Falstaff.—Pero ¿qué dice de mí? Sed lacónica, mi señora Mercurio.
Aprisa.—Por cierto que recibió vuestra carta, por la cual os da mil veces las gracias, y desea que tengáis aviso de que su esposo estará fuera de casa entre las diez y las once.
Falstaff.—¿Entre diez y once?
Aprisa.—Sí, exactamente. Y en ese tiempo podréis ir á ver la pintura que sabéis, y su esposo, el señor Ford, no estará en casa. ¡Ay! ¡qué vida lleva la pobrecita con él! Es un hombre tan celoso, que la hace pasar la mar á pié, como dicen. ¡Pobre palomita!
Falstaff.—Entre diez y once. Preséntale mis cumplimientos. No dejaré de ser puntual á la cita.
Aprisa.—Muy bien dicho; pero tengo otro mensaje para vuestra señoría. La señora Page os presenta también sus más afectuosos cumplimientos—y dejad que os lo diga muy en secreto—es una esposa recatada y virtuosa, como la mejor que pueda haber en Windsor, y que jamás falta al rezo de la mañana y de la tarde. Me ha pedido decir á vuestra señoría, que su marido sale muy raras veces de casa, pero que tiene ella la esperanza de que no faltará una oportunidad. Jamás, en los días de mi vida, he visto á una mujer tan apasionada de un hombre. Seguramente tenéis alguna magia para encantarlas.
Falstaff.—Os aseguro que no. Fuera del natural atractivo en mi persona, no tengo encantos.
Aprisa.—Pues Dios os bendiga por ellos, mi feliz señor!
Falstaff.—Sólo te ruego que me digas esto: ¿saben la esposa de Ford y la de Page, cada una, que la otra está enamorada de mí?
Aprisa.—Pues bonita la habríamos hecho! Espero que no son tan estúpidas. Por cierto que eso no habría sido sino una treta. Pero la señora Page desea que á todo trance le enviéis á vuestro pajecito. Su esposo tiene un afecto singular hacia éste, y os aseguro que el señor Page es todo un hombre de bien. No hay en Windsor esposos mejor avenidos; como que él hace lo que ella quiere, dice lo que se le antoja, toma cuanto le pide y paga cuanto toma: se acuesta cuando ella lodesea, se levanta cuando se lo dice, y en todo y por todo no se hace en la casa sino lo que ella ordena. Y en verdad que lo merece; porque si hay en Windsor una excelente mujer, es ella. Debéis enviarle vuestro paje, no hay remedio.
Falstaff.—Por supuesto que lo haré.
Aprisa.—Bien; pues manos á la obra. Pero mientras él hace el corre-vé-y-díle entre vosotros dos, cuidad de que haya siempre una excusa ó pretexto ostensible, para que comprendiendo vosotros vuestra buena intención, él no pueda caer en sospecha alguna, pues no está bien que los muchachos entren en malicia. Los viejos, como sabéis, tenemos discreción y conocemos el mundo.
Falstaff.—Adios. Hazme presente á las dos señoras. He aquí mi bolsa, y todavía me reconozco por deudor tuyo. Muchacho, vé con esta mujer. ¡Esta noticia me tiene aturdido!
(Salen la señora Aprisa y Robin.)
Pistol.—Esta galera vieja es uno de los mensajeros de Cupido. Forcemos velas, démosle caza, vamos al abordaje, hagamos fuego y será mía la presa, ó que el Océano nos trague á todos!
(Sale Pistol.)
Falstaff.—¿Con que esas tenemos, mi viejo Falstaff? Sigue adelante, que todavía sacaré de tu viejo cuerpo más que en los tiempos pasados. ¿Todavía te persiguen ellas? Y después de tanto dinero perdido, ¿vas á entrar ahora en ganancias? Gracias, cuerpo mío. Que digan enhorabuena que ha sido hecho groseramente. Con tal de que se gane bastante, ¿qué importa?
(Entra Bardolfo.)
Bardolfo.—Señor Juan, hay abajo un señor Brook que desea hablaros y entrar en relación con vos, y ha enviado para vuestra señoría una bota de jerez seco.
Falstaff.—¿Dices que se llama Brook?
Bardolfo.—Sí, señor.
Falstaff.—Hazle venir. (Sale Bardolfo.) Esta clase de Brooks, que derrama semejante licor, es siempre bienvenida. Ah! ah! Señora Ford, señora Page, ¿no os he atrapado mal, eh? Adelante, adelante,via!
(Vuelve á entrar Bardolfo, con Ford disfrazado.)
Ford.—Dios os guarde, señor.
Falstaff.—Y á vos. ¿Deseáis hablar conmigo?
Ford.—Temo ser demasiado audaz, presentándome en vuestra casa sin preparativo alguno.
Falstaff.—Sois bien venido. ¿Qué deseáis? Retírate, mozo.
(Sale Bardolfo.)
Ford.—Soy un caballero que ha gastado excesivamente. Me llamo Brook.
Falstaff.—Mi buen señor Brook, me alegraré de conoceros más íntimamente.
Ford.—El mismo deseo me anima respecto de vos; pues debo declararos que me considero en mejor situación que la vuestra para prestar dineros. Y esto me ha animado un tanto á entrar aquí inoportunamente, como un intruso; pero dicen que cuando el dinero hace veces de introductor, todas las puertas se abren.
Falstaff.—El dinero es un valeroso soldado, que siempre sale adelante en sus empresas.
Ford.—Por cierto. Y he aquí que tengo este saco de dinero que me molesta; y si queréis, señor Juan, tomar todo ó la mitad de él, ese peso menos tendré que llevar.
Falstaff.—No sé en verdad, señor, cómo podré merecer el ayudaros de este modo.
Ford.—Os lo diré si queréis escucharme.
Falstaff.—Hablad, mi buen señor Brook. Me encantará ser vuestro auxiliar.
Ford.—Dicen que sois instruído. Por tanto, seré lacónico. Os conozco de tiempo atrás, aunque nunca haya tenido tan buena ocasión como deseaba para entrar en relación con vos. Y ahora debo haceros unarevelación que pondrá al descubierto muchas de mis imperfecciones; pero, buen sir Juan, si fijáis la vista en mis locuras, á medida que os las refiera, acordaos al mismo tiempo de echar una mirada á las vuestras, á fin de que me sea menos penosa la censura, sabiendo que vos mismo conocéis cuán fácil es caer en semejantes debilidades.
Falstaff.—Perfectamente. Proseguid.
Ford.—Hay en esta ciudad una señora cuyo marido se llama Ford.
Falstaff.—¿Y bien?
Ford.—Hace mucho tiempo que la amo, y os aseguro que no es poco lo que he gastado por ella. La he seguido con la perseverancia más obstinada: he multiplicado las ocasiones de encontrarme con ella; he promovido hasta las más leves oportunidades de alcanzar siquiera á verla un instante: no solamente he gastado con profusión en obsequiarla, sino que he dado mucho dinero por saber lo que ella querría dar: en una palabra, la he perseguido como me ha perseguido á mí el amor, esto es, tomando al vuelo todas las ocasiones posibles. Pero cualquiera que haya sido mi merecimiento, ya por el afecto, ya por los medios, ninguna recompensa he recibido, á no ser que la experiencia sea, como dicen, una joya, y en este caso la he comprado á precio fabuloso. Esto me ha enseñado que:
Amor cual sombra se alejade quien sincero le sigue.Deja á aquel que le persigue,y persigue á quien le deja.
Amor cual sombra se alejade quien sincero le sigue.Deja á aquel que le persigue,y persigue á quien le deja.
Amor cual sombra se alejade quien sincero le sigue.Deja á aquel que le persigue,y persigue á quien le deja.
Falstaff.—¿Y nunca habéis obtenido promesa alguna de satisfacción?
Ford.—Nunca.
Falstaff.—¿Y no la habéis acosado para ello?
Ford.—Nunca.
Falstaff.—¿Pues entonces qué clase de amor era el vuestro?
Ford.—Como una bella casa fabricada en el terreno de otro hombre; de modo que he perdido mi edificio por haber equivocado el sitio donde había de erigirlo.
Falstaff.—¿Y cuál es vuestro propósito al descubrirme todo esto?
Ford.—Cuando os lo haya dicho, lo habré dicho todo. Dicen algunas personas que, aun cuando ella aparece honrada ante mí, sin embargo suele llevar su alegría á tal punto, que se hacen sobre ella poco piadosos comentarios. Y vengo ahora á lo esencial de mi propósito. Vos sois un caballero perfectamente educado, admirable en el discurso, bien acogido en la mejor sociedad, valioso por la posición y la persona, y reconocido por muchas eminentes cualidades de guerra, de corte y de ciencia.
Falstaff.—¡Oh! Me abrumáis!
Ford.—Debéis creerme, pues tenéis conciencia de todo esto. Aquí tenéis dinero: gastadlo; gastadlo todo; gastad más; gastad cuanto tengo; y en cambio, concededme solamente aquella parte de vuestro tiempo que baste á poner un asedio amoroso á la honestidad de la mujer de Ford. Emplead para conquistarla todos los recursos de vuestro arte; que si hombre alguno puede triunfar de ella, ninguno lo podría más pronto que vos.
Falstaff.—¿Y cómo puede conciliarse la vehemencia de vuestra pasión, con la idea de que yo me apodere de lo mismo que anheláis disfrutar? Se me figura que os servís de un remedio en extremo ineficaz.
Ford.—¡Oh! Comprended mi intento. Está esa mujer tan encastillada en la excelencia de su honor, que no me atrevo á presentarle la locura de mi alma.Es como una luz que no puedo mirar de frente porque me deslumbra. Ahora bien: si pudiera acercarme á ella con alguna prueba de su verdadera fragilidad en la mano, mis exigencias y pretensiones tendrían un fundamento para hacerse valer: ella quedaría desalojada entonces de ese atrincheramiento de su pureza, su reputación, su juramento de fidelidad al esposo, y de las otras mil defensas que ahora la hacen inexpugnable para mí. ¿Qué pensáis de este plan?
Falstaff.—Amigo Brook, principiaré por tratar sin ceremonia vuestro dinero; dadme vuestra mano en seguida; y, por último, tan cierto como que soy un caballero, podréis, si queréis, gozar de la esposa de Ford.
Ford.—¡Oh mi buen amigo!
Falstaff.—Señor Brook, os digo que será así.
Ford.—No os faltará dinero, no; lo tendréis de sobra.
Falstaff.—Ni vos necesitaréis una señora Ford, pues la tendréis. Yo estaré con ella (podéis estar seguro de lo que os digo), entre las diez y las once, por cita que ella misma me ha dado. Precisamente cuando llegabais, acababa de salir su asistente, emisaria ó corre-vé-y-dile. Digo que estaré con ella entre las diez y las once, pues á esa hora se hallará ausente el bellaco del marido. Venid por la noche y sabréis el progreso que habré alcanzado.
Ford.—Ah! vuestra amistad es una bendición para mí! ¿Conocéis, por ventura, á Ford?
Falstaff.—Que el diablo cargue con ese pobre bellaco cornudo! No le conozco pero le hago injusticia al llamarle pobre; pues dicen que ese celoso cornudo tiene montones de oro, y por esto mismo me parece su mujer muy apetecible. Me serviré de ella como de llave para abrir el cofre del cornudo bribón, y allí tendré mi cosecha.
Ford.—Me alegraría de que conociéseis á Ford á fin de que le evitéis si le encontráis.
Falstaff.—Vaya al diablo ese tuno, estatua de manteca salada! Le haré perder el seso de un susto; le espantaré con mi bastón, levantado como un meteoro sobre sus astas de cornudo. Veréis, señor Brook, cómo haré lo que quiera de ese paisano, y cómo os acostaréis con su esposa. Venid esta noche temprano. Ford es un bribón y yo le añadiré lo que le falta. Vos, amigo Brook, conoceréis pronto que es bribón y cornudo. Venid temprano esta noche.
(Sale.)
Ford.—¡Qué infernal pillo sibarita es éste! El corazón me quiere estallar de impaciencia! Mi mujer le ha dado cita, queda fijada la hora, y el convenio está hecho! ¿Qué hombre lo habría pensado? ¡Oh! ¡Qué infierno es tener una mujer falsa! La deshonra para mi lecho, el robo para mi caudal, la burla y el escarnio para mi reputación! Y no solamente he de recibir estos viles ultrajes, sino que he de sobrellevar los más abominables dictados de boca del mismo que me infama con los hechos! Dictados! Nombres! Satanás, Lucifer, Amaimón, todo eso suena bien, aunque sean dictados de demonios, nombres de desalmados. Pero ¡cornudo! ¡Complaciente cornudo! Ni el diablo mismo se resigna á llevar semejante nombre! Page es un asno, asno de nacimiento. Confía en su mujer y no es celoso. Antes confiaría yo mi manteca á un flamenco, mi queso al cura galo Hugh, mi botella de aguardiente á un irlandés, ó mi caballo de más estima á un ladrón, que confiar á mi mujer á sí propia. Entonces urde, trama, intriga; y han de ejecutar lo que les viene á la mente: lo han de ejecutar, cueste lo que costare. ¡Gracias al cielo por mis celos! Las once es la hora. Evitaré esto, sorprenderé á mi mujer, me vengaré de Falstaff y me reiré de Page. Voy á atender á ello. Vale más que sea tres horas demasiado pronto que un minuto demasiado tarde. Vaya! vaya! vaya! ¡Cornudo!... ¡cornudo!... ¡cornudo!...
(Sale.)
Parque de Windsor.
Entran CAIUS y RUGBI.
Entran CAIUS y RUGBI.
Caius.—¿Rugbi?
Rugbi.—Señor.
Caius.—¿Qué hora es?
Rugbi.—Ha pasado, señor, la hora en que sir Hugh prometió venir.
Caius.—Por mi vida, que ha salvado su alma con no venir. Ha rezado bien en su biblia, cuando no ha venido. Voto á sanes, Rugbi, que si viene, es hombre muerto!
Rugbi.—No es tonto, señor. Él sabe bien que vuestra señoría lo habría muerto si hubiese venido.
Caius.—Vive Dios, que no hay arenque tan muerto como él cuando yo lo mate. Voy á decirte el modo cómo he de matarle.
Rugbi.—¡Ay, señor! Yo no entiendo de esgrima.
Caius.—Toma tu espada, canalla.
Rugbi.—Tened calma. Aquí viene gente.
(Entran el posadero, Pocofondo, Slender y Page.)
Posadero.—Dios te bendiga, bravo doctor.
Pocofondo.—Él os salve, señor doctor Caius.
Page.—¿Qué tal, mi buen doctor?
Slender.—Os deseo buen día, señor.
Caius.—¿Á qué habéis venido todos, uno, dos, tres, cuatro?
Posadero.—Á verte batiéndote, yendo á fondo, parando, replicando, yendo de aquí para allí, dando golpes de punta y de filo, haciendo tus pases, dando tus estocadas en tercia, en cuarta, y, en fin, tu flanconada.¿Ha muerto, etíope mío? ¿Ha muerto, Francisco mío? ¡Ah, bravo! ¿Qué dice mi Esculapio, mi Galeno? ¿Mi corazón de saúco? Ah! ¿Está muerto, bravo Stale? ¿Está muerto?
Caius.—Voto á cribas! Es el clérigo más cobarde del mundo. No se ha dejado ver la cara!
Posadero.—Eres un rey de Castilla, un Héctor de Grecia, muchacho mío!
Caius.—Dad testimonio, os ruego, de que le he esperado dos y tres horas y que no ha venido.
Pocofondo.—Es el más prudente, señor doctor. Él es curador de almas y vos lo sois de cuerpos. Si os batís, váis directamente contra toda la índole de vuestra profesión. ¿No es así, señor Page?
Page.—Vos mismo, señor Pocofondo, habéis sido gran duelista, aunque ahora sois hombre de paz.
Pocofondo.—Puñales! Amigo Page, viejo y hombre de paz como me véis, cuando veo una espada, me comen los dedos por menearla; pues aunque seamos jueces y doctores y gente de iglesia, nos queda aún algo del brío de la juventud. Somos hijos de mujeres, amigo Page.
Page.—No hay duda de ello, señor Pocofondo.
Pocofondo.—Así se ha de descubrir, señor Page. Señor doctor Caius, he venido para llevaros á casa. Estoy juramentado para la paz. Habéis probado ser un médico prudente, y el señor Hugh ha probado ser un prudente y sufrido sacerdote. Tenéis que venir conmigo, señor doctor.
Posadero.—Perdonad, juez-huésped. Una palabra, señor Aguaturbia.
Caius.—¡Aguaturbia! ¿Qué significa eso?
Posadero.—En nuestro idioma, quiere decir valentía, bravo mío.
Caius.—¡Voto á san! que entonces tengo tanta agua turbia como cualquier inglés. ¡Ah, perro sarnoso declérigo! Voto á tantos que le he de cortar las orejas!
Posadero.—Te clavará los dientes de firme, bravo mío.
Caius.—¿Qué es eso de clavar los dientes?
Posadero.—Es decir que te dará satisfacciones.
Caius.—Pues por vida mía que tendrá que hacerlo, porque yo he de tenerlas.
Posadero.—Y yo le provocaré á ello, ó que se vaya á paseo.
Caius.—Y os doy gracias por esto.
Posadero.—Y además, bravo mío... Pero ante todo, señor huésped, señor Page y caballero Slender, id por la ciudad hasta Frogmore.
(Aparte á éstos.)
Page.—¿Está allí el señor Hugh?
Posadero.—Allí está. Ved en qué disposición se encuentra, y yo haré venir al doctor por entre los campos. ¿Os parece bien?
Pocofondo.—Así lo haremos.
Page.}
Pocofondo.} Adios, amigo doctor.
Slender.}
(Salen Page, Pocofondo y Slender.)
Caius.—¡Voto á....! que he de matar al clérigo, porque se pone á hablar á Ana Page en favor de ese pedazo de mico!
Posadero.—Que muera en buen hora! Pero primero calma tu impaciencia, echa agua fría sobre tu cólera, ven conmigo al través de los campos hasta Frogmore, y te guiaré á la quinta donde está Ana Page en una fiesta, y allí la conquistarás. ¿Digo bien?
Caius.—Por vida de...! que os lo agradezco. Por vida de...! que os amo, y os he de procurar la amistad de mis clientes, caballeros, nobles y lores.
Posadero.—Por todo lo cual seré tu adversario con Ana Page. ¿Digo bien?
Caius.—Por mi alma que está bien, muy bien dicho.
Posadero.—Pues entonces, en marcha.
Caius.—Ven tras de mí, Rugby.
(Salen.)
Campo cerca de Frogmore.
Entran Sir HUGH EVANS y SIMPLE.
Entran Sir HUGH EVANS y SIMPLE.
EVANS.
Osruego me digáis, buen servidor del señor Slender, y amigo Simple por vuestro nombre, ¿de qué manera habéis buscado al señor Caius, que se da el título de «Doctor en medicina?»
Simple.—En verdad, señor, le busqué en el distrito de la ciudad y en el del parque, en todas direcciones: en el antiguo camino de Windsor, y en todos los demás, excepto el de la ciudad.
Evans.—Pues deseo con la mayor vehemencia, que busquéis también en ese camino.
Simple.—Así lo haré.
Evans.—¡Dios me asista! ¡Cuán lleno estoy de cólera y de incertidumbre! Me alegraré de que él me haya engañado. ¡Qué melancólico estoy! En la primera oportunidad le haré salir la cruz de los calzones por la copa del sombrero, á ese bribón! ¡Dios me asista!
(Canta.)
Junto al claro riachueloá cuya bella cascadacanta el ave en la alboradamadrigales desde el cielo,formaremos á la sombra,sobre el musgo y entre floresricas de aroma y colores,un lecho de blanda alfombra.
Junto al claro riachueloá cuya bella cascadacanta el ave en la alboradamadrigales desde el cielo,formaremos á la sombra,sobre el musgo y entre floresricas de aroma y colores,un lecho de blanda alfombra.
Junto al claro riachueloá cuya bella cascadacanta el ave en la alboradamadrigales desde el cielo,formaremos á la sombra,sobre el musgo y entre floresricas de aroma y colores,un lecho de blanda alfombra.
¡Válgame Dios! ¡Y qué gana tengo de llorar!
Canta el ave melodiosamadrigales desde el cielo,un lecho me brinda el suelode césped, clavel y rosajunto al claro riachuelo,etc., etc.
Canta el ave melodiosamadrigales desde el cielo,un lecho me brinda el suelode césped, clavel y rosajunto al claro riachuelo,etc., etc.
Canta el ave melodiosamadrigales desde el cielo,un lecho me brinda el suelode césped, clavel y rosajunto al claro riachuelo,etc., etc.
Simple.—Señor Hugh, vedle que viene por allí abajo.
Evans.—Bien venido.
Junto al claro riachuelo,á cuya bella cascada....
Junto al claro riachuelo,á cuya bella cascada....
Junto al claro riachuelo,á cuya bella cascada....
¡Que el cielo ayude al que tenga justicia! ¿Qué armas trae?
Simple.—Ninguna, señor. Vienen mi amo el señor Slender y otro caballero de Frogmore, y se dirigen hacia aquí.
Evans.—Bien. Dame mi toga; ó más bien, tenla en tu brazo.
(Entran Page, Pocofondo y Slender.)
Pocofondo.—¿Qué tal, señor cura? Buenos días, buen señor Hugh. Quien quiera hacer una maravilla, que separe de los dados á un jugador y dé su libro á un estudiante.
Slender.—¡Ah, dulce Ana Page!
Page.—Dios os guarde, buen señor Hugh.
Evans.—Él os bendiga á todos por su misericordia.
Pocofondo.—¡Qué! ¿La espada y la palabra? ¿Estudiáis una y otra, señor cura?
Page.—¿Y todavía andáis en cuerpo, como un jovencito, en un día tan crudo y reumático?
Evans.—Hay motivos y razones para ello.
Page.—Hemos venido á encontraros, señor cura, con ánima de hacer una buena acción.
Evans.—Muy bien. ¿Cuál es?
Page.—Allá hay un venerable caballero, que juzgándose ofendido por alguna persona, está en la más terrible lucha que se pueda ver con su propia gravedad y paciencia.
Pocofondo.—Ochenta y pico de años he vivido, y nunca he visto á hombre de su posición, gravedad y saber, tan celoso de su propio respeto.
Evans.—¿Quién es?
Page.—Pienso que le conocéis. Es el señor doctor Caius, el reputado médico francés.
Evans.—¡Por Dios y todos los santos del cielo! Preferiría hablar de un hervido de coles!
Page.—¿Por qué?
Evans.—Porque no sabe jota de Hipócrates y Galeno. Y además es un bribón: tan cobarde bribón, como el que más de cuantos pudiérais conocer.
Page.—Os aseguro que este es quien se batiría con él.
Slender.—¡Oh dulce Ana Page!
Pocofondo.—Así parece, por sus armas. Mantenedles separados: aquí viene el doctor Caius.
(Entran el posadero, Caius y Rugbi.)
Page.—No, señor cura: no desnudéis vuestra arma.
Pocofondo.—Ni tampoco vos, mi buen doctor.
Posadero.—Desarmadles y dejad que discutan. Asíconservarán ilesos sus miembros y no harán trizas sino nuestro idioma.
Caius.—Dejadme deciros una palabra al oído, si gustáis. ¿Por qué evitáis el encuentro conmigo?
Evans.—Tened un poco de paciencia, os ruego. Ya vendrá el momento oportuno.
Caius.—¡Voto á san! que sois un cobarde, un perro, un mico!
Evans.—Os suplico que no nos hagáis el hazme-reir del buen humor de otras personas. Deseo vuestra amistad, y de un modo ú otro os dejaré satisfecho. (En voz baja.) Os he de sacar á puntapiés la cruz del calzón por la cabeza, gran bellaco, para que no os burléis de citas y compromisos de honor.
Caius.—¡Al diablo! Jack Ruby, y vos, hostelero de la Liga, ¿no le esperé para matarle? ¿No estuve en el sitio designado?
Evans.—Tan cierto como que soy cristiano, este es el sitio que se había señalado. Que lo diga el mismo hostelero de la Liga.
Posadero.—¡Paz! ¡Paz, digo, entre Gales y la Galia! entre galo y francés! Paz entre el que cura el alma y el que cura el cuerpo!
Caius.—Sí, eso es muy bueno, excelente!
Posadero.—Paz, digo. Decid si el posadero de la Liga no es un político sutil, si no es un Maquiavelo! ¿Perderé á mi médico? No! Él es quien me da las pociones y mociones. ¿Perderé á mi cura? ¿Á mi sacerdote? ¿Á mi amigo Hugh? No. El me da los proverbios y lospater-noster. Dame tu mano, hombre terreno, así. Dadme la tuya, hombre místico, así. No sois más que niños en la astucia. Os he engañado á ambos, dirigiéndoos á diferentes lugares para que no pudiérais encontraros. Vuestros corazones están llenos de vigor, vuestros cuerpos ilesos, y el desenlace debe ser una libación de vino jerez. Ea! guárdense esas armas para empeño. Sígueme, hombre de paz. Seguidme, seguidme.
Pocofondo.—Contad conmigo, huésped. Seguid, caballeros, seguid.
Slender.—¡Oh dulce Ana Page!
(Salen Pocofondo, Slender, Page y el posadero.)
Caius.—¡Ah! Ya caigo en cuenta. Nos ha hecho pasar por un par de tontos! ah! ah!
Evans.—Está muy bien. Se ha reído de nosotros. Deseo que vos y yo seamos amigos, y vamos concertando juntos el modo de vengarnos de este despreciable, sarnoso y tahur compañero, el posadero de la Liga.
Caius.—¡Voto á! Con todo mi corazón. Me prometió conducirme á donde Ana Page y también me ha engañado!
Evans.—Bueno. He de romperle la crisma. Tened la bondad de venir conmigo.
(Salen.)
Una calle de Windsor.
Entran la señora PAGE y ROBIN.
Entran la señora PAGE y ROBIN.
Sra. Page.—No; sigue adelante, galancito mío. Tú debías ir detrás y ahora vas á la cabeza. ¿Te gusta más hacer que te sigan mis ojos, ó seguir con los tuyos los talones de tu señor?
Robin.—Á fe mía que prefiero ir delante como un hombre, que seguirle como un enano.
Sra. Page.—¡Oh! Eres un chico zalamero. Veo que pararás en cortesano.
(Entra Ford.)
Ford.—Me alegro de encontraros, señora Page. ¿Á dónde vais?
Sra. Page.—Por cierto que á ver á vuestra esposa. ¿Está en casa?
Ford.—Sí, y tan ociosa, por falta de compañía, que no sé cómo no se le caen los cuartos. Se me figura que, si muriesen vuestros maridos, os casaríais las dos.
Sra. Page.—De seguro; con otros dos maridos.
Ford.—¿Dónde hubisteis este bonito gallo de campanario?
Sra. Page.—Por nada puedo acordarme del nombre del sujeto de quien lo tuvo mi esposo. Muchacho ¿cómo se llama tu señor?
Robin.—El señor Juan Falstaff.
Ford.—¡El señor Juan Falstaff!
Sra. Page.—El mismo. Nunca puedo dar con su nombre. Hay tanta intimidad entre mi buen hombre y él! ¿Es seguro que vuestra esposa está en casa?
Ford.—Seguro que está allí.
Sra. Page.—Con vuestro permiso. Estoy impaciente por verla.
(Salen la señora Page y Robin.)
Ford.—¿Tiene Page sesos? ¿Tiene ojos? ¿Tiene algo como entendimiento? Pues si los tiene, no hay duda de que están dormidos: no le sirven para nada. Por cierto que este muchacho llevara una carta veinte millas, con tanta facilidad como un cañón arroja una bala, punto en blanco, á doscientas cuarenta yardas. Page da rienda suelta á la inclinación de su esposa; da impulso y facilidades á su insensatez; y ahora va á donde mi mujer, y la acompaña el muchacho de servicio de Falstaff! Un ciego podría ver al través de esto. ¡La acompaña el muchacho de Falstaff! ¡Bien urdidas están las intrigas! Y nuestras mujeres se juntan para condenarse¡ Bueno. Me apoderaré de él; en seguida torturaré á mi esposa, arrancaré la máscara de falsa modestia de la hipócrita señora Page, exhibiré á Page como un Acteón voluntario; y á estos violentos procederes, todos mis vecinos diránamen. (Se oye el reloj dar horas.) El reloj me da el aviso, y mi certeza me invita á hacer un registro. Allí encontraré á Falstaff; y seré más encomiado que ridiculizado por esto; porque tan seguro es que Falstaff está allí como que la tierra está bajo los piés. Iré. (Entran Page, Pocofondo, Slender, el posadero, sir Hugh Evans, Caius y Rugbi.)
Pocofondo,Page,ETC.—Pláceme veros, señor Ford.
Ford.—Una buena reunión, á fe mía. Hay una buena mesa hoy en casa; y os ruego á todos que me acompañéis.
Pocofondo.—Debo ofreceros mis excusas, señor Ford.
Slender.—Y yo igualmente, señor. Estamos comprometidos á comer donde la señorita Ana, y no le faltaría por ninguna suma de dinero que se pueda contar.
Pocofondo.—Hemos disertado sobre unas bodas entre Ana Page y mi primo Slender, y hoy debemos recibir la respuesta.
Slender.—Espero contar con vuestro favor, padre Page.
Page.—Tenéis mi buena voluntad, señor Slender. Estoy enteramente á favor vuestro; pero mi esposa, señor doctor, está no menos decidida por vos.
Caius.—Y ¡por vida de...! que la doncella está enamorada de mí; que así me lo ha dicho mi aya, la señora Aprisa.
Posadero.—¿Y qué decís al joven señor Fenton? Él baila, tiene el brillo de la juventud, escribe versos, habla alegremente, y tiene olor de Abril y Mayo. Él ganará la partida; él ganará la partida. Eso está en la masa de la sangre. Ganará la partida.
Page.—No con mi consentimiento, os lo aseguro. No es un caballero apetecible. Era asociado y compinche del príncipe disoluto y de Poins. Pertenece á una región demasiado elevada, y tiene demasiado mundo. No. No será con mi caudal con lo que ha de echar un remiendo á su fortuna. Si ha de tomar á mi hija, la tomará á ella sola; pues la riqueza que poseo, será dirigida por mi voluntad; y mi voluntad no se dirige hacia ese lado.
Ford.—Os suplico lo más encarecidamente que algunos de vosotros vengáis á casa á comer conmigo; pues fuera de la mesa, habrá una buena diversión: os haré ver un monstruo. Vendréis, señor doctor; y también vos, señor Page; y vos, señor Hugh.
Pocofondo.—Bien: quedad con Dios. Así tendremos más libertad para los asuntos matrimoniales en casa del señor Page.
(Salen Pocofondo y Slender.)
Caius.—Vete á casa, Rugbi. Ya iré yo.
(Sale Rugbi.)
Posadero.—Adios, amigos de mi alma. Me voy donde mi honrado huésped el caballero Falstaff á beber con él un trago de vino de España.
(Sale el posadero.)
Ford.—(Aparte.) Creo que primero beberé vino depipa con él. Ya le haré bailar. ¿Queréis venir, buenos amigos?
Todos.—Somos con vos, para ver el monstruo.
(Salen.)
Cuarto en casa de Ford.
Entran la señora FORD y la señora PAGE.
Entran la señora FORD y la señora PAGE.
Sra. Ford.—¡Hola, Juan! ¡Hola, Roberto!
Sra. Page.—Pronto, pronto. Es en la canasta...
Sra. Ford.—Por vida mía. ¡Hola, Robin, ¿oyes?
(Entran criados con una canasta.)
Sra. Page.—Venid, venid.
Sra. Ford.—Ponedla aquí.
Sra. Page.—Dad la orden á vuestras gentes. No tenemos tiempo que perder.
Sra. Ford.—Entended, como os tengo dicho, Juan y Roberto, que debéis estar listos aquí cerca, en la cervecería; y en el mismo instante en que yo os llame, venid, sin dilación ni tropiezo, y tomad esta canasta en vuestros hombros. Con ella iréis á toda prisa hacia los lavaderos de la ciénaga de Datchet, y la vaciaréis en la zanja cenagosa que está junto a la margen del Támesis.
Sra. Page.—¿Lo haréis así?
Sra. Ford.—Les he hecho el encargo una y otra vez. No son instrucciones lo que les falta. Idos, y acudid en el momento en que os llame.
(Salen los criados.)
Sra. Page.—Aquí viene el rapazuelo Robin.
(Entra Robin.)
Sra. Ford.—¿Qué tal, chiquitín mío? ¿Qué nuevas traes?
Robin.—Mi amo sir Juan, ha venido á la puerta falsa, señora, y solicita vuestra compañía.
Sra. Page.—Y tú, rapazuelo prestado, ¿no nos has hecho alguna mala partida?
Robin.—Puedo jurar que no. Mi señor no sabe que estais aquí, y me ha amenazado con despedirme si os digo la menor palabra, pues jura que me pondría á la puerta.
Sra. Page.—Eres un buen muchacho, y tu sigilo te servirá de sastre; como que le deberás un vestido nuevo. Voy á esconderme.
Sra. Ford.—Hacedlo. Vé á decir á tu señor que estoy sola. Señora Page, no os olvidéis de la señal.
(Sale Robin.)
Sra. Page.—Te lo garantizo. Si no desempeño mi papel, sílvame.
(Sale la Sra. Page.)
Sra. Ford.—Pues á ello. Nos serviremos de esta pestilente humedad, de esta grosera calabaza, y le enseñaremos á distinguir las flores de los guijarros.
(Entra Falstaff.)
Falstaff.—¿Te he alcanzado al fin, celeste joya mía? Pues ahora debería yo morir, ya que he vivido bastante tiempo para ver coronada mi ambición. ¡Oh! ¡Bendita hora!
Sra. Ford.—¡Oh simpático sir Juan!
Falstaff.—Señora Ford, no puedo lisonjear, no puedo charlar, señora Ford. Ahora mi deseo es pecaminoso: quisiera que estuviese muerto vuestro marido. En presencia del más encumbrado lord lo diría: te haría mi esposa.
Sra. Ford.—¡Yo, esposa vuestra, sir Juan! Sería una muy pobre esposa para vos.
Falstaff.—No la hay igual en toda la corte de Francia! Veo cómo tu mirada rivaliza con el brillo del diamante; tienes en las cejas el arco armonioso que corresponde á un modelo veneciano ricamente adornado.
Sra. Ford.—Un modesto pañuelo es todo lo que puede venirles bien. Y aun eso, lo dudo.
Falstaff.—Es una traición lo que te haces hablando así. Harías en todo rigor una excelente dama de corte; y tu paso firme y elástico, daría á tu talle la más seductora oscilación bajo los semicírculos de la crinolina. Bien veo lo que serías si no te fuera adversa la fortuna; pero la naturaleza te ha favorecido, y esto no puedes ocultarlo.
Sra. Ford.—Creedme, no tengo tales atractivos.
Falstaff.—¿Pues por qué te he amado? Esto solo basta para convencerte de que hay en ti algo de extraordinario. Vamos, yo no puedo adular y decir que eres esto y aquello, como tantos de esos remilgados pisaverdes que se presentan como mujeres disfrazadas de hombre y perfumados de piés á cabeza. No, no puedo hacerlo, pero te amo, á ti, á ti sola, y lo mereces.
Sra. Ford.—Pero no me traicionéis. Mucho me temo que amáis á la Sra. Page.
Falstaff.—Tanto valdría que dijeras que me gusta ir á parar á la cárcel; cosa que me halaga tanto como el vapor de cal viva.
Sra. Ford.—Bueno. El cielo sabe cuánto os amo, y algún día os convenceréis de ello.
Falstaff.—No varíes de pensamiento, que yo mereceré tu amor.
Sra. Ford.—Nunca, debo decíroslo, si no variáis vos mismo; pues entonces no podría pensar del mismo modo.
Robin.—(Adentro.) ¡Señora Ford! ¡Señora Ford! La señora Page está á la puerta, toda sudando y jadeando y con la cara despavorida, y dice que tiene que hablaros inmediatamente.
Falstaff.—Es necesario que no me vea. Me ocultaré aquí detrás de este tapiz.
Sra. Ford.—Hacedlo. Es una mujer muy chismosa. (Falstaff se oculta.—Entran la señora Page y Robin.) ¿Qué ocurre? ¿Qué hay de nuevo?
Sra. Page.—¡Oh señora Ford! ¿Qué habéis hecho? Estáis cubierta de afrenta, estáis arruinada, estáis perdida para siempre!
Sra. Ford—Pero ¿qué acontece, buena señora Page?
Sra. Page.—¡Pues no es nada, señora Ford! Teniendo por marido á un hombre honrado, darle semejante motivo de sospecha!
Sra. Ford—¿Qué motivo de sospecha?
Sra. Page.—¿Qué motivo de sospecha? ¡Vergüenza para vos! ¿Cómo he podido equivocarme sobre vos?
Sra. Ford—Pero ¡por Dios! ¿de qué se trata?
Sra. Page.—Se trata, mujer, de que vuestro marido viene en este momento con todos los oficiales de Windsor, á sorprender á un caballero que dice está ahora aquí en su casa, de acuerdo con vos, para aprovechar deshonrosamente su ausencia. Estáis perdida!
Sra. Ford—(Aparte.) Hablad más alto.—Espero que no es así.
Sra. Page.—Plegue á Dios que no sea así el que tengáis aquí á tal hombre; pero es indudable que vuestro esposo viene con la mitad de Windsor tras de él, para buscarle aquí. Me he adelantado á ellos por daros aviso. Si os encontráis inocente, me alegro en el alma; pero si ocultáis aquí algún amigo, hacedle salir al instante, al instante. No os atolondréis; apelad á toda vuestra lucidez, defended vuestra reputación ó despedíos para siempre de la buena vida que habíais disfrutado.
Sra. Ford—¡Ay Dios mío! ¿Qué haré? Allí está un caballero, amiga querida; y no es tanto mi vergüenzalo que tomo como el peligro que él corre. Daría mil libras por verle sano y salvo fuera de la casa.
Sra. Page.—¡Qué disparate! Este no es tiempo de «daría esto» ni «daría aquello.» Vuestro marido llegará dentro de pocos instantes. Pensad en algún medio de transportar á vuestro amigo. Ocultarlo en la casa es imposible. ¡Oh! ¡Cómo me habéis engañado! Mirad. Aquí hay un canasto. Si él no es de una estatura desmedida, podrá agazaparse aquí. Lo cubriréis con ropas sucias como para enviar al lavado; ó si aún hay tiempo, enviadlo con vuestros criados á los lavaderos de la ciénaga de Datchet.
Sra. Ford.—Es demasiado corpulento para caber ahí.
(Vuelve á entrar Falstaff.)
Falstaff.—Dejadme ver! Dejadme ver! Probaré entrar. Sí. Entraré, entraré!
Sra. Page.—¡Qué! ¡Señor Juan Falstaff! ¿En esto han venido á parar las cartas que me habéis escrito, caballero?
Falstaff.—Es á ti á quien amo; a nadie sino á ti. Ayúdame á escapar. Déjame meterme aquí dentro. Jamás en mi vida....
(Se mete en el canasto y lo cubren con ropa sucia.)
Sra. Page.—Ayuda á tapar á tu amo, muchacho. Señora Ford, llamad á vuestros criados. ¡Desleal caballero!
Sra. Ford.—¡Hola! Juan! Roberto! ¡Juan! (Sale Robin.—Vuelven á entrar los criados.) Ea! Levantad ese canasto de ropas. Pronto! ¿Dónde está la vara en que se cuelga para llevarlo? Vamos! No hay que andar bamboleándose. Llevadlo á la lavandera en la ciénaga de Datchet. ¡Listos, listos!
(Entran Ford, Page, Caius y sir Hugh Evans.)
Ford.—Acercaos, os lo suplico. Si mis sospechas carecen de fundamento, pues bien, burlaos de mí, hacedme vuestro hazme-reir. Lo tendré bien merecido. Hola! ¿Á dónde lleváis eso?
Criado.—Á donde la lavandera, por cierto.
Sra. Ford.—Pues está bien! ¿Qué tenéis que hacer con que lleven eso acá ó allá? Sería mejor que os encargaseis del lavado y de apuntar la ropa.
Ford.—¿Apuntar, eh? Ya quisiera yo que lavándome se me quitara lo que me puede apuntar! Punta! Punta! Punta! Sí; punta, punta, os lo garantizo. Y de la estación, como se verá luégo. (Salen los criados con la canasta.) Señores; he tenido anoche un sueño y os le he de contar. He aquí mis llaves; aquí, aquí las tenéis. Subid á mis habitaciones, buscad, registrad, descubrid. Os aseguro que atraparemos el zorro. Dejadme primero que obstruya esta salida. Ahora, principiad la caza.
Page.—Buen señor Ford, tranquilizaos. Vos mismo os hacéis grave injusticia.
Ford.—¿De veras? Adelante, caballeros, que vais á tener diversión. Seguidme, señores.
(Sale.)
Evans.—Fantasías de celoso.
Caius.—Por vida de...! que no es así la moda en Francia. Nadie tiene celos en Francia.
Page.—No. Seguidle, señores, y ved el resultado de su investigación.
(Salen Evans, Page y Caius.)
Sra. Page.—¿No hay en esto un doble mérito?
Sra. Ford.—No sé qué me deleita más; si ver que mi marido se engaña, ó ver la burla hecha á sir Juan.
Sra. Page.—¡Qué bien atrapado debió verse cuando vuestro esposo preguntó lo que iba en el canasto!
Sra. Ford.—Temblando estoy de que necesite un baño para lavarse: de manera que echarlo al agua, será hacerle un beneficio.
Sra. Page.—Que el diablo cargue con ese bribón sin vergüenza! De buena gana vería yo en igual trance á todos los de su jaez!
Sra. Ford.—Me parece que mi marido tenía una sospecha particular de que Falstaff estaba aquí; porque nunca le he visto tan rudo en su celo, como ahora.
Sra. Page.—Voy á urdir una trama, para que tengamos algunas tretas más contra Falstaff. Su mal crónico de corrupción, difícilmente cederá á este medicamento.
Sra. Ford.—¿Os parece bien enviar á esa mala peste de la señora Aprisa, para ofrecerle excusas por haberle echado al agua, y darle una nueva esperanza que le haga caer en un nuevo castigo?
Sra. Page.—Sí; hagámoslo. Que venga mañana á las ocho para recibir satisfacciones. (Vuelven á entrar Ford, Page, Caius y sir Hugh Evans.)
Ford.—No he podido encontrarle. Quizás el bribón se jactaba de lo que no podía alcanzar.
Sra. Page.—¿Habéis oído eso?
Sra. Ford.—Sí, sí, basta. Me tratáis bien, señor Ford, ¿no os parece así?
Ford.—Sí, así lo hago.
Sra. Ford.—Que Dios os haga mejor que vuestros pensamientos.
Ford.—Amen.
Sra. Page.—Os causáis un gran mal vos mismo, señor Page.
Ford.—Sí, sí. Debo sobrellevar todo esto.
Evans.—Así Dios me perdone el día del juicio final, como es verdad que no hay nadie en los dormitorios, ni en los cofres, ni en los armarios.
Caius.—Por vida de..! yo digo lo mismo. No hay nadie, nadie.
Page.—¡Por Dios! ¿No os avergonzáis, señor Ford? ¿Qué espíritu, qué demonio os sugiere tal imaginación? No quisiera tener en estos asuntos vuestra vehemencia, ni por todas las riquezas de Windsor.
Ford.—Confieso que es culpa mía, señor Page, y sufro por ello.
Evans.—Sufrís por una mala conciencia. Vuestraesposa es una mujer tan honesta como podría desearla yo entre cinco mil y quinientas más.
Caius.—Voto á..! que veo claro su honradez.
Ford.—Bien. Os prometí una comida. Venid á dar un paseo por el parque. Os ruego que me perdonéis. Más tarde os diré por qué hice esto. Ven, esposa mía. Venid, señora Page. Os suplico que me perdonéis: lo suplico sinceramente.
Page.—Vamos con él, señores; pero, creedme, que le haremos blanco de nuestra jovialidad. Os invito á almorzar mañana temprano en mi casa. Después iremos á cazar pájaros; tengo un buen halcón. ¿Os acomoda?
Ford.—Lo que queráis.
Evans.—Si hay uno, yo seré el segundo de la partida.
Caius.—Y si hay uno ó dos, yo seré el tercero.
Evans.—Os ruego ahora que os acordéis mañana de aquel sucio bribón de posadero.
Caius.—Perfectamente. ¡Por vida de..! que lo haré con todo mi corazón.
Evans.—¡Sarnoso bribón! Que se permite bromas y burlas!
(Salen.)
Cuarto en casa de Page.