Lucio.—Señor, han pasado catorce días de Marzo.
(Se oye un golpe.)
Bruto.—Está bien. Vé á la puerta, alguien llama. (Sale Lucio.) Desde el momento en que Casio me excitó contra César, no he dormido. Entre la ejecución de una cosa terrible y el primer móvil de ella, todo el intervalo es como un fantasma ó como un horrible sueño. El genio y los instrumentos mortales, se confrontan entonces; y el estado del hombre, como unpequeño reino, adolece de la naturaleza de una insurrección. (Vuelve á entrar Lucio.)
Lucio.—Señor, es vuestro hermano Casio que está á la puerta y desea veros.
Bruto.—¿Está solo?
Lucio.—No, señor. Hay otros con él.
Bruto.—¿Los conoces?
Lucio.—No, señor. Tan enterrados llevan los sombreros y tan oculta en el embozo la mitad de la cara, que de modo alguno podría descubrirlos por sus fisonomías.
Bruto.—Hazlos entrar. (Sale Lucio.)—Son de la facción. ¡Oh conspiración! ¿Te avergüenzas acaso de mostrar tu peligroso ceño de noche, cuando en ella campea más libre el mal? ¿Ó bien dónde encontrarás de día una cueva bastante oscura para encubrir tu monstruosa faz? No la busques ¡oh conspiración! Pon sobre tu rostro una máscara de sonrisas y afabilidad; porque á dejarte ver con tu natural aspecto, ni el mismo Erebo sería bastante oscuro para sustraerte á la desconfianza. (Entran Casio, Casca, Decio, Cinna, Metelio Cimber y Trebonio.)
Casio.—Temo robaros el sueño con demasiado atrevimiento. Buenos días, Bruto, ¿os importunamos?
Bruto.—He estado en pié hasta ahora; despierto toda la noche. ¿Conozco á estos hombres que os acompañan?
Casio.—Sí, á cada uno de ellos. Y no hay uno solo entre todos que no os honre y venere; y cada cual desearía que tuviéseis de vos mismo la opinión que de vos tiene todo romano noble. Este es Trebonio.
Bruto.—Bien venido.
Casio.—Este, Decio Bruto.
Bruto.—Bien venido también.
Casio.—Este es Casca; éste, Cinna; y éste, Metelio Cimber.
Los conjurados, en el huerto de Bruto.
Los conjurados, en el huerto de Bruto.
Los conjurados, en el huerto de Bruto.
Bruto.—Bien venidos son todos. ¿Qué vigilantes cuidados ahuyentan el reposo de vuestra noche?
Casio.—¿Permitís una palabra? (Cuchichean.)
Decio.—Aquí está el Este. ¿No es aquí por donde despunta el día?
Casca.—No.
Cinna.—¡Oh! Perdonad, que sí; y aquellas líneas pardas que orlan las nubes son mensajeras del día.
Casca.—Habréis de confesar que uno y otro estáis equivocados. El sol se levanta allí adonde apunto con mi espada, que es buen trecho hacia el Sur, considerando la temprana estación del año. Dentro de unos dos meses, presentará su fulgor más hacia el Norte; y el alto Oriente está, como el Capitolio, directamente aquí.
Bruto.—Dadme todos vuestra mano, uno por uno.
Casio.—Y juremos nuestra resolución.
Bruto.—No, nada de juramento.—Si las miradas de los hombres, si el sufrimiento de nuestras almas, si los abusos del tiempo, no son motivos bastante poderosos, dispersémonos, y que cada cual vuelva al ocioso descanso de su lecho. Así dejaremos á la tiranía previsora que escoja la mira, hasta que caiga á su turno el último hombre. Pero si estos tienen, como estoy seguro de ello, sobrado fuego para inflamar á los cobardes y para revestir de valor el ánimo desfalleciente de las mujeres; entonces, compatriotas, ¿qué habemos menester de más estímulo que nuestra propia causa para impulsarnos á hacer justicia? ¿Qué mejor lazo que el de secretos romanos que han dado su palabra y que no la burlarán? ¿Ni qué otro juramento que el compromiso de la honradez con la honradez, para realizar esto ó sucumbir por ello? Juren los sacerdotes y los cobardes, y los hombres recelosos, decrépitos, corrompidos, y las almas que en sus padecimientos buscan sendas torcidas.—Juren en pró de las malas causasaquellos miserables que inspiran dudas á los hombres; pero no manchéis la clara virtud de nuestra empresa, ni la inquebrantable altivez de nuestros ánimos, con el pensamiento de que ó nuestra causa ó su ejecución necesitaban ser juradas; siendo así que cada gota de la sangre que cada romano lleva, y lleva noblemente, sería culpable de bastardía si él quebrantara la más mínima parte de promesa alguna que hubiese hecho.
Casio.—¿Pero qué hacer respecto de Cicerón? ¿Le sondearemos? Pienso que estará resueltamente con nosotros.
Casca.—No lo dejemos fuera.
Cinna.—No: de ningún modo.
Metelio.—¡Oh! Tengámosle; porque sus cabellos canos nos harán adquirir buena opinión, y conseguirán que se levanten voces para encomiar nuestros hechos. Se dirá que nuestras manos han sido dirigidas por sus sentencias, y lejos de aparecer en lo menor nuestra juventud y fogosidad, desaparecerán por completo en su gravedad.
Bruto.—¡Oh! No mencionéis su nombre; pero no rompamos con él. Jamás seguirá cosa alguna principiada por otros.
Casio.—Entonces, dejadle fuera.
Casca.—En verdad no es hombre á propósito.
Decio.—¿No habrá de tocarse á hombre alguno, excepto César?
Casio.—Bien pensado, Decio. No juzgo oportuno que Marco Antonio, tan amado por César, le sobreviva. En él hallaríamos un astuto contendiente; y bien sabéis que si perfeccionase sus recursos, serían suficientes para fastidiarnos á todos. Pues para evitar esto, que César y Antonio caigan juntos.
Bruto.—Parecería demasiado sangriento nuestro plan, caro Casio, al cortar la cabeza y mutilar además los miembros. Sería algo como la ira en la muerte y laenvidia después. Porque Antonio no es sino un miembro de César. Casio, seamos sacrificadores, no carniceros. Todos nos erguimos contra el espíritu de César; pero el espíritu de los hombres no tiene sangre. ¡Oh! si pudiésemos por ello dominar el espíritu de César, y no desmembrar á César! Pero ¡ay! César tiene por eso que derramar su sangre! Y, benévolos amigos, matémosle audazmente pero sin ira. Tratémosle como la vianda que se corta para los dioses, no como la osamenta que se arroja á los perros. Y hagan nuestros corazones lo que los amos astutos: excitar á sus sirvientes á un acto de furor, y después aparentar que se les reprueba. Así nuestro propósito aparecerá necesario, no envidioso. Y con tal apariencia á los ojos de las gentes, se nos llamará redentores, no asesinos.—Y en cuanto á Marco Antonio, no penséis en él, porque no tendrá más poder que el brazo de César cuando la cabeza de César esté cortada.
Casio.—Y sin embargo, le temo, á causa del profundo amor que tiene á César.
Bruto.—¡Ah, buen Casio! no penséis en él. Si ama á César, lo más que podrá hacer será reflexionar dentro de sí mismo, y morir por César.—Y harto sería que lo hiciera; porque es hombre dado á juegos y disipación y á muchos camaradas.
Trebonio.—No ofrece peligro. No hay para que muera, desde que gusta de vivir y ha de reirse de esto después.
(Suena el reloj.)
Bruto.—Silencio: contad la hora.
Casio.—Han dado las tres.
Trebonio.—Es tiempo de partir.
Casio.—Pero es de dudar, si vendrá hoy César, ó no, porque de algún tiempo á esta parte se ha vuelto supersticioso. Alguna vez tuvo sobre la fantasía, los sueños y las ceremonias, una opinión del todo diferente de la del vulgo; pero quizás estos prodigios aparentes, elextraño terror de esta noche y la persuasión de sus augures le hagan abstenerse de venir hoy al Capitolio.
Decio.—Perded cuidado. Si tal resolviera, yo prevalecería sobre él; porque se deleita en oir que se triunfa de los unicornios por medio de los árboles, de los osos por los espejos, de los elefantes por los fosos, y de los hombres por la adulación. Y cuando digo que él detesta á los aduladores, afirma que sí, porque esto le lisonjea más. Dejadme hacer; que ya daré á su humor la disposición conveniente, y le traeré al Capitolio.
Casio.—Allí estaremos todos para recibirlo.
Bruto.—Á la hora octava. ¿Es ese el último término?
Cinna.—Sea el último, y no faltéis entonces.
Metelio.—Cayo Ligario tiene mala voluntad á César, que lo reprendió por haber hablado bien de Pompeyo. Me admira que ninguno de vosotros se haya acordado de él.
Bruto.—Id en seguida á encontrarlo, buen Metelio. Me profesa un afecto verdadero y ya me he explicado con él. Enviadle aquí, que yo le apercibiré.
Casio.—La mañana se nos viene encima, y os dejaremos, Bruto. Amigos, dispersaos; pero recordad todos lo que habéis dicho, y haced ver que sois verdaderos romanos.
Bruto.—Buenos caballeros, poned risueños y alegres los semblantes, sin dejar que el aspecto revele los propósitos; antes bien llevadlos, como nuestros actores romanos, con entero aliento y con seria constancia. Y con esto os deseo buen día á cada uno. (Salen todos, menos uno.) ¡Muchacho! ¡Lucio! ¿Dormido como una piedra?—No importa. Goza el dulce y pesado rocío del sueño.—No tienes ni los cálculos ni las fantasías que el afanoso cuidado hace surgir en el cerebro de los hombres, y por eso tienes el sueño tan profundo.
(Entra Porcia.)
Porcia.—Bruto, mi señor.
Bruto.—Porcia ¿qué intentáis? ¿Y para qué os levantáis ahora? No es bueno para vuestra salud exponer vuestra delicada constitución al frío severo de la madrugada.
Porcia.—Tampoco lo es para la vuestra. Os habéis deslizado friamente de mi lecho; anoche durante la cena os levantasteis de repente y os pusisteis á pasear con los brazos cruzados, meditando y suspirando. Y cuando os pregunté lo que teníais, me mirasteis fijamente, con severidad. Insistí y os frotasteis la cabeza, y en un extremo de impaciencia golpeásteis el suelo con el pié. Volví á insistir de nuevo, y no me respondisteis, sino que con ademán encolerizado me hicisteis seña con la mano para que os dejara. Así lo hice, temiendo aumentar esa impaciencia que me parecía ya demasiado irritada; pero esperando á pesar de todo que no sería sino efecto del mal humor que á veces se apodera de todo hombre. Mas no os dejará comer, ni hablar, ni dormir; y si hubiera de hacer en vuestro semblante el mismo estrago que en vuestro ánimo, yo no podríaconoceros. Bruto, señor y amado mío, dejadme saber la causa de vuestro pesar.
Bruto.—No estoy bien de salud: no es nada más.
Porcia.—Bruto es sensato, y á estar falto de salud, emplearía los medios de recobrarla.
Bruto.—Así lo hago. Buena Porcia, id á vuestra cama.
Porcia.—¿Bruto está enfermo? ¿Y es medicinal pasearse descubierto y absorber las emanaciones de la húmeda mañana? ¡Qué! ¿Está enfermo Bruto, y abandona su saludable lecho para afrontar los miasmas de la noche, exponerse al aire vaporoso é impuro, y agravar su enfermedad? No, Bruto mío. Es en vuestra alma donde hay alguna amarga dolencia, y yo por el derecho y virtud de mi puesto debo conocerla. Y os imploro de rodillas, en nombre de la belleza que algún día se elogiaba en mí; en nombre de vuestras protestas de amor y de aquel gran juramento que nos reunió haciendo de ambos uno solo; os imploro para que descubráis ante mí, pues soy vuestra mitad, pues soy vos mismo, el por qué estáis tan adusto; y qué hombres se han dirigido á vos esta noche, puesto que había seis ó siete de ellos que ocultaban sus rostros aun en medio de la oscuridad.
Bruto.—No os arrodilleis, gentil Porcia.
Porcia.—No lo necesitaría si Bruto fuera afable.—Decidme, Bruto: Dentro del vínculo del matrimonio ¿es de esperar que yo ignore secretos que os pertenecen? ¿Ó no soy parte de vos mismo sino de una manera limitada; sólo para acompañaros á la mesa, confortar vuestro lecho, y hablaros de vez en cuando? ¿No hay sitio para mí sino en los confines de vuestra condescendencia? Si no es más que esto, Porcia es la manceba de Bruto, no su esposa.
Bruto.—Sois mi verdadera y honorable esposa, tan querida para mí como las gotas de sangre que afluyen á mi triste corazón.
Porcia.—Si esto fuera verdad, sabría yo entonces este secreto. Mujer soy, es cierto; pero mujer á quien Bruto tomó por esposa. Soy mujer, es cierto; pero mujer bien conocida: hija de un Catón. ¿Pensáis que no seré más fuerte que mi sexo, teniendo tal padre y tal esposo? Decidme vuestros designios: no los revelaré. Harta prueba he dado de mi constancia, haciéndome voluntariamente una herida aquí en el muslo. ¿Puedo sobrellevar esto con paciencia, y no los secretos de mi esposo?
Bruto.—¡Oh dioses! ¡Hacedme digno de esta noble esposa! (Se oye golpear adentro.) Escucha, escucha; alguien llama. Retírate, Porcia, por un rato, y pronto compartirá mi corazón con el tuyo sus secretos. Te explicaré mis compromisos y todo el significado de mi tristeza. Vete aprisa. (Sale Porcia.—Entran Lucio y Ligario.)—Lucio: ¿quién llama?
Lucio.—Hay aquí un hombre enfermo que desea hablaros.
Bruto.—(Aparte.) Es Cayo Ligario, de quien habló Metelio. Muchacho, apártate. (Sale Lucio.) Cayo Ligario?
Ligario.—Recibid el saludo matinal de una lengua débil.
Bruto.—¡Oh! ¡Qué tiempo habéis escogido, valeroso Ligario, para llevar pañuelo!—¡Cuánto desearía que no estuviéseis enfermo!
Ligario.—No estoy enfermo, si Bruto tiene en mano alguna proeza digna del nombre del honor.
Bruto.—La tengo, Ligario, si queréis oirla con sana disposición.
Ligario.—¡Por todos los dioses ante quienes se inclinan los romanos, aquí olvido mi dolencia! ¡Alma de Roma! ¡Valeroso hijo, nacido de dignos progenitores! Tú, como los exorcistas, has conjurado mi pesaroso espíritu. Pídeme ahora que éntre en acción, y procuraré lo imposible: más; lo venceré. ¿Qué debo hacer?
Bruto.—Una faena que tornará en hombres sanos á los enfermos.
Ligario.—Pero ¿no hay algunos sanos á quienes debemos tornar enfermos?
Bruto.—También tendremos que hacerlo. Os revelaré esto, Cayo mío, mientras vamos hacia aquel en quien se deba realizar.
Ligario.—Avanzad audazmente; que yo con el corazón de nuevo inflamado, os seguiré para hacer no sé qué; pero me basta estar guiado por Bruto.
Bruto.—Entonces, seguidme.
(Salen.)
Un cuarto en el palacio de César.
Los mismos.—Truenos y rayos.—Entra CÉSAR en traje de noche.
Los mismos.—Truenos y rayos.—Entra CÉSAR en traje de noche.
César.—Ni cielo ni tierra han estado en paz esta noche. Tres veces ha clamado Calfurnia durante su sueño: «¡Auxilio, oh! ¡Asesinan á César!»—¿Quién va?
(Entra un criado.)
Criado.—¿Señor?
César.—Vé á decir á los sacerdotes que ofrezcan el sacrificio y me traigan su opinión sobre los sucesos.
Criado.—Voy en el acto, señor. (Entra Calfurnia.)
Calfurnia.—César ¿qué intentáis? ¿Pensáis salir? No, no os moveréis hoy de vuestra casa.
César.—César saldrá. Jamás cosa alguna de cuantas me han amenazado, se me ha presentado de frente. Al ver el rostro de César, se desvanecen.
Calfurnia.—Nunca dí grande importancia á ritos y ceremonias; mas ahora me asustan. Fuera de las cosas que hemos oído y visto, cuéntanse las más horribles visiones como observadas por los guardias. Una leonaha dado nacimiento á sus cachorros en la calle; y se han entreabierto las tumbas y dejado salir los muertos. Feroces guerreros combatían airados entre las nubes, en filas, en escuadrones y en extricta forma militar, haciendo llover la sangre sobre el Capitolio.—El fragor de la batalla atronaba el aire, y se oía el relinchar de los caballos y el quejido de los hombres moribundos, y los espectros daban alaridos por las calles. ¡Oh César! Estas no son cosas usuales y me infunden temor.
César.—¿Cómo evitar que se cumpla aquello que los dioses hayan dispuesto? César saldrá; pues esas predicciones tanto se dirigen á César como á todo el mundo.
Calfurnia.—No es al morir los mendigos cuando se ve aparecer los cometas; pero los cielos mismos se inflaman para anunciar la muerte de los príncipes.
César.—Los cobardes mueren muchas veces antes de perder la vida. Los valientes no experimentan la muerte sino una vez. De todas las maravillas que he oído, la que más extraña me parece es el que los hombres tengan miedo; pues la muerte es un fin necesario y cuando haya de venir, vendrá. (Vuelve á entrar el criado.) ¿Qué dicen los augures?
Criado.—No querrían veros salir hoy. Sacando las entrañas de la víctima ofrecida en el sacrificio, no pudieron encontrarle en el pecho el corazón.
César.—Esto lo hacen los dioses para vergüenza de la cobardía. César sería una bestia sin corazón, si dejase de salir hoy por miedo. No, César no lo hará. Bien saben los peligros que César es más peligroso que ellos.—Somos leones gemelos; pero nací primero y soy el más terrible. ¡Y César saldrá!
Calfurnia.—¡Ay! ¡La confianza impone silencio á vuestra prudencia! No salgáis hoy, mi señor. Llamad temor mío, no vuestro, lo que os retiene encasa. Enviaremos á Antonio al Palacio del Senado y dirá que no estáis bien de salud. Dejad que os ruegue de rodillas el concederme esto.
César.—Marco Antonio dirá que no estoy bien y me quedaré en casa por complacerte. (Entra Decio.)—He aquí á Decio Bruto que les dirá así.
Decio.—Salud ¡oh César! Buenos días, digno César. Vengo á conduciros al Senado.
César.—Y llegáis muy á tiempo para llevar mi saludo á los senadores y decirles que no iré hoy. Que no puedo, sería falso; y que no me atrevo, más falso aún.—No iré hoy: decidles solamente esto.
Calfurnia.—Decid que está enfermo.
César.—¿César enviar una mentira? ¿He llevado tan lejos las conquistas de mi brazo, para que tema decir la verdad á unos cuantos ancianos? Decio, id á decir que César no irá.
Decio.—Dejadme alegar alguna causa, poderoso César, para que al dar el mensaje no se burlen de mí.
César.—La causa es mi voluntad.—No iré. Esto basta para satisfacer al Senado. Mas para vuestra satisfacción particular os haré saber, pues os tengo en afecto, que es mi esposa Calfurnia quien me retiene en casa. Soñó anoche haber visto mi estatua, de la cual manaba, como de una fuente de cien bocas, un raudal de sangre; y á muchos vigorosos romanos venir á empapar sus manos en ella. Y creyendo que esto significa pronósticos, portentos y peligros inminentes, me ha suplicado de rodillas que permanezca hoy en casa.
Decio.—Errada interpretación ha dado al sueño. Ha sido más bien una buena y afortunada visión.—Vuestra estatua manando sangre por cien partes, significa que la gran Roma recibirá por vos nueva sangre vivificadora; y que grandes hombres se apresurarán porobtener una tintura, una gota, un residuo.—He ahí lo que significa el sueño de Calfurnia.
César.—Habéis dado así una buena explicación.
Decio.—Mejor la encontraréis cuando hayáis oído lo que aún tengo que decir. Sabedlo ahora: el Senado ha resuelto dar hoy al poderoso César una corona. Si enviáis á decir que no iréis, podrían acaso variar de intento.—Además, sería un sarcasmo posible que alguno dijera: «Disolved el Senado hasta nueva ocasión, cuando la esposa de César tenga mejores sueños.» Si César se oculta ¿no susurrarán entre ellos «César tiene miedo?» Perdonadme, César; pero mi amor, mi profundo amor por vuestros actos me impele á decíroslo, y siempre mi razón ha sido dócil á mis afectos.
César.—¡Qué pueriles aparecen ahora tus temores, Calfurnia! Me avergüenzo de haber cedido ante ellos. Dame mi manto porque voy á ir. (Entran Publio, Bruto, Ligario, Metelio, Casca, Trebonio y Cinna.)—Y he aquí á Publio que viene á conducirme.
Publio.—Buenos días, César.
César.—Bienvenido, Publio. ¡Qué! ¿También habéis madrugado, Bruto? Buenos días, Casca.—Cayo Ligario, César nunca fué tan enemigo vuestro como esa fiebre que os trae tan extenuado.—¿Qué hora es?
Bruto.—César, han dado las ocho.
César.—Gracias por vuestra solicitud y cortesía. (Entra Antonio).—Ved: Antonio, á pesar de que se divierte hasta tarde en la noche, está en pié. Buenos días, Antonio.
Antonio.—Así los tenga el muy noble César.
César.—Invítalos á prepararse allá dentro. Hago mal en hacerme esperar así. Al momento, Cinna. Al momento, Metelio. ¡Qué! Trebonio, tengo en reserva para vos una hora de conversación. Acordaos de visitarme hoy. Colocaos cerca de mí para que lo recuerde.
Trebonio.—Lo haré, César (aparte), y tan cerca,que vuestros mejores amigos hubieran querido verme más lejos.
César.—Entrad, buenos amigos, y bebamos juntos un poco de vino; y como buenos amigos iremos en seguida todos juntos.
Bruto.—(Aparte.) ¡Oh César! El corazón de Bruto se contrista pensando que cada apariencia no es la misma realidad.
(Salen.)
Una calle cerca del Capitolio.—La misma.
Entra ARTEMIDORO leyendo un papel.
Artemidoro.—«César, desconfía de Bruto: vigila á Casio: no te acerques á Casca: observa á Cinna: no confíes en Trebonio: nota bien á Metelio Cimber: Decio Bruto no te ama: has ofendido á Cayo Ligario: todos estos hombres tienen un mismo pensamiento, y este pensamiento es contra César. Si no eres inmortal, precávete: la seguridad abre las puertas á la conspiración. Que los poderosos dioses te amparen.
»Tu admirador
Artemidoro.»
Me quedaré aquí hasta que pase César, y como uno del séquito, le daré esto. Mi corazón deplora que la virtud no pueda vivir libre de la mordedura de la envidia. Si lees esto, ¡oh César! podrás vivir. Si no, los hados se habrán conjurado con los traidores. (Sale.)
Otra parte de la misma calle, delante de la casa de Bruto. La misma.
Porcia.—Corre, corre, muchacho, al palacio del Senado. No te detengas á responderme, vé al instante. ¿Á qué te detienes?
Lucio.—Para saber qué me encargais, señora.
Porcia.—Querría que pudieses ir y volver, aun antes de decirte lo que has de hacer allí. ¡Oh constancia! ¡Dame toda tu fuerza! Pon una montaña entera entre mi corazón y mi boca. Tengo la mente del hombre, pero la debilidad de la mujer. ¡Qué duro es para nosotras guardar secretos! ¿Todavía estás aquí?...
Lucio.—Pero ¿qué haré, señora? ¿Nada más que correr al Capitolio? ¿Y regresar lo mismo que he ido, y nada más?
Porcia.—Sí, y avísame si tu amo parece bien, porque se fué un poco enfermo; y observa bien lo que hace César, y qué séquito le rodea.—¡Escucha! ¿Qué ruido es ese?
Lucio.—No alcanzo a oir nada, señora.
(Entra el adivino.)
Porcia.—Acércate, mozo. ¿Por dónde has andado?
Adivino.—En mi propia casa, señora.
Porcia.—¿Qué hora es?
Adivino.—Cerca de las nueve, señora.
Porcia.—¿Ha ido ya César al Capitolio?
Adivino.—Todavía no, señora. Voy á tomar un sitio para verle pasar al Capitolio.
Porcia.—¿Tienes algún lugar en el séquito de César? ¿No es así?
Adivino.—Le tengo, señora; y si César quiere ser tan bueno para César, que me preste oído, le suplicaré que vele por sí propio.
Porcia.—¡Qué! ¿Sabes acaso que se intente hacerle algún mal?
Adivino.—Ninguno, que yo sepa; pero alguno muy grande que temo podría acontecerle. Aquí la calle es angosta y la muchedumbre de senadores, pretores y secuaces comunes que se agrupan tras de los pasos de César, oprimirán á un hombre débil, quizás hastaahogarlo. Me iré á un sitio más despejado, y desde allí hablaré al gran César cuando pase.
Porcia.—Debo retirarme. ¡Ay de mí! ¡Qué débil cosa es el corazón de la mujer! ¡Oh Bruto! ¡Los cielos te amparen en tu empresa! Sin duda el muchacho me oyó decir: «Bruto tiene un séquito que no puede agradar á César.» ¡Oh, siento que me desmayo! Corre, Lucio, y hazme presente á mi señor: dile que estoy alegre, y vuelve pronto, y repíteme lo que te habrá dicho.
(Salen.)
El Capitolio de Roma.—El Senado en sesión.
Muchedumbre de pueblo en la calle que conduce al Capitolio, y entre ellos ARTEMIDORO y el ADIVINO.—Preludios.—Entran CÉSAR, BRUTO, CASIO, CASCA, DECIO, METELIO, TREBONIO, CINNA, ANTONIO, LÉPIDO, POPILIO, PUBLIO y otros.
Muchedumbre de pueblo en la calle que conduce al Capitolio, y entre ellos ARTEMIDORO y el ADIVINO.—Preludios.—Entran CÉSAR, BRUTO, CASIO, CASCA, DECIO, METELIO, TREBONIO, CINNA, ANTONIO, LÉPIDO, POPILIO, PUBLIO y otros.
CÉSAR.
Hanllegado los idus de Marzo.
Adivino.—Sí, César: pero no han pasado.
Artemidoro.—Salve, César. Leed este papel.
Decio.—Trebonio desea que paséis la vista, cuando tengáis holgura para ello, sobre esta su humilde petición.
Artemidoro.—¡Oh César! Leed primero la mía, porque es una solicitud que concierne más de cerca á César. Leedla, gran César.
César.—Lo que concierne personalmente á Nos se debe dejar para lo último.
Artemidoro.—No tardéis, César. Leed al instante.
César.—¡Qué! ¿Está loco este mozo?
Publio.—¡Apártate, malandrín!
Casio.—¡Qué! ¿Instáis vuestras peticiones en la calle? Venid al Capitolio. (César entra al Capitolio. Los demás le siguen. Los senadores se ponen en pié.)
Popilio.—Deseo que vuestra empresa hoy prospere.
Casio.—¿Qué empresa, Popilio?
Popilio.—Que os vaya bien. (Avanza hacia César.)
Bruto.—¿Qué dijo Popilio Lena?
Casio.—Dijo que deseaba que nuestra empresa hoy prosperase. Temo que haya sido descubierto nuestro intento.
Bruto.—Mira cómo se acerca á César: obsérvalo.
Casio.—Casca, sé rápido, pues tememos la alarma. Bruto, ¿qué se debe hacer? Si esto se llega á saber, ó Casio ó César no volverán jamás; pues me quitaré la vida.
Bruto.—Sé constante, Casio. No es de nuestro proyecto de lo que habla Popilio Lena; porque, como ves, se sonríe, y César no cambia de aspecto.
Casio.—Trebonio conoce su oportunidad: ved, Bruto, cómo se lleva afuera á Marco Antonio. (Salen Antonio y Trebonio. César y los senadores se sientan.)
Decio.—¿Dónde está Metelio Cimber? Que llegue y presente ahora su petición á César.
Bruto.—Ya se ha dirigido allí. Poneos junto á él y secundadle.
Cinna.—Casca, sois el primero que alzará su mano.
César.—¿Estamos prontos? ¿Hay cosa alguna errada, que César y su Senado deban rectificar?
Metelio.—Muy alto, muy noble y muy poderoso César, Metelio Cimber depone á tus plantas un humilde corazón. (Se arrodilla.)
César.—Debo advertirte, Cimber, que estas genuflexiones y bajas cortesías podrán inflamar la sangre de las gentes vulgares y convertir la preeminencia y el primer rango, en juguetes pueriles. No te lisonjees con la idea de que César lleva en sí una sangre que pueda cambiar de su verdadera calidad, por lo que hace bullir la sangre de los necios: quiero decir por las palabras almibaradas, las reverencias humillantes y las lisonjas bajas y rastreras.—Tu hermano está expatriado por un decreto. Si te abajas y ruegas y adulas por él, te echo fuera de mi camino como á un perro. Entiende que César no hace injusticia; ni se dará por satisfecho sin motivo.
Metelio.—¿No hay voz más digna que la mía para que suene más grata á los oídos del gran César, al pedir la vuelta de mi hermano desterrado?
Bruto.—Beso tu mano, pero sin adulación, César; deseando que otorgues á Publio Cimber la inmediata libertad de regresar.
César.—¡Qué! ¡Bruto!
Casio.—Perdona, César, perdona. Casio se pone á tus piés para implorar la libertad de Publio Cimber.
César.—Podría conmoverme si fuera yo como vosotros; y los ruegos me conmoverían si yo pudiera rogar para conmover.—Pero soy constante como la estrella del Norte, cuya fijeza é inmutable condición no tienen semejante en el firmamento. Esmaltado le véis con innumerables chispas, todas inflamadas y brillante cada una; pero entre todas una, sólo una mantiene su lugar. Y así sucede en el mundo: Está bien provisto de hombres; y los hombres, son de carne y sangre, y vacilantes. Sin embargo, entre todos conozco á uno, sólo uno que mantiene su rango incontrastable, superior á toda conmoción. Y que ese uno soy yo, lo mostraré un poco aun en esto: que he sido constante en que se desterrase á Cimber, y permanezco constante en mantenerlo así.
Cinna.—¡Oh César!
César.—¡Fuera de aquí! ¿Quieres levantar el Olimpo?
Decio.—¡Gran César!
César.—¿No está Bruto inútilmente de rodillas?
Casca.—Hablen por mí mis manos. (Casca hiere á César en el cuello. César le toma por el brazo. Hiérenle entonces otros conspiradores, y por último Marco Bruto.)
César.—¿También tú, Bruto? ¡César, déjate morir! (Muere. Los senadores y el pueblo se retiran en confusión.)
Cinna.—¡Libertad! ¡Libertad! ¡La tiranía ha muerto! Corred, proclamadlo, pregonadlo por las calles.
Casio.—Que vayan algunos á las tribunas populares y griten: «¡Libertad y emancipación!»
Bruto.—Pueblo y senadores, no os asustéis.—No huyáis: estad quedos. La ambición ha pagado su deuda.
Casca.—Id á la tribuna, Bruto.
Decio.—Y Casio también.
Bruto.—¿Dónde está Publio?
Cinna.—Aquí, enteramente azorado con este tumulto.
Metelio.—Permaneced bien juntos, no sea que algún amigo de César pudiera.....
Bruto.—¡No habléis de permanecer así!—Buen ánimo, Publio. Ningún mal se intenta á vuestra persona, ni á la de ningún otro romano.—Decidlo así á todos.
Casio.—Y dejadnos, Publio; pues si el pueblo se precipitara hacia nosotros, podría ocasionar algún daño á vuestra avanzada edad.
Bruto.—Hacedlo así, y que ningún hombre responda de lo acontecido, sino nosotros que lo hemos hecho.
(Vuelve á entrar Trebonio.)
Casio.—¿Dónde está Antonio?
Trebonio.—Huyó azorado á su casa. Hombres, esposas y niños miran asombrados, vociferan y corren como si fuera el día final.
Bruto.—¡Hados! conocemos vuestra voluntad. Que tenemos de morir, lo sabemos. Sólo ignoramos el tiempo y cuáles días de los que los hombres cuentan como suyos, han de ser sorteados.
Casio.—¡Bah! El que suprime veinte años de vida, suprime veinte años de estar temiendo la muerte.
Bruto.—Reconoce eso, y entonces la muerte es ya un beneficio. Así somos amigos de César, habiendo abreviado el tiempo en que había de temer la muerte. Inclinaos, romanos, inclinaos, y bañemos nuestras manos y nuestros brazos en la sangre de César, y empapemos en ella nuestras espadas; y salgamos hasta la misma plaza del mercado, y agitando nuestras armas enrojecidas por encima de nuestras cabezas, gritemos: «Paz, independencia y libertad.»
Casio.—Inclinaos, pues, y lavaos con su sangre.¡Dentro de cuántas edades se volverá á representar esta nuestra grandiosa escena en naciones aún no nacidas y en idiomas que están aún por crearse!
Bruto.—¡Cuántas veces se verá en esos juegos futuros desangrar á César, que yace ahora al pié de la base de Pompeyo, no menos insignificante que un puñado de polvo!
Casio.—Y cuántas veces suceda, otras tantas nuestro grupo será apellidado el de los hombres que libertaron nuestra patria!
Decio.—Y bien ¿saldremos?
Casio.—Sí: en marcha todo hombre. Bruto irá á la cabeza, y nosotros honraremos sus huellas con los más intrépidos y mejores corazones de Roma.
(Entra un criado.)
Bruto.—Despacio. ¿Quién viene? Un amigo de Antonio.
Criado.—Así, ¡oh Bruto! me encargó mi señor que me arrodillase. Así me encargó Marco Antonio prosternarme; y una vez postrado, que dijera estas palabras: Bruto es noble, prudente, valeroso y honrado. César era poderoso, audaz, regio y afectuoso. Dí que amo á Bruto, y lo venero. Dí que temía á César, lo veneraba y lo amaba. Si Bruto promete que Antonio podrá venir sin peligro á su presencia, y que se le hará comprender cómo César había merecido la muerte, Marco Antonio no amará más á César muerto que á Bruto vivo; sino que seguirá con entera lealtad los trabajos y la suerte del noble Bruto al través de los azares de este nuevo estado. Esto dice Antonio, mi señor.
Bruto.—Tu señor es un romano sensato y valeroso. Nunca pensé menos de él. Dile que si gusta venir aquí, será satisfecho, y sobre mi honor, volverá ileso.
Criado.—Lo conduciré en seguida. (Sale el criado.)
Bruto.—Conozco que nos conviene tenerlo de amigo seguro.
Casio.—Me alegraría de que se pudiera. Sin embargo, tengo cierta inclinación á considerarlo como muy de temer; y mi recelo persiste en venir maliciosamente al propósito.
(Vuelve á entrar Antonio.)
Bruto.—He aquí á Antonio que viene. Bienvenido, Marco Antonio.
Antonio.—¡Oh poderoso César! ¿Y yaces tan abatido? Todas tus conquistas, glorias, triunfos, despojos ¿han venido á reducirse á esta mezquina condición? Adios. Ignoro, caballeros, vuestros designios; quién otro deberá verter su sangre, quién está designado. Si lo estoy yo, ninguna hora mejor que la que ha visto morir á César; ni instrumento que sea la mitad tan digno como esas vuestras espadas, enriquecidas ya con la más noble sangre que hay en el mundo entero.—Si me tenéis aversión, os ruego satisfacer vuestro deseo ahora que vuestras manos enrojecidas exhalan todavía el vapor de la sangre. Si hubiera de vivir mil años, jamás me encontraría tan dispuesto á morir como en este momento. Ningún lugar me agradaría tanto como este al lado de César; ningún modo de muerte como el recibirla de vosotros los genios superiores y escogidos de esta edad.
Bruto.—¡Oh Antonio! No implores de nosotros la muerte. Aunque ahora tenemos que parecer sanguinarios y crueles como lo véis por nuestras manos y por este acto nuestro; vos no véis sino las manos y la acción sangrienta que han ejecutado. No véis nuestros corazones. Están llenos de compasión: y la compasión por el infortunio general de Roma (que así como el fuego ahoga al fuego, ahoga la compasión á la compasión), ha consumado este hecho en César. En cuanto á vos, nuestras espadas no tienen punta para dañaros, Marco Antonio. Nuestros brazos, seguros contra lamalicia, y nuestros corazones de fraternal genialidad, os reciben con todo benévolo afecto, con sana intención y reverencia.
Casio.—Vuestra voz alcanzará tanto poder como la de cualquier otro hombre, en la distribución de nuevas dignidades.
Bruto.—Tened solamente paciencia hasta que hayamos apaciguado á la multitud enagenada de espanto, y entonces os presentaremos la causa por la cual yo, que amaba á César en el momento de herirlo, he procedido así.
Antonio.—No dudo de vuestra rectitud! Déme cada uno su ensangrentada mano. Primero estrecharé la vuestra, Marco Bruto; en seguida la vuestra, Cayo Casio. Ahora á vos, Decio Bruto, y á vos ahora, Metelio; vuestra mano, Cinna; y, mi valeroso Casca, la vuestra. Y último, aunque no inferior en mi afecto, la vuestra buen Trebonio. Caballeros, todos, ¡ay! ¿qué diré? Mi crédito se asienta hoy en tan resbaladizo terreno, que sólo podréis considerarme de uno de dos tristes modos: ó cobarde ó adulador. Sí: es verdad que te amé ¡oh César! Y si ahora tu espíritu nos contempla ¿no te afligirá, aún más que su muerte, ver á Antonio hacer las paces, y estrechar las manos sangrientas de tus adversarios ¡oh tú el más noble de los hombres! en presencia de tu cadáver? Si tuviera yo tantos ojos como heridas tienes, y vertiera por ellos tantas lágrimas como sangre han manado éstas, me estaría mejor que unirme en lazos de amistad con tus enemigos.—Aquí fuíste cercado, bravo ciervo, y aquí caíste; y aquí están tus cazadores, puestas sus señales en tus despojos y enrojecidos en tu muerte. Tú eras el bosque de este siervo ¡oh mundo! y él era, en verdad, tu corazón. ¡Qué semejante al ciervo herido por muchos príncipes, yaces aquí!
Casio.—Marco Antonio.
Antonio.—Perdonadme, Cayo Casio. Los mismos enemigos de César han de decirlo, y por tanto, en boca de un amigo, no es más que fría modestia.
Casio.—No os censuro porque elogiáis así á César. Pero ¿qué alianza pensáis tener con nosotros? ¿Queréis ser contado en el número de nuestros amigos? ¿Ó seguiremos adelante sin confiar en vos?
Antonio.—Por eso os estreché las manos. Pero en verdad me distrajo el ver cómo yace César. Amigo soy de todos, á todos os amo en la esperanza de que me daréis las razones de por qué y cómo era peligroso César.
Bruto.—Y de no serlo, este sería un espectáculo salvaje. Nuestras razones abundan tanto en rectitud, que quedaríais satisfecho, Antonio, aun cuando fuerais el hijo de César.
Antonio.—Eso es todo lo que busco. Y además, solicito poder exhibir su cuerpo en la plaza del mercado, y hablar en la tribuna, como cumple á un amigo, en el orden de su funeral.
Bruto.—Lo harás, Marco Antonio.
Casio.—Bruto, quiero deciros una palabra. (Aparte.) No sabéis lo que estáis haciendo. No consintáis en que hable Antonio en el funeral. ¿Sabéis hasta qué grado se podrá conmover el pueblo con lo que él diga?
Bruto.—(Aparte.) Con vuestro permiso. Yo ocuparé primero la tribuna y explicaré la causa de la muerte de César. Haré constar que Antonio hablará por nuestra venia y consentimiento y que nos complacemos en que César tenga todos los ritos y ceremonias legales. Esto nos hará más provecho que daño.
Casio.—(Aparte.) No sé lo que pueda acontecer. Esto no me place.
Bruto.—Marco Antonio, tomad aquí el cuerpo de César. En vuestra oración fúnebre no nos censuréis, pero hablaréis de César todo el bien que podáis, y diréis que para ello os hemos dado permiso. De otro modo no tendréis parte alguna en este funeral. Y hablaréis en la misma tribuna que yo, después de terminar mi discurso.
Antonio.—Sea así. No deseo más.
Bruto.—Preparad, pues, el cadáver y seguidnos.
(Salen todos, excepto Antonio.)
Antonio.—Perdóname ¡oh despojo desangrado! si soy manso y gentil con estos carniceros. Reliquia eres del hombre más noble que jamás vieron los tiempos. ¡Ay de la mano que derramó esta valiosa sangre! Ante tus heridas frescas aún, que abren sus labios enrojecidos como bocas mudas implorando de mi lengua la voz y la expresión, hago ahora esta profecía: Caerá una maldición sobre los miembros de los hombres: el furor intestino y la cruel guerra civil arrasarán todas las partes de Italia; la sangre y la destrucción serán tan habituales, y los objetos terribles tan familiares, que las madres no harán mas que sonreir cuando vean á sus pequeñuelos descuartizados por la mano de la guerra; la costumbre de los hechos atroces ahogará toda piedad: el espíritu de César, ávido de venganza, discurrirá teniendo á su lado á Atos acabada de salir del infierno, y gritará en todos estos confines con voz de monarca: «¡Destrucción!», y soltará los perros de la guerra; y que este crimen trascenderá por sobre la tierra en el quejido de los moribundos implorando un sepulcro. (Entra un criado.) Tú sirves á Octavio César ¿no es así?
Criado.—Así es, Marco Antonio.
Antonio.—César escribió para que viniese á Roma.
Criado.—Recibió las cartas y está en camino y me encargó deciros de palabra... ¡Oh César! (Viendo el cadáver.)
Antonio.—Tienes henchido el corazón. Apártate y llora. Veo que la pasión es contagiosa, porque al verlas lágrimas que llenan tus ojos, siento que los míos se humedecen. ¿Viene tu señor?
Criado.—Esta noche estará á menos de siete leguas de Roma.
Antonio.—Pues vuela á encontrarle y dile lo que ha acontecido. Hay una Roma enlutada, una Roma peligrosa; pero todavía no hay para Octavio una Roma segura. Sal de aquí y dile esto. Pero, quédate un momento. No tornarás hasta que haya yo llevado este cadáver á la plaza del mercado; allí sondearé con mi discurso el modo cómo el pueblo ha recibido la cruel resolución de estos hombres sanguinarios; y según lo que sea, explicarás al joven Octavio el estado de las cosas. Ayúdame. (Salen llevando el cuerpo de César).
La misma.—El Foro.