IIIFRATERNIDAD

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CansadoGil de las asperezas del monte, ha venido a ser criado de Nicolás, hortelano y ganadero más que sirviente fino de la casa.

Permanece soltero el pastor, acaso porque no hubo en la vega una mujer resignada al yugo del matrimonio y a la separación del marido, capaz de vivir triste y pobre frente a la montaña que le roba al compañero.

Y cuando el montañés ha bajado de las cumbres, piensa que es un poco tarde para buscar novia; está receloso y torpe, no atinaría con las blanduras del cortejo y los cuidados de la elección.

—Me quedaré así—gruñe con pereza, contemplando la vida desde lejos, como si aún remontase las alturas de la serranía, a una distancia forzosa del hogar y del amor.

Pero hay un descontento en el alma de este hombre, una melancolía que no le impide cantar a los sones del clásico rabel, durante las fiestas aldeanas, ni repetir en las tertulias de invierno, con rostro divertido, los romances pastoriles de envejecida memoria.

La desazón de Gil, oscura, no muy sensible ni punzante, viene originada de un entusiasmo fiel y humilde por Dulce Nombre, aunque el mozo ignoró siempre que no acertaba a sustituir por otra la imagen de la niña de Rostrío. Y aquella devoción, apenas consentida por quien la profesa, devorada al través de la juventud, persiste aún, como el perfume de una rosa que se ha llevado el aire: es el astro ya muerto, cuyo resplandor alumbra todavía.

Nada de esto conoce definitivamente el criado de Nicolás; pero tal vez, con ayuda delpropio sentimiento, lo adivina el señor y sorprende la esencia y la luz del sosegado cariño, que era un día el sueño más hermoso de Gil, el cual sabe muy bien cómo el padrino adora a su ahijada y cuánto sufre porque no es dichosa, arrepentido de haberle facilitado el casamiento. No comprende qué clase de adoración es la del hidalgo y la juzga honda y paternal, no por eso menos viva que otra cualquiera.

A Hornedo se le escapan a menudo frases crueles contra Malgor porque vive demasiado, para sacrificio de su esposa; y censuras contra Martín que no repara en los sinsabores de su hija.

Y el pastor va recogiendo estas lástimas, las comenta y las glosa con indefinible semblante.

—Yo creí que «ella» se había acostumbrado al marido.

—Nadie se acostumbra con gusto a lo que no ama.

—Pensé que a fuerza de tiempo...

—Es peor.

—Como tienen una chiquilla...

—No es bastante.

—La pobre se acordará del otro... ¡le quería tanto...! No se me puede olvidar la cara que puso una noche en el molino cuando le dijeron que se marchaba.

—Sí; ¡se acuerda de él!—murmura Nicolás con acerbo tono.

Así, entre amo y servidor, el culto a la muchacha es un lazo secreto, un motivo de fraternidad que nunca se deslinda: la mezclan en sus conversaciones sin nombrarla, aludiéndola de un modo tácito, indudable, y la sienten al lado suyo cuando están callados y solos en la intimidad hospitalaria de la casona.

Esto sucedía muchas veces antes del viaje del señor y se repite ahora mientras Gil hace abarcas en el portal y Rosaura se oscurece en las honduras de la torre.

El abarquero pule su tronco a horcajadas en el banquillo y Nicolás se detiene junto a él cuando regresa del jardín, mediada la tarde calurosa y florida.

Se abre el porche montañés en la fachadaprincipal, bajo el carasol ancho y tendido, con alero de gola y canalones ruidosos. La arcada, de dos curvas magníficas sobre un recio pilar, sirve a Gil de taller, en uno de sus extremos salpicado con el ripio.

Allí azuela y taladra el pastor si no tiene ocupaciones más importantes; la madera es del amo, las abarcas de quien las necesite, el importe de las mismas pertenece al obrero sin que nadie se lo dispute, que al amor de los buenos linajes es donde suele adquirir más privilegios el señorío del trabajo.

A la vera del picadero hay un sillón desvencijado, amplio y noble, que sostiene bien a Nicolás cuando gasta un rato de palique al son del taladro y de la legra. Teme el caballero que sus concesiones democráticas respondan únicamente a la levadura mezquina del instinto, y se deja llevar, con pesadumbre, de una virtud libre y generosa, como si obedeciese a un maleficio. En cada labrantín de Luzmela ve un pariente abandonado, un heredero posible de la torre, y a cuantos coloca cerca de él la casualidad, los trata con suma condescendencia, dentro de su extraño carácter, como a éste, a quien llaman todavía «el pastor».

Juntos están, silenciosos y pensativos, cuando se abre la portalada y aparece en el umbral Encarnación la de Cintul, ligera y radiante, con una carta en la mano.

—Vengo a decirle al señorito que ya salió Manuel de la Habana, según lo que aquí me explica, y debe estar si toca o llega el barco que le trae.

Gil da un respingo y se queda mirando al señor, que recoge la carta, forzosamente, la desdobla y la mira bajo la torsión violenta de los pensamientos, sin leer ni razonar.

—Ya lo sabe Dulce Nombre—pronuncia muy despreocupada la madre feliz—; estaba ahora en el molino y se lo conté... ¡Quedóse más blanca...! ¡Pobretuca...! Se desazona para que no se entere don Ignacio, pero digo yo que siendo socios allá entre sí, le habrá escrito dándole la noticia. ¿Y de qué vale el secreto si cuando llegue Manuel le ha de visitar...? ¿No le parece, señorito?

—Sí, claro; es inútil—balbuce Hornedo,atormentando la carta, que al fin devuelve a su dueña.

—¡Ay, Dios mío, quién lo había de decir...! ¡Mire que volver el mozo hecho un señor, con posibles y salud, y noencontrarlaviuda todavía!

—¡Mujer!

—Yo deseo que la haga venturosa porque se lo debe todo, todo; si no es por ella nunca hubiese encontrado medios para llegar a rico.

—Se lo debe a Malgor.

—Por causa de ella...

—Y de él.

—Bueno, sí; pero un individuo tan enfermo ¿qué hace en el mundo?

—Vivir.

—Desengáñese, don Nicolás, que usted mismo habrá pensado más de cuatro veces en lo mucho que se consume la esposa de un tísico viejo, cuando ella es joven... y la están esperando.

—Hoy la quieres porque es rica; niña y enamorada la despreciaste...

—La quiero porque me hizo un gran bien yse lo debo pagar... La quiero porque la hice sufrir...

Encarnación reblandece su acento con unas lágrimas que pudieran convertirse en sollozos.

—¡Ay!—alude siempre lastimosa—. Procura la infeliz que su marido no se altere; dice que le haría daño esa impresión...

—Es la verdad.

—¡Pues de algo nos tenemos que morir!

—Cuando Dios quiera...

—Si esto le mata... ¡será porque lo quiere Dios!

Las palabras de la madre se han vuelto a endurecer. No le gusta que la contradigan. Y se despide con acritud al través del corral, desplegando la carta como una bandera victoriosa.

Sigue inmóvil el barreno de Gil. Nicolás hunde el bastón en la doladura de las abarcas; tose, muy agitado; está palidísimo y se le acentúan las estrías morenas de la piel.

También se acentúa el color angélico de las nubes por encima de las montañas. La bóveda suprema luce una santidad mística y azul, evocadora: desde el porche no se ve más paisaje que el de las cumbres y el cielo.

El pastor suspira, toma la azuela y la clava, sañuda, en el tronco de nogal. El hidalgo se pone de pie, afirma en el suelo la cachava y dice sombríamente, con la voz un poco temblorosa:

—Voy a dar una vuelta por ahí...

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Saleirresoluto, con la necesidad imperiosa de moverse y desgastar su inquietud en un violento ejercicio. Y en cuanto abre la puerta blasonada del cortil, siente la caricia tónica del bosque, embravecido al acoso de la nueva vegetación.

Con el sombrero en la mano, el rostro descolorido y mudable, se deja Nicolás prender en la maraña de la ruta. Anda muy de prisa y se detiene luego. Le parece que hay en la sombra un temblor misterioso. Por los claros del ramaje entra el sol aterciopelando los musgos,poniendo en el césped unas medallas de estremecida claridad.

El hidalgo escucha como si temiese una asechanza o una persecución, y no oye más que esos rumores peculiares de la selva; zumbido de alas, susurro de hojas, derrame de simientes y de pétalos: el roce de la maravilla en los oídos humanos.

Se presienten las lontananzas al otro lado del bosque, libres del secreto de los árboles y de la espesura de los toldos; pero Nicolás prefiere la reserva de estas entrañas donde todo es abismo, como en su corazón. Tiene aquí la vida un sordo murmullo apasionado, muy conforme al espíritu en tortura del caminante. Viene el silencio de afuera con la serenidad de la serranía y el calor de los horizontes: la tarde en el campo está callada bajo el inexorable azul.

Y el eterno diálogo de los seres y las cosas se refugia en el ansar irruptor, lleno de voces arcanas y sensibles.

Hay una más fuerte y distinta, que se levanta sin descanso: la del Salia, desfallecidoen el estiaje, pero siempre molinero y espumoso en el bosque de Luzmela.

Esta voz, permanente y honda, gravita sobre el hidalgo y le lleva hacia la frescura cercana del río, por el hilo frágil de los senderos. Ya no se puede sustraer al hallazgo de la corriente; sube por la orilla mazorral, palpitante y ligero como las aguas, abriéndose paso con el bastón; se hunde en la maleza salvaje, se punza con los abietes, sin perder el rumbo ni moderar la marcha. El río le saluda y recibe en cada melodía, rápido y voluble, siempre nuevo y extraño, recogiendo toda la gracia y la expresión de la tarde. Y el hombre siente aquella vida agitada en sus venas como una misteriosa trasfusión de eternidad.

De pronto el Salia ahonda su lecho en la resonante zubia del molino, sobre una lera de matorrales, que saca del bosque uno de sus costados para extender la finca de Martín. Pasa el río debajo de la aceña, toca el huerto y las brañas sativas, hoy tendidas de sábanas de flores, y se vuelve a meter entre los árboles a lo largo de la hoz.

Hornedo se detiene con la selva, indeciso, como si le amedrentaran la anchura y la luz, y después de un instante de vacilación, sigue el vero del cauce hasta la presa, rozando las ventanas del edificio.

Desde una, abierta y solitaria hace un momento, le llama Dulce Nombre. Y ha sonado su voz muy ansiosa bajo el claro estrépito de los saetines.

—¿Adónde vas?

El padrino levanta la cabeza vivamente, y responde, esforzándose en aparecer sereno:

—«Iba»... paseando.

—¿No entras?

—Si tú quieres...

La muchacha no descubre la insinuación inevitable de aquella actitud. Está preocupadísima. Reflexiona un poco y decide:

—No: aguarda: voy a salir.

Se asoma a la puerta despidiéndose de Camila con una urgente recomendación, y no saluda a Nicolás, se acerca a él como si acabara de hablarle y de verle mediante la franqueza de los tiempos dichosos: como si no hicieramuchos años que vivían distantes y afligidos por una desconfianza irreductible.

Ahora, de repente, sin que ella misma lo sepa, vuelve a ser la rapaza de antes, segura del buen amigo. Se le apoya en el brazo con abandono filial, y le pregunta:

—¿Viste a Encarnación la de Cintul?

Al hidalgo le sobrecoge un gran estremecimiento. Trae la mujer consigo como una fragancia propia el olor suave y caliente de la molienda, tiene el incentivo y la sensualidad de una fruta, viene temblando de esperanza y de anhelo, empujada por el vendaval de su pasión. Y se le aproxima ciegamente, le clava las saetas de los ojos, le sacude, y repite:

—¿La has visto?

—Sí.

—¿Te enseñó la carta?

—Sí.

—¿Y qué dices?

—¿Qué voy a decir?

—Me tienes que ayudar.

—¿A qué?

—A portarme como debo.

—Eso, tú...

—¡Ah...! ¿me huyes otra vez?

—¡Niña...!

Llevan el mismo derrotero que trajo Nicolás, sin que él lo note. La muchacha le conduce a la selva porque es su camino acostumbrado; pero no busca la trocha bárbara junto al río, sino que se dirige a los senderos más dóciles y frecuentados por la gente, duros también, henchidos con el crecimiento lujurioso de las plantas. Y van despacio sobre la campiña ardiente que da entrada al molino. Desde la puerta de Martín les mira Alfonsa la de Paresúa, présbita y curiosa, muy vencida por los achaques de la edad. En las ventanas se agrupan otras mujeres atisbando a la pareja, ensordecidas por la bataola del trabajo: han sorprendido el gozo y la carta de Encarnación, como la palidez repentina de Dulce Nombre, y les aturde el soplo del adivinado secreto.

—No sé nada—responde Camila a las indiscretas consultas, sin que en realidad se haya enterado de lo que sucede.

Allá fuera los que suscitan estos comentarios se paran en la linde de los árboles.

Dulce Nombre ya no guía al padrino ni se estrecha contra él. Sofocada, ceñuda, le hunde siempre en el rostro las lanzas de las pupilas, y repite, briosa, la última palabra que Nicolás había pronunciado en son de protesta:

—¿Niña...? No soy una niña; soy una mujer, muy infeliz, sola en el mundo: contaba con tu apoyo... ¡y me le niegas!

—No estás sola: tienes padre.

—¿Un hombre que me vende, que ni me acompaña ni me ayuda?

—Tienes marido.

—¡El que me disteis!

—Y una hija.

—¡Tampoco!

—¿Eh?

—Tengo un amor que me vuelve loca: eso es lo único firme y seguro de mi vida... Nadie me lo ha impuesto; ha venido él de todas partes... no sé por dónde...

Señalaba la moza ampliamente a los confines, con gesto iluminado, como si abarcaseen su ademán toda la mies engrandecida por los frutos; los montes solemnes, azules, sagrativos, y la tierra abrasada de los cielos.

—Tenía—dijo después con torvo reproche—una amistad: la tuya... Me la has quitado y estoy sola con el amor, sola y desesperada.

Echó a andar por el bosque sollozando.

—Si te basta ese amor, ¿de qué te quejas...? ¡Yo no tengo ninguno!—murmuró Nicolás tan dolorido que la muchacha se volvió a mirarle.

Ya les tomaba la penumbra del arbolado, olorosa y movible. Toda la selva, pujante, sacudida como un inmenso corazón iba hacia ellos acogedora y fraternal. Y aquella frescura, aquel abrazo recibido bajo el peso del sol, les produjo un inesperado consuelo. El vestido claro de Dulce Nombre, las caras descoloridas, recogieron la luz verde y serena del paraje. Andaban los dos amigos con lentitud uno al lado del otro.

—No me basta el amor—pronuncia Dulce Nombre compasiva y humilde—puesto que necesito la amistad. ¿Por qué no me tratas como antes, cuando no podías vivir sin mí?

—¡Ni puedo ahora!—dice el hidalgo con lúgubre tristeza.

Dulce Nombre, enternecida, avisada por un presentimiento insondable, robustece de nuevo su fe en el padrino.

—Mira—le dice—no hablemos nunca más de nosotros. Nos queremos como siempre, ¿verdad? Tú me enseñas y me riñes lo mismo que si aún fuera chiquitina... Oye, por Dios, atiende: ¿Qué hago al llegar Manuel Jesús? Quiero ser buena; que nadie sufra por mí; que tú prepares a Malgor para que la noticia no le perjudique... ¿lo harás?

—¡Pero, mujer!

—Sí; lo haces; y me aconsejas, me sostienes en esta horrible lucha que no se acaba... Ya ves: todos los plazos se cumplen... menos el mío.

—¿Cuál?—pregunta Hornedo estremeciéndose.

—¡El mío!—repite ella; la voz, encruelecida, se le queda súbitamente rota. Y después de un silencio penoso, exclama—: ¡Ni quiero que se cumpla!... No, yo no deseo nada malo...

Parece que habla consigo misma, frente a su conciencia, rechazando la dañosa tentación.

Nicolás no la interrumpe. Acaso las palabras que pudiera decir se le ahogan en el sufrimiento. Asiste como único testigo a los combates de aquella mujer, impulsiva y cándida, sin defensa contra su pasión. El abandono en que la ve le estimula a socorrerla por encima de los celos, con olvido de la propia desdicha: no es posible que deje a la amada sola en la pendiente, al borde de las malas ocasiones.

La recuerda niña y curiosa, asomada con él a los misterios del espíritu, llevada por su mano varonil al través de los campos, en traza de exploradores los dos, sorprendiendo los ruidos inefables, hora por hora, desde el alba a la estrella, en los ágiles caminos del monte y en las sendas entrañables de la mies. Así aprendió la criatura a vivir alerta y sensible, escuchando la inquietud apasionada de las hojas en el bosque; la dilatación de las raíces en la tierra; el estallido de los capullos en el rosal. Se hizo clarividente; resonó como un arpaen las manos campesinas del solariego, para que todas sus percepciones y su avidez se convirtieran en un amor hondo y triste lo mismo que la gleba secular: el maestro no supo abrir a su discípula otro rumbo tramontano y redentor.

Y hoy la sigue como un culpable de aquel delito, clavado con ella en una misma cruz. La quiere salvar y pide a este buen propósito el mayor esfuerzo de su vida: porque si él la defiende honrada y pura, será para que la despose Manuel Jesús en cuanto a Malgor le baste con un lecho de tierra.

Ya está Dulce Nombre a la orilla de su casa.

Con un sacrificio heroico de que se creía incapaz le promete Hornedo cuanto ella suplica.

—Sí; mañana vendré a visitar a tu marido y a decirle con precauciones que llega ese muchacho.

—Y cuando se presente, estarás aquí.

—Estaré.

—Dios te lo pague.

Le tiende las dos manos, efusiva y él corresponde lo mejor que puede al saludo.

—Adiós.

—Hasta mañana.

Como en otra ocasión inolvidable la ve Nicolás hundirse en la arboleda y permanece allí extasiado, envuelto en el perfume que sale del jardín.

Pero hoy no le desatinan el despecho y la venganza; su pena adquiere un matiz sabroso de ternura, y se honra con el orgullo consolador de las altas acciones; ha dominado el miserable instinto: encima del Amor ha puesto el Bien. Siente impulsos de rezar, miedo de no seguir con bastante arrogancia el abnegado camino.

En la solemnidad religiosa de la tarde, caen unas horas como gotas cristalinas desde la copa metálica del campanario.

Las recibe Hornedo en son de aviso: hay que llevar las pesadumbres adelante, como Dios manda.

Y mira de frente la senda extendida a la torre: hacia el renunciamiento y la soledad.

Plenomes de agosto; noche veraniega y radiante que parece moruna.

Goza Cantabria los mejores días de su belleza, en que se lucen todos los prodigios de que son capaces aunados el calor y la humedad. Y esta plenitud de gracias tiene en el cielo un manto de centellas por donde sube la luna a desatar la sombra cuando se ha puesto el sol.

Dulce Nombre acompaña a su esposo en el jardín, arrepentida de haberle dejado por la tarde mientras estuvo en el molino.

Precisamente hoy la busca él con obstinada cautela, y la vigila de un modo tenaz; juraría que le ha visto los ojos más impacientes que nunca, la expresión más enervada y peligrosa. Hasta llega a decirla, suponiendo que esconde su cuidado:

—¿Qué te sucede?

—¿A mí...? Nada... ¿Qué me va a suceder?

—Temí que estuvieras inquieta... esperando alguna cosa.

—No, no.

Quedan mudos y tristes, envueltos en la mutua desconfianza. Él pone los ojos allá arriba donde mueren los astros que nadie sabe cuándo han nacido. Piensa con incertidumbre en la eternidad, como en algo inseguro, y nota que se miran, temblando, las estrellas: acaso tienen miedo de caerse, de apagarse, de extinguirse...

Dulce Nombre las contempla a su vez soltando el vuelo de la imaginación de unas a otras, como si pretendiera así llegar muy lejos, detenerse encima de un barco, descubrir un horizonte sobre el mar.

Cuando fué al puerto a recoger a la niña halló crecidas la marea y la luna, soberbio y espumoso el oleaje; la galerna fermentaba sus cóleras y un inmenso quejido recorría el Cantábrico. Anduvo la joven por la playa recelando de las olas y las nubes, castigado el rostro con el viento amenazador que retoza en las arenas.

Ya se decía en el valle que estaba Manuel Jesús a punto de regresar, y Dulce Nombre se volvió a su casa bajo la excitación de un nuevo suplicio, desconfiando también de los temporales. Muchos días se agitó alcanzada por toda suerte de preocupaciones; pero no aconteció el arribo que tanto la sobresaltaba, ni el tiempo borrascoso realizó sus anuncios.

Y apenas la moza conseguía un respiro en tales ansias, la iba a sorprender Encarnación con la noticia indudable, comunicada a veces entre el ruido encubridor de la aceña, con un secreto lleno de mímica y de claridad: la carta en la mano, la alegría y el orgullo en el semblante; la mirada y la sonrisa escapándose por el salón, reveladoras y enigmáticas a la vez.

Ahora Dulce Nombre sabe de cierto que el amado viene; acaso ya descubre la ribera a la luz de esta luna cismontana, aparecida en el valle amorosamente, como un regalo nupcial. Y le espera en la orilla una marejada apacible, jubiloso el despilfarro de las olas, convertido el sable rubio en un tapiz de honor.

Se amortiguan como en un ensueño las tribulaciones de la moza: ya no desconfía del mar, aquel vecino indómito y gigante a quien oye a menudo rugir; todo es bonanza bajo la fantasía que en el viajero aguarda al novio, y en la luna recibe una joya de esponsales.

Pero este encanto se rompe de improviso. Una voz fuerte y varonil, algo maligna y alterada, quiebra el silencio:

Es amor en la ausenciacomo la sombra,que cuanto más se alejamás cuerpo toma;amor es aireque apaga el fuego chicoy aviva el grande.

Es amor en la ausenciacomo la sombra,que cuanto más se alejamás cuerpo toma;amor es aireque apaga el fuego chicoy aviva el grande.

Es amor en la ausenciacomo la sombra,que cuanto más se alejamás cuerpo toma;amor es aireque apaga el fuego chicoy aviva el grande.

Es amor en la ausencia

como la sombra,

que cuanto más se aleja

más cuerpo toma;

amor es aire

que apaga el fuego chico

y aviva el grande.

El cantar, expresivo y certero, rasga el espacio igual que una saeta.

Dulce Nombre se estremece como si despertara de un sueño esplendoroso, y ve a su marido acechándola, lívido y callado.

Ella adivina en el cantor al antiguo rabadán, el habitante de la sierra vestido de zahones, camarada rudo y fiel de los tiempos alegres, un poco enamorado de la niña de Rostrío.

La constancia de aquella adhesión, que aun vive y se duele de las coplas nocturnas, incita a la muchacha a meditar sobre el presentimiento que por la tarde tuvo, sugerente y extraño, indeciso igual que un fantasma. ¿Nicolás Hornedo la había querido siempre como un padre o como un hermano?

Ella, tan perspicaz y conocedora en medio de su sencillez, nunca sospechó de aquel hondo cariño. No obstante, hoy se le ofrece la duda con insistencia, alumbrada por multitud de recuerdos y comprobaciones.

Todas las veleidades del padrino con la ahijada a partir del casamiento, obtenían una explicación rotunda a la claridad repentina de la sospecha. Y a Dulce Nombre le penetraba en el espíritu cada memoria con punzante lucidez llena de admiración. Sentía una lástima aguda y tierna por el amigo triste, por el hombre solitario y doloroso.

Otra canción de Gil, más distante, desvaída en la sombra, punza en la sensibilidad de la mujer: la noche entera le habla de amor y se ciñe a su carne ardorosamente como una inmensa caricia.

Entretanto el esposo enfermo ha recogido la copla intencionada y la rumia con desesperación, lastimado por el hechizo de esta hora bella y dulce, tan propicia a la felicidad.

Está el parque hecho de un pedazo del bosque: su brava tierra de ansar y de lerón florece a las orillas de los árboles, cultivada con blanduras de jardín. Se deslíe en el suelo la sangre de las rosas que languidecen, mareadas por su propio perfume: llega del río un suave murmullo; tiembla en el viento el alma vegetal de las plantas; un hálito de vida estalla silencioso a cada instante.

Malgor piensa con terrible congoja en la cava profunda del sepulcro hasta donde no alcanzan los veranos. Y se levanta de la silla, pálido y siniestro, para dirigirse a su casa.

—¿Te quieres acostar?—le pregunta su mujer con distraída solicitud.

Nada responde, como si ya tuviera la boca sellada con un puñado de arcilla.

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Entrela servidumbre del indiano ocupa Tomasa un caritativo lugar, acogida por Dulce Nombre con más benevolencia que afecto.

No se ha casado la antigua vecera del molino porque nunca halló un novio, y sigue viviendo enclenque, precaria de salud y de fortuna.

Como no es agradecida se complace en espiar a su protectora, augurando los dolores que padece y las esperanzas que no consigue. Se alimenta del mal ajeno, goza con que otros sufran, sobre todo si la víctima es una mujer lozana y bella como la de Malgor.

Esta noche ha sorprendido el aire extraño de los esposos, y mientras ellos se recluyen en su alcoba abierta al jardín, se desliza la intrigante como una alimaña en las habitaciones de abajo, próximas a la cuadra y al corral, para desde allí recoger el soplo de los caminos escuchando a la gente que va por la carretera.

Al caer la tarde ya se supo en el pueblo que Encarnación había llegado al molino con mucha prisa, portadora de una carta cuya secreta lectura conmovió a Dulce Nombre de un modo extraordinario.

Otros detalles se añadían y se relacionaban con el anunciado viaje de Manuel Jesús.

Ahora Tomasuca intenta saber más: asocia aquellos rumores con la turbación que ha notado en los dueños de la casa, y pone atento el oído a lo que se diga en el establo o en el cortil, a las frases nuevas que lleguen con el oreo de la noche.

Y no tarda en satisfacer la curiosidad, como si al conjuro de su perverso instinto se movieran en la sombra las voluntades para servirla. Es la propia Encarnación la que aparece en el camino real, y se acerca a la casa muy despacio: lleva sin duda un oculto propósito.

—¡Chis... oye...! ¿Querías alguna cosa?

—Acertaste.

—Pues aquí me tienes—dice Tomasa desde un antepecho al nivel del portal.

—No es el mensaje para ti.

—Lo supongo.

—¿Entonces?

—Se le daré al ama.

—Deseo hablar con ella.

—Es imposible: el señor está hoy más adusto que un juez, y al subir del parque los dos, se han cerrado muy serios en su dormitorio.

Encarnación sonríe con sabiduría maliciosa:

—¡Vaya, a ese le pican los celos!

—Sabrá que viene tu hijo.

—No lo digo por tanto... ¿Quién se acuerda ya de aquellos amores?—soslaya la madre con raro disimulo.

—Se acuerda la interesada.

—¿Qué sabes tú?

—Se lo conozco. ¿Leo en el giro de las aves y no voy a entender a las mujeres?

—¡Sí que eres sutil!

—No te burles; de sobra comprendes la verdad.

—¿De qué?

—De esa afición.

—¡Ni que fuera bruja!

—Y te entiendes con la enamorada—pronuncia la chismosa, implacable, sin ofenderse por el retintín de las alusiones. Le reluce el tono claro y frío de las pupilas, que adquieren una dureza de metal: el alma torva enseña el pálido color de su envidia—. Hay hombres—añade acerbamente—que no se cansan nunca de querer.

Viendo el trastorno maligno de Tomasa olvida la de Cintul su inusitada prudencia. Conoce que no debe fiarse de aquella mujer, pero la quiere castigar aumentando el ruin despecho que la consume, y responde:

—Uno de esos que dices es Manuel.

—¿Y es cierto que viene?

—Ha venido.

—¿Cómo...? ¿De veras?

—Ha desembarcado en Torremar.

—¿Cuándo?

—Esta tarde; mañana estará aquí.

—¿Tan pronto?—murmura la envidiosa, temiendo que se realicen los anhelos de Dulce Nombre.

—¿Pronto...? Diez y seis años lleva en Cuba...sin cansarse de querer—subraya Encarnación.

—¿Ese recado traías para «ella»?

—Ese mismo.

—Se le daré... ¡Cuánto se va a alegrar!

La de Cintul vacila un momento; la idea del gozo que puede transmitir la enternece.

—Mira—decide—no le hables de ello, que tal vez no le guste; sino que a solas, sin que nadie lo vea, le das este telegrama—y toma de su bolsillo un papel azul, con mucha solemnidad.

Tomasa desaparece muda y presurosa, empuñando la misiva como un arma siniestra,en tanto que la madre del viajero emprende la retirada un poco descontenta de su resolución.

Instantes después una mano febril llama en la alcoba matrimonial. Abre la puerta Dulce Nombre y ve a su criada sonriendo con perfidia.

—¿Qué quieres?

—Este parte ha traído Encarnación la de Ayuso.

—¿Para mí?—dice temblando la joven.

—¡Naturalmente...! Es la noticia de que ha desembarcado Manuel y mañana viene a Cintul.

En vano Dulce Nombre intenta apagar aquellas frases dichas con una voz alta y dura. Ya están clavadas en Malgor, que se yergue sobre el canapé donde reposaba y estira el brazo maquinalmente, con un movimiento ansioso y defensivo, como si quisiera cerciorarse del anuncio y detenerle sin recibir su daño.

—¡Trae!—balbuce.

Su mujer se interpone entre la mano descolorida y el malévolo impulso de la sirviente; pero ésta consigue entregar el telegrama.

Entonces, bruscamente, sufre el indiano la presión terrible en el pecho, la repentina violencia de su grave enfermedad. Se le demuda el semblante de una manera angustiosa; entre los dedos flojos se desprende el papelillo azul y cae a los pies de Dulce Nombre.

Ella se inclina consternada sobre el enfermo, recibe en los ojos el brillo opaco de unas pupilas que se hunden en la oscuridad, y le llama afanosa; no quiere que perezca así, empujado por una mala intención, padeciendo la última desconfianza.

—¡Ignacio, Ignacio, escucha... atiende...!

Hace el moribundo un gesto espantoso, asoma entre los labios una hirviente espuma de color de rosa y queda rígido, inmóvil.

—¡Está muerto!—gruñe Tomasa con aspereza que no descubre ni un átomo de caridad.

Se propuso únicamente hacerle sufrir, aventarle los celos y las dudas para que descargara su enojo en la esposa. Y el muy estúpido la dejaba libre cuando la venía a buscar elamor, cuando ya podía ser a un tiempo honrada y feliz; ¡aquel hombre la había jugado una mala partida a su humilde servidora!

Miróle con desdén, y extendió su despreciativa injuria a Dulce Nombre, que permanecía quieta, amarilla como un cirio, sin alcanzar toda la magnitud de las crudas palabras: ¡está muerto!

Mas, de súbito, se incorporó cautelosa, enconada por los ojos crueles de la víbora; fuese hacia ella, dominándola con el brío y la estatura, y la obligó a salir del aposento:

—¡Vete, infame...! Sal ahora mismo de esta casa... ¡fuera de aquí!

La dejó evadirse, escondida en la penumbra de los corredores. Cerró la puerta, acercóse al cadáver y le puso en la frente un beso lento y dulce, el único espontáneo y cariñoso de su vida conyugal.

Después, con una flexión cauta y ligera de la cintura, levantó de la alfombra el papel azul, leyólo ávidamente y le ocultó en el pecho, entre los frunces del vestido...

Todala noche velaron a Malgor sus íntimos camaradas de la niñez: Martín Rostrío, Antón el campanero y el señor de Luzmela.

Acudió este último, como los demás, a la grave noticia de la desgracia, y permaneció allí, atado por el deber, cohibido por diversas repulsiones.

Le amedrentaba el difunto... Muy lejano el cariño infantil que le unió al compañero en la escuela y en la mies, aquella memoria hubiese, no obstante, servido para tolerar con estimación al hombre que le arrebataba el patrimonio: debía humillarse a la suerte; y nunca fué el indiano un logrero de escasa justicia, sino un rico de mucha fortuna. Pero Nicolás, desinteresado en los bienes materiales, no le perdonaba al amigo que se hubiera apoderado también del alma de la torre, la niña prometedora hecha una adorable mujer. Y al llegar de improviso junto al muerto, sólo sentía la náusea y el terror que produce la carne agostada, a punto de corromperse.

Tenía el cadáver la boca dura y entreabierta, las pupilas cuajadas en el contorno de las órbitas. Con las manos heladas, inflexibles, sostenía un rosarito de coral, la última prenda entre los dedos siempre blandos, suaves como el algodón en los estuches de las joyas. Vestido según le sorprendió la muerte, conservaba un sello de humanidad mucho más expresivo que el de las mortajas prevenidas. Era el mismo hombre que poco antes vivía y penaba adorando celoso a una mujer y que ya se deshacía insensible, ciego y mudo, sin preocuparse del cercano rival.

Mirábale Hornedo muy absorto, acallandosu invencible rencor para evocar el espíritu errante de aquella criatura, oculto en el arcano de la otra vida: quisiera hundir los ojos en la eterna sombra que todo lo sabe y averiguar si el hálito incorruptible de Malgor seguía ardiendo por Dulce Nombre mientras el cuerpo se le congelaba próximo a desmoronarse en espuma cenicienta. Y le pungían sensibles sus más hondas tribulaciones, porque sentía muy cerca los pasos de la amada, que no quiso acostarse, vigilando el gabinete mortuorio sin posar en él, solícita y respetuosa.

Cuando llegó el padrino entre varias personas serviciales, procuró decirle ella lo que había pasado con el telegrama fatal.

En un extremo del pasillo le habló reservadamente, bajo una turbación nueva para el hidalgo. Se expresaba sin mirarle, franca y retraída a la vez; quería contárselo todo a la claridad de su genio translúcido, y refería la vileza de Tomasa con mucha indignación, mientras delataba un descanso gustoso para el tormento de su juventud. No hubo fingimiento hipócrita en la voz ni en el ademán: DulceNombre descubría, como siempre, su condición intrépida, instintiva, afrontando los caminos libres, con ansia de vivir, de una manera luminosa, igual que antes abrió el pecho a los sinsabores revelando su acidez.

Pero sus frases diáfanas se envolvían en un recato especial y su actitud en un tenue rubor desconocido para Hornedo. Y la escuchaba él confuso, imaginando que la nube casi imperceptible de aquella expresión obedecía a la novedad y la sorpresa de las circunstancias; quizá al prurito de celar un poco la interna ventura.

—Ya se cumplió tu plazo—le dijo, crudamente, viendo huir sus propósitos de renunciamiento. La tenía a su alcance, hermosísima y tentadora, libertada para otro hombre; y la mocedad que había malogrado en las crisis de su pasión, le pedía una cuenta apremiante al choque violento de aquella hora.

Estaban junto a una ventana que transcendía a la esencia resinosa de los pinos y al vaho de la tierra caliente; remansaba la noche bajo el parpadeo fogoso de los astros, al arrullo del Salia, claro y vibrante como una lira de cristal.

La viuda del indiano escondía los ojos trigueños sin responder a su padrino, que volvió a decir, honda y fuerte la entonación:

—Ya se cumplió tu plazo, ¿no me oyes?

—Sí.

—Y el destino te devuelve a Manuel Jesús.

Era la voz tan dolida y entrañable, que la joven alzó la mirada, y allí mismo, a la luz candorosa de la luna, se convenció del trágico secreto en las pupilas hambrientas de Nicolás.

—Ya hablaremos—silabeó, azoradísima—. Tengo ahora mucho que hacer y no es buena ocasión...

Antes de terminar esta vaga respuesta había desaparecido en la sombra del carrejo para entrar en el cuarto de su hija y estarse al lado suyo consolándola, hasta que se durmió cansada de llorar.

No se oyeron más gemidos. Dulce Nombre, seria y diligente, atendía a las necesidades póstumas de su esposo, preparando lasgalas del entierro, la cuantía de los sufragios espirituales y otras cosas lúgubres y precisas.

Aunque tenía ayuda, quería intervenir en cada gestión, y su vestido blanco, el mismo que lucía por la tarde, rozaba a menudo las distintas habitaciones con aire volandero y fugaz.

La servidumbre, las visitas oficiosas, y hasta los veladores del muerto, comentaban en voz chita, o en lo recóndito de la conciencia, su observación de que la viuda tuviese los párpados enjutos, y que en el rostro, hermético y esquivo, no mostrase una huella solemne de pesar.

—¡No llora!—se decía Martín, contrariado.

—¡No grita!—pensaba Antón, con mucho asombro.

Una vecina cuidadosa se acercó a decir a la interesada:

—¿Quieres que te busque un traje de luto?

—Mañana me lo pondré—contestó—, corre más prisa lo que estoy haciendo.

Y siguió trajinando, activa y perseverante.

La veía Nicolás de través en los espejos,atisbándola detrás de las puertas, sorprendiendo su voz, canora y dulce, adelgazada en el pliegue de los «escuchos»; su andar rítmico y gentil, su figura armoniosa. Pasaba junto al dormitorio que había compartido con Malgor, sin entrar en él, celándole al reflejo amarillo de los blandones, y se alejaba para volver más tarde a detenerse un momento en el propio umbral, con extraña fascinación...

Ya tramonta la luna, al caer moribundo de las estrellas. Se apagaron todas las luces de la casa menos las temblorosas de los cirios. Por los balcones, abiertos de par en par a la frescura de los campos, entra el remusgo del amanecer.

En el triste camarín unas mujeres interrumpen sus rezos comentando la llegada de Manuel Jesús. Saben que ha desembarcado, y no faltan alusiones a la situación de su antigua novia.

—Ahí la tiene, linda y fresca lo mismo que la dejó al marchar.

—Más en sazón; que entonces era demasiado rapaza.

—Y con buenos miles que hereda hoy.

—Ese muchacho nació de pie, como sea cierto que viene rico y gasta cabal salud.

—Si les acuden a los dos todos los beneficios—dice Alfonsa la de Paresúa, persignándose al acabar un responso—, ella bien lo merece: ha usado la humildad y la prudencia donde otras hubieran puesto la ufanía y el abuso.

—También el amo era buena persona.

—Nadie lo niega.

—Honrado y dadivoso...

—Y amigo de los pobres...

—Pero con la enfermedad y los años ha sacrificado a esta criatura, ¡la mejor del mundo!—vuelve a insistir Alfonsa, ponderativa.

—El padre tuvo la culpa.

—Es el sino de cada cual.

—Aun le queda a la moza tiempo de ser feliz.

—Dios lo quiera.

—No ha de crecer la hija tan llana y sin vanidad como la madre.

—¡No!

—Le gusta que la llamen señorita y se da mucho tono...

Olvidados los padrenuestros, se critica, también, la ingratitud de Tomasa, que en el momento del infortunio abandona el hogar donde ha recibido tantos favores.

—No tuvo ley ni a su propia madre.

—Es descastada como ella sola.

—Y medio hechicera: había dicho que el cárabo rondaba por aquí en barruntos de muerte.

—Como tiene la sangre traidora no adivina más que pesadumbres.

—¡Así medrará...!

Los hombres de la velación han salido de la estancia para tomar café y marcharse luego. La viuda se decide a descansar un rato: es un pretexto para retirarse.

En la pieza solitaria que ha elegido como albergue, se abre un antepecho dominando el ansar. Desde allí, cuando la selva está desnuda, se distingue el molino, albo y lueñe, constante imán de los recuerdos que solicitan exaltados a la enamorada.

Hoy no se descubre por este balcón más que la gasa oscura del follaje, la silueta algariva de los montes, la curva pálida de las nubes donde resplandece solitario un lucero imperial: todo ello entrevisto al claror naciente de la madrugada, cuando se agudizan todos los rumores y baja el cielo al río con la primera luz.

Corre una orilla fresca; se remecen las hojas y los musgos; una canción inefable suena en el bosque, sube a las colinas y se extiende por los confines: está hecha con trinos de los pájaros y balbuceos de las aguas.

Dulce Nombre tiene los ojos clavados en la aurora y recibe el saludo de cuanto renace a su lado. Ve cómo unos ampos de claridad rubia se posan en las calvas de la sierra; el valle parece de oro: a la mujer se le enciende toda la esperanza con el sol.

De pronto una posa fúnebre rompe con su tristeza el hechizo sagrado de aquellos minutos. Es que Antón, el campanero, cumple en la parroquia su deber.

Las comadres que charlaban entre rezosjunto a Malgor, han dicho en doliente despedida:

—El Señor le tenga en la gloria...

—Descanse en paz...

Nicolás se ha marchado; Martín se ha dormido en una cómoda butaca del comedor.

Y el muerto está solo con las flores que la viuda ha cortado en el jardín, mientras ella, vívida y fuerte, sin atender a los toques lamentables del campanario, sigue en el balcón, entregada a un radiante abandono, dejando fluir los pensamientos sobre el día de su libertad.


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