Chapter 31

Ilustración ornamentalESCENA IIOTBERTO, REGINA

Ilustración ornamental

OTBERTO, REGINA

Otberto(con júbilo).—¡Regina! ¿Es posible? ¿Sois vos?

Regina.—¡Otberto! ¡Ya vivo, ya hablo, ya respiro! Ya no padezco ni me derrito, soy feliz y os pertenezco.

Otberto(contemplándola).—¡Oh dicha!

Regina.—Esta noche he dormido y no he tenido fiebre. Si hablaba, sólo vuestro nombre entreabría mislabios. ¡Qué sueño tan dulce! Cuando la luz del sol me ha despertado, me pareció que nacía á nueva vida. Los alegres pajarillos cantaban en mi ventana, las flores se abrían enviando al cielo sus aromas, yo me sentía llena de júbilo, y buscaba con la vista lo que me enviaba un aliento tan puro y llenaba mi alma de tan dulces armonías, y arrasados de lágrimas los ojos decía para mí: «Yo soy el canto de los pájaros, y el aroma de las flores, yo.» Otberto, Otberto mío, te amo. (Se echa en sus brazos sacándose del seno el pomo.) Este licor es la vida. Tú me has dado la salud, tú me has arrancado á la muerte. Ahora defiéndeme de Hatto.

Otberto.—¡Regina, hermosa mía! ¡Oh! yo sabré acabar mi obra. Pero no me admires; yo no tengo valor, no tengo virtud; sólo tengo amor. Vives tú y veo ya nueva luz; vives, y siento en mí como una nueva alma. Pero mírame. ¡Dios mío! ¡qué hermosa está! ¿No padeces?... ¿de veras?

Regina.—Nada absolutamente: estoy ya buena.

Otberto.—¡Bendito seáis, Dios mío!

Regina.—¡Bendito tú también, Otberto! (Permanecen abrazados y en silencio. Luégo y de pronto se desase Regina y dice:)¡Ah! El buen conde Job me está esperando. Bien mío, adiós. Sólo quería decirte que te amo.

Otberto.—¿Volverás?

Regina.—Muy luégo.

Otberto.—¡Gracias, Dios mío, gracias! Regina vive.

(Aparece en el fondo la siniestra figura de Guanhumara.)

OTBERTO, GUANHUMARA

Guanhumara(poniéndole la mano en el hombro).—¿Estás contento?

Otberto(con espanto).—¡Ah! ¡Guanhumara!

Guanhumara.—Ya lo ves: te he cumplido mi promesa.

Otberto.—Yo cumpliré mi juramento.

Guanhumara.—¿Sin piedad?

Otberto.—Sin flaqueza. (Aparte.) Después... me suicidaré.

Guanhumara.—Te esperaré á media noche.

Otberto.—¿Dónde?

Guanhumara.—Frente la torre de la bandera negra.

Otberto.—Es un sitio pavoroso por donde nadie pasa. Dicen que la roca conserva siniestra huella.

Guanhumara.—Un rastro de sangre que desde una ventana desciende por el muro hasta la orilla del torrente.

Otberto(con horror).—¡Sangre!... Ya lo ves: la sangre mancha y quema.

Guanhumara.—La sangre lava también y apaga la sed.

Otberto.—Ea, pues: manda á tu esclavo. ¿Á quién encontraré en el sitio designado?

Guanhumara.—Á un encubierto, solo.

Otberto.—¿Qué más?

Guanhumara.—No hay sino seguirle.

Otberto.—En buen hora.

(Guanhumara le arrebata el puñal y mirándole con ojos fulgurantes exclama:)

Guanhumara.—¡Oh Cielos! ¡oh profundidades sagradas! ¡triste serenidad de las azules bóvedas! ¡Oh noche cuya tristeza tiene tanta majestad! Y tú, que en mi largo destierro me acompañaste siempre, vieja argolla de mi cadena, sedme testigos. Y vosotros, muros, torres, encinas que derramáis sombras sobre los pasos del viajero, oídme: ¡Yo, yo condeno á morir bajo este cuchillo vengador á Fosco, barón de los bosques, de las rocas y de los llanos; sombrío como tú, noche; viejo como vosotras, encinas!

Otberto.—¿Quién es Fosco?

Guanhumara.—El que ha de morir por tu mano. (Le devuelve el puñal.) Hasta media noche.

(Sale por la galería del fondo sin ver á Job ni á Regina que entran por el lado opuesto.)

Otberto.—¡Cielos!

OTBERTO, REGINA, JOB

(Entra corriendo Regina y se vuelve luégo hacia Job, que la sigue lentamente.)

Regina.—Sí, sí; ya puedo correr. Ved, señor. (Á Otberto preocupado.) Somos nosotros, Otberto.

Otberto.—Condesa... Señor.

Job.—Esta mañana sentía aumentarse mi melancolía; lo que el mendigo nos dijo ayer, pasaba por mi cabeza á cada instante como un relámpago. (Á Regina.) Después pensaba en ti, á quien veía moribunda; en tu madre, sombra triste que vaga entre nosotros. (Á Otberto.)Cuando de pronto entra en mi aposento esta niña, fresca, sonrosada, alegre... Pero ¡qué milagro! Yo, al verla, río y lloro y vacilo. Vamos á dar las gracias á Otberto, me dice. Vamos, contesto yo. Y hemos atravesado el desierto castillo y...

Regina.—Y vednos corriendo á los dos.

Job.—Pero ¿qué misterio es éste? ¿Cómo se ha curado mi Regina? No me lo ocultes. ¿Qué has hecho para salvarla?

Otberto.—Señor, todo se ha obrado por la virtud de un filtro, de un secreto que me ha vendido una esclava de aquí.

Job.—Esa esclava es libre. Le doy además cien libras de oro... campos... viñas. Perdono á los condenados á muerte que gimen en este burgo y concedo la franquicia á mil campesinos á elección de Regina. (Tomándolos de las manos.) Mi corazón está henchido de júbilo. Me gusta veros así. Pero... (Da unos pasos y queda pensativo.) Es verdad... estoy maldito y solo y... soy viejo. ¡Oh dolor! Oculto vivo en el castillo que habitan mis mayores, y aquí, taciturno, inmóvil, triste, sombrío, miro pensativo en torno de mí y... ¡ay! ¡qué negro me parece todo!... Tiendo á lo lejos la vista sobre Alemania y no veo más que envidiosos, tiranos, verdugos, compitiendo en insensatez é iniquidad. ¡Pobre país, empujado hacia el abismo por cien brazos... caerá al fin en él; caerá, si Dios no envía algún gigante que le tienda la mano! Me aflijo en esta consideración. Miro mi raza, mi casa, á mis hijos... Y ¿qué veo? Odio, bajeza, procacidad... Hatto contra Magno; Gorlois contra Hatto; ya bajo el lobo enseña los dientes el lobezno. Mi raza me da miedo. Miro en mí mismo, en mi vida, y ¡oh Dios! palidezco y tiemblo, pues cada recuerdo que evoco espantado, se reviste de horrible aspecto al pasar ante mis ojos. Sí, todo es negro. Demonios en mi patria, monstruos en mi familia y espectros en mi alma. Por eso, cuando mi turbada vista que sigue la triple visión de esta triple sombra, buscando la luz y á Dios, se levanta al fin, tengo necesidad de veros cerca de mí como dos puros rayos, como dos apariciones en la puerta del infierno, á vosotros, niños cuya frente brilla con tanta claridad; á ti, bravo mozo, y á ti, casta doncella, que parecéis, cuando convertís á mí los ojos, dos ángeles indulgentes inclinados sobre Satanás.

Otberto.—Señor...

Regina.—¡Por Dios!...

Job.—Hijos, quiero estrecharos á los dos entre mis brazos. (Á Otberto.) Tu mirada es sincera; se reconoce en ti al caballero fiel á su palabra, como el águila al sol, como el acero al imán... Todo lo que este mozo ofrece, eso cumple. (Á Regina.) ¿No es verdad?

Regina.—Le debo la vida.

Job.—Antes de mi caída, era yo como él: grave, puro, casto y bien templado como una virgen, como una espada. (Va á la ventana.) ¡Ah! Este aire es grato, el cielo sonríe y el sol alienta. (Volviendo.) Regina mía, este noble semblante (Indicando á Otberto) me recuerda á un niño... mi último hijo. Cuando Dios me lo dió, me creí perdonado. Pronto hará veinte años. Un hijo en mi vejez. ¡Qué dón del cielo! Sin cesar iba á su cuna y hasta cuando estaba durmiendo le hablaba muchas veces, porque los viejos nos volvemos niños. Por la noche le sentaba en mis rodillas y... te hablo de un tiempo... tú no habías nacido aún. Aunque apenas tenía un año, balbuceaba ya graciosamente algunas palabras; tenía mucha inteligencia y me conocía muy bien. Y reía; y cuando le veía reir yo, ¡pobre anciano, sentía un sol en el corazón! Yo quería hacer de él un valiente, un vencedor: habíale puesto el nombre de Jorge. Un día... ¡amargo recuerdo! estaba el niño jugando en el campo y... ¡Oh! cuando seas tú madre,no pierdas de vista nunca á tus hijos... ¡Me lo robaron! Unos judíos, una gitana... ¿Para qué? ¡Horror! ¡Para degollarlo en sus aquelarres! Lloro desde hace veinte años, como desde el primer día. ¡Ah! ¡Le amaba tanto!... Era mi reyezuelo; yo estaba loco, ebrio con él, y sentía en mí todo lo que siente un alma abierta al cielo, cuando sus manecicas tocaban mi blanca barba. No he sabido más de él y... el corazón se me parte. Ahora tendría tu edad y tu hermosa frente y sería inocente como tú. ¡Oh! sí. Á veces digo para mí, cuando te miro: «¡Es él!» (Le abraza. Guanhumara aparece en el fondo y observa con cautela.) Por un milagro extraño y piadoso á la vez, tu candor, tu porte, tus ojos, tu voz, todo en ti, recordándome aquel hijo perdido, hace que lo tenga presente y que no lo olvide. Sé tú mi hijo.

Otberto.—Señor...

Job.—Sí, sé mi hijo. Tú, honrado mozo, de oscuro linaje, ya lo sé, y huérfano, pero gran corazón que persigue una noble quimera, ¿sabes lo que quiero decirte cuando te digo que seas mi hijo? Pues quiero decirte... escuchad los dos... que pasar el día al lado de un pobre anciano ya á las puertas del sepulcro, y vivir como en prisión desde la mañana hasta la noche, cuando la moza es bella y buen mozo el galán, sería odioso y hasta fuera del orden natural, si no pudieran por encima del anciano, que bien comprende el juego, mirar y sonreir y hacerse alguna seña. Y digo que el anciano es sensible á vuestro amor; que veo con buenos ojos que os amáis, y os echo la bendición.

ReginayOtberto(con júbilo).—¡Ah!

Job.—Yo quiero acabar de curarte. Tu madre era sobrina mía, y al morir te dejó bajo mi guarda y cuidado. ¡Ay! he visto desaparecer como ella siete hijos, los más valientes acaso; Jorge mi último hijo, mi última mujer y todo lo que amaba. Estos pesares guarda el tiempo á los que viven mucho... Tú, á lo menos, sé feliz. Hijos, yo os uno en el amor, porque Hatto... Hatto deshojaría mi pobre flor querida. Cuando estaba para espirar tu madre, le dije: Muere en paz, tu hija es ya mi hija, y si fuere menester daría mi sangre por ella.

Regina.—¡Oh! ¡Padre mío!

Job.—Se lo juré. (Á Otberto.) Tú, hijo, vé, crece, pelea. No tienes nada, pero yo te daré en dote mi feudo de Kammerberg, dependiente de mi burgo de Heppenheff. Vé, pues, como fueron Nemrod, César, Pompeyo... Yo de mí sé decir que tengo dos madres: mi madre natural y mi espada; soy bastardo de un conde, pero hijo legítimo de mis hazañas. Hay que hacer lo que yo hice... (Aparte.) ¡Ah! Menos mi crimen. (Alto.) Hijo, sé valiente y honrado. Hace ya tiempo que llevo entre cejas este casamiento. Bien puede emparentar el franco arquero Otberto, con Job, franco caballero. Tú dirías para ti: Siempre he de ser ¡qué vergüenza! el perro del viejo león, el paje del anciano conde, sujeto á su lado mientras viva. No; te quiero mucho, hijo; mas por ti, no por mí. ¡Oh! los viejos no son tan malos como se cree. Ea, arreglemos esto. Yo le temo á Hatto. ¡Silencio! Nada de rompimiento aquí; saldría á relucir el puñal. (Bajando la voz.) Mi palacio se comunica con los fosos del castillo, y yo tengo las llaves. Esta noche, con buena escolta, partiréis los dos: lo demás te toca á ti.

Otberto.—Pero...

Job(sonriendo).—¿Rehusas?

Otberto.—¿Cómo he de rehusar, señor, si me ofrecéis el paraíso?

Job.—Entonces, haz lo que te digo. ¡Mucha reserva! Y luégo á la puesta del sol huyes, y quedo yo al cuidado de evitar que te persiga Hatto, y os casaréis enCaub. (Guanhumara, que lo ha oído todo, sale.) Ahora, hijos míos, decidme que sois felices. Yo voy á quedarme solo...

Regina.—¡Padre mío!

Job.—¿Qué será de mí cuando hayáis partido, cuando mis males me abrumen otra vez? Porque, blanca paloma, después de un momento de alivio, el peso recae sobre mí otra vez. (Á Otberto.) Gunther, mi capellán, os seguirá de cerca, y espero que todo salga á pedir de boca. Después volveréis á verme un día. No lloréis... dejadme entero mi valor. Sois felices y... cuando se ama á vuestra edad, ¿qué importa un anciano? ¡Ah! Tenéis veinte años; yo... Dios no puede querer que yo padezca ya mucho. (Á Otberto.) Conque esperadme aquí. Tú conoces bien la puerta ¿eh? Voy á traerte las llaves.

(Sale por la puerta de la izquierda.)

OTBERTO, REGINA

Otberto.—¡Santo cielo! Todo se confunde en mi turbado espíritu. ¡Huir con Regina, huir de este siniestro burgo!... ¡Oh! si estoy soñando, no me despertéis, por piedad. ¿Conque es verdad, alma mía, que me perteneces? Huyamos sin aguardar á la noche; huyamos desde luégo. ¡Ah! ¡Si pudieras tú saber!... Allá el edén radiante... detrás de mí el abismo. Huyo hacia la felicidad; huyo delante del crimen...

Regina.—¿Qué estás diciendo?

Otberto.—No, no temas nada; huiré... Pero mi juramento ¡gran Dios! Regina, he jurado... ¿Qué importa? Huiré, me escaparé... Dios mío, juzgadme. Ese anciano es tan bondadoso como augusto, y debo obedecerle en todo. Ven, partamos: todo nos favorece y nada puede impedir nuestra fuga.

(Durante estas últimas palabras Guanhumara ha vuelto por la galería del fondo conduciendo á Hatto que ve á los amantes abrazados. Hatto hace una seña y se acercan tras él los príncipes, burgraves y soldados. El marqués les indica los amantes, los cuales no echan de ver nada en su amoroso éxtasis. Al volverse Otberto para salir con Regina, se alza el celoso Hatto ante él. Guanhumara ha desaparecido.)


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