan «lecciones objetivas» de matemáticas, física, astronomía, literatura clásica y filología comparada, despachando en algunos meses de pocas horas diarias los estudios que requieren años de ruda labor y sólida iniciación:sunt verba et voces, prætereaque nihil.—El punto en que realmente sobresalen las universidades yankees sobre todas las europeas, sin exceptuar á las inglesas, es el atletismo; el grave problema que preocupa á profesores y estudiantes durante el año académico, la rivalidad en que agotan sus esfuerzos los alumnos de Harvard y Yale—es elchampionshipde las regatas y delfoot-ball.Aunque en páginas anteriores he puesto de relieve la «estéril abundancia» y la falta absoluta de originalidad creadora que caracteriza la mente americana, no puedo dejar de presentar algunas reflexiones más, como prueba confirmativa de la conclusión á que he arribado respecto de la educación superior en la «Atenas» de los Estados Unidos. Claro está, con efecto, que si la alta educación literaria y científica no tiene en sí misma su propio fin, si llevan un objeto exterior y ulterior los grados universitarios, habremos de apreciar su eficacia por el rango que las ciencias y las letras yankees ocupanen el mundo. Ahora bien: este rango, no es posible disimularlo, es de los ínfimos,—y estamos aquí en sitio inmejorable para comprobarlo. Boston—con sus anexas Cambridge y Concord—era en verdad, á mediados del siglo, el gran foco de reflexión del pensamiento europeo en América. Á la distancia, y sobre todo para sus efectos civilizadores en la Nueva Inglaterra, la luz prestada casi desempeñaba el mismo oficio que si fuera propia, y hasta para la Europa originaria se hacía perceptible la vislumbre que el unitarismo de Channing y el trascendentalismo de Emerson irradiaban. La pléyade literaria del Massachusetts no tiene sucesores en estos enormes Estados Unidos, cuatro veces más poblados que entonces, y cubiertos de universidades, escuelas y bibliotecas. De este mar de hombres, que leen diarios y libros desde que saben andar, no surge una cabeza iluminada por el sol del genio. Más que nunca, el pueblo norteamericano viene siendo, según el dicho intraducible del menos yankee de los bostonienses, el más «deletreado» y el menos culto del orbe[69]. La decadencia es visible, y si bien la explica en parte el carácter de la enseñanza superior, tal como lo he bosquejado ante la mejor universidad del país, cumple preguntarse, para no exagerarla, si ella entraña una nueva manifestación regresiva, ó si es simplemente la agravación democrática del estado anterior.Creo que no es sino la evolución natural que, para ser claro y breve, he llamado antes la preponderancia del Oeste. El desarrollo físico del país y el fausto exterior de los «sepulcros blanqueados» acentúan sin duda el contraste, entre elcuerpo que ha crecido asombrosamente y el espíritu que ha mermado un poco: lo que antes fuera dudoso y discutible nos deslumbra ahora con su evidencia; pero, en el fondo, ha habido cambio en la proporción, mucho más que en la esencia. Aun en el apogeo de la «Academia» bostoniense, la característica del pensamiento americano ha sido siempre la ausencia de originalidad. La novedad del escenario ha podido en algunos casos producir ilusiones; en realidad, la influencia de Walter Scott es tan notable en Fenimore Cooper, como la de Barante en Prescott, la de Hoffmann en Hawthorne y la de todo el mundo en Longfellow. Parece al pronto que hacen excepción los dos ilustres bostonienses Emerson y Poe, y ello es cierto en alguna manera, pero no es sino para corroborar la ley general. Con hondas diferencias en su manifestación intelectual y su destino, ambos significan igualmente el aborto del genio «virtual», fuera de su medio propicio. Pudo todavía el humus colonial de la Nueva Inglaterra hacer brotar acá y allá la planta soberana, predestinada á ser roble soberbio en su patria de origen,—y sin duda no es casual la agrupación de los talentos americanos en el Massachusetts[70];—pero el talento creador es árbol de familia y, lejos del ambiente favorable, había de detenerse en su crecimiento y languidecer. Tenía Poe, más que el instrumento, el instinto genial del arte,—y así lo prueba su rudo batallar contra Longfellow y otros pálidos «moralistas» de lapoesía,—pero era superior á su producción desigual y enfermiza, finalmente sumergida en eldelirium tremens, como la de Baudelaire en la parálisis general. Poe es en América lo que sería Baudelaire en Francia, á no tener éste á su lado, y muy arriba de él, á los genios robustos que, por la diferencia de estatura, enseñan lo que va de la realización á la tentativa, de la originalidad al «excentrismo», de la salud á la enfermedad.—En cuanto al trascendental y simbólico Emerson, es muy sabido que fué una suerte de Carlyle americano, sin el estilo agudo ni la prodigiosa visión histórica del escocés[71]: éste suele tornarse obscuro á fuer de profundo; temo que á veces el otro parezca profundo á fuerza de obscuridad; en todo caso, nunca logró sacudir la fascinación que ejercía el queerasobre el quepudo ser; y sólo la ingenua vanidad de sus paisanos pudo igualar con el maestro al discípulo modesto que conservó hasta el fin, en frente de aquél, algo de la actitud respetuosa de Eckermann delante de Goethe[72].Con todo, así desmedradas ó fragmentarias, las producciones de Emerson y Poe quedan aparte y aisladas, distinguiéndose por su carácter personal de otras voluminosas imitaciones europeas que no necesito enumerar. Poesía, novela, historia, crítica: todo elstockliterario americano forma un conjunto de tentativas plausibles, honradas, no pocas de indiscutible utilidad por el asunto, pero subalternas y sin belleza artística. Algunos modernos, para salir de la huella imitativa, han dado un brusco tirón hacia el monte tupido, y la originalidad yankeerevienta en el enorme balbuceo de Walt Whitman (the true laureate of Democracy!) ó elclownismohumorístico de Mark Twain ... Entre tanto, los convencidos apologistas delAmerican Thought, Stedman, Richardson y otros, inclinados sobre el estanque nacional, describen á sus paisanos maravillados el brillo y magnitud de los astros que aparecen en su cristal: y es la verdad que nada les falta para poblar un firmamento y alumbrar la tierra—nada más que ser visibles á la distancia y convertirse, de reflejada imagen, en alta y perenne realidad.Esta carencia de personalidades geniales, tratándose sobre todo de una democracia en evolución, podría en suma explicarse y confundirse con el reposo fecundo de la incubación, si otros síntomas inquietantes no obscureciesen el diagnóstico. Los espíritus originales, en la ciencia y en el arte, no son un accidente, sino la manifestación esporádica de la substancia nacional. Los «reventones» metálicos que brotan á flor del suelo tienen un valor representativo muy superior al suyo propio: suelen ser indicio del mineral subterráneo que ramifica á todos rumbos sus vetas ignoradas. Por otra parte (si me es lícito prolongar la imagen), no se trata, en el caso actual, de un cantón desierto, vagamente entrevisto y cuyosprospectsadmitan cualquier sorpresa; sino de una vasta región explorada en todos sus repliegues, sondada paso á paso en sus capas superficiales y profundas, cuyo plano de relieve revela sus menores detalles y accidentes con insuperable exactitud; en tal situación, las innumerables muestras y ensayos cobran una importancia poco menos que absoluta; y si, después de millares de experimentos repetidos, el resultado del análisis acusa idénticamente la ausencia de metal puro y la invariable mediocridad de la combinación,es legítimo inferir que no existe la capa aurífera.Hace un siglo que las generaciones sucesivas de los Estados Unidos, en número creciente de diez, de veinte, de sesenta millones de individuos, han instituído la experimentación, al parecer más completa y decisiva, para descubrir y sacar á luz el espíritu nacional; cubierto el territorio de universidades y colegios, empapelado de libros y periódicos; admirablemente preparada la exhibición inmediata del talento presumible por la igualdad en las leyes y las costumbres, y suscitada su aparición por el anhelo general,—nada se ha producido que entrañe una promesa viable, una lejana esperanza de ver surgir, algun día, la teoría científica ó la obra de arte original que arranque al mundo un grito de admiración. Y bien, la sentencia se formula por sí sola: la democracia absoluta, la tabla rasa de las tradiciones y el desdén de toda preocupación ideal, se traducen en lo especulativo por la mediocridad uniforme é incurable—que es la forma más perfecta de la igualdad.—Y ante el aborto evidente de la tentativa secular, acaso parezca más triste que la robusta inconsciencia del Oeste, sólo preocupado de crecer y engordar, esta estéril pertinacia delHubbostoniense, empeñado infatigablemente, como Wagner, el fámulo de Fausto, en aprender las fórmulas y recetas de la ciencia, en juntar, dentro de la redoma de vidrio, los elementos que sólo producirán el homúnculo irrisorio y caricatural[73].Una nación, como un individuo, puede desarrollarse prósperay feliz, sin aspirar á la gloria suprema de ser en la noche de los siglos una de las antorchas que sirvan de guía al resto de la humanidad: bástale para ello encerrarse en su optimismo egoista, y desechar como un vano juguete todo culto desinteresado é ideal, entonando el prosaico «Salmo de la vida», que es la negación de toda belleza y la demostraciónad absurdode su inutilidad:Trust no Future, howe’er pleasant!Let the dead Past bury its dead!...[74]Ese futuro de que se desconfía es la esperanza inmortal; esos muertos, que elpioneeradvenedizo no se digna enterrar, se llaman la tradición, el recuerdo entristecido, la mirada pensativa y dulce á lo que fué y pasó, para no revivir sino al llamamiento mágico del arte evocador—es decir, el sentimiento del misterio y del ensueño que es toda la poesía. ¿Á qué vienen, entonces, esos ridículos é impotentes remedos de la cultura europea, esos aprendizajes, sin convicción ni éxito posible, de las altas disciplinas intelectuales, y esos aldabonazos importunos á las puertas del templo donde el profano no quiere orar? Más lógico y plausible, lo repito, es elrushmaterialista del Oeste, que limita sus deseos y no mira más allá del objeto que su mano puede alcanzar; y por eso dije antes que era Chicago la ciudad más representativa de los Estados Unidos, aquella de cuya robusta y simplificada «plataforma» está proscripto el ocioso fantaseo artístico.Me vuelve á la memoria una extraña palabra de Heródoto, que, soltada de paso por el narrador ingenuo, reviste para mí la belleza profunda de un mito; después de describir á los «anónimos» y los fabulosos Atlantes, el «padre de la historia» termina con este rasgo inesperado: «y se dice de este pueblo queno sabe soñar...»[75]. El dón del ensueño, la visión y el anhelo de lo ideal ¿no es también lo que falta á la moderna Atlántida?
EL MASSACHUSETTS
BOSTON Y CAMBRIDGE
En materia de asistencia escolar efectiva, el Massachusetts, con sus 7859 escuelas y su 450.000 alumnos para una población de 2.239.000 habitantes, ha alcanzado el resultado ideal y absoluto: la cifra de 20 escolares por 100 habitantes debe de representar la proporción demográfica, siendo muy probable queningún ciudadanofuturo resulte analfabeto. Dos datos demuestran que dicho resultado ha sido alcanzado en la región entera: 1º el hecho de ser sensiblemente igual la escolaridad de todos los condados; 2º el hecho de que el acrecentamiento escolar sea, de algunos años atrás, exactamente igual al de la población. Mirada por esta faz anterior, pues, la obra parece concluída y perfecta: falta saber si la substancia es digna del molde, y si la calidad de la educación distribuída corresponde á su cantidad.
Respecto de la educación primaria en todos sus grados, mi respuesta es categóricamente afirmativa; no sucede lo mismo para la secundaria (LatinyHigh Schools, primer año deHarvard College); y, en lo que atañe á la educación superior (Harvard University) es decididamente negativa. Desgraciadamente, no podré poner á la vista del lector los datos comparativos y las cien observaciones diarias que han concurrido á establecer este último juicio; pero confío en que bastarán algunas reflexiones nacidas del aspecto y de la esencia de las cosas, para prestar á mis conclusiones algún viso de probabilidad. En cuanto á la educación primaria, podré ser muy breve: desde luego, porque nunca el elogiado niega la competencia del elogio, y también porque la evidente superioridad de este sistema escolar es la consecuencia necesaria de premisas conocidas.
Existen actualmente (1893) en Boston 585 escuelas públicas generales[63], que pueden agruparse como sigue para nuestro concepto latino: 1º instrucción secundaria (primeros años): una escuela normal, 10 escuelas superiores y de latín; instrucción primaria: 55 escuelas de gramática, 476 de primeras letras y 43 Kindergartens. Hay un personal docente total de 1364 maestros, que se descompone así: 163 hombres; 1201 mujeres[64]. Ahora bien, fuera de la dirección de algunas escuelas de gramática, no existe un solo maestro en la instrucción primaria: está exclusivamente confiada á la mujer. Es la primera explicación de su excelencia. La educación infantil es, en efecto, obra de paciencia solícita y dedisciplina casi maquinal, en que la mujer americana (sobre todo la bostoniense) tiene que sobresalir, mayormente cuando su tarea está regularmente distribuída y encajada, por así decirlo, en programas, textos y preceptos pedagógicos de una claridad y eficacia insuperables. Repito que algunasPrimary Schoolsde Boston me han dado la idea de la perfección. Los locales son generalmente agradables y cómodos, sin el relumbrón advenedizo ni las proporciones inadecuadas de otras partes; los educandos, varones y mujeres, evolucionan, material y moralmente, con una precisión metódica y, si vale la expresión, una «autodocilidad» que causan admiración. El material escolar, desde el mueblaje hasta el texto de lectura (tengo en vista, sobre todo, la bonitaFranklin seriede lectura, en cinco tomos graduados)[65]es el último eslabón provisional de una cadena de mejoramientos incesantes, estimulados por el interés y la competencia. Las maestras—regularmente, las exportadas no dan idea cabal del género—poseen todas las cualidades profesionales: revelan una convicción profunda en el cumplimiento del deber y un ardor de propaganda patriótica que es producto del medio ambiente. Ni tampoco debe evocarse una imagen deteacherrígida y casi asexuada, que fuera un programa en acción. Desde luego, casi todas las maestras primarias son jóvenes, como los tenientes en el ejército; muchas de ellas elegantes y bonitas; todas correctas, dignas (dignified), criadas las más pobres en esta atmósfera de independencia y altivez, en que entra como elemento principaleste triple concepto: 1º que los Estados Unidos son la primera nación del mundo; 2º que Boston es elHubde los Estados Unidos; 3º que la función educativa es la más noble y honrosa que exista en la República. Dadas todas esas premisas, como decía, la consecuencia era fácil de prever; y causa una suerte de respeto el asistir á las lecciones y ejercicios infantiles, que sin duda realizan el ideal tangible de un pueblo enérgico, activo, mental y moralmente homogéneo, cuyas facultades todas deben converger, desde la primera edad, á la lucha por la vida y á la fortuna,—siendo así que dichas facultades prácticas se robustecen con la poda metódica de la gracia espontánea, de la imaginación creadora y otras ramas «superfluas» de la planta frutal.
Desgraciadamente, el éxito obliga—es decir, encadena. Perseguidos además por la obsesión de superar á la Europa, imitándola,—lo que implica contradicción en los términos,—los Estados Unidos han creído que resolvían el problema con incluir humanidades y ciencias en sus planes de estudios y organizar la instrucción secundaria y superior sobre el modelo de la primaria. Tengo el convencimiento de que, á este respecto, su fracaso es poco menos que absoluto, y claro está que si esta conclusión resulta del experimento efectuado en Boston y Cambridge, será aplicablea fortiorial resto del país.
La Universidad de Harvard.
Como su homónima inglesa, Cambridge es una villa universitaria; pero dicho se está que, á pesar de la acumulación y dimensiones de los edificios: halls, salones de estudios, bibliotecas, museos y laboratorios del famoso Colegio de Harvard,dista mucho el conjunto de recordar la nobleza y serena majestad delalma materbritánica. Es propiamente un arrabal de Boston, separado de la capital por el río Charles, que el tramway eléctrico atraviesa en elWest Boston Bridge; y, aunque el crudo invierno entristece el camino, es una excursión instructiva y agradable que repetiré casi diariamente. El primer día, el amable presidente de la Universidad, Mr. Charles W. Eliot, me acompañaba á todas partes con una complacencia inagotable, á que daban mayor realce aún la ruda temperatura y la nieve congelada en las aceras. Consignaré de paso un lijero incidente que activó la confianza de nuestras relaciones; uno de mis cien resbalones sobre el hielo fué menos feliz que otros, y como mi solícito acompañante me tomase del brazo para restablecer el equilibrio instable, nos quedamos los dos sentados en el sitio: «Es lo que llamamos en Francia (díjele riendo)rompre la glace». Se rió también y supongo que había entendido.
La universidad de Harvard, la más antigua é importante de los Estados Unidos, comprende, además del Colegio propiamente dicho, las facultades de derecho, medicina y teología; las escuelas de veterinaria, de arte dentario y de agricultura, á más de otros establecimientos casi independientes: museos, bibliotecas, observatorio, gimnasio, jardín botánico, iglesias de todas las comuniones, etc. Es ocioso decir que es institución autónoma; vive de sus rentas, procedentes de donaciones que se acrecen anualmente, y se administra por sus Estatutos yGoverning Boards, sin intervención directa ni indirecta del Estado. La población escolar, fuera de los cursos de verano, fué durante el último año académico (1892) de 2658 estudiantes, distribuídos en internados libres; agréguense á éstos un conjunto de 253 profesores, casi todos residentes, y 55 empleadosadministrativos, y se comprenderá el efecto imponente que produce tal organismo educativo, con su centenar de departamentos aislados, algunos seculares, otros recientes, confortables ó lujosos todos ellos, separados por parques y céspedes, y que se desenvuelven alrededor del Old Cambridge, donde se levanta el Colegio, cubriendo un espacio de una milla cuadrada.
Si bien no hay límite de edad para la admisión, las condiciones exigidas la mantienen entre 18 y 19 años. Los estudiantes más jóvenes ófreshmenson, pues, ya hombres, y hombres americanos, es decir acostumbrados alself-control. Se les trata como tales, dejándoles vivir con la más completa independencia[66]. Ellos mismos se organizan enclubs, para comer, trabajar y divertirse juntos. Por subscripción entre antiguos alumnos se ha erigido un imponenteMemorial Hallá «los estudiantes y graduados que perdieron la vida durante la guerra civil». En el vestíbulo revestido de mármol están grabados los nombres de las víctimas, y el interior ¡es un inmenso refectorio estudiantil!
Reina la misma libertad para la habitación; entre otros inmuebles, el Colegio posee vastosbuildingsde cuatro pisos, divididos en aposentos de dos ó tres piezas para alquilar á los estudiantes, variando los precios, según la comodidad y la situación, entre 25 y 300 dollars; pero no hay obligación de preferir estos alojamientos, y muchos viven en casas particulares; ni tampoco los inquilinos universitarios están sujetos áreglamento alguno. Es costumbre que cada estudiante tenga un compañero de cuarto óchum, con quien comparte los gastos de alquiler é instalación, pues el colegio no suministra sino el local desnudo. Visito algunosdormitoriescon el presidente Eliot; los «dueños de casa» nos reciben en su salita, comogentlemená otrosgentlemen, sin que nada revele la disciplina escolar; algunos interiores son confortables y hasta lujosos, con piano, cuadros, tapices; otros modestos, todos cuidados, con mucho orden y aseo, y las paredes están cubiertas de fotografías. Nadie se encoge ante el Rector, por más extraña á los estudios que parezca la ocupación del momento: ello es negocio suyo; uno que está dibujando nos enseña con una sonrisa su empezada caricatura, otro se vuelve á sentar al piano y, á pedido mío, continúa una sonata de Haydn ... Nada menos tieso ygourméque el trato de M. Eliot, con profesores y alumnos, nada que se aleje más de la solemnidad del Provisor francés.
Me lleva en seguida al monumentalHemenway Gymnasium, también organizado en facultad, donde centenares de jóvenes practican el más variadophysical training, desde el clásico trapecio hasta las más complicadas y grotescas dislocaciones «calisténicas», tendentes á corregir en cada caso individual unlapsusde la naturaleza para constituir al «hombre normal». Penetramos en un departamento vecino, donde el director Sargent, rodeado de estatuas y aparatos, examina á una docena de jóvenes desnudos y, con auxilio de dinamómetros, esfigmómetros, espirómetros, etc., les receta minuciosamente la clase de ejercicio adecuado á su idiosincrasia y perfecta armonización. Es la pedantería del atletismo; pero los sajones ignoran el ridículo. El presidente llama á un examinando, que se acerca sin perturbarse y, con la ingenuidadde un joven griego, exhibe su musculosa desnudez. De ahí pasamos á las salas de lucha y pugilato, á los campos detennisybase-ball, donde se preparan con ardor increíble losmatchescon las universidades rivales. Mr. Eliot atribuye una importancia que encuentro exagerada á esta faz de la educación universitaria; pero, ante mis objeciones, se ve en el caso de confesar que, de algunos años á esta parte, eltrainingintelectual viene perdiendo todo lo que gana el físico. Vamos adelante; pues el amable rector no acaba de hacerme recorrer sucesivamente las instalaciones materiales de todos los departamentos, bibliotecas, laboratorios, museos científicos, etc., etc., repitiéndome, con una insistencia que casi me envanece, que todo ello había sido muy admirado por mi compatriota, M. de Coubertin. El «laboratorio» de botánica, sobre todo, enciende su entusiasmo: aquí, dos ó tres preparadores especiales viven ocupados en modelar amorosamente en cera y pintura, frutas, hojas y flores de todas las especies americanas,—y me esfuerzo en admitir que ese taller de floristas se relacione estrechamente con el progreso de las ciencias naturales ...
Terminada la larga visita domiciliaria, el presidente me hace los honores del Cambridge histórico, enseñándome algunos sitios memorables: la secularShepard Church, el olmo famoso bajo el cual Washington tomó el mando del ejército patriota; laCraigie Housedel poeta Longfellow; loshomesde Russell Lowell, Agassiz y otras glorias americanas. Me señala al pasar loscottagesde algunos profesores, las estatuas del fundador Harvard, de Josiah Quincy, del puritano Bridge ... La nieve y la tarde de invierno amortiguan el paisaje, pero me figuro sin esfuerzo el encanto atractivo de esta existencia tranquila y estudiosa en la dulzura de los hábitos diarios; así como las galas primaverales de estos parquesy jardines, hoy mustios y descoloridos, durante la estación de los gorjeos en los follajes obscuros y de las brisas perfumadas en el ambiente, á la hora de los alegres paseos sobre los céspedes de verde terciopelo.
Tomamos ellunchen la residencia del profesor S., el conocido geólogo. Interior amplio y confortable; la familia nos recibe en unhalllleno de cuadros, flores,bibelots; hay una docena de personas: académicos, cuatro ó cinco señoras y niñas. La dueña de casa y sus hijas han viajado por Europa (el profesor ha residido en Montpellier); su conversación es amena y, para mí, curiosa, por la mezcla de distinción mundana yscholarshipbostoniense. La charla deriva inevitablemente á las representaciones que está dando Henry Irving en el gran teatro de Boston, y quedo sorprendido, no tanto por la prevista información literaria de las señoras, cuanto por la apreciación crítica, solemne y «banal» de los profesores. Paréceme asistir á un examen dehigh schoolsobre Shakespeare; y como una de lasmissesparece gastar humor travieso, y recordar que ha pasado algunos años no lejos de Tarascón, me ocurre, por vía de estudio, dirigirle, á propósito deHamlet, unasgalejadasmeridionales: «¡Ah! sí,indeed, ¡admirable obra maestra! Pero ¡qué singular monólogo! Un príncipe que coloca entre las amarguras insoportables de la vida la «lentitud de los pleitos» (law’s delay) y «¡la descortesía de los empleados!» Y luego, esa ocurrencia, en la esplanada, á media noche: «¡Mi cartera! ¿dónde está mi cartera? ¡¡Urge escribir (I set it down) que se puede sonreir, siendo un villano!!»—Mis huéspedes se sonrien, sin servillain, pero de dientes afuera, revelando tan poca afición aljokeque baraja sus hábitos mentales como al que revolviese los muebles del salón. Es natural que la gente puritana no cultive la paradoja;pero, en general, el yankee no percibe la ironía sino aderezada con el humorismo elefantino de Mark Twain.
Salimos, y el excelente Mr. Eliot me acompaña hasta elcar; después de agradecerle todas su finezas, le expreso mi deseo de volver algunas veces para asistir á las conferencias del Colegio. Me concede el permiso con toda amabilidad; y he podido, en efecto, sentarme al lado de los alumnos durante una semana, no sólo en las clases y anfiteatros, sino también en loseating clubs, como un estudiante libre un poco postergado. Pero paréceme que el digno presidente, sobre todo después de mis herejías shakespearianas, creía que mi misión se limitaba á conocer y admirar loshallsde la Universidad—como M. de Coubertin.
El departamento académico, que se llama propiamente el Colegio de Harvard, corresponde en principio á la Facultad de filosofía de los alemanes, ó á nuestras facultades latinas de ciencias y letras reunidas—si se incorporara al plan de estudios el año superior de los liceos. No sólo por el número de sus alumnos (las dos terceras partes de la totalidad), pero sobre todo por el carácter fundamental y educativo de sus asignaturas, es el Colegio el departamento más importante y el que suministra el criterio real de la cultura americana. Fuera de que no podría tener opinión valedera sobre muchas asignaturas técnicas y profesionales de otros departamentos, es evidente que los estudios académicos son los que contienen la característica de la enseñanza superior.
Esta característica, como era de preverse, es la misma que aparece en la organización material de la Universidad, y la que domina toda la sociología americana: la independencia individual y elself-control. En el curso académico, que duracuatro años, sólo el plan de estudios del primer año es obligatorio en teoría; para los demás, las asignaturas son en su mayor parte electivas. Cada estudiante designa á su antojo, en el árbol frondosode omni re scibili, las materias sobre que habrá de examinarse al fin del curso, sin distinción de años ni necesidad de vincularlas á sus exámenes anteriores. Puede, comosophomore(2º año), abandonar el griego que desfloró comofreshman, substituir la filología clásica por el cálculo diferencial, dar examen desenior(4º año) sobre asignaturas independientes de las que aprobó comojunior(3º año), etc. Las cuatro divisiones del colegio se confunden fragmentariamente en los mismos anfiteatros: á la conferencia de «lenguas semíticas» (profesor Toy), por ejemplo, asistían como alumnos: 2 graduados, 4seniors, 2juniors, 2sophomores, 1freshmany 1special student. Tratábase de literatura arábiga, y era muy evidente que algunos oyentes (desde luego elfreshman) no conocían los elementos de la lengua ni acaso el alfabeto árabe. Y así con todo. No es del caso averiguar el valor científico de los profesores; baste decir que todos ellos dictan tres ó cuatro cursos, fuera de otras atenciones universitarias, para comprender cómo les sea imposible dedicarse á investigaciones personales. Los cursos son orales, sin deberes escritos ni interrogaciones, y cada profesor formula su programa y lo desenvuelve con absoluta libertad. Algunos de los textos clásicos inspiran dudas penosas, si no acerca de la competencia profesoral, al menos respecto de su diligencia: encuentro bajo un flamante disfraz yankee á viejos conocidos míos: muchos autores científicos europeos que han sido desterrados de nuestros colegios secundarios: Ganot, Legendre, Privat-Deschanel; los anticuados alternan con los novísimos, y, por ejemplo, me cuesta creer que la explicación del soloManualmaterialista de Lotze contenga un cuadro cabal del pensamiento filosófico moderno. Otros programas de alta literatura extranjera inspiran una dulce alegría: v. g: un curso declásicos españolesdedicado áGil Blas; otro de clásicos franceses confiere la igualdad universitaria á Corneille, Racine, Balzac, About, Dumas y ... Amédée Achard (The Clos-Pommier!!). El orden de las materias en los programas suele también ser algo inesperado; encuentro, por ejemplo, que los jóvenes matemáticos estudiarán los logaritmos después de la trigonometría plana,with its applications to navigation; sin duda la trigonometría esférica se aplicará á la agrimensura, en el otro semestre. En literatura clásica, losfreshmense dedican á traducir el texto griego de los trágicos y del mismo Aristófanes, dejando para después á Homero y Jenofonte; lo propio acaece en latín con lasOdasde Horacio, que preceden al clarísimo Cicerón ... Pero todo ello, y lo demás, se justifica cuando se asiste á las conferencias, que se componen esencialmente de traducciones hechas con el textoen regard, sin temas ni ejercicios gramaticales anteriores: evidentemente, para quien ignora la lengua, el aprendizaje mnemónico del sentido, por la versión yuxtalineal, no presenta diferencia, ya se trate de Tácito, ya de Cornelio Nepote ...
No creo, pues, que sea aventurado ni excesivo afirmar que no existe en los Estados Unidos lo que en Alemania y Francia se entiende por educación superior universitaria. Ello se explica al punto con saber que no existe tampoco verdadera educación secundaria. Faltando la base, es decir, la sólida preparación del gimnasio y del liceo, la enseñanza universitaria, aunque fuese lo que no es, no hallaría el firme cimiento en que pudiera asentarse. ¿De dónde salen, en efecto, estosfreshmende primer año, que vienen á seguir en Harvardla senda sinuosa que les conducirá al magisterio en artes ó al doctorado profesional? Los más favorecidos, los menos numerosos, traen un certificado de la únicaLatin Schoolde varones (cuyo plan es idéntico al de la de mujeres); otros lo tienen de lasHigh schoolsde Boston; muchos, por fin, proceden de otros Estados, donde la organización escolar es muy inferior á la del Massachusetts. Pero los mismos privilegiados, que pudieron desflorar las asignaturas secundarias y saludar de pasada el griego ó la historia literaria, no han conocido otro régimen intelectual que el de la educación primaria, en los primeros cursos, y el mismo de la universidad en los últimos: á saber, la disciplina infantil, por una parte, y, por la otra, la ausencia de disciplina.
El plan de estudios de lasHigh Schoolsde Boston (varones y mujeres) comprende cuatro años óclasses; el de laLatin School, seis, y correspondenominalmenteá la enseñanza «moderna» de los colegios franceses[67]. Pero, fuera de lo inconexo y superficial de los programas, hay que asistir á las lecciones y recorrer los textos clásicos, para comprobar lo dicho más arriba, respecto del carácter subalterno y mujeril de la enseñanza, con excepción quizá de las matemáticas elementales. Forman la base de la instrucción: la recitación de manuales (Leading Facts of History;Hand-book of Science, etc.) para algunas materias; la traducción yuxtalineal de trozos selectos para las lenguas clásicas y extranjeras (Half-Hours with Greek and Latin authors, etc.); para todas las asignaturas, la absorción pasiva y maquinal de datosobjetivos y hechos concretos, sin asomo de gusto, de espontaneidad, de crítica personal, así en los maestros, como en los alumnos de uno y otro sexo. Porque, si no existe ya lacoeducationmaterial, funcionando por separado las escuelas de varones y de niñas, persiste en realidad por la identidad de los programas, de losteachersy de los métodos. Aquí los hombres aprenden y saben las ciencias y las letras como las mujeres suelen saberlas, es decir, de memoria. Y ante esa distribución mecánica de la ración pensante, á que diez veces he asistido, nunca dejó de acudir á mi memoria la escena cómica de aquel personaje de Dickens, que se nos muestra visitando una escuela y declamando su profesión de fe positiva y práctica: «No enseñéis á esos varones y niñas sino hechos: ¡es lo único necesario en la vida ...![68]»
Tal es eltrainingque se llama educación, con el aditamento de introducirse en las clases superiores el socorrido sistema de la materias electivas, que deja al alto criterio del alumno el sustituir la historia de Roma por la de Inglaterra ó el griego por el francés, y recíprocamente. Si se recuerda que, en Alemania y Francia, excelentes jueces se oponen á que los estudios clásicos de lasRealschuleny delEnseignement moderne(que no admiten comparación con el mecanismo de lasHigh Schools) sean válidos para las carreras universitarias, se comprenderá por qué el kaleidoscopio de Harvard no responde, ni puede responder, sino á una ilustración rápida y dispersa, á un rozamiento superficial deHalf-Hourscon la literatura, la filosofía y la ciencia pura, y que sólo prepara para el plagio y la mediocridad. Y es así como los Estados Unidosy el mismo Massachusetts han ingerido, en un tronco robusto de instrucción primaria, un deplorable vástago de educación superior, que se prodiga estérilmente en ramas y follajes sin producir el fruto de estación. Faltando la fuerte disciplina secundaria, la enseñanza superior se desploma en el vacío: no pasa de conferencias y programas extraordinariamente variados, que los estudiantes «curiosean» entre una función teatral y una larga sesión en el gimnasio.—«No hay (escribía J. de Maistre) métodos fáciles para aprender cosas difíciles». Los yankees han aplicado á las ciencias y las letras su artificio pedagógico de laprimary school; toman ó dan «lecciones objetivas» de matemáticas, física, astronomía, literatura clásica y filología comparada, despachando en algunos meses de pocas horas diarias los estudios que requieren años de ruda labor y sólida iniciación:sunt verba et voces, prætereaque nihil.—El punto en que realmente sobresalen las universidades yankees sobre todas las europeas, sin exceptuar á las inglesas, es el atletismo; el grave problema que preocupa á profesores y estudiantes durante el año académico, la rivalidad en que agotan sus esfuerzos los alumnos de Harvard y Yale—es elchampionshipde las regatas y delfoot-ball.
Aunque en páginas anteriores he puesto de relieve la «estéril abundancia» y la falta absoluta de originalidad creadora que caracteriza la mente americana, no puedo dejar de presentar algunas reflexiones más, como prueba confirmativa de la conclusión á que he arribado respecto de la educación superior en la «Atenas» de los Estados Unidos. Claro está, con efecto, que si la alta educación literaria y científica no tiene en sí misma su propio fin, si llevan un objeto exterior y ulterior los grados universitarios, habremos de apreciar su eficacia por el rango que las ciencias y las letras yankees ocupanen el mundo. Ahora bien: este rango, no es posible disimularlo, es de los ínfimos,—y estamos aquí en sitio inmejorable para comprobarlo. Boston—con sus anexas Cambridge y Concord—era en verdad, á mediados del siglo, el gran foco de reflexión del pensamiento europeo en América. Á la distancia, y sobre todo para sus efectos civilizadores en la Nueva Inglaterra, la luz prestada casi desempeñaba el mismo oficio que si fuera propia, y hasta para la Europa originaria se hacía perceptible la vislumbre que el unitarismo de Channing y el trascendentalismo de Emerson irradiaban. La pléyade literaria del Massachusetts no tiene sucesores en estos enormes Estados Unidos, cuatro veces más poblados que entonces, y cubiertos de universidades, escuelas y bibliotecas. De este mar de hombres, que leen diarios y libros desde que saben andar, no surge una cabeza iluminada por el sol del genio. Más que nunca, el pueblo norteamericano viene siendo, según el dicho intraducible del menos yankee de los bostonienses, el más «deletreado» y el menos culto del orbe[69]. La decadencia es visible, y si bien la explica en parte el carácter de la enseñanza superior, tal como lo he bosquejado ante la mejor universidad del país, cumple preguntarse, para no exagerarla, si ella entraña una nueva manifestación regresiva, ó si es simplemente la agravación democrática del estado anterior.
Creo que no es sino la evolución natural que, para ser claro y breve, he llamado antes la preponderancia del Oeste. El desarrollo físico del país y el fausto exterior de los «sepulcros blanqueados» acentúan sin duda el contraste, entre elcuerpo que ha crecido asombrosamente y el espíritu que ha mermado un poco: lo que antes fuera dudoso y discutible nos deslumbra ahora con su evidencia; pero, en el fondo, ha habido cambio en la proporción, mucho más que en la esencia. Aun en el apogeo de la «Academia» bostoniense, la característica del pensamiento americano ha sido siempre la ausencia de originalidad. La novedad del escenario ha podido en algunos casos producir ilusiones; en realidad, la influencia de Walter Scott es tan notable en Fenimore Cooper, como la de Barante en Prescott, la de Hoffmann en Hawthorne y la de todo el mundo en Longfellow. Parece al pronto que hacen excepción los dos ilustres bostonienses Emerson y Poe, y ello es cierto en alguna manera, pero no es sino para corroborar la ley general. Con hondas diferencias en su manifestación intelectual y su destino, ambos significan igualmente el aborto del genio «virtual», fuera de su medio propicio. Pudo todavía el humus colonial de la Nueva Inglaterra hacer brotar acá y allá la planta soberana, predestinada á ser roble soberbio en su patria de origen,—y sin duda no es casual la agrupación de los talentos americanos en el Massachusetts[70];—pero el talento creador es árbol de familia y, lejos del ambiente favorable, había de detenerse en su crecimiento y languidecer. Tenía Poe, más que el instrumento, el instinto genial del arte,—y así lo prueba su rudo batallar contra Longfellow y otros pálidos «moralistas» de lapoesía,—pero era superior á su producción desigual y enfermiza, finalmente sumergida en eldelirium tremens, como la de Baudelaire en la parálisis general. Poe es en América lo que sería Baudelaire en Francia, á no tener éste á su lado, y muy arriba de él, á los genios robustos que, por la diferencia de estatura, enseñan lo que va de la realización á la tentativa, de la originalidad al «excentrismo», de la salud á la enfermedad.—En cuanto al trascendental y simbólico Emerson, es muy sabido que fué una suerte de Carlyle americano, sin el estilo agudo ni la prodigiosa visión histórica del escocés[71]: éste suele tornarse obscuro á fuer de profundo; temo que á veces el otro parezca profundo á fuerza de obscuridad; en todo caso, nunca logró sacudir la fascinación que ejercía el queerasobre el quepudo ser; y sólo la ingenua vanidad de sus paisanos pudo igualar con el maestro al discípulo modesto que conservó hasta el fin, en frente de aquél, algo de la actitud respetuosa de Eckermann delante de Goethe[72].
Con todo, así desmedradas ó fragmentarias, las producciones de Emerson y Poe quedan aparte y aisladas, distinguiéndose por su carácter personal de otras voluminosas imitaciones europeas que no necesito enumerar. Poesía, novela, historia, crítica: todo elstockliterario americano forma un conjunto de tentativas plausibles, honradas, no pocas de indiscutible utilidad por el asunto, pero subalternas y sin belleza artística. Algunos modernos, para salir de la huella imitativa, han dado un brusco tirón hacia el monte tupido, y la originalidad yankeerevienta en el enorme balbuceo de Walt Whitman (the true laureate of Democracy!) ó elclownismohumorístico de Mark Twain ... Entre tanto, los convencidos apologistas delAmerican Thought, Stedman, Richardson y otros, inclinados sobre el estanque nacional, describen á sus paisanos maravillados el brillo y magnitud de los astros que aparecen en su cristal: y es la verdad que nada les falta para poblar un firmamento y alumbrar la tierra—nada más que ser visibles á la distancia y convertirse, de reflejada imagen, en alta y perenne realidad.
Esta carencia de personalidades geniales, tratándose sobre todo de una democracia en evolución, podría en suma explicarse y confundirse con el reposo fecundo de la incubación, si otros síntomas inquietantes no obscureciesen el diagnóstico. Los espíritus originales, en la ciencia y en el arte, no son un accidente, sino la manifestación esporádica de la substancia nacional. Los «reventones» metálicos que brotan á flor del suelo tienen un valor representativo muy superior al suyo propio: suelen ser indicio del mineral subterráneo que ramifica á todos rumbos sus vetas ignoradas. Por otra parte (si me es lícito prolongar la imagen), no se trata, en el caso actual, de un cantón desierto, vagamente entrevisto y cuyosprospectsadmitan cualquier sorpresa; sino de una vasta región explorada en todos sus repliegues, sondada paso á paso en sus capas superficiales y profundas, cuyo plano de relieve revela sus menores detalles y accidentes con insuperable exactitud; en tal situación, las innumerables muestras y ensayos cobran una importancia poco menos que absoluta; y si, después de millares de experimentos repetidos, el resultado del análisis acusa idénticamente la ausencia de metal puro y la invariable mediocridad de la combinación,es legítimo inferir que no existe la capa aurífera.
Hace un siglo que las generaciones sucesivas de los Estados Unidos, en número creciente de diez, de veinte, de sesenta millones de individuos, han instituído la experimentación, al parecer más completa y decisiva, para descubrir y sacar á luz el espíritu nacional; cubierto el territorio de universidades y colegios, empapelado de libros y periódicos; admirablemente preparada la exhibición inmediata del talento presumible por la igualdad en las leyes y las costumbres, y suscitada su aparición por el anhelo general,—nada se ha producido que entrañe una promesa viable, una lejana esperanza de ver surgir, algun día, la teoría científica ó la obra de arte original que arranque al mundo un grito de admiración. Y bien, la sentencia se formula por sí sola: la democracia absoluta, la tabla rasa de las tradiciones y el desdén de toda preocupación ideal, se traducen en lo especulativo por la mediocridad uniforme é incurable—que es la forma más perfecta de la igualdad.—Y ante el aborto evidente de la tentativa secular, acaso parezca más triste que la robusta inconsciencia del Oeste, sólo preocupado de crecer y engordar, esta estéril pertinacia delHubbostoniense, empeñado infatigablemente, como Wagner, el fámulo de Fausto, en aprender las fórmulas y recetas de la ciencia, en juntar, dentro de la redoma de vidrio, los elementos que sólo producirán el homúnculo irrisorio y caricatural[73].
Una nación, como un individuo, puede desarrollarse prósperay feliz, sin aspirar á la gloria suprema de ser en la noche de los siglos una de las antorchas que sirvan de guía al resto de la humanidad: bástale para ello encerrarse en su optimismo egoista, y desechar como un vano juguete todo culto desinteresado é ideal, entonando el prosaico «Salmo de la vida», que es la negación de toda belleza y la demostraciónad absurdode su inutilidad:
Trust no Future, howe’er pleasant!Let the dead Past bury its dead!...[74]
Ese futuro de que se desconfía es la esperanza inmortal; esos muertos, que elpioneeradvenedizo no se digna enterrar, se llaman la tradición, el recuerdo entristecido, la mirada pensativa y dulce á lo que fué y pasó, para no revivir sino al llamamiento mágico del arte evocador—es decir, el sentimiento del misterio y del ensueño que es toda la poesía. ¿Á qué vienen, entonces, esos ridículos é impotentes remedos de la cultura europea, esos aprendizajes, sin convicción ni éxito posible, de las altas disciplinas intelectuales, y esos aldabonazos importunos á las puertas del templo donde el profano no quiere orar? Más lógico y plausible, lo repito, es elrushmaterialista del Oeste, que limita sus deseos y no mira más allá del objeto que su mano puede alcanzar; y por eso dije antes que era Chicago la ciudad más representativa de los Estados Unidos, aquella de cuya robusta y simplificada «plataforma» está proscripto el ocioso fantaseo artístico.
Me vuelve á la memoria una extraña palabra de Heródoto, que, soltada de paso por el narrador ingenuo, reviste para mí la belleza profunda de un mito; después de describir á los «anónimos» y los fabulosos Atlantes, el «padre de la historia» termina con este rasgo inesperado: «y se dice de este pueblo queno sabe soñar...»[75]. El dón del ensueño, la visión y el anhelo de lo ideal ¿no es también lo que falta á la moderna Atlántida?