XXVIII

—No acierto á decírtelo. Me falta valor.

—Ea… ánimo… dí lo que es.

—Mi madre no ha hecho más que hablarme de tu tío desde que apareció en esta ciudad… desde que yo le vi y paseé con él una tarde. Me le ha pintado como pudiera haberme pintado á Luzbel, rodeado aún de hermosos fulgores de su primitiva naturaleza angélica, valeroso, audaz, inteligente como pocos seres humanos. Me ha hecho creer que ejerce tal imperio sobre las almas, que las atrae y las cautiva, y las pierde si gusta. En su mirada hay una luz siniestra que ciega ó extravía. En su palabra, una música seductora que embelesa los entendimientos y ensordece la voz del deber en la conciencia. Según mi madre, tu tío es la maldad personificada, el dechado de la irreligión, un rebelde contra Dios, de quien conviene apartarse para no contaminarse. En resolución, cuanto mi madre ha dicho de tu tío debiera infundirme hacia él un odio, una aversión grandísima. Sé por mi madre que el Comendador es un réprobo. No hay esperanza de que se salve. Está condenado. Es como Luzbel. Y, sin embargo, lejos de producir en mí los discursos de mi madre el horror hacia el Comendador que ella deseaba, tal es mi perversidad, tan pecaminoso es mi espíritu de contradicción, que han avivado mis simpatías hacia tu tío. Yo no debiera decírtelo, yo no sé cómo tengo la desvergüenza de decírtelo. Apenas si á mi confesor le he dejado entrever algo de lo que siento en el negro abismo de mi corazón. Pero, si no te lo digo… ¿con quién me desahogo?… Lucía, tú eres mi mejor amiga… Yo quiero al Comendador de un modo inexplicable. Me siento arrastrada hacia él. Creo en todas sus maldades porque mi madre me las ha dicho; y creo que Dios, á quien el Comendador es simpático, se las va á perdonar, como yo se las perdono. ¿No es una monstruosidad, no es una aberración este cariño hacia una persona casi desconocida? Yo me condenaba antes por mi inclinación á D. Carlos, á despecho, á escondidas de mi madre. Ahora me sucede casi lo mismo que á tí: mi inclinación á D. Carlos me parece natural. Lo diabólico, lo abominable es mi inclinación á tu tío. Es un sentimiento tan distinto, que no destruye ni aminora mi afecto á D. Carlos. Esto prueba mi desordenada índole, mi pecadora y perturbada manera de ser. No sé con qué pretexto, bajo qué título, con qué nombre cariñoso he de acercarme á él, hablarle, llegar á su intimidad, y lo deseo. Cuantas cualidades detestables mi madre le atribuye, se me antoja que no lo son en él, porque es un ser de superior natural jerarquía y está exento de la ley común para los demás mortales.

Con la mirada fija, con el semblante no risueño, como le tenía de costumbre, sino triste y grave, y sin acertar á contestar palabra, oyó Lucía la inesperada confesión de Clara.

Después de unos instantes de silencio Clara prosiguió:

—Nada me respondes; nada observas; te callas; reconoces que soy un monstruo. Será amor de otro género, será un sentimiento indefinido, que carece de nombre en la clase é historia de las pasiones; pero yo quiero á tu tío y le quiero por esa misma pintura con que mi madre ha procurado que yo le aborrezca.

Á este punto llegaba Clara, cuando vino á interrumpirla la voz de DoñaBlanca, que decía:

—¡Hija, hija!

Lucía y Clara se estremecieron. Aunque era imposible que Doña Blanca las hubiese oído, imaginaron por un instante que milagrosamente las había oído y que iba á terciar en la conversación por estilo terrible.

—¿Qué manda V., mamá? —dijo Clara temblando.

—Agua. Dame un poco de agua. ¡Me ahogo!

Las dos amigas acudieron á la alcoba á dar agua á la enferma. Entonces notaron con pena y sobresalto que la fiebre había crecido. Las palpitaciones del corazón de Doña Blanca eran tan violentas, que se hacían perceptibles al oído.

—¿Qué siente V., señora? —preguntó Lucía…

—Una ansiedad… una fatiga… —respondió Doña Blanca,— el corazón me late con tanta fuerza.

Lucía posó suavemente la mano sobre el pecho de Doña Blanca. Entonces notó con pena que los latidos de su corazón habían perdido el ritmo natural: eran desordenados y anormales; pero no dijo nada por no asustar á la paciente y á su hija.

El cuidado que requería Doña Blanca no consintió que prosiguiese el diálogo entre Clara y Lucía.

Tantos años de pesares y de tormentos habían ido destruyendo la salud de Doña Blanca. Su tristeza sin tregua; su oculta vergüenza, con la que de continuo tenía que verse cara á cara, sin poder hallar alivio comunicándola y confiándose á una persona amiga; sus luchas de compasión y de desprecio por su marido y de amor y de odio por el Comendador; su horror del pecado que creía sentir sobre ella y que le pesaba como lepra asquerosa é incurable; su orgullo ofendido; su temor del infierno, al que á veces se creía predestinada, y su preocupación incesante de la suerte de Clara, á quien amaba con fervor y á quien en ocasiones aborrecía, como vivo testimonio de su más grave falta y de su más imperdonable humillación, habían influido lastimosamente sobre todos los órganos de aquella vida corporal.

Doña Blanca hacía mucho tiempo estaba sujeta á frecuentes paroxismos histéricos. Había momentos en que le parecía que se ahogaba: un obstáculo se le atravesaba en la garganta y le quitaba la respiración. Entonces le daban convulsiones que terminaban en sollozos y lágrimas. Después solía calmarse y quedar por algunos días tranquila, aunque pálida y débil.

El carácter violentísimo de aquella mujer, exacerbado por la continua contemplación de una desgracia, que hacía mayor su melancólica fantasía, la impulsaba á tratar á su marido, á su hija y á muchos de los que la rodeaban, con un despego, con una dureza cruel, de la que en el fondo del corazón, que era bueno, se arrepentía ella al cabo, no siendo fecundo este arrepentimiento sino en nuevos motivos de disgustos y de amarguras.

La energía de las pasiones había así, poco á poco, fatigado materialmente el corazón de Doña Blanca, excitándole á moverse con impulso superior á sus fuerzas. No padecía sólo de las palpitaciones nerviosas de que daba muestras en aquel instante. Tal vez (los médicos al menos lo habían afirmado) Doña Blanca tenía una enfermedad crónica en aquel órgano tan importante.

Á pesar de su cansancio, tal vez el excesivo ejercicio había agrandado y robustecido de una manera peligrosa aquel activo corazón.

Como quiera que fuese, Doña Blanca hacía tiempo que estaba harta de vivir.

La única idea, el único propósito, el solo fin que en su vivir estimaba era el de cumplir un deber terrible: el evitar que su hija heredase á D. Valentín.

Cuando su hija le prometió con solemne promesa entrar en el claustro, y cuando después supo, de boca del P. Jacinto, y más tarde de los labios del mismo D. Fadrique, el rescate de Clara, si bien le rechazó y le juzgó inútil ya, se tranquilizó, creyendo su propósito cumplido en cualquier evento, y considerándose desligada del mundo; sin nada que hacer en él sino atormentarse, y sin razón alguna para desear, estimar y conservar la vida.

El reposo relativo del espíritu de Doña Blanca cuando pensó haber hallado la solución de su difícil problema, la hizo caer en una postración, en una atonía peligrosa. Por otro lado, no obstante, su imaginación, fecunda en atormentarla, le ofrecía mil motivos de aflicción y de ira. La generosidad del Comendador humillaba su orgullo, y por más que trataba de empequeñecerla ó de afear y envilecer sus causas fingiéndoselas vulgares, absurdas ó caprichosas, dicha generosidad resplandecía siempre y la ofendía.

La voluntad de Doña Blanca era de hierro: pocas personas más pertinaces y firmes que ella; pero su espíritu vacilaba y no se aquietaba jamás. La fuerza de cualquier encontrado pensamiento bastaba á descontentarla de lo que había hecho, y no bastaba á hacerle cambiar y á moverla á hacer otra cosa. No producía sino nueva mortificación estéril.

Así es que Doña Blanca percibía vivamente la presión que había ejercido sobre el alma de su hija, que, sin querer, acaso la había hecho infeliz, y que su hija iba á encerrarse en un convento, no devota, sino desesperada. Las rudas acusaciones del Comendador durante la fatal entrevista, acusaciones contra las cuales se había ella defendido con valor y tino, terminada aquella lucha de palabras, acudían á su mente con mayor fuerza, sin que las dijera el Comendador, sin que se pudieran rechazar merced al calor de la disputa, y labrando en su ánimo como una honda llaga.

El ardiente amor que el Comendador le había infundido, siendo causa de que ella se humillase, se había convertido en espantoso aborrecimiento y sin perder este carácter, sin volver á su ser primero, porque ya no era posible, porque su alma tenía mucha hiel para poder amar, habíase recrudecido en su seno durante la entrevista con el hombre que le inspiraba.

Todos estos dolores, tribulaciones y combates espirituales no es de maravillar que produjesen en Doña Blanca una enfermedad aguda, sobrexcitando sus males crónicos.

Poco después de la conversación entre Clara y Lucía, de que acabamos de dar cuenta, visitaron á la enferma los dos médicos mejores de la ciudad. Ambos convinieron en que su dolencia era de cuidado. Ambos reconocieron cierta alarmante alteración en la circulación de la sangre, que por la fiebre sola no se explicaba. El corazón tenía una actividad, enfermiza y un excesivo desarrollo. El pulso era vibrante y duro. El lado izquierdo del pecho de la enferma se estremecía con las palpitaciones. Un vivo carmín teñía las mejillas de Doña Blanca, de ordinario pálidas.

Los médicos auguraron mal de éstos y otros síntomas: la principal dolencia estaba complicada con otras muchas. No hallando, pues, remedio eficaz por lo pronto, recetaron algunos paliativos, y entre ellos la digital en pequeñas dosis.

Aunque disimularon bastante la gravedad y el carácter poco lisonjero de sus observaciones y pronósticos, dejaron á las dos amigas en extremo afectadas.

Todo aquel día permaneció Lucía al lado de Clara, auxiliándola en sus faenas y cuidados; pero ya no era ocasión propicia para volver á las confidencias.

Si bien Clara no volvió á hablar del estado de su alma, sin duda pensaba en él, según lo preocupada que estaba. Lo que antes de confiarse á Lucía había ella percibido en imágenes vagas y como borrosas, había adquirido, en su propia mente, mayor ser, consistencia y determinada figura al formularse en palabras. Así es que, en medio del afán y del dolor que por su madre sentía, Clara se atormentaba con la idea de aquella inclinación hacia un sujeto, á favor del cual, por extraordinario hechizo, se trocaban en causas y motivos de simpatía y afecto todas las razones que para aborrecerle le daban.

Lucía, por su parte, también estaba meditabunda y triste en extremo. Su taciturna tristeza, dado su carácter regocijado, parecía superior á la pena que pudiera sentir por el mal de Doña Blanca, y aun al mismo disgusto que los devaneos mentales y los dolores fantásticos de su amiga debieran causarle.

Don Valentín, combatido por los opuestos sentimientos de la compasión y del terror que su mujer le inspiraba, seguía viniendo con frecuencia á informarse del estado de la paciente; pero, en vez de entrar en el cuarto y asomar la nariz á la alcoba, se quedaba fuera y asomaba sólo al cuarto la nariz, preguntando á su hija:

—¿Cómo está tu mamá?

Clara respondía: —Lo mismo;— y D. Valentín se iba.

Fuera de la criada de más confianza, que ya venía á traer un recado, ya á dar algún auxilio indispensable, nadie más que el P. Jacinto entraba en la habitación donde se hallaban Clara y Lucía.

Al anochecer subió de punto, llegó á su colmo la agitación febril de Doña Blanca. El P. Jacinto estaba acompañando á las dos amigas y asistiendo con ellas á la enferma.

Ésta, que había estado por la tarde soñolienta y postrada, empezó á dar señales de vivísima exaltación: se quejó de que le dolía la cabeza; mostró en el semblante cierta movilidad convulsa; pronunció frases sin orden ni concierto. Lo que más repetía era:

—Vete, Valentín. Déjame, no me atormentes. —Sin duda la enferma tenía la alucinación de ver á D. Valentín, que allí no estaba.

Así permaneció Doña Blanca hasta cerca de las diez. Entonces se agravó el mal: el delirio se declaró; estalló con ímpetu.

El cerebro sintió por completo la reacción del mal que la infeliz tenía en las entrañas. Los pensamientos todos, que durante años la atormentaban, y que hacía más de treinta horas habían cobrado mayor brío, se barajaron en tumulto; se rebelaron contra la voluntad, se hicieron independientes de ella, rompieron todo freno; y, buscando y hallando maquinal é instintivamente palabras adecuadas en que formularse, salieron del pecho en descompuestas voces.

Doña Blanca se incorporó en la cama; miró con ojos extraviados á Lucía y á Clara y al fraile, y habló de esta manera:

—¡Vete, Valentín! ¿Por qué quieres matarme con tu presencia? Mátame con un puñal… con una pistola. Échame una soga al cuello y ahórcame. No seas cobarde. Toma la debida venganza.

—Sosiégate, Doña Blanca —interrumpió el fraile, á quien ella se dirigía como si fuera D. Valentín.—Sosiégate; tu marido está fuera… Idos, muchachas —añadió, dirigiéndose á las dos amigas.—Dejadme solo con la enferma, á ver si logro que se sosiegue.

Clara y Lucía, como si estuviesen allí clavadas, no se movieron. DoñaBlanca prosiguió:

—Ten valor y mátame. Tu honra lo exige. Es necesario que mates también al Comendador. Está condenado. Se irá al infierno y me llevará consigo.

—¡Madre, madre, V. delira! —exclamó Clara.

—No, no deliro —respondió Doña Blanca.— Y tú, necio —añadió dirigiéndose al fraile,— ¿eres ciego? ¿no la ves? —y señalaba con el dedo á su hija.— ¡Cómo se le parece! ¡Dios mío! ¡Cómo se le parece! Es un retrato suyo. ¡Apártate de mi vista, vivo testimonio de mi vergüenza!

Clara, llena de horror y de ansiosa curiosidad á la vez, oía á su madre y pugnaba por comprender todo él arcano tremendo. Al sonar las últimas palabras, que iban dirigidas á ella, se cubrió Clara el rostro con ambas manos.

—Bien puedes estar satisfecha —continuó Doña Blanca.— Te tenía olvidada; pero al cabo se acordó de tí é hizo un gran sacrificio. Ya pagó de antemano lo que has de heredar de mi marido. Te rescató de Dios para entregarte al mundo. Quédate en el mundo. Tú no puedes ser monja. La mala sangre del Comendador hierve en tus venas. ¿Cómo dudar que eres la hija maldita de aquel impío?

Clara, al oir estas últimas palabras, dió un grito inarticulado y cayó desmayada entre los brazos de Lucía.

Lucía sacó á Clara fuera de la alcoba, sosteniéndola por debajo de los brazos y tirando de ella.

Doña Blanca, entre tanto, no pudiendo resistir más á la honda emoción, extenuada, rendida, cayó de nuevo en la cama, con temblor convulso y rigidez de los tendones, lo cual fué cediendo con lentitud y dando lugar á un desfallecimiento profundo.

El P. Jacinto acudió entonces á donde estaba Clara, que Lucía había recostado en un sofá.

Clara volvió en sí del desmayo, exhaló un suspiro y rompió á llorar con desatado y copioso llanto.

—¡Clara, amiga querida! dijo Lucía.

—Cálmate, niña, cálmate, —exclamó el P. Jacinto.

—¡Dios santo y misericordioso! —dijo Clara.—Tu mano omnipotente me hiere y me sana al propio tiempo. ¡Pobre madre mía de mi alma! ¡Cuán infeliz has sido! Y él… ¡ay! él… no puede ser impío y perverso como tú supones… ¡Ahora comprendo por qué y cómo yo le amaba!

La enfermedad siguió su curso ascendente. Tres días después de la escena que hemos descrito, Doña Blanca estaba tan mal, que no había esperanza de salvarla.

Su hija y Lucía la habían cuidado, la habían velado con el mayor cariño y esmero.

Los accesos de delirio se habían renovado con largas intermitencias de postración.

La cabeza de Doña Blanca se despejó al cabo por completo; pero su estado era digno de lástima: la respiración, corta y anhelante; la voz, alterada y ronca; imposibilidad de estar acostada; necesidad de estar incorporada.

Los médicos declararon al P. Jacinto que había sobrevenido un grave impedimento á la circulación de la sangre en el mismo corazón, y que, si crecía el impedimento, se seguiría la muerte.

El padre dejó percibir á Clara aquel terrible pronóstico, con la mayor delicadeza que pudo, y confesó y administró á la paciente.

En aquel momento supremo, á las puertas de la eternidad, Doña Blanca depuso la dureza de su genio, su orgullo y su amargura, y no guardó en el alma sino la fe vivísima, que hizo renacer en ella las esperanzas ultramundanas y abrió el manantial de las más puras consolaciones.

Doña Blanca llamó á D. Valentín, le abrazó y le suplicó que la perdonase. D. Valentín, muy afligido y lloroso, y no menos humilde, contestó que nada tenía que perdonar; que él era el culpado, pues no había sabido hacer dichosa á una mujer tan santa y tan buena.

El rostro macilento de Doña Blanca se tiñó entonces de ligero rubor. Sus labios exhalaron un triste suspiro.

Á Clara la llamó á sí Doña Blanca, le dió un beso en la frente, y le dijo al oído con acento apenas perceptible:

—Di á tu padre que le perdono. Tú, hija mía, sigue los impulsos de tu corazón. Eres libre. Sé honrada. No te cases si no le amas mucho. Mira no te engañes. Lo sé todo… Me lo ha dicho el padre Jacinto. Si le amas y merece tu amor, cásate con él.

Pocos instantes después exhaló Doña Blanca el último suspiro, diciendo con ahogada y sumisa voz:

—¡Jesús me valga!

El dolor de Clara fué profundo. Silenciosamente lloró la muerte de su madre.

Lucía lloró también y trató de mitigar con su afecto el dolor de su amiga.

El P. Jacinto, acostumbrado al espectáculo de la muerte y familiarizado con ella, cerró piadosamente los ojos y la boca de la difunta, que se habían quedado abiertos; puso sus manos en cruz, y la extendió en el lecho.

El débil D. Valentín, cuando vió muerta á su mujer, sintió por un lado una pena muy viva, porque todavía la amaba; pero, por otro lado, según aseguran malas lenguas, que siempre están de sobra, advirtió cierto alivio, cierto desahogo, cierto infame deleite en su alma, como si le quitaran un enorme peso de encima, como si le libertaran de la esclavitud. Tan opuestas pasiones, batallando dentro de su nerviosa y débil constitución, le hicieron romper en risa sardónica. Después se asustó de sí mismo; se creyó peor de lo que era, tuvo miedo del diablo; tuvo vergüenza de que Dios, que todo lo ve, viese la sucia fealdad de su conciencia, y se compungió y amilanó. Acudieron entonces á su memoria los amores pasados, los dulces días de la ilusión, el tiempo en que su mujer le quería; y todo ello enterneció por tal arte aquel pecho nada varonil, que el desgraciado se deshizo en lágrimas, dando sollozos, gemidos y hasta gritos, moviendo á gran compasión el verle y el oirle.

El P. Jacinto llevó á D. Fadrique la noticia de la catástrofe.

Don Fadrique, retirado en su cuarto, aguardaba siempre con ansiedad noticias de la enferma. Esta vez, al mirar al P. Jacinto, el Comendador leyó en su rostro lo que había ocurrido.

—Ha muerto, —dijo el Comendador.

—Ha muerto, —respondió el fraile.

El Comendador no replicó palabra. Inmóvil, de pie, callado, sintió un dolor mezclado de remordimiento. Dos gruesas y amargas lágrimas rodaron por sus mejillas.

—Te ha perdonado —dijo el P. Jacinto.

—¡Ah, padre!… yo no me perdono… Me sería menos insufrible en la memoria el recuerdo de una afrenta no vengada… de una vileza en que yo hubiese incurrido… de una mancha en mi honor… En cualquiera otro caso me sería más fácil conciliarme conmigo mismo. Aunque Dios me perdone… yo no me perdono.

Á los seis meses de la muerte de Doña Blanca, en pleno invierno, se reunían todas las noches en torno del hogar, en el piso alto de la casa del mayorazgo D. José López de Mendoza, á más de su mujer y de su hija Lucía, el Comendador D. Fadrique, el viudo D. Valentín, Clara y á veces el padre Jacinto.

El joven D. Carlos de Atienza había estado dos ó tres veces en Sevilla á ver á sus padres; pero en seguida se había vuelto. Tenía abandonada la Universidad; no pensaba en los estudios ni en la carrera. Habíase consagrado enteramente á idolatrar, á consolar, á adorar á Clarita, á quien ya veía sin dificultad, de diario.

Don Fadrique y el P. Jacinto iban y venían á Villabermeja; pero estaban más tiempo en la ciudad.

La donación de los bienes de D. Fadrique se había hecho en toda regla y con el posible sigilo.

Don Fadrique vivía modestamente de su paga de oficial retirado. Habitaba, no obstante, en Villabermeja la casa del mayorazgo, alhajada con los preciosos muebles que trajo cuando vino.

El carácter de D. Fadrique no había cambiado, pero se había modificado. Su optimismo natural sufría interrupciones frecuentes. Negra nube de tristeza ofuscaba á menudo el resplandor de su abierta y franca fisonomía.

Aunque el dolor por la muerte de Doña Blanca se había ido mitigando en todos aquellos corazones, Clara la recordaba con ternura melancólica, y el Comendador con cariño y con penoso arrepentimiento á la vez.

Sólo D. Valentín, que comía como un buitre, y que había engordado, y no hallaba quien le riñese ni quien le dominase, se creía en la obligación de llorar cuando menos ganas tenía. Entonces la consideración de aquello á que se juzgaba obligado, y el ver que no le salían de adentro la aflicción y el lloro, le compungían de nuevo y producían en él el prurito y el flujo. D. Valentín era un mar de lágrimas dos ó tres veces por semana.

Clara, viendo ya á todas horas á D. Carlos y á D. Fadrique, había penetrado la diferencia de los afectos que á ambos la ligaban, y cada día los hallaba más compatibles. El Comendador le inspiraba cada día más veneración, ternura y gratitud por su sacrificio generoso. D. Carlos le parecía cada día más agraciado, bello, enamorado, ingenioso y poeta.

Pasaron así algunos meses más. Vino la primavera. Llegó el verano. Solemnizóse el primer aniversario de la muerte de Doña Blanca con llanto y con misas y otras devociones.

El escrúpulo de faltar á la promesa de ser monja se borró al fin de lamente de Clarita. Su madre, al morir, la había absuelto de la promesa.El amor inspirado y sentido la excitaba á no cumplirla. El bueno del P.Jacinto, confesor de Clarita, le aseguraba que la promesa era nula.

Clarita al cabo la anuló, haciendo otra promesa dulcísima para D.Carlos. Le prometió darle su mano, confesándole al fin que le amaba.

Una alambicada cavilación había detenido á Clara en dar el sí á D. Carlos. Clara juzgaba probable que D. Casimiro muriese sin sucesión y que alguna parte de los bienes del rescate viniese á ella; pero hasta esta duda, que si bien delgada y sutil, la mortificaba, se disipó del todo.

Nicolasa, ó mejor dicho, la señora Doña Nicolasa Lobo de Solís, esposa legítima de D. Casimiro, dió á luz un robusto infante.

Cuando el Comendador, al volver un día de Villabermeja, trajo esta noticia, fué Lucía la primera persona á quien se lo comunicó.

—Calle V., tío —exclamó la muchacha;— de seguro que el niño de D.Casimiro será un escomendrijo; parecerá un gazapillo desollado.

—No, sobrina —contestó el Comendador;— el recién nacido Solís es fuerte como un becerro.

Así era la verdad, según hemos sabido después. El primogénito de losSolises parecía, no un becerro, sino un toro.

Don Casimiro era el varón más bienaventurado de la tierra. Estaba lleno de satisfacción y de orgullo de verse tan amado de su mujer, y de tener por hijo á un Hércules tebano, sin pensar en el Saturnio y sin mirarse como Anfitrión, pues ignoraba la mitología.

El tío Gorico, desde el casamiento de Nicolasa, había empezado á pugnar porque le llamasen Don Gregorio; habíase jubilado del oficio de Abraham y del de pellejero, y no se empleaba más que en beber aguardiente y rosoli, y en ponderar la ventura y la grandeza de su hija, sus virtudes y la vida beata que daba á su ilustre esposo.

Después del bautismo de la criatura, iba el tío Gorico de casa en casa, refiriendo el júbilo de su yerno, quien ya se volvía hacia la cama donde estaba Nicolasa, ya hacia la cuna donde estaba el niño, y ya se paraba á igual distancia de la cama y de la cuna, y exclamaba, levantando las manos al cielo:

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué he hecho yo para ser tan dichoso?

En efecto, la dicha pudo más que D. Casimiro, y pronto le hundió en la sepultura.

Aunque sea adelantar los sucesos, se dirá aquí que la viuda llevó una vida retirada, sin recibir ni tratar, durante un año, sino al platónico Tomasuelo, y que tuvo dos gemelos postumos, los cuales, si el primogénito merecía llamarse Hércules, no merecían menos pasar por Castor y Pólux.

La rectitud de la conciencia de Doña Blanca y sus severos fallos, hallando un leal y decidido ejecutor en D. Fadrique, daban así sus resultados naturales, proporcionando pingüe herencia á aquellos mitológicos angelitos, vástagos lozanos de la familia de Solís.

Como quiera que fuese, toda persona delicada y noblemente orgullosa no repara en las bajezas y bellaquerías del vulgo de los mortales y en la utilidad que proporcionan: no acepta jamás, sino en sentido irónico y de burla, la picaresca sentencia de la fábula:

"Tómelo por su vida: considereQue otro lo comerá, si no lo quiere."

Así es que D. Fadrique se reía de las consecuencias de su desprendimiento, y no por eso dejaba de aplaudirse de haberle tenido. Lo que á él le importaba era que su pura y hermosa hija no disfrutase de nada que no fuese suyo ó por lo que en compensación no hubiera él dado lo equivalente con usura.

La boda de Clara y D. Carlos de Atienza se celebró al cabo en un bello día del mes de Octubre de 1795, año y medio después de morir Doña Blanca.

Los padres de D. Carlos vinieron de Sevilla para asistir á la boda.

Los desposados se quedaron á vivir en la ciudad donde ha sido la escena de nuestra historia.

Durante el año y medio, que tan rápidamente hemos recorrido, el Comendador había vivido, ya en Villabermeja, ya en la ciudad en casa de su hermano; pero más en la ciudad que en Villabermeja.

El afecto hacia Clara le atraía á la ciudad; pero, como Clara andaba muy distraída en sus amores y era muy dichosa, no consolaba tanto las melancolías del Comendador como su rubia sobrina.

Ésta era la que llamaba al Comendador cuando se tardaba en volver de Villabermeja; la que más le escribía diciéndole que viniese, y la que le enviaba recados con el mulero y con el aperador para que dejase la soledad bermejina.

Como Lucía estaba ya enterada de todos los secretos de su amiga Clara, y como tampoco ocurrían cosas importantes, no había motivo ni pretexto para acudir á cada momento al tío, preguntándole, como en otro tiempo, qué había de nuevo. En cambio Lucía, libre ya de los cuidados en que la suerte de su amiga la había tenido, sintió despertarse en su alma la más viva curiosidad científica. La astronomía y la botánica, que antes la enojaban cuando había secretos de Clara que ansiaba penetrar, la entusiasmaban ahora extraordinariamente, y nunca se cansaba de oir las lecciones que su tío le daba, excitado por ella. No había lección que no le pareciese corta. No había misterio de las flores que no quisiese descubrir. No había estrella que no quisiese conocer.

La discípula ponía en grandes apuros al maestro, porque si se trataba del movimiento de los astros, de su magnitud, de la distancia á que se hallaban de la tierra y de otras afirmaciones por el estilo, ella quería saber la razón y el fundamento de las afirmaciones, y D. Fadrique hallaba disparatado y hasta absurdo enseñar las matemáticas á una sobrina tan guapa, tan alegre y graciosa; y, por el contrario, si se trataba de flores, Lucía quería que le explicase su tío lo que era la vida y lo que era el organismo, y aquí el Comendador hallaba que no había ciencia que respondiese á las matemáticas y que explicase algo. Sin querer se encumbraba entonces á una filosofía primera y fundamental, y Lucía le escuchaba embebecida, y, como vulgarmente se dice, metía también su cucharada, porque de filosofía habla, en queriendo, y no habla mal, toda persona de imaginación y viveza.

En suma, Lucía se iba haciendo una sabia. Mientras más aprendía, más iba creciendo su afición y su empeño de saber. Las lecciones y conferencias duraban horas y horas.

El Comendador se acostumbró de tal suerte á aquel dulce magisterio, que el día en que no daba lección le parecía que no había vivido.

Sus días de Villabermeja fueron disminuyendo, y alargándose cada vez más los que pasaba con la discípula.

Siempre que volvía de Villabermeja, el Comendador traía á su discípula libros de su biblioteca, flores y plantas de su huerto, y pájaros que cazaba vivos. Lucía gustaba mucho de los pájaros, y, merced al Comendador, no había ya casta de aves en toda la provincia, ora de paso, ora permanentes, de que Lucía no tuviese un par de muestra en su pajarera.

Notado todo esto por Clara y D. Carlos, daba ocasión á bromas inocentes, pero que turbaban algo al Comendador y que ponían á Lucía colorada como la grana.

Los novios hablaban á Lucía con cierto retintín de su excesivo amor á la ciencia.

En fin, aunque el Comendador y Lucía no se hubieran dado, ni hubieran querido darse cuenta de lo que les pasaba, Clara y D. Carlos les hubieran hecho reflexionar, pensar en ellos mismos y despejar la incógnita.

El Comendador y Lucía, á pesar de la diferencia de edad, estaban perdidamente enamorados el uno del otro.

Lucía admiraba en su tío la discreción, la nobleza de carácter, el saber y la elegancia natural del porte y de los modales. Le encontraba hermoso, de varonil hermosura, y no le parecía posible que hubiese otro tal hombre como él en todo el mundo.

Á D. Fadrique le parecía Lucía tan bonita, tan buena y tan inteligente como Clara, que era todo cuanto él podía encarecer la alabanza, allá en su pensamiento. La alegría de Lucía concordaba además muchísimo mejor con el carácter del Comendador que la seriedad un poco triste que Clara había heredado de su madre.

El Comendador, que al fin no era una criatura inexperta, conoció pronto que amaba á Lucía y que de ella era amado; pero, pensando en su edad y en el idilio de D. Carlos, no se atrevía á declarar su amor, si bien le manifestaba con su constante solicitud en servir á Lucía.

Ella no atinaba, entre tanto, á comprender la timidez del Comendador, á quien juzgaba enamorado.

De aquí que se dijesen toda clase de requiebros y finezas, que literalmente podrían tomarse por efecto de amistad tiernísima, pero que ocultaban el fervoroso espíritu de verdadero amor.

Don Fadrique, á más de sus años, creía tener otro inconveniente, que en su delicadeza no le permitía aspirar á ser amado de Lucía. Este otro inconveniente era su pobreza; pero Lucía, precisamente por esa pobreza y por el motivo que la había causado, amaba y admiraba más al Comendador. El descuidado desdén, la alegre calma y el nada trabajoso ni lamentado abandono con que D. Fadrique se había desprendido de más de cuatro millones, valían más de mil en la poética y generosa mente de Lucía.

Ésta llegó á veces á preguntar á su tío (sabido es que tenía el defecto de ser muy preguntona) que por qué no se casaba.

Cuando el tío le contestaba que porque era viejo, Lucía le aseguraba que era mozo ó que estaba mejor que los mejores mozos. Cuando el tío contestaba que porque era pobre, Lucía afirmaba que la paga de oficial retirado era más que suficiente; que además la chacha Ramoncica estaba poderosísima con lo que había ahorrado, é iba á dejarle por heredero, y que, por último, podía casarse con una rica.

Todo esto lo decía Lucía con mil rodeos y disimulos; pero el Comendador, si bien lo comprendía, juzgaba aún que ella podía engañarse y tomar por amor otros sentimientos de respeto y afección casi filial; por donde no hallaba justo ni honrado prevalerse tal vez de una alucinación de aquella linda muchacha para lograr lo que consideraba una felicidad para él.

En esta situación se hallaban Lucía y el Comendador la noche en que se celebró la boda de Clara y de D. Carlos en casa de D. Valentín.

El Comendador estuvo alegre, aunque hondamente conmovido, en aquella solemne ocasión, en que una persona tan querida de su alma se unía con lazo indisoluble al hombre que debía hacerla dichosa.

Don José y Doña Antonia se volvieron temprano á su casa.

Lucía permaneció al lado de Clara hasta más tarde. También se quedó con ella el Comendador.

Juntos y solos volvieron ambos á la casa. La noche estaba hermosísima, la calle silenciosa y solitaria, el ambiente tibio y perfumado, el, cielo lleno de estrellas y sin luna.

Lucía iba callada, contenta, pensado en la ventura de su amiga.

No estaba D. Fadrique menos soñador é imaginativo.

El tránsito de una casa á otra era cortísimo; pero, sin reflexionar, le alargaron ellos, parándose en medio de la calle y contemplando la bóveda inmensa del firmamento, como si quisiesen interrogar á las eternas luces, que allí fulguraban, sobre la suerte de los recién casados y quizá sobre la propia suerte.

Lucía, dando un suspiro, dijo al fin:

—¡No lo dude V… serán muy felices!

—Alégrate sólo y no estés envidiosa —respondió el Comendador;— tú hallarás también un hombre que te merezca, que te ame y á quien ames tú con toda la energía de tu corazón.

—No, tío, no me amará —replicó Lucía.— Yo soy muy desgraciada.

Y Lucía suspiró de nuevo. El Comendador, á la dulce y escasa luz de los astros, vió entonces que corrían dos hermosas lágrimas por las mejillas de Lucía. La luz de los astros se quebraba en aquellos líquidos diamantes y daba reflejos de iris.

El Comendador no fué dueño de sí mismo. Acercó su rostro al de Lucía y puso los labios en una de aquellas lágrimas. Luego exclamó:

—¡Te amo!

Lucía no contestó palabra. Echó á andar hacia su casa; llamó, abrieron, y entró seguida del Comendador.

Al llegar á la escalera, se volvió y le dijo:

—Buenas noches, tío. Adiós, hasta mañana. Mamá me estará aguardando.

El Comendador puso la cara más afligida del mundo, viendo que tan secamente respondía la muchacha, ó mejor dicho, no respondía á su repentina y vehemente declaración.

Ella se apiadó entonces, sin duda, y añadió sonriendo:

—Hable V. mañana con mamá…

—¿Y qué?… —interrumpió D. Fadrique.

—Y pida V. la licencia á Roma.

Dicho esto, muy avergonzada, pero muy satisfecha, Lucía subió á brincos la escalera, y dejó al Comendador no menos contento que ella iba.

Cuando supo Clara que Lucía y el Comendador habían decidido casarse, se alegró en extremo.

Don Carlos de Atienza compartió la alegría de su mujer, y recordando que debía una especie de satisfacción al Comendador, el cual se había creído aludido cuando le oyó leer el idilio contra el viejo rabadán, compuso otro idilio en defensa de un rabadán no tan viejo y en alabanza del amor de los rabadanes.

Este segundo idilio, que viene á ser como la palinodia del primero, se conserva aún en los archivos de Villabermeja, de donde mi amigo D. Juan Fresco me ha remitido copia exacta y fidedigna, que traslado aquí para terminar. El idilio es como sigue:

En la vid, con sus pámpanos lozana,Relucen cual topacio los racimos.Quita lluvia tempranaAl alma tierra la aridez estiva,Y los frutos opimosMedran con nuevos jugos en la olivaY en el almendro que entre riscos brota.Recobra el claro ríoEl caudal que perdiera en el estío;Y el áspera bellotaSe madura y endulza entre el pomposoFollaje, donde el viento,Para las gentes de la edad primera,Con fatídico acentoLa voluntad de Júpiter dijera.No como en primaveraEl campo está de flores matizado;Que el labrador cansadoEn las flores cifraba su esperanza,Y ora en cosecha sazonada alcanzaEl premio de su afán y su cuidado.Embalsama el membrillo con su aromaLos céfiros ligeros;Y en el limón y en la madura poma,Y en los sabrosos perosEl oro luce y el carmín asoma.Que brillaron en rosas y alelíes;Mientras, por celos de su flor, empiezaÁ romper la granada su corteza,Descubriendo un tesoro de rubíes.Con la otoñal frescuraNace la nueva hierba, y su verduraLa palidez de los rastrojos cubre.Serena está la esfera cristalina,Y hacia el rojo Occidente el sol declinaEn una hermosa tarde del Octubre.Filis, la pastorcilla soñadora,Bella como la luz de la alborada,Abandonando ahoraSu tranquila morada,Va de las ninfas á la sacra gruta;Y en vez de flores, por presente llevaUn canastillo de olorosa fruta.Con que á vencer la resistencia pruebaQue hacen á sus amoresLas Ninfas que en el sueloÁ Cupidos traviesos y menoresDan vida y ser contra el amor del Cielo.No bien el antro con su planta huella,Donde reinan las sombras y el reposo,Con terror religiosoSe estremece la tímida doncella.Su presente colocaDe las silvestres Ninfas en el era.Y altas razones de prudencia rara,Que pone el Numen en su fresca boca,Con esmerada concisión declara:"Ninfas, no os ofendáis de mi desvío;No déis vuestro favor á los zagalesQue cautivar pretenden mi albedrío.Son como los rosales,Que lucen mucho en la estación floridaY dan amarga fruta desabrida.De su orgullosa mocedad el bríoApetece y no ama;Y con enojo en sus palabras leoQue poética llamaNi ennoblece ni ilustra su deseo;Y que el conato que imprimió naturaEn todo ser viviente,No se acrisola allí ni se depuraDel Cielo con la luz resplandeciente.Ya sé que los Cupidos,Vuestros hijos queridos,Dan á la tierra su vil tud creadora;Mas el amor, que en el Empíreo mora.Esa misma virtud en ellos vierte,Y difunde do quier su vida arcana,Vencedora del mal y de la muerte.Pues bien; la que se afanaLos misterios ocultos y supremosPor saber de este Amor, ¿lograrlo puedeCon un zagal sencillo y sin doctrina?Las que tesoro tal gozar queremos,¿No es mejor que busquemosAl varón sabio á quien el Dios concedeEl vivo lampo de su luz divina?Por esto, Ninfas, á mi Irenio adoro:Como en arca sagrada,Guarda dentro del alma inmaculadaDel Amor el tesoro;Y arde su llama bajo el limpio hieloCon que el tenaz trabajo de la menteCorona ya su frente,Como corona el cano Mongibelo.Así Irenio recobra por la cienciaLo que roba del tiempo la inclemencia.¡Cuánto zagal con incansable manoToca el rabel en vanoPor carecer de gracia y maestría;Mientras que Irenio, con su blando tinoY su plectro divino,Produce encantadora melodía,Y hace sentir al alma lo que quiere,No bien la cuerda hiere!Si el zagal inexpertoPersigue al perdigón en la carrera,Ó le pierde ó le coge medio muerto;Mas la diestra certeraPone Irenio prudenteEn el oculto nido,Do el pájaro reposa con descuido,Y su pluma nacienteSin destrozar, sus alas no fatiga,Y le aprisiona al fin para su amiga.Ni resplandece menos el ingenioDel doctísimo IrenioEn componer cantaresY en referir historias singulares.Cuando me alcanza de la rama verdeLa tierna nuez, la alloza delicada,Elige lo mejor, sin tronchar nada.Cuando algún corderillo se me pierde,El le busca y á casa me le lleva;Y de continuo me regala y pruebaSu cariño sincero,Ó haciendo con esmeroDe los huesos de guindaYa un barquichuelo, ya una cesta linda.Ó enseñando á sacar á mi jilgueroEl alpiste menudoDe entre mis labios con su pico agudo.Tan sólo me perturba y me desvelaQue Irenio á veces con el alma vuelaPor donde de su amor terreno dudo.Pero si Irenio de verdad me amara,Mayor triunfo seríaEl lograr la victoria,No de pastoras de agraciada cara,Sino de la poesía,De la ciencia, del arte y de la gloria."Irenio á Filis, escondido, oía;Y apareciendo y dándole un abrazo,Dijo con modestísima dulzura:"Este amoroso lazo,Que labra mi ventura,En vano, Filis, explicar pretendesCon tus alambicadas discreciones.¡Ay, candorosa Filis! ¿No comprendesQue, á pesar del saber que en mi supones,Amor no te infundieraTu rabadán si muy anciano fuera?Cuando mi amor al del zagal prefieresPor viejo no, por rabadán me quieres."

Madrid, 1876.


Back to IndexNext