ACTO V

Ilustración ornamentalACTO VTRIBOULET

Ilustración ornamental

TRIBOULET

La misma decoración del acto anterior, pero cuando se levante el telón, la casa de Saltabadil estará completamente cerrada á la vista. No se ve ninguna luz: oscuridad completa.

PERSONAJES

FRANCISCO I.TRIBOULET.BLANCA.SALTABADIL.UN MÉDICO.HOMBRES Y MUJERES DEL PUEBLO

TRIBOULET

(Se adelanta lentamente por el fondo envuelto en su capa. Ha cesado la lluvia y va alejándose la tempestad. De vez en cuando relampaguea y truena.)

Por fin voy á vengarme. Ya acaso esté vengado. Pronto hará un mes que espero, que espío, aun haciendo reir como juglar, ocultando mi turbación, llorando lágrimas de sangre bajo mi máscara de indiferencia. (Examinando una puerta baja de la casa.) Esta puerta... ¡Oh! ¡Tocar ya mi venganza! Por aquí ha de sacarlo, según creo. Aún no es la hora... Entre tanto miraré la puerta (Truena.) ¡Qué tiempo! ¡Noche de misterio! Una tempestad en el cielo... un asesinato en la tierra... ¡Qué grande soy aquí! Mi cólera de fuego es esta noche como la de Dios. ¡Qué rey inmolo! Un rey de quien dependen veinte reyes; un rey que soporta ahora el peso del mundo entero y de cuyas manos pende la paz ó la guerra. ¡Cómo va á conmoverse todo cuando deje de existir! ¡Cómo va á estremecerse la Europa, precisada á buscar su equilibrio en otra parte, cuando eche al río su cadáver! Pensar que si mañana dijera Dios á la tierra: ¡Oh tierra! ¿qué volcán acaba de abrir su cráter? ¿Quién agita así al cristiano y al turco, á Clemente, á Doria, á Carlos V, á Solimán? ¿Qué César, qué Cristo, qué guerrero, qué apóstol mueve las naciones á la lucha? ¿Quién te hace así temblar, oh tierra? La tierra contestaría con terror: «¡Triboulet!» ¡Oh! goza, vil bufón, goza en tu satánica soberbia: la venganza de un loco hace oscilar el mundo. (Óyese la hora en un reloj lejano.) ¡Las doce!

(Corre á la puerta y llama.)

Una voz(dentro).—¿Quién va?

Triboulet.—Yo.

La voz.—Bien.

(Ábrese el tablero inferior de la puerta.)

Triboulet.—Pronto.

La voz.—No entréis.

(Sale Saltabadil por la abertura y tira de algo pesado y metido en un saco que apenas se distingue en la oscuridad.)

TRIBOULET, SALTABADIL

Saltabadil.—¡Pardiez! ¡Y cómo pesa! Ayudadme, señor mío, un poco. (El bufón, agitado de convulsiva alegría, le ayuda á llevar el saco, que al parecer contiene un cadáver, hasta el proscenio.) Vuestro enemigo está en este saco.

Triboulet.—¡Qué gusto! Quiero verlo. ¡Una luz!

Saltabadil.—¡No, pardiez!

Triboulet.—¿Quién teméis que nos vea?

Saltabadil.—Los arqueros y vigilantes nocturnos. Nada de luz ¡qué diablo! Ya hacemos bastante ruido. Los diez escudos.

Triboulet.—Toma. (Entregándole un bolsillo.) Hay momentos de verdadera fruición en la venganza.

(Examina el saco mientras el otro cuenta.)

Saltabadil.—¿No he de ayudaros á echarlo al río?

Triboulet.—Para esto yo solo me basto.

Saltabadil.—Pero los dos lo haríamos más pronto.

Triboulet.—Un enemigo muerto y arrastrando no pesa mucho.

Saltabadil.—¡Como queráis! (Yendo á un punto del parapeto.) No lo arrojéis por aquí. Este sitio es malo. (Indicándole una brecha del parapeto.)Por aquí hay más profundidad. Despachad pronto y... buenas noches.

(Vuelve á su casa y cierra la puerta.)

TRIBOULET

¡Aquí está!... ¡Muerto!... Quisiera verlo. (Palpando el saco.) ¿Qué importa? Es él: lo reconozco al través delsaco. He aquí sus espuelas que atraviesan la lona: no hay duda, es él. (Se endereza y pone el pié encima del saco.) Ahora ¡oh mundo! mírame. Este es un bufón y este es un rey. Y ¡qué rey! El primero de todos. Y míralo á mis piés, con un saco por sudario, y por sepulcro el Sena que lo aguarda. ¿Quién ha hecho esto? (Cruzando los brazos.) Yo, yo solo. Viéndola estoy y no creo en mi victoria, ni los pueblos la creerán mañana. ¿Qué dirá la posteridad? ¡Qué asombro entre las naciones! ¡Oh suerte! ¡Cómo juegas con los destinos de los hombres! Una de las más altas majestades de la tierra, Francisco de Valois, rival de Carlos V, un rey de Francia, un héroe, un dios sin la eternidad, el amigo de la victoria, cuyo paso estremecía las murallas, el vencedor de Marignan, el rey del universo iluminado por su gloria... ¡oh Dios! arrebatado de repente en todo su poder, con su nombre y su fama y su corte aduladora; arrebatado como un niño mal nacido, arrastrado en una noche tormentosa por ignorada mano. ¡Cómo! ¡El rey que se elevaba ceñido de inflamada aureola, vedlo aquí extinto, desvanecido, disipado en los aires, apareciendo y desapareciendo como uno de esos relámpagos! Y acaso mañana, pregoneros inútiles irán de pueblo en pueblo ofreciendo oro y gritando á los pasajeros: ¿Quién se ha encontrado á Francisco primero, que se ha perdido? ¡Qué maravilla! (Pausa de silencio.) ¡Mi hija! ¡Pobre hija mía! Ya estás vengada. ¡Oh! ¡qué sed tenía de esta sangre! (Inclinándose sobre el cadáver.) ¡Malvado! ¿Puedes oirme aún? Tú me robaste á mi hija, que vale más que tu corona y no había hecho mal á nadie; me la devolviste, pero llena de vergüenza y llorando. Pues bien, ahora, ¿me oyes, rey de la crápula? ahora yo soy quien se ríe y se venga. Porque aparentaba haberlo olvidado todo, te adormeciste y confiaste. Creías piedad el disimulo de un padre, á quien podías abofetear. ¡Oh! no; en la luchasuscitada entre nosotros, lucha entre el débil y el fuerte, el vencedor es el débil; el que te lamía los piés, te roe el corazón. Ya eres mío, ya estás vencido. ¿Me oyes? Yo soy, rey caballero, yo, el loco, el bufón, esta mitad de hombre, este supuesto animal á quien tú llamabas perro. (Dándole con el pié.) Y es que, cuando la venganza está en nosotros, no hay nada que duerma en el corazón por muerto que esté; el más pequeño crece, el más vil se transforma, el esclavo desenvaina su odio, el gato se torna tigre, y un verdugo el bufón. (Irguiéndose.) ¡Oh, cómo gozaría yo si pudiera oirme, sin poder moverse! (Inclinándose otra vez.) ¿Me oyes? ¡Te aborrezco! Vé á ver si en lo hondo del río en que acaban tus días, hay alguna corriente que te lleve á Saint Denis. ¡Al agua, rey Francisco!

(Toma el saco por un extremo y lo arrastra á la orilla del río. Al dejarlo en el parapeto, se entreabre la puerta baja de la casa y sale Magdalena, observa con inquietud, hace una seña, dando á entender que no se ve á nadie, entra y vuelve á salir con el rey, al cual induce por señas á irse. Después se encierra en la casa y el rey atraviesa el fondo en la dirección que le ha indicado.)

Triboulet.—¡Al agua!

El Rey(cantando por el fondo.)

La mujer, pluma al viento,pronto varía...

La mujer, pluma al viento,pronto varía...

La mujer, pluma al viento,pronto varía...

La mujer, pluma al viento,

pronto varía...

Triboulet(estremeciéndose).—¡Qué voz!... Ilusiones de la noche ¿os queréis burlar de mí?

(Vuélvese y presta atento oído. El rey ha desaparecido, pero se le oye á lo lejos.)

El Rey(cantando.)

loco y necio es el hombreque en ella fía.

loco y necio es el hombreque en ella fía.

loco y necio es el hombreque en ella fía.

loco y necio es el hombre

que en ella fía.

Triboulet.—¡Maldición! No es él quien está en este saco. Alguien le ha protegido y se pone en salvo. ¡Me han engañado! (Corre á la casa donde sólo hay abierta la ventana superior.) ¡Bandido!... ¡Si no estuviera tan alta la ventana!... (Volviendo al saco con furor.) ¿Á qué inocente ha puesto en su lugar el traidor? Estoy temblando. (Palpando el saco.) Sí, es un cuerpo muerto. (Desgarra el lienzo con su puñal y mira ansiosamente.) No veo. ¡Qué oscuridad! Esperemos un relámpago. (Queda un instante con la vista fija en el saco entreabierto.)

TRIBOULET, BLANCA

(Brilla un relámpago. Se levanta el bufón dando gritos frenéticos.)

Triboulet.—¡Ah! ¡Mi hija! ¡Dios mío! ¡Mi hija! ¡Cielos! ¡Es mi hija! (Palpando su mano.) Tengo mojada la mano. ¡Oh Dios! ¡Sangre, sangre de mi hija! ¡Oh! ¡Me vuelvo loco! ¡Prodigio horrible!... Pero no: Blanca partió, está en camino de Evreux. (Cayendo de rodillas junto al cuerpo.) ¡Dios mío! ¿No es verdad que es un sueño horroroso? ¿No es verdad que habéis guardado á mi hija bajo vuestras alas y que no es ella? (Brilla otro relámpago.) ¡Sí, ella, ella es! (Arrojándose sobre el cuerpo y sollozando.) Hija mía, hija, respóndeme. ¡Te han asesinado! ¡Bandidos! ¡Y nadie aquí! ¡Qué siniestra familia! Háblame, hija mía. ¡Oh dolor! ¡Mi hija!

Blanca(Como reanimada á los gritos de su padre y con voz desfallecida.)—¿Quién me llama?

Triboulet.—¡Habla! ¡Se mueve! ¡Late aún! ¡Entreabre los ojos! ¡Vive, oh Dios! ¡Vive!

Blanca(incorporándose un poco).—¿Dónde estoy?

Triboulet(abrazándola).—¡Hija mía, mi único bien en la tierra! ¿reconoces mi voz? ¿Me oyes? Dí.

Blanca.—¡Padre mío!

Triboulet.—Blanca mía, ¿qué te han hecho? ¿Qué infernal misterio es este? Temo lastimarte... no veo. Hija, hija mía, ¿estás herida? Guía tú mi mano.

Blanca.—El hierro... ha tocado sin duda... el corazón... lo he sentido.

Triboulet.—Pero ¿quién, quién te ha dado golpe tan cruel?

Blanca.—¡Ah! Yo sola soy la culpable... Os he engañado... le amaba y... muero... por él.

Triboulet.—¡Suerte implacable! ¡Cogida en mi venganza! ¡Oh! Dios me castiga. Pero ¿cómo ha sido esto? Explícate, hija mía.

Blanca(moribunda).—No me hagáis hablar...

Triboulet.—Perdóname... Pero ¡perderte sin saber cómo!...

Blanca.—¡Me ahogo!

Triboulet.—Blanca, hija mía, no te mueras. (Con desesperación.) ¡Socorro! ¡Socorro! Nadie hay aquí. ¿He de dejar morir así á mi hija? ¡Ah! la campana de las aguas está ahí en el parapeto. ¿Puedes, hija mía, esperar que vaya á traer agua y á tocar para que vengan en tu auxilio? (Blanca hace una seña negativa.) ¿No quieres? Pero fuerza es que... (Llamando sin dejarla.) ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Esa casa, Dios mío, es una tumba! (Blanca agoniza.) ¡Se muere! No, no te mueras, hija mía. ¡Tesoro mío! ¡paloma mía! Si tú me faltas ¿qué me quedará ya en el mundo?

Blanca.—¡Oh!

Triboulet.—Espera; te estoy lastimando con el brazo; déjame mudar de postura. ¿Estás así mejor? Procura respirar hasta que venga alguien á asistirnos... ¡Y no viene nadie! ¡Oh Dios!... ¡Nadie!

Triboulet.—¡Blanca!... ¡Hija mía!

Triboulet.—¡Blanca!... ¡Hija mía!

Blanca.—Padre mío... perdonadme... ¡Adiós!

Triboulet(mesándose los cabellos).—¡Blanca! ¡Hija mía!... ¡Está espirando! (Corre á la campana y toca á rebato.) ¡Socorro! ¡Asesinos! ¡Fuego! (Volviendo á Blanca.) ¡Procura, hija mía, decirme otra palabra, una sola por piedad! ¡Á los diez y seis años! ¡Oh! es demasiado joven; no está muerta. Blanca ¿has podido dejar así á tu padre? ¿No he de oir más tu dulce voz? (Viene gente del pueblo con hachas encendidas.) No tuvo el cielo piedad al darte á mí. ¿Por qué no te llevó, á lo menos, antes de mostrarme la belleza de tu alma? ¿Por qué me dejó conocer tesoro tan precioso? ¡Que no te hubieras muerto en la infancia, cuando te heriste jugando con otros pequeñuelos! ¡Hija mía! ¡Hija mía!

Los mismos, hombres y mujeres del pueblo

Una mujer.—Sus palabras me parten el corazón.

Triboulet(volviéndose).—¡Ah! ¿Ahora? Á buen tiempo. (Agarrando del cuello á un carretero que trae su fusta en la mano.) ¿Tienes caballos, gaznápiro? ¿Tienes carro?

Carretero.—Sí, señor. ¡Vaya si está furioso!

Triboulet.—Pues bien, toma mi cabeza y ponla debajo de las ruedas. (Volviendo á Blanca.) ¡Hija, hija mía!

Un hombre del pueblo.—¡Un asesinato! ¡Un padre desesperado! Vamos á separarlos. (Quieren apartar á Triboulet que se resiste.)

Triboulet.—¡Quiero aguardar aquí! ¡Quiero verla! Yo no os he hecho ningún mal para que me la quitéis. No os conozco. (Á una mujer.) Señora, vos que soisbuena, porque lloráis conmigo, decidles que no me aparten de mi hija. (Intercede la mujer, y vuelve él junto á Blanca.) ¡De rodillas! ¡De rodillas, miserable, y muere al lado de ella! (Se arrodilla.)

La mujer.—Tranquilizaos, buen hombre. Si gritáis, os echarán de aquí.

Triboulet.—No, no; dejadme. Creo que respira aún; tiene necesidad de mí. Id á pedir socorro á la ciudad. Dejadla en mis brazos, sin temor de que me mueva. (La toma en brazos como una madre á un niño.) No, no está muerta: no lo querrá Dios, porque, en fin, bien sabe Dios que no tengo en la tierra más que á mi hija. Todos odian al pobre deforme, y á sus males todos son indiferentes. Ella me ama, sin embargo; es mi alegría, mi apoyo, y cuando se ríen de su padre, llora con él. ¡Tan hermosa y muerta! ¡Oh! no. Dadme un pañizuelo para enjugarme la frente. (Se la enjuga una mujer.) Sus labios están aún sonrosados. ¡Oh! ¡Si la hubiérais visto! Parece que la veo yo aún, cuando era pequeñuela con sus cabellos de oro... Era rubia entonces... (Estrechándola con delirio.) ¡Oh! ¡Pobre niña! Mi Blanca, mi dicha, mi hija adorada. Cuando era pequeña, la tenía yo así. Ella se dormía en mis brazos como ahora, y cuando se despertaba... ¡qué ángel del cielo! No le parecía yo nada extraño; y se sonreía mirándome con sus ojos divinos, mientras yo le besaba las dos manos. ¡Pobre paloma mía! ¡Muerta! Oh no; está durmiendo, y pronto la veréis abrir los ojos. Ya veis, señores, como hablo ahora con juicio, me estoy quieto y no ofendo á nadie; ya veis... no hago nada, bien me podéis dejar que mire á mi hija. (Contemplándola.) ¡Ni una sombra en la frente! ¡ni uno de los dolores antiguos! Ya he calentado sus manos entre las mías. Ved, tocadlas. (Llega un médico.)

La mujer.—El cirujano.

Triboulet(al médico que se acerca).—Venid, miradla. No me opondré á nada. Está desmayada ¿no es verdad?

El Médico(después de reconocer á Blanca).—Está muerta.

Triboulet.—¡Muerta!

(Se levanta con un movimiento convulsivo.)

El Médico(continuando fríamente).—Tiene en el costado izquierdo una herida harto profunda, y la sangre ha causado su muerte sofocándola.

Triboulet(con desesperación).—¡Yo, yo he matado á mi hija! ¡Yo he matado á mi hija!

(Cae al suelo sin sentido.)


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