VII

Tan alta la vi volar,un águila palomera,luego la vide bajarmás humilde que la sierra...

Tan alta la vi volar,un águila palomera,luego la vide bajarmás humilde que la sierra...

Tan alta la vi volar,un águila palomera,luego la vide bajarmás humilde que la sierra...

Tan alta la vi volar,

un águila palomera,

luego la vide bajar

más humilde que la sierra...

En la maravilla y calma de la noche una voz, recia y varonil, lanzó este cantar derecho á una ventana encendida, que se abría, cual ojo investigador, en la oscura fachada del palacio.

Era la ventana de Rosita y estaba en el segundo piso, vigilando la carretera con mucha curiosidad.

Debajo de aquel cuadro de luz, parpadeante como una estrella, se rebullía un grupo de hombres del campo.

Hasta siete serían, y hablaban quedamente entre gorjas y risas, escogiendo en su aldeano repertorio de coplas algunas intencionadas, como la deláguila palomera.

Arriba, en la habitación luminosa, Rosita sentada en el borde de su lecho intacto, desvelada y anhelante, escuchaba la cantaleta de los mozos; y al sonreirdespués de cada cantar, hubiérase dicho que tenía los ojos llenos de lágrimas; tanto lucían en su cara morena, húmedos y tristes.

De pronto el cuchicheo de abajo tomó proporciones de discusión; se oyeron algunas frases crudas y un juramento rotundo que calmó todas las voces.

Rosita apagó su vela de un soplo, y se acercó á escuchar, orilla de la ventana.

Un acento que le era conocido, el mismo que había lanzado el juramento, profirió con entereza:

—Cantares que «la piquen», sí; pero no que la dañen; ya os he dicho que la tengo ley...

Un murmullo de avenencia se inició en torno á una copla de despedida, y, poco después, la ronda de mozos se alejó lentamente, por la cinta blanca de un camino, que se retorcía entre praderas y bosques, en la angostura del valle, buscando salida por la hoz profunda, á la par del río.

Acodóse Rosita en su ventana, y, mirando cómo desaparecía el grupo rondador, exclamó callandito, con amargura honda:

—Todavía me quiere Manuel...

Después sus ojos, nublados de tristeza, se pusieron á rezar en el altar solemne de los cielos.

Bajo el rezo sin voz de su mirada, el corazón sincero de la moza se confesó con Dios, lanzando con valentía un gran secreto al espacio infinito.

Ella creyó que al rodar en la noche aquel secreto iba á quedar envuelto en una nube ó preso en una estrella, ó perdido, tal vez, en un repliegue del firmamento azul.

Pero fué el caso que la contrita confesión de Rosa se extendió por el cielo con una claridad nueva y extraña que no era de los astros, y que pudiera ser únicamente luz milagrosa y pura de una conciencia honrada.

Vió entonces, la infeliz, cómo en la luna y en un lucero claro y rutilante, que ella llamaba suyo desde niña, y en las estrellas todas, por el terso cristal inmaculado, resbalaba la imagen de su culpa; una culpa moral, involuntaria, pero negra y odiosa como la ingratitud.

Tremante y angustiada se llevó las dos manos á los ojos cargados de rocío, del rocío del alma que es el llanto; y después de enjugarlos con presteza, tornó á mirar ansiosa hacia la altura, creyendo hallarla limpia de su revelación.

Pero, más claros los cielos de su cara, mejor vieron cómo todo el dosel peregrino de la noche estaba empañado del terrible secreto de su vida...

Cayó Rosa de hinojos en la media penumbra de su cuarto, y en el acusador espejo del celaje vió pasar, luminosa y desnuda, toda la historia de su traición.

Era cierto que, olvidando gratitud y lealtad, como una loca, amaba tiempo hacía al señorito Gracián, al esposo de la mujer tan santa como bella que había sido su ángel protector años enteros.

Aquella pasión desordenada, nació de sus aficiones á seres y cosas brillantes. De amar lo portentoso y deslumbrador, llegó á enamorarse del hombre más galán de cuantos conocía, de aquel afortunado y apuesto, osado y triunfante como ninguno de los que la moza viera.

Cuando quiso pensar la sin ventura que aquel caballero podía ser para ella, perdición solamente, causa cierta de ingratitud y deshonor, ya era tarde, ya la pasión fatal se había ganado corazón y sentidos, y un incendio de amor le consumía con llama inextinguible.

Pero esta cuita, tan dolorosa y grave, no era un pecado para el ánima en pena de la moza.

Fué lo tremendo en el percance aquel, que anduvo ella propicia y diligente para hacerse notar del señorito; el cual, muy atareado en diversos problemas de su vida, apenas se había detenido á confirmar que la doncella era guapa, según él, á la vez queNenúfar, lo había dicho allá abajo en la playa, siendo Rosa una niña.

Sin duda el mismo Lucifer le inspiró á la muchacha perversos planes, que sin meditación ni consciencia fueron puestos en práctica audazmente.

Ella, que sólo de cuidar á Lali tenía obligación, mostrábase solícita para entrar en el cuarto de Gracián con hábiles pretextos, y servirle con una asiduidad tan extremosa como llena de pérfidas coqueterías.

Y el ángel que guardaba á Rosita fué, de seguro, quien preocupó á Gracián con tan arduos asuntos económicos, ó tan altas conquistas amorosas, que sus muchos cuidados le pusieron una venda en los ojos.

Pero el ángel, al cabo, se cansó de tomar precauciones salvadoras en favor de la pobre enamorada, y el caballero la miró de pronto, con la sorpresa de encontrarla nueva para su admiración y su codicia...

Rosita se quedaba asustada al recordar ahora, con una claridad mortificante, los esfuerzos que hizo para producir en Gracián la admirativa sorpresa... ¡Qué atrevimiento el de aquel peinado ondulante, hecho con tenacillas y postizos... Pues, ¿y la blusa azul, toda calada sobre el pecho y los brazos?... Con la intención de aparecer hermosa, ella le había preguntado á la modista:—Diga usted, ¿cuál color «me sentará más»? Y la modista, sin titubear, le respondió.

—El azul pálido, que es un hechizo en las morenas...

Luego de fabricar el peinado y la blusa, una tarde, cuando la luz caía, entró en el cuarto del señorito á cerrar las persianas.

Era la hora en que él solía llegar para mudarse deropa y para anunciar probablemente, que no se quedaba á comer. Rosa esperó al pie de una ventana, fingiendo que muy distraída contemplaba el jardín; y cuando sintió en la estancia pasos, se volvió con aire asustadizo, lo mismo que en la escena hubiera hecho una cómica hábil.

Con aquel ingenioso efecto teatral, toda su belleza tentadora y madura se le entró al señorito por los ojos.

Como los cortejantes que la moza había visto en las comedias, Gracián se le acercó, muy inflamada la mirada y la voz, para decirle:—¿No sabes que me gustas y te quiero?... ¿No sabes que te has hecho una mujer preciosa?...—Y le cogió una mano entre las suyas, y el talle luego, con un brazo firme. Sonaron en la puerta, muy discretos, un par de golpecitos, y un acento, como el de doña Cándida, angustioso, dijo:—Rosita, ¿estás aquí? Lali te llama...—¡El ángel de la guarda, compadecido de la ciega moza, todavía la quiso proteger!...

Después de aquella tarde, otros milagros de compasión divina envolvieron á la joven como en un manto protector. Gracián hizo un viaje rápido y misterioso como todos los suyos; luego, la nena estuvo algo malita, y Rosa no dejó de cuidarla ni un momento. Después... los convexos cristales inclinados siempre sobre la inacabable calceta de doña Cándida, se posaron encima de la muchacha con tal persistencia, que los veía, atisbadores y penetrantes, persiguiéndola hasta en sueños, como una lente mágica, al través de la cual Dios mismo leyera en su turbado corazón.

Huyendo, entonces, el reflejo obstinado de aquellos cristales, Rosa se retrajo modesta y acobardada, evitando todo encuentro á solas con el señorito, hasta que él acechó una ocasión para decirle:

—Tengo que hablar contigo muchas cosas...

Y la quiso abrazar. Desasióse Rosita del abrazo, suplicando con miedo.

—Déjeme usted, por Dios.

Pero muy cariñoso, repitió el señorito:

—Hemos de hablar; ya te diré yo cuándo; nada temas, hermosa.

Era esto en vísperas del viaje á la Montaña, y una vez en el valle, Gracián muy fácilmente buscó á Rosita sola, en los amplios locales de la casa, y le notificó sin más ambages:

—Una noche de estas subiré á tu cuarto; no te asustes, y espérame.

Nada repuso ella, conmovida por el espanto y el amor, y desde aquel instante vivía en la confusión terrible de un mal sueño, midiendo con pasos de sonámbula aquellas tumultuosas jornadas de su vida, tan apacibles en apariencia.

Lo más extraño del oculto lance era que el caballero, tan enamoradizo y caprichoso, no acudiese á la cita en doce noches; doce, largas y crueles, que Rosita le aguardó medio loca de pasión y de remordimientos. Ella tan esquiva y de mármol para cuantos la quisieron, ya con honrados propósitos, ya con finuras galantes; la que sólo una vez, por romántica fantasía, prendió su imaginación de un hombre que se dijo poeta; la mujer altanera y soñadora; la aldeanaartista, allí estaba sacudida por el espasmo de la pasión, destrozada por el brusco despertar de su rústica naturaleza, que, protestando de un largo cautiverio bajo el señorío espiritual, se revelaba en todo su arrogante poder, bravía y ardiente, como en el estío la sierra donde nació Rosa.

Celos y rabia sumaban un tormento mayor á la espera de la joven.

Sus sagaces ojos de enamorada habían visto delante de Gracián la figura altiva y donosa de otra mujer. Era la misma á quien él acompañó en Madrid una noche reciente, desde el hotel cuya puerta abrió Rosita, ya sintiendo una celosa sospecha hacia aquella que aceptaba, con tan patente agrado, la obsequiosa compañía del señorito.

De tiempo atrás la conociera Rosa, y mucho mejor al caballero poeta que le dió su nombre, oriundo del valle y bien querido en la comarca.

También conocía al hijo de ambos, aquel niño macilento y quejoso de quien tanto hablaba Lali; y la niña le había contado muy alegre, que aquellos señores, dueños de la casa contigua al palacio, iban también á la Montaña.

Las malas sospechas de la moza se aumentaron cuando observó que la dama gentil y morena coqueteaba lindamente con el señorito Gracián, apenas llegaron al valle ambas familias.

Juntos paseaban por la mies y por la selva: juntos subían á la montaña en traza de cazadores, ó charlaban en el jardín bajo los jazmines de un cenador mientras los niños jugaban. Juntos habían hecho ácaballo una larga excursión, hundiéndose en la hoz adusta, por el camino de Reinosa.

La señorita María los miraba ir y venir, con glacial indiferencia, en tanto que Rosita concebía un mortal aborrecimiento por aquella señora que embelesaba á Gracián, hasta el punto, sin duda, de hacerle olvidar que había dicho á otra mujer: «espérame...»

Y esperando, ya desesperada aquella noche de su confesión, después de llorar de rodillas en el suelo, lavada su conciencia por el llanto, se vió Rosa tan culpable de consentimientos y de ansias, que un bochorno ardiente le enrojeció las mejillas con ascua dolorosa.

Llamó á Dios en su ayuda y mentó con fervor á la Virgen del Camino, la patrona del valle.

Miró al lucero suyo, y su luz blanca estaba un poco roja; ¿qué sería?... Con impulso vehemente la muchacha fuése á cerrar la puerta con cerrojo, y se dijo: Aunque llame cien veces no he de abrir; quiero ser buena, quiero tener en el cielo una luz blanca siempre, una luz mía...

Sintió un rumor, apenas perceptible, cerquita de la puerta.

Escuchó ansiosa, y el rumor fué creciendo. ¿Pasos quizá?... Sí; unos pasos muy leves que se detenían... ¿Llamaban?... Sí; ya lo creo; llamaban despacito.

Rosa prendió la luz y abrió la puerta con júbilo demente.

Un gato negro hizofu, muy arisco, delante de la moza, y echó á correr con un galope avieso, encandilados los ojos y el rabo erguido...

Despeinada y llorosa, Rosita se durmió mucho más tarde, cansada de gemir y de rezar sobre su lecho, por divino milagro defendido.

Había dejado su ventana abierta, y la noche, gozosa, entraba por el cuarto, toda llena de un vago son de vida; voz de espumas fluyentes en el río, de besos de las hojas en el bosque, de amores de la brisa con la flor...

El pobre amor humano allí dormía, rendido de pesar, y el lucero de Rosa, blanco y puro, temblaba en la llanura de los cielos.

Era indudable que Gracián se aburría, una estancia en el campo de cerca de un mes, era mucho poema geórgico para aquel gran artista multiforme, aun contando con el aliciente de perseguir un par de conquistas amorosas. Por logradas las tenía el famoso cortejante, y con cinismo y jactancia clasificábalas en su imaginación de este modo: «Eva, que se hará desear para hacerse valer... equivale á decir que me costará un pico... Rosa, que espera mis órdenes rendida á discreción... «de balde y con gracia»... Total, dos empeños de poca monta, sin dificultades ni riesgos... Dos mujeres conseguidas sin más que extender la mano, como quien dice...»

Y al hacerse estas cuentas galanas, la triunfante sonrisa de Gracián se convertía en un bostezo prolongado y fastidioso. Trataba de ocultarse á sí mismo, que si algún lazo le detenía en el valle con deseo creciente y mortificador, era su propia mujer, la abandonada y ofendida esposa que ahora le parecía más bella y codiciable que nunca. La encontraba diferente á cada momento, y siempre encantadora como jamás se le había parecido. Algunas veces era María la niña novia de cándidos ojos y actitudes infantiles, pero más altiva, más arrogante y desdeñosa que cuando Gracián la enamoró enLas Palmeras, en facilísima escaramuza de pretendiente; en otras ocasiones adquiría una expresión ideal de Dolorosa, y con las azules pupilas rasas de llanto, las menos de azucena entrelazadas y el nimbo dorado de los cabellos, rutilante á modo de corona, le parecía á Gracián haberla visto cubierta de luctuosa túnica, con un puñal clavado en el corazón, conducida en andas por las calles en un cortejo de lágrimas y oraciones. Y aquel incrédulo, que no tenía firme en su alma ni una sola idea religiosa, contemplaba con extraño respeto, como una cosa nueva y fascinante, el santo dolor de la mujer que él llevó al altar, con engaño y perjurio, para marcarla con el hierro de la esclavitud, en martirio irremediable. Pero, de pronto, aquella pura frente contraída, aquel mirar nublado, aquella boca crispada, se aplacían en súbita transformación, y todo el semblante bellísimo tornábase dulcedumbre y alegría, como cuando en la mar arbolada y tormentosa salta una mano de viento bonancible.

Quedábanse entonces los ojos de María suspensos de alguna divina aparición, y en los labios le temblaba una sonrisa, colmada de promesas, que á Gracián le hacía estremecer. Estos cambios bruscos y peregrinos dábanle al esposo mucho cuidado, y le causaban un desasosiego que iba convirtiéndose en amorosa tentación. Tan menguadas consideraciones había guardado él á su esposa y en tan ruin estima la tuvo siempre, que la indiferencia ó la culpa le impidieron protestar de la tácita separación que entre ambos inició María, y que se consumaba en discreto disimulo, con todo el aparato de una avenencia cordial.

Y en aquella rara situación, Gracián el victorioso, el siempre feliz enamorado, sentía una singular inquietud al acercarse á su mujer con leves insinuaciones de íntima plática.

Sabía ella detenerle de tal modo en aquel camino, inútil hacía tiempo entre los dos, que sin hablarle, con una mirada, con un gesto, le hacía retroceder intimidado. Sin querer confesarle la derrota, calmaba elsuper-hombresu vanidad inmensa suponiendo que María, en silencioso culto, le adoraba, y que los insistentes y rendidos galanteos que él prodigaba á Eva, la tenían enojada y celosa.

Varias veces, dentro de su propia casa, soportó María enredos amorosos de Gracián y ofensas imperdonables; pero él se esforzaba en pensar que entonces no se había fijado como ahora en el efecto que el impudor de sus hazañas producía en aquella mujer paciente y noble. Quiso creer que la casualidad, y no una afición que despertaba, le ponía al descubierto aquella supuesta condición celosa de María, y ahogando con soberbia terrible su malestar interior, acariciaba con protectores ojos á la esposa, murmurando compasivo: ¡pobrecilla!...

Para distraerse de aquella sorda irritación que le sublevaba, esforzábase en cortejar á Eva sin recato ninguno, improvisando cacerías y paseos á los más pintorescos lugares de la comarca; y aunque siempre invitaba á su mujer á que tomara parte en aquellas excursiones, ella se disculpaba de asistir, invariablemente, con pretextos tan fútiles y poco justificados, que Eva, molestada por aquella displicencia mortificante, aceptaba los proyectos de Gracián con espíritu de venganza hacia María, y lanzábase en imprudentes holgorios con su galanteador, escandalizando aquella vecindad tranquila y timorata.

Se quedaba María muy á gusto en la dulce soledad de su jardín ó de sus habitaciones, libre para saborear la felicidad dolorosa de su alma, y mientras tanto los dos excursionistas disimulaban difícilmente su mutuo aburrimiento.

Eva sentía ya un verdadero asombro ante el silencio obstinado de su marido, y Gracián perdía terreno en el ánimo de la hermosa, á medida que la preocupaba aquella terca actitud del ausente y la dolía como una humillación injusta la indiferencia de aquel á quien para siempre creyó su esclavo.

Por su parte Gracián se fatigaba en las alternativas de resistencia y alientos á que Eva le tenía sometido, y suponiéndolas ajustadas á planes de astucia femenil, sentíase impaciente y disgustado.

Así pasaban los días tejiendo paradojas alrededor de nuestros personajes. Rosa, en acecho de los pasos del señorito, desfallecía en atroces luchas de insensata pasión. Su pobre corazoncito, macerado por lapena, se rasgaba en cauces de remordimientos cuando los ojos de la moza contemplaban á la señorita María, tan abandonada y tan bella, con el semblante divinizado por una apacible luz que á veces parecía de resignación y á veces de felicidad...

Una de aquellas mañanas agostizas, cálidas y radiantes, tempranito llamaron á la puerta del gabinete donde Eva dormía con Tristán. Acababa de vestirse la señora, cuando una voz infantil preguntó—¿se puede?... Y sin esperar contestación, la cabecita rizosa de Lali asomóse en la estancia.

—Ven, ven—gritó con afán Tristanito—¿me traes flores?

—Sólo traigo un clavel—dijo la niña, alzándole, rojo y húmedo, en su mano diminuta. Acercóse á la cama donde el niño se había sentado, muy contento, y añadió con delicioso aire maternal:

—He venido muy deprisa; luego te cogeré más flores, monín; ahora están llenas de rocío...

—¡Mucho has madrugado!—la dijo Eva amablemente.

Muy pizpireta, saltó la niña:

—Porque hoy hemos madrugado todos en casa; á mi papá se le ha ocurrido marcharse ahora áLas Palmerasen el tren correo, y como pasa á las ocho, desde el amanecer están en danza las maletas y los armarios... yo no sé las cosas que ha revuelto... ¡y eso que va por dos días!...

Eva se quedó estupefacta, y con un vago terror, murmuró entre dientes:

—¡Otra huída!...

Igual idea tuvo Tristán, que recordó con misterio asustadizo:

—También mi papá se fué de repente una mañana, con su maleta... ¿A dónde irán tan deprisa todos los papás?

Lali se echó á reir.

—¡Qué tonto eres!—dijo sentenciosa—Van deprisa porque el tren no espera. Mamá me ha contado que tu papá ha ido á Madrid á escribir versos y libros que valen mucho dinero, y después te va á comprar muchas cosas... muchísimas... Mi padre ha ido áLas Palmeras... ¿sabes dónde es?... Pues allá abajo, en una playa... ¿sabes lo que es playa?... La arena donde llegan las olas... El mar es como un río grande, grande... como un cielo todo de agua... ¡Da algo de miedo!... Pues allí tienen mis tíos una quinta, y en el periódico que escriben en aquel pueblo «leímos» anoche que había llegado á visitarlos una señora muy guapa de Madrid, que se llama condesa de Manrique... Y mi papá ha ido á verla.

Centellearon los africanos ojos de la dama, y Tristán levantó hacia ellos los suyos encendidos de ansiedades, para interrogar:

—¿Cómo dices que los versos son una tontería yque papá no sabe ganar dinero?... ¿No oyes que me va á comprar muchas cosas?...

No. Eva oía solamente aquellas palabras del parlamento de Lali, «una señora muy guapa, condesa de Manrique». Recordaba la breve escena enigmática entre Gracián y su mujer el día que en Madrid se despidió de ellos... Hablaron de Casilda Manrique con singular entonación. Seguramente era una mujer de quien María estaba celosa; una rival «de cuidado» también para las ilusiones de Eva...

Se puso á vestir al niño maquinalmente; luego le mandó con Lali al jardín para que allí le sirvieran el desayuno, y nerviosa, agitada, comenzó á peinarse delante del espejo.

En su endrina cabellera se asomaban con timidez las primeras canas, tan pocas y con tal precaución, que sólo ella las había advertido; aquella mañana le parecieron á Eva muchas más que otras veces; iba entreabriendo la madeja sedosa, y con mueca iracunda, al descubrirlas, renegando de la edad y de la suerte, golpeaba el suelo con el tacón agudo de su bota. Aquel día todo le salió á disgusto; el peinado, dificultoso y lento como nunca, se malogró en ondulaciones que á su parecer «no la sentaban». Halló su rostro descolorido y vulgar, señalado con las huellas del tiempo; sus modestos vestidos de diario, le parecían túnicas indecorosas; sus zapatos, inservibles; su habitación, miserable... Se creyó abandonada y vendida, víctima de estupendas traiciones y de infames atropellos... Como una furia se debatió en su cuarto contra imaginaria tormenta de infortunios, y, al medio día, salió de su encerrona con la repentina esperanza de que, torpe la sirviente, no le hubiera transmitido algún recadito galante de Gracián. Pero se frustró su presentimiento. Ni una palabra de cortés despedida tuvo para ella su ferviente adorador del día antes... Aun pretendió disculparle, imaginando que volvería pronto y no habría querido comprometerla con cartas ni avisos. Pero el nombre sonoro de la condesa de Manrique cayó sobre la débil disculpa como un sarcasmo cruel. Pasó toda la tarde en desesperada actitud, y, ya al anochecer, incapaz de resistir sola aquella silente meditación del crepúsculo, fuése de visita á la casona de Ensalmo. En la solana halló á María jugando con Lali y con Tristán como una nena; estaba hermosa y sonriente, con un aire juvenil, encantador. La figura amenazante de Eva avanzó sobre el grupo alegre como una sombra trágica, y su voz, impregnada de reproches ocultos, fué apagando las risas en silencio fatal.

En la quinta deLas Palmerassucedíanse las emociones más varias y curiosas, ocultas, en lo posible, bajo sonrientes hábitos de bailes, paseos y demás estivales holgorios.

Todas las caras, menos la del marqués, tenían puesto un antifaz deslumbrador.

El que usaba la marquesa solía rasgarse á menudo con un rebelde gesto de amargura, tan congojoso y desesperado, que movía á misericordia.

Desde que la ilustre familia llegó á la playa, parque, jardín y salones, tomaron en la quinta un continuo aspecto de fiesta. Veraneantes forasteros y familias visibles de la capital norteña se apresuraron á nutrir con brillante concurso la aristocrática mansión de los marqueses. Se extrañaba en aquellos regocijos la ausencia de Rafael, que, engolfado en su interminable dúo con Luisa Ramírez, deteníase apenas en los festejos familiares. La graciosa provinciana, que, con tan invencible poder atraía al marquesito, estabasiempre bella, con un encanto crepuscular, dulce como un recuerdo hermoso. Su risa seguía fluyendo, cantarina y saludable, á modo de arroyada bienechora. La afición que esta mujer inspiraba á Coronado, habíase convertido en un sentimiento profundo, lleno de dulcedumbre y simpatía; una mansa ternura algo filial, algo romántica y piadosa, que insensiblemente iba dignificando la existencia del mozo. Al influjo de aquel cariño noble, refrenadas las licencias de su juventud, llegó Rafael á pensar en los serenos placeres matrimoniales; pero iniciado vagamente este plan de boda, la familia de Coronado le opuso serias razones de apellidos, linajes y fortunas, íntimos problemas de suma importancia confiados todos á la descendencia del futuro marqués. Grave parecía el asunto, pero á Rafaelito le estimularon las dificultades, encendiendo con llama fuerte su propósito de consagrar marquesa á Luisa. Para hacerle desistir de aquel antojo, llegaron sus hermanas á asegurarle que Casilda Manrique, la diosa de la aristocracia madrileña, le prefería á todos sus adoradores—que eran muchos y escogidos—, pero él celebró su feliz suerte con una carcajada jocunda que le puso espantoso de feo.

—¿Casilda Manrique?—dijo con su voz cavernosa—¡muchas gracias!... Yo quiero una mujer para mí solo...

Como era tan hábil y tan bonita aquella celebrada condesa, las de Coronado se hicieron ilusiones de rendir á sus pies al marquesito, y lograron, con artes ingeniosas, llevarla áLas Palmerasuna temporada. Todo eran halagos y funciones para detener allí á labeldad «de moda», una viuda tan verde y tan magnífica, que se había adueñado de los más finos homenajes de la dorada sociedad. No estaba el prestigio de la condesa muy lustroso, pero las máculas de su reputación no eran obstáculo para que los próceres herederos atisbasen sus millones, que, según se decía, disfrutaban de limpieza cabal.

La de Manrique aceptaba pleitesías y cumplidos con una omnipotencia soberana, y tenía pendiente de su elección amorosa á un lucidísimo rebaño de aristocráticos borregos. Pero, cuando mayor era el ansia de conocer la voluntad de la condesa, susurróse en crítica elegante de salones, que Casilda tenía un amor, ó cosa así, y que el favorecido por la suerte se llamaba Gracián Soberano.

En la noticia, que no era cierta, tuvo mucha parte la jactancia habilidosa de Gracián, á quien tentó la codicia de añadir un laurel á su mote de «irresistible», comprometiendo con alardes fementidos á la festejada señora; y cuando supo que la condesa había llegado á la playa, apresuróse á cumplimentar á los marqueses con una visita que se prolongó entre lances placenteros. Dejóse la de Manrique, con fácil travesura, obsequiar por Soberano, pero con pruebas palmarias de que deseaba marido mucho más que galanteador. Era caso curioso y sorprendente ver á la viudita aprovechar las pocas ocasiones en que Rafael se le acercaba, para enconfitarse con el hombrecillo encanijado, y dejar al buen mozo con un palmo de narices.

Gracián se ponía frenético á favor de su radiantecareta, y las de Coronado se desesperaban viendo la risa con que Rafael iba á contarle á su madura novia aquellos éxitos, para que le sirvieran de solaz y de orgullo...

López, el impertérrito asentidor, el amigo complaciente y simple, soportaba con bendita conformidad la charla insulsa del marqués, contemplando á la marquesa con unos ojos pícaros y lánguidos, que á Benigno le hacían sonreir.

Y, de repente, como llovido del cielo, cayó en la playa Luis Galán, muy elegante, muy ufano, con los dientes blanquísimos... y con una cara de tonto, que no había más que pedirle. Pero ya dijo la marquesa en otra ocasión, que no era tonto, aunque lo parecía. Una insolente frescura fué lo que demostró presentándose en casa de Coronado «como si tal cosa» y con el decidido intento de hacerle la corte á Isabelita. Fué lo grave del caso que la muchacha se hacía un caramelo con Galán, y que don Agustín María Celada y Osorio acogió estos amores bajo su égida con tales entusiasmos, que la boda se daba por segura al poco tiempo...

Así cruzó el verano por la quinta, luminoso y florido. En el mar el rumor era un arrullo; en la ribera el viento una bendición; la luz en el celaje era una gracia ardiente y generosa.

La calma del valle y su silencio llegaron á ser para Eva una tortura. Su corazón vacío no le daba compañía en la soledad, ni mansedumbre en la tristeza; estaba sola con sus pasiones, en la más horrible de las soledades. Obstinándose en la suposición de que todos la traicionaban, la poseyó el terror de ver su cuerpo abandonado de la belleza, ídolo material de aquella mujer, único goce que la dió su fruto de dulzura falaz, amargo al fin... Se contemplaba en el espejo horas seguidas, escrutando la euritmia de sus formas y de sus facciones, con ojos agresivos, rencorosa y zahareña recordando las frases crueles y proféticas con que Diego una noche la llamó «pobre criatura sin más tesoro que su carne mísera»... Aquellas palabras le parecían ahora una maldición que empezaba á cumplirse, y loca de miedo, desde el fondo turbio de su conciencia, diera ya por seguro que todo le era infiel, que todo huía entre sus manos débiles y ansiosas, á no alzarse la imagen de su hijo mirándola, mirándola con muda y triste reconvención... ¡Su hijo que laadoraba, que era todo de ella, carne suya, alma suya!... ¿quién la había llamado pobre?... Ceñuda y dominante, con un placer torvo sin sonrisas, buscaba al niño y estrechábale en un abrazo duro que á Tristán le hacía gemir:—¡Mamita, me haces daño!...—y temeroso, hurtábase á la ardiente caricia de la madre, para correr con Lali á sus juegos...

Una noche de aquellas de Septiembre, ya largas y aun apacibles, Eva se despertó á las altas horas, soñando que tenía arrugado el semblante, mortecinos los ojos y blancos los cabellos; dió una voz lastimera, y echóse de la cama despavorida á buscar el espejo en la oscuridad del dormitorio. Le halló con tino de sonámbula, y se quiso mirar en él sin luz, con una obcecación desesperante.

Desorbitados los ojos en la negrura del vacío, con un santiguamiento febril y supersticioso, clamó horrorizada:—¡Estoy ciega, Dios mío, estoy ciega!...

Temblorosas las manos, frías y torpes, buscaron encima de los ojos, y á gritos como una poseída, Eva imploraba:—¡Luz... luz... misericordia!...

Despertó el nene lleno de susto, y su acento llorante cayó en la penumbra de la estancia como plañido de recental:

—Mamá, tengo miedo; estamos á oscuras...

Fué una brisa de clemencia para la desolación de la madre aquel aviso. Con desatinado aceleramiento encendió una vela, y sin atender al asombro del chiquitín, fuése al cristal del tocador, que, indiferente al trágico ademán, la ofreció una imagen tan bella como pávida y dura. La llama de la bujía, envolviendo á lamujer en nimbo tembloroso, prestóle tal encanto en el espejo, que ya desensoñada, conmovida por el goce de hallarse siempre hermosa, Eva lanzó un prolongado suspiro de bienestar.

Medio desnuda, con la sérica mata de pelo desmandada sobre los hombros, blanca por la emoción, la tez morena, sonriente un minuto, la señora exclamó triunfante.—¡Aun tengo mi hermosura!...

—Mamá—lloraba el niño—¿por que hablas sola, y gritas y no duermes?

Vuelta á su lado la madre, serenóse para dormirle. Le besaba, y mentalmente decía: tengo también á mi hijo; aquí está, le tengo para siempre... Y al ceñirle entre sus brazos fuertes y desnudos le hacía lamentarse:

—¡Me lastimas!...

Aflojando la cadena amorosa, logró la madre que durmiese el niño, mas con un sueño leve y anheloso, sueño de pesadilla ó de enfermedad.

Contemplábale Eva con angustia; su orgullo maternal herido estaba sobre el cuerpo inocente de aquel ángel, siempre en lucha con el dolor, ¡pobre ángel triste, con las alas caídas hacia la tierra!...

Sólo en aquel estío, ya expirante, había disfrutado Tristanito un poco de salud. Y al pensar esto, el recuerdo de Lali, alegre y sana, acometía como un dardo al corazón de Eva.

El rosicler indeciso de las mejillas, era en Tristán como un sonrojo del que pintó las rosas en la cara de Lali; la voz del niño, un eco de la garla gentil con que la nena cantaba el goce sano de la vida...

Todo en Lali era alegre y placentero, y al verla junto á Tristán comalido y atónico, diríase que era el sol de los ojos de la niña quien le daba un piadoso calor para vivir, y que el soplo tenue de su existencia era un aroma de la salud de Lali... Nunca Eva como entonces deseó aquel hijo que dormía en sus brazos, lastimoso y yacente como el ángel de mármol de un sepulcro.

En el pecho endurecido de aquella madre, los ocultos senos de la ternura se dilataron con una ansiedad desgarradora; había temblado la mujer con el terror de que su belleza fuése de cierto carne mísera, fruto amargo y doloroso; y tembló también por la carne flaca del hijo, fruto deleznable de una mentira de amor...

Como si reanudase su reciente sueño con un epílogo fúnebre, vióse lanzada por devastados caminos, hermosa y desnuda, con un tesoro en los brazos. Anduvo, anduvo en la vastedad de aquel desierto sin orillas, y halló una cosa reverberante que la atraía; era un cristal ó un lago, una lámina tersa que reproducía las imágenes. Acercóse trémula á descubrirlo, y se vió en un espejo vieja y ceñuda, á la luz de una llama tembladora... Su preciado tesoro era un ángel de mármol, duro y frío... Estaba pobre, sola, cargada con su carne marchita y con su niño muerto...

Amaneció en las cumbres de la cordillera cántabra, y aun Eva sentía pesar sobre sus párpados la cerrazón espantosa de una noche sin fin.

Al palidecer el paisaje con una ligera marchitez de otoño, la casona de Ensalmo hallóse lejos, moralmente, de la casita de Eva; sólo el cariño de Tristán y Lali las enlazaba, tendido como un cable de socorro entre dos náufragos que agonizan.

María, encerrada en los dulces pesares de su amor, traspasaba apenas los linderos del parque ó del jardín; pero los nenes, siempre juntos como hermanitos bien hallados, eran entre las madres ocasión de algunas visitas y conversaciones, lo bastante para que la frágil amistad de las dos señoras no se rompiera por completo...

Un día, Lali dijo:

—¡Cómo tarda en volver mi papá!

Y se estremeció María con una sorpresa dolorosa, como si hubiese olvidado que Gracián estuviera en el mundo... Amedrentóse con la certidumbre de aquel retorno, y el yugo de su cautiverio la hirió con implacable castigo. La pobre esclava apetecía la libertadcon unas ansias tan hondas y tan fuertes, que toda su existencia era un impulso errante, un vuelo roto... Del sopor de su vida despertaba para que la felicidad muriese entre sus manos; muchas veces, viéndola morir tan hermosa y risueña, estaba á punto María de perder la razón, y el arroyo de sus dolores, desatado y rugiente, desbordábase en llanura sin término.

La dama rubia y triste gustaba como nunca de la noche, que es novia del dolor. En su banco predilecto del jardín—en aquel de «la cita» inolvidable—, ó en su sillón de mimbres en la solana, abismábase en cavilaciones dolientes y dulces á la par. Tenían aquellas horas en el valle montañés un alarde raro de tristeza y de calma. El perfil altanero de las cumbres, recortado sobre apacible toldo celeste, daba un marco de encantadora irrealidad á la hondura de las hoces, toda envuelta en pálidos desfallecimientos de luna; un soplo tibio, como aliento del ábrego, mecía en el ambiente aromas bravos y penetrantes de hierba recién segada, y rezaban los bosques, lueñes y misteriosos, con lánguido rumor de brisa ó deshoja.

En aquel cuadro de meditación y de magia, la figura interesante de la enamorada yacía como en su propio lecho, en divino abandono; muchas veces, radiando en los azules ojos una santa luz de inmolación, susurraban los labios reverentes palabras de sacrificio y acatamiento, y una fugaz sonrisa renunciadora aplacía el bellísimo semblante. Mas, á poco, la hermosura de la mujer se humanizaba con resplandor ardiente de pasiones. Quedábase María escuchando con ansiedad los graves secretos del paisaje pensativo,y la aspirada fragancia del jardín la hacía estremecer; con el rostro oculto en sus cabellos y en sus lágrimas, musitaba entonces una súplica loca, sin que el pobre corazón implorante supiera por cuáles caminos había de llegar al cielo su amarga voz...

Durante sus deliquios amorosos solía ver la dama una silueta que erraba en el jardín como embriagada en el grato embeleso de la noche; maravillándose de tal descubrimiento observó, recelando del fantasma, y pudo descubrir que era Rosita aquella aparición triste y aventurera, desvelada entre las flores. Una de aquellas veces la doncella acertó á cruzar junto al escaño donde María trenzaba sus ensoñaciones en un completo olvido de la moza sonámbula. Alzóse de su asiento la señora viendo avanzar aquel perfil errante, y la muchacha lanzó un grito espantoso á la gentil figura de la dama, que imaginóse justiciera sombra. Con acento dolido, como una elegía, de hinojos murmuraba—¡Perdón, perdón!...

—¿Qué dices?... ¿perdón, de qué?

Y la albura del señoril ropaje se meció como nube serena sobre el abatimiento de la joven.

—¿En qué me has ofendido?—preguntó con asombro la señora. Y, dulcemente, le tendió sus manos, que en las manos morenas de Rosita semejaron dos lágrimas de luna.

—En todo, en todo—sollozó la moza, humillada y tremante.

—¿En todo?—repitió María con incrédula expresión—cuéntame, á ver...—Pero la muchacha, contemplando la apacible actitud de la señora, temió apenarla con el cruel secreto, y llena de rubores y de susto, balbució:

—Mañana se lo contaré á la señorita...

Y la besó las manos con ternura tan honda, que María, sintiendo la emoción de los instantes sublimes, puso los labios con benignidad sobre la frente de la doncella... Por diversos caminos del jardín se alejaron las dos hacia la casona, conmovidas y desconsoladas.

El rostro pálido y sobrenatural de la luna las estaba mirando desde el cielo con trágica sonrisa...

Al medio día cruzó con estrépito la carretera un automóvil, que giró por un camino vecinal entre las mieses, y se detuvo en la portalada orgullosa de la casa de Ensalmo. En el grave edificio hubo un revuelo de curiosidad, y la casita de Eva conmovióse también con la rápida trepidación de unas persianas. Rafaelito, disfrazado ventajosamente con el saco flotante y la carátula de automovilista, descendió del carruaje con una señora que, despojada de gasas, túnica y sombrero, resultó ser Benigna. Con alborozo y gritos asaltaron la casa los dos hermanos, pidiendo su cubierto en la mesa, y asegurando que llegaban con un hambre feroz, y que el heno en tendales de los campos les había dado una gana terrible de pacer...

Lali estaba muerta de risa, y María, recibiendo á sus primos, cariñosa, ordenó que la comida se sirviese pronto.

Expusieron los de Coronado con aceleramiento su propósito de llevarse á María y á Eva, aquella tarde,con los niños; venían por ellos decididamente; era menester sacar un poco á las dos señoras de aquel abismo de hoces y de torrentes, de campos agostizos y lánguidas arboledas... La playa estaba hermosa todavía; los nenes tenían que bañarse... Pero, ¿qué reclusión era aquélla? ¿Acaso un voto?... ¡Y los maridos por esos mundos!...

—Gracián divirtiéndose como un muchacho soltero—aseguró Benigna, sonriente y perversa.

Luego, insinuante, añadió:

—¿Por qué no has de venir tú con nosotros?

La cabeza rubia de la señora giró en dulce negativa; María, aquel año, se propuso no salir del valle hasta regresar á Madrid á fines de Octubre, ó algo después si el otoño se presentaba benigno... Agradecía mucho aquel empeño...

Y una firmeza singular se acentuaba en sus frases de gratitud, dejando á los solicitantes pocas esperanzas de éxito.

Siguió Benigna, sin embargo, obstinada en su convite, mientras los ojos de Rafael celebraron una fiesta de admiración sobre la dama; y en tanto que sirviesen la comida quisieron los de Coronado visitar á Eva. Por el lindero complaciente del jardín pasaron los tres á la casa vecina. Ya la de Villamor los aguardaba, adiestrándose en previsiones múltiples de aliño, indagaciones y disimulo. Estaba hermosa; satánicos los ojos, profundas las ojeras, y la tez más pálida que de costumbre. Agasajada por una invitación cordialísima, dejóse rogar, titubeando; pero al saber que María se quedaba en el valle, pareció decidida á consentir.

—Nada, nada, está resuelto—declaró Rafael—, usted y el niño se vienen con nosotros esta tarde; ahora es necesario que conquistemos á María para quedar victoriosos.

La rubia cabeza de querubín, en movimiento firme dijo otra vez—No... no...

Ardiendo en impaciencias, Eva quiso enterarse.

—¿Tienen ustedes muchos invitados?

—En nuestra casa—contestó Benigna—sólo quedan la de Manrique y su madre, Gracián, y la chica de Alfaro, íntima de Isabel; pero en los hoteles hay aún mucha gente de Madrid, y lo pasamos admirablemente.

—La condesa se marcha un día de estos—aventuró el acento profundo de Rafaelito. Y Benigna dirigiéndose á la de Ensalmo:—También Gracián—dijo—emprenderá desdeLas Palmerasuna excursión antes de venir á buscarte... ya sabrás...—Con discreta mesura, la voz musical de la esposa, que ignoraba los proyectos del infiel, repuso:

—Sí; ya sabía...—y un aire de sutil indiferencia envolvió estas palabras como en un tul vaporoso que flotó con misterio en la plática... Los ojos de María estaban parados en remota meditación, al borde de una mesa escritorio llena de papeles y libros. Aquella sala alegre, con balcones á la casona y al jardín, era la habitación preferida del poeta, su taller literario en otro tiempo; ¡tiempo distante, huído para siempre!

Las azules pupilas soñadoras tornáronse infantiles, de tan cándidas, al rimar los recuerdos de una adolescencia compartida fraternalmente con el hombre,amado ahora, en la desventura... Benigna y Eva discutían los inconvenientes de llevar al niño á la playa; resistíase de pronto la de Villamor, con nuevos escrúpulos, en aceptar la invitación para el nene, tan delicadito, tan mimoso... Era una fatiga salir con él fuera de casa...

—Pero le vendrán muy bien aquellos aires; quizá los baños... los de este mes son los mejores—anunciaba Benigna.

—No, no; es mucha molestia para ustedes.

—De ninguna manera...

Intervino María con prontitud:

—Déjamele á mí; con Lali estará muy contento.

Y el chiquillo, que se había deslizado en la visita y escuchado al lado de su madre, susurró:

—Sí; estaré muy contento.

Eva, inclinada á ceder, con jovial tono se querelló del nene:

—Yo voy á estar celosa de tu Lali... La quieres más que á mí...

Luego, irresoluta:—No sé que hacer—decía—, ¡le ha probado tan bien la aldea!

María insistió.

—Déjale...

Y Tristán, muy bajito:

—Sí... sí... me quedo con Lali.

—Dos ó tres días, si acaso—fué concediendo la mamá.

Todos quedaban satisfechos. EnLas Palmerasel niño no hacía falta; sólo Eva para divertir á Gracián, ó María para contenerle, á ver si librando á Casildade su asedio, arreciaba ella en las insinuaciones en torno á Rafael, y antes de partir la condesa dejaba comprometido con una declaración categórica al constante enamorado de Luisa Ramírez... Todo un plan de enredos y artificios, fraguándose en el ocio de la quinta...

Avisaron de la casona que la comida esperaba; y Eva se quedó con sus preparativos de viaje, inquieta, febril, dudando si sería una locura dejar á Tristán para correr á divertirse cerca de aquel hombre extraño y pérfido, que se burlaba de unas cuantas mujeres á la vez. Reteníala su orgullo, pero la empujaba una ardiente curiosidad de conocer á la de Manrique, y sentía un diabólico antojo de rivalizar con ella, de vencerla acaso, en aquel frívolo torneo de vanidades, que era el encanto de su vida... Al revolver su vestuario olvidó al niño; y destemplada, rabiosa, halló mezquinas todas las prendas de su ajuar, y tuvo la certidumbre de ser ella la criatura más desgraciada del mundo... Faldas, cuerpos, dijes y tocados, sufrieron tirones y sacudidas durante una hora cruel que pasó sobre Eva como un suplicio. Al cabo de perplejidades acerbas, quedó preparada una maletita con lo mejor que la vanidosa pudo elegir entre sus galas, y después de dar algunas órdenes á la sirviente única de la familia, y escribir una breve esquela á su marido, Eva en traje de excursión, bella siempre, presentóse en la casa de Ensalmo.

Ya Benigna se impacientaba por el regreso; no así el marquesito, á quien la tarde se le hizo un soplo en compañía de la dama rubia.

Tristán y Lali celebraban con júbilo inocente elgoce de vivir juntos bajo un mismo techo, y María quedó libre, por fin, de la tenaz invitación de sus primos, porque Rafael interrumpió de pronto una nueva consulta de su hermana, diciéndole:

—No porfíes más; hace bien María en quedarse en el valle—y miraba con raro enternecimiento los ojos azules, que también le miraron agradecidos.

Llegó la hora de la marcha, y todos juntos salieron á buscar el automóvil que esperaba rodeado de chicuelos pasmados y curiosos.

La de Villamor despidióse muy azorada de María; hubiera querido estar amable con ella, agradecerle con acento cordial el hospedaje que brindaba al nene, pero sentía rubor de su conducta, remordimientos de aquel viaje furtivo. Al besar á Tristán tembló un instante con intensa inquietud; mas el pequeño, gozoso y animado, le devolvió los besos sin aflicción ninguna, y la madre sintióse ya calmada.

—Vamos sin que anochezca—rogó Benigna, mirando con asustados ojos hacia el triste camino de Reinosa—. Por allí—añadió señalándole—deben llegar los trasgos, y los lobos y los ladrones... ¡Qué sé yo cuántas cosas horribles!... El Besaya parece que está loco, con los gritos que da... Yo me moría, si tuviera que estar un mes en este valle.

Y volviéndose hacia su prima, que estaba sonriendo, preguntaba:

—¿No te da mucho terror cuando llega la noche?

—Al contrario, me alegro...

Resonó con trágico placer la respuesta valiente, y Rafaelito, al oído de la dama murmuró:

—¡Quien pudiera acompañarte en esta soledad toda la vida!...

Acomodados en el raudo tren: Adiós, adiós...—dijeron—Hasta muy pronto—añadió la voz de Eva extinguiéndose en la distancia. Partieron, trepidantes y veloces, carretera abajo, y fueron á perderse en un recodo violento del camino...

Los nenes corrieron hacia casa, de la mano, y quedóse María en el dintel de la portalada, sola y muda, de relieve en la piedra, como el ángel tenante de un escudo. Los ojos de la hermosa subieron á la cumbre de los montes arropados de niebla, y desde allí á los cielos en busca de algún signo de esperanza; pero estaban cerrados los confines con pálidas cortinas, y ni luces, ni rumbos, ni señales de una consolación halló la triste.

«Me voy áLas Palmeras, con Benigna y Rafael, que vienen á buscarme. El nene queda al cuidado de Doña Cándida y de María; está muy bueno y contentísimo con Lali.»

Así leyó Diego en unos lacónicos renglones, patrón de extraña correspondencia; no se asombró gran cosa de la audacia de su mujer, y aunque ella colocase en segundo término á María como guardadora de Tristán, aquel detalle de imaginar al hijo cobijado por la bien amada, causóle viva emoción.

Un periódico, muy pretencioso y algo cursi, publicado en la playa con el título deRevista Veraniega, le había dicho á Villamor, á su tiempo, que Gracián estaba en la quinta de los marqueses; y en las almibaradas crónicas de aquella misma publicación, leía el poeta á menudo el nombre sonoro de Soberano. Luego María estaba sola con los niños, sola con sus pesares y su mansedumbre. ¿Pensaría mucho en él?... ¿Le olvidaría?... Si olvidarle fuése ventura para ella, Diegocon heroico afán hubiera deseado aquel olvido. Pero no; vivir era amar; María no dejaba de amarle, porque despertó con él á una vida intensa de sentimiento... Mas, ¿acaso un amor sin esperanza no es una muerte cruel?... Amarse de aquel modo ¿no valía tanto como despertar al borde de la tumba?... Y la vida era un don amable, el supremo don que tenemos derecho á defender; por ella son lícitas todas las batallas y buenos todos los caminos...

Diego, pensando así en sus terribles horas de infortunio, rebelábase con dementes razones, contra el dolor sublime de la amada. Sentía una lástima desgarradora de ella, una ternura llena de caridad, una misericordia infinita. Quisiera abrirse el corazón para meterla en él, para abrigarla en él, para tenerla siempre consigo, amparada, defendida por el recio muro de su carne, por el torrente impetuoso de sus venas, como un niño en el seno maternal. Gozaba y padecía en pocos minutos mil torturas y placeres, lanzado todo su sér en locas vueltas de la imaginación. Embebido en sus ansias, percibía de la adorada voz el metal dulcísimo, y olvidaba cuanto le hacía temer y sufrir, para soñar que habían vuelto á nacer los dos amantes, el uno para el otro, y que iban juntos por la vida, muy cerca los ojos y los corazones...; y hasta en la calle, entre el bullicio de la gente, María se acercaba á Diego, en ilusión, hermosa y enamorada, como un divino milagro.

Poco después, la ansiedad y la impaciencia devoraban al soñador; tendía las manos en la sombra, y la dicha se le escapaba, hallando sólo el vacío, el vacíode una eterna caída irremediable... De pronto renacía á una inefable confianza, creyendo firmemente que un amor conquistado á fuerza de dolor tenía que florecer en rosas de felicidad, con la más santa de las justicias. Una lógica de enamorado le llevó á admitir la idea de que las almas superiores tienen el derecho y el placer de redimirse con valentía de todos los dominios extraños, juzgando en el tribunal sumo de las conciencias sus propios sentimientos, y hurtando el cuello, hasta por dignidad, al fallo de una sentencia injusta... Sobre la vida y la hacienda—pensaba el artista—han podido pesar la voluntad de un hombre ó el mandato de una ley; pero sobre las almas, ni antes, ni ahora, ni nunca, ¿quién sino Dios puede mandar? El amor tiene también sus fueros, y cuando es de calidad altísima y no está manchado con impurezas, se levanta sobre todos los códigos y todas las prohibiciones...

De una en otra concesión hecha á sí mismo, fué Diego adentrándose en su conciencia por rutas peligrosas, con menoscabo de firmes leyes de moralidad y de sanas costumbres sociales; y entre las encendidas llamas del amor divino, aparecieron también las ascuas rojas del amor humano, por una natural evolución. A la par del caballero y del poeta, el hombre, estremecido por las sordas voces de la vida, sediento de la amada, quería beber llena la copa del deleite; reclamaba su derecho á vivir en el goce pleno del amor, sin escrúpulos, sin reservas, afrontándolo todo, venciéndolo todo, hasta sentir la felicidad en su corazón convertida en esclava... ¡Pero el pobre corazón ambicioso le dolía de tanto querer y esperar!

En medio de estas crisis del sentimiento y la naturaleza, de estas luchas entre el instinto y el ideal, llegó á manos de Villamor una carta con sobre de María, algo temblona la letra, algo asustado el nombre del artista, escrito con menudos caracteres. Un pliego de líneas ondulantes señaladas por una escritura difícil, decía: «Papaíto: te quiero mucho; hazme unos versos y cómprame un caballo. Todos los días rezo por ti con Lali y su mamá, y para que veas que no te olvido te mando esta carta llena de caricias... Tristán.»

Piadosos renglones para Diego los que trazó la mano de María con la mano del nene. Eran símbolo y prenda de un recuerdo delicado y bendito, y abismábase el alma de aquel hombre en infinita gratitud hacia la autora de tan dulce milagro. El inocente corazón de Tristán, al impulso de una santa influencia, volaba hacia el padre sin ventura á quien hurtaron el amor del hijo, y las letras deformes y nerviosas que traían el regalo, pareciéronle á Diego una imagen viva y trémula del amor de la ausente.

Se remeció la linde de los huertos, y una sombra erguida y lenta, avanzando en el césped, tendióse á los pies de María, bajo el mando impalpable de la luna. Punzó el silencio un grito borbotante en los labios de la dama:

—¡Tú... tú!...

—Yo...; no tiembles ni me culpes—dijo el acento férvido y opaco de Villamor.

—Pero, ¿á qué vienes?... ¿por qué vienes, Diego?

—Porque es razón que venga; porque es justo... Porque estás sola y triste, en bárbaro abandono de tristeza... Y vengo á consolarte... y á quererte.

—Llegas como un ladrón; de noche, de improviso, rompiendo tus propósitos y mi serenidad... Me has asustado mucho.

Y la voz se apagó rendida y dulce, temblando en el sosiego del paisaje. La indulgente caricia del acento perdonó la osadía del poeta, que vencedor y ufano dijo:

—El amor es amigo de la noche, y llega así, callado, cuando menos se espera...

—¡Así llegan también las tentaciones!...—lamentaba la voz acariciante; y ardiente la otra voz, cantó su triunfo:

—Nada vengo á robar, porque me has dado lo mejor que tenías: el alma. Y porque es mía la quiero recibir de tus labios como una comunión.

—Ya vuelves á estar loco—murmuraba María ahogando sus reproches en un ritmo de pena—; ya olvidas nuestro pacto y la tranquilidad que me ofreciste.

—Algo loco estaré, ya que pretendo arrancarle á la vida, por fuerza si es preciso, toda la felicidad que nos esconde... Díme tú que me ayudarás; díme que me quieres sobre todas las cosas y que quieres ser mía en cuerpo y alma; díme que estás divinamente loca, como yo lo estoy, y que nada te asusta ni te detiene...

—Cállate por piedad... Tengo miedo... Un miedo horrible...

—¿De la dicha?

—De ti, que ya no sabes ser mi hermano.

—Yo sé adorarte con la sublime insensatez de la pasión que sólo atiende á sí mismo, sin importarle nada lo demás. Yo te adoro divina y humanamente, con cuanto hay en ti de espíritu eterno y de humana desventura, y quiero compartir contigo el mayor tesoro del mundo, que es el amor; nada vale tanto, nada merece tanto la pena de vivir. Merced á su admirable poder, le arrancaremos á la vida sus mejores frutos, y en nuestro paso por la tierra dejaremos unahuella de poesía y de pasión que mañana encenderá otros corazones...

—¿Para que despierten y mueran?—interrumpió María con duelo.

—No; para que en ellos vivamos como en los nuestros vive la sagrada lumbre de los amantes de otros siglos... Es la antorcha eterna que, como en los juegos clásicos, pasa de corazón en corazón sin apagarse nunca... Cuando se acabe el mundo, yo imagino que sobre el planeta muerto esa antorcha arderá todavía como el símbolo de un amor inmortal...

—Y después de este mundo, allá en el otro, ¿que cuenta le daremos á Dios de estos amores?

—Él unió nuestras almas aquí abajo...

—¿Las almas?... Tal vez sí—balbució la mujer con zozobra infinita—. Pero las almas únicamente... Que hablemos de esta manera á favor de la noche, es una cosa mala... es un peligro...

Pero Diego razonaba á su modo.

—¿Por qué ha de ser malo que estemos juntos queriéndonos mucho y habiendo sufrido mucho también?... Lo malo es no quererse, es llevar el odio en el alma, causar la infelicidad de una criatura buena, ser ocasión de infortunio y de lágrimas, valerse del implacable rigor de un sacramento ó de la dureza de una ley para atormentar á los que tienen hambre y sed de amor y de justicia...

La fascinante voz sugestionaba el ánimo suspenso de María. Iba quedando en sombras aquel espíritu, y con afán de luz saltó á los ojos azules, todo entero, y fué á posarse en un retazo de luna caído al céspeddesde un jirón de las nubes. Un blando soplo llegó de la arboleda, acariciando un momento la agonía de las rosas, y en el fondo sombrío del jardín, acompasada como un corazón, latía una fuente.

Diego, enardecido y febril, lanzaba su copiosa elocuencia en el silencio, á la luz de los ojos pensadores impregnados de luna.

—¿Quién puede pensar que somosmalos—dijo—porque nos queremos?... De estos pecados toda la naturaleza es responsable. Habría que ir destruyendo y aniquilando todos los gérmenes de la vida, desde la semilla de las flores hasta el corazón nuestro, para castigar losdelitosdel amor... ¿Qué culpa tenemos nosotros, pobres seres dolientes y apasionados, de que el mundo haya sido hecho de esta manera?... ¿Es que nos vamos á arrancar el corazón, lo único verdadero que hay en nosotros?... ¡Qué ridículas deben parecer desde «allá arriba» todas las preocupaciones humanas, las leyes, las conveniencias, los disimulos, las hipocresías, todas estas prohibiciones con que se pretende sujetar todos los fueros del amor!...

Cielo y luna en los ojos de María escuchaban cautivos; un robledal oscuro, con música de fronda suspirante, charlaba con el río en coloquio feliz, y la noche, perfumada y serena, seguía caminando por el valle.

Con indómito afán se acercó Diego á la oyente pensativa, y rogó:

—No me esquives tu corazón... Díme lo que meditas, lo que sufres...

Ella, condesciendo, le contaba:

—Pienso que te extravían los pesares, que todo loque dices es dañoso... El valor de la felicidad está en que jamás puede ser poseída; si la estrecháramos en nuestros brazos como á una criatura, perdería su divino perfume... La felicidad, como la belleza, como todas las altas y graves cosas inmateriales, rechaza toda posesión, todo contacto...; es un aroma, una luz, una brisa que pasa...; la sentimos, la gozamos tal vez... ¡pero no la poseemos! Si de ella sabe algo nuestra vida, será á condición de que respetes el juramento que nos separa.

—Yo haré lo que tú mandes—dijo Diego alcanzado de angustia punzadora—; prometí obedecerte y sé cumplirlo; pero así castigamos nuestro amor con sutilezas crueles, asustándole con fantasmas invencibles... Somos unos pobres ilusos, y, en vez de amarnos con todo nuestro corazón, nos fatigamos estérilmente en un torneo de razones locas, cuando la razón suprema que nos ampara es el amor mismo... ¡Y no se vive más que una vez!...

Con exaltado acento de tortura le replicó María:

—Una vez... en la tierra... El sacrificio tiene también sus goces y hermosuras...

—Pero cuando es estéril, lleva forma de orgullo, y á veces de crueldad. Esta mansedumbre pasiva no tendrá la grandeza que tú supones... Mi amor te ofrece otra clase de sacrificio, activo, fecundo, lleno de misericordia y de consuelos, mucho más noble y hermoso que todos los tormentos inútiles y solitarios de tu abandonado corazón.

—¡Inútiles mis tormentos!—gimió la valerosa, amargamente.

—Los tuyos y los míos... Aceptamos el hierro de la esclavitud á placer de nuestros verdugos... ¿Lo harían ellos por nosotros así?

—Ellos... ellos...—murmuró dolorida la voz mansa. Y después con transporte en que temblaron dos amores rivales.—Por ti—dijo—pudiera olvidar lo que soy, sacrificar mi honor... si fuése mío...

Y Diego, ronco, huraño, terminó:

—¡Pero es deél!

—¡No!... es de ella... de mi hija.

—¡Ah!... sí... ¡Lali!—balbuciente clamó el poeta, con respeto humilde.

Y tan absorto se quedó en su desventura, que la mujer, con suma piedad santa, fué á decirle muy bajo:

—Ni tú ni yo somos dos amantes ciegos; nuestro amor no está hecho de pasión ni de instinto, es el dulce fruto del sentimiento y del dolor; no le amarguemos con la culpa... dejémosle vivir muriendo, como un atisbo de la suprema felicidad que por él se nos dará algún día.

—¿Cuándo?—sollozó el hombre, hambriento de aquella promesa, impaciente y quejoso como un niño.

Ella, con el poema de sus lágrimas, fué tejiendo una esperanza remota.

—Pronto—dijo—, allá donde todo es posible y todo es bueno; cuando la carne se hace polvo en la tierra.

Y él, la miraba en éxtasis de inefable ternura, asegurando:

—A mí tu cuerpo me parece hecho todo con alma...

Apretó en sus manos fuertes las manos de María, húmedas por el llanto, blancas y temblorosas comojazmines que la lluvia doblase. Pero ella, desprendióse con terror de la caricia pura, y lloraba:

—Pues á mí nuestras almas... me parecen de carne...

Luego, imploradora, trémula, suplicó:

—Vete... vete... Hasta mañana.

Obedeció él, sumiso, y como un eco repitió con pavura:

—Hasta mañana...

Bajo el cendal bendito de la luna sollozaba María, desgarrándose en triunfo doloroso, y la figura gentil de Rosita se alzó en un escondite por detrás de la señora. Deslizábase la doncella hacia la casa con un susto inaudito en el semblante, y en el alma un fervor y un asombro que la hacían pisar con leve paso sin rozar casi el suelo.

Se remeció otra vez la linde del jardín; la sombra del poeta, huyendo entre macizos, se tendía en las flores del otoño... Estaba la noche como adormecida de placer, y se agitó el paisaje con un escalofrío de pasión.


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