Ilustración ornamentalPARTE TERCERALA CUEVA SUBTERRÁNEA
Ilustración ornamental
LA CUEVA SUBTERRÁNEA
Una cueva sombría, cimbrada y baja, de aspecto húmedo y pavoroso. Algunos girones de tapicería roída por el tiempo penden de las paredes. Á la derecha una ventana, en cuya reja se distinguen tres barrotes rotos y como violentamente separados. Á la izquierda una mesa y un banco de piedra, groseramente labrados. En el fondo, á lo oscuro, una especie de galería, cuyos pilares sostienen las arquivoltas. Es de noche: un rayo de luna entra por la ventana y dibuja una forma recta y blanca en la pared opuesta. Al levantarse eltelón, Job está solo en la cueva sentado en el banco de piedra, y sumido en profunda meditación. Una linterna encendida á sus piés. Viste un saco pardo.
JOB, solo
¿Qué me dijo el emperador?... ¿Qué le contesté?... No, no lo entendería... Sin duda lo comprendí mal... Desde ayer no siento en mí más que dudas y sombra, ando vacilante y como á la ventura, bajo mis plantas se borra mi camino, y los objetos reales, perdidos entre las nieblas de mis turbados ojos, tiemblan detrás de un velo, como en un sueño. (Pausa.) El demonio juega con el espíritu de los desgraciados. Sí, es sin duda un sueño... pero horrible. ¡Ah! cuando la virtud duerme en nuestro herido corazón, el crimen forja los sueños. Cuando jóvenes, soñamos con el triunfo; viejos, con el castigo. Dos sueños á los dos extremos de la suerte. El primero miente. Y el segundo ¿dice la verdad? (Pausa.) Por de pronto, lo que sé es que todo se ha hundido en mi alta mansión. Federico Barbaroja es el amo de mi casa. ¡Oh dolor!... En fin, bien hice: he salvado mi país, he salvado el reino. (Pausa.) ¡El emperador! Éramos fantasmas el uno para el otro, y nos mirábamos con ojos casi deslumbrados, como los dos gigantes de un mundo desvanecido. Quedamos en efecto los dos solos sobre el abismo; somos de lo pasado la doble y sombría cima; el nuevo siglo lo ha sumergido todo; pero sus olas no han cubierto nuestras frentes, porque están muy altas... El uno de los dos va á caer... yo soy... la sombra me envuelve. ¡Oh! ¡qué acontecimiento, la caída de mi montaña! Mañana, el Rhin mi padre, contará al viejo mundo alemán este prodigio y este hundimiento, y cómo acabó elgran duelo del anciano Job y Barbaroja. Mañana no tendré ya hijos ni vasallos... ¡Adiós, inmensa lucha! ¡adiós, nocturnos asaltos! ¡adiós, gloria! Mañana oiré cómo se burlan y ríen de mí los pasajeros; y todos verán á aquel Job que cien años soberanos defendió palmo á palmo cada roca del Rhin, á Job que á pesar de César y de Roma respira, vencido, roído vivo por el águila del imperio, y enclavado, último burgrave, á su última roca. (Se levanta.) ¡Cómo! El conde Job... ¿soy yo quien sucumbe?... ¡Silencio, orgullo! Calla á lo menos en esta tumba... Aquí, bajo estas bóvedas que se diría palpitantes; aquí, una noche igual á ésta... ¡Oh! cuánto tiempo hace... y siempre es ayer. ¡Horror! Bajo esta bóveda, desde aquel día, ha sudado mi crimen, gota á gota, ese sudor de sangre que se llama remordimiento. Aquí hablo al oído de los muertos. Desde entonces, Dios mío, el insomnio de noches enteras depuso sus dedos de plomo sobre mis párpados, ó si he dormido, dos sombras chorreando roja sangre atravesaban sin cesar mi sueño. El mundo me ha creído grande; olvidado del rayo, estos montes han visto encanecer á su centenario bandido; la Europa me admiraba de pié en nuestras cumbres, pero por más que haga un asesino, su negra conciencia no se deja engañar nunca por la gloria. Los pueblos me creían ebrio con mis triunfos; pero de noche, durante sesenta años, aquí doblaba yo mis rodillas penitentes, y estas paredes, negro pliegue de este burgo tan famoso, veían la falsedad de mi grandeza. Los clarines resonaban delante de mí; yo con mi bandera en alto era conde en el imperio, y león en mis montañas, pero mientras á mis piés todo era nada, mi crimen, odioso enano, vivía en mí como un gigante, se reía cuando me alababan y mordiéndome el corazón gritaba: ¡Miserable! (Alzando las manos.) ¡Donato! ¡Ginebra! ¡Oh víctimas! ¿no perdonaréis á vuestro verdugo, cuando Dios nos llame á todos? ¡Oh! no basta, no, golpearse el pecho de rodillas, llorar, arrepentirse, orar. Nada me ha perdonado; ¡me siento maldito y condenado! (Siéntase.) Tenía descendientes y ascendientes, pero ya mi burgo está muerto: mi hijo es viejo; sus hijos son viciosos; mi Benjamín, mi último tesoro, se perdió; Otberto y Regina, á los que amaba aún... que el alma ama siempre porque es divina... se dispersaron sin duda al viento de mi última caída. Vengo á buscarlos y han desaparecido. Harto es: muramos. (Se saca el puñal del cinto.) Mi corazón ha creído que alguien me espera aquí. (Vuélvese hacia las profundidades del subterráneo.) Ea, yo te lo ruego en esta hora suprema; perdóname, Donato, antes que muera. Job no existe ya. ¡Queda Fosco! ¡Perdón para Fosco!
Una voz.—¡Caín!
(Sordamente.)
Job(con turbación).—Creo que me hablan... No, es el eco. Si alguien me hablara sería del otro mundo, porque nadie, sino yo, sabe hoy el modo de entrar en esta cueva, en este corredor secreto en que jamás ha brillado luz. Los que lo sabían, murieron hace más de sesenta años. (Da un paso hacia el fondo.) ¡Mártir, perdón para Fosco!
La voz.—¡Caín!
Job(con espanto).—¡Es singular! Han hablado, no hay duda. Pues bien. ¡Sombra! ¡Fantasma! ¡Yo te imploro! ¡Hiéreme! Quiero morir antes que oir otra vez cómo me llama el eco horrible de este oscuro subterráneo, cada vez que nombro á Fosco.
La voz.—¡Caín! ¡Caín! ¡Caín!
Job.—¡Gran Dios! Me flaquean las rodillas... estoy soñando. El dolor, trocándose en locura, acaba por embriagar como vino del infierno. Oigo dentro de mí la amarga risa del remordimiento. Sí... ¡sueño pavoroso que me sigue y abruma y más y más horrendo en este seno de tinieblas! ¡Oh voz que sales del sepulcro! ¡Aquí estoy, pues! ¿Á qué pregunta debo contestar? ¿Qué explicación quieres? Habla: yo contestaré.
(Una mujer velada y vestida de negro sale por detrás del pilar de la izquierda y aparece en el fondo con una lámpara en la mano.)
JOB, GUANHUMARA
Guanhumara.—¿Qué has hecho de tu hermano?
Job.—¿Quién es esta mujer?
Guanhumara.—Una esclava allá arriba; una reina aquí. Conde, á cada cual le llega su vez. Sabes que este burgo es doble y sus colosales torres tienen más de una caverna por debajo de sus cuadras; todo lo que el sol alumbra está bajo tu ley; todo lo que llenan las tinieblas es mío. (Acercándose.) Me perteneces pues, y no puedes sustraerte á mi tenebroso poder.
Job.—¿Quién eres?
Guanhumara.—Voy á contarte una breve y triste historia. Érase el año... ¡Cuánto tiempo ha pasado y cuántos han muerto desde entonces! Los que tienen ahora cien años, tenían entonces treinta. Dos amantes estaban allí. (Indicando un ángulo de la cueva.) Era como ahora una noche de Setiembre. Un rayo de luna dibujaba un sudario en la blancura de la pared. (Se vuelve y le indica la pared alumbrada por la luna.) Así. De repente, con la espada en la mano...
Job.—¡Por favor, basta, basta!
Guanhumara.—¿Sabes esta historia? Pues bien, Fosco, el sitio en que Donato cayó muerto es éste. (Indica el banco de piedra.) El brazo del asesino este es. (Le coge el brazo á Job.)
Job.—Mátame también; mátame, pero calla.
Guanhumara.—Por esa ventana... Ven. (Le arrastraá ella.) Por esta ventana, fueron arrojados al torrente el escudero Sfrondati y Donato su señor; y para que pudieran pasar los cuerpos, uno de los verdugos rompió estos tres barrotes con su mano de acero. (Cogiéndole la mano.) Aquella dura mano, hoy impotente, es esta, conde.
Job.—¡Por piedad!
Guanhumara.—Alguien también pedía piedad entonces; una mujer que se retorcía de dolor, mientras sonriendo el asesino la hizo maniatar y con su propia mano le puso al pié la férrea argolla de la esclavitud: mírala. (Se alza la túnica y enseña la anilla remachada á su pié.)
Job.—¡Ginebra!
Guanhumara.—Frente muerta, mano fría, ojos hundidos, sí, mi nombre es bello, en corso, Ginebra. Estos duros países del Norte, han hecho de él Guanhumara; y la edad, ese otro Norte que nos hiela y arruga, convirtió la hermosa joven en lívido espectro. (Álzase el velo.) Vas á morir.
Job.—Gracias, ¡qué beneficio el tuyo!
Guanhumara.—No me las dés todavía. Tu hijo menor, tu Jorge vive aún.
Job.—¡Cielos! ¿Qué has dicho?
Guanhumara.—Yo soy quien te lo robó.
Job.—¡Ah!
Guanhumara.—Llevaba puesto este collar.
(Se saca del seno y le tira un collar de oro y perlas que recoge el anciano y besa muchas veces, cayendo luégo de rodillas á los piés de la esclava.)
Job.—¡Piedad! ¡Véanle mis ojos antes de cerrarse á la luz! te lo suplico de rodillas.
Guanhumara.—Le verás.
Job.—¿Le veré?
Guanhumara.—Sí; él es quien ha de venir á darte el golpe mortal.
Job(levantándose horrorizado).—¡Oh Dios! Pero ¿hashecho de él un monstruo, en tu enojo impío, para creer que un hijo quiera matar á su padre?
Guanhumara.—Es Otberto.
Job(juntando las manos en alto).—¡Dios mío, bendito seas! Lo había soñado yo. Pero en su corazón todo es noble; no hay una sombra de mal en su alma inocente y pura. No cuentes con él; no me matará mi Otberto.
Guanhumara.—Escucha. Gozabas tú de la luz del día, mientras yo hacía en las sombras mi camino y no me has visto avanzar en mi rastrero paso. Despierta, Fosco, preso en los anillos de la serpiente. Mientras el emperador robaba tu atención, poco há, estaba yo con Regina, á quien he dado á beber un filtro de poderosa virtud. Mira...
(Entran por el fondo de la galería, por la derecha, dos enmascarados trayendo un ataúd cubierto con un paño negro. Job corre á ellos, que se detienen.)
Job.—¡Un ataúd! (Levanta el paño con temor y ve un rostro pálido.) ¡Regina! (Á Guanhumara.) ¡Monstruo! ¡Tú le has dado la muerte!
Guanhumara.—Aún no. Estoy acostumbrada á estos juegos. Está muerta para todos; para mí sólo dormida. En cuanto yo quiera, despertará.
Job.—¿Qué quieres por despertarla?
Guanhumara.—Tu vida. Otberto lo sabe y él será quien elija. (Extendiendo la mano derecha sobre el féretro.) ¡Juro por el eterno enojo que nos deja el agravio, por la Córcega de cielo dorado y sol devorador, por el frío esqueleto que yace en el torrente, por este seno de sombras que se tragó su sangre... juro que este ataúd no saldrá de aquí vacío! (Los dos encubiertos que llevan el ataúd siguen su camino hacia la izquierda. Á Job.) Él ha de elegir, ó á ti ó á ella. Si quieres huir lejos de ellos, huye en buen hora: entonces morirán los dos que están en mi poder.
Job(tapándose el rostro con las manos).—¡Qué horror!
Guanhumara.—Muere tú, y entonces ellos vivirán.
Job.—Oye... un ruego. Morir es nada: toma mi sangre, toma mi vida; pero no obligues á cometer un crimen á un inocente. Conténtate, mujer, con una sola víctima. Un mundo extraño se revela en mí; ¡oh! mi crimen ha hecho germinar aquí en la sombra, bajo estos montes, un infierno, cuyos demonios voy á remover, horrible nido de serpientes, nacidas de las gotas que de mi puñal cayeron. El asesino es un sembrador que recoge el mal; lo sé. Tú me has cogido en un círculo de hierro. ¿Qué más quieres? ¿No soy tu presa? Es justo, haces bien; te acojo con alegría, maldito en mis hijos, maldito en mis nietos; pero respeta al niño. ¿Quieres que éntre aquí puro, noble y sin mancha y que salga marcado con la horrenda señal que yo, Caín, llevo en la frente? Ginebra, pues que juzgaste bueno arrebatármelo á mí, anciano cuya esperanza era él... No, no te hago aquí ningún reproche... En fin, te lo llevaste y lo conservaste á tu lado, sin hacerle ningún daño al pobre niño ¿no es verdad? Tú viste ¡oh dicha que yo envidio! viste abrirse sus ojos de águila interrogando á la vida, viste cómo su frente buscaba el calor de tu seno, viste nacer su bella alma... Pues bien, es tu hijo también, tuyo como mío... ¡Oh! he sufrido mucho, te lo juro; bien castigado estoy... El día en que me dijeron que el niño se había perdido, creí que deliraba. No te exagero, ya te lo habrán dicho. No pude decir más que estas palabras: «¡Perdido mi hijo!» Pero caí al suelo como muerto. ¡Pobre niño! ¡Cuando pienso en ello!... Estaba jugando entre las rosas. ¿No es verdad? ¡Oh recuerdos que atormentan! Juzga si habré sufrido. Pues bien, no cometas una maldad peor que la mía; no manches esa alma pura y divina. ¡Oh! si sientes latir en tu pecho un corazón...
Guanhumara.—No tengo corazón: me lo arrancaste tú.
Job.—Bien, quiero morir en este oculto sepulcro; pero no por su mano.
Job.—¡Regina!
Job.—¡Regina!
Guanhumara.—El hermano mató aquí al hermano: el hijo matará aquí al padre.
Job(arrastrándose de rodillas á los piés de su enemiga).—Concede por Dios otra muerte á mi miseria; te lo ruego.
Guanhumara.—¡Ah! ¡maldito! Yo también te rogaba de rodillas, golpeándome el desnudo seno, loca y desesperada. Recuérdalo bien: al levantarme grité en mi despecho: ¡Soy corsa y me vengaré! Y tú te reíste de mi amenaza, y rechazándome con el pié, me contestaste fieramente: «Véngate si puedes.» Pues bien, puedo vengarme, me vengo.
Job.—Mi hijo no te ha agraviado en nada. ¡Perdón! (Llorando.) Piensa en que te amaba y estaba celoso.
Guanhumara.—¡Calla! Es cosa impía que entre tantos crímenes te atrevas á invocar el sagrado nombre de amor. Y bien, devuélveme mi amor, fratricida.
Job(levantándose con sombría resignación).—¿Sabe Otberto que ha de matar á su padre?
Guanhumara.—No. Por salvar á Regina, sin saber tu verdadero nombre, herirá en la sombra.
Job.—¡Otberto! ¡Oh lamentable noche!
Guanhumara.—Sabe lo que un verdugo, que castiga á un criminal, y nada más. Muere encubierto, no hables. Si lo quieres así, te lo permito.
(Se quita el negro velo y se lo tira.)
Job(recogiéndolo).—Gracias.
Guanhumara.—Oigo pasos. Encomiéndate á Dios. Es él. Me retiro; pero lo oiré todo. Tengo á Regina en mi poder. Daos prisa en acabar.
(Sale por el fondo en la dirección que llevó el ataúd.)
Job.—¡Dios justo!
(Cae de rodillas ante el banco de piedra, se cubre la cabeza con el velo y permanece inmóvil en actitud de orar. Entra por la derecha de la galería un hombre vestido de negro y enmascarado como los otros, trayendo en la mano una antorcha. Hace una seña para que éntre alguien que le sigue y aparece Otberto pálido, descompuesto, extraviado. El guía se retira en silencio.)
JOB, OTBERTO
Otberto.—¿Adónde me han conducido? ¿Qué sombrío lugar es este? (Mirando al rededor.) El enmascarado no está aquí ya. ¿Dónde estoy? ¿Será aquí? Me estremezco... Siento vértigo... (Vislumbrando á Job.) ¿Qué veo allá en la sombra?... Nada: la oscuridad me engaña. (Se adelanta y pone la mano en la cabeza de Job.) ¡Cielos! Es un sér viviente. Me siento helado por el sudor del crimen. ¿Está aquí el cadalso? ¿Es esta la víctima? Desgraciado Fosco, á quien he de inmolar, ¿eres tú?... Contesta... Calla: es él. ¡Oh! Quienquiera que seas, háblame. No te quiero mal, lo ignoro todo... ignoro por qué permaneces inmóvil y por qué no te levantas airado y terrible ante mí. Te soy desconocido como para mí lo eres tú. ¿Conoces á lo menos que mis manos no se hicieron para esto? ¿Conoces que soy instrumento de fiera venganza y de negro castigo? ¿Conoces á Regina, la amada mía, ángel que es la luz de mi alma? Pues envuelta en un sudario, está aquí; muerta, si flaqueo; viva, si mato. Tened piedad de mí, anciano. ¡Oh! habladme; decidme que veis mi turbación y espanto y que me perdonáis vuestro horroroso martirio. Una palabra de perdón, anciano, una sola. ¡Ah! se me parte el corazón.
Job(se levanta y quita el velo).—¡Otberto! ¡Hijo! ¡Hijo mío! (Le abraza.)
Otberto.—¡Ah! ¡Señor!
Job.—Todo mi sér se iba hacia él; era insufrible tortura el silencio. Soy un pobre anciano, flaco, abatido, triste, y no quiero morir sin haberle abrazado. Ven á mi corazón. (Le besa.) Deja, deja que te vea. No locreerás; aunque he tenido el placer de verte todos los días por espacio de seis meses, no te he visto bien. (Mirándole con embriaguez.) ¡Es la primera vez! ¡Tan mozo!... veinte años. ¡Qué hermoso es! Déjame que bese tu frente y que te contemple á mi sabor. Hablabas ahora y yo guardaba silencio; pero tú mismo ignoras hasta qué punto removían mis entrañas tus palabras. Otberto, encontrarás colgada en mi aposento mi espada: te la doy. Y mi casco y mi pendón tantas veces triunfante, también te los doy, hijo. Quisiera que pudieras ver mi corazón y entonces verías cuánto te amo. ¡Bendito seas! ¡Dios mío! colmadle de beneficios y largos días como á mí, pero menos amargos. Señor, haced que tenga una vida tranquila, ilustre y pomposa, y que numerosos hijos, buenos como su padre, sean el báculo de su vejez.
Otberto.—Señor...
Job(imponiéndole las manos).—¡Cielos y tierra! Yo bendigo á este mancebo en todo lo que ha hecho y en lo que haya de hacer. ¡Sé feliz!... Ahora, Otberto mío, escucha: yo no soy ya ni padre ni rey: mi familia está cautiva y mi castillo cayó. He debido entregarlo todo por salvar Alemania. Pero debo morir... y me tiembla la mano... es preciso ayudarme. (Saca de la vaina el puñal de Otberto y se lo ofrece.) De ti espero este supremo servicio.
Otberto(horrorizado).—¡De mí! ¿Sabéis que busco aquí mismo á alguien?
Job.—Á Fosco: soy yo.
Otberto.—¡Vos! (Retrocediendo.) ¡Espectros que me rodeáis, demonios que nos veis, es él! ¡es el anciano á quien yo amo, honro y respeto! ¡Piedad, compasión de los dos en esta hora suprema!... ¡Silencio espantoso! ¡Dios mío, es el conde Job! ¡Oh! ¡Nunca, jamás levantaré la mano contra ti, oh anciano venerable, semidiós del Rhin! tu cabeza es sagrada.
Job.—¡Ah! Es preciso, Otberto, que me allanes laentrada del sepulcro. ¿He de decírtelo todo? Pues oye: soy un gran criminal. Tu esposa en este mundo y tu hermana en el cielo, Regina, está aquí, pálida, fría, siempre bella. Le prometiste hacerlo todo por ella, salvarla, aunque tuvieras que dar en cambio tu alma á Satanás: así lo prometiste. Pues bien, la muerte tiene levantado su maldito brazo sobre Regina, y cada instante que pasa se condensan más y más sobre su vida las sombras de la muerte. Cumple tu promesa; sálvala.
Otberto(extraviado).—¿Y creéis que debo salvarla á tanta costa?
Job.—¿Puedes dudarlo? Aquí, yo, viejo condenado, á quien todo convida á morir, más bien bandido que héroe, más bien gavilán que águila, cuya vida impura y sanguinaria ha hecho bramar con frecuencia la ira de Dios en el seno de las nubes; allí, inocencia, virtud, juventud, amor, belleza; una mujer que ama, una niña que espera en ti. ¡Qué insensato es el que duda y vacila aún entre el andrajo manchado y sin honor, y la blanca túnica del ángel! Ella quiere vivir y yo morir. ¿Vacilas todavía, cuando de un solo golpe puedes librarnos á los dos?
Otberto.—¡Santo cielo!
Job.—Si nos amas, no vaciles más; hiere, hiéreme. San Segismundo mató á Boleslao para librarle de una úlcera maligna y asquerosa. Y ¿quién lo condena? Otberto, el remordimiento es la úlcera del alma: líbrame del remordimiento.
Otberto(tomando el puñal).—Pero...
Job.—¿Qué te detiene?
Otberto(envainando el cuchillo).—Me ocurre una idea espantosa. Vos tuvisteis en vuestra vejez un hijo, que os robó una gitana. Lo habéis dicho hoy... Y una mujer me robó siendo muy niño. ¡Si fuera yo aquel hijo perdido! ¡Si fuérais vos mi padre!
Job(aparte).—¡Cielos! (Alto.) El dolor te extravía, Otberto. No, tú no eres aquel niño: te lo aseguro.
Otberto.—Sin embargo, me llamáis hijo.
Job.—La costumbre... y luégo es tan dulce esta palabra, porque... bien sabes cuánto te amo.
Otberto.—Siento aquí una voz... (En el corazón.)
Job.—No, no.
Otberto.—Una voz que me dice...
Job.—Esa voz te engaña.
Otberto.—¡Señor! ¡Señor! ¡Si fuera yo vuestro hijo!...
Job.—No lo creas. Puedo probarte... ¿Qué quieres que haga? Unos judíos mataron al niño en un festín, y me fué presentado su cadáver. ¿No te lo he dicho esta mañana?
Otberto.—No.
Job.—Sí, repasa la memoria. No, no eres tú mi hijo, Otberto; créeme. Sin las pruebas que de ello tengo, á mí también pudiera haberme ocurrido la misma idea. Me alegro que la hayas suscitado ahora para arrancarla de tu corazón. Si cuando yo esté muerto, algún impostor te dijere, para turbar tu conciencia, que Job era tu padre, no le dés crédito. ¡Oh sería una infamia en él! No, no eres mi hijo, Otberto mío. En la vejez suele perderse la memoria; pero la noche del sábado, bien lo sabes tú, degüellan algún niño. Así murió mi Jorge. Tengo pruebas de ello; tranquilízate, hijo mío... ¿Ves? Otra vez te llamo hijo... la costumbre... Créeme; la lucha á mi edad es muy ruda. No dudes ni vaciles, obedece sin temor. Ve como beso tu frente y estrecho contra mi corazón la mano que va á herirme, y, sin embargo, quedará pura. Reflexiona, Otberto. ¿Me prestaría yo á tan horrible misterio? Sería preciso suponer... No es posible. En fin, yo te lo aseguro y debes estar convencido ya de ello: no, no eres mi hijo.
La voz(en las sombras).—Regina no puede esperar más de un cuarto de hora.
Otberto.—¡Regina!
Job.—¡Desgraciado! ¿Quieres que muera ella?
Otberto.—¡Dios poderoso! También yo he luchadorudamente y me siento ebrio, loco. En este lugar aborrecible en que los crímenes antiguos se confunden con los nuevos, se me suben á la cabeza los vapores del homicidio y siento que es maléfico el aire que aquí se respira. ¿Tendrá aún sed de sangre este sombrío seno?
Job(poniéndole otra vez el puñal en la mano).—Sí.
Otberto.—¡No me tentéis! Estoy deslizándome al abismo, y apenas puedo detenerme al borde del crimen. Temo dar un paso más, porque caería en él. No me tentéis.
Job.—Hay que salvar á una inocente y castigar á un culpable.
Otberto(tomando el cuchillo).—Pero, ¿no veis que sería capaz de hacerlo? No estoy en mi cabal juicio: me han dado á beber ahí esos enmascarados no sé qué ponzoña para darme fuerza y se me abrasa el corazón. ¡Y Regina se muere! ¡Y la loba está ahí en las tinieblas y tiene hambre y sed!
Job.—Tiempo es ya de expiar mi crimen. Donato me imploraba aquí y fuí impío con él. No tengas tú tampoco piedad de mí. ¡Soy Satanás! ¡Soy el arcángel vencedor!
Otberto(levantando el puñal).—¡Oh! ¡De mi mano, á pesar mío, se escapa la muerte!
Job(arrodillándose).—Ve qué monstruo soy. Yo mismo le maté. ¡Le maté y era mi hermano!
(Otberto, fuera de sí, va á descargar el golpe y alguien le detiene el brazo. Vuélvese y reconoce al emperador.)
Los mismos, EL EMPERADOR, GUANHUMARA y REGINA á su vez
El emperador.—Era yo.
(Otberto deja caer el puñal. Job se levanta y contempla á Barbaroja. Guanhumara desde un pilar del fondo á la izquierda, observa en acecho.)
Job(al emperador).—¡Vos!
Otberto.—¡El emperador!
El emperador.—El duque, nuestro padre y tu rey, me ocultó en tu castillo no sé por qué razón.
Job.—¡Vos, mi hermano!
El emperador.—Ensangrentado, pero con vida aún, me tuviste suspendido fuera de esos barrotes y me dijiste: «¡Tú á la tumba, yo al infierno!» Sólo oí estas palabras pronunciadas sobre el abismo. Después caí.
Job(juntando las manos).—Es verdad. ¡El cielo desbarató mi crimen!
El emperador.—Unos pastores me salvaron.
Job(cayendo de rodillas).—Estoy á tus plantas, convicto y confeso de mi iniquidad. Castígame; véngate.
El emperador.—No, hermano: abracémonos. Nada mejor que perdonar á las puertas del sepulcro. Yo te perdono.
(Lo levanta y abraza.)
Job.—¡Dios misericordioso!
Guanhumara(avanzando).—El puñal cae... Donato vive... Yo puedo espirar á sus piés. Recobrad todos aquí todo lo que amáis, todo lo que había tomado mi mano celosa y vengativa. Tú, Job, á tu hijo Jorge, y tú, Jorge, á Regina, tu esposa.
(Hace una seña y Regina, vestida de blanco, aparece en el fondo de la galería, por la derecha, sostenida por los dos encubiertos. Al ver á Otberto da un grito y corre vacilante á caer en sus brazos.)
Regina.—¡Cielos!
Otberto.—¡Regina! ¡Padre mío!
Job.—¡Dios clemente!
Guanhumara(en el fondo).—Yo moriré. ¡Sepulcro, ábrete para mí!
(Se lleva un pomo á los labios. El emperador acude vivamente.)
El emperador.—¿Qué haces?
Guanhumara.—Juré que este ataúd no saldría de aquí vacío.
El emperador.—¡Ginebra!
Guanhumara(cayendo á sus piés).—¡Donato! este veneno es de rápida virtud. Muero... ¡Adiós!
(Muere.)
El emperador.—Yo parto también. Job, reina en el Rhin.
Job.—Permaneced aquí, señor.
El emperador.—No. Doy al mundo un soberano. Ahora mismo, un heraldo del imperio acaba de anunciar que al fin han elegido las provincias en Espira á mi nieto Federico, emperador. Es un hombre prudente, y está exento de odios y de errores. Le dejo libre el trono y vuelvo á mi soledad. Adiós. Vive, reina y sufre: los tiempos son rudos. Job, sólo he querido, antes de morir abrazado á la cruz, extender otra vez más esta mano suprema y tutelar como rey sobre mi pueblo, y sobre ti como hermano. Cualquiera que haya sido la suerte, cuando la última hora va á sonar ¡dichoso quien puede bendecir!
(Todos caen de rodillas bajo la bendición del emperador.)
Job(besándole la mano).—¡Y cuán grande quien sabe perdonar!
EL POETA
Sigue á Barbaroja ¡oh Job! Hermanos, id solos. De vuestros mantos reales haceos dos sudarios. Juntos, apoyándoos uno en otro, sostened los dos la bóveda de la vieja Alemania. ¡Oh colosos! el mundo es demasiado pequeño para vosotros. Y tú, soledad de rumores profundos, tristes y callados, deja que los dos gigantes se hundan en tus sombras, y que toda la tierra vea con respeto y asombro, entrar al gran burgrave y al gran emperador.