ACTO V

Ilustración ornamentalACTO VLAS BODAS

Ilustración ornamental

LAS BODAS

ZARAGOZA

Galería del palacio de Aragón. — En el fondo una escalera que desciende hasta el jardín. — Á derecha é izquierda dos puertas. — Dos arcadas moriscas sobrepuestas cierran el fondo, dejando ver por sus claros los jardines con luces que van y vienen, y en último término los remates góticos y árabes del palacio iluminado. — Música lejana. — Máscaras de dominó, aisladas ó en grupos, pasean por el fondo. — En el proscenio, un grupo de jóvenes, que, con los antifaces en la mano, hablan y ríen ruidosamente.

PERSONAJES

HERNANI.DOÑA SOL.DON RUY GÓMEZ DE SILVA.DON SANCHO.DON MATÍAS.DON RICARDO.DON FRANCISCO.DON GARCI SUÁREZ.

DON SANCHO SÁNCHEZ DE ZÚÑIGA, conde de Monterey; DON MATÍAS CENTURIÓN, marqués de Almunan; DON RICARDO DE ROJAS, conde de Casapalma; DON FRANCISCO DE SOTOMAYOR, conde de Belalcázar; DON GARCI SUÁREZ DE CARVAJAL, conde de Peñalver.

D. García.—¡Viva la novia y viva la alegría!

D. Matías.—Zaragoza se asoma esta noche á los balcones.

D. García.—Y hace bien, porque jamás se vió boda más alegre, ni más gallardos novios, ni noche más serena.

D. Matías.—¡Buen emperador!

D. Sancho.—Marqués, cierta noche en que íbamos los dos con él en busca de aventuras ¿quién nos hubiera dicho que aquello había de acabar así?

D. Ricardo.—Yo era de la partida. (Á los otros.) Escuchad la historia. Tres galanes y un bandido, un duque y un rey ponen sitio á la vez al corazón de una mujer. Dado el asalto ¿quién la gana? El bandido.

D. Francisco.—Nada más natural: el amor y la fortuna, lo mismo aquí que en Francia, son dados falsos: el fullero es el que gana.

D. Ricardo.—Yo hice mi fortuna viendo cortejos: primero conde, luégo grande, después alcalde de corte. Indudablemente he empleado bien el tiempo.

D. Sancho.—El secreto de este alcalde consiste en hallarse siempre en el camino del rey.

D. Ricardo.—Haciendo valer mis derechos y mis servicios.

D. García.—Y hasta sus distracciones.

D. Matías.—¿Qué ha sido del viejo duque? ¿Está disponiendo el ataúd?

D. Sancho.—Dejémonos de chanzas, marqués; el viejo es hombre de temple y amaba á doña Sol. Sesenta años tardó en encanecer: un día ha bastado para que encaneciera del todo.

D. García.—Dícese que se ha ido á Zaragoza.

D. Sancho.—¿Querías que trajera á la boda su despecho?

D. Francisco.—¿Y qué hace el emperador?

D. Sancho.—El emperador está hoy triste. Lutero le da en qué pensar.

D. Ricardo.—¡Lutero! ¡Buen asunto de cuidados y penas, que yo acabaría muy pronto con cuatro soldados!

D. Matías.—Solimán también le hace sombra.

D. García.—¡Lutero, Solimán, Neptuno, el diablo y Júpiter! ¿Qué nos importa eso? Las mujeres, las máscaras, la broma...

D. Sancho.—Esto es lo esencial.

D. Ricardo.—Tiene razón Garci Suárez. Yo no soy el mismo en día de fiesta... en poniéndome una máscara, parece que me pongo otra cabeza.

D. Sancho(Bajo á don Matías.)—¿Por qué no serán todos días de fiesta?

D. Francisco(Indicando la puerta de la derecha.)—¿No es esa la habitación de los desposados?

D. García.—Sí. Y pronto los veremos venir.

D. Francisco.—¿Vendrán?

D. García.—Sin duda.

D. Francisco.—Tanto mejor. La novia es bellísima.

D. Ricardo.—Y el emperador, muy bondadoso; perdonar á ese rebelde de Hernani, cargarle de títulos y unirle en matrimonio con doña Sol. ¡Pardiez! Si el emperador hubiera seguido mi consejo, dábale á él un lecho de piedra y á ella un lecho de pluma.

D. Sancho(Bajo á don Matías.)—De buena gana le daría una estocada á este señor de oropel.

D. Ricardo.—¿Qué estáis diciendo ahí?

(Acercándose.)

D. Matías(Bajo á Sancho.)—No arméis contienda ahora. (Á don Ricardo.) Me recita unos versos del Petrarca á su amada.

D. García.—Señores ¿habéis observado entre las flores, las mujeres y los trajes de colorines, un espectro, que de pié junto á una columna, manchaba la mascarada con su negro dominó?

D. Ricardo.—Sí, pardiez.

D. García.—¿Quién será?

D. Ricardo.—Su estatura, su porte... Sin duda don Pancracio, general de mar.

D. Francisco.—No.

D. García.—No se ha quitado la máscara.

D. Francisco.—Ni tenía guardia. Es el duque de Soma, que quiere que lo miren y nada más.

D. Ricardo.—Tampoco, porque el duque habló conmigo.

D. García.—Entonces ¿quién diablos es? ¡Pardiez! Helo allí.

(Entra un enmascarado con dominó negro, y cruza lentamente el fondo. Todos se vuelven á mirarle y le siguen con la vista, sin que él haga caso.)

D. Sancho.—Si los muertos andan, así han de andar.

D. García(Corriendo á él.)—¡Máscara! (El dominó negro se detiene. García retrocede.) ¡Por vida mía! señores, he visto fulgurar sus ojos.

D. Sancho.—Si es el diablo, ha encontrado á quien hablar. (Se le acerca.) Mala sombra, ¿vienes del infierno?

El Máscara.—No vengo, voy...

(Sigue su camino y desaparece por la escalera del fondo. Todos le siguen con la vista con cierto espanto.)

D. Matías.—Su voz es verdaderamente sepulcral.

Bodas de Hernani y Doña Sol

Bodas de Hernani y Doña Sol

D. García.—Sea: lo que da espanto en otra parte, hace reir en un baile.

D. Sancho.—Algún chusco de mal género.

D. García.—Y si es Lucifer que viene á vernos bailar, mientras llega la hora del infierno, bailemos.

D. Sancho.—Alguna bufonada, á buen seguro.

D. Matías.—Mañana lo sabremos.

D. Sancho(á don Matías.)—Mirad adónde ha ido.

D. Matías(Mirando.)—Ha bajado la escalera y... ¿Quién sabe?

D. Sancho.—Es singular.

D. García(Á una dama que pasa.)—Marquesa ¿seréis tan bondadosa...?

(La saluda y le ofrece la mano.)

La dama.—Mi querido conde, bien sabéis que con vos mi marido las cuenta.

D. García.—Mejor que mejor, pues se divierte con eso. Él contará y nosotros bailaremos.

(La dama le da la mano y salen.)

D. Sancho(Pensativo.)—Es singular.

D. Matías.—¡Los novios! ¡Silencio!

(Entran Hernani y Sol de la mano; ella en magnífico traje nupcial; él de terciopelo negro y el Toisón al cuello. Detrás de ellos multitud de damas y caballeros de máscara, que les dan cortejo. Cuatro pajes les preceden y dos alabarderos les siguen.)

Los mismos, HERNANI, DOÑA SOL, séquito

Hernani(Saludando.)—¡Amigos míos!

D. Ricardo(Lisonjeándole.)—Tu felicidad hace la nuestra, ilustre Aragón.

D. Francisco.—¡Por Santiago Apóstol! ¡Es la misma Venus!

D. Matías.—¿Hay nada más feliz que un día de bodas?

D. Francisco.—Sí... la noche.

D. Sancho(á don Matías).—Ya es tarde. ¿Nos retiramos?

(Todos van á saludar á los recién casados, y salen, unos por la puerta, otros por la escalera del fondo.)

Hernani(Despidiéndolos.)—Dios os guarde.

D. Sancho(Estrechándole la mano.)—¡Sed felices!

(Quedan solos Hernani y Sol. Las luces se van apagando y muy luégo reina la oscuridad y el silencio.)

HERNANI, DOÑA SOL

D.ª Sol.—Por fin se van todos.

Hernani(Atrayéndola á sí.)—¡Amor mío!

D.ª Sol(Esquivándole ruborizada.)—Es que... ya es tarde.

Hernani.—¡Ángel mío! Siempre es tarde para estar á solas juntos.

D.ª Sol.—Ya me fatigaba ese ruido. ¿No es verdad que toda esa alegría aturde y ahuyenta la felicidad?

Hernani.—Dices bien. La felicidad, vida mía, es cosa grave; quiere corazones de bronce y lentamente se graba en ellos. El placer la espanta echándole flores; su sonrisa dista menos de llorar que de reir.

D.ª Sol.—Es verdad. (Resistiéndose á seguir á Hernani que quiere llevársela hacia la puerta.) Luégo, luégo.

Hernani.—¡Oh! No soy más que tu esclavo. Bien, permanece aquí; haz lo que quieras... yo no pido nada. Tú sabes lo que haces y para mí aciertas siempre.Reiré ó cantaré, si quieres. El alma se me abrasa... ¡Oh! Dile al volcán que apague sus llamas, y el volcán cerrará su cráter y cubrirá su falda de flores y verde musgo. Porque el gigante está vencido, el Vesubio es esclavo y ¿qué te importa á ti su corazón candente? ¿Quieres flores? Sea: forzoso será que el volcán, ardiendo y todo, se engalane á tus ojos.

D.ª Sol.—¡Qué bondadoso eres con esta pobre mujer, Hernani de mi alma!

Hernani.—¿Qué nombre has pronunciado? ¡Oh! por favor, no me dés ya ese nombre, pues me haces recordar que lo he olvidado todo. Sé que en otro tiempo existía como en sueño un Hernani, cuyos ojos fulguraban como un puñal; un hombre de las sombras y los montes, un proscrito que sólo respiraba odio y venganza, un infeliz que arrastraba por todas partes su anatema; pero yo no conozco á ese Hernani. Yo amo los prados, las flores, los bosques, el canto del ruiseñor; soy don Juan de Aragón, esposo de doña Sol. Soy feliz.

D.ª Sol.—Y yo, y yo. ¡Cuán feliz soy!

Hernani.—¿Qué importan los andrajos que dejé á la puerta? Vuelvo á mi luctuoso palacio y un ángel del Señor me esperaba en el umbral. Entro y pongo en pié sus derribadas columnas, vuelvo á encender el hogar, abro las ventanas, arraso la yerba del pavés del patio; yo no soy ya más que alegría y amor. Que me devuelvan mis torres y castillos, mi penacho, mi asiento en el consejo de Castilla; venga mi doña Sol, honesta y pura, déjennos solos, y demos por pasado lo demás. Nada he visto, nada he dicho, nada he hecho; vuelvo á empezar, lo borro todo, todo lo olvido. Oh prudencia, oh locura, te tengo á ti, te amo y basta á mi felicidad.

D.ª Sol.—¡Qué bien sienta ese collar de oro sobre el terciopelo negro!

Hernani.—Antes que á mí viste al rey con igual traje.

D.ª Sol.—No lo he notado. ¿Ni qué me importa otro hombre? Y luégo si no es el terciopelo ó el raso... No, duque mío; es tu cuello el que sienta bien al collar de oro. (Resistiéndose aún.) Luégo, luégo... Un momento no más. ¿No ves? Estoy alegre y lloro. ¡Cuán feliz soy! Ven á ver tan hermosa noche. (Van á la arcada.) Sólo un instante, duque mío; el tiempo de respirar y ver solamente. Todo se ha extinguido: antorchas y música. Nada más que la noche y nosotros. ¡Felicidad perfecta! ¿No lo crees tú así? Mientras todo duerme, vela amorosamente sobre nosotros la naturaleza: la luna sola en el cielo reposa como nosotros y como nosotros respira el aire embalsamado de las flores. Mira: ni una luz, ni un rumor... todo calla. Há poco, mientras hablabas, el trémulo brillo de la luna y el timbre de tu voz, me llegaban juntos al corazón. Sentíame alegre y tranquila, amor mío, y hubiera querido espirar en aquel momento.

Hernani.—¡Ah! ¿Quién no lo olvidaría todo al encanto de tu voz? Tu palabra es un canto angelical; como á la luz crepuscular de una tarde de verano, ve deslizarse el viajero las márgenes floridas de un río, vaga mi pensamiento por tus melancolías.

D.ª Sol.—Este silencio es harto lúgubre, y demasiado profundo este sosiego. Dime, amor mío, ¿no querrías ver en el fondo una estrella? ¿No quisieras que una voz de la noche tierna y amorosa se alzara de repente y cantara?

Hernani.—¡Ah caprichosa! Ahora mismo huías de la luz y de los cantos.

D.ª Sol.—Del baile. Pero un pájaro que cantara en el campo, un ruiseñor perdido en las sombras, allá en una enramada, ó alguna flauta á lo lejos... La música es dulce, desliza en el alma armonía y amor... despierta mil voces que resuenan en el alma. ¡Oh! Sería delicioso.

(Óyese el són lejano de un cuerno.)

Hernani.—¡Ah!

D.ª Sol.—¡Mi deseo fué oído!

Hernani(Aparte; estremeciéndose.)—¡Desdichada!

D.ª Sol.—Un ángel me ha oído; sin duda tu ángel bueno.

Hernani.—Sí, mi ángel bueno. (Con amargura.—Aparte.) ¡Todavía!

D.ª Sol.—Don Juan, he reconocido el són de esa bocina.

Hernani.—¿Sí?

D.ª Sol.—Esta serenata, la has dispuesto tú ¿verdad?

Hernani.—Tú lo has dicho.

D.ª Sol.—¡Qué baile tan fastidioso! ¡Oh! ¡Cuánto le prefiero el toque de una bocina en el fondo de los bosques! Y más siendo la tuya... es como tu voz.

(Óyese otra vez el mismo són.)

Hernani(Aparte.)—¡Ah! El tigre aúlla y reclama su presa.

D.ª Sol.—Don Juan, ese sonido llena de alegría el corazón.

Hernani.—¡Llámame Hernani; llámame Hernani! ¡Aún me persigue ese nombre fatal!

D.ª Sol(Temblando.)—¿Qué tienes?

Hernani.—¡El viejo!

D.ª Sol.—¡Dios mío! Me espanta tu mirada. ¿Qué tienes?

Hernani.—El viejo que se ríe en las tinieblas. ¿No lo ves?

D.ª Sol.—¿Desvarías, bien mío? ¿Quién es ese viejo?

Hernani.—¡El viejo!

D.ª Sol.—Te ruego de rodillas que calmes mi inquietud. ¿Qué secreto es ese que te turba? ¿Qué tienes?

Hernani.—¡Se lo juré!

D.ª Sol.—¿Se lo juraste?

(Sigue todos sus movimientos con ansiedad. Detiénese él de golpe y se pasa la mano por la frente.)

Hernani(Aparte.)—¿Qué le iba á decir? (Alto.) ¿Yo? Nada. ¿De qué te hablaba?

D.ª Sol.—Me has dicho...

Hernani.—No, no... estaba turbado... Me siento mal... pero no te inquietes.

D.ª Sol.—¿Necesitas algo? ¿Qué traigo? Ordéname.

(Vuelve á sonar el cuerno.)

Hernani(Aparte.)—No desiste... ¡mi juramento! (Buscándose el puñal.) Nada. ¡Ah!

D.ª Sol.—¿Te sientes peor? ¿Qué tienes?

Hernani.—Una... una herida antigua, que parecía cerrada y se renueva. (Aparte.) Alejémosla de aquí. (Alto.) Sol de mi vida, escucha: aquella cajita, que en días menos felices llevaba yo conmigo...

D.ª Sol.—Ya sé. ¿Qué quieres que haga?

Hernani.—En ella encontrarás un pomo de elixir, que podrá poner término al mal que preveo. Vé y tráemelo.

(Sale doña Sol por la puerta de la cámara nupcial.)

HERNANI, solo

¡He aquí lo que viene á hacer con mi felicidad! ¡He aquí el dedo fatal que brilla en la pared! ¡Oh! ¡Con qué crueldad se burla de mí el destino! (Cae en profunda y tormentosa reflexión. Después se desvía bruscamente.) ¡Y bien!... Pero todo calla... No veo venir á nadie... ¡Si me hubiera engañado!...

(El máscara del dominó negro aparece en el fondo. Hernani se detiene petrificado.)

HERNANI, el MÁSCARA

El Máscara.—«Suceda lo que quiera, siempre que á bien lo tengáis, en cualquier lugar y á cualquiera hora, si creéis que es llegada la de mi muerte, no tenéis más que tocar el cuerno y yo mismo acudiré á ponerme en vuestro poder.» Este pacto tuvo á los muertos por testigos. Ahora bien. ¿Estás dispuesto?

Hernani(Aparte.)—¡Es él!

El Máscara.—Vengo á tu palacio á decirte que ha llegado la hora y veo que acudes tarde.

Hernani.—Bien. ¿Qué quieres? ¿Qué vas á hacer de mí? Habla.

El Máscara.—Puedes elegir entre el puñal y el veneno. Traigo lo necesario. Partiremos los dos.

Hernani.—En buen hora.

El Máscara.—Oremos antes.

Hernani.—¿Para qué?

El Máscara.—¿Qué eliges tú?

Hernani.—El veneno.

El Máscara.—Bien. Dame la mano. (Le presenta un pomo, que Hernani toma temblando.) Bebe y acabemos.

Hernani(Se lleva el pomo á los labios, y luégo lo aparta.)—¡Oh! Por piedad, déjalo para mañana. ¡Oh! si tienes corazón, ó alma siquiera; si no eres un espectro escapado de las llamas, un réprobo, un fantasma ó un demonio; si sabes lo que es la dicha suprema de amar, de tener veinte años y estar recién casado; si alguna vez ha palpitado en tus brazos una mujer amante y amada, espera, espera hasta mañana. Mañana puedes volver.

El Máscara.—¡Mañana! ¡Mañana! ¡Necio! ¿Y quéharía yo esta noche? Morirme. Y ¿quién vendría mañana por ti? No, no; joven, es preciso despachar ahora.

Hernani.—Pues bien, no. Sabré librarme de ti, demonio. No, no te obedezco.

El Máscara.—¡Bien me lo temía! Muy bien. ¿Por qué sagrado juramento te obligaste? ¡Ah! por nada... por la memoria de tu padre. Bien puedes olvidarlo: la juventud es ligera.

Hernani.—¡Ah! ¡Padre, padre mío! Voy á perder el juicio.

El Máscara.—No, no es más que un perjurio, un sacrilegio.

Hernani.—¡Señor duque!

El Máscara.—Puesto que los primogénitos de las familias castellanas toman á juego el juramento, y faltan á él tan livianamente, adiós. (Da un paso para retirarse.)

Hernani.—Espera; no te vayas tan pronto.

El Máscara.—Entonces...

Hernani.—¡Viejo desalmado! (Toma el pomo.) ¡Perseguirme así hasta las puertas del cielo!...

(Vuelve Sol sin ver al encubierto, de pié junto á la escalera del fondo.)

Los mismos, DOÑA SOL

D.ª Sol.—No he podido encontrar la caja.

Hernani.—¡Ella! ¡En qué momento!

D.ª Sol.—¿Qué tiene? ¡Se espanta de mí y vacila á mi voz! ¿Qué tienes en la mano? ¡Horrible sospecha! ¿Qué tienes en la mano? Contesta. (El encubierto se quita el antifaz. Sol reconoce á don Ruy Gómez y da un grito.) ¡Veneno!

Hernani.—¡Gran Dios!

D.ª Sol.—¿Qué te he hecho yo? ¡Qué horrible misterio! Me engañabas, don Juan.

Hernani.—¡Ah! He debido ocultártelo. Había jurado morir al duque á quien debí mi salvación un día: Aragón debe pagar esta deuda á Silva.

D.ª Sol.—Pero tú no te perteneces, tú eres mío. ¿Qué me importan á mí los demás juramentos? Duque, el amor me hace fuerte y contra vos y contra el mundo entero sabré defenderlo.

D. Ruy.—Defiéndelo, si puedes, contra un sagrado juramento.

D.ª Sol.—¿Cuál?

Hernani.—Sí, juré...

D.ª Sol.—No, nada te obliga á morir. No, no puede ser. Es un crimen, un atentado, una locura.

D. Ruy.—Vamos, don Juan de Aragón.

(Hernani va á obedecer. Sol se lo impide.)

Hernani.—Dejadme, doña Sol, es preciso. El duque tiene mi palabra y mi padre me mira desde el cielo.

D.ª Sol(Á don Ruy.)—Antes arrancaríais á una tigre sus cachorros que á mí el amante de mi alma. Todavía no sabéis bien lo que es esta mujer. Por mucho tiempo, compadecida de vuestros sesenta años y respetando vuestras canas, he sido sumisa, mansa y tímida; pero ahora... ahora, ved estos ojos encendidos y fulgurantes de rabia (Sácase del seno un puñal), y ved este puñal. ¡Viejo insensato! Temed cuando los ojos amagan... Soy de la familia, tío...; y así fuera hija vuestra ¡ay de ti, si atentas contra mi esposo! (Tira el puñal y cae de rodillas ante el duque.) ¡Ah! Vedme de hinojos á vuestros piés, y tened piedad de nosotros. ¡Perdón, señor, perdón! Sólo soy una débil mujer; mi fuerza aborta en mi alma y fácilmente flaqueo. ¡Ah! de rodillas os lo ruego; ¡tened piedad de nosotros!

D. Ruy.—¡Doña Sol!

D.ª Sol.—¡Perdonad! El dolor me ha inducido á proferir duras palabras. Perdonad. Vos no sois malo, tío. Compadeceos de nosotros, porque al tocarle á él, me matáis á mí. ¡Le amo tanto!...

D. Ruy.—Tanto le amáis ¿eh?

Hernani.—¡Lloras!

D.ª Sol.—No quiero que mueras, amor mío; no, no lo quiero. (Á don Ruy.) Perdonadle, señor, y yo os amaré á vos también.

D. Ruy.—¡En segundo lugar! Con esos restos de amor... de amistad... menos aún ¿crees apagar la sed que me devora? (Indicando á Hernani.) Él lo es todo; pero yo... ¡brava compasión! ¿Qué he de hacer yo con tu amistad? ¡Oh! él poseería el alma, el amor, el trono, y sólo tendría yo la limosna de una mirada. ¡Vergüenza é irrisión! No; es preciso acabar. Bebe.

Hernani.—Tiene mi palabra y debo cumplirla.

D. Ruy.—¡Vamos!

(Hernani lleva el pomo á los labios. Sol le detiene el brazo.)

D.ª Sol.—¡Aún no..., aún no! Dignaos oirme los dos.

D. Ruy.—El sepulcro está abierto y no puedo esperar.

D.ª Sol.—Un instante, señor; un instante, don Juan. ¡Ah! ¡Cuán crueles sois los dos! ¿Qué es lo que os pido? Un instante no más... es todo cuanto deseo. Permitidme que diga esta pobre mujer lo que tiene en el corazón; permitídmelo por piedad.

D. Ruy(á Hernani).—Tengo prisa.

D.ª Sol.—Pero, me hacéis temblar. ¿Qué os he hecho yo?

Hernani.—¡Ah! Su voz me desgarra el corazón.

D.ª Sol(Reteniéndole aún el brazo.)—Comprended que tengo mil cosas que decir.

D. Ruy.—¡Acabemos!

D.ª Sol.—Don Juan, en cuanto haya hablado, puedes hacer lo que tengas á bien. (Le arrebata el pomo.) ¡Mío, mío es ya! (Lo presenta á vista de los dos sorprendidos.)

D. Ruy.—Puesto que he de habérmelas aquí con dos mujeres, don Juan, preciso es que vaya á otra parte á buscar almas. Tú te atreves á jurar por la memoria de tu padre y no cumples; yo voy á hablar de ello á tu padre entre los muertos. Adiós.

(Da algunos pasos y Hernani lo detiene. Á Sol.)

Hernani.—Deteneos, duque, deteneos. (Á Sol.) ¡Ah! ¿Quieres que sea pérfido, perjuro, sacrílego? ¿Quieres que lleve por el mundo escrito el crimen en mi frente? ¡Ah! Por piedad, devuélveme ese pomo. ¡Por nuestro amor, por nuestra alma inmortal!

D.ª Sol.—¡Insistís!

Hernani.—Sí.

D.ª Sol.—Bien. (Bebe.) Tómalo.

D. Ruy.—¡Ah! Era para ella.

D.ª Sol(Ofreciendo el pomo á Hernani.)—Tómalo ahora, te digo.

Hernani.—¿Ves, viejo miserable?

D.ª Sol.—No te quejes de mí: te guardo tu parte.

Hernani(Tomando el pomo.)—¡Oh Dios!

D.ª Sol.—Tú no me hubieras guardado la mía. ¡Oh! no tienes tú el corazón de una esposa cristiana, ni sabes amar como ama una Silva. Pero he bebido primero y estoy tranquila. Ahora tú, si quieres.

Hernani.—¿Qué has hecho, desdichada?

D.ª Sol.—Tú lo has querido.

Hernani.—¡Muerte espantosa!

D.ª Sol.—No. ¿Por qué?

Hernani.—Ese licor lleva al sepulcro.

D.ª Sol.—¿No debíamos dormir juntos esta noche? ¿Qué importa en qué lecho?

Hernani.—¡Padre mío! Te vengas en mí que te olvidaba.

(Se lleva el pomo á la boca. Sol lo detiene otra vez.)

D.ª Sol.—¡Cielos! ¡Qué dolores tan extraños! ¡Ah! Tira lejos de ti ese licor funesto... ¡Se extravía mi razón! Detente ¡ay! detente, don Juan mío; ese veneno es vivísimo y engendra en el corazón una hidra de mil dientes que lo roen y devoran. ¡Oh! yo no sabía que se padeciera tanto. ¿Qué es? ¡Ah! fuego. ¡No bebas! ¡Oh! no; padecerías mucho.

Hernani(á don Ruy).—¡Ah! ¡Cuán cruel eres! ¿No podías haber elegido otro veneno para ella?

(Bebe y tira el pomo.)

D.ª Sol.—¿Qué has hecho?

Hernani.—¿Qué has hecho tú?

D.ª Sol.—Ven, ven, amor mío, á mis brazos. (Siéntanse juntos.) ¿No es verdad que se padece horriblemente?

Hernani.—No.

D.ª Sol.—He aquí nuestra noche de bodas. He de estar muy pálida para novia.

Hernani.—¡Ah!

D. Ruy.—La fatalidad se cumple.

Hernani.—¡Qué desesperación! ¡Verla yo morir en este tormento!

D.ª Sol.—Cálmate: me siento mejor. Ahora mismo vamos á abrir nuestras alas hacia nuevos iluminados espacios. Partamos con vuelo igual á un mundo mejor. ¡Un beso! ¡Sólo uno!

D. Ruy.—¡Oh dolor!

Hernani(Con voz débil.)—¡Bendito sea el cielo que me dió una vida rodeada de abismos y seguida de espectros; pero que me permitió dormirme, cansado de tan rudo camino, besando tu mano!

D. Ruy.—¡Cuán felices son!

Hernani(Desfalleciendo.)—Ven... ven... Sol de mi alma. ¡Qué oscuro está todo!... ¿Padeces mucho?

D.ª Sol(Con voz igualmente desfallecida.)—Nada... nada ya.

Hernani.—¿Ves dos luces en las sombras?

D.ª Sol.—Todavía no.

Hernani.—Yo sí...

(Da un suspiro y cae.)

D. Ruy(Levantándole la cabeza, que vuelve á caer.)—¡Muerto!

D.ª Sol(Desgreñada é incorporándose un poco.)—¡Muerto! No... dormimos... Duerme... es mi esposo. ¿Ves? Nos amamos y... dormimos aquí... Esta es nuestra noche de bodas. No le despertéis, señor duque de Mendoza... está cansado... (Vuelve la cara de Hernani.) Amor mío, vuelve á mí tus ojos... Más cerca... más aún...

(Cae.)

D. Ruy.—¡Muerta! ¡Oh! ¡estoy condenado!

(Se mata.)

FIN DEL DRAMA


Back to IndexNext