—¿Y no provendrá la alucinación, —dijo Doña Blanca,— de la cándida y espontánea propensión de Clarita á hacerse agradable?
—Sin duda que provendrá; pero esa misma propensión, siendo espontánea y cándida, prueba la bondad de alma de quien la tiene.
—¿V. no sabe, padre, que eso se califica con un vocablo novísimo en castellano, y que suena mal y como censura?
—¿Qué vocablo es ese?
—Coquetería.
—Pues bien; si la coquetería es sin malicia, si el afán de agradar y el esfuerzo hecho para conseguirlo no traspasan ciertos límites, y si el fin que se propone una mujer agradando no va más allá del puro deleite de infundir cordial afecto y gratitud, digo que apruebo la coquetería.
Doña Blanca y el P. Jacinto se tenían mutuamente miedo. Ella temía la desvergüenza del fraile, y el fraile el genio violentísimo de ella. De este miedo mutuo nacía el que se tratasen por lo común con extremada finura y con el comedimiento más exquisito y circunspecto, á fin de no terminar cualquier coloquio en pelea ó disputa.
Llevada de esta consideración, Doña Blanca no impugnó la defensa de la coquetería; dió por satisfecha su modestia de madre, y acabó por aceptar como justos y merecidos los encomios de su hija Clara.
Luego añadió:
—En suma, mi hija es un prodigio. En las alabanzas de V. no toma parte sino la justicia. Me alegro. ¿Qué mayor contento para una madre? Imagino, con todo, que tan lisongero panegírico bien se podía haber pronunciado en presencia de testigos. Lo que sigilosamente tenía V. que decirme no ha salido aún de sus labios.
El P. Jacinto se paró á reflexionar entonces, al verse tan directamente interrogado, y casi se arrepintió de haber venido á tratar del asunto de la boda de Clarita, dejándose llevar de un celo impaciente, sin ponerse antes de acuerdo con el Comendador, según habían concertado; pero el padre Jacinto no era hombre que cejaba una vez dado el primer paso, y después de un instante de vacilación, que no dejó percibir á ojos tan linces como los de su interlocutora, dijo de esta manera:
—Allá voy, hija; ten calma que todo se andará. Mi encomio de Clarita estaba muy en su lugar, porque de Clarita voy á hablarte. Me consta, como su director espiritual que soy, que te obedecerá en todo; pero dime, ¿no consideras tú que para algunas cosas, de la mayor importancia, convendría consultar su voluntad?
—¿Y quién ha informado á V. de que yo no la consulto cuando conviene?
—¿Has preguntado, pues, á Clara si quiere casarse tan niña?
—Sí, padre, y ha dicho que sí.
—¿Le has preguntado si aceptará por marido á D. Casimiro?
—Sí, padre, y también ha dicho que sí.
—¿Y no serán parte el temor y el respeto que inspiras á tu hija en esas respuestas?
—Creo que no merezco sólo inspirar á mi hija respeto y temor, sino también cariño y confianza. Prevaliéndose, pues, mi hija del cariño y de la confianza que debo inspirarle, hubiera podido contestar que no quería casarse con D. Casimiro. Nadie la ha violentado para que diga que quiere. Querrá cuando lo dice.
—Es cierto; querrá, cuando lo dice. No obstante, para que una decisión de la voluntad sea válida, importa que la voluntad esté previamente ilustrada por el entendimiento acerca de aquello sobre lo cual decide. ¿Crees tú que Clarita sabe lo que quiere y por qué lo quiere?
—Acaba V. de hacer el encomio más extremado de mi hija, y ahora me induce á pensar que la tiene por tonta, por incapaz de sacramento. ¿Cómo quiere V. que una mujer de diez y seis años ignore los deberes que el santo matrimonio trae consigo?
—No los ignora… pero no me vengas con sofismas… una niña de diez y seis años no sabe toda la transcendencia del sí que va á dar en los altares.
—Por eso tiene á su madre, para iluminarla, aconsejarla y dirigirla.
—¿Y tú la has iluminado, aconsejado y dirigido según tu conciencia?
—La menor duda sobre eso, la mera pregunta que me hace V. es una ofensa terrible y gratuita. ¿Cómo presumir, sospechar, ni por un instante, que había yo de aconsejar á mi hija en contra de lo que mi conciencia me dictase? Tan mala me cree V.?
—Perdona; me expliqué con torpeza. Yo no creo, ni puedo creer que hayas aconsejado á tu hija contra tu conciencia; pero sí puedo creer que en tu entendimiento cabe error, y que, llevada tú de algún error, induces á tu hija á dar un paso deplorable.
—Extraño muchísimo los razonamientos de usted en el día de hoy. ¡Qué diferentes de lo que eran antes! ¿Qué cambio ha habido en V.? Seré yo víctima de un error, y en virtud de ese error daré malos consejos y tomaré funestas resoluciones; pero usted lo sabía tiempo há, y nada había dicho en contra cuando no había aún compromiso alguno contraído. ¿Cómo ha venido de pronto á hacerse patente á los ojos de V. ese error, que antes no percibía? ¿Qué luz del cielo le ha ilustrado á V. el alma? ¿Qué santo ó qué ángel bendito ha bajado á la tierra á descubrir á V. lo bueno y á distinguirlo de lo malo?
Doña Blanca, según se ve, iba ya perdiendo su aplomo y su dificultosa dulzura. El P. Jacinto empezaba también á amostazarse; pero hizo un esfuerzo heroico, y en vez de seguir adelante y de excitar la tempestad, procuró calmarla por cuantos medios se le ocurrieron.
—Tienes razón que te sobra —contestó con mucha humildad.— Yo debí disuadirte á tiempo de que concertaras esa boda. Del error que noto en tí, confieso que he participado. Por lo menos, ha sido en mí un descuido atroz, una ligereza imperdonable, el no hablarte antes como te estoy hablando hoy. Pero si yo erré, con reconocerlo ya y con apartarme del error, te induzco á que me imites, aunque te dé armas en contra mía. Lo que afirmas, probará mi inconsecuencia, mas no prueba nada contra mi consejo.
—¿Cómo que no prueba nada? Quita á su consejo de V. toda la autoridad que de otra suerte hubiera tenido. Consejo dado tan de repente… hasta pudiera sospecharse… que no se funda en pensamiento propio del consejero.
Doña Blanca, al pronunciar esta última frase, lanzó al padre una penetrante y escrutadora mirada. El padre, que no era tímido, se cortó un poco y bajó los ojos. Serenándose al instante, repuso:
—No se trata aquí de más autoridad que de la autoridad de la razón. Para darte el consejo, válganme la amistad y el cariño que tengo á tu persona y á los de tu familia: para que le aceptes ó le deseches, no pretendo que valga sino el ingenio, que pido á Dios me conceda, para llevar el convencimiento á tu alma.
—Está bien. ¿Quiere V. decirme qué razones hay para que Clara no se case con D. Casimiro? V. es el confesor de Clara. ¿Ama Clara á otro hombre?
—Por lo mismo que soy su confesor, si Clara amase á otro hombre y ella me lo hubiera confiado, no te lo diría sin que ella me diese su venia, que yo sabría pedir y exigir en caso necesario. Por dicha, para nada tiene que entrar aquí la cuestión de si Clara ama ó no á otro hombre.
—No me venga V. con rodeos y sutilezas. Yo he educado á mi hija con tal rigidez y con tal recogimiento, que no tengo la menor duda de que no ha tenido amoríos. Clara no ha mirado jamás con malicia á hombre alguno.
—Así será. Pero ¿no podrá mirarle el día de mañana? ¿No podrá amar, si no ama aún?
—Amará á su marido. ¿Por qué no ha de amarle?
—Vamos, señora —dijo el P. Jacinto ya con la paciencia perdida:— no amará á su marido, porque su marido es feo, viejo, enfermizo y fastidioso.
—Quiero suponer —contestó Doña Blanca con el reposado entono que tomaba cuando más tremenda se ponía,— quiero suponer que las caritativas calificaciones de V. cuadran perfectamente al sujeto, á la persona de mi familia, á quien V. honra con ellas. Su exquisito gusto de V. en las artes del dibujo halla feo á D. Casimiro; sus conocimientos de V. en la medicina le han hecho comprender que está el pobre mal de salud, y la amenidad y discreción que en V. campean, es natural que le induzcan á fastidiarse de todo ser humano que no sea tan ameno y tan ingenioso como V., cosa, por desgracia, rarísima; pero V. no me negará que mi hija, menos instruida en las proporciones y bellezas de la figura del hombre, puede no hallar feo á D. Casimiro, como no le halla; menos docta en ciencias médicas, puede creerle más sano, y menos chistosa que V., puede muy bien hallar en D. Casimiro algún chiste y no aburrirse de su conversación. Y por otra parte, aunque mi hija viese en D. Casimiro los defectos que V. señala, ¿por qué no había de amarle? Pues qué, ¿una mujer de honor, una buena cristiana, ha de amar sólo la hermosura física y el desenfado en el hablar? ¿Será menester buscarle para marido, no á un caballero de su clase, honrado, temeroso de Dios, virtuoso lleno de atenciones y buenos deseos de hacerla dichosa, sino á algún saltimbanquis robusto, á algún truhán divertido, que provoque en ella con sus chocarrerías una risa indecorosa y un regocijo poco honesto?
—Mira, Doña Blanca —dijo el fraile, que jamás abandonaba el tuteo, aunque se incomodara,— no creas que se necesite ser un Apeles ó un Fidias para conocer que es feo D. Casimiro. Su fealdad es tan patente y somera, que no hay que ahondar mucho para descubrirla. Y en cuanto á su ruin salud y escasa amenidad, te aseguro lo mismo. Sin haber cursado medicina, sin ser un Hipócrates, ve cualquiera que D. Casimiro está por demás estropeado. Y sin haber estudiado elExamen de ingenios, de Huarte, se descubre en seguida que el de don Casimiro es romo y huero. Yo no pretendo que busques para Clarita á Pitágoras y á Milón de Crotona en una pieza; pero ¿qué diablura te lleva á darle por marido á Tersites?
El P. Jacinto se abstenía de echar latines cuando hablaba á las mujeres; pero no podía menos de citar en romance, siempre que se dirigía á damas de distinción, hechos, personajes y sentencias de la antigüedad clásica y de las Sagradas Escrituras. Por lo demás, era tan claro el sentido de lo que decía, que Doña Blanca, aunque no hubiera sabido más ó menos confusamente la condición de los personajes citados, no hubiera tenido la menor duda sobre lo que el fraile quería significar. Así es que le respondió:
—Reverendo padre, esos son insultos y no consejos; pero jamás me enojaré con V. Lo único que afirmo es que todos los defectos que pone V. á mi futuro yerno han de estar menos al descubierto de lo que V. supone ahora, cuando antes de ahora no los ha conocido V. Y si los conocía, ¿por qué antes no me los dijo? Repito que alguien ha venido á ilustrar su claro entendimiento de V. Alguien le induce á dar este paso. No hay que disimular. Sea V. leal y franco conmigo. V. ha hablado con alguien acerca de la proyectada boda de Clarita. Sus consejos de V. no son consejos, sino un mensaje solapado.
El P. Jacinto era fresco de veras; pero con Doña Blanca no había frescura que valiese. El pobre fraile estaba sofocado, rojo hasta las orejas. Por él hubiera podido inventarse aquella frase con que se denota que á alguien le han dado una buena descompostura:tenía encarnadas las orejas como fraile en visita.
Hasta su lengua, que por lo común estaba tan suelta, se le había trabado un poco y no atinaba á contestar.
Doña Blanca, notando aquel silencio, le excitaba á que se explicase y añadía:
—No me cabe duda. Está V. convicto y casi confeso. V. desaprueba hoy lo que ayer aprobaba, porque un enemigo mío le ha llenado la cabeza de ideas absurdas. Atrévase V. á negar la verdad.
Interpelado, acusado con tan desmedida audacia y con tan ruda serenidad, el P. Jacinto sacó fuerzas de flaqueza; puso á un lado la causa de su inusitada timidez, que era sólo el recelo de perjudicar los intereses de Clara y de su amigo y antiguo discípulo, y, ya libre de estorbos, contestó tan enérgica y sabiamente, que su contestación, la réplica á que dió lugar y todo el resto del diálogo tomaron un carácter distinto y solemne, por donde merecen capítulo aparte, el cual será de los más importantes de esta historia.
El P. Jacinto, sin alterarse, imitando el entonado reposo de su ilustre amiga, contestó lo que sigue:
—Ya he confesado con ingenuidad que debí aconsejarte antes. No lo hice, no porque aprobase tu plan, sino porque, llevado de ligereza vergonzosa y de indiferencia villana y grosera, no advertí todo el horror de la boda que tienes concertada. ¿Debo el advertirlo ahora á mi propio espíritu, ó bien al de otra persona que me ha ilustrado? Punto es éste que podrá interesarte sabe Dios por qué y que podrá afectar mi reputación de hombre entendido; pero en nada altera el valor de mis consejos. No quiero ni puedo justificar mi inconsecuencia. Puedo y debo, con todo, mitigar un poco la rudeza de tu acusación, y lo haré al exponer las razones en que fundo mis consejos de ahora. Sentiré expresarme con impropiedad, aunque espero de tu buena fe que no me armes disputa sobre las palabras, si entiendes la idea y la sana intención con que la expreso. Tal vez está educada Clara con rigidez que raya en extremos peligrosos. Temiendo tú que un día pueda caer, le has exagerado los tropiezos. Temiendo tú que la nave pueda zozobrar é irse á pique, has ponderado los escollos y bajíos que hay en el mar del mundo, el ímpetu y violencia de los vientos que combaten la nave y hasta su fragilidad y desgobierno. Esto tiene también sus peligros. Esto infunde una desconfianza en las propias fuerzas que raya en cobardía. Esto nos hace formar un concepto de la vida y del mundo mucho peor de lo que debe ser. ¿Cómo ha de negar un creyente que de resultas de nuestros pecados el mundo es un valle de lágrimas; que el demonio tiende su red de continuo para perdernos; que nuestra flaca condición es propensa al mal, y que es necesario el favor del cielo para no caer en las tentaciones? Todo esto es innegable, pero conviene no exagerarlo. Una vez muy exagerado, ó hay que huir al desierto y hacer la vida ascética de los ermitaños, y entonces todo va bien, porque la belleza y la bondad que no se ven en la tierra, se esperan, se presienten y casi se ven ya en el cielo, en éxtasis y arrobos, ó hay que dar, faltando el amor divino, faltando la caridad fervorosa, en un desesperado desprecio de uno mismo y en tal desdén y odio á todo lo creado y á nuestros semejantes, que hacen á quien así vive odioso y enojoso á sí y á los demás seres. Hija, no sé si me explico, pero tú eres perspicaz y me irás entendiendo. Otro grave peligro nace también de tu método de educar. La conciencia se halla con él más apercibida y precabida para la lucha; pero al mancharlo todo, se mancha; al inficionarlo todo, se inficiona; al presentir en todo un delito, una impureza, provoca y hasta evoca las impurezas y los delitos. Clarita tiene un entendimiento muy sano, un natural excelente: pero, no lo dudes, á fuerza de dar tormento á su alma para que confiese faltas en que no ha incurrido, pudiera un día torcer y dislocar los más bellos sentimientos y convertirlos en sentimientos pecaminosos; pudiera concebir del escrúpulo de su conciencia, inquisidora del pecado, el pecado mismo que antes no existía. No tengo que asegurarte que yo por mil motivos no he procurado relajar la rigidez de los principios que has inculcado á Clarita, si bien mi modo de ser me lleva, por el contrario, á la indulgencia; á ver en todo el lado bueno, y á tardar muchísimo en ver el lado malo, y á no descubrirle sino después de larga meditación. Así es que al principio, contrayéndonos al asunto de la boda, no vi sino el lado bueno. Vi que D. Casimiro es un caballero de tu clase, honrado, religioso, prendado de Clarita y deseando hacerla feliz. Vi que, casándose con ella, seguiría ella aquí y no se la llevarían lejos de su madre y de nosotros, que la queremos tanto. Vi que con su mucha hacienda y la de su marido haría un bien inmenso en estos lugares, empleándose en obras de caridad. Y vi en la misma austeridad con que está educada la garantía de que para Clarita no podía ser el matrimonio el medio de satisfacer y aun de santificar, merced á un lazo sagrado é indisoluble, una pasión violenta, profana y algo impía, ya que consagra al hombre cierta adoración y culto que á sólo Dios se debe, y una ilusión caduca, efímera, que se disipa tanto más pronto cuanto más vivo y ardiente es el resplandor con que la fantasía la finge y colora. Todo esto vi, y por haberlo visto trato de cohonestar, ya que no disculpe, el no haberme opuesto antes á la boda. Imaginaba yo, además, que Clarita no la repugnaba. Clarita nada me ha dicho después; pero mis ojos se han abierto, y ahora comprendo que la repugna con repugnancia invencible, allá en el fondo de su alma. Ahora comprendo que Clarita no ve sólo en el matrimonio un voto de devoción y sacrificio. Clarita quiere amar y que el matrimonio sancione y purifique su amor. El matrimonio, por lo tanto, no puede ser para ella el mero cumplimiento de un deber social, un acto de abnegación, un padecimiento á que hay que resignarse, una penitencia, una prueba, un castigo. El profundo respeto que te tiene, la ciega obediencia con que se somete á tu voluntad, la creencia de que casi todo es pecado, no consentirán que ella confiese nunca ni á sí misma lo que te digo; pero yo no dudo ya que lo siente. Ahora bien; ¿es merecedora Clarita de esa penitencia? ¿Es digna de ese castigo? ¿Qué derecho tienes para imponérsele? Y si es prueba, ¿quién te da permiso para poner á prueba su bondad? ¿Por qué, si lo grave y áspero de un deber, como es el del matrimonio, puede mezclarse y combinarse con lícitos contentos que aligeren la cruz y con satisfacciones y gustos que suavicen la aspereza del camino, quieres tú sólo para tu hija la aspereza del camino y la pesadumbre de la cruz, y no también la permitida dulzura?
Doña Blanca escuchó impasible, y al parecer muy sosegada, todo el sermón del buen fraile. Al ver que no seguía, dijo, después de un instante de silencio:
—Aun conviniendo en que casarse con un hombre de bien, lleno de afecto y de juicio, fuese una penitencia, fuese una cruz, Clarita la debiera llevar y resignarse. La mujer no ha venido al mundo para su deleite y para satisfacción de su voluntad y de su apetito, sino para servir á Dios en esta vida temporal, á fin de gozarle en la eterna. Y V. convendrá conmigo, si en estos días no ha tratado con gentes que han perturbado su razón y le han apartado del camino recto, que el modo mejor de servir á Dios es, en una hija, el obedecer á sus padres. Usted mismo reconoce que el santo sacramento del matrimonio no fué instituido para santificar devaneos. Cierto que es mejor casarse que quemarse; pero aún es mejor casarse sin quemarse, á fin de ser la fiel compañera de un varón justo y fundar ó perpetuar con él una familia cristiana, ejemplar y piadosa. Este concepto puro, cristiano y honestísimo del matrimonio no es fácil de realizar; mas para eso he educado yo tan severamente á Clarita: para que con la gracia de Dios tenga la gloria de realizarle, en vez de buscar en el casamiento un medio de hacer lícito y tolerable el logro de mal regidos deseos y de impuras pasiones. Más pudiera decir en mi abono acerca de este asunto, pero no se trata aquí de una discusión académica. Yo carezco de estudios y de facilidad de palabra para discutir con V. sobre la cuestión general de si el matrimonio ha de ser un estado tan difícil y estrecho como otro cualquiera que se toma para servir á Dios, y no un expediente mundanal para disimular liviandades. Aquí debemos concretarnos al caso singular de Clarita, y para ello vuelvo á lo dicho: necesito, exijo que sea usted leal y sincero. ¿Quién envía á V. á que me hable? ¿Quién le aconseja para que me aconseje? ¿Quién le ha abierto los ojos, que tenía V. tan cerrados, y le ha hecho ver que Clarita, si no ama, amará? Vamos, respóndame V. ¿Por qué disimularlo ó callarlo? Hay un hombre que ha hablado á V. de todo eso.
—No lo negaré, ya que te empeñas en que lo declare.
—Ese hombre es el Comendador Mendoza.
—Es el Comendador Mendoza—repitió el fraile.
Tal declaración, aunque harto prevista, dejó silenciosos y como en honda meditación á ambos interlocutores durante un largo minuto, que les pareció un siglo.
Doña Blanca, aunque sin precipitar sus palabras, mostrando ya, en lo trémulo de la voz y en el brillo de los ojos, viva y dolorosa emoción mal reprimida, habló luego así:
—Todo lo sabe V. y me alegro. Quizás hice mal en no decírselo yo misma la vez primera que me arrodillé ante V. en el tribunal de la penitencia. Sírvame de excusa que ya mi mayor delito había sido varias veces confesado, y la consideración de que cada vez que le confieso de nuevo hago sabedora á una persona más del deshonor de quien me ha dado su nombre. Todo lo sabe V. sin que yo se lo haya dicho. Bendito sea Dios, que me humilla como merezco, sin que yo, tan culpada, cometa la nueva culpa de infamar á mi pobre marido. Pues bien: sabiéndolo V. todo, ¿cómo se atreve á aconsejarme lo que me aconseja? ¿Cómo quiere apartarme del camino que llevo, único posible para una reparación, aunque incompleta? Si contra su parecer de V., si contra la ley del decoro, manchásemos la conciencia de Clara, descubriéndole su origen, ¿qué piensa V. que haría ella? ¿No la despreciaría V. si no buscase la reparación? Y para ello, sin hacer pública la infamia de su madre y de aquél á quien debe venerar como á padre, ¿qué otro recurso tiene Clara sino entrar en un convento ó dar la mano á D. Casimiro? ¿Por qué, dirá V., ha de pagar Clara la falta que no cometió? Harto la pago yo, padre. Los remordimientos, la vergüenza, me asesinan. Pero Clara también debe pagarla. Si esto parece á V. inicuo, vuélvase usted impío y blasfemo contra la Providencia, y no contra mí. La Providencia, en sus designios inescrutables, con ocasión de mi culpa, ha puesto á mi hija en la alternativa ó de sacrificarse ó de ser falsaria y poseedora indigna de riquezas que no le pertenecen.
—No he de ser yo, por cierto —interrumpió el fraile—, quien disimule ó atenúe lo difícil de la situación y la verdad que hay en lo que dices. Convengo contigo. Sé la nobleza de alma de Clara. Si ella supiera quién es… pero no, mejor es que no lo sepa.
—¿Qué piensa V. que haría si lo supiese?
—Sin vacilar… Clara se retiraría á un convento. Tu plan de casarla con D. Casimiro le parecería absurdo, malo, no ya siendo feo y viejo D. Casimiro, sino aunque fuese precioso y estuviese ella prendada de él. Con ese casamiento ni se remedia el mal nacido del embuste ó la falsía, ni se despoja tu hija de bienes que no son suyos.
—Es, sin embargo, la única reparación posible, aunque incompleta, ignorando Clara el motivo que hay para la reparación. Convengo en que entrando Clara en un claustro el mal se remediaría mejor, menos incompletamente. Pero ¿cómo la hija de un ateo ha de tener vocación para esposa de Jesucristo?
Al pronunciar estas últimas palabras, el rostro de Doña Blanca tomó una expresión sublime de dolor; sus mejillas se tiñeron de carmín ominoso como el de una fiebre aguda; dos gruesas lágrimas brotaron de repente de sus ojos.
El P. Jacinto vió á Doña Blanca transfigurada; reconoció en ella un corazón de mujer que antes no había sospechado siguiera bajo la aspereza de su mal genio, y le tuvo lástima y la miró con ojos compasivos. Ella prosiguió:
—He meditado en largas noches de insomnio sobre la resolución de este problema, y no veo nada mejor que el casamiento de Clara con D. Casimiro. No piense V. que me falte valor para otra cosa. No me falta valor; me sobra piedad. Mil veces, ansiosa de que me matase, he estado á punto de revelar mi pecado al hombre á quien ofendí cometiéndole. Yo misma hubiera puesto gustosa el puñal en su mano; pero, le conozco, ¡infeliz! hubiera llorado como un niño; yo le hubiera muerto de pena, en vez de recibir el merecido castigo; él, con mansedumbre evangélica, me hubiera perdonado, y mi duro pecho y mi diabólico orgullo, lejos de agradecer el perdón, hubieran despreciado más aún al hombre que me le otorgaba. Manso, pacífico, benigno, Valentín hubiera apurado un cáliz de hiel y veneno al oir mi revelación; no hubiera sido mi juez inexorable, sino hubiera acabado de ser mi víctima, y yo, réproba, llena de satánica soberbia, hubiera ahogado el manantial de la compasión y de la ternura con desdén, hasta con asco, de una resignación santa, que el demonio mismo me hubiera pintado como enervada flaqueza. Mi deber era, pues, callar; hacer lo menos amarga posible la vida de este débil y dulce compañero que el cielo me ha dado, disimular, ocultar, hasta donde cabe… mi falta de amor… mi injusta, impía, irracional, involuntaria falta de estimación. Así se explican el engaño y la persistencia en el engaño; pero la vileza del hurto no cabe en mí. Mi alma no la sufre. ¿Pretende quizás ese ateo malvado que me envilezca yo con el hurto? ¿Qué razón, qué derecho, qué sentimiento paternal invoca quien tan olvidado tuvo durante años el fruto de su amor… y de la cólera divina? V. dice bien: lo mejor sería que Clara se sepultase en un claustro, se consagrase á Dios. Yo he hecho lo posible por disgustarla del mundo pintándosele horroroso; pero en ella han podido, más que mis palabras, la confianza juvenil, el brío maldito de la sangre, el deleite y la exuberancia de la vida. ¿Qué arbitrio me queda sino casarla con D. Casimiro? ¿Por qué la compadece V.? Pues qué, ¿no sale ganando? La hija del pecado no debiera tener bienes, ni honra, ni nombre siquiera, y todo esto conservará y de todo podrá gozar sin remordimientos, sin sonrojo.
En la última parte de su discurso Doña Blanca estuvo hermosa, sublime como una pantera irritada y mortalmente herida. Se había puesto de pie. Al fraile se le figuraba que había crecido y que tocaba con la cabeza en el techo. Hablaba bajo, pero cada una de sus palabras tenía punta acerada como una saeta.
El P. Jacinto conoció que había confiado por demás en su serenidad y en su elocuencia. Se hizo un lío y no supo decir nada. Se encontró tan apurado, que la vuelta de Clarita al salón le quitó un peso de encima y le dió tregua para poder replicar en momentos más propicios y después de meditarlo.
Doña Blanca, no bien entró su hija, supo dominarse y recobrar su calma habitual.
Un poco más tarde vino el benigno D. Valentín, y todos fueron á comer como si tal cosa.
El P. Jacinto echó la bendición al empezar la comida, y rezó al sentarse y al levantarse.
Ya de sobremesa, tuvo efecto la grata sorpresa de la corza. Clarita la halló encantadora. La corza se dejó besar por Clarita en un lucero blanco que tenía en la frente, y se comió cuatro bizcochos que ella misma le dió con su mano.
Don Valentín se maravilló, simpatizó y hasta se enterneció con la mansedumbre de aquel lindo animalejo.
Cuando, terminado todo, salió el P. Jacinto de casa de Doña Blanca, se apresuró á ir á ver al Comendador, quien le aguardaba impaciente, no habiéndole visto al llegar de Villabermeja, porque el fraile había adelantado más de una hora su venida á la ciudad. Excusándose de esto y de su precipitación en dar pasos sin consultar al Comendador, el P. Jacinto le relató cuanto había pasado.
Don Fadrique López de Mendoza no era de los que condenan todo lo que se hace cuando no se les consulta. Halló bien lo hecho por su maestro, y lo aplaudió. Hasta la turbación y mutismo final del fraile le parecieron convenientes, porque no habían traído compromiso, porque no se había soltado prenda. Ya hemos dicho que el Comendador era optimista por filosofía y alegre por naturaleza.
Después de haberse enterado de la conversación entre el fraile y Doña Blanca, el Comendador se abstuvo de tomar una resolución precipitada. Se contentó con rogar á su maestro que no se volviese á Villabermeja, que siguiese frecuentando la casa de Doña Blanca y que tratase de desvanecer todo recelo en dicha señora, prometiéndole no hablar con Clarita de la proyectada boda ni decirle nada en contra de los deseos de su madre.
El Comendador quería meditar, y meditó largamente, sobre el asunto. Sus meditaciones (ya hemos dicho que el Comendador era descreído) no podían ser muy piadosas. Era también el Comendador alegre, fino y sereno, y nada podían tener de apasionadas sus meditaciones. Su espíritu analítico le presentaba, sin embargo, todas las dificultades del caso.
No cabía la menor duda. La criatura lindísima y simpática que á él debía el ser estaba condenada, ó á vivir como usurpadora indigna de lo que no le pertenecía, ó á casarse con D. Casimiro, ó á ser monja. Uno de estos tres extremos era inevitable, á no causar un escándalo espantoso ó á no realizar un difícil rescate.
Doña Blanca tenía razón, salvo que para tenerla no era menester mostrarse tan hosca y tan poco amena con todo el género humano, empezando por su infeliz marido.
Para D. Fadrique había un ideal económico más fundamental que el político. Este ideal era que toda riqueza, todos los bienes de fortuna llegasen á ser un día, cuando la sociedad tocase ya en la perfección deseada, signo infalible de laboriosidad, de talento y de honradez en quien los había adquirido; que el ser rico fuese como innegable título de nobleza, ganado por uno mismo ó por el progenitor que le ha dejado los bienes.
Bien sabía D. Fadrique que este término estaba aun remotísimo, pero sabía además que el mejor modo de acercarse á él era el de hacer todo negocio suponiéndole ya llegado; esto es, como si no hubiese riqueza mal adquirida en la tierra. Lo contrario sería conspirar á que prevaleciese el villano refrán de quequien roba á un ladrón tiene cien años de perdón, y contribuir á que la vida, la historia, el desenvolvimiento civilizador de la sociedad sean una trama inacabable de bellaquerías.
Fundado en estos principios, desechaba de sí D. Fadrique el pensamiento de que en cada lugar del mundo habría de seguro un enjambre de madres en el caso de Doña Blanca y una multitud de hijas ó de hijos en el caso de Clarita, para los cuales el problema moral, de tan difícil solución, que atormentaba á Doña Blanca, era como si no fuese, dejándolos disfrutar de la hacienda que la suerte y la ley les otorgaban, sin el menor escrúpulo y con la mayor frescura. Desechaba también la idea, algo cómica, pero más que posible, de que el mismo D. Casimiro, por circunstancias análogas, podría tener menos derecho que Clarita á la herencia, aunque toda fuese vinculada; de que D. Valentín, su padre ó su abuelo, podrían también no haber tenido derecho, y de que sólo Dios sabe, aunque tal vez el diablo no lo ignore, por qué arcaduces subterráneos y por qué intrincados caminos ha venido á cada cual lo que por herencia disfruta. En estos casos la fe debe salvar; pero en el caso de Doña Blanca no había fe que valiese contra la evidencia que ella tenía. Cerrar los ojos, vendárselos y remedar fe era una infamia. D. Fadrique, condenando en su corazón y en su inteligencia serena los furores de Doña Blanca, la aplaudía y ensalzaba de que pensase con rectitud y con nobleza. Vaya á quien vaya, merézcale ó no, tenga derecho ó no le tenga aquel á quien un bien se destina, son cosas que importan poco ante la superior consideración de que ese bien me consta que no es mío y de que sólo le gozo por engaño, por delito y por mentir.
Como D. Fadrique era persona de mucho seso y sentido común, aunque se hallaba en época de reformas, sistemas y ensueños de toda clase, no pensó en condenar la herencia. Sin el grandísimo deleite de dejar ricos á nuestros hijos, se perdería el mayor estímulo para el trabajo, para el buen orden, para la aplicación y para aguzar y ejercitar el ingenio. D. Fadrique reconocía no obstante, que si estaba lejos aún el día en que sea casi imposible adquirir mal lo que uno mismo adquiere, estaba aún mucho más lejos el día en que sea casi imposible heredar mal lo que se hereda. El modo de no empujar hacia más hondo porvenir la aurora de ese día, era dar buen ejemplo en contra. La razón de Doña Blanca salía siempre triunfante de cada laberinto de reflexiones en que D. Fadrique se abismaba.
Había un mal moral que pedía remedio. Hasta aquí iba D. Fadrique de acuerdo con la idea de Doña Blanca. ¿Era el remedio peor que el mal? El remedio era duro; pero D. Fadrique comprendía que no era peor que la enfermedad, y que era menester aplicarle no habiendo otro.
El remedio podía aplicarse de dos maneras. Ó casando á Clarita con D. Casimiro, y esto era fácil, ó haciéndola tomar el velo. Esto segundo, á pesar de lo mundano, impío y anti-religioso que era D. Fadrique, le parecía mil veces mejor. Comprendía, no obstante, que para que Clarita entrase en un convento sin saber ella por qué, era necesario que alguien le infundiese la vocación. Tal trabajo no podía tomarle su madre. Sólo el P. Jacinto podría persuadir á Clarita á que se retirase al claustro.
Para un hombre lleno del espíritu del siglo XVIII, alimentado con la lectura de los enciclopedistas, creyente en Dios, pero hablando siempre de la naturaleza, no hay que exponer aquí cuán horrible aparecía el sacrificio de la hermosura, de la vida, del brío juvenil, sintiendo ya sin duda fervorosamente el amor y reclamándole, en aras de un sentimiento misterioso, de un objeto, á su ver, impalpable y hasta incomprensible. Al Comendador se le antojaba esto una nefanda monstruosidad; pero la prefería á ver, á imaginar á Clara entre los secos brazos de D. Casimiro; y en su orgullo de hidalgo, y en su afán de no verse él mismo mentiroso y fullero, y de no pensar menos noblemente que una mujer fanática y desatinada, lo prefería todo á que Clarita se alzase en su día con los bienes de D. Valentín.
El punto final de las meditaciones de D. Fadrique era siempre el mismo, por cuantas sendas y rodeos tratase de llegar á él. No quería á Clara poseedora de lo que le constaba que no era suyo; no la quería mujer de D. Casimiro; no la quería monja tampoco, y no quería dar escándalo ni amargar la vida de D. Valentín con afrentoso desengaño. Era, pues, indispensable que él fuese el libertador, el rescatador de Clarita.
Á pesar de tener preocupado el ánimo con estas cosas, el Comendador ejercía tanto dominio sobre sí, que nada dejaba notar.
Paseaba con Lucía por las huertas ó charlaba con ella y procuraba esquivar sus preguntas inquisitoriales.
Así transcurrieron ocho días. Durante ellos se informó el Comendador, con el mayor secreto y diligencia, del valor exacto de todos los bienes de D. Valentín. Pasaban de cuatro millones de reales.
Bastante se apesadumbró, no debemos ocultarlo, de que D. Valentín hubiese llegado á ser tan rico. El Comendador tenía poquísimo más capital, sumando el valor de algunas finquillas que había comprado cerca de Villabermeja, y lo que tenía en varias casas de banca en la Gran Bretaña y en Madrid. Su decisión, á pesar de la pesadumbre, fué firme, con todo.
El Comendador sabía y estimaba cuánto vale el dinero. La vanidad de haberle adquirido diestra y honradamente le daba para él mayor hechizo. Pero ¿en qué mejor podía emplearse el caudal, la ganancia y el ahorro de toda una vida activa, el fruto del brío, del trabajo y del ingenio, que en salvar á un ser tan querido y que tan digno era de serlo?
Suponiéndose ya el Comendador despojado de cuatro millones, se miraba reducido á la triste condición de un hidalgo labriego, que ó tendría que salir otra vez á buscar fortuna, ó tendría que acomodarse á vivir mal y humildemente en Villabermeja. Esto no le arredró.
Eliminadas, pues, varias soluciones, el problema quedó claro y sencillo. La única dificultad que había que vencer era la de pasar á poder de D. Casimiro, de modo tan natural, que apartase toda sospecha, una suma de cuatro millones, y hacer valer y constar, como era justo, este sacrificio cerca de Doña Blanca, para que la terrible señora reconociese á su hija por libre de toda obligación y por apta para recibir, en su día, los bienes todos de D. Valentín, como devolución, y no como herencia.
La familia de Solís continuaba incomunicada con sus vecinos.
Sólo entraban en aquella casa D. Casimiro y el fraile. Éste, á pesar de sus consejos, había sabido ingeniarse, volver á la gracia y recobrar la confianza de aquella adusta señora. No es tan llano desechar á un director espiritual, á quien se tiene por santo ó poco menos, aunque este director nos contraríe, y sobre todo haga cosas opuestas á nuestro modo de pensar. La mayor falta del padre Jacinto, lo que apenas acertaba á explicarse Doña Blanca, era que aquel virtuoso varón, aquel hijo de Santo Domingo de Guzmán, fuese tan íntimo amigo de un hombre á quien debía más bien llevar á la hoguera, si los tiempos no estuviesen tan pervertidos y la cristiandad tan relajada.
Doña Blanca no se calló sobre este punto, y varias veces manifestó al fraile su extrañeza; pero el fraile le contestaba:
—Hija mía, piensa lo que se te antoje. Yo no quiero calentarme la cabeza explicándotelo. Bástete saber que yo tengo á D. Fadrique por muy amigo, aunque incrédulo, como él me tiene por muy amigo, aunque fraile. Cavilando en ello me asusto, y prefiero no cavilar. No quiero dar por seguro que haya en las almas humanas algo que, á pesar de la radical oposición de creencias, sea lazo de unión amistosa y constante y fundamento de alta estimación mutua.
—Vaya si hace V. bien en no cavilar —contestaba Doña Blanca.— No cavile V., no venga á caer en herejía al cabo de sus años, fantaseando algo más esencial, más sublime que la creencia religiosa.
—No caeré en herejía —replicaba el fraile, que ya hemos dicho que era muy desvergonzado;—no caeré en herejía cuando tú no caíste. Nunca mi amistad será más inexplicable que lo fué tu amor.
Con esto Doña Blanca exhalaba un suspiro, que tenía su poco de bufido, y se amansaba y se callaba.
Por lo demás, el padre Jacinto era leal y no abusó de su derecho de hablar en secreto con Clarita para excitarla en contra de la boda con Don Casimiro.
Sólo una noticia se atrevió á dar á Clarita por instigación de D.Fadrique: que D. Carlos, amonestado por el Comendador, se había vuelto áSevilla con sus padres.
De esta suerte, Clarita hubo de tranquilizarse y no sobresaltarse de no ver á D. Carlos por la mañana en la iglesia. Á quien vió varias veces casi en el mismo lugar en que D. Carlos se colocaba fué al Comendador, cuya maldad su madre le había ponderado, y que ella se inclinaba irresistiblemente á creer bueno.
El Comendador, como en desagravio de haber tenido olvidada tantos años aquella prenda de su amor, no se contentaba con disponerse á hacer por ella un gran sacrificio, sino que ansiaba verla y admirarla, aunque fuese á distancia.
Así iban lentamente los sucesos, cuando una mañana, en que Doña Antonia había tenido una de sus jaquecas y no se hallaba con gana de salir, Lucía fué á paseo sola con el Comendador. Ambos llegaron á la fuente ó nacimiento del río que ya conocemos. Sentados á la sombra del sauce, oyendo el murmullo del agua, hablaron de las estrellas, de las flores, de mil diversas materias, hacia donde el tío procuraba llevar la atención de su sobrina, para distraerla de su curiosidad sobre los asuntos de Clara.
Lucía, no llegando á distraerse lo bastante, dijo por último:
—Tío, V. va á hacer de mí una sabia. Á veces me habla V. del sol y de lo grande que es y de cómo atrae á los planetas y cometas; y á veces me describe los abismos del cielo, y me señala las más hermosas estrellas, y me declara sus nombres y la inmensa distancia á que están de nosotros, y el tiempo que tardan los rayos alados de su luz en herir nuestras pupilas. Todo esto me deleita y pasma, haciéndome concebir más adecuado concepto del infinito poder de Dios. También me ha explicado V. misterios extraños de las flores, y esto me ha interesado más, infundiéndome en el alma superior idea de la bondad y sabiduría del Altísimo. Pero desechando el disimulo, recelo que V. no me instruye tanto sino para no responder á mis preguntas sobre sus proyectos de V. acerca de Clarita. Tal sospecha, lo confieso, me quita las ganas de oir las lecciones de V., que de otro modo me entusiasmarían; tal sospecha disminuye el valor de dichas lecciones, que se me figuran interesadas y maliciosas: más que medio de enseñarme, me parecen medio de embaucarme.
—La malicia la pones tú, sobrina—respondió el Comendador.—Yo procedo con la mayor sencillez. Cuanto hay que saber de Clarita lo sabes mejor que yo. ¿Qué puedo añadir á lo que tú sabes?
—Oiga V., tío: aunque niña, no soy tan fácil de engañar. Aquí hay varios puntos obscuros, inexplicables, y yo no sosiego hasta que todo me lo explico.
—Pues ya estás aviada, hija mía, si no te sosiegas hasta que halles la explicación de todo. Condenada estás á desasosiego perpetuo.
—No confundamos las especies. Yo me aquieto sin explicación sobre muchos puntos en que usted, por desgracia, no se aquieta. No hablo de eso. Hablo de materias más llanas y más al alcance de mi inteligencia. En éstas requiero explicación, y sin explicación no hay reposo. ¿Qué diablo de palabra enrevesada fué aquélla de que se valió V. el otro día para significar una suposición que se forja uno para explicar las cosas, y que se da por cierta, cuando las explica?
—Esa palabra eshipótesis.
—Pues bien; yo no hago más que forjar hipótesis á ver si me explico ciertas cosas. ¿Quiere usted que le exponga alguna de mis hipótesis?
—Exponla.
El Comendador respondió aparentando serena indiferencia al dar aquel permiso; pero se puso colorado, y tuvo miedo de que Lucía, por arte mágica ó poco menos, hubiese adivinado el lazo que unía á Clara con él.
Lucía, prevaliéndose del permiso y animada con lo poco de turbación que en su tío advirtió, expuso así una de sus hipótesis:
—Pues, señor, yo me cegué al principio por exceso de vanidad. Pensé que el cariño de tío que V. me tiene le llevaba, para complacerme, á mirar con interés á Clori y á Mirtilo, y á procurar e buen fin de sus amores. Ya he variado de opinión. Ya la hipótesis es otra. El interés de V. es demasiado para ser de reflejo. Noto también que es muy desigual: menos que mediano por Mirtilo; inmenso por Clori. ¡Ay, tío, tío! ¿Si querrá V. jugar una mala pasada al pobre zagal? Todo se sabe. Pues qué, ¿cree V. que no ha llegado á mi noticia que se ha hecho V. devoto (¡ojalá fuese de buena ley la devoción!) y que toditas las mañanas de madrugada va V. á la iglesia Mayor á misa primera?
—Sobrina, no disparates, —interrumpió el Comendador.
—Yo no disparato. Hallo extraña, para explicada sólo por una simpatía cualquiera, esa devoción de V., y recelo que la santita que se la infunde ha cautivado á V. con más dulces cadenas que las de la piedad.
—Te repito que no disparates —volvió á decir el Comendador poniéndose muy serio.— Confieso que es difícil de explicar el extraordinario cariño que Clarita me infunde. Aseguro, no obstante, por mi honor, que nada tiene de lo que tú imaginas. Si me quieres tú un poco, y si me respetas, te suplico, y si crees que puedo mandarte, te mando que apartes de tí ese pensamiento. Yo quiero á Clarita, aunque entre ella y yo no median los vínculos de la sangre, del mismo modo que te quiero á tí, que eres mi sobrina: con amor casi paternal, con el amor que es propio de los viejos.
—¡Pero si V. no es viejo, tío!
—Pues aunque no lo sea. No amo á Clarita de otro modo. Y si esto sigue pareciéndote raro, no caviles ni busques más hipótesis para explicártelo satisfactoriamente.
—Está bien, tío. Suspenderé mis tareas de forjar hipótesis.
—Eso es lo más prudente.
—Ya que no valen las hipótesis, ¿vale hacer preguntas?
—Hazlas.
—¿Persiste V. en favorecer los amores de Mirtilo?
—Persisto y persistiré mientras Clara crea yo que le ama.
—¿Espera V. triunfar de la tenacidad de Doña Blanca é impedir la boda con D. Casimiro?
—Lo espero, aunque es difícil.
—¿Me atreveré á preguntar de qué medios va V. á valerse para vencer esa dificultad?
—Atrévete; pero yo me atreveré también á decirte que esos medios no tienes tú para qué saberlos. Confía en mí.
-Aunque V., tío, está tan misterioso conmigo, que todo se lo calla, voy á portarme con generosidad: voy á revelar á V. mis secretos. Sé que Don Carlos de Atienza le escribe á V. También á mí me ha escrito. Pero V. no ha hecho lo que yo. V. no ha puesto al pobre desterrado en comunicación con Clara: yo sí. Yo he escrito á Clara tres cartas nada menos, y á fuerzas de súplicas he logrado que el P. Jacinto se las entregue. En mis cartas copio á Clara algunos párrafos de los que me ha escrito D. Carlos.
—Ese secreto le sabía en parte. El P. Jacinto me había dicho que había entregado tus cartas.
—Pues, ¿vaya que no sabe V. otra cosa?
—¿Qué?
—Que Clara me ha contestado. La contestación vino ayer por el aire, como la carta primera que juntos leímos.
—¿Tienes ahí la nueva carta?
—Sí, tío.
—¿Quieres leerla?
—No lo merece V.; pero yo soy tan buena, que la leeré.
Lucía sacó un papel de su seno.
Antes de leer, dijo:
—En verdad, tío, esto me pone muy cuidadosa y sobresaltada. Clara, en los días que lleva de soledad, ha cambiado mucho. ¡Hay en su carta tan singular exaltación, tan profunda tristeza, tan amargos pensamientos!…
—Lee, lee —dijo el Comendador con viva emoción. Lucía leyó como sigue:
"Amada Lucía: Mil gracias por todo cuanto estás haciendo por mí. Sería yo desleal si te ocultase nada de lo que siento. Ni al P. Jacinto me he confiado hasta ahora; pero á tí todo te lo confío. En mi ser pasa algo de extraño, que no acierto á entender. Quiero aún á D. Carlos. Y, no obstante, conozco que no debo darle esperanzas; que no debo casarme con él nunca; que me toca obedecer á mi madre, la cual anhela mi boda con D. Casimiro. Pero lo singular es que ha entrado en mi alma, en estos días, un sentimiento tan hondo de humildad, que hasta de D. Casimiro me hallo indigna. Á solas conmigo he penetrado en el fondo de mi conciencia y me he perdido allí en abismos tenebrosos. Cuando mi madre, que es buena y me ama, encuentra en mí no sé qué levadura, no se qué germen de perversión, no sé qué mancha más negra del pecado original que en las demás criaturas, razón tendrá mi madre. Sí, Lucía: quizás en este pecho mío, en apariencia tranquilo; bajo la inocencia y superficial sencillez de mis pocos años, van adquiriendo ya ser y vida vehementes y malas pasiones, como nido de víboras bajo apiñadas rosas. Lo conozco: mi madre tiembla por mí; recela de mi porvenir, y tiene razón. Yo me examino, me estudio y me asusto. Descubro en mí la propensión, difícil de resistir, á todo lo malo. Veo mi maldad nativa y mi inclinación al pecado por instinto. ¿Como comprender de otra suerte que yo, educada con tanto recogimiento y en tan santa ignorancia de las cosas del mundo, haya tenido la diabólica malicia de ponerme en relaciones con D. Carlos, de hacerle creer que le amaba, mirándole sólo (figúrate con qué perversidad le miraría), y de atraerle hasta aquí, obligándole á que me siguiera, y todo con tan infernal disimulo, que mi madre nada sabe? Todavía, si es posible, hay en mí algo peor. Lo noto, lo percibo y no sé, ni quiero, ni me atrevo á examinarlo. Lo que sí te declararé es que para mí el mundo ha de ser más peligroso que para otras mujeres, por naturaleza mejores. Lo que no hay en mí por naturaleza debo pedirlo por gracia al cielo. En él cifro mi esperanza. Procede, pues, que yo me aparte del mundo y busque el favor del cielo. Ya sabes tú cuánto he repugnado hasta aquí entrar en religión. No me juzgaba merecedora de ser esposa de Cristo. En esto no he variado, sino para juzgarme aún menos merecedora. En lo que sí he variado es en reconocer que, por mala que sea una persona, jamás debe desesperar de la bondad de Dios. Su Divina Majestad, si hago una vida santa, si me arrepiento, si me mortifico durante el noviciado, me dará fuerzas y merecimientos después para tomar el velo, sin que sea insolente audacia tomarle. Nada he dicho aún á nadie de esta reciente resolución; pero estoy decidida. Hablaré de esto al padre Jacinto para que él hable á mi madre, la convenza de que me conviene y quiero ser monja, y en vista de mi resolución desengañe á D. Casimiro. Desengaña tú, desde luego, al infeliz D. Carlos. No te niego que le he querido, que le quiero aún; pero no se lo digas. Díle que quiero á otro; que en mi corazón hay un inmenso vacío, donde reinan pavorosas tinieblas. No basta D. Carlos á llenar ni á iluminar este vacío, y si Dios no le llena y le ilumina, me moriré de miedo, y lo menos doloroso que ocurrirá será que le llene mi perturbada imaginación con espectros horribles que surgen de mi atribulada conciencia. Adiós."
La lectura de escrito tan melancólico aguó el contento del paseo delComendador y de su sobrina. Apenas se hablaron ya hasta volver á casa.
Aquella crisis repentina del alma de Clara puso á D. Fadrique taciturno.
Las ideas que acudían á su mente no eran para reveladas á su sobrina.
Pensaba el Comendador que el perpetuo roce del espíritu de Doña Blanca con el de su hija; que la presión que ejercía en aquella joven de diez y seis años el severo y atrabiliario carácter de su madre, y que los terrores de que había cargado su conciencia, tenían á la pobre Clara en un estado de ánimo no muy distante del delirio. La carta á Lucía era la señal alarmante que Clara daba de aquel estado.
El Comendador, empero, aunque lleno de zozobra, decidió no intervenir aún en nada. La resolución de la crisis podía ser favorable si él no intervenía. Su intervención podía hacerla más peligrosa.
La sinceridad de Clara era evidente. De súbito sin que el P. Jacinto, ni nadie, se lo inspirase, había cambiado de propósito y se hallaba resuelta á ser monja. Harto se comprende que para las creencias del Comendador esta resolución era funesta; pero en virtud de esta resolución era casi seguro que D. Casimiro sería despedido. Iba á eliminarse un obstáculo; iba á descartarse un adversario.
D. Fadrique determinó, pues, aguardar con calma, sin dejar de estar á la mira.
Al mismo P. Jacinto no le insinuó ningún aviso que pudiera servirle de regla de conducta. Se fió por completo, de su buen natural, y le dejó seguir libremente sus propias inspiraciones.
La prudencia del Comendador se vió coronada del éxito al cabo de pocos días.
Doña Blanca, persuadida de que la súbita vocación de su hija era sincera y profunda, tuvo con D. Casimiro una conversación muy afectuosa y grave, y le dió sus pasaportes.
El P. Jacinto ponderó el fervor de Clara y animó á Doña Blanca para que á la mayor brevedad la dejase entrar de novicia en un convento de carmelitas descalzas que en la ciudad había.
D. Valentín se avino á todo sin chistar.
Clarita hubiera, pues, entrado en seguida en el convento, como lo deseaba y lo pedía; pero la crisis de su alma había influído poderosamente sobre su hermoso cuerpo. Sus ojeras eran más obscuras y extensas que de ordinario; había adelgazado mucho; la palidez de su rostro hubiera inspirado miedo, si su rostro no hubiera sido tan hermoso; su distracción y su embebecimiento parecían á veces más propios de un ser del otro mundo que de una criatura de éste, y en su andar vacilante y en el brillo momentáneo de sus ojos, seguido siempre del prolongado adormecimiento de tan divinas luces, había como un mal agüero, como un anuncio fatídico, que no pudo menos de perturbar la férrea conciencia de Doña Blanca, de doblegar bastante su inflexibilidad, y de aterrarla por último.
Las causas del cambio de Clara eran vagas y confusas; pero Doña Blanca reconocía que de su modo de educar á Clara, de su involuntario y tenaz prurito de mortificarla y asustarla con los peligros del mundo y con su propia condición de pecadora, y de aquel duro yugo que desde la infancia había hecho pesar sobre la conciencia de su infeliz hija, provenía en gran parte la situación en que se hallaba. El motivo, ó mejor dicho, la ocasión de exacerbarse el mal y de aparecer de repente con tan medrosos síntomas, era para todos un misterio. Esto no obstaba para que Doña Blanca empezase á temer que pudiera caer sobre ella el crimen de infanticidio por esquivar el delito de hurto.
Doña Blanca procedió, pues, con inusitada blandura y exquisita prudencia; pero sin desmentir su carácter y sin faltar á su más importante propósito.
No contenta con estar persuadida de la firme resolución que tenía Clara de tomar el velo, hízola prometer que profesaría. Y esto de suerte que la promesa no pareció arrancada por instigación de Doña Blanca, sino á su despecho. Así se aseguraba Doña Blanca de que su hija, renunciando al mundo, renunciaría á los bienes de D. Valentín y no podría transmitirlos á nadie.
Pero Doña Blanca no quería matar á su hija. Atormentábase previamente con el remordimiento de que fuera al claustro desesperada y herida de muerte. Deseaba verla profesar, pero alegre, lozana, llena de vida; no apareciendo como una víctima, sino con el deleite, el gozo y la satisfacción de una esposa que vuela á los brazos de su gallardo y feliz prometido.
Á fin de lograr que las cosas fueran así, Doña Blanca puso á un lado su constante severidad; empezó á tratar á Clara hasta con mimo, y anhelante de que recobrase la alegría y la salud, rompió el entredicho; abrió las puertas de su casa para Lucía, y consintió en que Clara volviese á salir con ella de paseo, aun á pesar del Comendador.
Doña Blanca, no obstante, antes de dar este permiso, preparó á su hija contra D. Fadrique, pintándosele como un monstruo de impiedad y de infamia, y recomendándole mucho que hablase con él lo menos posible.
Doña Blanca, entre tanto, se propuso seguir encastillada en su caserón, sin ver á nadie más que al P. Jacinto, y á Lucía, si acaso.
El destino de D. Casimiro es el más extraño y caprichoso entre los de cuantos personajes figuran en esta historia. En el tejido de su vida había puesto él un orden envidiable y gastado poquísimo. Así es que, por más que D. Casimiro distase mucho de ser un águila en nada, había atinado á darse tan buena traza con economía y juicio, que era un señor acaudalado para lo que entonces se usaba en Villabermeja. Esto se lo debía á sí mismo, y de ello podía estar con razón y estaba orgulloso. Lo que debió á la casualidad, á un conjunto de hechos para él inexplicables, fué el momentáneo encumbramiento á novio de su linda y rica sobrina la señorita Doña Clara.
Con cincuenta y seis años de edad, no pocos padecimientos y la facha que ya hemos descrito, don Casimiro mismo, á pesar de su amor propio, que no era flojo, había hallado, allá en el centro de su conciencia, un si es no es inverosímil que le quisiesen casar con aquel pimpollo. El amor propio, no obstante, es ingeniosísimo, estando casi siempre su ingenio en razón inversa del ingenio de las personas; por donde D. Casimiro imaginó pronto que en su alma había de haber tan escondidos tesoros de bondad y de belleza, y que en sus modales y porte habían de transcender tal distinción hidalga y tal elegancia ingénita, que, descubierto todo por los ojos zahoríes de Doña Blanca, bastó y sobró para que ella ansiase tener á D. Casimiro por yerno. Don Casimiro, pues, desde que empezó á ser novio de Clara, se puso más orondo y satisfecho que antes.
Terrible fué el desengaño cuando Doña Blanca le despidió. El enojo interior de D. Casimiro no fué menos terrible; pero él era encogido y muy torpe para expresarse; Doña Blanca hablaba bien y con autoridad é imperio, y el Sr. D. Casimiro se tragó su enojo, y recibió los pasaportes, hecho manso cordero.
Como sucede á todas las personas débiles y soberbias á la par, la ira de D. Casimiro se fué aglomerando después y poco á poco en el corazón, cuando se detuvo á considerar el chasco que se le daba y el desaire grandísimo que se le hacía.
Cierto que el rival por quien Clara le dejaba era Dios mismo; pero D.Casimiro no se aplacaba con esto.
—¿Si querrá ser monja —decía,— para no casarse conmigo? Valiera más haberlo pensado con tiempo y no ponerme en ridículo ahora. Sin duda que para mí es menos cruel que me deje por tan santo motivo que no que me deje para casarse con otro mortal. Yo no hubiera consentido esto último. Nos hubieran oído los sordos. Yo hubiera tenido un lance con mi rival. Pero ¿contra Dios qué he de hacer?
Don Casimiro se consolaba algo con la imposibilidad de tener un lance con Dios, y hasta con la obligación piadosa en que se veía de resignarse.
Su encono contra Doña Blanca y contra Clarita no se mitigaba, á pesar de todo. No había quedado perro ni gato, en diez leguas á la redonda, á quien D. Casimiro no hubiera dado parte de su ventura. Ahora, su caída y su desventura debían de ser é iban siendo no menos sonadas, y, por desgracia, harto más aplaudidas.
La vanidad del hidalgo bermejino recibía desaforados golpes. Pero ¿cómo vengarse?
—La venganza es el placer de los dioses —exclamaba á sus solas el dichoso hidalgo;— pero decididamente yo no soy un dios. ¿Qué me conviene hacer? Es refrán frailuno, y muy discreto, quela injuria que no ha de ser bien vengada ha de ser bien disimulada. Disimulemos pues. También hay otro refrán que reza:Cachaza y mala intención. Sigamos lo que prescriben dichos refranes. Lo primero que me importa es dejar ver que no me afligen los desdenes de Clarita. Si ella no me quiere, otra que vale tanto como ella, más que ella, estoy seguro de que me querrá. Voy á volver á pretender á Nicolasa. No es rica, pero es mejor moza que Clarita.
Sin desistir, por consiguiente, de vengarse si se presentaba ocasión cómoda para ello, D. Casimiro resolvió enamorar estrepitosamente á Nicolasa, esperando que así daría picón á la futura carmelita, ó probaría al menos que tenía por amiga una mujer de mucho mérito.
Nicolasa, en efecto, lo era. Hija del tío Gorico y de su primera mujer, alcanzaba fama en casi toda la provincia por su singular hermosura, discreción y rumbo. Caballeros, ricos hacendados y hasta usías ó señores de título, menos comunes entonces que ahora, habían suspirado en balde por Nicolasa, la cual, con modesta dignidad, había respondido siempre en prosa aquello que dice en verso cierta dama de una antigua comedia nada menos que al Rey:
Para vuestra dama, mucho;Para vuestra esposa, poco.
Nicolasa excitaba y provocaba con sus risas, con sus ojeadas lánguidas y con su libertad y desenvoltura. Los hombres se prendaban de ella, la perseguían y se llenaban de esperanzas; pero, no bien querían propasarse para que se lograsen, Nicolasa se revestía de gravedad y entono, propios de la mejor heroína de Calderón, hablaba de la inestimable joya de su castidad y limpísima honra, y ponía á raya todo atrevimiento, todo desmán y todo propósito amoroso algo positivo que no llevasen por delante al padre cura.
Nicolasa había heredado de su madre ciertas prendas que valen más que los bienes de fortuna, porque los conservan, si los hay, y suelen proporcionarlos, si no los hay. Tenía don de mando y don de gentes, extraordinaria energía de voluntad y perseverancia en sus planes. Se había propuesto ó ser una señorona principal ó quedarse para vestir imágenes, y, sirviéndole esto de pauta, ajustaba á ella todos los actos de su vida.
Aunque el tío Gorico había contraído segundas nupcias, y Nicolasa tuvo madrastra en vez de madre casi desde la infancia, lejos de contribuir esto á que se criase con menos mimo, había ocasionado lo contrario. La madre de Nicolasa había sido tremenda, dominante, feroz: una Doña Blanca á lo rústico; mientras que Juana, la segunda mujer del tío Gorico, era la propia dulzura, sometida siempre á su marido, quien á su vez no hacía más que lo que á Nicolasa se le ocurría. Nicolasa lo podía y mandaba todo en casa de su padre, menos impedir que el tío Gorico dejase de beber bebida blanca.
Los preliminares amorosos de Nicolasa, que estaba entre los veinte y los treinta años de su edad, habían sido ya innumerables. Todos sus amores habían muerto al nacer. Á los pretendientes encopetados los había Nicolasa despedido, apelando al cura. Á los pretendientes de su clase los había desdeñado cuando ya llegaban á lo serio y hablaban del cura ellos mismos.
Nicolasa, no obstante, como todas las mujeres frías, pensadoras y traviesas, había sabido retener en sus redes, en este crepúsculo de amor, que califican de platónico, á varios suspiradores perpetuos, de los que llaman en Italiapatitos. Uno, sobre todo, pudiera servir de ejemplo portentoso por su pertinacia, resignación y fervor en las incesantes adoraciones. Tal era el hijo del maestro herrador, Tomasuelo.
Desde los diez y siete hasta los veinticinco años que ya tenía, estaba como en cautiverio agridulce. Jamás Nicolasa le dijo que le amaba de amor, y jamás le quitó la esperanza de que tal vez un día podría amarle. En cambio, le declaraba de continuo que le amaba más de amistad que á ningún otro ser humano; y cuando le declaraba esto, se le veía al chico hasta la última muela, sentía una beatitud soberana, y daba por bien empleados sus, para otras cosas, inútiles y perennes suspiros.
Y no se crea que Tomasuelo era canijo, ruín y tonto. Tomasuelo era listo, despejado y fuerte: el mozo más guapo del lugar; pero Nicolasa le había hechizado. Con un rayo de luz de sus ojos podía darle una dosis de aparente bienaventuranza que le durase una semana. Con una palabra sola podía hacerle llorar como si fuese un niño de cuatro años.
Las cadenas en que Tomasuelo gemía y gozaba á la vez de verse cautivo, estaban suavizadas para el mozo, y en cierto modo justificadas para el público, con notable habilidad y profundo instinto. Tomasuelo podía entrar cuando se le antojase en casa del tío Gorico, ver á Nicolasa, requebrarla, mirarla con amor, acompañarla cuando salía; en suma, servirla y cuidarla, sin que nadie fuese osado á censurar lo más mínimo. Aunque entre Nicolasa y el hijo del herrador no había el más remoto grado de parentesco, Nicolasa había preconizado á Tomasuelo por su hermano. Dios naturalmente no le había dado objeto en quien poner amor fraternal; pero ella, que sentía con viveza y hondura este amor, se proporcionó á Tomasuelo para consagrársele. Con frases sencillas y con ánimo imperturbable, Nicolasa explicaba de esta manera sus extrañas relaciones con Tomasuelo; y como Tomasuelo hacía gala de su adoración espiritual y se lamentaba resignado de no ser querido de otra suerte, todos en el lugar, lejos de censurar, se maravillaban de aquel purísimo y angélico lazo que estrechaba así dos almas.
Cuanto pretendiente se acercaba á Nicolasa era respetado por Tomasuelo, quien no le ponía el menor estorbo, durante los preliminares y coqueteos; pero si más tarde se extralimitaba y dejaba ver que venía con mal fin, ya podía temer el enojo y las pesadas manos de aquel hermano adoptivo, celoso de la honra de su familia. Asimismo Tomasuelo se ponía zahareño y poco agradable en su trato con todo aquel rival que por cualquier causa era despedido definitivamente y seguía importunando.
Don Casimiro había estado, antes del noviazgo con Clara, en un largo período de coqueteo con Nicolasa, la cual, con exquisita circunspección, había sabido ir templando y moderando la máquina de los efectos, á fin de no precipitar al hidalgo en declaraciones y demostraciones tales, que no tuviesen ya más salida que la de ponerle en la disyuntiva de prometer boda ó de abandonar la empresa. Gracias á esta conducta, que pasa de hábil y raya en primorosa, D. Casimiro no había sido despedido; sus amores con Nicolasa habían sido como aurora, como amanecer poético de un día, que no llegó por haberse interpuesto el compromiso con Clarita. Roto ya este compromiso, don Casimiro pudo volver, previo el perdón de su inconsecuencia, pedido con humildad y concedido magnánimamente, al mismo punto en que lo había dejado: al amanecer, á la aurora.
Las cosas estaban dispuestas con tal arte, que en lugar de escamarse un pretendiente con Tomasuelo, lo primero que tenía que hacer era como impetrar el beneplácito de aquel espiritual hermano, tan celoso, vigilante é interesado en el bien de su hermanita. D. Casimiro obtuvo la confianza y venia de Tomasuelo, y lo consideró buena señal.
Abandonada la ciudad, y vuelto D. Casimiro á reales de Villabermeja, se puso á galantear á Nicolasa con la imprudencia y el ímpetu del despechado. Ella era harto discreta para no conocer que entonces ó nunca: que la fortuna le presentaba el copete y que importaba asirle. D. Casimiro buscaba en Nicolasa refugio y compensación contra el desdén de Clarita. D. Casimiro estaba en su poder.
Nicolasa provocó la declaración seria y definitiva. Hecha ésta, planteó los dos términos del fatal dilema: ó promesa formal de casamiento, ó despedida y nuevas calabazas ruidosas. D. Casimiro no pudo resistir y prometió casarse.
Espantoso día de prueba fué aquel en que supo este triunfo el platónico Tomasuelo. Hasta entonces no había tenido rival que fuese más dichoso que él. Ya le tenía. La amargura de los celos le acibaró el corazón; las lágrimas brotaron en abundancia de sus ojos.
Cuando vió á solas á Nicolasa, con los ojos encarnados de llorar y con voz trémula le dijo:
—¿Conque cedes al amor de D. Casimiro? ¿Conque vas á casarte? ¿Conque me matas?
—Calla, tontito mío, contestó ella.—¿Á qué vienen esas quejas? ¿Te he engañado yo jamás?
—No; no me has engañado.
—¿Querías que dejase pasar tan buena proporción de ser señora principal y millonada? ¿Tan mal me quieres, egoísta?
—No porque te quiero mal, sino porque te quiero á manta, lo siento y lo lloro.
Y Tomasuelo lloraba en efecto.
—Anda, no llores, majadero. ¡Si vieses qué feo te pones! ¿Quién ha visto llorar á un hombrón como un castillo?
—Pero ¡si no puedo remediarlo!
—Sí puedes; haz un esfuerzo, ten valor y sosiégate. Ten en cuenta que, de aquí adelante, no sólo hallarás en mí á una hermana, sino á una madrina y á una protectora muy pudiente.
—¿Y á mí qué se me da todo eso? Nada. Lo que yo codiciaba era tu cariño.
—Y no lo tienes como antes, ingrato? Pues qué, ¿los buenos hermanitos dejan de amarse aunque se case uno de ellos?
—No seas tramayona, no me aturrulles. Ya sabes tú que la ley que yo te tengo no puede sufrir…
—Vamos, vamos; déjate de niñerías. ¿Quién crees tú que ocupa y llena el lugar más bonito, principal y escondido de mi corazón? Tú. Mi alma es tuya. Te la dí toda con el amor que en ella se cría; con afecto de hermana. ¿Qué sombra puede hacerte que sea yo la mujer legítima de D. Casimiro? ¿Por eso hemos de dejar de querernos como hasta aquí, más que hasta aquí? Nos querremos cuanto tú quieras y cuanto sea posible quererse, sin ofender á Dios. ¿Supongo que tú no querrás ofender á Dios? Contesta.
—No, mujer; ¿cómo he de querer yo ofender á Dios? Pues qué, ¿no soy buen cristiano?
—Lo eres. Es una de las partes que más aprecio en tí. Por eso confío en que pienses que voy á ser esposa de otro y no desees nada. Sólo el deseo es ya pecado. Acuérdate de los mandamientos.
—Oye, ¿y está en mi poder no desear?
—Sí. Cállate; no digas nada á nadie, ni á tí mismo, cuando desees, y el silencio matará el deseo.
—Me matará á mí antes.
Tomasuelo lloró más fuerte que nunca. Las lágrimas caían á modo de lluvia, acompañadas por tempestad de sollozos.
—¡Por vida de los hombres endebles! —exclamó Nicolasa.— ¿Qué locura es ésta? Cálmate, por Dios y ten pecho ancho.
Nicolasa, con suma blandura, enjugó las lágrimas del mozo con el propio pañuelo de ella; luego le dió tres ó cuatro palmaditas en el grueso y robusto cogote; luego le hizo unas cuantas muecas como remedando la desconsolada cara que ponía, y, por último, le pegó un afectuoso y archi-familiar tirón de las narices.