VI
Tal fué la primera parte de mis primeros amores serios, que no pasaron, naturalmente, inadvertidos para don Inginio, quien no les puso obstáculos, sin embargo, considerando que el hijo de Gómez Herrera y la hija de Rivas estaban destinados el uno á la otra, por la ley sociológica que rige á las grandes casas solariegas, en el sentir de los creyentes, todavÃa numerosos, en estas aristocracias de nuevo ó de viejo cuño. Aquel astuto polÃtico de aldea, calculaba, sin duda, que si bien mi padre no poseÃa una fortuna muy sólida, el porvenir que se me presentaba no dejarÃa de ser, gracias á mi nombre, fácil y brillante, sobre todo si tatita y él se empeñaban en crearme una posición. Ni al uno ni al otro le faltaban medios para ello, y los dos unidos podrÃan hacer cuanto quisieran.
Bajo y grueso, con la barba blanquecina y los bigotes amarillos por el abuso del tabaco negro, la melena entrecana, los ojos pequeños y renegridos, semiocultos por espesas cejas blancas é hirsutas, la tez tostada, entre aceitunada y rojiza, don Inginio parecÃa, fÃsicamente, un viejo león manso; moralmente era bondadoso en todo cuanto no afectaba á su interés, servicial con sus amigos, cariñoso con su hija, libre de preocupaciones sociales y religiosas, de conciencia elástica en polÃtica y administración, como si el paÃs, la provincia, la comarca, fueran abstracciones inventadas por los hábiles para servirse de los simples, socarrón y dicharachero en las conversaciones, á estilo de los antiguos gauchos frecuentadores de yerras y pulperÃas. Rara vez se quedaba entre Teresa y yo;preferÃa dejar que el destino urdiera su tela, pronto, sin embargo, á intervenir en el momento oportuno para la mejor realización de sus proyectos. Aunque conociera gran parte de mis diabluras y excesos, parecÃa no temer que yo abusara de la situación, quizá por su absoluta confianza en Teresa, quizá, también, porque contaba con mi temor y mi respeto hacia él, considerándose excepcionalmente defendido por su prestigio y por mi propio interés. Para demostrarme cuál era éste, me decÃa, á menudo, que mi padre y él harÃan de mà «todo un hombre», haciéndome vislumbrar la fortuna y el éxito. Teresa, al oirlo, aprobaba calurosamente, y yo me quedaba perplejo, sin poder adivinar sus planes, é intrigado con ellos.
—¿Qué quiere decir don Inginio cuando habla de hacerme «todo un hombre»?—pregunté un dÃa á Teresa.—¿Te ha dicho algo sobre eso?
—Puede ser—contestó con sonrisa indefinible, llena de reticencias.—Lo único que puedo decirte—agregó, muy afirmativa,—es que tatita te quiere mucho, y que siempre hace todo lo que dice.
No tardarÃa, por mal de mis pecados, en conocer aquellos proyectos, que habÃan de darme los primeros dÃas desgraciados de mi vida.
Entretanto, y como si temiera un pesar futuro, Teresa me demostraba un afecto cada vez más tierno, entusiasta y confiado, y me miraba con cierta admiración, dulce caricia á mi amor propio y causa de obscura felicidad.
Satisfecho por el momento con estas sensaciones tan gratas, no intenté renovar la fracasada tentativa y me mantuve en actitud correcta, desahogando el exceso de mi vitalidad, el ansia insaciada de acción, en las antiguas correrÃas picarescas con los pillastres del puebloque, ya mayorcitos, habÃan ensanchado, como yo, el teatro de sus diversiones, refinando y complicando también los elementos de éstas. Pero cada vez me sentÃa menos interesado por mis camaradas. Más precoz que casi todos ellos, atraÃanme los hombres hechos y derechos, cuyos placeres me parecÃan más intensos y picantes, más dignos de mÃ, y por esto se me veÃa continuamente en los cafés, donde se jugaba á los naipes, en el reñidero, en las canchas, en todos los puntos de alegre reunión, donde si no se me recibÃa con regocijo, tampoco se me demostraba enfado ni desdén.
Pero esta agradable vida y mis inocentes amores se interrumpieron á un tiempo, de allà á poco. Tatita, inspirado por don Inginio, según supe después—y aquà comienza la realización de los misteriosos proyectos de éste,—declaró un dÃa que la enseñanza de don Lucas era demasiado rudimentaria para prepararme al porvenir que me estaba deparado, y que habÃa resuelto hacerme ingresar en el Colegio Nacional de la capital de la provincia, antesala de la Facultad de Derecho, á la que me destinaba, ambicionando verme un dÃa doctor, quizá ministro, gobernador, presidente... Recuerdo que, al comunicarme su decisión, lo hizo, agregando juiciosas consideraciones:
—El saber no ocupa lugar. Pero no es eso sólo. En la ciudad te relacionarás muy bien, gracias á mis amigos y correligionarios, y una relación importante, una alta protección, valen más en la vida que todos los méritos posibles. También, sepas ó no sepas, el tÃtulo de doctor ha de servirte de mucho. Ese tÃtulo es, en nuestro paÃs, una llave que abre todas las puertas, sobre todo en la carrera polÃtica, donde es imprescindible, cuando se quiere llegar muy lejos y muy alto. Algunos han subido sin tenerlo,pero á costa de grandes sacrificios, porque no ostentaban esa patente de sabidurÃa que todo el mundo acata. Pero, en fin, aunque no llegaras á ser doctor, siempre habrÃas ganado, en la ciudad, buenas cuñas para los momentos difÃciles y para el ascenso deseado, conociendo y conquistándote á los que tienen la sartén por el mango y pueden «hacerte cancha» cuando estés en edad.
La resolución de mi padre me dió un gran disgusto, pues prevà que cualquiera cosa nueva serÃa peor que la vida de holganza y libertad á que estaba acostumbrado. Me opuse, pues, con toda mi alma, protesté, hasta lloré, tiernamente secundado por mamita, que no querÃa separarse de mÃ, y para quien mi ausencia equivalÃa á la muerte, siendo yo el único lazo que la ligaba á la tierra. Mi resistencia, airada ó afligida, según el momento, fué tan inútil como las súplicas maternas: tatita no cedió esta vez, tan profundamente lo habÃa convencido don Inginio, entre otras cosas con el ejemplo de Vázquez, fletado meses antes á la ciudad, aunque su familia no tuviese los medios de la nuestra.
—Mire, misia MarÃa—dijo irónicamente mi padre á mamá, que insistÃa en tenerme á su lado.—Deje que el mocoso se haga hombre. Prendido á la pretina de sus polleras, no servirá nunca para nada.
Mi madre calló y se limitó á seguir llorando en los rincones, de antiguo sometida sin réplica á la voluntad de su marido. Rogó y consiguió, tan sólo, que se me pusiese en una casa cristiana, donde no hubiera malos ejemplos, perdición de los jóvenes, juzgándome, en su candor, tan blanco é inocente como el cordero pascual. Yo, entretanto, fuà á desahogar mi dolor en el seno amante de Teresa.
¡Con qué asombro vi que consideraba mi destierro como un sacrificio penoso, pero necesario para mi felicidad! Ganas tuve hasta de insultarla, cuando me dijo ceceando, con los ojos llenos de lágrimas, en su lenguaje indeterminado á veces, que mi partida era para ella un desgarramiento, que me iba á echar mucho de menos y le parecerÃa estar completamente sola, como muerta, en el pueblo, pero que, como se trataba de mi bien, se consolaba pensando en volverme á ver hecho un personaje.
—Además—agregó,—la ciudad te va á gustar mucho, te vas á divertir, te vas á olvidar de Los Sunchos y de tus amigos. ¡Esto serÃa lo peor!—suspiró tristemente.—¡En cuanto le tomes el gusto ya no querrás volver!
—¡No seas tonta! ¡Lo único que yo quisiera serÃa quedarme!...
Llegó el dÃa de la partida. Momentos antes de la hora corrà á despedirme de Teresa que me abrazó por primera vez, espontáneamente, llorando, desvanecida la entereza que se habÃa impuesto para infundirme ánimo. Yo me conmovÃ, sintiendo por primera vez también que querÃa de veras á aquella muchacha ó que tenÃa un vago temor de lo futuro desconocido y me aferraba conservadoramente á la familia.
En casa, mamita, hecha una mar de lágrimas, renovó la escena, dramatizándola hasta el espasmo, y su desconsuelo produjo en mà una extraña sensación. No habÃa que exagerar tanto; yo no me iba á morir y puede que, por el contrario, me esperaran muchos momentos agradables en la ciudad... La desesperación materna tuvo la virtud de devolverme la sangre frÃa.
Cuando, en la puerta de casa, se detuvo la diligencia que, tres veces por semana, iba de Los Sunchos á la ciudad y de la ciudad á LosSunchos, habÃan llegado en manifestación de despedida los notables del pueblo: don Higinio Rivas, alegre y dicharachero, el intendente municipal, don Sócrates Casajuana, muy grave y como preocupado de mi porvenir, el presidente de la Municipalidad, don TemÃstocles Guerra, protector conmigo, servil con tatita, el comisario de policÃa, don Sandalio Suárez, que, tirándome suavemente de la oreja, tuvo la amabilidad de explicarme: «En la ciudad no hay que ser tan cachafaz como aquÃ. Allà no hay tatita que valga, y á los traviesos los atan muy corto.» Entre otros muchos, no olvidaré á don Lucas que creyó de su deber alabar mis altas dotes intelectuales y de carácter, y vaticinarme una serie indefinida de triunfos:
—¡Este joven irá lejos! ¡Este joven irá muy lejos! ¡Será una gloria para su familia, para sus maestros—entre los cuales tengo el honor de contarme, aunque indigno,—para sus amigos y para su pueblo!... Estudie usted, Mauricio, que ningún puesto, por elevado que sea, resultará inaccesible para usted...
En seguida, como si sus vaticinios fueran de inminente realización, agregó:
—Pero, cuando llegue la hora de la victoria, no olvide usted al humilde pueblo que ha sido su cuna, haga usted todo cuanto pueda por Los Sunchos.
—¡SÃ! ¡Que nos traiga el ferrocarril, y... y un Banquito!—dijo burlonamente don Inginio.
Todos rieron, con gran disgusto de don Lucas, que querÃa ser tomado en serio.
Isabel Contreras, mayoral de la diligencia, subÃa entretanto nuestro equipaje á la imperial—la valija de tatita y dos ó tres maletas atestadas de ropa blanca, de dulces y pasteles, amén de una canasta con vituallas para almorzar en el camino.—Muchos apretones de manos.Mamita me abrazó, llorando desgarradoramente.
—¡Vamos! ¡Arriba, que se hace tarde!
Papá y yo ocupamos el ancho asiento del cupé, hubo algunos gritos de despedida, recomendaciones y encargos confusos, la galera echó á andar con gran ruido de hierros, chasquidos de látigo, silbidos de los postillones y ladridos de perros, seguida á la carrera por una pandilla de muchachos desarrapados que la acompañaron hasta el arrabal. Teresa se habÃa asomado á la ventana, y, lejos ya, desde el fondo de la calle Constitución, todavÃa vi flotar en el aire su pañuelito blanco...