Celia.—Le he oído hablar de ese mismo hermano, y lo describía como al más desnaturalizado que había entre los hombres.
Oliverio.—Y con justicia podía decirlo, porque bien sé que era desnaturalizado.
Rosalinda.—Pero Orlando, ¿lo dejó allí para ser devorado por la exhausta y hambrienta leona?
Oliverio.—Dos veces volvió la espalda con ese propósito; pero la bondad, más noble que la venganza, y la naturaleza más fuerte que la ocasión oportuna, le hicieron luchar contra la leona, que no tardó en sucumbir. El ruido de la lucha me despertó de mi miserable sueño.
Celia.—¿Sois su hermano?
Rosalinda.—¿Sois aquel á quien salvó?
Celia.—¿Sois el que tantas veces atentó contra su vida?
Oliverio.—Era yo tal como fuí, no como soy. No me avergüenza confesaros lo que he sido, desde que la conversión es tan dulce para mí, siendo el infeliz que soy.
Rosalinda.—¿Pero qué del pañuelo ensangrentado?
Oliverio.—En un momento. Cuando las lágrimas de uno y otro hubieron corrido por la narración de todo lo que había pasado, hasta decir la manera como vine á este desierto; llevóme donde el buen duque, quien me dió vestidos y asistencia y me encomendó al afecto de mi hermano, que me condujo al punto á su cueva. Allí se desnudó y en esta parte del brazo la leona había desgarrado algo de la carne, que desde entonces había estado desangrando todo el tiempo; al fin se desmayó, y al desmayarse llamó á Rosalinda. En una palabra: le hice volver en sí, vendé su herida, y recobradas á poco rato sus fuerzas, me envió aquí, á pesar de ser yo extraño, á referiros el suceso para que podáis disculparlo de no haber cumplido su promesa, y á entregar el pañuelo mojado con su sangre al joven zagal á quien por juego llama su Rosalinda.
Celia.—¡Ay! ¿Qué tienes, Ganimedes? ¡Ganimedes mío! (Rosalinda se desmaya.)
Oliverio.—Muchos hay á quienes la vista de la sangre ocasiona un vértigo.
Celia.—Algo más hay en esto.—¡Primo! ¡Ganimedes!
Oliverio.—Ya lo véis; vuelve en sí.
Rosalinda.—Quisiera estar en casa.
Celia.—Te conduciremos allí.—¿Queréis, os lo suplico, sostenerlo por un brazo?
Oliverio.—¡Ea! ánimo, jovencito.—¿Y sois un hombre?—No tenéis varonil el corazón.
Rosalinda.—Es verdad: lo confieso. ¡Ah, señor! cualquiera pensaría que esto estuvo bien fingido. Os ruego decir á vuestro hermano lo bien que lo fingí.
Oliverio.—Esto no ha sido ficción. Demasiado testimonio da vuestro aspecto de que ello era un acceso verdadero.
Rosalinda.—Os aseguro que fué imitación.
Oliverio.—Pues bien, entonces cobrad ánimo y tratad de pasar por hombre.
Rosalinda.—Es lo que hago; pero por cierto que debería haber sido mujer.
Celia.—Vamos, palideces cada vez más.—Os ruego que os pongáis en camino.—Buen hidalgo, acompañadnos.
Oliverio.—Así lo haré, pues debo volver llevando á mi hermano la respuesta sobre el modo cómo disculpáis á mi hermano, Rosalinda.
Rosalinda.—Ya discurriré algo. Pero os suplico que le hagáis presente mi pantomima. ¿Queréis venir?
(Salen.)
La misma.
Entran PIEDRA-DE-TOQUE y TOMASA.
Entran PIEDRA-DE-TOQUE y TOMASA.
PIEDRA.
Yaencontraremos ocasión, Tomasa: paciencia, gentil Tomasa.
Tomasa.—Por vida! que el clérigo era harto bueno, á pesar de cuanto decía el caballero viejo.
Piedra.—Un perverso don Oliverio, Tomasa; un vil Dañatextos. Pero, Tomasa, aquí en el bosque hay un mancebo que te reclama.
Tomasa.—Sí, ya sé quién es. No tiene en mí ni el menor interés del mundo. Aquí viene el que decís.
(Entra Guillermo.)
Piedra.—La vista de un patán es cosa que me llena y satisface más que un banquete. Á fe mía que los hombres de ingenio tenemos mucho de qué responder. Siempre hemos de hacer burla: no podemos evitarlo.
Guillermo.—Buenas tardes, Tomasa.
Tomasa.—Buenas os las dé Dios, Guillermo.
Guillermo.—Y buenas tardes á vos, caballero.
Piedra.—Buenas tardes, buen amigo. Cubre tu cabeza, cubre tu cabeza: te ruego que la cubras. ¿Qué edad tienes, amigo?
Guillermo.—Veinticinco, señor.
Piedra.—Madura edad. ¿Es Guillermo tu nombre?
Guillermo.—Guillermo, señor.
Piedra.—Bonito nombre. ¿Es este bosque el lugar de tu nacimiento?
Guillermo.—Sí, señor, á Dios gracias.
Piedra.—«¡Á Dios gracias!» Galana respuesta. ¿Eres rico?
Guillermo.—Á fe mía, señor, así... así.
Piedra.—«Así, así;» está bien, muy bien, desmesuradamente bien; y sin embargo, no lo es; no es más que así, así. ¿Eres discreto?
Guillermo.—Sí, señor: tengo un ingenio regular.
Piedra.—Pues dices bien. Recuerdo ahora un dicho: «el necio se cree discreto y el discreto se tiene á sí propio en concepto de necio.» El filósofo pagano cada vez que tenía deseo de comer un racimo de uvas abría los labios al ponerlo en la boca; significando con ello que las uvas han sido hechas para comerlas y los labios para abrirse. ¿Amas á esta muchacha?
Guillermo.—Sí, señor, la amo.
Piedra.—Dame tu mano. ¿Eres instruído?
Guillermo.—No, señor.
Piedra.—Entonces aprende de mí esto: tener es tener; porque es una figura retórica que la bebida vertida de una taza á un vaso, mientras llena al uno deja vacía á la otra; pues todos vuestros autores convienen en queipsees él. Ahora bien; vos no soisipse, porque ese soy yo.
Guillermo.—¿Cuál es ese?
Piedra.—El que se ha de casar con esta mujer.Por lo cual vos, patán, abandonad—ó en lenguaje vulgar—dejad la sociedad, que en rústico es la compañía, de esta hembra—que en el trato común es esta mujer—y todo junto quiere decir, abandona la sociedad de esta hembra ó pereces ¡oh patán!; ó para que lo entiendas mejor, mueres: á saber: te mato, te hago desaparecer, cambio tu vida en muerte, tu libertad en servidumbre. Te administraré veneno, paliza ó cuchillada. Haré asonadas para pelotearte, te abrumaré con mi política, te mataré de ciento cincuenta modos. Tiembla, pues, y vete.
Tomasa.—Hazlo, buen Guillermo.
Guillermo.—Que Dios os conserve el humor, caballero.
(Sale.—Entra Corino.)
Corino.—Nuestros amos os buscan: venid, venid.
Piedra.—Lista, Tomasa, lista, Tomasa. Ya sigo, ya sigo.
(Sale.)
La misma.
Entran ORLANDO y OLIVERIO.
Entran ORLANDO y OLIVERIO.
Orlando.—¿Es posible que conociéndola apenas os hayáis prendado de ella? ¿Que la améis sólo con haberla visto? ¿Y amándola la pretendáis? ¿Y pretendiéndola haya ella consentido? ¿Y tendréis perseverancia en gozarla?
Oliverio.—No os preocupe lo súbito de mi afecto, ni la pobreza de ella, ni el corto trato y repentino galanteo que me ganaron su consentimiento; sino antes bien, decid conmigo: amo á Aliena; con ella, que me ama; y con los dos, que consentís para que gocemos cada uno del otro. Y ello será en beneficio vuestro; porque transferiré á vuestro favor la casa de mi padre,junto con todas las rentas que fueron del anciano sir Rowland, y yo viviré y moriré aquí como pastor.
(Entra Rosalinda.)
Orlando.—Tenéis mi consentimiento. Que sean mañana las nupcias. Á ellas invitaré al duque y á todos sus joviales secuaces. Id á preparar á Aliena, pues he aquí que llega Rosalinda.
Rosalinda.—Dios os guarde, hermano.
Oliverio.—Y á vos, hermosa hermana.
Rosalinda.—¡Oh mi querido Orlando! ¡Cuánto me duele verte llevar vendado el corazón!
Orlando.—Es mi brazo.
Rosalinda.—Pensé que las garras de la leona te habían herido el corazón.
Orlando.—Muy herido está; pena por los ojos de una dama.
Rosalinda.—¿Díjote tu hermano cómo fingí desmayarme cuando me mostró tu pañuelo?
Orlando.—Sí, y aun prodigios mayores que ese.
Rosalinda.—Ya sé lo que queréis decir. Y en verdad que jamás hubo cosa tan repentina, á no ser el choque de dos carneros, y la famosa baladronada de César: «vine, ví, vencí.» Porque todo fué encontrarse vuestro hermano con mi hermana, cuando se vieron; apenas se vieron se amaron; no bien nació este amor, se dieron á suspirar; al primer suspiro se preguntaron el por qué; y en el instante de saberlo, buscaron el remedio; de modo que escalón por escalón han subido así un par de escaleras hacia el piso del matrimonio. Y lo escalarán incontinenti, so pena de ser incontinentes antes de entrar en él. Están en una verdadera furia de amor y quieren unirse. No los apartarán ni á garrotazos.
Orlando.—Se casarán mañana, é invitaré al duque á la boda. Pero ¡ay! ¡qué dura cosa es mirar la felicidad por la vista de otros hombres! Tanto mas sentirémañana en mi corazón el colmo del abatimiento, cuanto más piense en la felicidad de mi hermano al obtener lo que desea!
Rosalinda.—Pues entonces, ¿por qué no podré mañana hacer el papel de Rosalinda?
Orlando.—No puedo vivir más tiempo de ilusiones.
Rosalinda.—Ya no os fatigaré mas con palabras ociosas. Dejadme deciros, pues (y hablo ahora con algún propósito), que os conozco por caballero bien educado. Y no lo digo por inspiraros buena opinión de mi discernimiento al expresar que os conozco así; ni tengo por objeto ganar vuestro aprecio más allá de lo necesario para que creáis aquello que podrá adquiriros algún bien más que á mí una gracia. Creed, pues, si os place, que puedo hacer cosas extrañas. Desde que tuve tres años de edad, he tratado á un mágico, eximio en su arte, y, sin embargo, no condenable. Si tan de corazón amáis á Rosalinda como parece declararlo vuestra actitud, os casaréis con ella al mismo tiempo que vuestro hermano con Aliena. Conozco bien las adversidades de fortuna en que se encuentra; y no es imposible para mí, si no os parece objecionable, hacerla aparecer en vuestra presencia mañana, en toda su humana realidad y sin peligro alguno.
Orlando.—¿Hablas seriamente?
Rosalinda.—Te lo aseguro por mi vida, á la cual tengo un afecto muy tierno, aunque diga que soy mágico. Así, pues, vístete de gala, é invita á tus amigos; porque si quieres casarte mañana, te casarás; y con Rosalinda, si quieres. (Entran Silvio y Febe.) Mira, aquí vienen una que se ha enamorado de mí, y uno que se ha enamorado de ella.
Febe.—Me habéis tratado con demasiada dureza, joven, mostrando la carta que os había escrito.
Rosalinda.—Si lo he hecho, no me importa. Pongo especial cuidado en parecer adverso y rudo hacia vos.Un fiel pastor os solicita: miradle bien y amadle. Os adora.
Febe.—Buen zagal, decid á este joven lo que es amar.
Silvio.—Es volverse uno todo suspiros y lágrimas; como yo por Febe.
Febe.—Y yo por Ganimedes.
Orlando.—Y yo por Rosalinda.
Rosalinda.—Y yo por ninguna mujer.
Silvio.—Tiene que ser todo fe y sumisión, como yo para Febe.
Febe.—Y yo para Ganimedes.
Orlando.—Y yo para Rosalinda.
Rosalinda.—Y yo para ninguna mujer.
Silvio.—Tiene que ser todo fantasía, todo pasión, todo deseos, todo adoración, deber y observancia, todo humildad, todo paciencia é impaciencia, todo pulcritud, contradicción y obediencia, como yo por Febe.
Febe.—Y yo por Ganimedes.
Orlando.—Y yo por Rosalinda.
Rosalinda.—Y yo por ninguna mujer.
Febe.—(A Rosalinda.) Y si es así ¿por qué tenéis á mal el que yo os ame?
Silvio.—(A Febe.) Y si es así ¿por qué tenéis á mal el que yo os ame?
Orlando.—Y si es así ¿por qué tenéis á mal el que yo os ame?
Rosalinda.—¿De quién habláis al decir «tenéis a mal que os ame?»
Orlando.—De aquella que no está aquí ni me oye.
Rosalinda.—Basta de esto, basta, os lo ruego. Se parece al aullido de los lobos irlandeses á la luna. (A Silvio.) Os ayudaré, si puedo. (A Febe.) Os amaría, si pudiera. Venid juntos á verme mañana. (A Febe.) Me casaré con vos, si he de casarme con alguna mujer, y me casaré mañana. (A Orlando.) Os daré satisfacción,si alguna vez he de haber podido darla á un hombre, y os casaréis mañana. (A Silvio.) Os dejaré contento, si os contenta lo que os agrada, y os casaréis mañana. (A Orlando.) Pues amáis á Rosalinda, venid á la cita. (A Silvio.) Pues amáis á Febe, venid á la cita. Y pues no amo á ninguna, vendré á la cita. Así, quedad con Dios. Ya os daré mis órdenes.
Silvio.—No faltaré, si vivo.
Febe.—Ni yo.
Orlando.—Ni yo.
(Salen.)
La misma.
Entran PIEDRA-DE-TOQUE y TOMASA.
Entran PIEDRA-DE-TOQUE y TOMASA.
Piedra.—Mañana es el día de júbilo, Tomasa: mañana nos casaremos.
Tomasa.—Con todo mi corazón lo deseo, y espero que no sea malhonesto el desear ser mujer de mundo. He aquí á dos pajes del desterrado duque.
(Entran dos pajes.)
Paje1.º—Buen encuentro, honrado caballero.
Piedra.—Buen encuentro, por vida mía. Vamos, asiento, asiento, y una canción.
Paje2.º—Estamos á vuestras órdenes: sentaos entre los dos.
Paje1.º—¿Entraremos en ello de rondón, sin limpiar el pecho, ni escupir, ni decir que estamos roncos, que es el prólogo obligado de toda mala voz?
Paje2.º—Por cierto, por cierto; y ambos en un solo tono, como dos gitanos en un mismo caballo.
CANCIÓN.Iba un amante con su doncella,con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!,por los maizales dejando huella,cuando florece la estación bella,la primavera dulce y feráz.Las aves cantan de dos en dos,y los amantes se echan por esos trigosá la buena de Dios.Entre los surcos de los maices,con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!,sobre los verdes blandos tapicesse recostaron los dos felicesbajo la sombra de aquel maizal.Las aves cantan de dos en dos,etc., etc.Y principiaron una tonada,con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!,de que la vida no dura nada,como una rosa que á la alboradase abre, y de noche marchita está.Las aves cantan de dos en dos,etc., etc.Disfruta la hora cuando es propicia,con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!;porque en amores es la deliciaser coronado con la primiciaque en primavera más bella está.Las aves cantan de dos en dos,etc., etc.
CANCIÓN.Iba un amante con su doncella,con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!,por los maizales dejando huella,cuando florece la estación bella,la primavera dulce y feráz.Las aves cantan de dos en dos,y los amantes se echan por esos trigosá la buena de Dios.Entre los surcos de los maices,con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!,sobre los verdes blandos tapicesse recostaron los dos felicesbajo la sombra de aquel maizal.Las aves cantan de dos en dos,etc., etc.Y principiaron una tonada,con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!,de que la vida no dura nada,como una rosa que á la alboradase abre, y de noche marchita está.Las aves cantan de dos en dos,etc., etc.Disfruta la hora cuando es propicia,con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!;porque en amores es la deliciaser coronado con la primiciaque en primavera más bella está.Las aves cantan de dos en dos,etc., etc.
CANCIÓN.
Iba un amante con su doncella,con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!,por los maizales dejando huella,cuando florece la estación bella,la primavera dulce y feráz.Las aves cantan de dos en dos,y los amantes se echan por esos trigosá la buena de Dios.
Entre los surcos de los maices,con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!,sobre los verdes blandos tapicesse recostaron los dos felicesbajo la sombra de aquel maizal.Las aves cantan de dos en dos,etc., etc.
Y principiaron una tonada,con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!,de que la vida no dura nada,como una rosa que á la alboradase abre, y de noche marchita está.Las aves cantan de dos en dos,etc., etc.
Disfruta la hora cuando es propicia,con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!;porque en amores es la deliciaser coronado con la primiciaque en primavera más bella está.Las aves cantan de dos en dos,etc., etc.
Piedra.—En verdad, caballeritos, que aunque la letra no valía gran cosa, la entonación era insoportable.
Paje1.º—Os equivocáis, señor. Hemos guardado el tiempo; no hemos perdido el tiempo.
Piedra.—Á fe mía que sí; pues el tiempo pasado en oir tan necia canción no es más que tiempo perdido. Que Dios os guarde y remiende vuestras voces. Ven, Tomasa.
(Salen.)
Otra parte del bosque.
Entran el DUQUE (MAYOR), AMIENS, JAQUES, ORLANDO, OLIVERIO Y CELIA.
Entran el DUQUE (MAYOR), AMIENS, JAQUES, ORLANDO, OLIVERIO Y CELIA.
Duque(M.)—¿Crees, Orlando, que el mancebo podrá cumplir todo lo que ha prometido?
Orlando.—Á veces lo creo y á veces no, como aquellos que temen esperar y saben que temen.
(Entran Rosalinda, Silvio y Febe.)
Rosalinda.—Paciencia una vez más, mientras llega el momento de cumplir nuestro pacto. (Al Duque.) ¿Decís, señor, que si os traigo á vuestra Rosalinda la daréis aquí por esposa á Orlando?
Duque(M.)—Así lo haría, aunque tuviera que dar reinos con ella.
Rosalinda.—(A Orlando.) ¿Y vos decís que la tomaréis por esposa en el momento en que la traiga?
Orlando.—Así lo haría, aunque fuese soberano de todos los reinos.
Rosalinda.—(A Febe.) ¿Decís que os casaréis conmigo si lo deseo?
Febe.—Así lo haría aunque tuviera que morir una hora después.
Rosalinda.—Pero si rehusáis el casaros conmigo, ¿seréis la esposa de este fidelísimo pastor?
Febe.—Es lo convenido.
Rosalinda.—(A Silvio.) ¿Decís que tomaréis por esposa á Febe, si consiente?
Silvio.—Aunque tomarla y morir fuese todo uno.
Rosalinda.—He prometido allanar todo esto. Cumplid vuestra palabra ¡oh duque! de dar vuestra hija; vos, Orlando, la vuestra de recibir su hija; cumplidvuestra palabra, Febe, de desposaros conmigo; ó si lo rehusáis, de ser la esposa de este pastor. Cumplid vuestra palabra, Silvio, de casaros con ella, si me rehusa; y yo me aparto de aquí para que todas estas perplejidades se aclaren.
(Salen Rosalinda y Celia.)
Duque(M.)—Este joven zagal me trae vivamente á la memoria ciertos rasgos de la fisonomía de mi hija.
Orlando.—Señor, la primera vez que le ví me pareció hermano de vuestra hija; pero, benévolo señor, este joven es nativo de este bosque, y ha sido educado en los rudimentos de muchos aventurados estudios por un tío suyo, de quien dice que era gran mágico y que vivía oscuramente en el recinto de este bosque.
(Entran Piedra-de-toque y Tomasa.)
Jaques.—De seguro que se aproxima algún nuevo diluvio y estas parejas vienen en busca del arca. He aquí que llega un par de las más extrañas bestias, que en todos los idiomas se conocen con el nombre de imbéciles.
Piedra.—Salud y buenaventura á todos.
Jaques.—Acogedle benignamente, señor. Éste es el caballero de estrambótica imaginación, que tantas veces he encontrado en el bosque, y jura que ha sido cortesano.
Piedra.—Y si hay quien lo dude, á la prueba me remito. He bailado una contradanza: he adulado á una señora: he sido político con mi amigo y suave con mi enemigo: he estafado á tres sastres: he tenido cuatro desafíos, y uno de ellos casi acaba á estocadas.
Jaques.—¿Pues cómo vino á acabar?
Piedra.—Llegando al terreno, y descubriendo que la disputa versaba sobre la séptima causa.
Jaques.—¿Qué séptima causa es esa? Duque mío, vale la pena de gustar de este perillán.
Duque.—No me desagrada en manera alguna.
Piedra.—Dios os premie, y otro tanto deseo paravos. Vengo aquí, señor, entre la muchedumbre de paisanos copulativos, á jurar y perjurar, según como liga el matrimonio y como la sangre quebranta. Una pobre doncella, señor, nada agraciada, pero mía. Con ella cargo, señor, por un humilde capricho mío, de tener lo que nadie querría. La honestidad oculta su riqueza, como los avaros, señor, en un pobre alojamiento; así como la perla dentro de una fea ostra.
Duque.—Á fe mía que es agudo y sentencioso.
Piedra.—Conforme á la coyunda de los necios, señor, y á tales dulzainas dolencias.
Jaques.—Pero vamos á la séptima causa. ¿Cómo descubristeis que la querella era sobre la séptima causa?
Piedra.—Por una mentira contradecida siete veces.—No te pongas en tan mala postura, Tomasa.—Y es como sigue, señor. No me gustaba el corte de la barba de cierto cortesano, y él hizo que me dijeran de su parte que si yo decía que su barba no estaba bien cortada, él era de parecer que sí lo estaba: esto se llamala réplica cortés. Si yo le enviaba á decir que no estaba bien cortada, él replicaría que la cortaba á su gusto: y esto se llamael sarcasmo modesto. Si todavía, que no estaba bien cortada, me calificaría de juez incapaz; y esto esla réplica grosera. Si una vez aún, que no estaba bien cortada, me respondería que yo faltaba á la verdad; y esto se llamala repulsa valiente. Y si tornase á decir que no estaba bien cortada, me diría que miento; y esto esel rechazo turbulento. Y así sucesivamente se llega almentís condicionaly almentís directo.
Jaques.—¿Y cuántas veces dijisteis que su barba no estaba bien cortada?
Piedra.—No me animé á pasar delmentís condicional, ni él se atrevió á darmeel mentís directo. Así, medimos las armas y nos despedimos.
Jaques.—¿Podríais enumerar ahora por su orden los grados de la mentira?
Piedra.—¡Oh señor! Así como tenéis libros para los buenos modales, tenemos también las querellas en letra de molde, en libro. Os enumeraré los grados. Primero,la réplica cortés; segundo,el sarcasmo modesto; tercero,la réplica grosera; cuarto,la repulsa valiente; quinto,el rechazo turbulento; sexto,el mentís condicional; séptimo,el mentís directo. Podéis evadir todos estos, excepto elmentís directo; y aun este se puede evadir por medio de unsihipotético. Supe de una querella que siete jueces no habían podido arreglar; pero cuando los contendientes se encontraron uno frente á otro en el terreno, ocurriósele á uno de ellos aquelsi, como por ejemplo: «Si dijisteis tal cosa, entonces dije tal otra;» y se dieron la mano y se juraron amistad eterna. Es increíble lo que puede elsihipotético.
Jaques.—Alteza: ¿no es éste un curioso sujeto? Lo mismo sirve para todo; y, sin embargo, es un bufón.
Duque.—De esa calidad se sirve como de una emboscada, y escondido desde ella dispara sus agudezas. (Entran Himeneo, conduciendo á Rosalinda en traje de mujer, y Celia.)
Himeneo.Hay regocijo en el cielocuando las cosas del sueloacordes y unidas son.Recibe á tu hija querida¡oh duque! y une su vidaal que está en su corazón.Para cumplir tal deseote la ha traído Himeneode la celeste región.
Himeneo.Hay regocijo en el cielocuando las cosas del sueloacordes y unidas son.Recibe á tu hija querida¡oh duque! y une su vidaal que está en su corazón.Para cumplir tal deseote la ha traído Himeneode la celeste región.
Himeneo.Hay regocijo en el cielocuando las cosas del sueloacordes y unidas son.Recibe á tu hija querida¡oh duque! y une su vidaal que está en su corazón.Para cumplir tal deseote la ha traído Himeneode la celeste región.
Rosalinda(al duque.)—Á vos me entrego, pues soy vuestra.—(A Orlando.) Á vos me entrego, pues soy vuestra.
Duque.—Si no engaña la vista, sois mi hija.
Orlando.—Si no engaña la vista, sois mi Rosalinda.
Febe.—Si la vista y la forma no engañan, ¡adios mi amor!
Rosalinda(al duque.)—No tendré padre, si no lo sois vos. (A Orlando.) No tendré esposo, si no lo sois vos. (A Febe.) Ni me casaré con mujer, si no es con vos.
Himeneo.¡Silencio! No haya algazara.Yo de esta historia tan raradeduzco una conclusión.Aquí veo cuatro paresque juntar en mis altares,de mano y de corazón.(A Rosalinda y Orlando.)Seréis felices unidos.(A Oliverio y Celia.)Dos en uno confundidoscomo ellos, habréis de ser.(A Febe.)Al zagal tu amor escoja,si tener no se te antojapor marido una mujer.(A Piedra y Tomasa.)Vosotros en firme nudoseréis el invierno rudoy el granizar y el llover.Entre nupciales canciones,averiguad las razonesdel suceso singularque aquí nos ha reunido,y veréis cómo ha nacidoy cómo pudo acabar.
Himeneo.¡Silencio! No haya algazara.Yo de esta historia tan raradeduzco una conclusión.Aquí veo cuatro paresque juntar en mis altares,de mano y de corazón.(A Rosalinda y Orlando.)Seréis felices unidos.(A Oliverio y Celia.)Dos en uno confundidoscomo ellos, habréis de ser.(A Febe.)Al zagal tu amor escoja,si tener no se te antojapor marido una mujer.(A Piedra y Tomasa.)Vosotros en firme nudoseréis el invierno rudoy el granizar y el llover.Entre nupciales canciones,averiguad las razonesdel suceso singularque aquí nos ha reunido,y veréis cómo ha nacidoy cómo pudo acabar.
Himeneo.¡Silencio! No haya algazara.Yo de esta historia tan raradeduzco una conclusión.Aquí veo cuatro paresque juntar en mis altares,de mano y de corazón.(A Rosalinda y Orlando.)Seréis felices unidos.(A Oliverio y Celia.)Dos en uno confundidoscomo ellos, habréis de ser.(A Febe.)Al zagal tu amor escoja,si tener no se te antojapor marido una mujer.(A Piedra y Tomasa.)Vosotros en firme nudoseréis el invierno rudoy el granizar y el llover.Entre nupciales canciones,averiguad las razonesdel suceso singularque aquí nos ha reunido,y veréis cómo ha nacidoy cómo pudo acabar.
CANTO.La diadema de Junofueron las bodas,que en mesa y lecho juntalas almas todas.Honremos á Himeneoque puebla al mundoy es en todas las zonasel dios fecundo.
CANTO.La diadema de Junofueron las bodas,que en mesa y lecho juntalas almas todas.Honremos á Himeneoque puebla al mundoy es en todas las zonasel dios fecundo.
CANTO.
La diadema de Junofueron las bodas,que en mesa y lecho juntalas almas todas.Honremos á Himeneoque puebla al mundoy es en todas las zonasel dios fecundo.
Duque.—Bienvenida eres ¡oh amada sobrina! No menos bienvenida que propia hija.
Febe(á Silvio).—No faltaré á mi palabra, ahora que eres mío. Tu constancia te ha conciliado mi afecto.
(Entra Jaques de Bois.)
Jaques de B.—Concededme audiencia para unas pocas palabras. Soy el hijo segundo de sir Rowland de Bois, y traigo á la digna Asamblea estas nuevas: El duque Federico, informado del considerable número de hombres de valer que diariamente afluyen á este bosque, se puso á la cabeza de un grande ejército para apoderarse aquí de su hermano y darle muerte. Había llegado ya á los linderos de este bosque, cuando se encontró con un anciano religioso, y después de una conferencia con él, quedó resuelto á abandonar su empresa y á retirarse del mundo. La corona queda devuelta á su hermano, y restituídos a sus compañeros de destierro todas las propiedades que poseían. De la verdad de estas noticias respondo con mi vida.
Duque.—Sed bienvenido, joven. Traes hermosos presentes á las bodas de tu hermano. Al uno, sus tierras confiscadas, y al otro todo un territorio, un poderoso ducado. Ante todo, acabemos en este bosque lo que fué tan felizmente comenzado; y en seguida, todos los que han compartido con nosotros acerbosdías, participen de la vuelta de nuestra buena fortuna, conforme á su jerarquía. Y al mismo tiempo, olvidemos por un momento esta nueva dignidad, y volvamos á nuestros regocijos campestres. Suene la música, y vosotros, novios y novias, medid por nuestra alegría los compases de la danza.
Jaques.—Con vuestra venia, señor. Si no os he oído mal, el joven duque ha abrazado la vida religiosa, renunciando á las pompas de la corte?
Jaques de B.—Así es.
Jaques.—Pues me marcho á donde él. Hay mucho que oir y aprender oyendo á estos nuevos convertidos. (Al duque.) Os lego vuestros antiguos honores. Bien los merecen vuestra virtud y paciencia. (A Orlando.) Á vos, el amor que con verdadera fe habéis conquistado. (A Oliverio.) Á vos vuestras tierras, vuestro amor y vuestros poderosos aliados. (A Silvio.) Á vos larga duración en un lecho bien merecido. (A Piedra.) Y á ti el eterno disputar: porque el viaje de tu amor no lleva víveres ni para dos meses.—Y con esto, entregaos á vuestros placeres. Yo, no estoy para fiestas.
Duque.—Quedaos, Jaques, quedaos.
Jaques.—No para ver pasatiempos. Para saber lo que os acontezca, permaneceré en la cueva que abandonáis.
(Sale.)
Duque.—Adelante, pues, y principiaremos las ceremonias, que confío terminarán en la ventura de todos.
(Baile.)
Rosalinda.—No es costumbre ver á la dama en el epílogo; pero no es mejor ver al galán en el prólogo. Si es verdad que «el buen vino no necesita enseñas,» también lo es que una buena comedia no ha menester epílogo. Sin embargo, en buenas enseñas se anuncian buenos vinos, y los buenos epílogos mejoran las buenas comedias. ¿Cuál es, pues, mi situación, no siendo yo un buen epílogo, ni pudiendo insinuar cosa alguna para que toméis por buena esta comedia? No estoy aparejada como los mendigos, y por lo tanto no me cumple mendigar. No me queda otro camino que el de conjuraros; y principiaré por las mujeres. Os recomiendo ¡oh mujeres! por el amor que tenéis á los hombres, que os guste de esta comedia todo lo que á ellos agradare; y de igual modo os recomiendo ¡oh varones! por el amor que tenéis á las mujeres (y creo percibir que ninguno de vosotros las tiene aversión) que entre vosotros y ellas, encontréis que la comedia os agrada. Á ser yo mujer, besaría á todos aquellos de vosotros que tengan barbas que me gusten, caras que me plazcan y alientos que no me repugnen: y estoy segura de que todos cuantos tienen buenas barbas, ó hermosas caras ó aliento puro, querrán en pago de mi oferta despedirme afectuosamente cuando les haga mi reverencia.
(Sale.)
TRADUCCIÓN DEJOSÉ ARNALDO MÁRQUEZ.Ilustración deH. Knacksuss.Grabados deOtto Minde.
OFICIALES DE JUSTICIA Y OTROS.
La escena pasa en Éfeso.
Sala en el palacio del duque.
El DUQUE DE ÉFESO, ÆGEÓN, un ALCAIDE, oficiales y otras gentes del séquito del duque.
El DUQUE DE ÉFESO, ÆGEÓN, un ALCAIDE, oficiales y otras gentes del séquito del duque.
ÆGEÓN.
Continuad, Solino; procurad mi pérdida; y con la sentencia de muerte, terminad mis desgracias y mi vida.
El duque.—Mercader de Siracusa, cesa de defender tu causa; yo no soy bastante parcial para infringir nuestras leyes.—La enemistad y la discordia, recientemente excitadas por el ultraje bárbaro que vuestro duque ha hecho á estos mercaderes, honrados compatriotas nuestros, quienes, por falta de oro para rescatar sus vidas, han sellado con su sangre sus rigurosos decretos, excluyen toda piedad de nuestra amenazante actitud; pues desde las querellas intestinas y mortales levantadas entre tus sediciosos compatriotas y los nuestros, se ha sancionado en consejos solemnes, tanto por nosotros como por los siracusanos, no permitir tráfico alguno á las ciudades enemigas nuestras. Además, si un natural de Éfeso es visto en los mercados y ferias de Siracusa, ó si un natural de Siracusa viene á la bahía de Efeso, muere, y sus mercaderías son confiscadas á disposición del duque, á menos que levante una cantidad de mil marcos para cumplir la pena y servirle de rescate. Tus géneros, vendidos al más alto precio, no pueden subir á cien marcos; por consiguiente la ley te condena á morir.
Ægeón.—Bien! Lo que me consuela es que, al realizarse vuestras palabras, mis males terminarán con el sol poniente.
El duque.—Vamos, siracusano, dinos brevemente por qué has dejado tu ciudad natal y qué motivo te ha traído á Éfeso.
Ægeón.—No podía haberse impuesto tarea más penosa que la de intimarme á decir males indecibles. Sin embargo, á fin de que el mundo sea testigo de que mi muerte habrá provenido de la naturaleza y no de un crimen vergonzoso, diré todo lo que el dolor me permita decir.—Nací en Siracusa y me casé con una mujer que hubiese sido feliz sin mí, y por mí también sin nuestro mal destino. Vivía contento con ella; nuestra fortuna se aumentó por los fructuosos viajes que con frecuencia hacía yo á Epídoro, hasta la muerte de nuestro agente de negocios. Su pérdida, habiendo dejado en abandono el cuidado de grandes bienes, me obligó á sustraerme de los tiernos abrazos de mi esposa. Apenas habían pasado seis meses de ausencia, cuando casi desfallecida bajo la dulce carga que llevan las mujeres, hizo sus preparativos para seguirme, y llegó con prontitud y seguridad á los lugares donde me hallaba. Poco tiempo después de su llegada hízose la feliz madre de dos hermosos niños; y, lo que hay de extraño, tan parecidos entre sí, que no se podían distinguir sino por sus nombres. Á la misma hora y en la misma hostería, una pobre mujer fué desembarazadade una carga semejante, dando al mundo dos gemelos varones igualmente parecidos. Compré estos dos muchachos á sus padres, quienes se encontraban en extrema indigencia, y los crié para servir á mis hijos. Mi mujer, que no estaba poco orgullosa de estos dos niños, me instaba cada día para volver á nuestra patria. Consentí á pesar mío ¡ay! demasiado temprano. Nos embarcamos.—Estábamos á una legua de Epídoro, antes que la mar, siempre dócil á los vientos, nos hubiese amenazado con algún accidente trágico; pero no conservamos mucho tiempo la esperanza. La escasa claridad que nos prestaba el cielo no servía sino para mostrar á nuestras almas aterradas, el mandato dudoso de una muerte inmediata. En cuanto á mí, yo la habría abrazado con alegría, si las lágrimas incesantes de mi esposa, que lloraba de antemano la desgracia que veía venir inevitablemente, y los gemidos lastimeros de los dos niños que lloraban por imitación, ignorando lo que era de temer, no me hubiesen forzado á buscar el modo de retardar el instante fatal para ellos y para mí; y he aquí cuál fué nuestro recurso; no quedaba otro:—Los marineros buscaron su salvación en nuestro bote, y nos abandonaron dejándonos el barco ya á punto de hundirse. Mi esposa, más atenta á velar sobre mi último nacido, lo había ligado al pequeño mástil de reserva del cual se proveen los marinos para las tempestades; con él estaba ligado uno de los gemelos esclavos; y yo había tenido que hacer lo mismo con los otros dos niños. Hecho esto, mi esposa y yo con las miradas fijas en aquellos en quienes estaban fijos nuestros corazones, nos atamos á cada uno de los extremos del palo; y flotando en seguida á voluntad de las olas, fuímos llevados por ellas hacia Corinto, á lo que nosotros habíamos pensado. Al fin, el sol, mostrándose á la tierra, disipó los vapores que habían causado nuestros males; bajo la influencia benéfica de suluz deseada, los mares se calmaron gradualmente, y descubrimos en lontananza dos barcos que navegaban sobre nosotros; de Corinto el más lejano, y el otro de Epídoro. Pero antes de que nos hubiesen alcanzado... ¡Oh! no me obliguéis á decir más; conjeturad lo que aconteció por lo que acabáis de oir.
El duque.—Prosigue, anciano: no interrumpas tu relato; podemos al menos compadecerte si no podemos perdonarte.
Ægeón.—¡Oh! ¡Si los dioses nos hubiesen compadecido, no les llamaría ahora con tanta justicia desapiadados hacia nosotros! Antes que los dos barcos hubiesen avanzado á diez leguas de nosotros, dimos contra una grande roca; é impulsado con violencia sobre este escollo, nuestro mástil de socorro fué roto por el medio; de tal modo que, en esta nuestra injusta separación, la fortuna nos dejó á los dos de qué regocijarnos y de qué afligirnos. La mitad que llevaba á la infeliz y que parecía cargada de menor peso, aunque no de menor infortunio, fué impulsada con más velocidad por los vientos: y fueron recogidos los tres á nuestra vista por pescadores de Corinto, á lo que nos pareció. Finalmente, otro barco se había apoderado de nosotros; y llegando á conocer sus tripulantes quiénes eran aquellos que la suerte les había conducido á salvar, acogieron con benevolencia á sus náufragos: y hubiesen alcanzado á quitar á los pescadores su presa á no haber sido el buque tan mal velero. Se vieron, pues, obligados á dirigir su rumbo hacia la patria.—Habéis oído cómo he sido separado de mi dicha y cómo mi vida ha sido prolongada por adversidades para haceros el triste relato de mis desventuras.
El duque.—Y, en bien de los que lloras, hazme el favor de decir detalladamente lo que os aconteció á ellos y á ti hasta ahora.
Ægeón.—Mi hijo menor, que es el mayor en mi cuidado, cumplida la edad de diez y ocho años, se ha mostrado deseoso de buscar á su hermano, y me ha rogado con importunidad permitirle que su joven esclavo (pues los dos muchachos habían compartido la misma suerte, y éste, separado de su hermano, había conservado el nombre) pudiese acompañarle en esta investigación. Para poder encontrar uno de los objetos de mi atormentada ternura, yo arriesgaba perder el otro. He recorrido durante cinco veranos las extremidades más apartadas de la Grecia, errando hasta más allá de los límites de Asia; y costeando hacia mi pátria, he abordado á Éfeso sin esperanza de encontrarlos, pero repugnándome pasar por este lugar ó cualquiera otro donde habitan hombres, sin explorarlo. Es aquí, en fin, donde debe terminar la historia de mi vida; y sería feliz de esta muerte oportuna, si todos mis viajes me hubiesen asegurado al menos que mis hijos viven.
El duque.—¡Desventurado Ægeón, á quien los hados han marcado para probar el colmo de la desgracia! Créeme: mi alma abogaría por tu causa si pudiese hacerlo sin violar nuestras leyes, sin ofender mi corona, mi juramento y mi dignidad, que los príncipes no pueden anular, aun cuando lo quisieran. Pero aunque tú seas destinado á la muerte, y que la sentencia pronunciada no pueda revocarse sin grave daño de nuestro honor, sin embargo te favoreceré en lo que pueda. Así, mercader, te concederé este día para buscar tu salvación en un socorro bienhechor: acude á todos los amigos que tienes en Éfeso, mendiga ó toma prestado para recoger la suma y vive; si no, tu muerte es inevitable.—Alcaide, tómalo bajo tu custodia.
Alcaide.—Sí, mi señor.
(El duque sale con su séquito.)
Ægeón.—Ægeón se retira sin esperanza y sin socorro, y su muerte no es sino diferida.
(Salen.)
Plaza pública.